FRAGMENTOS DE LIBROS.  CUMBRES BORRASCOSAS (1847)                                                            

Wuthering Heights

CumbrasBorrascosas

 

    Emily Brontë    (Gran Bretaña)  

       

       Editorial    :    EL MUNDO. Unidad Editorial, S.AColección Millenium, las 100 joyas del milenio

  

     Traducción:   María Rosa Lida.

 

 Finales de libros

 

Capítulo XXXIV  (Último)

 

Por algunos días después de aquella tarde, el señor Heathcliff evitó reunirse con nosotros a la mesa; pero no quiso excluir formalmente a Hareton ni a Cathy. Sentía aversión a ceder de un modo tan completo a sus sentimientos y prefería ausentarse él mismo. Una comida cada veinticuatro horas parecía bastar a su sustento.

Una noche, después de haberse acostado todos, le oí bajar la escalera y salir por la puerta principal. No le oí volver, y a la mañana siguiente vi que aún estaba fuera.

Nos hallábamos entonces en abril; el tiempo era benigno y cálido; la hierba, tan verde como el sol y la lluvia podía hacerla, y los dos manzanitos junto al muro meridional estaban en plena flor.

Después del desayuno Catherine insistió en que tomara yo una silla y me sentase con mi labor bajo los abetos al extremo de la casa; y engatusó a Hareton, quien se había repuesto de su accidente, para que cavase y arreglase su pequeño jardín, que había trasladado a aquel rincón para acallar las quejas de Joseph.

VelloritaYo estaba disfrutando a mis anchas de la fragancia primaveral y del hermoso cielo azul, cuando mi señorita, que había bajado hasta la entrada del parque, en busca de algunas raíces de vellorita para su vergel, volvió sin completar la tarea para comunicarnos que llegaba el señor Heathcliff.

-   Y me ha hablado- añadió con aire perplejo. 

-   ¿Qué dijo? –preguntó Hareton. 

 -   Me ha dicho que me retirara cuanto antes –contestó-. Pero su aspecto era tan distinto del usual, que me detuve un momento para mirarle. 

 -   ¿Cómo era? –inquirió él. 

 -   Pues, casi despejado y risueño; no, no casi, ¡muy excitado y fogoso y alegre!- replicó. 

 -   Será que los paseos nocturnos le divierten –observé con fingida indiferencia, aunque, en realidad tan sorprendida como ella, y ansiosa de comprobar la verdad de su afirmación, pues ver alegre a mi amo no era un espectáculo ordinario. Ideé una excusa para entrar. 

Heathcliff estaba de pie ante la puerta abierta, pálido y tembloroso, y, sin embargo, le brillaban los ojos con un extraño gozo que alteraba su fisonomía. 

-   ¿Quiere usted tomar su desayuno? –dije, ¡Debe usted tener ganas, después de vagar por ahí toda la noche! 

Quería averiguar dónde había ido, pero no me gustaba preguntárselo abiertamente. 

-   No, no tengo gana –contestó, volviendo la cabeza y hablando más bien desdeñosamente, cual si sospechase mi intención de adivinar la causa de su buen humor

Me quedé perpleja, preguntándome si sería aquélla una buena ocasión para amonestarle un poco.

- No creo que sea bueno errar por esos campos –observé- en vez de irse a la cama; y, sobre todo, no es prudente, con este tiempo húmedo. Me atrevo a decirle que cogerá usted un buen recriado o una calentura. ¡Ya ha de tener encima algo de esto!

- Nada que no pueda soportar –replicó-. y con el mayor placer, con tal de que me dejen en paz. Entra, y no me fastidies.

Obedecí, y al entrar noté que respiraba tan rápidamente como un gato.

«¡Sí! –pensé para mis adentros-; tendremos una enfermedad. No me puedo imaginar qué es lo que ha estado haciendo»

Aquel mediodía comió con nosotros, y recibió de mis manos un plato colmado, como si tuviera intención de desquitarse de su previo ayuno,

- No estoy resfriado, ni tengo calentura, Nelly –observó él, aludiendo a las palabras que le había dirigido por la mañana-, y estoy dispuesto a hacer honor a la comida que me das.

Tomó el cuchillo y el tenedor, ya estaba a punto de empezar a comer, cuando de pronto pareció perder la disposición. Dejó caer los cubiertos sobre la mesa, miró ansioso hacia la ventana, levantóse y salió. Vímosle andar de un lado a otro por el jardín, mientas concluíamos la comida, y Earnshaw dijo que iría a preguntarle por qué no quiso comer, pues temía que de algún modo le hubiésemos disgustado.

- Pues bien, ¿viene? –gritó Catherine, al regresar su primo.

-No –contestó-; pero no está enfadado; a decir verdad, parece singularmente contento; tan sólo se impacientó por haberle hablado yo dos veces; y entonces me ordenó volver a tu lado, extrañándose de cómo podía yo desear cualquier otra compañía.

BronteParsonaheColoqué su plato en la reja de la chimenea para conservarlo caliente. Volvió, no más tranquilo, después de un par de horas, cuando el cuarto estaba despejado: el mismo antinatural aspecto de alegría –porque no era habitual-; bajo sus negra cejas, la misma tez exangüe, los dientes de vez en cuando visibles en una media sonrisa; todo el cuerpo temblando, no como tiembla uno de frío o de debilidad, sino como una cuerta tirante en exceso, que vibra con un fuerte estremecimiento, más bien que templor.

«Preguntaré que le pasa», pensé y exclamé:

- ¿Ha recibido usted alguna buena noticia, señor Heathcliff? Parece hallarse usted extraordinariamente animado.

- ¿De dónde me vendrían a mí las buenas noticias? –dijo-. El hambre es lo que me anima, y, según parece, no debo comer.

- Aquí está su comida –repliqué- , ¿por qué no la toma usted?

- No la quiero ahora –balbuceó precipitadamente-. Esperaré hasta la cena. Y de una vez por todas, Nelly, te suplico digas a Hareton y a la otra que se mantengan lejos de mí. No quiero que nadie me turbe; quiera estar solo en este lugar.

- ¿Hay alguna nueva razón para este destierro? –pregunté-. Dígame usted, señor Heathcliff. ¿por qué se muestra usted tan extraño? Respóndame usted, ¿dónde estuvo usted anoche? No lo pregunto por simple curiosidad, sino…

- Me lo preguntas por la más vana curiosidad –me interrumpió riendo- No obstante, voy a contestarte. Anoche estuve en las puertas del infierno. Hoy estoy a la vista del cielo; en él tengo puestos los ojos. Nada verás ni oirás que pueda espantarte, si te guardas de acechar.

Después de barrer el hogar de la chimenea y de limpiar la mesa, me fue más perpleja que nunca. El señor Heathcliff no abandonó el salón aquella tarde, ni nadie turbó su soledad, hasta que, a las ocho, consideré conveniente, aún sin ser llamada, llevarle una vela y la cena.

Estaba apoyado en el marco de la ventana abierta, más no miraba afuera; su rostro estaba vuelto hacia la obscuridad interior. No quedaban del fuego sino cenizas; la habitación estaba llena del húmedo y suave aire de aquella tarde nublada y tan tranquila, que, no solo se percibía el susurro del riachuelo en el valle de Gimmerton sino también las ondas y el gorgoteo de la corriente sobre las guijas o contra las grandes piedras que no llegaban a cubrir.

Solté una exclamación de disgusto, al ver a oscuras el hogar, y principié a cerrar las ventanas, una tras otra, hasta que llegué a la suya.

Entonces me di cuenta de que no estaba mirando a la pared, pues, cuando me fijé en él, parecía estar contemplando algo a dos varas de distancias. Y fuera lo que fuese, parecía comunicarle agudos extremos de placer y de pena; cuando menos esta idea sugería la angustiosa y sin embargo arrobada expresión de semblante. El objeto imaginado no estaba inmóvil; su ojos lo perseguían con incansable vigilancia, y aún cuando me hablaba lo perdía de vista.

FotogramaCumbresEn vano recordé su prolongado ayuno; si, condescendiendo a mis súplicas, se movía para tocar algo, si tendía la mano para coger un pedazo de pan, sus dedos se crispaban antes de alcanzarlo, y quedaban sobre la mesa olvidados de su fin.

Hecha un modelo de paciencia, me senté, tratando de distraer su absoluta atención de las ideas que le embargaban, hasta que se puso irritable y se levantó, preguntándome por qué no le dejaba en paz durante la comida, y diciendo que la próxima vez no necesitaba yo servirle; que podía dejar las cosas sobre la mesa y marcharme. Dichas estas palabras, abandonó el salón, y, paseando despacio por el sendero del jardín, desapareció por la verja.

Las horas se deslizaban llenas de ansiedad; llegó la noche. No me retiré hasta muy tarde y, cuando lo hice, no pude dormir. Volvió después de medianoche, y, en vez de ir a la cama, se encerró en la estancia de abajo. Púseme a la escucha, empecé a dar vueltas por mi cuarto, y finalmente me vestí y bajé. Era demasiado enfadoso estar allí acostada, devanándome los seos con cien vanos recelos.

Oí los pasos del señor Heathcliff, que pisaba inquietamente el suelo; y, a menudo, rompía el silencio con una respiración profunda, semejante a un gemido. Murmuraba también de vez en cuando palabras sueltas; la única que pude percibir fue el nombre de Catherine, acompañado de alguna frenética expresión de cariño o sufrimiento dichas como si conversase con alguien presente, quedas y vehementes palabras, arrancada de lo más profundo de su alma.

No tuve el valor para entrar directamente en la habitación; pero deseaba distraerlo de su delirio, y, a este objeto, arremetí con el fuego de la cocina, y empecé a menearlo y a remover las ascuas. Esto le hizo salir antes de lo que esperaba. Abrió al punto la puerta y dijo:

- Ven, Nelly. ¿Es ya de día? Entra con tu luz.

- Están dando las cuatro –contesté-. Usted necesita una vela para ir arriba; puede usted encender una en este fuego.

- No, no quiero ir arriba –dijo-. Entra y enciéndeme el fuego, y haz lo que haya que hacer en la habitación.

- He de encender primero las ascuas, antes que pueda traer alguna- repliqué, tomando una silla y el fuelle.

Entretanto, vagaba él de un lado a otro, en un estado próximo a la demencia; sus hondos suspiros se sucedían tan rápidamente que no daban tiempo a la ordinaria respiración.

- Cuando rompa el alba, mandaré por Green –dijo-. Deseo hacerle algunas consultas mientras puedo prestar atención a estos asuntos, y mientras estoy en condiciones de obrar serenamente. No he hecho todavía mi testamento, y no acierto a resolver cómo dejaré mis bienes. ¡Ojalá pudiese hacerlos desaparecer de la faz de la tierra¡

- No hable usted así, señor Heathcliff –interrumpí-. Deje usted en paz su testamento. Tendrá usted aún tiempo para arrepentirse de sus muchas iniquidades. Nunca creí ver sus nervios tan trastornados, y, sin embargo, lo están ahora de un modo atroz; y casi enteramente por su propia culpa. La vida que llevó usted estos tres días podía haber derribado a un titán. Tome usted algún alimento y descanse. No tiene usted más que mirarse en un espejo para ver cuánto lo necesita. Sus mejillas están huecas y sus ojos inyectados de sangre, como de uno que se muere de hambre y se vuelve ciego por falta de sueño.

- No es culpa mía no poder comer ni descansar –replicó-. Te aseguro que no lo hago con ningún propósito deliberado. Haré una y otra cosa tan pronto como pueda. ¡Mas tanto valdría mandar que estuviese quieto a una braza  de la orilla a un hombre que está luchando con las aguas! Primero he de alcanzarla, y luego descansaré. Bien; no pienses más en el señor Green; en cuando a arrepentirme de mis iniquidades, ninguna he cometido, y de nada tengo que arrepentirme. Soy demasiado feliz, y, sin embargo, no soy bastante feliz. La dicha de mi alma mata mi cuerpo; pero no se satisface a sí misma.

CumbresBorrascosas FernandoAlcocer- ¿Feliz, señor? –exclamé- ¡Extraña felicidad! Si usted me escuchase sin irritarse, le daría un consejo que le haría más feliz,

- ¿Cuál es? –preguntó. Dámelo.

- Usted sabe, señor Heathcliff, que, desde los trece años, ha vivido usted una vida egoísta y anticristiana, y probablemente apenas tuvo en sus manos una Biblia durante todo este tiempo. Debe usted haber olvidado la doctrina del libro, y tal vez no le esté de más ahora examinarlos. ¿Qué mal habría en mandar a buscar cualquier sacerdote para se la explique, y le muestre a usted cuánto se ha extraviado de sus preceptos, y cuán mal dispuesto está usted para ir al cielo, a menos que cambie usted antes de morir?

- Me siento más agradecido que irritado, Nelly –dijo-, pues tú me recuerdas la forma en que deseo que me entierren: me llevarán al cementerio al anochecer. Tú y Hareton, si queréis, podéis acompañarme; ¡y cuida, sobre todo, de vigilar que el sepulturero obedezca mis instrucciones relativas a los dos ataúdes! No es preciso que venga ningún cura; ni es menester que me digan oraciones. ¡Te repito que casi he alcanzado ya mi cielo, y no codicio el de los otros, pues no tiene para mí valor alguno!

- ¿Y si, por perseverar usted en su obstinado ayuno, y morir por esta causa, se negasen a enterrarle en el recinto de la iglesia? –dije ofendida de su impía indiferencia-. ¿Cómo lo tomaría usted?

- No lo harán –replicó-; pero, en tal caso, debes tú hacerme trasladar en secreto. ¡Y si lo descuidas, te demostraré palpablemente que los muertos no se aniquilan!

Así que oyó el ruido de los otros miembros de la familia, retiróse a su madriguera, y respiré yo con más libertad. Pero por la tarde, cuando Joseph y Hareton habían salido a sus trabajos, entró de nuevo en la cocina, y con ojos extraviados me pidió que fuera a sentarme en el salón; quería que alguien estuviera con él.

Rehusé, diciéndole francamente que su extraño porte y conversación me amedrentaban, y que ni mis nervios ni mi voluntad eran bastante fuertes para hacerle compañía yo sola.

- ¿Creo que me tienes por un demonio! –dijo con su lúgubre risa-; por algo demasiado horrible para vivir bajo un techo honesto.

Luego, volviéndose a Catherine, que estaba allí y que se escurrió detrás de mí cuando él se acercó, añadió, medio en zumba:

- ¿Quieres venir, pollita? No te haré daño. ¡No! Para ti soy peor que el diablo. ¡Bien; hay allí alguien que no rehusará mi compañía! ¡Vive Dios!, ¡es inflexible! ¡Oh, maldición! ¡Es indeciblemente demasiado para que ninguna carne y sangre lo soporte, ni siquiera las mías!

No solicitó la compañía de nadie más. Al anochecer se fue a su alcoba. Durante toda la noche y aun muy adelantada la mañana, le oímos gemir y murmurar a solas. Hareton estaba impaciente por entrar; yo le mandé a buscar al señor Kenneth, diciendo que con él podía verle.

Cuando llegó éste, y pregunté yo si se podía entrar, probando abrir la puerta, la hallé cerrada con llave. Heathcliff nos mandó al diablo, diciendo que estaba mejor, y que le dejásemos solo; en vista de esto, el médico se marcho.

La noche siguiente fue muy lluviosa, diluvió por cierto hasta el amanecer; y cuando di mi vuelta matutina en torno a la casa, observé que la ventana de su cuarto estaba abierta y dejaba entrar la lluvia de lleno.

«No puede estar en la cama –pensé-, porque estos chubascos le hubiesen calado. Debe estar levantado o haber salido. Pero. ¡no haré más ruido y entraré resueltamente para ver!»

FotogramaCumbres2Habiendo logrado abrir la con otra llave, corría a separar las tablas, pues la alcoba estaba vacía. Las aparté rápidamente y eché un vistazo adentro. Allí estaba el señor Heathcliff, tendido de espaldas. Fijaba en mí sus ojos con tan aguda y feroz mirada, que me heló el corazón; y luego parecía que sonreía.

No pude creerlo muerto; pero su rostro y su garganta estaban empapados de lluvia, las sábanas chorreando, y él completamente inmóvil. El marco de la ventana batía de un lado a otro, y le había desollado una mano, que tenía apoyada en el antepecho. No goteaba sangre de la rasgada piel, y cuando la toqué, no puede dudar más: ¡estaba muerto y rígido!

Atranqué la ventana; aparté el negro y largo cabello de su frente; traté de entornarle los párpados para extinguir, en lo posible, aquella espantosa y vivaz mirada de exultación, antes de que ningún otro la viese. No pude cerrarlos, parecía burlarse de mis esfuerzos, y también me escarnecían sus labios entreabiertos y los blancos y agudos dientes que mostraban. Presa de un nuevo ataque de cobardía, llamé a Joseph. Joseph refunfuñó, metió ruido, pero negase resueltamente a mezclarse con él.

- ¡El diablo se ha llevado su alma! –exclamó-, y por lo que a mí me importa, puede llevarse su carroña por añadidura. ¡Oh!, ¡y qué malvado parece mostrando los dientes de la muerte! .Y el viejo pecador le imitaba burlonamente.

Pensé que iba a dar unas zapatetas en torno al lecho. Pero de pronto, se compuso, cayó de rodillas, y alzando las manos dio gracias a Dios de que el amo legítimo y el antiguo linaje estuviesen restablecidos en sus derechos.

El terrible suceso me dejó anonadada; y mi memoria retrocedió invariablemente a tiempos pasados, con una suerte de opresiva tristeza. Pero el pobre Hareton, el más injuriado, fue el único que en realidad padeció mucho. Permaneció junto al cadáver toda la noche, llorando con amarga vehemencia. Estrechaba su mano y besaba el rostro feroz y sarcástico que nadie más osaba contemplar; y se lamentaba con aquel fuerte dolor que brota espontáneamente de un corazón generoso, aunque sea recio como acero templado.

Kenneth se vio en apuros para declarar de qué dolencia había muerto. Le oculté el hecho de que no había tomado alimente durante cuatro días, temiendo nos pudiera acarrear disturbios; además, tengo la convicción de que no lo hizo adrede, siendo aquello efecto, y no causa, de su extraña enfermedad.

Con escándalo de todos, lo sepultamos según había deseado, Earnshaw y yo, el sepulturero y seis hombres para llevar el ataúd, componíamos todo el cortejo.

abismos-de-pasion-6Los seis hombres partieron después de haberle bajado a la fosa. Nosotros aguardamos hasta verla cubierta. Hareton, llorando a mares, cubrió el mimo de verde césped el pardo montículo. Ahora está ya liso y tan lozano como el de sus compañeros y tengo la esperanza de que su ocupante duerme igualmente en paz. Pero la gente del pueblo, si usted les pregunta, jurarían por la Biblia que él anda. Hay quien dice haberle visto junto a la iglesia, y entre los brazales y hasta en esta casa. Vanas leyendas, dirá usted, y lo mismo digo yo. Sin embargo, el viejo que está junto al fuego de la cocina, asegura que desde su muerte los ve a los dos, todas las noches de lluvia, cuando mira por la ventana de su cuarto; y un extraño caso me ocurrió a mí hace cosa de un mes.

Dirigíame a la granja una tarde –anochecía y amenazaba tempestad-, y justamente al doblar la vuelta de las Cumbres encontré a un rapaz que arreaba una oveja y dos corderos. Lloraba a lágrima viva; supuse que era porque los corderos eran retozones y no se dejaban conducir.

- ¿Qué pasa, hijo mío? –pregunté.

- Allá, bajo la colina, están Heathcliff y una mujer- gimoteó-, y no me atrevo a pasar.

Yo nada vi, pero ni él ni la oveja quisieron proseguir; y así, le dije que tomase la carretera de más abajo.

Probablemente se fraguó él en su mente los fantasmas, pensando, al atravesar solo el erial, en las sandeces que había oído contar a sus padres y sus compañeros. Sin embargo, no me gusta salir ahora de noche, ni me gusta tampoco quedarme sola en esta fúnebre casa. No puedo remediarlo, tendré una gran alegría el día que la dejen y se trasladen a la granja.

- ¿Se van, pues, a la granja? –dije.

- Sí –contestó la señora Dean-, tan pronto como se casen; y será esto el día de Año Nuevo.

- ¿Y quién vivirá aquí? 

- Pues, Joseph cuidará de la casa, con un mozo, tal vez, para hacerle compañía. Vivirán en la cocina, y el resto estará cerrado. 

- Para uso de los espíritus que guste habitarla –observé.

- No, señor Lockwood .dijo Nelly, sacudiendo la cabeza-. Creo que los muertos están en paz, pero no es bueno hablar de ellos con ligereza. 

En aquel momento abrióse la verja del jardín, volvían los paseantes. 

- Éstos no temen nada –refunfuñó viéndolos acercarse desde la ventana-. Juntos desafiarán a Satán y a todas sus legiones. 

WutheringHeightsCuando pisaron el umbral, e hicieron alto para echar una última mirada a la luna, o más exactamente, para mirarse uno a otro a sus luz, sentíme de nuevo irresistiblemente impulsado a evitar su encuentro; y, poniendo una dádiva en manos de la señora Dean, sin escuchar sus protestas por mi descortesía, desaparecía por la cocina, mientras ellos abrían la puerta del salón; y de ese modo hubiera confirmado a Joseph en su juicio sobre las galantes indiscreciones de su compañera, si no hubiese reconocido felizmente mi respetable carácter por el dulce retintín de una moneda de oro que eché a sus pies. 

Mi retorno se alargó con un rodeo en dirección a la iglesia. Al hallarme bajo sus muros, observe cuánto había progresado la ruina en sólo siete meses. Más de una ventana mostraba negros boquetes, sin cristal; y las pizarras proyectábanse aquí y allá fuera de la línea del techo, que será gradualmente corroído por las tormentas del otoño. 

Busqué y pronto descubrí las tres lápidas sepulcrales en declive, junto al brezal. La del medio, cenicienta y semisepultada en el brezo; la de Edgar Linton, solo adornada por el césped y el musgo que rastreaban a su pie; la de Heathcliff aún desnuda. 

Me detuve a su vera, bajo aquel cielo benigno; contemplé las polillas que revoloteaban entre el brezo y las campánulas; escuché el blando viento que respiraba entre la hierba; y me admiré de que alguien pudiera atribuir sueños inquietos a los que duermen en tierra tan quieta.

 

 

 

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