LO QUE DECIMOS EN FRAGMENTOS DE LIBROS SOBRE "CIEN AÑOS DE SOLEDAD"

 

En 1.978, aún éramos demasiado jóvenes y Cien años de Soledad llevaba once años publicada.

Por entonces, yo tenía una amiga con la que compartía libros, discos y fantasías. La recuerdo como una muchacha alta y triste, de andar lento y con la piel como el nácar, y una cabellera de hilos de cobre retorcidos que terminaba por debajo de su cintura. Una tarde me preguntó:

 - ¿Conoces Cien años de Soledad?

 - Y yo le respondí con un convencimiento impensado que claro que sí, que era un libro maravilloso. «¿Verdad que sí?» -continuó ella- «Yo lo estoy acabando y estoy fascinada». Pero en ese momento me quedé en suspenso y la pregunté en voz alta ¿Qué libro dices? ¿Cien años de soledad?... Pues no, no, no lo he leído ¿De quién es?

Así fue. Aún antes de leerlo, aún antes conocer su existencia, yo ya estaba predispuesto para que esta obra enraizara en mí de una manera inludible. Pude reconocer de antemano que era un libro que había sido escrito para mí y para que me pudiera sumergir una y diez veces en el mundo mágico de esa estirpe condenada a cien años de soledad y para que me hechizara mil veces con los objetos, personajes y paisajes con los que se nutren algunos sueños que, aunque no puedan palparse, dejan un fuerte sabor en el paladar como prueba de su realidad.

PestiñoHormigas

Pocos meses después, una noche, en un mesón de vino peleón de una calle aledaña a la plaza Mayor de Madrid, se nos apareció un mendigo que nos aceptó un chato de vino para sentarse en nuestra mesa. Frisaría los treinta años; diez, doce más que nosotros. Llevaba una barba rala mojada de saliva en donde se le quedaban prendidas las migas de pan. Decía ser licenciado de no recuerdo qué carrera y nos habló mucho y bien sobre asuntos que a nosotros, universitarios recientes, nos parecieron extraordinarios. Y... ¡claro que había leído Cien años de Soledad!. Y otros muchos libros desconocidos más que nos fascinarían. Luego, ya atrapados en su numen, supimos que él era un mendigo vocacional, un trotamundos que había dejado atrás su vida programada para recorrer los caminos inciertos buscando no terminamos de comprender qué. Pero aquella misma noche, Carmen, la muchacha triste de cabellos de princesa escocesa, se pasó por su casa, hizo un atillo, y se marchó con él a la deriva de su propio sueño. Aquella noche cualquiera, la realidad nos representó con un nombre de mujer la misma huída que José Arcadio Buendía realizó detrás de su gitanilla; y como él, Carmen, solo tomó el camino de regresó al cabo de unos cuantos años.

De Cien años de Soledad se han dicho y escrito tantas cosas, se ha elogiado tanto y de tan distintas maneras, que a mí me cohíbe bastante decir cuánto y porqué me maravilla. Por eso lo he contado así. Finalmente creo que es un libro sin dueño, para cada cuál es un libro distinto porque libera las fantasías propias e íntimas. Llego al punto de pensar que ni siquiera García Márquez es su dueño. En alguna parte de fragmentos de libros ya insinuamos que nos parece un libro escrito al dictado, como la Biblia o El Quijote o Bajo el Volcán. Y también, aunque parezca increíble, debe ser un libro difícil de leer para no pocas  personas, vaya usted a saber porqué. Es verdad. Las mismas siete, ocho veces que yo lo he leído, muchos lectores con hábito han intentado leerlo y no han podido con él. Y en este aspecto se oye de todo por ahí… ¡Qué le vamos a hacer! Supongo que es una cuestión de las diversas sensibilidades que no tiene que ver con su grado. 

         Y, para acabar, y ya que este sitio se especializa en comienzos, fragmentos y finales, vamos a reproducir tres párrafos breves, a ver qué le sugieren a usted y, si aún no ha leído este libro, puedan incitarle a hacerlo.

      El primero es del principio de la obra, muy conocido: «El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo»;

      Este otro del final,  (que se incluye en fragmentos de libros): «Aureliano atravesó el corredor saturado por los suspiros matinales del orégano, y se asomó al comedor, donde estaban todavía los escombros del parto: la olla grande, las sábanas ensangrentadas, los tiestos de ceniza, y el retorcido ombligo del niño en un pañal abierto sobre la mesa, junto a las tijeras y el sedal.»;

     Y un tercero, casi cualquiera, elegido de por ahí «Salió a la calle en una ocasión, ya muy vieja, con unos zapatos color de plata antigua y un sombrero de flores minúsculas, por la época en que pasó el Judío Errante y provocó un calor tan intenso que los pájaros rompían las alambreras de las ventanas para morir en los dormitorios.»

     Solo una cosa más que debería tener en cuenta: Si, finalmente, se sumerge en este libro… quizás ya nunca pueda salir de él. Avisamos.

 

 

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