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Fragmentos de libros. LAS TRES MISAS REZADAS de Alphonse Daudet  Cuento II:

Cuento de Navidad 
Editorial:  FuenteDoradaEdic Colección TREBOL       Acceso/Volver a Cuento I de "Tres misas rezadas ":  RapeGula177 
 
 
Algunas de las imágenes que complementan este texto son fotogramas de la película de 1954 "Les lettres de mon moulin" del director francés Marcel Pagnol, o de su adaptación televisiva o del comic que la revista Spirou dedicó a este relato en su número 2081.
 

(Continua)

    ...

    LleneVinajeras-¡Oh, Santo Dios!, Me parece estarlas viendo! ¿Pusiste el vino en las vinajeras?

   -Sí, Reverendo, he puesto vino en las vinajeras... ¡Pero, caramba!, no se parece al que beberá usted después de la misa de medianoche. Si viera en el comedor del castillo los botellones que resplandecen llenos de vino de todos colores... Y la vajilla de plata, los centros de mesa cincelados, los candelabros, las flores... ¡Nunca se ha visto una cena de Nochebuena semejante! El señor Marqués ha invitado a todos los señores de la vecindad. En la mesa habrá cuarenta personas, sin contar al juez ni al escribano... ¡Ah, qué suerte tiene usted formar parte de ello Reverendo!. Sólo con haber olfateado los hermosos pavos, el perfume me sigue a todas partes... ¡Mmm!

    -Vamos, vamos, hijo mío. Guardémonos del pecado de la gula, sobre todo en la noche de Navidad... Ve pronto a encender las velas y a dar el primer toque para la misa, porque las doce se acercan y no hay que retrasarse...

   Esta conversación se mantenía la nochebuena del año de gracia de mil seiscientos y tantos, entre el Reverendo Don Balaguére, antiguo prior de los Barbamotas, actualmente capellán a sueldo de los señores de Trinquelague, y su GulaRepresentacionpequeño monaguillo Garrigú, o lo que él creía que lo era su monaguillo Garrigú, porque sabréis que aquella noche el diablo había apoderado de la cara redonda y los rasgos indecisos del joven sacristán, para tentar al Reverendo, y hacerle cometer un espantoso pecado de gula.

    Así, pues, mientras el pretendido Garrigú (¡Hum, Hum!) hacía repicar a más no poder las campanas de la capilla señorial, el Reverendo acababa de ponerse la casulla en la pequeña sacristía del castillo; y, ya turbada la mente por todas aquellas descripciones gastronómicas, se iba repitiendo para sí, vistiéndose:

    -¡Pavos asados... carpas doradas... truchas así de grandes...!   


     Fuera soplaba el viento de la noche, difundiendo la música de las campanas, y poco a poco iban apareciendo luces en la oscuridad por las laderas del monte Ventoux, en cuya cima se levantaban las viejas torres de Trinquelague.

    Eran familias de granjeros, que iban a oír la misa del gallo al castillo. Trepaban la cuesta, cantando, en grupos de cinco o seis, el padre adelante, el farol en la mano, las mujeres envueltas en sus grandes mantas oscuras donde se apretaban y refugiaban a los niños. A pesar de la hora y del frío, aquella buena gente andaba alegremente, sostenida BonsoirMonsieurLeBaillipor la idea de que, al salir de misa y como todos los años, tendría la mesa puesta abajo en las cocinas. De vez en cuando, en la fuerte pendiente, la carroza de algún señor, precedida por lacayos con antorchas, hacía resplandecer sus cristales a la luz de la luna, alguna mula trotaba agitando los cascabeles, y a la luz de las teas envueltas en la bruma, los campesinos reconocían a su bailio, y lo saludaban al pasar:

    - Buenas noches, buenas noches, maese Arnoton.
    - Buenas noches, buenas noches, hijos míos.

    La noche era clara, las estrellas parecían reavivadas por el frío; el cierzo picaba y la escarcha fina, deslizándose sobre los vestidos sin mojarlos, conservaba fielmente la tradición de las nochebuenas blancas de nieve. Allá, en lo alto de la cuesta, el castillo aparecía como la meta de todos los caminantes, con su enorme masa de torres, techos y coronamientos, la torre de la capilla irguiéndose en el cielo negro, y una multitud de lucecitas que parpadeaban, iban, venían, se agitaban en todas las ventanas, y parecían, sobre el fondo oscuro del edificio, chispas que corrieran por las cenizas de un papel quemado... Una vez transpuesto el puente levadizo y la poterna, para llegar a la capilla, había que atravesar el primer patio lleno de carrozas de criados, de sillas de mano, todo iluminado por el fuego de las antorchas y las fogatas de las cocinas. Se oía el tintineo de los asadores, el estrépito de las cacerolas, el choque de la cristalería y la vajilla de plata movidas para la preparación de una comida, y por encima de esto, un vaho tibio que olía estupendamente a las carnes asadas y a las hierbas aromáticas de complicadas hacía decir a los granjeros, como al capellán, como al bailio, como a todos:

   - ¡Qué buena cena de Nochebuena vamos a tener!

 

II

       DinDin¡Tilín!... ¡Tilín!...

    Empieza la misa del gallo. En la capilla del castillo, que es una catedral en miniatura, de arcos entrecruzados y revestimiento de roble que subía hasta la altura de las paredes, se han extendido todas las tapicerías y encendido todas las velas. ¡Y cuánta gente! ¡Y qué trajes! En primer lugar, sentados en los sillones esculpidos que rodean el coro, están el Señor de Trinquelague, vestido de tafetán color salmón, y a su lado los nobles señores invitados. Enfrente, en reclinatorios tapizados de terciopelo, han tomado asiento la vieja marquesa viuda, con su vestido de brocado color de fuego, y la joven Señora de Trinquelague, con la cabeza cubierta por una alta torre de encaje, plegada a la última moda de la corte de Francia. Más abajo, vestidos de negro, con vasta pelucas puntiagudas y rostros afeitados, se ve al bailio Tomás Arnoton y al notario Maese Ambroy, dos notas graves entre las sedas vistosas y los damascos recamados. Luego vienen los gordos mayordomos, los pajes, los catavinos, los intendentes, Doña Bárbara, con todas sus llaves colgadas de la cintura, en un llavero de plata fina. Al fondo, en los bancos, se halla la servidumbre, los criados, los granjeros con sus familias, y más allá, al lado mismo de la puerta que abren y cierran discretamente, los pinches de cocina que vienen, entre dos salsas, a oír un poco de misa y a llevar un olorcillo de cena de Nochebuena a la iglesia de fiesta, entibiada por tantas velas encendidas.

    ¿Es la vista de estos pequeños gorros lo que tanto distrae al oficiante? ¿No sería, más bien, la campanilla de Garrigú, esa endiablada campanilla que se agita al pie del altar con infernal precipitación, y que parece estar diciendo todo el tiempo:

    -¡Démonos prisa, démonos prisa!.. Cuánto antes hayamos concluido, antes nos sentaremos a la mesa.

    Y de hecho, todas las veces que suena aquella campanilla del demonio, el capellán se olvida de su misa y no piensa sino en la cena de Nochebuena. Se imagina a los cocineros ajetreados, los hornillos donde arde un fuego de fragua, el vaho que sale de las cacerolas entreabiertas, y entre aquel vaho, dos magníficos magníficos pavos rellenos, reventando, constelados de trufas...

    DistractionsO también ve pasar filas de pajes llevando fuentes envueltas en vahos tentadores, y entra con ellos en el gran salón dispuesto ya para el festín. ¡Oh delicia! Aquí está la inmensa mesa, atestada y resplandeciente, los pavos adornados con sus plumas, los faisanes abriendo sus alas rojizas, los botellones color rubí, las pirámides de frutas brillando entre las ramas verdes, y los maravillosos pescados de que hablaba Garrigú, (¡Garrigú, hum!) tendidos en un lecho de hinojo, con la escama nacarada como si acabaran de salir del agua, y con un ramillete de hierbas aromáticas en sus agallas de monstruos. Tan viva es la visión de aquellas maravillas, que a Don Balaguére le parece que todos aquellos platos estupendos están servidos delante de él, sobre los bordados del mantel del altar, y dos o tres veces, en lugar de decir !Dominus vobiscum!, se sorprende recitando el Benedicite... Excepto esas pequeñas equivocaciones, el buen hombre despacha el oficio divino muy concienzudamente, sin saltar una línea, sin omitir una genuflexión, y todo anda muy bien hasta el fin de la primera misa, porque habéis de saber que, el día de Navidad, el mismo oficiante debe celebrar tres misas consecutivas.

     -"¡Y va una!" -se dice el capellán, con un suspiro de alivio; luego, sin perder un minuto, hizo señas a su monaguillo, o al que creía su monaguillo, y...

     -¡Tilín!... ¡Tilín!...

     La segunda misa comienza, y con ella el pecado de Don Balaguère.

    LasTMR"Deprisa, deprisa, apresurémonos", le grita con su vocecita agridulce la campanilla de Garrigú, y esta vez el desgraciado oficiante, entregado completamente al demonio de la gula, se lanza sobre el misal, y devora las páginas con la avidez de su apetito sobreexcitado. Se inclina, se levanta frenéticamente, esboza apenas las señales de la cruz, las genuflexiones, acorta todos sus ademanes para acabar más ligero... Apenas si extiende los brazos en el Evangelio; apenas si se golpea el pecho en el Confiteor. Parece que entre el monaguillo y él apostaran a quién farfulla más deprisa. Los versículos y las respuestas se precipitan, se atropellan. Las palabras medio pronunciadas, sin abrir la boca, cosa que tomaría demasiado tiempo, terminan en murmullos incomprensibles.

     - Oremus... bs... bs... bs.
     - Mea culpa... pa... pa...

   Como vendimiadores apurados pisando la uva en el lagar, ambos chapotearn en el latín de la misa, enviando salpicaduras a todos lados.

    - ¡Dom... scum!.. -dice Balaguère.

    - ... Stutuo... -contesta Garrigú.

 tilintilin2Es la maldita campanilla, que sigue repiqueteando en sus oídos, como los cascabeles que se ponen a los caballos de posta para hacerlos galopar con mayor rapidez. Podréis imaginaros que a ese ritmo una misa rezada se despacha rápidamente.

  -"¡Y van dos!" -dijo el capellán, jadeante. Luego, sin perder tiempo en respirar, rojo, sudando, baja a la carrera las gradas del altar, y...

    ¡Tilín!... ¡Tilín!... 

   Comienza la tercera misa. No hay que dar sino unos cuantos pasos para llegar al comedor; pero ¡ay! a medida que se aproxima la cena de Nochebuena, el infortunado Balaguère se siente preso por una locura de impaciencia y de gula. Se acentúan las visiones, las carpas doradas, los pavos asados están ahí, ahí... los toca... los... ¡Oh, Santo Dios!.. Las fuentes humean, los vinos embalsaman el ambiente... Y sacudiendo su cascabel endiablado, la campanilla le grita:

    - "¡De prisa, de prisa, todavía más de prisa!...

   ¿Pero ¿cómo podría ir aún más deprisa?

   PorDondeVaSus labios se mueven apenas. Ya ni pronuncia las palabras... A menos de hacer trampa a Dios y le escamoteara su misa... ¡Y es lo que hace el desdichado! De tentación en tentación comienza por saltarse un versículo, luego dos. Luego, la epístola es demasiado larga y no la termina; roza apenas el Evangelio, pasa por delante del Credo sin entrar en él, se salta el Padrenuestro, saluda de lejos el Prefacio, y a saltos y a empujones se precipita en la condenación eterna, seguido siempre por el infame Garrigú, (¡Vade retro, Satanás!) que lo secunda con maravillosa armonía, le endereza la casulla, pasa las hojas de dos en dos, vuelca los atriles, tira las vinajeras, y sacude sin cesar la campanilla, cada vez más fuerte, cada vez más de prisa.

    ¡Hay que ver qué cara más asustada la de todos los concurrentes! Obligados a seguir por la mímica del sacerdote esa misa de la que no entienden una palabra, unos se levantan cuando otros se arrodillan, se sientan cuando los demás se ponen de pie, y todas las fases de aquel oficio singular se confunden en los bancos en una multitud de actitudes diversas.

     La estrella de Navidad, en camino por los senderos del cielo, dirigiéndose hacia el pequeño establo, palidece de espanto al ver aquella confusión...El abate anda demasiado a prisa...

     MisaEn- El sacerdote va demasiado deprisa... No se le puede seguir -murmura la anciana viuda agitando su cofia con turbación.

     Maese Arnoton, con sus grandes gafas de acero sobre las narices, busca en su libro de misa por dónde diablos puede estar. Pero, en el fondo, toda aquella buena gente, que piensa también en la cena de Nochebuena, no se enfada ni mucho menos de que la misa vaya a todo correr, y cuando Don Balaguère, con la cara radiante, se vuelve hacia la concurrencia gritando con todas sus fuerzas el ¡Ite missa est! todos a una voz, en la capilla, le contestan con un Deo gratias tan alegre, tan incitante, que parece el primer brindis de la cena de Nochebuena.

 

III 

    Cinco minutos después la multitud de señores se sentaba en la gran mesa del comedor, con el capellán en medio de ellos. El castillo, iluminado de arriba abajo, retumbaba con cantos, gritos, risas, rumores, y el venerable Don Balaguère hincaba su tenedor en un ala de chocha, ahogando el remordimiento de su pecado bajo los torrentes del buen vino del CuraSopapapa, y en los excelentes jugos de los manjares. Tanto comió y bebió el pobre santo varón, que aquella misma noche murió de una indigestión terrible, sin haber tenido siquiera tiempo de arrepentirse; luego, a la madrugada, llegó al cielo, todo rumoroso aun por las fiestas de la noche, y ya se imaginarán ustedes de qué manera se le recibió:

   -¡Retírate de mí vista, mal cristiano! -le dijo el soberano Juez, nuestro amo y señor- Tu falta es bastante grave como para borrar una vida entera de virtud... ¡Ah, me has robado una misa de Navidad!... Pues bien: me pagarás trescientas en su lugar, y no entrarás al Paraíso sino cuando hayas celebrado en tu propia capilla esas trescientas misas de Navidad, en presencia de todos cuantos han pecado contigo por tu culpa...

   ... Y ésta es la verdadera leyenda de Don Balaguère, como se cuenta en el país de los olivos. Hoy el castillo de Trinquelague no existe ya, pero la capilla se mantiene aún en pie en la cumbre del monte Ventoux, en un bosquecillo de encinas verdes. El viento hace golpear la puerta desvencijada, la hierba invade el umbral; hay nidos en los rincones del altar y en el alféizar de las altas ventanas, cuyos vidrios de colores han desaparecido ya hace mucho.

    LesTroisMessesSin embargo, parece que todos los años, por Navidad, una luz sobrenatural vaga por aquellas ruinas, y que al ir a las misas y a las cenas de Nochebuena, los campesinos ven aquel espectro de capilla iluminado con cirios invisibles que arden al aire libre, incluso bajo la nieve y el viento. Podéis reíros si os place, pero un vinatero del lugar, llamado Garrigue, descendiente sin duda de Garrigú, me ha aseguró que una noche de Navidad, que estaba un poco borracho, se había perdido en la montaña hacia el lado de Trinquelague, imaginaos lo que vio: Hasta las once de la noche, nada. Todo estaba silencioso, oscuro, inanimado. De pronto, a eso de medianoche, sonó una campana en lo alto de la torre, una vieja, viejísima campana que parecía hallarse a diez leguas de allí. De pronto, por el camino que sube hacia el castillo, Garrigue vio temblar luces, agitarse sombras indecisas. Bajo el portal de la capilla andaban y susurraban:

    - Buenas noches, maese Arnoton.

    - Buenas noches, buenas noches, hijos míos...

   TimbreDaudetCuando todos hubieron entrado, mi vinatero, que era muy valiente, se acercó despacito, y mirando por la puerta rota asistió a un espectáculo singular. Toda la gente que había visto pasar se había colocado alrededor del coro en la nave en ruinas, como si los antiguos bancos existieran todavía. Bellas señoras vestidas de brocado con tocados de encaje, señores adornados de pies a cabeza, campesinos de chaquetas bordadas como las de nuestros abuelos, todos con aire viejo, marchito, polvoriento, cansado. De vez en cuando, las aves nocturnas, huéspedes habituales de la capilla, despertadas por todas aquellas luces, venían a merodear alrededor de las velas cuya llama subía derecha y vaporosa como si ardiera detrás de una gasa, y lo que divertía mucho a Garrigue era cierto personaje de grandes gafas de acero, que se sacudía a cada instante su alta peluca negra, en la que uno de los pájaros se había detenido y, enredado, batía silenciosamente las alas...

    En el fondo, un viejete de talla infantil, de rodillas en medio del coro, agitaba desesperadamente una campanilla sin badajo y sin voz, mientras que un sacerdote, vestido de oro viejo, iba y venía ante el altar, recitando oraciones de las que no se entendía una palabra...

     Era, claro está, Don Balaguère, que estaba diciendo su tercera misa rezada.

 

 
NOTA FRALIB:  De "Cartas desde mi molino" hemos elegido para su transcipción tres cuentos/relatos. Además de este, "Las tres misas rezadas", incorporamos otros dos de los más célebres: "La cabra del señor Seguin" y "El elixir del reverendo padre Gaucher". Por comodidad y espacio, los tres relatos están incluídos en módulos independientes, pero a los que se puede acceder desde aquí con enlaces directos como una continuación.
    

        De "Cartas desde mi molino", también:   

    Principal de "Cartas desde mi molino":  RetrospectivaArlanza177      El elixir del reverendo padre Gaucher: CopaElixir177

                        

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