FRAGMENTOS DE LIBROS.  CASA DE MUÑECAS  (1879)   

CasaDeMuñecas ElPatoSalvaje

                   Et dukkehjem   

  

    Henrik Ibsen     (Noruega)  

        Editorial     :   CÁTEDRA  - Letras Universales. 

       Edición de :   Mario Parajón

 

 

  Finales de libros

 

ELENA. (A medio vestir, en la antesala.) Ha llegado una carta para la señora.

HELMER. Dámela. (Coge la carta, y cierra la puerta.) Sí, es de él. Pero no te la entregaré; quiero leerla yo mismo.

NORA. Léela.

HELMER. (Acercándose a la lámpara.) Casi no tengo valor para ello. Quizá estemos perdidos tú y yo... No; he de saberlo. (Rompe precipitadamente el sobre, lee algunas líneas, examina un papel adjunto, y lanza un grito de alegría.) ¡Nora! (NORA le mira, interrogante.) ¡Nora!... No; voy a volver a leerlo... Sí, eso es. ¡Estoy salvado! ¡Nora, estoy salvado!

NORA. ¿Y yo?

EdDukkehjem1HELMER. Tú igual, naturalmente; los dos estamos salvados, tú y yo. Te devuelve el recibo. Dice que se arrepiente... Un cambio feliz en su vida... Bueno; ¿qué importa lo que diga? ¡Estamos salvados, Nora! Ya nadie puede hacerte nada... ¡Ah! Nora... primero hay que desentenderse de todas estas abominaciones. Vamos a ver... (Echa una ojeada al recibo.) No, no quiero verlo; supondré que todo ha sido una pesadilla. (Rompe las dos cartas y el recibo, arrojándolo lodo a la estufa, y contempla cómo arden los pedazos.) ¡Ea! se acabó todo... ¡Oh, qué tres días más horribles has debido de pasar, Nora!

NORA. Sí; durante estos tres días he sostenido una lucha atroz.

HELMER. ¡Lo que habrás sufrido, sin ver otra salida que...! ¡No! olvidemos todos estos sinsabores. Sólo debemos alegrarnos y repetir de continuo: «Ya pasó, ya pasó»... Pero, mujer, Nora, óyeme; parece que no has comprendido... ¡Vamos! ¿Qué es eso... esa cara tan compungida?... ¡Oh! ya comprendo ¡pobrecita! No puedes creer que te haya perdonado. Créelo, Nora; te lo juro: estás de todo punto perdonada. Bien sé que lo has hecho por amor a mí.

NORA. Así es.

HELMER. Me has amado como una esposa debe amar a su marido. Únicamente te faltó discernimiento en la elección de medios. ¿Crees que te quiero menos por eso, porque no sabes conducirte a ti misma?... No tienes más que apoyarte en mí, y te guiaré. Dejaría yo de ser un hombre si tu incapacidad de mujer no te hiciera el doble de atractiva a mis ojos. Olvida las duras palabras que te he dirigido en el primer arrebato, cuando creía que todo iba a derrumbarse sobre mí. Te he perdonado, Nora; te juro que te he perdonado.

NORA. Agradezco  tu  perdón.  (Vase  por  la derecha.)

HELMER. No; quédate. (Siguiéndola con la mirada.) ¿Qué haces en la alcoba?

QuitandomeElDisfrazNORA. (Desde dentro.) Quitándome el disfraz.

HELMER. (A la puerta.) Sí, está bien; procura tranquilizarte, y reponerte, pajarito asustado. Descansa tranquila; yo tengo alas lo bastante grandes para cobijarte. (Paseándose, sin alejarse de la puerta.) ¡Oh, que hogar tan tranquilo y acogedor! Aquí estás segura; te guardaré como a una paloma perseguida a quien hubiese sacado sana y salva de las garras del gavilán. Poco a poco lo conseguiré, Nora, créeme. Mañana lo verás todo de otra manera. Pronto la vida empezará a ser como antes, y no habrá necesidad de repetirte que te he perdonado, porque, sin duda, lo advertirás por ti misma. ¿Cómo puedes pensar que se me pasara por la imaginación repudiarte ni recriminarte por nada? ¡Ah! Nora, no conoces la bondad de un verdadero hombre. ¡Le es tan dulce perdonar a su propia mujer cuando lo hace de corazón! Es como si fuese dos veces suya, como si hubiera vuelto a traerla al mundo, y ya no ve en ella sólo su mujer, sino también su hija. Eso es lo que vas a ser para mí desde hoy, criatura inexperta. No temas nada, Nora; sé franca conmigo; y yo supliré lo que te falte de voluntad y de conciencia... Pero ¿qué es eso? ¿No te acuestas? ¿Te has cambiado de ropa?

NORA. (Que   entra  vestida   de   diario.)  Sí,   Torvaldo,  me   he   cambiado   de ropa.

HELMER. ¿Por qué?  ¿A esta hora, tan tarde?

NORA. Esta noche no dormiré.

HELMER. Pero, querida Nora...

NORA. (Mirando su reloj.) Aún no es muy tarde. Siéntate, Torvaldo. Vamos a hablar.

(Se sienta a un lado de la mesa.)

HELMER. Nora... ¿qué pasa? Esa cara tan grave...

NORA. Siéntate; va a ser largo. Tengo mucho que decirte. (*)

(*) Aparte del contenido de esta escena, desde el punto de vista de la concepción del drama, la crítica la ha considerado el punto de partida del teatro moderno. Lo frecuente era que en la última secuencia de la obra los personajes hablaran en voz alta, se movieran, hubiera entradas y salidas. Aquí se trata de un diálogo en el que Nora y Torvaldo se expresan en voz baja, no gesticulan, están sentados: la acción exterior brilla por su ausencia, pero la interior alcanza un verdadero climax.

NoraYHelmer

NORA. No; eso es realmente lo que pasa: no me comprendes. Y yo nunca te he comprendido tampoco... hasta esta noche. No, no me interrumpas. Vas a escuchar todo lo que yo te diga... Vamos a ajustar nuestras cuentas, Torvaldo.

HELMER. ¿Qué entiendes por eso?

NORA. (Después de un corto intervalo.) Estamos aquí sentados uno frente a otro.  ¿No te extraña situación?

HELMER. ¿Qué?

NORA. Llevamos ocho años casados. ¿No te percatas de que hoy es la primera vez que tú y yo, marido y mujer, hablamos con seriedad?

HELMER. ¿Qué quieres decir?

NORA. ¡Ocho años... más todavía! Desde que nos conocemos no hemos tenido una sola conversación seria.

HELMER. ¿Es que debía yo hacerte confidente de mis preocupaciones; que tú, a pesar de todo, no podías ayudarme a resolver?

NORA. No me refiero a preocupaciones. Estoy diciéndote que nunca hemos hablado en serio, que nunca hemos intentado llegar juntos al fondo de las cosas.

HELMER. Pero, querida Nora, ¿te habría interesado hacerlo?

NORA. De eso mismo se trata. Tú no me has comprendido jamás. Se cometieron muchos errores conmigo, Torvaldo. Primero mi padre; después tú.

HELMER. Tu padre y yo, quienes más te hemos querido.

NORA. (Niega con la cabeza.) Nunca me quisisteis. Os divertía el capricho de jugar con la niña.

HELMER. Pero, Nora,  ¿qué palabras son ésas?

NORA. La pura verdad, Torvaldo. Cuando vivía con papá, él me manifestaba todas sus ideas y yo las seguía. Si tenía otras diferentes, me guardaba muy bien de decirlo, porque no le habría gustado. Me llamaba su muñequita, y jugaba conmigo ni más ni menos que yo con mis muñecas. Después vine a esta casa contigo...

HELMER. ¡Qué términos empleas para hablar de nuestro matrimonio!...

HELMER. ¡Qué injusta y desagradecida eres, Nora! ¿No has sido feliz aquí?

NORA. No, nunca. Creí serlo; pero no lo he sido jamás.

HELMER. ¿No... que  no  has  sido  feliz?...

MuñecaNoraNORA. No: solo estaba alegre, y eso es todo. Eras tan bueno conmigo... Pero nuestro hogar no ha sido más que un cuarto de recreo. He sido muñeca grande en esta casa, como fui muñeca en casa de papá. Y a su vez los niños han sido muñecos. Me divertía que jugaras conmigo, como a los niños verme jugar con ellos. He aquí lo que ha sido nuestro matrimonio, Torvaldo.

HELMER. Hay algo de verdad en lo que dices... aunque exageras mucho. Pero desde hoy todo cambiará; ya han pasado los tiempos del juego y ha llegado la hora de la educación.

NORA. ¿La educación de quién? ¿La mía o la de los niños?

HELMER. La tuya y la de los niños, Nora.

NORA. ¡Ay! Torvaldo, tú no eres capaz de educarme, de hacer de mí la esposa que necesitas.

HELMER. ¿Y me lo dices tú?

NORA. ¿Y yo... qué preparación tengo para educar a los niños?

HELMER. ¡Nora!

NORA. ¿No has dicho tú mismo hace un momento que es una misión que no te atreves a confiarme?...

HELMER. Estaba excitado... ¿Cómo puedes echarme en cara eso?

NORA. ...Y tenías razón sobrada. Es una labor superior a mis fuerzas. Hay otra de la que debo ocuparme antes. Debo procurar educarme a mí misma. Tú no eres capaz de ayudarme en esta tarea. Para ello necesito estar sola. Y por esa razón voy a dejarte.

HELMER. (Se levanta de un brinco.) ¿Qué dices?

NORA. Necesito estar completamente sola para orientarme sobre mí misma y sobre lo que me rodea. No puedo quedarme más contigo.

HELMER. ¡Nora, Nora!

ADollHouseNORA. Quiero marcharme en el acto. Supongo que Cristina me dejará pasar la noche en su casa...

HELMER. ¿Has perdido el juicio?... ¡No te lo permito! ¡Te lo prohíbo!...

NORA. Después de lo que ha pasado, es inútil que me prohíbas algo. Me llevo todo lo mío. De ti no quiero nada, ni ahora ni nunca.

HELMER. ¿Qué locura es ésa?

NORA. Mañana salgo para mi casa... es decir, para mi tierra. Allí me será más fácil encontrar un empleo.

HELMER. ¡Qué ciega estás, criatura sin experiencia!

NORA. Ya procuraré adquirir experiencia, Torvaldo.

HELMER. ¡Abandonar tu hogar, tu marido, tus hijos!... ¿Y no piensas en el qué dirán?

NORA. No puedo pensar en esos detalles. Sólo sé que esto es lo que debo hacer.

HELMER. ¡Oh, es odioso! ¡Traicionar así los deberes más sagrados!

NORA. ¿A qué llamas tú los deberes más sagrados?

HELMER. ¿Habrá que decírtelo? ¿No son tus deberes con tu marido y tus hijos?

NORA. Tengo otros deberes no menos sagrados.

HELMER. No los tienes. ¿Qué deberes son ésos?

NORA. Mis deberes conmigo misma.

HELMER. Ante todo eres esposa y madre.

NORA. Ya no creo en eso. Creo que ante todo soy un ser humano, igual que tú... o, al menos, debo intentar serlo. Sé que la mayoría de los hombres te darán la razón, y que algo así está escrito en los libros. Pero ahora no puedo conformarme con lo que dicen los hombres y con lo que dicen los libros. Tengo que pensar por mi cuenta en todo esto y tratar de comprenderlo.

HELMER. Pero ¿no se te alcanza cuál es tu puesto en tu propio hogar? ¿No tienes un guía infalible para estos dilemas? ¿No tienes la religión?

NORA. ¡Ay, Torvaldo! No sé lo que es la religión.

HELMER. ¿Cómo que no?

CartelCasaMuñecasNORA. Sólo sé lo que me dijo el pastor Hansen cuando me preparaba para la confirmación. Dijo que la religión era esto, aquello y lo de más allá. Cuando esté sola y libre, examinaré también ese asunto. Y veré si era cierto lo que decía el pastor, o cuando menos, si era cierto para mí.

HELMER. ¡Oh, es inaudito en una mujer tan joven!... Pero, si la religión no puede guiarte, déjame explorar tu conciencia. Porque supongo que tendrás algún sentido moral. ¿Os es que tampoco lo tienes? ¡Responde!..

NORA. No sé qué responder, Torvaldo. Lo ignoro. Estoy desorientada por completo en estos asuntos. Lo único que sé es que mis ideas son diferentes a las tuyas. También he llegado a saber que las leyes no son como yo pensaba; pero no sé aún si son justas, ¿Cómo no va a tener una mujer derecho a evitar una molestia a su anciano padre moribundo, ni a salvar la vida de su marido? ¡No puedo creerlo!

HELMER. Hablas como una niña. No comprendes nada de la sociedad en que vivimos.

NORA. Es verdad. No comprendo nada Por eso quiero pensar en soledad quien tiene razón, si la sociedad o yo.

HELMER. Estás enferma, Nora; tienes fiebre, y pienso que a consecuencia de todo esto pierdas un poco la cabeza.

NORA. Jamás me he sentido tan despejada y segura como esta noche.

HELMER. ¿Y con esa lucidez y esa seguridad abandonas a tu marido y a tus hijos?

NORA. Sí.

HELMER. Entonces no hay más que una explicación posible.

NORA. ¿Cuál?

HELMER. Que ya no me amas.

NORA. No, en efecto.

HELMER. ¡Nora!... ¿Y me lo dices así?

NORA. Lo lamento, Torvaldo, porque has sido siempre bueno conmigo... Pero no lo puedo remediar; ya no te amo.

NORA. Sí, perfectamente, y por eso no quiero quedarme aquí ni un instante más.

HELMER. ¿Y puedes razonarme cómo he perdido tu amor?

NORA. Con toda sencillez. Ha sido esta noche, al ver que no se realizaba el milagro esperado. Entonces comprendí que no eras el hombre que yo me imaginaba.

HELMER. ¿Qué quieres decir?

BuzonNORA. He esperado durante ocho años con paciencia. De sobra sabía, Dios mío, que los milagros no son frecuentes. Por fin llegó el momento angustioso, y me dije con toda certeza: Ahora se produce el milagro. Cuando la carta que esperaba en el buzón, ni remotamente me figuraba que podías someterte a las exigencias de ese hombre. Tenía plena convicción de que le dirías: «Vaya usted a contárselo a todo el mundo.» Y cuando hubiera sucedido esto...

HELMER. ¡Cómo!... ¿Entregar a mi propia esposa a la vergüenza y a la deshonra...?

NORA. ... cuando hubiera sucedido eso, tenía la absoluta seguridad de que te habrías presentado a hacerte responsable de todo, diciendo: «Yo soy el culpable.»

HELMER. ¡Nora!

NORA. ¿Vas a añadir que yo jamás habría aceptado un sacrificio semejante? Claro que no. ¿Pero de qué habrían valido mis afirmaciones al lado de las tuyas?... Era ése el milagro que esperaba con tanta angustia. Y para evitarlo quería acabar con mi vida.

 HELMER. Nora, por ti hubiese trabajado con alegría día y noche, hubiese soportado penalidades y privaciones. Pero no hay nadie que sacrifique su honor por el ser amado.

NORA. Lo  han  hecho millares  de  mujeres.

HELMER. ¡Oh! Hablas y piensas como una chiquilla.

NORA. Puede ser. Pero tú no piensas ni hablas como el hombre a quien yo pueda unirme. Cuando te has repuesto del primer sobresalto, no por el peligro que me amenazaba, sino por el riesgo que corrías tú; cuando ha pasado todo, era para ti como si no hubiese ocurrido nada. Volví a ser tu alondra, tu muñequita a la que tenías que llevar con mano más suave aún, ya que había demostrado ser tan frágil y endeble... (Levantándose.) Torvaldo, en ese mismo instante me he dado cuenta de que había vivido ocho años con un extraño. Y de que había tenido tres hijos con él... ¡Oh, no puedo pensar en ello siquiera! Me dan tentaciones de despedazarme... 

HELMER. (Sordamente.) Lo veo... lo veo. En realidad, se ha abierto entre nosotros un abismo... Pero ¿no esperas, Nora, que pueda cerrarse?

NORA. Tal como soy ahora, no puedo ser una esposa que necesitas.

HELMER. Puedo transformarme yo...

NORA. Quizá...  si te quitan tu muñeca.

HELMER. ¡Separarme..., separarme de ti! No, no, Nora; no acierto a formularme esa idea.

(Vuelve con el abrigo puesto y un maletín, que deja sobre una silla, cerca de la mesa.)

HELMER. ¡Nora, Nora; todavía no! Aguarda a mañana.

NORA. (Poniéndose el abrigo.) No debo pasar la noche en casa de un extraño.

HELMER. Pero ¿no podemos vivir juntos como hermanos?...

NORA. (Atándose  el sombrero.) Demasiado sabes que eso no duraría mucho... (Se envuelve en el chal.) Adiós, Torvaldo. No quiero ver a los niños. Sé que están en manos mejores que las mías. Dada mi situación, no puedo ser una madre para ellos

HELMER. Pero ¿algún día, Nora... algún día...?

NORA. ¿Cómo voy a saberlo? Si hasta ignoro lo que va a ser de mí...

HELMER. Pero eres mi esposa, sea de ti lo que sea.

NORA. Escucha, Torvaldo. He oído decir que, según las leyes, cuando una mujer abandona la casa de su marido, como yo lo hago, está él exento de toda obligación con ella. De cualquier modo, te eximo yo. No debes quedar ligado por nada., como tampoco quiero quedarlo yo. Ha de existir plena libertad por ambas partes. Toma, aquí tienes tu anillo. Dame el mío.

HELMER. ¿También eso?

NORA. Sí.

HELMER. Aquí  lo  tienes.

EtDukkehjem2NORA. Bien. Ahora todo ha acabado. Toma las llaves. Las muchachas están al corriente de cuanto respecta a la casa... mejor que yo. Mañana, cuando me haya marchado, vendrá Cristina a recoger lo que traje de mi casa. Quiero que me lo envíen.

 HELMER. ¡Todo ha terminado! Nora, ¿no pensarás en mí nunca más?

NORA. Seguramente, pensaré a menudo en ti, en los niños, en la casa.

HELMER. ¿Puedo escribirte, Nora?

NORA. ¡No, jamás!   Te lo prohíbo.

HELMER. O por lo menos, enviarte...

NORA. Nada, nada.

HELMER. ...ayudarte, en caso de que lo necesites.

NORA. He dicho que no, pues no aceptaría nada de un extraño.

HELMER. Nora... ¿ya solo seré un extraño para ti?

NORA. (Recogiendo su maletín.) ¡Ah, Torvaldo! Tendría que realizarse el mayor de los milagros.

HELMER. Dime cuál.

NORA. Tendríamos que transformarnos los dos hasta el extremo de... ¡Ay, Torvaldo! ¡No creo ya en los milagros!

HELMER. Pero yo sí quiero creer en ellos. Di: ¿transformarnos hasta el extremo de...?

NORA. ...hasta el extremo de que nuestra unión llegara a convertirse en un verdadero matrimonio. Adiós. 

(Vase por la. antesala.)

HELMER. (Desplomándose en una silla, cerca de la puerta, oculta el rostro entre las manos.) ¡Nora, Nora!   (Mira en  tomo suyo, y   se  levanta.)  Nada.  Ha  desaparecido para  siempre.  (Con un rayo de  esperanza.)   ¡Él mayor de  los milagros!...

TELÓN

 

                        

 VOLVER A Finales de Libros por:     Volver por Títulos          Volver a finales de libros por autores