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Fragmentos de libros. EL GATOPARDO de G.Tomasi di Lampedusa   Comienzo II :

 

Editorial:   ElMundoBiblioteca          Acceso/Volver al Comienzo I de "El Gatopardo": GatoEscepticoVentana177

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    ... Se abrió la puerta, salieron los criados, y el alana Bendicò, resentido aún por la exclusión que le habían infligido, irrumpió meneando el rabo. Las mujeres se levantaban lentamente y el oscilante retroceso de sus faldas iba descubriendo mitológicas desnudeces dibujadas sobre el fondo lechoso de las baldosas. Solo una Andrómeda permaneció cubierta por el hábito del padre Pirrone, quien, al demorarse en sus oraciones suplementarias, le impidió durante largo rato contemplar de nuevo al plateado Perseo, que, volando sobre las olas, acudía presuroso a socorrerla y a besarla.

         EscudoGatopardoEn el fresco del cielo raso las divinidades se despertaron. Las escuadras de tritones y de dríades, que desde los montes y los mares se precipitaban entre nubes frambuesa y ciclamen hacia una transfiguración Conca d’Oro para exaltar la gloria de la Casa de los Salina, surgieron de pronto tan plenas de regocijo que las más elementales reglas de la perspectiva quedaron anuladas; y los dioses mayores, los príncipes entre los dioses, fúlgido Júpiter, ceñudo Marte, lánguida Venus, que habían precedido a la turba de los menores, sujetaban complacido el escudo azul con el Gatopardo. Sabían que por otras veintitrés horas y media volverían a ser los amos de la villa. En las paredes los macacos gesticulaban nuevamente mofándose de los cacatoés.

         Por debajo de aquel Olimpo palermitano también los mortales de la Casa de los Salina descendían a toda prisa de las místicas esferas. Las muchachas acomodaban los pliegues de sus vestidos, intercambiaban miradas azulinas y palabras de la jerga del pensionado; hacía más de un mes –desde los «motines» del Cuatro de Abril- que, por prudencia, las habían hecho volver del convento, y ahora echaban de menos los dormitorios con doseles y la intimidad colectiva del Salvatore. Los niños ya estaban pelándose por una estampa de san Francisco de Paula; el primgénito, el heredero, el duque Paolo, tenía granas de fumar pero no se atrevía a hacerlo delante de sus padres y palpaba a través del bolsillo la paja trenzada de la pitillera; en el BolsoJaisrostro demacrado asomaba una melancolía metafísica: el día había sido malo: Guiscardo, el alazán irlandés, no le había parecido demasiado en forma y Fanny no había encontrado la manera (¿o las ganas?) de hacerle llegar el habitual billetito color violeta. ¿Para qué, entonces, se había encarnado el Redentor? La ansiosa arrogancia de la princesa hizo caer secamente el rosario en la bolsa bordada de jais mientras los ojos bellos y maniáticos miraban de soslayo a los hijos esclavos y al marido déspota que su cuerpo minúsculo parecía buscar en un vano anhelo de amoroso dominio.

         Mientras tanto, él, el príncipe, se puso de pie: el impacto de su peso de gigante hizo templar el pavimento y sus ojos clarísimos reflejaron, un instante, el orgullo por esa efímera confirmación del poder que ejercía sobre hombres y edificios. Ahora estaba colocando el enorme misal rojo sobre la silla que había tenido delante mientras rezaban el rosario, guardaba el pañuelo sobre el que había apoyado la rodilla, pero una nube de mal humor enturbió su mirada cuando volvió a ver la manchita de café que desde la mañana había osado interrumpir la vasta blancura del chaleco.

         No es que fuese gordo: solo era inmenso y muy robusto; su cabeza tocaba (en las casas habitadas por el común de las gentes) el rosetón inferior de las arañas; sus dedos eran capaces de enrollar como papel de seda las monedas de un ducado; y entre la mansión de los Salina y el taller de cierto platero había un constante ir y venir para hacer reparar los tenedores y PrincipeFabrizzioSalinacucharas que, mientras estaban en la mesa, su cólera tantas veces contenida acababa convirtiendo en aros. Por otra parte, esos dedos también sabían palpar y acariciar con extrema delicadeza, como le constaba, a sus pesar, a la esposa Maria Stella; y los tornillos, las virolas, los botones esmerilados de los telescopios, anteojos, y «buscadores de cometas», que allá arriba, en lo alto de la villa, colmaban su observatorio privado, se mantenían intacto de tanta suavidad con que los manejaba. Los rayos del sol poniente de aquella tarde de mayo enrojecían la tez rosada, la pelambre color de miel del príncipe; delataban el origen alemán de su madre, de aquella princesa Carolina cuya arrogancia había petrificado, treinta años antes, la estrafalaria corte de las Dos Sicilias. Pero en su sangre fermentaban otras esencias germánicas, mucha más fastidiosas para aquel aristócrata siciliano de 1860 que todo el atractivo que podían conferirle la piel blanquísima y los cabellos rubios en un ambiente de rostro aceitunados y cabelleras de azabache: un temperamento autoritario, cierta rigidez moral, una propensión a las ideas abstractas que en el hábitat abúlico de la sociedad palermitana se habían transformado en prepotencia veleidosa, en toda clase de escrúpulos de conciencia y en un desprecio hacia sus parientes y amigos que según él iban a la deriva por el lento río del pragmatismo siciliano. 

Reino dos Sicilias

        En una estirpe que durante siglos jamás había sabido ni siquiera sumar sus gastos y restar sus deudas, él era el primero (y el último) que tenía una marcada y genuina inclinación hacia las matemáticas; las había aplicado a la astronomía y le habían valido no poco reconocimiento público y gratísimos placeres privados. Baste decir que, en él, orgullo y análisis matemático se habían confundido hasta el extremo de inducirle a creer que los astros obedecían a sus cálculos (de hecho, parecía que así fuese) y que los dos pequeños planetas que había descubierto (Salina y Svelto: tales eran los nombres que les había dado inspirándose en su feudo y en un perro perdiguero de grata memoria) propagaban la fama de su casa en las áridas regiones situadas entre Marte y Júpiter, y que por tanto los frescos de la mansión habían sido más proféticos que lisonjeros.

      Castello DonnafugataApremiado de una parte por el orgullo y el intelectualismo materno, y de la otra por la sensualidad y la tendencia a la improvisación del padre, el pobre Príncipe Fabrizio vivía en perpetuo descontento pese al jupiterino ceño que ostentaba, y lo único que hacía era contemplar la ruina de su clase y de su patrimonio sin emprender actividad alguna ni sentir el menor deseo de hacer algo para remediar la situación.

    Aquella media hora entre el Rosario y la cena era uno de los momentos menos fastidiosos del día, y era tal su calma que, aunque ambigua, ya horas antes empezaba a saborearla...

...

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