OPINAMOS DE "ADIOS A LAS ARMAS"  (Ernest Hemingway         

    HormigasQuemadas      

 

         Por lo que me evidencian sus accesos a fragmentos de libros, no son los finales lo que más interés despierta en usted de esta página. Es natural. En la advertencia de la  presentación del apartado de finales, ya deducimos que iba a ser de ese modo y anticipamos y razonamos los motivos, muy obvios por otra parte. Nosotros tampoco es el lugar al que más tiempo dedicamos.

No obstante, hay libros en los que es justamente su final, el fragmento del libro que más nos seduce incluir en esta nuestra página, por su importancia, por su belleza o por su significado. Y uno de ellos, es justamente este de Adiós a las armas, del premio Nobel norteamericano Ernest Hemingway.

Y lo es por varias razones. En primer lugar, creemos que este final trágico de la novela, es la parte del libro que deja una huella más indeleble,  tanto en la mente del lector como en la de los espectadores de cualquiera de las adaptaciones cinematográficas que sobre este libro se han realizado. Además, bastan estas escasas seis páginas que incluimos, para descubrir la estética descarnada, dura, de la prosa de Hemingway que caracteriza su obra. Y, por si esto no fuera suficiente, destacar la meticulosidad que el autor demostró en la composición de este final, su necesidad de hallar las palabras correctas, porque, según confesó el propio Hemingway en la entrevista concedida a la revista literaria Paris Review en 1958, llego a concebir y escribir hasta ¡39 finales! de Adiós a las Armas. Por todo ello, está más que justificado la inclusión en fragmentos de libros, del final que más le satisfizo de todos.

 (Según parece, fueron más, hasta 47 finales reescritos. En el año 2009, se reeditó la novela incluyendo esas cuarenta y siete conclusiones alternativas).

            También Hemingway, tuvo muchas dudas respecto al título final de la obra. Manejó nombres como La experiencia italianaLa educación sentimental de Frederic Henry, El Hechizo, La muerte después de muerto Amor en la Guerra. Éste último título, hubiese resultado bastante descriptivo del argumento del libro: Un amor arrebatador nacido a contrapelo de los tiempos de horror y de devastación que supuso La Primera Gran Guerra; un amor que, con su fuerza, consigue transformar la perspectiva del estadounidense Frederic Henry, alistado en el ejército italiano como conductor de ambulancias para luchar contra los austriacos, desde la del idealismo de un voluntario, hasta la de convertirse en un desertor a causa de las atrocidades que descubre en la guerra y el triunfo final del amor, el deseo de vivirlo en plenitud.

¿Y?

Está oscureciendo. Me he quedado dos minutos con la mirada y la atención fundidas con una mosca que confunde la luz azulada de la pantalla del ordenador, con una ventana por la que escaparse. No sé qué se creerá. Como si cualquier mundo que no sea en el que ahora está, aquí conmigo, fuera a ser mejor. En fin, como todos. Y me salgo por esta tangente porque no sé qué más decir que sea distinto a lo que llevo escrito sobre Adiós a las Armas. ¿Qué es lo que he dicho? Muy poco original. Nada que usted no sepa o nada que no pueda encontrar en un primer vuelo si a usted le interesara saberlo. Y me he desazonado un poco y me marché con mi mosca. ¿Conoce a usted a Isaac Bashevis Singer? ¿Y a Ivo Andric? ¿Y a Henry Martinson? ¿Y a Ernest Hemingway? Seguramente, a este último, sobre todo. Y los cuatro han sido premios Nobel de Literatura. Y ¿ha oído alguna vez hablar de Adiós a la Armas? ¿Ha visto las películas? Seguro. Y mucho. Hasta lo que no quería oír. Entonces, entiéndame ¿qué hago yo aquí?

A ver, un intento de continuación.

         Se publicó por entregas en una revista literaria mensual. Tuvo un éxito de público extraordinario. Aunque fue censurada por la dureza de su lenguaje. En cuanto al estilo. Se parece a esto que está leyendo. O son estas frases las que tratan de imitarlo, torpemente. Aunque este adverbio, quizá, Hemingway nunca lo hubiese utilizado para este final. Y si no, lean este párrafo que sigue. No he tenido que buscar mucho para traer el ejemplo. Todos más o menos son así.

“Dos hombres entraron y al no encontrar sitio, que­daron de pie frente a mi mesa. Pedí otra cerveza. Aún no tenía ganas de marcharme. Era demasiado temprano para volver al hospital. Me esforzaba en no pensar y estar tranquilo. Los dos hombres aguar­daron un momento, pero como nadie se movía, se fueron. Bebí otra cerveza. Encima de la mesa, fren­te a mí, había un montón de platillos. El hombre que estaba enfrente se quitó los lentes. Los había puesto en el bolsillo y, con su copa de licor en la mano, miraba la sala. De repente, tuve la impresión de que debía marcharme. Llamé al camarero, pa­gué mi nota, me puse el abrigo y el sombrero y me lancé a la calle. Subí hasta el hospital bajo la lluvia…”

Tampoco me he quedado demasiado satisfecho con el intento. Así que me voy a escapar yo también bajo la lluvia transcribiendo el último y críptico párrafo final de Adiós a las armas. Para muchos, es una referencia literaria como imagen de la impotencia ante cómo nos sacude la vida, de la desolación improductiva, soportada.

Pero… ¡vaya!, cómo no he caído antes. ¡Si resulta que Adiós a las Armas se publicó el mismo año que una de mis novelas favoritas! ¡Es verdad! … Pues ya tengo tema para unas cuántas frases más. “Es muy llamativo el contraste de temática y estilo de esta novela de Hemingway con la extraordinaria, delirante por momentos, casi incalificable, Berlín Alexanderplatz de Döblin, que se publicó el mismo año, 1929 (muy pronto asomarán algunos de sus fragmentos por esta página). Son tan diferentes, que parecen escritas en décadas muy distintas. Bueno, tampoco hay que exagerar. Es una cuestión de sensibilidades. No es lo mismo los gustos, la vida, en los EEUU antes de la Gran Depresión, que la de la depauperada y vencida Alemania de aquel año, donde el nazismo ya afilaba sus garras. Bueno también, parece ser, que el Ulises, publicado siete años antes, había revolucionado el cotarro y los autores se habían vuelto más atrevidos. Y para cerrar el triángulo disímil que nos muestra tres maneras claras y distintas de entender la vida y la literatura, quiero evocar que Pessoa, que durante ese año, erraba pensante por las calles doradas de Lisboa y se sentaba a escribir en cafés penumbrosos su canto triste y lúcido, su Libro del Desasosiego tan maravilloso, uno de los mejores libros del siglo XX”.

Bueno, con esto me quedo un poco mejor. Con la cortinilla, como si la toreara, he empujado a mi mosca hacia la noche. Ella sabrá dónde va a dormir. Y ahora sí, ahora ya no vamos ya con Frederic Henry

"Pero después que las hice salir, después de ce­rrar la puerta y apagar la luz, comprendí que todo era inútil. Era como si me despidiera de una esta­tua. Transcurrió un momento, salí y abandoné el hospital. Y volví al hotel bajo la lluvia".

 

 

 

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                              Final:

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