LO QUE DECIMOS EN FRAGMENTOS DE LIBROS SOBRE "LOS CANTOS DE MALDOROR"

del Conde de Lautréamont

     ¿Inventaría un niño a Dios? Mejor dicho. Una nueva sociedad formada por niños que nunca jamás hubiesen oído hablar de Dios, ni de dioses, ni de sus ministros... ¿Necesitarían inventarlo? No pregunto sobre una sociedad prehistórica que refugiada en sus cuevas no entendiera del relámpago, ni de la niebla, ni de la luna, ni del magnetismo, ni de la fiebre o la epilepsia.  Me refiero a una sociedad de hoy, de dentro de cincuenta años. Yo me imagino una sociedad que tendría similitudes con lo que pasa en “El señor de las moscas”, pero ¿Dios en ella? Sí, desde luego, la matemática de Dios lo seguiría rigiendo todo –por poner un nombre a la unificación de las fuerzas que busca la Física y a esas leyes supra-éticas que regulan CabezaCucasnuestra danza-; pero ¿Existiría Dios como concepto adorable y salvador? Quizás no. Y, entonces, ¿sería posible que si Isidore Ducasse hubiera nacido entre ese grupo de niños hubiese podido ser ese “chico tan malo” como para escribir:  ”Mi poesía consistirá, sólo, en atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje, y al Creador, que no hubiera debido engendrar semejante basura.”, como nos encontramos, a modo de ejemplo y sin mucha rebusca, en la propia Wikipedia. Los redescubridores y divulgadores de Los Cantos de Maldoror, que la ensalzaron y la utilizaron como una obra nutriente  –los surrealistas-, eran ya al principio, o terminaron siéndolo, buenos burgueses que comieron, fornicaron y bebieron bien, se envanecieron, se hicieron populares y viajaron mucho gracias a sus transgresiones formales y al uso muy medido de su inteligencia y de su talento. Alguno hubo que hasta bajo el palio de Franco medró. No se juzga aquí sus obras, ni su genio, si lo hubiera, ni la necesidad que había de intentar plasmar en un lienzo o en celulosa, o en papel, las formas, imágenes y colores de las zonas no conscientes del ser humano, sus sueños, sus miedos, sus instintos, sus alturas y bajezas… Pero sí puedo decir sin miedo a equivocarme que, muchos de ellos murieron viejos y reconocidos; salieron en las revistas y en la televisión, se consagraron en festivales, exposiciones y certámenes de cine… transgrediendo. ¿?. Pero el Conde de Lautréamont, no. Ese, no. Ese, era casi un niño -22 años- cuando se montó en un ángel del mal llamado Maldoror, tomó una pluma y se atrevió a llamar a Dios y al Hombre cosas muy feas y lesivas. Y peligrosas. Tan peligrosas y realmente transgresoras que dos años después ya estaba muerto.

 

Lean este comienzo y luego decidan si quieren leer el texto completo de Los Cantos de Maldoror –muy recomendable-. Pero, cuidado, puede encontrarse líneas muy desagradables y ofensivas, y, como el propio Conde nos advierte al principio: No es bueno que todo el mundo lea las páginas que van a seguir; sólo algunos podrán saborear este fruto amargo sin peligro. En consecuen­cia, alma tímida, antes de que penetres más en seme­jantes landas inexploradas, dirige tus pasos hacia atrás y no hacia delante...”

 

 

 

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