OPINAMOS DE "VIAJE AL FIN DE LA NOCHE"  (Louis-Ferdinand Céline)          

  VoyageAuBout1 

Que hay mucho que leer y que nuestro tiempo es escaso, ya lo tenemos muy oído. Hasta nosotros mismos, dentro de nuestra nimiedad, –niquelada viene esta palabra tras haberme embadurnado las entrañas con la crudeza lírica de Viaje al fin de la noche-, lo pensamos y lo lloramos. 

Pero es aún más descorazonador tomar conciencia de que, dentro de la misma demanda de tiempo, van a ser muchos los libros extraordinarios que no solo no lleguemos a leer aunque tengamos esa intención, sino que ni siquiera los vamos a descubrir para poder considerarlos como pendientes. Y éste, de Céline, es uno de los que casi se nos escapa; y hubiese sido una pena porque es de los extraordinarios de verdad. 

Sí lo conocíamos, pero no su valor. Habíamos encontrado referencias del libro por aquí y por allá, y a su autor, Céline, relacionado con los autores de la generación beat (golpeado, abatido, cansado…), BurroughsKerouac… pero no se nos había destacado por encima de otros libros escritos por esta generación, bajo esta estética o filosofía. También,  Viaje al fin de la noche, aparece en la lista de los 100 mejores libros del Club del Libro Noruego (consultar) y, ¡cómo no!, en la de Le Monde, tan chauvinista ella. Pero como esto de la listas es tan relativo que hay que mirarlo con un ojo guiñado, como cuando se calibra un arma o se enhebra un hilo, no era suficiente como para considerarlo, necesariamente, como un libro de lectura pendiente, aunque sí ya, ese ojo no guiñado nos hizo indagar un poquito y… Pues tampoco del todo. Tampoco, finalmente, lo hemos leído con grandes expectativas y nos ha sorprendido una barbaridad. Flipados nos ha dejado. Por esta vez no puedo decir nada sarcástico de los señores autores que han elaborado esa lista de los 100 mejores libros y no nos extraña nada que Céline sea el autor francés del siglo XX más traducido después de Proust, gracias, principalmente a este Viaje al fin de la noche, este canto al “héroe moderno” y  la nimiedad animal, egoísta, sucia y sin escapatoria que significa la suma de los hechos de su vida. 

Finalmente, hemos disfrutado Viaje al fin de la noche de lo lindo, como diría Ferdinand Bardamu. Además ha sido un gustazo policromo: Estético, filosófico, cómico, intelectual, literario… un sabroso plato servido bien crudo. Y…, bueno, usted ya sabe que aunque vamos intentando cultivarnos algo, ya está reconocido que lo míonuestro no es la crítica literaria al uso, la, digamos, académica, ortodoxa, la crítica literaria –como escribiría Bardamu-; pero no pasa nada porque siempre tenemos a mano, para salir del paso, algún texto técnico en la solapilla del libro o en alguna otra parte y lo podemos plantar sin sonrojo en estas opiniones (eso sí, citando la fuente, que no queremos adornarnos con lo que no es nuestro) y quedar decentemente. En este caso le transcribimos la parte del texto de la contraportada:  ”Es posible que, tras ciertas experiencias extremas, el mundo y sus habitantes tan solo merezcan compasión o desprecio. La prosa amarga y quebradiza de Céline, su característico ritmo acelerado, el lirismo salvaje y descarnado con que construyó a sus personajes o la altiva mueca con que contempló la existencia han provocado siempre las más encontradas reacciones…”  Bien ¿no? Nosotros no sabemos decir frases así y siempre tenemos que andar justificándonos. Siempre nos engañamos con la suposición de que, por ejemplo, para entender mejor Alicia en el país de las maravillas (después de leerlo y releerlo, claro), además de ilustrarnos con algunos buenos estudios sobre su técnica o su simbolismo, no viene mal leer también lo que le parece o entiende de ese libro un adolescente o un iluminado, así que... Pero como lo nuestro son los fragmentos, -y ahí sí tiene usted que apretarnos para que afilemos la nariz y traigamos aquí lo excelente- pues qué mejor que, para hacerse una idea de lo que es este libro, traer aquí uno de esos fragmentos, uno que además nos acerca un poco al porqué de ese título de Viaje al fin de la noche:

¡Liquida­da, mi inquietud! ¡Contento casi! Orgulloso casi, porque me daba cuenta de que no valía la pena ya insistir por el lado de Henrouille nuera, ¡había acabado perdiéndola, a aquella puta, por el camino!... ¡Qué tía! Habíamos simpatizado a nuestro modo... Nos habíamos comprendido bien en tiempos, la nuera Henrouille y yo... Durante mu­cho tiempo... Pero ahora ya no estaba bastante abajo para mí, no podía descender... Llegar hasta mí... No tenía instrucción ni fuerza. No se sube en la vida, se baja. Ella ya no podía. Ya no podía bajar hasta donde yo estaba... Ha­bía demasiada noche para ella a mi alrededor. 

Con respecto a esto de los fragmentos, tengo que decir que cuando hemos acabado de leer Viaje al fin de la noche, el libro se asemejaba mucho a un farolillo de feria de pueblo de tantas marcas-papelillos de colores que le colgaban de entre sus páginas. Más de veinticinco páginas de fragmentos hemos recopilado finalmente. Una barbaridad, desde luego, más que ninguno hasta ahora. Y le podemos prometer que nos hemos sujetado. Y es que es un libro preñado de ideas, de fuerza, de espíritu, de fea belleza, de mensaje, de poesía, de realidad y de mucha amargura y mucho muerto viviente. De mucha saeta al alma y a la condición humana.

 … Y tiene un final este libro que nos ha obligado a incluirlo como tal, individualizado, en fragmentos de libros. Espectacular no es, pero contiene dos textos que nos han encantado. Bueno uno, el párrafo final, sí es propio que digamos que nos ha encantado porque el libro se nos va arrastrado por el sonido de la sirena de un remolcador que se lleva todo con él, hasta al río, el propio Sena. El otro texto que digo no es ningún encanto, es otra cosa, brutal, uno de los fragmentos más demoledores del libro. Se lo pongo aquí,  a ver qué opina o le anima a leer el resto de fragmentos o ya, directamente, este gran libro: 

”En esos momentos es un poco violento haberse vuelto tan pobre y tan duro. Careces de casi todo lo que haría falta para ayudar a morir a alguien. Ya sólo te quedan cosas útiles para la vida de todos los días, la vida de la comodidad, la vida propia sólo, la cabronada. Has perdido la confianza por el camino. Has expulsado, ahu­yentado, la piedad que te quedaba, con cuidado, hasta el fondo del cuerpo, como una píldora asquerosa. La has empujado hasta el extremo del intestino, la piedad, con la mierda. Ahí está bien, te dices.  

Y yo seguía, delante de Léon, para compadecerme, y nunca me había sentido tan violento. No lo conseguía... Él me encontraba... Las pasaba putas... Él debía de buscar a otro Ferdinand, mucho mayor que yo, desde luego, para morir, para ayudarlo a morir más bien, más despa­cio. Hacía esfuerzos para darse cuenta de si por casuali­dad no habría hecho progresos el mundo. Hacía el inven­tario, el pobre desgraciado, en su conciencia... Si no habrían cambiado un poco los hombres, para mejor, mientras él había vivido, si no habría sido alguna vez in­justo con ellos sin quererlo... Pero sólo estaba yo, yo y sólo yo, junto a él, un Ferdinand muy real al que faltaba lo que haría a un hombre más grande que su simple vida, el amor por la vida de los demás. De eso no tenía yo, o tan poco, la verdad, que no valía la pena enseñarlo. Yo no era grande como la muerte. Era mucho más pequeño. Carecía de la gran idea humana. Habría sentido incluso, creo, pena con mayor facilidad de un perro estirando la pata que de él, Robinson, porque un perro no es listillo, mientras que él era un poco listillo, de todos modos, Léon. También yo era un listillo, éramos unos listillos... Todo lo demás había desaparecido por el camino y hasta esas muecas que pueden aún servir junto a los agonizan­tes las había perdido, había perdido todo, estaba visto, por el camino, no encontraba nada de lo que se necesita para diñarla, sólo malicias. Mi sentimiento era como una casa adonde sólo se va de vacaciones. Es casi inhabitable. Y, además, es que es exigente, un agonizante moribundo. Agonizar no basta. Hay que gozar al tiempo que se cas­ca, con los últimos estertores hay que gozar aún, en el punto más bajo de la vida, con las arterias llenas de urea.  

Lloriquean aún, los agonizantes, porque no gozan bas­tante... Reclaman... Protestan. Es la comedia de la desgra­cia, que intenta pasar de la vida a la propia muerte…  

    ¿Qué me dice? Nosotros solo sabemos leerlo, sentirlo y mostrárselo.

Supongo que es verdad el manido tópico de que en el pecado está la penitencia; pero con la misma lógica, puedo asegurarle que este nuestro trabajo de selección de fragmentos de libros lleva consigo también la recompensa. Y, además, le recuerdo la génesis de esta nuestra página, fragmentos de libros: Los ponemos nosotros, y también podemos releerlos cuando queramos, que no es cosa baladí.   

 

 

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