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Fragmentos de libros.LA HERMANDAD DE LA UVA de John Fante  Fragmentos II:

 
Editorial:     Anagrama              Acceso/Volver a los fragmentos I de "La hermandad de la uva": LaTardeEnUnCáliz75

 

7 66 continúa

Mi madre se acercó en silencio a la puerta de tela metálica y me miró fijamente, como si acumulase recuerdos míos, como si no fuese a verme nunca más. Yo percibía los latidos de su presencia incorpórea y etérea, atribulada y perdida en aquel ir y venir de la realidad, avergonzada de que le quedara tan poco tiempo. 

- ¿Henry? -Su voz era suave e indecisa…

... 

VechiaCucina… La cocina. La cucina, la verdadera patria, la cálida gruta del hada buena en las entrañas de la sombría tierra de la soledad, cazos de pociones dulces al fuego, gruta de hierbas mágicas, romero, tomillo, salvia y orégano, bálsamo de loto que devolvía la cordura a los lunáticos, la paz a los afligidos, la alegría a los tristes, pequeño mundo de treinta y cinco metros cuadrados donde el altar eran los quemadores, el círculo mágico el mantel de cuadros donde comían los niños, los niños crecidos, atraídos a sus orígenes, el sabor de la leche materna flotando aún en la memoria, perfume en las fosas nasales, los ojos relampagueando, y el mundo malvado quedaba lejos porque la vieja hada madre protegía a su camada de los lobos de fuera... 

 

     8 78

Estaba demasiado cansado para que aquello me importara. Como todas las habitaciones de la vieja vivienda, el dormitorio de mi madre era pequeño. La cama conservaba aún el calor del día y me metí desnudo bajo una sábana en la fosa que el peso de mi madre había formado en el colchón. La oscuridad fue total cuando apagué la lámpara de la mesita de noche. La almohada olía al pelo de mi madre, un olor dulzón a tierra que me hacía evocar otros tiempos, la época en que aún no había cumplido los veinte y suspiraba por marcharme. 

LaConfraternitaSí, me marché. Me marché cuando aún no había cumplido los veinte. La literatura tiró de mí. London, Dreiser, Sherwood Anderson, Thomas Wolfe, Hemingway, Fitzgerald, Silone, Hamsun, Steinbeck. Atrapado y atrincherado frente a la oscuridad y la soledad del valle, solía sentarme con libros de la biblioteca amontonados en la mesa de la cocina, desolado, escuchando la llamada de las voces de los libros, sediento de otros lugares. 

Estaba harto de jugar al billar y al póquer y de decir sandeces delante de una cerveza, de irme por ahí, a la soledad de los huertos, con un grupo de tíos y tías, de dar zarpazos torpes a faldas y bragas, de dar zarpazos en vano. Las mujeres eran atractivas pero difíciles y a los diecinueve años se lesionan fácilmente los sentimientos; uno pensaba que las mujeres eran dulces y complacientes, pero ve que reaccionan como gatas rabiosas; se busca consuelo en las putas, que engañan menos, y con un poco de suerte, se aprende a leer.

El cabrón de mi viejo volvía a casa apestando a vino y gritaba apaga la luz, vete a la cama, qué coño te has creído, porque los libros eran una droga, mi adicción era alarmante y yo ya no parecía su hijo. Busca trabajo, decía, haz algo útil en la vida. Tenía razón. Sin duda la tenía. Todos opinaban como él. Incluso el personal de los billares notó el cambio. Ya no podíamos hablar como antes…

... Y entonces sucedió. Una noche que la lluvia golpeaba el inclinado techo de la cocina se introdujo en mi vida un espíritu grandioso. Tenía el libro en las manos y temblaba mientras me hablaba del hombre y el mundo, del amor y la sabiduría, del dolor y FedorDostoievskila culpa, y supe que yo ya no podía ser el de antes. El espíritu se llamaba Fiódor Mijáilovich Dostoievski. Sabía más de padres e hijos que ningún hombre en el mundo, y de hermanos, de curas, de delincuentes, de la culpa y la inocencia. Dostoievski me transformó. El idiota, Los endemoniados, Los hermanos Karamazov, El jugador. Me cambió radicalmente. Descubrí que respiraba, que veía horizontes invisibles. El odio por mi padre desapareció. Amé a mi padre, aquel pobre diablo, resentido y obsesionado. También amé a mi madre y a toda mi familia. Había llegado el momento de ser hombre, de irse de San Elmo, de entrar en el mundo. Quería pensar y sentir como Dostoievski. Quería escribir. 

La semana anterior a mi partida me llamaron de la oficina de reclutamiento de Sacramento para someterme a un reconocimiento médico. Acudí contento. Otro que no fuera yo podría tomar decisiones en mi lugar. El ejército me rechazó. Tenía asma. Inflamación en los bronquios. 

- No es nada. Lo he tenido siempre.

- Vaya a ver al médico.

Encontré la información que necesitaba en un libro de medicina de la biblioteca pública. ¿Era mortal el asma? Podía serlo. Pues que lo fuese. Dostoievski era epiléptico, yo era asmático. Para escribir bien un hombre tiene que tener una afección mortal. Era la única forma de afrontar la presencia de la muerte.

 

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MonChienStupide… Al día siguiente encontré otro puesto de friegaplatos en un bar del cruce de la Quinta con Main. Por cuatro dólares a la semana tenía una habitación en el piso de arriba, que compartía con otro friegaplatos. Se llamaba Hernández y estaba mal de la cabeza. Fue el primer escritor que conocí, un mexicano alto y risueño que se sentaba en la cama con la máquina de escribir en el regazo, y cada vez que escribía una línea se partía de risa. Trabajaba en un libro titulado Diversión y provecho de lavar platos. El libro estaba tan desquiciado como el autor. Solía dormirme mientras me leía el manuscrito, desternillándome de risa. Un capítulo se titulaba «El misterio del agua caliente»; otro, «Manos limpias, mente limpia»…

... Me soltaron al mediodía, sin darme de desayunar, ni siquiera un café, y me ordenaron que me fuera de San Bernardino. Eran mala gente: ni siquiera me indicaron cómo se salía de allí.

Anduve por la calle preguntando a los viandantes. Nadie parecía saber cómo se salía de San Bernardino y al final tuve que averiguarlo por mi cuenta. Hice autostop durante una hora hasta que por fin se detuvo un camión. El conductor no iba a Los Ángeles, sino a Wilmington. A mí me bastaba. Cualquier sitio era mejor que San Bernardino. Cuando le conté que me habían robado y detenido, se echó a reír. 

- Vaya suerte -dijo. Me dejó en Wilmington Boulevard.

Wilmington era la locura, una ciudad portuaria en medio de la guerra. Más que proyectarla, daba la sensación de que la habían descargado. Las calles estaban atestadas de grandes camiones que pasaban por cruces congestionados en los que soldados, marineros y civiles se reían de los semáforos y atravesaban la calzada entre bocinazos e insultos de los conductores. Avancé con la corriente humana por Avalon Avenue, sin saber adónde iba. Estaba cansado, sucio y mareado, y me sentía flotando como un corcho por una calle flanqueada por torres de perforación, fábricas, almacenes de maderas, montones de vigas y cañerías de acero, columnas de tanques y camiones, billares, casas de juego, tiendas de coches de segunda mano e incluso un parque de atracciones con noria y tiovivo. La risa de las mujeres de los bares inundaba la calzada. Había putas apoyadas en las puertas, borrachos sentados en el bordillo de la acera, policías sonrientes que patrullaban con atención ausente. ¿Dónde me encontraba?...

LaConfraternita2...

... Hambre. Olí a salsa de tomate, a pizza, y el olor salía de un restaurante italiano. Doblé la esquina, entré en el callejón y busqué la puerta trasera. Cuando llamé a la negra puerta de tela metálica salió volando una nube de moscas y vi la cara de una italiana que me miraba, una cuarentona gruesa, redonda como una albóndiga. Quisiera trabajar a cambio de comida, dije. Me miró asombrada y con el entrecejo fruncido. Estoy hambriento, añadí. Abrió la puerta, me señaló tres grandes cubos de basura y me indicó con gestos que los sacara. Los saqué a la calle entre la euforia de las moscas. La mujer se acercó a una mesa de madera con media barra de pan que abrió por la mitad, le quitó la miga y lo llenó con salchichón y queso graso. Le di las gracias y le dije que buscaba trabajo. Era lavaplatos con experiencia, le expliqué. Abrió la puerta y me invitó a salir. Anduve por el callejón hasta llegar a un aparcamiento de remolques. Por la hierba sin cuidar culebreaba una manguera negra. Me senté en el enganche de un remolque, me comí el bocadillo y bebí agua caliente de la manguera...

... Sólo Coletti y el señor Atwater me aceptaban, me daban esperanzas y comida. Recorría las calles. Iba a la biblioteca pública, leía unas horas y volvía a cenar a la Misión del Espíritu Santo. Me pasó por la cabeza la idea de mendigar, había visto pedigüeños recibiendo monedas y parecía fácil. Pero me faltaba valor. Me daba demasiada vergüenza. En aquellos momentos me parecía insufrible incluso el período febril en que me había ganado la vida fregando platos en Los Ángeles... 

PortadaDetalle... Un vagabundo siempre toma nota de los lugares donde puede dormir: edificios vacíos, sótanos abiertos, cobertizos. Yo tenía archivado en mi cerebro un lugar así, un escondrijo bajo un puente del Tucker, que sólo era río cuando llovía. 

Camino del puente pasé por la terminal de los vapores de pasajeros que iban a Catalina, para proveerme de tabaco. La terminal era sin duda el mejor centro de abastecimiento de todo el puerto. Tenía las mejores marcas -Pall Mall, Tareyton, Chesterfield-, en tamaño largo y en abundancia. Era la mejor hora para reponer existencias, porque el Catalina acababa de volver de la isla y los pasajeros ya se habían ido. No me defraudaron mis previsiones. Todos los ceniceros estaban a rebosar de colillas maravillosas y los recorrí uno por uno, seleccionando los de mis marcas preferidas y llenándome los bolsillos de la chaqueta. Había sido un buen día. Tenía una colocación, había cenado opíparamente en el Espíritu Santo y tenía tabaco de sobra para el día siguiente...

  

10 95

TheBrotherhood2… Fui un desastre en la Conservera Toyo. Una vergüenza. No podía con el trabajo. Era demasiado pesado para mí. A los dieciocho años, en el último curso del instituto, pesaba setenta y cinco kilos, no era un individuo corpulento, pero sí fornido, un sujeto chaparro con buenos músculos y piernas recias, un defensa potente, un beisbolista rápido. En la conservera era otra historia. Aquellos filipinos delgados y nervudos, aquellos incansables mexicanos me dejaban en ridículo, me moría de vergüenza y me agotaba inútilmente. Cargaban sacos de sal marina de cincuenta kilos como si tal cosa, mientras que a mí se me amorataba la cara por el esfuerzo y se me caían los sacos. Mientras yo descansaba una hora con la lengua fuera, ellos cargaban hielo picado. Julio, el encargado, observaba sin decir nada. También los demás veían lo que ocurría y fingían no verlo. Era una prueba y estaban esperando a que yo tirase la toalla. Incluso Coletti se dejaba caer por allí para controlar el trabajo desde la puerta: observaba un momento y se iba. Cierto día tuvimos que sacar toneladas de hielo de la bodega de un barco pesquero medio hundido. Estuvimos metidos en agua helada durante dos días, con botas hasta la ingle. Me detuve a descansar en un montón de sacos y me quedé dormido. Me despertó Julio.
La faena había terminado, habían sacado todo el hielo. Estaba helado y tiritando. Coletti quería verme. 

- Estás despedido -dijo, alargándome un cheque.

Había estado dos semanas y dos días en la Conservera Toyo. El cheque era por tres semanas. 

- Una pequeña gratificación -dijo Coletti

Afilador¿Y ahora? ¿En qué mundo encajaba un hombre que no era capaz ni de cargar fertilizante con una pala? Recordé otra vida, las horas sagradas con Dostoievski, y supe que aquello no volvería nunca. ¿Trabajaría de conserje? ¿En un estanco? ¿De botones? Mi abuelo, el padre de mi padre, había sido afilador ambulante en los Abruzos. ¿Era aquél mi destino? De pronto quise volver a casa, a la casa de mi padre, a los brazos de mi madre, a sus menestras, a mi antigua cama, para quedarme allí acostado el resto de mi vida. Pero era imposible. ¿Con qué cara me presentaba ante ellos? Durante los primeros días les había escrito unas cuantas cartas, todas llenas de inventos y mentiras. Nunca más podría mirarles a la cara…

  

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… A treinta kilómetros de San Elmo, Cavallaro redujo la velocidad y dobló bruscamente a la derecha. Entramos en los viñedos de Angelo Musso, un suelo sagrado para mi padre y sus amigos. Durante cincuenta años habían paladeado el estupendo Chianti y el clarete que producían las cepas de aquellas colinas rocosas. No eran sólo clientes de Angelo: eran sus esclavos, hombres que se angustiaban cuando se estropeaba la cosecha, porque aquel vino era la leche de su segunda infancia; una vez al mes la entregaban a los clientes por la puerta trasera en garrafas de cuatro litros y recogían los envases vacíos.

Vignoles

Cada cinco años aproximadamente había una helada que destruía las cepas o la última cosecha se agriaba inexplicablemente y los paisanos tenían que pasarse a otra marca. Esta situación les desesperaba, les producía insomnio y reumatismo. Todos los clientes de Angelo vivían con miedo de que pudiera morirse antes que ellos. 

La grava del camino crujió cuando frenamos junto a la casa de Musso y bajamos de la furgoneta. Era una casa preciosa, de piedra y de dos plantas, construida por mi padre hacía mucho. Estaba sepultada por las parras que trepaban por la chimenea que sobresalía de la inclinada techumbre de tejas. Un rumor, semejante al del tráfico lejano, vibraba en el aire. Eran abejas, miles de abejas que revoloteaban enfadadas en las parras, un zumbido que sonaba a fúnebre cuando se percibía el ritmo quejumbroso de aquel misterioso treno que parecía levantar la casa del suelo y mantenerla en melancólica suspensión.

Junto a la casa había una pérgola de vides trepadoras, tan densa que no dejaba pasar la luz ni el calor del sol, y bajo su sombra, en el extremo de una mesa alargada, estaba sentado Angelo Musso, de ochenta y cuatro inviernos, un enano calvo, apergaminado, con una piel tiznada por el sol y unos ojos del dorado color del moscatel. Estaba sentado en un sillón roto de terciopelo, tan bajo que la barbilla apenas le llegaba a la mesa.

Angelo Musso no podía articular palabra porque le habían extirpado la laringe a causa de un cáncer hacía diez años. En la pechera de la camisa azul se le veía un reguero de ceniza gris, y tosía sin parar, dado que fumaba sin parar, con dos cajetillas de Camel delante, una garrafa de vino, un encendedor y un cenicero a rebosar.

GrapesAngelo Musso era doblemente especial para mi padre y la mayoría de los italianos viejos de Placer County, un oráculo que no transmitía sabiduría, un sabio que no daba consejos, un profeta que no profetizaba y un dios que fermentaba el vino más sabroso del mundo en un campo de quince hectáreas, dotado de piedras grandes y unas cepas sublimes. Aquello lo convertía en divino. Aquello y su silencio forzoso. Como no podía hablar, todos acudían a él para contarle sus problemas. Y todos encontraban soluciones en sus ojos amarillentos.

Nos acercamos a él con devoción, como monjes en hilera que rinden homenaje al abad, le hacen una reverencia, le cogen la mano acartonada y cubierta de venas y se la besan solemnemente. Le hablaron entre susurros, en italiano, le felicitaron por su perfecto estado de salud, diciéndole que cada año parecía más joven, haciéndole sonreír con alegría desdentada.

Mi padre me presentó y, aunque el viejo me había visto muchas veces, no me reconoció en aquel momento. Fiel a la costumbre, le besé una mano que parecía puro hueso y pellejo, me fijé en las manchas amarillas de sus dedos y olí la nicotina que le impregnaba la piel.

Nos sentamos a la mesa y Angelo golpeó la garrafa con una cuchara. A los sones del campanilleo se abrió la puerta de la cocina y apareció una mujer que llevaba una bandeja con comida y vino...

 

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LesCompagnonsGrappe3… Soy fabulosa en cualquier cosa que me proponga -dijo riendo-. Puede que usted crea que soy sólo una criada, la anciana mujer de Sam Ramponi. Pues créame, ¡no lo soy!

Me miró a los ojos con insistencia, con afán indagador, y sentí el amable acorde del deseo sexual. Me quedé estupefacto. ¿Me estaba haciendo proposiciones aquella dulce ancianita de ojos azules? Imposible. A mí las mujeres ya no me hacían proposiciones, ni siquiera mi legítima esposa. La única actividad sexual que últimamente me salía al encuentro era la de las fantasías de papel que brotaban al calor de la máquina de escribir.

Aparté la mirada y me entretuve cortando la chuleta.

- Y dígame, señora Ramponi, ¿para qué quieren la cámara de ahumar?

- Pues para ahumar carne, naturalmente. Carne de venado. 

- ¿Sam caza ciervos?

- En esta familia sólo cazo yo -dijo con orgullo.

Era tan pequeñita, tan delicada y refinada que me costó creerlo.

- No lo parece.

- ¿Qué no parezco?

- Una cazadora que acecha ciervos.

- No los acecho. Les disparo desde el porche trasero. Pongo un poco de maíz en la nieve y vienen hasta la puerta.

Y entonces les doy su merecido. -Dio un codazo hacia atrás, como si disparase con una escopeta.

- Eso es incitación al delito, va contra la ley.

- No si te pisotean el sembrado.

No pude reprimir una sonrisa.

- ¿Qué sembrado, señora Ramponi

Cruzó los brazos. 

- Tengo plantadas muchas cosas aquí. Además, no le he oído a usted quejarse de las chuletas que ha devorado. Eso también puede considerarse incitación al delito. Dejo que se ponga a tres metros. Y le disparo justo entre los ojos.

Me contuve. No podía decir nada. El plato estaba vacío. Las chuletas, en mi estómago. ¿Hasta dónde era capaz de llegar aquella anciana angelical con sus instintos asesinos? Puede que estuviera matando a Sam Ramponi simbólicamente.

-No la creo -dije levantándome-. Usted no es de las personas que matan a un ciervo hambriento. No va con su carácter. La conozco. Es usted demasiado delicada.

Meditó mis palabras con el entrecejo fruncido; di media vuelta y salí. Corrió detrás de mí…

...WalkerRojo

… ¿Por qué hacía aquel trabajo? ¡Una cámara para curar carne de venado! Era muy probable que veinte años antes hubiera rechazado la oferta por tratarse de un lugar demasiado alejado de su casa y de un trabajo demasiado insignificante para su vanidad. 

Como es lógico, podía imprimir otro rumbo al último tramo de su existencia, emborracharse todos los días en el Café Roma, o tumbarse en el salón a ver la tele, soportando el parloteo de la esposa que lo acosa con platos de pasta mientras especula sobre las alegrías y sinsabores de la viudez. También podía sentarse en el porche que daba a Pleasant Street, para disfrutar del emocionante espectáculo de ver pasar un perro o un ser humano de tarde en tarde. O cultivar tomates y pimientos en el patio de atrás. Pero Nick Molise no. Él quería construir una pared, eso es lo que quería. No le importaba qué clase de pared fuera con tal de que fuese una pared que mereciera el respeto de los amigos que sabían que era un extranjero en el mundo, un trabajador, un constructor.

CopaYSombra

Volvió del bungalow balanceando la garrafa y con mejor aspecto, con cara satisfecha. Me preguntó si quería un poco y tomé un trago.

-Ponlo a refrescar en el arroyo -dijo, y metí la garrafa en el agua helada, hasta que tocó fondo.

Preparamos la mezcla y vacié un cubo en la artesa del hormigón, que estaba en un rincón de los cimientos. La removí con la paleta y le di vueltas para que adquiriese la consistencia justa. Entonces me señaló una piedra pequeña. 

- Ésa. 

La llevé hasta los cimientos. Puso una base de hormigón con la paleta y quiso coger con ambas manos la piedra que yo sujetaba. Era el momento de la verdad. La cara se le puso morada y los ojos amenazaron con salírsele de las órbitas, soltó la piedra y cayó de rodillas. Lo intentó otra vez. En esta ocasión consiguió empotrar la piedra en el hormigón, pero sin dejar de maldecir en italiano, maldecir a la piedra, al mundo, a sí mismo. Yo le miraba, no le hizo gracia y también me maldijo.

Para aplacarle, le dije:

- No te apures, estás desentrenado, eso es todo. 

- A callar. -Señaló con la paleta-. Ésa. 

Era otra de cincuenta kilos. Me armé de valor.

- Vamos a hacer una cosa, papá. Tú pones la argamasa y yo las piedras.

- A callar. 

Aplicó la argamasa y recogió la piedra que yo le entregaba, forcejeó con toda su alma, vencido por el peso, pero consiguió ponerla en el sitio correspondiente.

FanteTrabajoDos horas después habíamos agotado las piedras pequeñas y mi padre se esforzaba por mantenerse erguido, pero se había lesionado las lumbares y no podía. Doblado como un mono, se acercó al arroyo y sacó la garrafa. Se dejó caer en el suelo boca abajo y le dio al vino frío. Tenía en la cara una expresión de congoja y mucha desilusión en los ojos. El bosque lo miraba y entendía su cuita. Los árboles suspiraban. Los pájaros murmuraban alarmados. El cielo observaba con piedad azul. ¡Mi padre, mi pobre viejo! Estaba hecho polvo y lo sabía, pero no quería admitirlo. Había construido su ración de mundo con piedra, iglesias, colegios y al menos una biblioteca, pero ahora se las veía y se las deseaba para levantar una cámara de ahumar de tres metros, sin ventanas y con una sola puerta.

Que tome conciencia de su derrota, me dije, que afronte el hecho de que con sus fuerzas y a sus años ya no puede, que tire la paleta para salir cuanto antes de esta montaña y volver a casa. ¡Dios bendiga a los ciervos!...

 

19 145

Entonces sucedió algo curioso. Mi padre se murió. Estábamos trabajando al aire libre, metidos en el hormigón y entre las piedras, y de súbito tuve la impresión de que se había ido de este mundo. Busqué su cara y lo vi escrito en ella. Tenía los ojos abiertos, sus manos se movieron, echaron una paletada de hormigón, pero estaba muerto y en la muerte no tenía nada que decir. A veces se alejaba como un fantasma, se metía entre los árboles y meaba. ¿Cómo podía estar muerto, me preguntaba, si andaba y meaba? Era un fantasma, un cadáver, un fiambre. Quise preguntarle si se encontraba bien, si por casualidad seguía estando vivo, pero me sentía demasiado cansado, estaba demasiado ocupado muriéndome yo, demasiado cansado para construir una frase. Veía la pregunta en el papel, escrita a máquina, entre comillas, pero resultaba muy pesado verbalizarla. Además, no tenía tanta importancia. Todos teníamos que morir algún día.

LesCompagnonsGrappeEl cuarto día, entre largos tragos de Angelo Musso, construimos el andamio y nos faltaba medio metro. Nick, que había fallecido, no podía sentir ningún dolor al colocar las piedras. Ya no era el constructor impecable, exigente y puntilloso de otros tiempos, la pared estaba llena de salpicaduras, el hormigón chorreaba y formaba grandes charcos en la base. Abajo, todavía con vida, yo partía bloques, me los cargaba al hombro y los subía al andamio. Y entonces cierto día, no sé cuál, yo también me morí. 

Debí de morir con valor y en silencio, porque no recordaba quejas ni lágrimas. Primero sentí el dolor penetrante en la zona lumbar que acaba produciendo el manejo de la maza, y luego se me fue, pareció alejarse hacia el bosque, al igual que los otros dolores, el de los pies, el de las manos llenas de ampollas, la punzada en los riñones..., uno tras otro desaparecieron y sentí que cesaban las funciones del sistema nervioso. Cuando vuelva a morir, me dije, indiscutiblemente por última vez, debo acordarme de afrontar el trance como aquel día en las montañas, sometiéndome a la muerte como si fuera mi amada, sonriendo mientras la estrechaba entre mis brazos.

El otro difunto, mi amigo, mi viejo, me recibía al otro lado del umbral de la vida, con los ojos vacíos como ventanas abiertas, en el momento de pasarle una piedra pesada que dejaba con esfuerzo en un lecho de hormigón.

Entonces sucedió algo irónico. Al volver del andamio, pisé el hierro de una azada y el mango saltó hacia mí y me asestó un golpe brutal entre los ojos. No sentí dolor. El golpe me abatió, pero yo estaba más allá del dolor…

...

 

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