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Fragmentos de libros. ARENAS MOVEDIZAS de Henning Mankell.  Fragmentos II:

Editorial:     TusquetsEditores              Acceso/Volver a los Fragmentos I de "Arenas movedizas": TorrenteYCubos85
 

Continúa  PARTE I   El dedo torcido

De 25   París.

 ... Aquella misma noche, le comuniqué a mi padre lo que había decidido. Se me quedó mirando como si me hubiera vuelto loco. Después de concluir mi entrecortada y, seguramente, dudosa explicación de por qué había dejado el instituto y me disponía a emprender el viaje a París, se quedó callado unos instantes. Luego me pidió que repitiera lo que acababa de decirle. Mi segunda versión resultó, según la recuerdo hoy, cincuenta años después, más breve si cabe. 

- Ya. Y tú crees que te va a salir bien, ¿no? -dijo-. ¿Dónde vas a alojarte? ¿De qué vas a vivir? Nadie ha oído hablar nunca de un escritor de dieciséis años. ¿Sobre qué vas a escribir? ¿Cómo se llama el músico cuya dirección tienes?

Göran Eriksson.

ArenasDeSalNo dijo más. Pero aquella noche lo oí recorrer inquieto su cuarto. Me pregunté cómo podía nadie optar por ser padre voluntariamente.

Me hice con un pasaporte, compré un billete, vendí una colección de discos que tenía y algunos libros, lo reuní todo e hice la maleta. Una maleta que compré con el dinero que conseguí empeñando el transistor que había robado en Gotemburgo.

Todavía me remuerde la conciencia por aquel robo.

Yo tenía una novia que se llamaba Monika. Era rubia y llevaba flequillo. Y tenía los ojos muy bonitos, un tanto peligrosos. No le había dicho gran cosa de mis planes de futuro. Cuando dejé el instituto, le dije lo que pensaba hacer. A ella le pareció que no estaba en mis cabales y terminó conmigo. Pero luego, una vez que me hube instalado en la capital francesa, empezó a escribirme diciéndome que, naturalmente, estábamos juntos. Que pensaba venir para el verano. Quizá. Tener un novio en París tenía su encanto...

  

De 26  Los hipopótamos.

… En la década de 1980 veía cerca de Lusaka, la capital de Zambia, a mujeres y niños sentados al filo de la carretera pulverizando piedras para convertirlas en macadán. El polvo formaba remolinos en el aire, el calor era brutal. Alguna de las personas que venían conmigo dijo que aquellas mujeres estaban tan cansadas que no eran capaces de pensar más allá de que tanto moler piedra les daría, después de todo, comida para ellas y para sus hijos. Aparte de eso, no tenían en la cabeza nada más. Estaban demasiado cansadas para todo lo que no fuera pura supervivencia.

EnlaceMexico ZambiaRLas personas que viven en los márgenes extremos de la sociedad no tienen elección.

Echarse a morir en la calle no es una elección. Morir de inanición tampoco es una alternativa. Hoy en día disponemos de todos los recursos necesarios para erradicar la pobreza absoluta y conseguir que todas las personas estén a este lado de la frontera de la inanición. Pero elegimos no hacerlo. Es una elección que sólo puedo considerar como criminal. Pero no hay ningún tribunal que, a escala global, pueda demandar a los delincuentes responsables de que la inanición y la pobreza no se combatan con todos los recursos disponibles. Y es una elección que nos obliga a todos a involucrarnos y a asumir nuestra responsabilidad.

Hoy, tantos años después de mi estancia en París en aquella época en la que recogía colillas de las aceras, comprendo con más claridad que nunca el privilegio que es poder elegir. Aparte de aquellos meses, siempre me he encontrado en el lado adecuado de la frontera, un lado en el que he tenido tiempo y fuerzas y el estómago lo bastante lleno para poder considerar varias opciones.

En muchas ocasiones he elegido mal y he tenido motivos para arrepentirme, aunque no he podido revocar las decisiones tomadas. Pero lo más importante es que nunca me he dejado llevar por la corriente sin oponer resistencia, sin intervenir alzando la voz.
Aunque… eso no es del todo verdad.

Una vez, pronto hará treinta años, sí me dejé llevar por una corriente. Ocurrió en Zambia, a orillas de uno de los afluentes del gran río Zambeze, en las regiones del noroeste del país, en la zona de Mwinilunga. Me encontraba en un bote pequeño de motor fuera borda. Éramos cuatro personas apiñadas en aquel espacio escaso e inestable. Habíamos navegado a contracorriente y ahora volvíamos con el motor apagado para pescar peces tigre mientras nos llevaba la corriente. El río se bifurcaba en un punto, y allí debíamos girar hacia el brazo del río que nos conduciría hasta el lugar donde teníamos la tienda y el coche. Era importante poner el motor en marcha a tiempo, dado que allí mismo había un lugar donde se reunían hipopótamos. Habían tenido crías hacía poco y estaban extremadamente agresivos. Pocas personas saben que el hipopótamo, con su insidiosa calma, es uno de los animales africanos que más seres humanos mata cada año.

Zambezi riverComo cabía esperar, el motor no arrancó cuando empezamos a tirar de la cuerda. En un principio nos lo tomamos a risa, pero nos acercábamos rápidamente a la bifurcación y ya entreveíamos las cabezas de los hipopótamos por encima de la superficie del agua. No teníamos la menor posibilidad de alejarnos de ellos con los remos. Si íbamos a parar en medio de la manada, sería nuestro fin. Volcarían el bote y nos matarían partiéndonos en dos de un bocado con sus gigantescas mandíbulas.

En el bote reinaba la calma mientras el hombre que se encargaba del motor, que era el que mejor lo conocía, tiraba febrilmente de la cuerda de arranque. No había nada que decir. Ninguno de nosotros dudaba de lo que ocurriría dentro de unos minutos si no lográbamos arrancar el motor. Arrojarse al agua y tratar de alcanzar la orilla a nado no era una solución: el río estaba lleno de cocodrilos. Ninguno de nosotros llegaría vivo a tierra, antes se vería arrastrado al fondo y ahogado para convertirse en pasto de los cocodrilos.

Por suerte, el motor arrancó por fin. Y conseguimos virar a tiempo.

Aquella noche se impuso un silencio insólito en el campamento. Se oía el crepitar del fuego mientras las sombras de las llamas bailaban deslizándose por nuestra cara.

Muchos años después, hablando un día con uno de los integrantes del grupo, le pregunté qué pensó al ver que los hipopótamos estaban cada vez más cerca. Respondió sin necesidad de reflexionar. Ya lo había pensado muchas veces. 

-Busqué una alternativa. Pero no había ninguna. Es la única vez en mi vida que me he rendido. Cuando el motor arrancó, creí por un momento que Dios existía. Lo que allí había ocurrido no era cosa de este mundo.

-Se habían mojado las bujías -dije-. El compañero que trataba de poner en marcha el motor permitió que entrara demasiada agua. Aquello no tenía nada que ver con ninguna religión.

Aquel amigo mío de la excursión pesquera no dijo nada. Para él, un dios era mejor explicación que un par de bujías en mal estado.

Era su elección, no la mía. Dios o un par de bujías.

Cada uno eligió una cosa.

  

De 27   Una catedral y una nube de polvo.

 SanEsteban MegaconstruccionesNet… Dudé un instante, pero luego me acerqué al banco de la mujer y me senté a su lado. Levantó la vista enseguida, como si la hubiera asustado, o como si hubiera entrado a la fuerza en un espacio que ella consideraba propio. Primero en alemán, luego en francés y finalmente en inglés, le pregunté si podía hacer algo. La mujer no comprendió lo que le decía. Creí entender que hablaba algo que recordaba al árabe, aunque no parecía ser norteafricana. Mi presencia no aliviaba su soledad. Al contrario, la mujer parecía más inquieta si cabe. De repente, se levantó y se fue. Me volví a mirar y la vi salir corriendo a la luz del sol que brilló cuando abrió la puerta de la catedral.

Nunca volví a verla. Pero, cuarenta años después de aquella visita a la catedral de San Esteban, sigo convencido de que estaba luchando contra una pena indecible. No sé de dónde salió ni adónde fue. Ni siquiera sé si sigue viva. Pero pienso en ella a menudo, como una suerte de icono del dolor, tengo su imagen colgada en una de mis paredes interiores. Y me recuerda algo que todo el mundo debe saber: que la tristeza debe vivir en nuestro interior para que su contrario pueda manifestarse. El cuento del Príncipe Simpenas es un relato que vale para todas las generaciones. Ningún príncipe, como tampoco ningún hombre normal y corriente, puede esconderse de la tristeza y pensar que tiene el privilegio de no sentirla jamás...

 

 

  De la SEGUNDA PARTE:  EL CAMINO A SALAMANCA

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De 35   El camino a Salamanca Primera parte.

 ... De repente, estalló una discusión en una mesa. Un hombre de edad y una mujer joven empezaron a lamentarse ruidosamente ante el camarero. Algo le pasaba al postre que acababan de servirles. El hombre lo apartó indignado y -según creo- aseguró que no se podía comer y que era un escándalo que se lo hubieran servido siquiera. El camarero se quedó escuchándolo en silencio. No con la cabeza inclinada como un escolar avergonzado, sino sin apartar la mirada de la pareja. Cuando ya parecía que el hombre no encontraba más palabras que decir, lo relevó la mujer. Hablaba con voz chillona y, por lo que pude captar, me dio la impresión de que se limitó a repetir lo que había dicho el hombre.

El camarero sostenía en la mano la bandeja, cargada de vasos y tazas de café que había ido recogiendo de las mesas.

Lo que vino después sucedió muy deprisa. La mujer no había terminado de hablar con aquella voz estridente cuando, de pronto, el camarero levantó la bandeja en el aire por encima de su cabeza y la lanzó contra el suelo de modo que las copas, los vasos y las tazas se hicieron añicos. Luego se quitó tranquilamente el delantal blanco y lo tiró al suelo. Y se fue. Dejó el restaurante en mangas de camisa, no se volvió a mirar, y desapareció.

Se hizo un silencio cada vez más denso. El cocinero había salido de la cocina, pero el hombre de la caja no se movió. Llamó a un hombre negro que salió de la cocina con los guantes de fregar puestos y que empezó a recoger los cristales. El hombre de la caja se levantó y se disculpó ante los pocos clientes que quedaban. Todos se apresuraron, terminaron de comer y pagaron. Al final, sólo quedaba yo. El hombre negro limpió los últimos restos del suelo. Le pagué al hombre de la caja, que me hizo un gesto resignado, pero no dijo nada.

Salí a la noche castellana. Por el camino de vuelta al hotel pasé por la Plaza Mayor, una de las más grandes que he visto en la vida. Aún había muchos jóvenes en la calle. Por algo en Salamanca la quinta parte de la población son estudiantes.

Cuando iba a girar por una de las perpendiculares en dirección al hotel, descubrí al camarero que había tirado la bandeja y el delantal. Estaba fumando un cigarrillo delante del escaparate de una agencia de viajes y parecía muy concentrado en sus pensamientos. Me paré y me quedé observándolo. En la ventana había publicidad de viajes alrededor del mundo. No sé si estaría leyendo las ofertas o si simplemente estaba pensando.

Cuando terminó el cigarro, aplastó la colilla con el zapato y se alejó de allí. Lo vi esfumarse en las sombras, entre dos farolas. Y no volví a verlo más.

SablesMouvants HM RAquella noche me quedé despierto en la cama un buen rato. Tenía de pronto la necesidad imperiosa de tomar una decisión. Era exactamente igual que el estallido repentino del camarero, hasta aquí podíamos llegar, y la resolución con la que salió del restaurante; todo suponía un reto para mí también. Me encontraba en la plenitud de la vida, en mitad de ese periodo que se caracteriza porque rebosa tanto de riesgos como de posibilidades.

Comprendía mejor que nunca que, una vez más, debía decidir de una vez por todas a qué quería dedicar mi vida. Aquella vida tan breve que rodeaban dos eternidades, dos tinieblas inmensas. El tiempo que me quedaba ya no era tanto como diez años atrás.

Aquella noche, en la vieja ciudad celta, mientras yacía desvelado hasta el amanecer, también yo tiré una bandeja simbólica al suelo, me quité el delantal y salí al calor de la noche.

Pensé que los únicos relatos verdaderamente importantes trataban de rupturas. De la ruptura de personas, de la ruptura de sociedades enteras, a través de revoluciones o de catástrofes naturales. Escribir, me dije, era iluminar con la linterna los rincones en penumbra y, en la medida de mis posibilidades, desvelar lo que otros trataban de esconder.

Existen dos tipos de narrador que se encuentran en una lucha constante. Uno entierra y esconde, mientras que el otro cava para desvelar.

Al amanecer pude dormitar unas horas. Cuando me desperté, me dolía la garganta y tenía fiebre. La idea de seguir conduciendo los doscientos kilómetros que me separaban de Madrid y luego seguir hacia el norte buscando la costa, rumbo a Francia, no me entusiasmaba. Decidí quedarme un día más en aquel hotel, que no era tan caro.

Aquella noche volví al restaurante. Pero no llegué a entrar. Vi por la ventana que el camarero era otro.

Al día siguiente, continué el viaje. De Sveg a Salamanca el camino había sido muy largo. Pero quedaba el viaje desde Salamanca, cuyo final desconocía.

La bandeja se estrella contra el suelo. Las tazas y las copas se hacen añicos.

Se produce una ruptura. Se plantea una pregunta.

  

De 43  El camino a Salamanca Segunda parte.

... Pedí un café y empecé a planificar mentalmente la continuación del viaje. Si aguantaba, intentaría llegar hasta Lyon ese día. Pero comprendí que, para conseguirlo, debería haber salido varias horas antes. Decidí que me bastaría con cruzar la frontera francesa. No tenía prisa.

La prisa es casi siempre una manifestación de necesidades humanas ficticias...

...

... En Salamanca vi rebelarse a una persona y poner punto final. Pero también vi la alegría serena, casi invisible, de una mujer que acababa de enterarse de que no iba a quedarse sola.

Por aquel entonces, yo tenía treinta y cinco años más o menos. Ahora tengo casi el doble. Aún hay muchas cosas inciertas en la vida. Es obvio que he vivido más de la mitad de mi vida. Y que las decisiones más importantes ya las he tomado. No voy a elegir una nueva forma de vida. Naturalmente, pueden producirse rupturas de diverso tipo, pero puedo decirme con tranquilidad: así fue mi vida.

Nunca volveré a Salamanca. Serán otros los que se sienten en la terraza de una cafetería y vean a alguien tomar leche mezclada con jerez. O los que visiten un barrio de tabernas donde un camarero, de repente, se harte y arroje el delantal.

HM Marina53 20151006Envejecer es mirar atrás. Podemos vivir el recuerdo de sucesos y de personas de forma distinta. Como cuando volvemos a un libro que ya hemos leído muchas veces. Siempre encontramos algo nuevo.

Desde que tengo cáncer, me invade la sensación de que en todos los recuerdos que me vienen a la memoria encuentro algo nuevo. Sólo ahora he visto a aquel camarero y a la señora Carmen con toda claridad. Antes, el contorno estaba borroso. Ya no. Se han convertido en imágenes congeladas perfectamente definidas. El delantal del camarero se ha quedado en el aire, como un ala desprendida del cuerpo. Las manos temblorosas de la señora Carmen se cierran como garras.

La vida es un viaje tumultuoso entre lo que nos causa miedo y lo que nos da alegría. En el mejor de los casos logramos atesorar buenos recuerdos a lo largo de ella. Por más que, en nuestro mundo, sean demasiadas las personas que se ven obligadas a olvidar para vivir.

Nunca volveré a Salamanca. Aun así, tengo la sensación de que siempre he estado de camino hacia ese lugar. En secreto.

 

 

De la TERCERA PARTE:  EL TÍTERE

De 44  El Suelo de Tierra.

… Nadie me había pedido que fuera al poblado de las afueras de Maputo donde vivía. Supe de la muchacha y de toda aquella familia tan pobre cuando, por casualidades de la vida, conocí a una de sus hermanas pequeñas, que había perdido las dos piernas en un terrible y artero accidente con una mina antipersonas. Sobre esta niña, Sofia, escribí después varios libros. Cuando visité a Sofia y a su familia, la hermana mayor, Rosa, la que ahora estaba moribunda, no andaba por allí, sino que, por lo general, se encontrabaen una parcela alejada, trabajando el huerto del que vivía toda la familia.

Lisístrata 1Precisamente la tarde en que fui al poblado acababa de salir del mohoso apartamento de Maputo en el que vivía, después de preparar los ensayos que me esperaban en el teatro al día siguiente. Estábamos trabajando en una versión de Lisístrata. Habíamos eliminado todo lo griego, pero el argumento básico en el que las mujeres inician una huelga amorosa para obligar a sus maridos a firmar la paz resultaba tan vigente en la actualidad como dos mil años atrás, cuando Aristófanes escribió tan genial comedia.

No sé por qué me entró aquella preocupación. De repente supe que tenía que ir al poblado aquella misma noche. Y eso hice.

Al final caí en la cuenta de por qué ahora pensaba en ella tan a menudo. Recordé cómo me había acuclillado en el suelo, muy cerca de ella, y clavé en el suelo la vela encendida. No dijimos nada. Lo único que se oía era el murmullo de las voces de su familia que se encontraba fuera alrededor del fuego, delante de la choza. Y el jadeo de su respiración, como si cada suspiro le exigiera un esfuerzo enorme. Yo trataba de imaginar en qué estaría pensando y qué sería lo que veía en la penumbra con aquellos ojos despiertos que, al mismo tiempo, expresaban un cansancio infinito.

Cuando por fin se volvió hacia mí y nuestras miradas se cruzaron, me oí formular una pregunta.

-¿Tienes miedo de lo que te espera?

Debí haberme mordido la lengua. No se le pregunta a una moribunda de diecisiete años, que no ha tenido la oportunidad de empezar a vivir en serio, si tiene miedo a morir.

Creo que sonrió al responder:

-No -dijo-. No tengo miedo. ¿De qué iba a tener miedo? No tardaré en levantarme. Pronto estaré curada.

Una semana después había muerto. Una de sus hermanas pequeñas hizo autoestop y un camión la llevó a la ciudad, así que, cuando terminé los ensayos, estaba esperándome. Con una voz tenue, tímida y susurrante, me contó que Rosa había muerto.

Naturalmente, no me sorprendió. Aun así, me eché a llorar. Algunos de los actores que bajaban del escenario se asustaron al verme. Nunca me habían visto llorar. Quizá pensaran que los blancos nunca lloran…

AVT Henning Mankell DravotAhora que vivo con esta lucha singular contra el cáncer, comprendo que me hago la misma pregunta que le hice en su día a Rosa. ¿Cómo de asustado estoy? ¿Me niego yo también a reconocer que la muerte siempre está cerca, como una posibilidad, cuando a uno le diagnostican un cáncer?

No lo sé. Pero creo que trato de ser sincero conmigo mismo. Claro que tengo miedo. De repente, unas olas gigantescas se yerguen salidas de la nada y azotan mi litoral, por dentro y por fuera.

He tratado de levantar una empalizada para resistir lo que me asusta. Si ocurriera lo peor, si el cáncer se extendiera y fuera imposible detenerlo, moriría. Ante eso no hay nada que hacer, salvo mostrar el mismo valor que hay que tener para llevar una vida decente. Uno de los argumentos más importantes para mantener la dignidad y tratar de conservar la calma es que, después de todo, yo no tengo diecisiete años ni voy a morir antes de haber empezado a vivir de verdad. Con mis sesenta y seis años, he vivido más de lo que la mayoría de las personas del planeta pueden soñar siquiera. He vivido una vida larga, aunque sesenta y seis años no sean hoy lo mismo que antaño.

Al hojear un ejemplar antiguo de ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo? del año 1964, veo que la mayoría de los «fallecidos del año» tienen entre sesenta y setenta años. Hay algunos de ochenta, pero ni por asomo tantos como hoy.

Lo que más asusta es, naturalmente, que la muerte sea dolorosa.

Pero hoy existen menos razones que antes para abrigar ese temor. En la actualidad, son pocos los dolores que no pueden controlarse.

Existe además una escapatoria extrema; pensar en ella me aporta cierta seguridad. Si se diera el caso de un dolor insoportable que no se pudiera paliar, podría pedir que me sedaran. Así abandonaría durmiendo esta vida y este mundo. Prefiero eso que tener que suicidarme. Es algo que no quiero hacer, por mis seres queridos. Si estuviera solo en la vida, podría ser una opción, pero hoy por hoy no lo es.

Mi temor más profundo tiene un origen bien distinto. Disparatado, infantil. Me da miedo pensar que estaré muerto mucho tiempo. Es un miedo absurdo, casi vergonzoso. En la muerte no existe el tiempo, no existe el espacio, nada. Mi participación en la danza de la vida ha terminado. Me he caído de la escalera de las edades del hombre en el último peldaño. 

Pero ¿no será ésa la verdadera seguridad? ¿El hecho de que mi miedo se base en una idea absurda de que la muerte se parece a la vida? ¿Que valen las mismas leyes y la misma conciencia? Claro que eso no es así.

Nunca sabré si era verdad que Rosa, moribunda en aquel suelo de tierra, no tenía miedo. Si respondió con sinceridad a aquella pregunta mía tan descarada y tan falta de delicadeza. Nunca sabré si se estaba engañando a sí misma o si sabía perfectamente cuál era la situación.

Es como si la joven africana estuviera ayudándome a responder las preguntas y guiándome por las vías tan dificultosas que discurren entre la vida y la muerte.

Mientras escribo esto acaban de darme la cuarta sesión de quimioterapia de lo que llaman «tratamiento de inicio». Dentro de unos días sabré si los citostáticos han surtido efecto o no.

Naturalmente, estoy preocupado y tenso. A veces, sobre todo por las noches, me despierto con una preocupación que es casi un ataque de pánico. Entonces me levanto y salgo a la oscuridad de la noche primaveral. Un ostrero que no tiene ganas de esperar al amanecer chilla desde la playa.

Por lo general, no me lleva más de unos instantes recobrar la calma, una calma frágil, pero calma al fin. Y entonces tengo a veces la sensación de que Rosa está allí mismo, muy cerca. Como un fantasma, como un espectro, no como un alma en pena o un alma bendita, sino sólo como un recuerdo y, por lo que a mí respecta, como un dolor permanente.

Y lo más importante de todo: como un recordatorio de lo que ocurrió aquella vez, sobre aquel suelo de tierra.

  

De 48  Al final ¿Quién habrá para escuchar?. (íntegro)

Entrar en una cueva es como desaparecer en un bosque denso. La luz cambia. Cada vez hay más penumbra; en la cueva, al final, la oscuridad es total. Los sonidos que antes nos rodeaban se van apagando, y se hace el silencio.

lascaux 03RPero en el interior de la cueva surge también otro fenómeno que ha atraído nuestra imaginación desde siempre. Resuena el eco. Puedes susurrar y el eco vuelve a ti mucho más alto. Si te mueves sólo unos pasos a uno u otro lado, el eco cambia. Puede llegar de muchos puntos al mismo tiempo. O moverse en círculos a tu alrededor. El eco está vivo.

No es de extrañar que la gente de hace unos cuarenta mil años imaginara que el eco eran las voces de lo sobrenatural. En la más honda oscuridad del interior de una cueva empezaron a hablar las paredes de piedra. No podían verse la cara ni el cuerpo, pero allí estaba la voz. Y hablaba la misma lengua que los hombres.

Pero el eco era más sorprendente aún. Los arqueólogos hicieron un descubrimiento prodigioso hará unos treinta años.

El investigador musical Iegor Reznikoff recorrió solo varias veces las cuevas francesas de Arcy-sur-Cure, en Borgoña, hacia mediados de la década de 1980. Es un sistema de cuevas con numerosas pinturas rupestres de veinte mil años de antigüedad como mínimo. Reznikoff observó que la mayoría de las pinturas se hallaban en la parte alta de la cueva, donde estaba más oscuro y había más dificultad a la hora de pintar. Asimismo, tomó nota de que ocurría lo mismo en muchas otras cuevas. ¿Por qué los artífices de aquellas pinturas no prefirieron trabajar allí donde había más luz y donde las condiciones de trabajo eran mejores?

Reznikoff iba caminando y hablando en la oscuridad, bajo y alto, a veces entre susurros, otras cantando. Siempre escuchando el eco y sus modificaciones. En los lugares en que el eco presentaba un carácter muy particular, encendía una de sus linternas. Entonces comprobaba, sin excepción, que justo allí se concentraba la mayor parte de las pinturas. Sencillamente, no podía ser casualidad. Examinó las cuevas, un sistema tras otro, buscando ecos con cualidades singulares en la oscuridad, y encendía la linterna cuando creía haber encontrado algo. Según los resultados que luego presentó, no fallaba.

El eco y las pinturas rupestres estaban relacionados. Además, también comprobó que los motivos pictóricos podían vincularse con determinadas propiedades acústicas del eco. Si era un eco agudo, o si estaba formado por muchos ecos trabados procedentes de diversos puntos, podía tener la certeza de que toda una manada de búfalos enormes o de mamuts se había reunido en un espacio muy pequeño, como si la manada se hubiera desbocado.

Cuando el eco presentaba otro tipo de variaciones, había en las paredes puntos aislados de color, o una línea de puntos, quizá incluso la impresión de una mano.

Y eso no es algo que sólo exista en Europa. En varios barrancos de Utah y de Arizona se repite exactamente el mismo patrón. Las pinturas rupestres coinciden con las variaciones del eco.

No podemos estar seguros de por qué se plasmaron en las cuevas las pinturas rupestres ni de por qué el eco desempeñaba un papel tan importante. Las pinturas de esa época son representaciones de la realidad, animales, manos, naves… Pero eso ocurrió mucho antes de la creación del hombre león. Los ejecutores de aquellas pinturas no se habían convertido aún en artistas, en el sentido que nosotros le otorgamos a la palabra: quienes usan su capacidad para crear objetos que no existen. Las abstracciones que presuponen que aquel que contempla la obra de arte también tiene la capacidad de hacer asociaciones en torno a su significado.

Los pintores rupestres estaban influidos por el eco. La decisión de dónde debían pintar y de qué debían pintar guarda una estrecha relación con cómo variaba éste. Pero ¿quiere eso decir que interpretaban el eco como una especie de «música»? Imposible decirlo. Lo que sí sabemos es que, en la misma época en que los pintores de las cuevas escuchaban el eco, otros hombres fabricaban flautas con las que hacer música.

Los hombres que vivieron hace cuarenta mil años no sabían cómo explicar el eco. En una llanura en campo abierto no se producía ninguno. Era necesario que hubiera rocas o cuevas. Lo más probable es que creyeran que se trataba de seres mágicos, espíritus que existían en el interior de la montaña y que les hablaban por el procedimiento de devolverles sus propias palabras, pero desfiguradas, cambiadas, a veces deformadas hasta quedar casi irreconocibles.

Así mismo los hombres de aquella época debieron de observar que los sonidos podían viajar sobre una gran extensión de agua. También allí reinaba un vínculo mágico entre seres invisibles que gobernaban la vida de los hombres.

El eco era magia y divinidad. No podemos demostrar nada, pero sí imaginar la posibilidad de que implorasen al sonido igual que a las rocas o los árboles personificados. Muy pronto, en los orígenes de la historia del hombre, pudo existir algún tipo de sacerdotes cuya misión fuera rezarle al eco.

Es posible seguir desarrollando la idea. Las cuevas donde el eco era particularmente peculiar pudieron ser catedrales o incluso una suerte de teatros. Iluminadas por antorchas que insuflaran vida a las luces y las sombras, casi como si se hubieran desgajado de las rocas; puede que los hombres se reunieran para adorarlas, al tiempo que una multitud de voces transformaba el eco en un extraordinario coro supraterrenal. Puede que los hombres se movieran en rítmicas danzas, todos juntos o sólo los líderes del ritual.

Claro que las ceremonias no tenían por qué verse siempre marcadas por una seriedad trascendental. Quién sabe si los momentos de súplica no estaban impregnados de alegría de vivir. Es fácil imaginar a nuestros antepasados como hombres apesadumbrados y melancólicos, puesto que llevaban una vida muy dura y el alimento, igual que la supervivencia, rara vez estaban garantizados.

El eco sigue existiendo en las cuevas igual que las pinturas. La sensación mágica es patente. A pesar de que hoy somos capaces de explicar el fenómeno acústico, no se puede afirmar que la experiencia de nuestros antepasados fuera menos digna. Quizá incluso al contrario, podríamos decir: en los instantes mágicos en que el eco retumbaba entre las paredes de la cueva, ellos tal vez se armaban de fuerza y de valor para sobrevivir de un modo que no podemos ni imaginar.

Lo que ocurría en esas cuevas se convierte en una mezcla de lo verosímil y aquello que no pueden ser más que suposiciones. ¿Se parecerían los ritos mágicos y religiosos a lo que hoy llamamos «festividad»?

Lo más probable es que aquellos hombres no fueran muy distintos de nosotros. Incluso podríamos darle la vuelta al razonamiento y decir: nosotros somos como ellos. Somos y seremos siempre la misma familia.

¿Cómo veían esos primeros antepasados el silencio, lo contrario del ruido y del eco? ¿Era importante, les infundía seguridad, o resultaba más bien aterrador? Puesto que vivían en un mundo que, en sí, era infinitamente mucho más silencioso que el nuestro, puede que lo vieran como algo normal. No había máquinas, ni ciudades, ni vehículos de tracción mecánica ni altavoces. El mundo era silencioso, y no había más sonidos que los de la naturaleza. El rumor del viento, el rugir de la tormenta, el trino de los pájaros.
En la actualidad el silencio es cada vez más insólito. A veces se me ocurre que también el silencio está en vías de extinción.

El eco, en cambio, nos sobrevivirá a los seres humanos. Incluso cuando nuestras voces hayan dejado de existir, las piedras se soltarán y caerán con un estruendo que se propagará gracias al eco.

Pero ¿quién habrá para escucharlo?

De 56  Un invierno en Heraclión.

... 

HeraclionRR... Ese día en lugar de leer estuve escribiendo en mi diario (que nunca llegaba a ser más que una ambición) sobre lo que, a aquellas alturas, pensaba que significaba el concepto de civilización. A pesar del dolor de cabeza, o quizá por eso, conseguí formular atinadamente mis reflexiones.

Había algo que no encajaba en el modo de utilizar el concepto de civilización. Los textos eran inconsecuentes. A veces sustituían el término por cultura o por tradición, sin aclarar por qué. Empecé a preguntarme si el concepto de civilización fallaba. En las definiciones y análisis que yo había manejado lo habitual era definirlo por oposición a barbarie. El hombre civilizado había dejado tras de sí al hombre primitivo.

Pero ¿era aquello verdad? La antigua Grecia era un estado esclavista. La libertad de pensar y de actuar se limitaba a unos cuantos hombres elegidos que cumplían los requisitos de ser ciudadanos ya fuera de Esparta o de Atenas. Las sociedades han alumbrado pensamientos y han llevado a cabo acciones que pueden calificarse de cualquier cosa menos de civilizadas. Siempre había alguien que preparaba la comida, que cuidaba de los niños o que limpiaba los suelos. Y a esas personas se las trataba mal. No sólo se las consideraba seres inferiores, sino que además se las acosaba física y psíquicamente.

Por otro lado, dicha actitud no constituye ningún capítulo cerrado en la historia. Aún existen personas sin rostro y sin nombre, seres que están ahí para servir y que se ven obligados a vivir en la humillación y el miedo más profundo. Por si fuera poco, existen en todos los continentes.

Cuando viajamos a países árabes, por ejemplo, intuimos a esas sombras sirvientes tras las fachadas blancas. Asoman de pronto y se esfuman en el acto. Prácticamente todas esas personas proceden de países pobres de Asia o de África. Trabajan de continuo. Son, a menudo, muy jóvenes. Sus posibilidades de mantener el contacto con la familia son limitadas. Además, están totalmente desprovistas de derechos. La menor protesta o renuencia en el trabajo diario puede suponerles un despido inmediato. El regreso a la pobreza y quizá vivir en un estercolero.

Cómo definir el concepto de civilización? ¿Qué es una persona civilizada? Las respuestas han variado a lo largo de la historia. Y siempre se han basado en la premisa de que civilización es algo que nos enseñan, al contrario que los incivilizados que, por necedad o por falta de posibilidades, no han alcanzado la felicidad de ser «civilizados».

El concepto de civilización se ha utilizado con frecuencia como coartada para cometer abusos. En el siglo XIX, cuando empezó en serio el expolio de las riquezas de África, resultó sumamente útil. Los países europeos que participaron en el asentamiento en aquel continente contaban con tres armas, las tres empezaban por la consonante ce, y las tenían listas para usar.
La primera eran los cañones, el poder armamentístico. Siempre estaba presente como una amenaza, y lo utilizaban cuando se consideraba adecuado, por lo general de modo indiscriminado.

Entre los derechos de las personas civilizadas se encontraba el de exterminar a quienes se oponían a lo que los dominadores consideraban que les beneficiaba.

Entre la civilización y la barbarie estaba la muerte, sólo eso.

La segunda era la cruz. Durante la colonización de África le pusieron a Jesús un casco en la cabeza y una espada en la mano. La base para elevar a todos los negros, tan salvajes y bárbaros, a las alturas de la civilización radicaba en la posesión de la fe verdadera. Los dioses y las doctrinas animistas que la mayoría de los africanos habían profesado a lo largo de los siglos debían desaparecer. Los misioneros allí enviados se veían a sí mismos como soldados de Dios. Eran guerreros con salacot y con biblias en lugar de cañones, listos para usarlas indiscriminadamente.

La tercera era la contabilidad. Nadie que no respetase las leyes económicas del mundo occidental y la brutalidad inherente al mercado capitalista podía alcanzar la deseada civilización.

El arma desconocida del colonialismo era la mentira. Me pregunto si alguna vez se ha mentido tanto y de forma tan sistemática como durante la oleada de humillantes agresiones que en el siglo XIX se cometieron contra el continente africano. Seguramente había muchos europeos que creían con firmeza en su discurso sobre la civilización. Pero quienes controlaban las invasiones sólo querían simplificar el proceso de colonización. Querían esperar tranquilos mientras saqueaban las materias primas de África igual que antes la habían saqueado llevándose a las personas.

Sobre estas cuestiones reflexionaba yo en Creta aquel invierno de 1978. Todo aquello me hacía dudar de que fuera posible crear una civilización digna de tal nombre mientras la esclavitud y la tiranía gobernaran la Tierra. ¿Acaso puede funcionar una verdadera civilización, sin esclavitud y sin otros abusos más o menos ocultos, cuando sólo abarca una mínima parte del mundo?

¿Será ilícito soñar con la posibilidad de crear una civilización mundial que no se base en ningún tipo de opresión?

Sea lícito o no, es un sueño necesario. Y seguro que la próxima generación no sabrá hacerlo mucho mejor que nosotros.

Pero puede que nuestros sucesores sean menos necios de lo que hemos sido y somos nosotros.

En los mares nadan las ballenas, cada vez más desorientadas y perdidas a causa de todas las ondas de radio y los impulsos eléctricos que envía el hombre.

Por la tierra vagan miles de millones de personas que apenas se atreven a creer que existe una vida más decente que la que se ven obligados a llevar.

Recuerdo aquel invierno en Creta. Un periodo de muchas lecturas. Y una soledad inmensa que nada enturbiaba.

  

De 57   Catástrofe en una autopista alemana.

 KvichkSand HM R... La sensación de huida disminuía a medida que iba dejando kilómetros a mis espaldas. Como el viejo Citroën no tenía muchos caballos, me adelantaban continuamente. Pero ya no tenía prisa. Pronto llegaríaa la frontera yugoslava. Y no sabía qué iba a ocurrir después. Se me había pasado por la cabeza ir a la isla de Krk y quedarme allí hasta que tuviera que volver al norte. Entonces decidiría cómo afrontar el nuevo año que me esperaba en la dirección del teatro. No quería que se repitiera lo que había vivido los últimos meses. Había cometido todos los errores posibles.

Al sur de Hannover, ya por la tarde, empecé a sentir un gran alivio. Tenía ante mí como mínimo treinta días en los que nadie llamaría a la puerta de mi despacho para plantarme los problemas encima de la mesa. Ni actores iracundos que se hubieran enzarzado en alguna discusión con un director de escena, ni ningún representante sindical que protestara por la nueva normativa de los cupones para el almuerzo. De repente, era fácil pensar. Recordé un aforismo que había leído en una ocasión: «No te tomes la vida demasiado en serio. De todos modos, no saldrás vivo de ella». 

Un autobús me adelantó por la autovía. Eché una ojeada rápida y comprobé que estaba lleno de jóvenes. Quizá de una escuela o un equipo deportivo. El autobús se puso delante de mí. Tenía abierta la ventanilla del techo. De repente, vi a un muchacho adolescente que asomaba la cabeza y sacaba el tronco. Me saludaba con la mano. Sonreí, pero no recuerdo si le devolví el saludo. Trepó un poco más arriba. No había ningún riesgo de que se cayera, aún tenía los muslos dentro del autobús.

En ningún momento miró hacia delante. Nadie dentro del autobús, ni el conductor ni ninguno de los otros chicos se dio cuenta de lo que estaba a punto de ocurrir. Cuando sucedió la catástrofe, ya era demasiado tarde.

Era un viaducto de poca altura. El autobús podía pasar por debajo sin problemas, pero nadie se imaginó que un chico sin camiseta iba a asomarse por la ventanilla del techo. Cuando el borde de cemento del viaducto le dio en la cabeza, justo por el cuello, se la reventó. Los huesos, la piel y el cerebro destrozado volaron por los aires y fueron a estamparse contra la luna delantera de mi coche. Yo no iba a mucha velocidad, de modo que pude frenar y apartarme en el arcén, a pesar de que la luna estaba prácticamente cubierta de aquella masa. El autobús se echó también a un lado de la carretera, los frenos chirriaron al frenar. La mayoría no sabía lo que había ocurrido. Enseguida me di cuenta de que yo era el único que había visto cómo había muerto aquel joven. 

De la ventanilla colgaba aún el cuerpo seccionado. Recuerdo que tenía la mano en la palanca del limpiaparabrisas cuando de pronto me detuve. Me quedé de piedra. Estaba totalmente conmocionado, se me salía el corazón por la boca. Empecé a llorar. Lo que acababa de ver era incomprensible, pero del todo cierto. Lo que más doloroso me pareció fue que, seguramente, el chico en ningún momento tuvo conciencia de lo que iba a suceder. No ya porque así habría podido bajar la cabeza, sino porque no fue consciente de que su vida llegaba a su fin. Murió sin saberlo.

Las ambulancias y la policía llegaron al mismo tiempo que los bomberos. Entonces salí del coche y llamé a un policía. El hombre se sobresaltó al comprender qué era lo que cubría el parabrisas de mi coche. En un alemán rudimentario pero suficiente le conté lo que había visto. El hombre lo anotó en un cuaderno y luego llamó a un técnico de la Científica que acababa de llegar y que recogió parte de lo que había en el cristal con un tubo de plástico. Luego me indicó con un gesto que podía limpiar el parabrisas…

  

De 58  El vigésimo octavo día.

... 

 CORAÇÃO... Luego me habla de los encuentros con los padres de los niños. Recordaba la rabia contra él, contra el médico, fruto del dolor y la conmoción. Naturalmente, hay que comprender que necesitaran a alguien a quien culpar. Aun así, era un dolor que le costaba sobrellevar.

La conversación se ha prolongado a pesar de lo agotado que está. Junto con un equipo de enfermeras especializadas que llegaron en avión ha realizado catorce operaciones en ocho días. Esta noche regresará a su casa en Lausana. Dentro de dos días, volverá a operar en su hospital.

Cuatro mil operaciones. Por lo general, corazones diminutos a los que él dará la oportunidad de bombear sangre durante quizá ochenta años más.

De pronto, empieza a hablarme de su amor por el corazón. Lo que dice me parece lírico, pero, en el fondo, está siendo muy objetivo. El corazón es un músculo. Nada más. Como un músculo del muslo o de la espalda, también tiene una función específica. Bombea sangre. Luego, Renée empieza a contarme los secretos del corazón, totalmente desconocidos para mí; un relato fascinante.

-Cuando nace un niño, el corazón ya lleva tiempo latiendo -dice-. Tiene un recorrido largo antes de que el niño venga al mundo. Después de la fecundación, los músculos del corazón empiezan a moverse despacio el vigésimo octavo día. Al cabo de tres días de entrenamiento, el corazón empieza a latir el día trigésimo primero.

-¿Así de exacto? -pregunto.

-Así de exacto. Pueden darse casos aislados de treinta y dos o treinta y tres días. Pero si el corazón no ha empezado a funcionar antes del trigésimo quinto día, el niño no vivirá.

La conclusión es obvia. Cuando nace un niño, su corazón lleva latiendo ocho meses. Todos los procesos fisiológicos fundamentales los decide desde un primer momento ese músculo pertinaz que bombea la sangre por el cuerpo sin parar.

Renée descansa después de una intensa semana de trabajo y saborea una copa de vino. Sonríe continuamente con amabilidad. Le gustan los corazones. El suyo, el mío, el tuyo. Sospecho que, en algún momento, habrá jugado a calcular cuántos latidos se producen en el mundo durante un minuto o una hora. Un cálculo aproximado de la cantidad de latidos de una persona que vive ochenta años da un número de doce cifras.

El corazón es un músculo que lo tiene ocupado todos los días.

Le pregunto por las tortugas, que pueden vivir ciento cincuenta años, y me dice que la constitución de su corazón es más sencilla. Puesto que viven y se mueven muy despacio, el corazón les funciona mucho tiempo, en tanto que otros animales de frecuencia cardiaca más alta sólo viven un año o dos.

Luego empieza a hablar de otra característica extraordinaria de ese músculo maravilloso que es el corazón. En realidad, está programado para funcionar de treinta y cinco a cuarenta años. Lo que hace unas generaciones era una edad avanzada también en Europa aún es una esperanza de vida media en muchos países pobres. Pero el músculo del corazón ha resultado gozar de una resistencia insospechada. El músculo continúa trabajando, aunque tenga que bombear el doble de rápido de la velocidad para la que está diseñado.

Según Renée, el corazón es perfecto, puesto que no cabe la menor duda de cuál es su función. Otros músculos del cuerpo pueden hacer varios movimientos, ejecutar tareas que exigen mucho esfuerzo o ejercicios deportivos. El corazón sólo tiene una misión, bombear la sangre oxigenada por todo el cuerpo hora tras hora sin interrupción.

Le pregunto por qué eligió la naturaleza precisamente ese sistema para bombear la sangre por el cuerpo. En los primeros estadios de desarrollo de la vida en la Tierra, debieron de existir otras posibilidades.

Renée responde que el modo de funcionar del corazón reviste una gran sencillez. Y esa sencillez es la que lo hace tan resistente y le permite latir tantas veces antes del final. En esa sencillez está la fortaleza del músculo del corazón. Y también es la razón por la que sabemos todo lo que se puede saber de su constitución y funcionamiento, a diferencia de lo que ocurre con el cerebro, que todavía es en gran medida un territorio por explorar.

A Renée no le sorprende lo más mínimo que el corazón se haya convertido en el símbolo del patriotismo o del amor más apasionado. Él se refiere a nuestro músculo como «ese corazón maravilloso», cuyo mecanismo «medidor de vida» funciona sin descanso y, antes de claudicar, es capaz de soportar las experiencias humanas más extremas de inanición y de sufrimiento.

El corazón es el sirviente fiel.

El corazón es el que da la medida del amor. Cuando hay pasión, el corazón se acelera y las mejillas se encienden.

Al corazón apunta el pelotón de ejecución. Un papel blanco a la altura del corazón se convierte en la diana cuando alguien debe morir.

Antiguamente -y quizá también hoy- devoraban el corazón del enemigo para hacerse con el vigor que tenía en vida.

Cuando la gente tiene sobrepeso o deja de moverse, el corazón lucha hasta el límite para bombear sangre entre los obstáculos del cuerpo. El corazón es nuestro último héroe. Pero, al mismo tiempo, no es más que un músculo normal, aunque tenga unos recursos extraordinarios.

Renée se prepara para volver al hospital, recoger el instrumental quirúrgico y despedirse de sus colegas africanos. Regresará pronto, cuando haya reunido el dinero suficiente para financiar más operaciones con las que salvar vidas.

Antes de despedirnos, le pregunto qué forma tendrá el corazón humano dentro de un millón de años. ¿Seguirá desarrollándose?

Él no cree que eso vaya a suceder. Es un músculo perfecto para bombear la sangre a todo el circuito. El corazón de una persona bombea tanta sangre en una vida como agua pasa en unas horas por las cataratas Victoria, en el gran salto de agua africano. Otros músculos del cuerpo sí cambiarán al cabo del tiempo. Naturalmente, un mundo en el que cada vez más personas se pasan la vida sentadas cambiará nuestros músculos, aunque para ello hayan de transcurrir muchas generaciones.

-¿Dentro de cien mil años? -pregunto antes de separarnos.

-Si este restaurante sigue en pie, las personas que trabajen y que coman en él serán idénticas por dentro a nosotros. Cien mil años son muy poco tiempo.

Después de su partida hacia los quirófanos del hospital suizo, me quedo pensando en lo que ha dicho: «Cien mil años es muy poco tiempo».

Difícil de abarcar. Pero, naturalmente, es del todo cierto.

  

De 61  Un ladrón y un policía.

Vivir con cáncer es vivir sin ningún tipo de garantías. Del mismo modo que nadie conoce los paseos nocturnos de los gatos, las células cancerosas deambulan por los senderos mal iluminados.

Creemos que sabemos mucho, pero nos vemos obligados a revisar continuamente nuestra visión del mundo. Si la verdad siempre es provisional, y así lo creo, nuestra visión de cómo se ha desarrollado la realidad a través de la historia también está incompleta.

He dedicado mucho tiempo de mi vida a los crímenes y a las investigaciones de los mismos. Mi planteamiento es que el mal siempre es fruto de las circunstancias, nunca es congénito. He escrito sobre crímenes porque ilustran mejor que ninguna otra cosa las contradicciones que constituyen la base de la vida humana.

Todo lo que hacemos se basa en que existen fuerzas contrarias en nuestro interior. Entre sueño y realidad, entre conocimiento y espejismo, entre verdad y mentira, entre lo que quiero y lo que hago. Y también, naturalmente, entre mi yo y la sociedad en la que vivo.

La cosa empezó pronto. Crecí en la planta alta de un juzgado. Se celebraba juicio todos los jueves. A veces entraba a hurtadillas en la sala de vistas, a pesar de que era demasiado pequeño para ello. Pero el conserje, Svensson, miraba para otro lado. Después de todo, quien presidía la sala era mi padre.

En una ocasión, se encontraban allí dos ladrones que habían ido de sitio en sitio robando desde Estocolmo hacia el norte. Los cogieron en Älvros. Todavía recuerdo lo mucho que me sorprendí al oír que, entre otras muchas cosas, habían robado unos lápices en una papelería. Ese delito sí lo confesaron. En cambio, negaban con insistencia haber robado dos cinturones en una tienda de ropa de caballero. Para un niño que presenciaba aquello, la conclusión era fácil: cometer delitos acarreaba unas consecuencias.

Ya hace miles de años, los escritores trataron de ilustrar las contradicciones que había entre los hombres y lo que pasaba en su fuero interno. No existe otro modo de otorgar credibilidad a la creación de un ser humano que con el juego de las contradicciones.

Creemos saber lo que son un policía o una policía. Los vemos delante, con el uniforme o vestidos de paisano, y siempre parece que van a algún sitio o que están ocupados con reuniones urgentes e importantes.

Yo veo algo más. Un hecho acontecido hace veinticinco años cambió mi parecer por completo. Ocurrió en una esquina entre dos calles de Lusaka, la capital de Zambia. Había estado lloviendo toda la noche y la calle y las aceras estaban mojadas.

Yo esperaba a una persona que se estaba retrasando. Escrutaba nervioso Chachacha Road, pero no lo veía. Pensé que me habría equivocado de sitio. ¿Habría dicho Cairo Road? ¿O Katondo Road? Me decidí por la primera, así que giré por una de las calles perpendiculares y me dirigí hacia ella. Y allí me planté a esperar. Era domingo, las tiendas estaban cerradas y había poquísima gente en las calles. En el cielo había una fina capa de nubes, recuerdo de la lluvia nocturna.

De repente vi a un joven policía uniformado que se acercaba arrastrando a un hombre que, seguramente, era un ladrón. No muy lejos del lugar en el que me encontraba había un mercado callejero ilegal, que nunca cerraba. Y por allí solían alborotar los ladrones.

Al policía, el uniforme no le quedaba bien. El pantalón era demasiado largo, la chaqueta, demasiado estrecha. Pero no había nada cómico en lo que estaba viendo, tan sólo la sensación de ver a un joven que había elegido ser policía y que no había podido hacer nada contra la ridícula vestimenta que le habían obligado a ponerse. Llevaba porra y pistola. Tanto la una como la otra encajaban igual de mal que el uniforme. La porra era demasiado larga, la pistola pesaba demasiado.

El ladrón contaría unos veinte años. Iba descalzo, llevaba el pantalón recortado y se le veía una amplia zona del cuero cabelludo cubierta de eccemas. Según había comprendido ya, aquello guardaba relación con la subalimentación y la pobreza.

El policía lo llevaba bien agarrado del cuello desgastado de la camisa.

Había algo en la imagen que conmovía sin pretenderlo. Tanto el policía como el ladrón parecían inseguros de lo que estaban haciendo. Supuse que iban camino de la comisaría que había por allí cerca. Yo había estado allí en una ocasión, cuando me robaron el coche. Todavía recuerdo una pared llena de fotografías de delincuentes. Encima de ellas se leía lo siguiente: «Gente de la que ya no tenemos que preocuparnos».

Le pregunté al policía que me tomó declaración qué significaba. Él me miró con curiosidad.

- Están muertos -dijo-. Ya nos hemos librado de ellos.

El policía de la calle se detuvo de pronto muy cerca de mí. Seguía agarrando al ladrón, pero se quedó mirándose los zapatos marrones. Los tenía llenos de polvo, sin lustrar. Allí mismo, donde se había parado, había un limpiabotas que tenía las piernas amputadas y se movía avanzando con las rodillas, que tenía destrozadas, y las manos, que protegía con unos guantes. Yo ya lo había visto otras veces. Era capaz de moverse muy rápido si hacía falta.

El policía le dijo algo al ladrón, lo soltó y puso un pie en la caja del limpiabotas. Aquello empezaba a ponerse interesante. El ladrón se quedó inmóvil. El limpiabotas trabajaba. El policía no miraba al ladrón. Yo esperaba que saliera corriendo de allí, que se perdiera por la primera bocacalle.

De repente, el policía se despabiló, se volvió al ladrón y le dijo algo que no entendí, porque en ese momento pasó un autobús y el ruido del motor me lo impidió. Para asombro mío, el policía le dio al ladrón un billete. El ladrón se fue. Sin correr. Se alejó y dobló la esquina. El policía se miraba el zapato, que ya empezaba a cambiar bastante de aspecto. A aquellas alturas, a mí se me había olvidado que estaba esperando a alguien que se retrasaba. El espectáculo que estaban representando ante mí era cada vez más emocionante.

Times of ZambiaAl cabo de unos minutos y por sorprendente que pudiera parecer, el ladrón se presentó allí de nuevo. Llevaba en la mano un ejemplar del Times of Zambia. Le entregó el periódico al policía, que empezó a leerlo al mismo tiempo que ponía en la caja el otro pie para que le limpiaran también el zapato. El ladrón esperaba en la misma posición de antes. No parecía tener la menor intención de fugarse.

Al final, los dos zapatos estaban lustrosos. El policía le pagó al limpiabotas lo que éste le pidió. Al ver que no quedaba satisfecho, el policía se puso furioso y se llevó la mano a la porra. El limpiabotas cambió de idea en el acto, ya sí estaba satisfecho. El policía se guardó el periódico en el bolsillo. Luego, agarró otra vez al ladrón del cuello de la camisa y lo llevó a rastras hasta la comisaría. Absolutamente desconcertado, los vi alejarse por la calle.

Entonces comprendí que lo que acababa de ver era algo normal. En un país que, hasta hacía muy poco, sólo había contado con la policía colonial, sujeta a unas estructuras británicas anticuadas, había que aprenderlo todo desde el principio. No sólo el policía, sino también el ladrón. Lo que yo acababa de presenciar era un juego de roles, un ejercicio de cómo había que representar aquellos dos papeles, nuevos por completo.

Resulta fácil imaginar que los policías han existido siempre, pero eso no es así, claro está. Antiguamente había soldados, caballeros y carceleros. Ellos apresaban a los malhechores, a los que obligaban a pagar una multa o ejecutaban sin más.

Las prisiones eran sólo para los casos más extremos. Con el crecimiento de las ciudades, llegó la necesidad de crear un cuerpo de policía cuya misión era, ante todo, controlar a la clase baja e impedir que cometieran delitos contra los poderosos. En el siglo XVIII se crearon cuerpos de policía en casi todos los países europeos, mientras que en otras partes del mundo no tenían aún algo que se le pareciera.

Vivimos en un mundo cada vez más disgregado, donde aumenta el bienestar pero crece la brecha entre quienes tienen acceso a ese bienestar y aquellos que no tienen nada. De ahí que también aumente la presencia de la policía, cada vez más numerosa y más especializada.

Ser policía es elegir una profesión con futuro.

Ésa fue quizá la conclusión más importante que saqué al ver al joven policía africano, con aquel uniforme casi a lo Chaplin, que arrastraba a un ladrón que, en aquellos momentos, estaba aprendiendo a representar su papel.

No era sólo un ladrón. Además, estaba participando en una representación cuyo público éramos nosotros, los que nos encontrábamos en la acera.

  

De 63  El cadáver en el banquillo del acusado.

... 

... En el cuadro de Nantes se ve a un papa sentado en el trono con toda la pompa. A su lado, totalmente vestido de negro, hay un joven sacerdote con barba que escucha a un hombre que, indignado, parece dirigir sus acusaciones contra el papa.

LePapeFormose JP LaurensEs una imagen del llamado «Concilio cadavérico», celebrado en la Basilica Salvatoris de Roma en el año 897, durante unos días de invierno de un frío extremo. Hoy en día, la iglesia se conoce con el nombre de basílica Laterana o de San Juan de Letrán. El concilio se denominó también «Synodus horrenda», lo cual resulta comprensible cuando averiguamos más de él.

Si observamos detenidamente el cuadro de Laurens descubrimos que el papa es un muerto. Un cadáver. Es el papa Formoso -muerto nueve meses antes-, el único papa que ha llevado ese nombre, al que sacaron del ataúd para que pudiera oír las acusaciones de su sucesor, Esteban VI. Se supone que el sacerdote de negro -cuyo nombre no nos ha dejado la historia- que se encuentra junto al papa muerto es su defensor, aunque la sentencia del juicio está clara desde el principio.

El hedor en la iglesia era terrible. Después de nueve meses de descomposición, podemos imaginar el olor que emanaba del cadáver.

En aquel entonces, no era habitual embalsamar a los muertos. Gran parte de la sabiduría que la Iglesia católica heredó de la capacidad de los faraones egipcios para conservar cadáveres se había perdido por aquella época. La tradición romana era otra: colocar el cadáver en un sarcófago en la tierra. La palabra «sarcófago» procede del griego y significa «que consume la carne». Los fabricaban de piedra caliza, que supuestamente aceleraba el proceso de transformación del cadáver en un esqueleto limpio gracias al trabajo de los gusanos.

En condiciones normales, un cadáver de nueve meses se encuentra en pleno proceso de descomposición. Sin embargo, en un sarcófago bien cerrado, a pesar de la supuesta influencia de la piedra caliza, debía de estar más o menos entero cuando abrieron el ataúd. El clima seco de Roma hizo que el cuerpo se hubiera secado, y que la piel se hubiera endurecido y se hubiera vuelto casi como el cuero, como una corteza negra. Pero el amasijo denso de órganos internos en descomposición debía de despedir un olor insoportable, incluso para unas personas que estaban acostumbradas a los malos olores.

El pobre sacerdote debió de sufrir todos los horrores del infierno mientras, en medio del hedor, trataba de rebatir las acusaciones que dirigían contra el cadáver que ocupaba la silla papal. Al fondo se hallaban los obispos y sacerdotes que formaban el jurado de aquel juicio macabro.

El juicio se celebró porque Esteban VI quería defenderse. Había hecho lo mismo que su antecesor y no quería arriesgarse a que un día lo desenterraran y lo llevaran ante la ley. Pretendía que se declarase que a Formoso lo nombraron papa por procedimientos espurios, por lo que todas sus decisiones y nombramientos debían declararse nulos. De este modo, Esteban VI tendría el campo libre y la posibilidad de elegir a sus amigos y colaboradores más próximos para unos puestos que le garantizasen el poder sobre la Iglesia y, naturalmente, sobre su economía.

Tuvo que ser un espectáculo tan horrendo como absurdo en aquellos días gélidos del año 897 en Roma. El hedor debió de quedar en el interior de la iglesia mucho tiempo después de que terminara.

No se sabe si fue por el olor a cadáver o porque ya estuviera amañado de antemano, pero el caso es que el jurado, víctima de las náuseas, no tardó más que unos días en declarar a Formoso culpable de las acusaciones que se le imputaban. Su papado se declaró nulo.
No obstante, Formoso recibió un castigo más macabro que el de la declaración de nulidad: le retiraron la ropa a su cadáver y sólo le dejaron la saya, que se le había quedado pegada a la carne en estado de putrefacción. Además, le quitaron de la mano derecha los tres dedos que utilizaba para bendecir. Más tarde, lo enterraron en un cementerio de peregrinos.

Ignoramos lo que ocurrió después. Existen documentos que indican que, al cabo de un tiempo, Esteban VI mandó que volvieran a desenterrar a su antecesor para arrojarlo al Tíber. Entonces el pueblo se hartó de él, lo apresaron y lo ahorcaron en la prisión, en julio o agosto del año 897. Su reinado como guía de la Iglesia católica duró menos de un año.

Aquel espectáculo macabro puede antojársenos totalmente incomprensible. Esteban VI gritando y señalando con el dedo en la basílica; los obispos y los sacerdotes del jurado; las acusaciones sin sentido; y la sentencia dictada. ¿Cómo pudieron comportarse de aquel modo unos hombres que eran la conciencia religiosa de millones de personas, los mensajeros de un dios en el que creían y al que temían? Ya sabemos que la vanidad, el odio y otras fuerzas destructivas pueden impulsar a los hombres a cometer acciones inexplicables, pero debería existir un límite que no pudiera transgredirse.

El sacerdote anónimo, ¿qué pensaría rodeado de aquel hedor? ¿Qué fue de él? ¿Cómo pudo seguir viviendo después de haberse visto obligado a participar en aquel juego macabro del poder religioso?

Hay personajes históricos a los que me gustaría conocer. Él es uno de ellos.

Cuando por fin pudo salir de la basílica, lo primero que debió de hacer fue intentar liberar su cuerpo y su ropa de aquel olor a cadáver. Me lo imagino como un hombre que ha pasado mucho tiempo inmerso en las burbujeantes aguas de una ciénaga y que, por fin, consigue pisar tierra otra vez. Y me lo imagino afeitándose la barba y el pelo para librarse del olor.

La imagen que da el ser humano es y será siempre extraña. Lo incomprensible parece una sombra que jamás se va.

  

De 65  Un encuentro fictico en un parque de Viena año 1913.

 Pina Bausch 02En 1940 nació una de las artistas más extraordinarias de nuestro tiempo.

Pina Bausch. La coreógrafa que creó varias de las piezas de danza más singulares que conozco. 

Llevaba el pelo negro recogido muy tirante alrededor de la cara. Era delgada, podía parecer frágil. Pero bajo ese aspecto se escondía una fuerza de la naturaleza.

Era hermosa de una forma indefinida. Al mismo tiempo, irradiaba rigor. Pero un rigor que ejercía sobre sí misma, sobre nadie más.Lo más llamativo eran sus ojos, su mirada. Tenía un modo de mirar que no se olvidaba. Cuando murió en 2009, todo el mundo aludía precisamente a los ojos de Pina Bausch.

Miraba a las personas con una concentración absoluta. Engañaba tan poco a sus congéneres como a quienes elegían bailar en su teatro de Wuppertal.

A veces pienso que vivimos en el siglo de La consagración de la primavera.

En 2013 se cumplieron exactamente cien años desde que Stravinski, el bailarín Nizhinski y el director del Ballet Ruso Diáguilev estrenaron en París La consagración de la primavera.

La representación causó tal escándalo entre el público que Nizhinski, que estaba entre bambalinas a la espera de hacer su entrada, no podía oír la música. Tuvo que guiarse por los movimientos de los demás bailarines e ir contando compases para no entrar mal a bailar su parte.

Stravinski dejó la función hecho una furia antes de que terminara, en señal de protesta por el hecho de que el público ahogara su música con el griterío.

La consagración de la primavera cambió el arte y presentó en serio al ser humano el nuevo siglo: el siglo XX, con el estallido del industrialismo, los avances técnicos, los crecientes núcleos urbanos y la vulnerabilidad cada vez mayor del ser humano en un mundo económico brutal donde el individuo parecía reemplazable como nunca hasta ese momento.

En La consagración de la primavera estaban presentes todas aquellas novedades, captadas en la acuciante música de Stravinski, con sus giros paradójicos de la locura tonal a la calma y un silencio puro. La danza de Nizhinski y la coreografía eran totalmente rompedoras. El simple hecho de que los bailarines dieran la espalda al público de vez en cuando despertaba en él la furia y la repulsa. Era como si los artistas estuvieran insultando al respetable con ese modo de despreciar las formas de toda la vida.

Sesenta y dos años después, Pina Bausch y su ballet estrenaron su versión en el teatro de Wuppertal. Yo vi el espectáculo muchos años después de su estreno en 1975. Tan sólo al cabo de unos compases y tras unos escasos movimientos de los bailarines, comprendí que iba a presenciar algo extraordinario.

Y así sucedió. Fue como si en la versión de Pina Bausch viera claramente reflejado mi tiempo y el mundo en el que vivo. La soledad, la vulnerabilidad, la aceleración: allí estaba todo y, aun así, había en todo momento algo que lo equilibraba, la capacidad de los hombres de soportarlo y de resistir.

Aquella coreografía era un combate singular. Mientras veía la obra me sentí como si entrara a formar parte de un movimiento de resistencia de gente que se negaba a verse obligada a vivir en un mundo en el que se sacrifica a diario a las personas en el altar del absurdo.

Se las sacrifica por ser demasiado viejas o demasiado jóvenes, demasiado lentas o demasiado gordas, demasiado negras o demasiado feas. Aunque La consagración de la primavera es un relato pagano, la imagen que ofrece de nuestro tiempo y nuestra sociedad es cristalina. 

Pina Bausch siempre se sintió insegura ante la palabra hablada, quizá también ante la palabra escrita. En la danza y el lenguaje corporal era capaz de crear una forma de expresión con la que se sentía segura.

Aquel año de 1913, el público de París condenó la música de Stravinski como «ruido». El compositor preguntó después con sarcasmo si los críticos podían señalar más exactamente en qué parte de la música habían detectado el ruido.

Naturalmente, no podían. Y la obra de Stravinski no tardó muchos años en cosechar grandes triunfos en diversos conciertos. La gente empezaba a comprender que su lenguaje musical pertenecía a un tiempo nuevo.

En la actualidad estamos a punto de entrar otra vez en un tiempo nuevo. En tan sólo cien años el mundo ha cambiado tanto que cuesta reconocerlo. Hemos emprendido una nueva carrera, del industrialismo a una época que, a falta de algo mejor, llamamos «la sociedad de la información».

Roerich Rite of SpringCuando La consagración de la primavera se estrenó en París, vivían en Viena dos hombres, uno era de Linz, el otro de Rusia.

Podemos asegurar sin temor a equivocarnos que nunca se vieron cara a cara ni mantuvieron una conversación, aunque hay muchos indicios de que se cruzaron en uno de los parques del centro de Viena cerca del cual vivían, aunque cada uno en una orilla. El joven de Linz se llamaba Adolf Hitler. El otro, algo mayor, nacido en Rusia, se llamaría Stalin.

Hitler trataba de ganarse la vida pintando acuarelas que él mismo o alguno de sus amigos vendían luego como postales. Acudía a menudo a aquel parque, a inspirarse para sus dibujos.

Stalin había ido a Viena a estudiar la relación del marxismo con el concepto de Estado nacional. Era miembro del partido comunista que presidía otro emigrante ruso, Lenin, que se encontraba en el país vecino, Suiza.

En 1914 estalló la primera guerra mundial. Hitler había fracasado en sus aspiraciones a convertirse en artista y se relacionaba con círculos reaccionarios y antisemitas. Y no dudó en alistarse como voluntario en el ejército alemán. Lo hirieron, pero sobrevivió. Después de la guerra no volvió a Viena, sino que se asentó en Múnich.

Ni Stalin ni Hitler eran conscientes de que, en torno a 1913, acudían al mismo parque vienés quizá incluso a diario, durante mucho tiempo. Cabe la posibilidad de que Stalin viera a aquel hombre pobremente vestido que pintaba acuarelas de árboles, fuentes y edificios. Hitler, por su parte, quizá echó una ojeada al paseante ruso, que era robusto y achaparrado, y que fumaba sin cesar cigarrillos rusos.

Cuando estalló la segunda guerra mundial, alcanzaron un pacto que Hitler rompió tres años después.

Esos dos hombres pasaron a la historia como responsables de la muerte de millones de personas.

Lejos quedan los paseos y las acuarelas.

La música de Stravinski y la extraordinaria coreografía de Pina Bausch cuentan la historia de una época de guerras y, al mismo tiempo, de la capacidad humana para ofrecer una resistencia demoledora.

Hitler y Stalin ocuparán siempre en la memoria colectiva del horror un lugar destacado. Nada podemos hacer para evitarlo.

Los tiranos tienen una sorprendente capacidad para vivir en el recuerdo por lo menos tanto como las que podríamos llamar «buenas personas».

Pero no sé si creer que Pina Bausch y su arte habrán sobrevivido dentro de quinientos años, o si habrán caído en ese olvido inmenso que todo lo abarca.

Yo vivo en la era de Stravinski, y aunque él ya lleve muerto mucho tiempo su música sigue viva. Del mismo modo que Pina Bausch y sus bailarines siguen moviéndose de ese modo fascinante y sensual.

Aunque también Pina Bausch está muerta.

Y pienso: ¿le preocupaban las mismas cosas que a mí? ¿Le preocupaba que la muerte dure tanto tiempo, o pensaba que era algo que, después de todo, no era capaz de expresar? Y quizá por eso no pensó qué la aguardaría cuando el corazón dejara de latir.

***

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