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Fragmentos de libros. EL MIEDO DEL PORTERO AL PENALTY de Peter Handke Fragmentos II:

  

                    Editorial:   Alfaguara               Acceso/Volver fragmentos I de "El miedo del portero al penalty":  AutorretratoYCamarera177

 
 
 
Continúa.   

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    … En la plaza de la estación se encontró con un conocido que se dirigía a las afueras de la ciudad para actuar de árbitro en un partido de colegiales. Bloch no se tomó en serio esta información y siguió la broma diciendo que él podía ir también y ser el juez de línea. Asimismo, cuando el conocido abrió su macuto acto seguido y le enseñó lo que había dentro, un equipo de árbitro y una bolsa de limones, Bloch, como había hecho anteriormente al decir el otro la primera frase, tomó estos objetos por artículos de broma y, dirigiéndose de nuevo al conocido, se declaró dispuesto a cargar inmediatamente con el macuto si le permitía viajar con él. Incluso cuando se encontraban en un tren que les lTheGoalies Fotogramaslevaba a las afueras de la ciudad y tenía el macuto sobre las rodillas, le daba la impresión de que seguía tomándolo todo en broma, sobre todo ahora que era la hora de comer y el compartimento se había quedado casi vacío. Desde luego Bloch no podía explicarse lo que el compartimento vacío tenía que ver con su jocoso comportamiento. Que el conocido se dirigiera a las afueras con un macuto y que él, Bloch, fuera con él, que comieran juntos en un restaurante de las afueras de la ciudad y que fueran juntos, como decía Bloch , «a un campo de fútbol de carne y hueso», también le parecía, cuando volvía solo a la ciudad, un engaño mutuo. Todo esto no había servido de nada, pensó Bloch . Por suerte, no se encontró a nadie en la plaza de la estación…

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      … Cuando ella salió un momento a comprar algo para el desayuno —«¡hoy es lunes!», dijo—, Bloch tuvo por fin la oportunidad de mirar todo tranquilamente. Mientras comían hablaron mucho. Al cabo de un rato Bloch observó que ella hablaba de cosas que él acababa de contarle como si se tratara de sus propias cosas, mientras que él, por el contrario, cuando mencionaba algo que ella acababa de contar, o bien lo citaba solamente con precaución o, desde el momento en que hablaba de ello con sus propias palabras, ponía siempre delante un extraño y distante «eso» o «esa», como si temiera inmiscuirse en sus asuntos. Si él hablaba del capataz o se refería a un futbolista llamado Stumm, podía ser que ella inmediatamente después dijera con toda confianza y naturalidad «el capataz» y «Stumm»; sin Desayunandoembargo, cuando ella mencionó a un conocido llamado Freddy y un establecimiento que se llamaba El Sótano de Esteban, él decía siempre al contestar: «¿ese Freddy?» y «¿ese Sótano de Esteban?». Todo lo que ella sacaba a relucir le impedía interesarse por ello y le molestaba que repitiera lo que él había dicho de una manera espontánea y natural.

   Por supuesto, algunas veces, de vez en cuando y solamente por un momento, la conversación le parecía tan normal como a ella: él le preguntaba y ella contestaba; ella preguntaba y él daba una respuesta muy natural. «¿Es aquello un avión a reacción?» «No, es un avión de hélice.» «¿Dónde vives?» «En el segundo distrito.» Incluso le faltó poco para contarle la pelea. 

     Pero entonces empezó a molestarle todo cada vez más. Quería contestarle, pero se interrumpía continuamente porque le parecía que ya sabía lo que le iba a decir. Ella comenzó a inquietarse, se paseaba por la habitación de un lado a otro; buscaba algo que hacer y sonreía tontamente. Pasó un rato dando la vuelta a los discos y cambiándolos. Se levantó y se echó en la cama; él se sentó a su lado. ¿Iba hoy al trabajo?, preguntó ella.

    Inesperadamente le puso las manos en la garganta. Al momento comenzó a apretar tan fuerte que a ella ni por un instante se le ocurrió tomárselo en broma. Bloch escuchó voces fuera, en el descansillo. Tenía un miedo mortal. Se dio SeSintioCansadocuenta de que a la chica le salía un líquido por la nariz. Dio también una especie de gruñido. Finalmente escuchó un sonido parecido a un crujido. Le pareció como el ruido que hace una piedra al golpear de pronto la parte de abajo de un coche en un camino vecinal lleno de baches. En el suelo de linóleo habían caído gotas de saliva.

      Apretaba con tanta fuerza que enseguida se sintió cansado. Se tumbó en el suelo, incapaz de quedarse dormido e incapaz de levantar la cabeza. Oyó cómo alguien golpeaba por fuera el pomo de la puerta con un trapo. Aguzó el oído. No se oía nada. Por lo tanto debía de haberse quedado dormido…

 

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      … Bloch se despertó con los ruidos y la respiración jadeante de los basureros en la calle, que estaban vaciando los enormes cubos de basura en el camión de recogida; pero cuando se asomó afuera vio que había sido más bien la puerta corredera del autobús que se había cerrado al arrancar, y que más allá estaban descargando las cántaras de leche en el muelle de carga de la lechería; aquí en el campo no había camiones para la recogida de las basuras; ya empezaban otra vez las confusiones. 

      DameroRevueltoBloch vio que la chica estaba en la puerta con un montón de toallas al brazo, y encima una linterna; antes de que pudiera atraer su atención, ya había desaparecido en el pasillo. Después de cerrar la puerta comenzó a disculparse, pero Bloch no podía entenderla porque en aquel momento estaba también diciéndole algo a ella. La siguió por el pasillo; ella ya se había metido en otra habitación; de vuelta en su cuarto, Bloch, con mucha exageración, dio dos vueltas a la llave en la cerradura. Un poco más tarde fue a buscar a la chica, que estaba algunas habitaciones más allá, y le explicó que había sido un malentendido. La chica, mientras extendía una toalla encima del lavabo, contestó que sí, que había sido un malentendido, que probablemente hacía un rato, cuando se encontraba al fondo del pasillo, le había confundido con el conductor del autobús que estaba en el rellano de la escalera, así que, creyendo que ya estaba abajo, había entrado en la habitación. Bloch, que estaba en el quicio de la puerta, dijo que no se había referido a eso. Pero ella abrió el grifo en aquel momento, así que le pidió que repitiera la frase. Bloch contestó entonces que en la habitación había demasiados armarios, arcones y cómodas. La muchacha replicó que sí y que sin embargo en la fonda faltaba personal, como probaba la confusión anterior que seguramente, en su caso, se había debido al agotamiento. Bloch contestó que no se había referido a eso al hacer la observación sobre los armarios, solamente quiso decir que apenas se podía mover uno en la habitación.

     DieAngst2La muchacha preguntó qué quería decir con eso. Bloch no contestó. Ella interpretó ese gesto mientras estrujaba la toalla sucia, o más bien Bloch interpretó ese gesto como una réplica a su silencio. Ella dejó caer la toalla en la cesta; Bloch tampoco contestó esta vez, por lo que, en su opinión, la chica comenzó a descorrer las cortinas, así que se salió al pasillo, que estaba más oscuro. «¡No quise decir eso!», exclamó la chica. Le seguía por el pasillo, pero después Bloch comenzó a seguirla mientras ella repartía las toallas por las habitaciones. En un recodo del pasillo tropezaron con un montón de sábanas sucias que había en el suelo. Al apartarse Bloch, se le cayó a la chica una caja de jabón que llevaba encima del montón de toallas. ¿Si necesitaba una linterna para volver a casa?, preguntó Bloch. Tenía novio, contestó la chica, que se levantó después de recoger la caja toda colorada. ¿Si en la fonda tenían alguna habitación con las puertas dobles?, preguntó Bloch. «Mi novio es ebanista», contestó la chica. Bloch dijo que una vez en una película había visto que en un hotel se quedaba encerrado un ladrón entre las dos puertas. «¡Todavía no ha conseguido nada ni nadie escaparse de nuestras habitaciones!», dijo la chica…

 

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     PorteroArena… Cuando le preguntaron lo que era, contestó que había sido portero de un equipo de fútbol. Explicó que los porteros podían estar más tiempo activos que los jugadores de campo. «Zamora se mantuvo hasta que ya era bastante viejo», dijo Bloch. Como respuesta se pusieron a hablar de los jugadores de fútbol que ellas conocían. Cuando se jugaba un partido en su pueblo, se ponían detrás de la portería del equipo visitante y le hacían burla al portero para ponerle nervioso. La mayoría de los porteros eran zambos. 

   Bloch observó que cada vez que mencionaba algo y comenzaba a hablar de ello, contestaban las dos con una historia que les había ocurrido a ellas con el objeto mencionado o con un objeto parecido, o que en cualquier caso conocían de oídas. Por ejemplo, si Bloch hablaba de la fractura de costillas que había sufrido siendo portero, ellas contestaban que unos días antes se había caído un trabajador de una pila de tablones en la serrería del pueblo y también había sufrido una fractura de costillas; y cuando Bloch mencionó entonces que habían tenido que coserle los labios varias veces, le contaron como respuesta un LaAngoisse du gardiencombate de boxeo en la televisión, donde a un boxeador le habían reventado también una ceja; y cuando Bloch contó que al dar un salto una vez chocó con un lateral de la portería y se partió la lengua por la mitad, ellas replicaron inmediatamente que el colegial mudo también tenía la lengua partida en dos.

      Además, hablaban de cosas y sobre todo de personas que era imposible que él conociera, dando por descontado que él tenía que conocerlas y que sabía perfectamente de lo que hablaban. Maria le había pegado a Otto en la cabeza con el bolso de cocodrilo. El tío había bajado al sótano, había perseguido a Alfred por el patio y había pegado a la cocinera italiana con una rama de abedul. Eduard se había apeado en la bifurcación de caminos, así que a medianoche tuvo que irse a pie a casa; ella había atravesado el bosque del asesino de niños para que Walter y Karl no la vieran caminando por el camino de los extranjeros, y al final se había quitado los zapatos de baile que le había regalado el señor Friedrich. Bloch, sin embargo, hacía una aclaración a cada nombre y explicaba también de quién se trataba. Incluso describía algunos de los objetos que mencionaba para explicar cómo eran. Cuando surgió el nombre de Victor, Bloch añadió: «Un conocido mío»; y cuando hablaba de un tiro libre no solamente describía lo que era un tiro libre sino que les explicaba, mientras las peluqueras esperaban la continuación de la historia, las reglas del tiro libre en general; e incluso, cuando mencionaba un córner que un árbitro había pitado, creía que estaba en la obligación de explicarles Alianza Caratulaque no se trataba de la esquina de una habitación. Cuanto más hablaba, menos natural le parecía lo que decía. Poco a poco llegó a la convicción de que cada palabra necesitaba una aclaración. Tenía que dominarse para no detenerse en medio de una frase. Algunas veces, cuando estaba diciendo una frase que había pensado con anterioridad, se equivocaba; cuando lo que decían las peluqueras resultaba ser exactamente igual que lo que él se había imaginado mientras estaba escuchando, le era imposible contestar. Mientras estuvieron hablando entre ellos con familiaridad, se había ido olvidando cada vez más de lo que le rodeaba; ni siquiera había seguido viendo al perro y al niño de la habitación de al lado; pero, cuando después se detuvo sin saber cómo continuar y comenzó a buscar frases que todavía se sentía capaz de decir, el exterior comenzó a llamarle de nuevo la atención y por todas partes veía particularidades. Por fin preguntó si Alfred era amigo de ellas; si siempre había una rama de abedul encima del armario; si el señor Friedrich era un representante; o si el camino de los extranjeros se llamaba así porque a lo mejor pasaba por una población extranjera. Ellas le contestaban muy complacientes y poco a poco Bloch comenzó a percibir de nuevo, y todo al mismo tiempo, siluetas, movimientos, voces, llamadas y formas en lugar de cabellos teñidos con las raíces oscuras, en lugar de un broche solitario en el escote, en lugar de unas uñas ennegrecidas, en lugar de una sola espinilla en las cejas depiladas, en lugar del abrigo de pieles en el asiento de una silla del café. Con un solo movimiento, rápido y sereno, cogió al vuelo el bolso que de improviso se había caído de la mesa. La primera peluquera le ofreció un bocado de su bocadillo, y mientras ella lo sostenía mordió con toda naturalidad…

 

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    AfficheCinema… Al llegar al castillo dio unos golpecitos en la ventana de la casa del portero. Se acercó tanto al cristal que podía mirar adentro. Encima de la mesa había un recipiente lleno de ciruelas. El portero, que estaba tumbado en el sofá, se acababa de despertar; comenzó a hacerle señas, pero Bloch no sabía cómo contestarle. Movió la cabeza afirmativamente. El portero salió con una llave, abrió la puerta y, dándose la vuelta inmediatamente, tomó la delantera. ¡Un portero con una llave!, pensó Bloch; otra vez le pareció como si todo lo que veía fuera solamente una retransmisión. Se dio cuenta de que el portero tenía la intención de guiarle por el edificio. Se propuso aclarar el malentendido; pero aunque el portero hablaba muy poco, no se presentó ninguna oportunidad. Atravesaron una puerta a la entrada que tenía clavadas sobre el quicio multitud de cabezas de peces. Bloch se había preparado para recibir una explicación, pero al parecer se le había pasado otra vez por alto el momento oportuno. Ya estaban dentro. En la biblioteca el portero le leyó en voz alta fragmentos de algunos libros, donde se hablaba de cómo en la Edad Media los campesinos tenían que ceder a su señor gran parte de la cosecha en concepto de renta. Bloch no consiguió interrumpirle en este punto porque, en aquel momento, el portero estaba traduciendo una inscripción latina que hablaba de un campesino insubordinado. «Tuvo que abandonar el señorío», leyó el portero, «y algún tiempo después lo encontraron en el bosque colgado boca abajo de una rama con la cabeza en un hormiguero». El libro de rentas era tan grueso que el portero necesitó las dos manos para darle la vuelta. Bloch preguntó si la casa estaba habitada. El portero contestó que la entrada a las habitaciones privadas no estaba permitida. Bloch oyó un chasquido, pero era solamente que el portero había cerrado el libro. «La oscuridad en los bosques de abetos», citó el portero de memoria, «le hizo perder el juicio». Afuera se oyó un ruido, como si una manzana muy pesada se desprendiera de una rama. Pero no se oyó el impacto. Bloch miró por la ventana y vio que el hijo del casero estaba en el jardín, donde, con una larga vara que tenía en el extremo un saco con púas en los bordes, arrancaba las manzanas con las púas y después caían en el saco, mientras la posadera se encontraba debajo, en la hierba, con el delantal extendido.

     Mariposas AlbertWinklerEn la habitación vecina había tableros con mariposas colgados en las paredes. El portero le enseñó las manchas que le habían salido en las manos al disecarlas. A pesar de todo, muchas mariposas se habían caído de los alfileres en que estaban clavadas; Bloch vio el polvo en el suelo, debajo de los tableros. Se acercó un poco más y observó con atención los restos de las mariposas que aún estaban clavados en los alfileres. Cuando el portero entró y cerró la puerta a sus espaldas, se desprendió algo de un tablero fuera de su campo visual y se deshizo en polvo al caer. Bloch vio un pavón nocturno, que parecía casi enteramente cubierto por un resplandor verdoso y opaco. No se inclinó hacia delante, ni tampoco dio un paso atrás. Leyó los rótulos al pie de los alfileres vacíos. Algunas mariposas habían cambiado tanto de forma que solamente se las podía reconocer por las descripciones de los rótulos. «Un cadáver en el cuarto de estar», citó el portero desde la puerta que comunicaba con la habitación de al lado. Alguien dio un grito en el exterior y se oyó que una manzana se caía al suelo. Bloch, al asomarse a la ventana, vio cómo una rama vacía recobraba bruscamente su posición inicial. La posadera echó la manzana que se había caído al suelo en el montón de las manzanas dañadas...

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      Bloch ArthurBraussBloch estaba irritado. Dentro de los fragmentos veía los detalles con tanta claridad que le resultaba molesto: como si los trozos que veía valieran por la totalidad. Los detalles le parecían otra vez placas con nombres grabados. «Letreros luminosos», pensó. Así, por ejemplo, cuando veía la oreja de la camarera con el pendiente, lo tomaba como algo representativo de toda la persona. Y un bolso en una mesa cercana a la suya, que estaba un poco entreabierto, de forma que se veía dentro un pañuelo de cabeza de lunares, representaba a la mujer que estaba sentada a aquella mesa, y que mientras sostenía una taza de café con una mano, con la otra hojeaba una revista y solamente se detenía de vez en cuando para mirar una fotografía. A una torre de copas de helado, puestas una encima de otra en el mostrador, se la podía comparar con el dueño, y el charco de agua en el suelo, a los pies del perchero, representaba los paraguas que estaban colgados. En lugar de ver las cabezas de los clientes, Bloch veía las manchas de suciedad de la pared a la altura de sus cabezas. Estaba tan irritado que miraba el sucio cordón, del que en aquel momento tiraba la camarera para apagar los apliques de la pared —ahora había mucha más claridad en la calle—, como si toda la iluminación de la pared estuviera ahí solamente para fastidiarle. Además le dolía la cabeza porque cuando llegó estaba lloviendo.

     LosMolestosDetallesLos molestos detalles parecían ensuciar y deformar completamente las figuras y el entorno al que pertenecían. Uno se podía defender dándoles un nombre a cada uno en particular y utilizando después estas denominaciones como insultos contra esos mismos objetos o individuos. Al dueño, que estaba detrás de la barra, se le podía llamar una copa de helado y a la camarera se le podía decir que era un agujerito en el lóbulo de la oreja. Del mismo modo entraban ganas de decirle a la mujer de las revistas: ¡Eh, tú!, ¡bolso!, y al hombre de la mesa de al lado, que por fin había salido de la habitación trasera y se estaba bebiendo el vaso de vino de pie mientras pagaba: ¡Eh, tú!, ¡mancha de los pantalones!, o gritarle mientras estaba poniendo en aquel momento el vaso vacío encima de la mesa para marcharse que era una huella digital, un picaporte, una fila de botones de un abrigo, un charco de agua, un tornillo de bicicleta, un guardabarros, etcétera, hasta que la figura de la calle con una bicicleta hubiera desaparecido de la escena... Incluso las conversaciones y sobre todo las exclamaciones de la gente, el ¿de verdad?, el ¡vaya, vaya!, le resultaban tan molestas que le entraban a uno ganas de burlarse repitiéndolas en voz alta…

...

También, de "El miedo del portero al penalty", el final:

 TiroACasillas177

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