LO QUE DECIMOS EN FRAGMENTOS DE LIBROS DE:  

     LA INVENCIÓN DE MOREL  (Adolfo Bioy Casares)          

         Es muy difícil encontrar en literatura, salvo en maestros como Tolstoi o Chéjov y pocos más, un texto que, con la concisión de esta novela de Bioy Casares (¿ciencia ficción?), aluda o plantee de forma soberbia tantas de las cuestiones que la rueda de las generaciones humanas se preguntan con la angustia del tiempo limitado y para las que no encuentran respuestas satisfactorias. Los filósofos, pensadores, los usos, mitos y revoluciones sociales más o menos violentas de cada época, buscan y proponen a sus coetáneos y sociedades, soluciones para esos problemas o, en su defecto, que es lo más habitual, una moral o actitud vital que palien o hagan llevadera su imposible solución, su ineluctabilidad. Bioy Casares se atreve con mucho y, sin tampoco poder –humano es- solventarlas ni, lo que sería más importante, solventárnoslas, al menos se atreve con alguna premisa y obliga a su protagonista a tomar una decisión y a tomarla plenamente convencido.

En La invención de Morel, se nos sugieren temas tan vitales como la soledad, la lucha en y contra un medio hostil, la persecución de la justicia y la huida, el amor, la incapacidad o la ignorancia que nos debilita ante un problema que debemos afrontar, el amor, el miedo a lo irreal (mejor dicho, el influjo determinante en nosotros de lo que no existe, del sueño, del mundo imaginado o proyectado) y, sobre todo,  la Inmortalidad.

Como muestra, un botón: Fíjense en esta frase del libro: …creo que perdemos la inmortalidad porque la resistencia a la muerte no ha evolucionado; sus perfeccionamientos insisten en la primera idea, rudimentaria: retener vivo todo el cuerpo. Solo habría que buscar la conservación de lo que interesa a la conciencia”. A nosotros nos parece muy loable un planteamiento que no es puramente metafísico o religioso para la búsqueda de la inmortalidad, y que sí intenta una pequeña orientación para los científicos obsesionados.

La novela es corta y, por tanto, el planteamiento se desliza pronto hasta un nudo que atrapa, un nudo que va deshilándose con cadencia maestra entre claves sutiles que nos va desvelando, ante la desesperación del protagonista y ante nuestra incredulidad, La invención de Morel. Debo, por tanto, reprimir ahora mi deseo de mostrarle a usted más botones ejemplos, más hilos desenredados, más frases que justifiquen lo que he dicho aquí. Y todo porque hay peligro de que usted, perspicaz como es, encuentre lo que solo debe ir encontrando según lee.

Como quizás ya sabe usted, no somos muy amigos en fragmentos de libros de repicar aquí lo manido o lo que se encuentra con insistencia en otros sitios, de lo que ha dicho sentenciosamente éste o aquél sobre esto o aquello. Pero, por esta vez, y porque creo que es lo suficientemente atrevido y elocuente, vamos a acabar esta entrada con el párrafo con el que Borges –amigo, colaborador y correligionario en tantas cosas de Bioy- acaba el prólogo a La invención de Morel:

«He discutido con su autor los pormenores de su trama, la he releído; no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta»

 

 

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