OPINAMOS DE "TIEMPO DE SILENCIO"  (Luis Martín Santos)          

Chavolas

       Según voy incorporando nuevos fragmentos de libros en este sitio, se me hace cada vez más certero ese dicho nuestro que nos declara que “El último santo que llega es el de mayor devoción”, porque cada nuevo libro me parece que supera en calidad o en alcance o en embeleso a los anteriores. Y no debe ser algo verdadero y sí algún tipo de sugestión mía. Bueno, me tranquiliza algo que también ocurra con las nuevas fórmulas de los detergentes en la publicidad, que supera con creces en blancura a todas las anteriores de tal manera que, o los obsoletos jabones dejaban la ropa como para hacer trapos con los que limpiar la grasa o el nuevo transmuta la blancura en esa luz cegadora que dicen que aparece guiándonos en el último trance. Y esto no es cierto, comprobado. Aún hoy, con la última fórmula, si no restriego antes de lavar los lamparones insidiosos de las camisas, siempre se me queda un cerco desmoralizador allí donde cayera.

        De todas las formas, sí tengo que decir que de Tiempo de silencio (que es el libro del que quiero decir algo por un viejo despecho), el comienzo lo recordaba más o menos como es y, sin embargo, su final, me ha dejado absolutamente pasmado, pues no recordaba que era como ahora lo leo, con una calidad, una profundidad y una socarronería dolida, con muy pocos parangones.

       Así que, centraré este “Algo decimos” principalmente en ese final y, por supuesto, en ese viejo entuerto que desfacer del que solo soy una víctima recuperada, que las hay bastantes sin solución ninguna.

      Es tiempo de silencio, dice el autor en ese final. Escuche entonces:

       “… ¿Pero yo, por qué no estoy más desesperado? ¿Por qué me estoy dejando capar? El hombre fálico de la gorra roja terminada en punta de cilindro rojo, con su fecundidad inagotable para la producción de movimientos rectilíneos, ahí se está paseando orgulloso de su gran prepucio rojocefálico, con su pito en la mano, con un palo enrollado, dotado de múltiples atributos que desencadenarán la marcha erecta del órgano gigante que se clavará en el vientre de las montañas mientras yo me estoy dejando capar.”  

     Así comienza el final de Tiempo de silencio. Bueno, en el punto que he elegido yo, aunque bien podría haber escogido cualquier otro y daría lo mismo. Lo mejor es leerlo completito.

Ahora, dígame usted. ¿Este es el tipo de lectura adecuado con el que tiene que bregar un chaval de 16 años para aprobar la asignatura de literatura en el bachillerato? Puestos a elegir lenguaje metafórico, mejor Alicia en el País de las Maravillas, desde luego. Uno mismo se lo tuvo que meter entre sien y sien cuando lo que me gustaba era Verne, los tebeos de la Marvel, Dostoievski o Papillon. ¿Cómo puede reconocer un adolescente –ni muchos adultos-, en este final, la rabia rabiosa de una claudicación? En una edad, además, en la que el verbo claudicar, en su sentido humano más profundo, es un verbo tan ajeno como morir. Lo que se le obliga al chaval a concluir de ese abstruso párrafo es que el científico que está escribiendo la historia en primera persona, queda rendido definitivamente a la realidad de la España rancia y miserable y franquista de los años 50, y se da cuenta de su fracaso, de la inutilidad de su esfuerzo y se hace preguntas y se reconcome. Viaja en un tren que en ese momento parte de una estación -El Escorial-, y observa cómo el jefe de estación, con su gorra identificativa, da la señal de marcha al tren (órgano gigante que se clavará en el vientre de las montañas) con una banderita roja. Eso es todo; aunque sea mucho y fuerte lo que se dice ese hombre a sí mismo. ¿Cómo lo ve? Así que es bastante factible que el hacer obligatorio un libro con un lenguaje tan suyo como el de Tiempo de silencio haya producido el efecto contrario al buscado, provocando unas cuantas deserciones no deseadas de la literatura en muchos españoles de casi todas las generaciones que tuvieron que tragarse ese cáliz-galimatías desde, más o menos, 1970. Es como enseñar música con Stravinsky en vez de con las Cuatro Estaciones, la Para Elisa o el vuelo del moscardón. A cualquiera se le puede atragantar la literatura como un sapo en el gaznate y terminar por hacer ¡fu! como el gato de ella para siempre. Señores responsables: que Tiempo de silencio es un libro escrito por un médico culto y que necesita un glosario qué explique términos, modismos, acepciones y palabros del autor. (Tanto en el comienzo, como en el final, que es lo que transcribimos en fragmentos de libros, incluimos algunas aclaraciones extraídas del glosario de la revista de la facultad de Filología de la universidad de Oviedo, Archivum).

Pero está bien, dejemos la queja porque se nos va este artículo en lloros y no es plan, aunque tenía que decirlo, es mi pobre venganza.

Afortunadamente, volví a Tiempo de silencio ya con alguna cicatriz y bastantes claudicaciones y me dije: ¡Caray con el tocayo! ¡Qué mala leche! ¡Y qué librazo se marcó! La historia, ya la conoce o puede encontrarla muy fácilmente. En la misma wikipedia la tiene compendiada y hasta una película se ha rodado con su argumento (de 1986, dirigida por Vicente Aranda, con Imanol Arias y Victoria Abril de protagonistas). Y aunque es relativamente sencillo plasmar la historia lineal de Tiempo de silencio en un filme, es prácticamente imposible (¿Tarkovsky?) transmitir en una película, la fuerza de ese narrador en primera persona, los juegos, las metáforas, las distorsiones del lenguaje con las que Luis Martín Santos consigue hablarnos directamente al estómago y dejarnos grabada una vívida imagen de aquellos años de miseria sin alternativa.

Aún me imbuí en Tiempo de Silencio una tercera vez y aún me gustó más. No a la manera como me han gustado otros libros al releerlos, con distintas luces, con otros colores cada vez, sino por un aumento de la intensidad. Incluso, ahora, trascribiendo para estos fragmentos de libros de mis desvelos el comienzo del libro y ese final, Tiempo de silencio me vuelve a atraer, muy sorprendido de tan bueno que me parece. Si no fuera porque me esperaran por otros derroteros... 

Hágase un favor, lea ese final (para definirlo con dos simples palabras, como dijo el torero analfabeto, un final: extra ordinario -in creíble, dijo el torerete-), no se escamotee ese placer; relámase y disfrute del cuerpo, de las entrañas que tiene. Además, por esta vez, es un final en donde el desenlace de la trama ya se ha producido y solo desvela sus efectos en el personaje principal.

 

 

                                     Leer, de Tiempo de silencio:

 

                 El comienzo                 El final

 

                       TiempoDeSilencio                   TiempoDeSilencio                     Ir al índice de libros...: DedoIndice

 

 

 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar