LO QUE PODEMOS DECIR EN FRAGMENTOS DE LIBROS SOBRE "PRÓLOGO AL PERSILES"

       

  Después de unas cuantas semanas en las que este texto está incluido en fragmentos de libros, comprobamos que pocos son los lectores que han querido acceder a este prólogo. Estamos seguros de que es por desconocimiento o, quizás, porque no se toma usted todavía con la relevancia que merece lo que le proponemos. Lo asumimos. Sin embargo, debería usted tener en cuenta que el solo hecho de que nosotros lo hayamos incorporado a nuestra página, podría ser razón suficiente como para valorarlo en más de lo que parece. En fin, entendemos que todavía no tenemos la suficiente prestancia como para que se nos otorgue que nuestro criterio de selección de los fragmentos es, desde luego, no solo honesto e independiente, sino que busca ofrecerle lo mejor de lo mejor, textos que, ajenos a la moda, ahonden e intenten ofrecer alguna respuesta –o la imposibilidad de encontrarla- a la significación y razón de nuestra naturaleza de ser humano; mortal y  efímero, desvalido ante la realidad física y social y acosado por mismas dudas seculares. Que vea usted que no está solo, que hombres inteligentes, entregados a la literatura, ya se planteaban sus mismas preguntas e intentaban encontrar su propia visión y sus propias conclusiones. 

 

Este prólogo es un texto increíble, una lección de humildad y sinceridad que nos podría servir de referencia y de reflexión para caminar en los tiempos y en la sociedad que nos ha tocado vivir. Usted y yo. Y descubrir que, en lo importante, poco ha cambiado nuestra situación y nuestras dudas con respecto a lo que sentían los hombres de hace cuatro siglos. Por animarle a acercarse a él, le podemos decir que son muchos los autores que ensalzan este prólogo muy por encima del mismo Persiles al que antecede. Léalo. En esencia, no es más ni menos que don Miguel de Cervantes, el autor de el Quijote, el mejor libro jamás escrito, enfrentado y aceptando humildemente, sin vanidad ni jactancia, una muerte que siente cierta e inminente –murió unos cuantos días después de escribirlo-. Desapegado de lo que, en esencia, poco importa. Mire usted como termina Cervantes su prólogo:Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!” 

 

 

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