FRAGMENTOS DE LIBROS.  BUENOS DÍAS, TRISTEZA   (1954)

                                        Bonjour tristesse

BuenosDiasTristeza

    Premio de la crítica francesa, 1954

  

     Françoise Sagan  (Françoise Quoirez)    (Francia) 

      Editorial       :   TUSQUETS Editores   

      Traducción     :    Javier Albiñana

 

 Finales de libros (ojo, evidente "spoiler")

 

         Capítulo décimo 

Es curioso cómo se complace la fatalidad en elegir para encarnarla rostros indignos o mediocres. Aquel verano había adoptado el de Elsa. Un rostro hermoso, sí, o más bien atractivo. Tenía  también una risa extraordinaria, comunicativa y plena, como sólo la tiene la gente un poco tonta.

Pronto descubrí los efectos de esa risa en mi padre y hacía que Elsa le sacase el máximo partido cada vez que teníamos que «sorprenderla» con Cyril. «Cuando me oigas llegar con mi padre», le decía, «no digas nada, solo te ríes» Y entonces, al oír esa risa satisfecha, descubría que el rostro de mi padre se llenaba de ira. Me apasionaba ese papel de director de escena. No me fallaba nunca la jugada, porque cuando veíamos a Cyril y Elsa juntos, revelando abiertamente vínculos imaginarios, pero totalmente imaginables, mi padre y yo palidecíamos a un tiempo, a ambos se nos iba la sangre del rostro, arrebatada por ese deseo de posesión que es peor que el dolor. Cyril, Cyril inclinado sobre Elsa, sin calibrar su fuerza. Las palabras son fáciles, envolventes y cuando veía el rostro de Cyril, su nuca morena y suave inclinada sobre el rostro incitante de Elsa, habría dado cualquier cosa por que eso, no sucediera. Olvidaba que yo misma lo había querido.

DobleCaraAl margen de estos incidentes y llenando la vida cotidiana, estaban la confianza, la dulzura –me cuesta emplear este término- y la felicidad de Anne. La veía, en efecto, más cerca de la felicidad que nunca, entregada a nosotros, los egoístas, muy ajena a nuestros deseos violentos y a mis despreciables enredos. Yo ya había contado con ello: su indiferencia y su orgullo le hacían rechazar instintivamente cualquier táctica para ganarse más a mi padre y, en rigor, toda coquetería que no fuese la de ser guapa, inteligente y cariñosa. Poco a poco me iba inspirando ternura. La ternura es un grato sentimiento que arrastra como la música militar. No se me puede hacer ningún reproche por ello.

Una mañana, la asistenta, muy excitada, me trajo un mensaje de Elsa que decía lo siguiente: «¡Todo se arregla, ven!». Me dio una impresión de cataclismo: aborrezco los desenlaces. Elsa me esperaba en la playa con expresión triunfante:

- ¡Acabo de ver por fin a tu padre, hace una hora!

- ¿Qué te ha dicho?

- Me ha dicho que lamentaba muchísimo todo lo ocurrido. Que se había portado como un patán. Es verdad, ¿no?

Me crei obligada a asentir.

- Luego me ha llenado de cumplidos, como solo él sabe hacerlo… Ya sabes, con ese tono un poco despreocupado, y con voz muy baja, como si le costase un esfuerzo… ese tono…

La arranqué de las delicias del idilio:

- Pero ¿qué quería?

- ¡Pues, nada!... Bueno, sí, me ha invitado a tomar el té con él en el pueblo, para demostrarle que no soy rencorosa, que soy mujer amplia de espíritu, civilizada, vaya.

Las ideas de mi padre sobre las pelirrojas civilizadas me llenaron de gozo.

- ¿Por qué te ríes? ¿Crees que debo ir?

A punto estuve de contestarle que no era cosa mía. Pero comprendí que me consideraba responsable del éxito de sus maniobras. Con razón o sin ella, la cosa me irritó.

Me sentía acosada:

- No lo sé, Elsa, eso depende de ti. No me estés preguntando siempre lo que tienes que hacer, cualquiera diría que te incito yo a…

- Pues claro que sí –dijo-, si ha sido gracias a ti, chica…

Su tono de admiración de pronto me asustó.

- Ve si quieres, pero no vuelvas a hablarme de nada de eso, por favor te lo pido.

- Pero… pero bien hay que librarle de esa mujer… Cécile.

EnSusBrazosHuí. ¡Que mi padre hiciera lo que le diese la gana, y allá se las apañara Anne…! Además, yo tenía cita con Cyril. Me daba la impresión de que solo el amor me liberaría del miedo opresivo que me embargaba.

Cyril me cogió en sus brazos, sin decir una palabra, y me llevó con él. A su lado todo pasaba a ser fácil, cargado de violencia, de placer. Un rato después, tumbada junto a él, pegada a aquel torso dorado, inundado de sudor, yo misma agotada, perdida como un náufrago, le dije que me aborrecía a mí misma. Se lo dije sonriendo, porque lo pensaba, pero sin dolor, con una especie de agradable resignación. No me tomó en serio.

- Tanto da. Te quiero lo bastante como para obligarte a opinar como yo. Te quiero, te quiero tanto…

El ritmo de aquella frase me persiguió durante toda la comida: «Te quiero, te quiero tanto». De ahí que, por más que me esfuerce, tenga un poco borrada esa comida. Anne llevaba un vestido malva como las sombras bajo sus ojos, como sus propios ojos. Mi  padre se reía, aparentemente relajado: las cosas se arreglaban para él. A los postres, anunció que por la tarde tenía que hacer unos recados en el pueblo. Sonreí para mis adentros. Me sentía cansada y fatalista. Solo me apetecía una cosa: bañarme.

A las cuatro bajé a la playa. Me encontré a mi padre en la terraza, cuando salía para el pueblo. No le dije nada. Ni tan solo le recomendé prudencia.

El agua estaba agradable y tibia. Anne no apareció. Estaría trabajando en su colección, dibujando en su cuarto mientras mi padre flirteaba con Elsa. A las dos horas, como ya no calentaba el sol, subí a la terraza, me senté en una hamaca y abrí un periódico.

Entonces aparecía Anne. Venía del bosque. Corría, pero mal, torpemente, con los codos pegados al cuerpo. Me dio la impresión súbita, indecente, de que la que corría era una anciana, de que iba a caerse. Me quedé anonadada: Anne desapareció detrás de la casa, camino del garaje. Entonces comprendí bruscamente y eché a correr, yo CorriAlCochetambién, para alcanzarla. Estaba ya en el coche, poniendo el contacto. Llegué corriendo y me abalancé sobre la portezuela.

- Anne –dije-, Anne, no te vayas, es un error, ha sido culpa mía, yo te explicaré…

No me escuchaba ni me miraba, se había inclinado para quitar el freno.

- ¡Anne, te necesitamos!

Se incorporó, descompuesta. Estaba llorando. Entonces comprendí bruscamente que había dirigido mis ataques contra un ser vivo y no contra un ente. Había debido de ser una niña, un poco silenciosa, sin duda, luego una adolescente y una mujer. Tenía cuarenta años, estaba sola, amaba a un hombre y esperaba ser feliz con él diez años, quizá veinte. Y yo… aquel rostro, aquel rostro era obra mía. Estaba paralizada, temblaba con todo mi cuerpo, pegada a la portezuela.

- No necesitáis a nadie –murmuró-, ni tú ni él.

Zumbaba el motor. Yo estaba desesperada, no podía irse así.

- Perdóname, te lo suplico…

- ¿Qué te perdone el qué?

Le rodaban las lágrimas por las mejillas. No parecía darse cuenta, con el rostro inmóvil.

- ¡Pobre niña...!

Me acarició un instante la mejilla y arrancó. Vi desaparecer el coche al doblar la esquina de la casa. Me sentía perdida, extraviada… ¡Todo había sido tan rápido! Y su cara, aquella cara…

Oí pasos detrás de mí: era mi padre. Se había quitado el carmin de Elsa y se había cepillado la pinaza del traje. Me volví y me arrojé sobre él:

-¡Cerdo, cerdo!

Prorrumpí en sollozos.

- Pero ¿qué sucede? ¿Es que Anne…? Cécile, contesta, Cécile.

 

Capítulo undécimo

No nos vimos hasta la cena, angustiados ambos de haber reconquistado tan bruscamente nuestra soledad. No teníamos hambre. Los dos sabíamos que era indispensable que Anne regresara a nuestro lado. Por mi parte, no podría soportar durante mucho tiempo el recuerdo del rostro deshecho que tenía antes de marchar, ni la idea de su dolor y de mi responsabilidad. Había olvidado mis pacientes enredos y mis elaborados planes. Me sentía completamente desquiciada y confundida y veía el mismo sentimiento en el rostro de mi padre.

- ¿Crees –preguntó- que nos ha abandonado por mucho tiempo?

- Seguramente se ha ido a París.

- París… -murmuró mi padre, soñador.

- Puede que no la volvamos a ver…

AbrazadosMe miró confundido, y me cogió la mano por encima de la mesa.

- Me odiarás con todas tus fuerzas. No sé lo que me ha dado. Al llegar al pinar, Elsa… Bueno, la he besado, Anne ha debido de llegar en ese momento y…

No le escuchaba. Los personajes de Elsa y mi padre abrazados a la sombra de los pinos se me antojaban vodevilescos y sin consistencia, no los veía. La única cosa viva y cruelmente viva de aquel día era el rostro de Anne, aquel rostro postrero, atenazado por el dolor, traicionado. Le cogí un cigarrillo a mi padre y lo encendí. Otra cosa que no toleraba Anne: que se fumase a mitad de comida. Sonreí a mi padre:

  - Me hago perfecto cargo: no es culpa tuya… Un momento de locura, como suele decirse. Pero Anne tiene que perdonarnos, bueno, que perdonarte.

- ¿Qué podemos hacer? –dijo.

Tenía muy mala cara y me dio lástima. Yo también me di lastima. ¿Por qué Anne nos abandonaba así y nos hacía sufrir, por un pecadillo en definitiva? ¿No tenía deberes para con nosotros.

- Vamos a escribirle –dije-, y a pedirle perdón.

- Es una idea genial –gritó mi padre.

Había encontrado por fin una manera de salir de aquella inactividad llena de remordimientos en la que nos debatíamos desde hacía tres horas.

Sin terminar de comer, apartamos el mantel y los cubiertos, mi padre fue a buscar una enorme lámpara, plumas, un tintero y papel y nos acomodamos uno frente a otro, casi sonrientes, pues estábamos convencidos de que aquel montaje propiciaría el regreso de Anne. Un murciélago vino a describir sedosas curvas ante la ventana. Mi padre inclinó la cabeza y comenzó a escribir.

No puedo recordar sino un insoportable sentimiento de irrisión y crueldad las cartas desbordantes de buenos sentimientos que le escribimos a Anne aquella noche. Ambos a la luz de la lámpara, como dos colegiales aplicados y torpes, trabajando en medio del silencio en esta redacción imposible: «Recobrar a Anne». Hicimos, no obstante, dos obras maestras del género, cuajadas de disculpas, de ternura y de agradecimiento. Al terminar, estaba casi convencida de que Anne no podría negarse, de que la reconciliación era inminente. Me imaginaba ya la escena del perdón, llena de pudor y de humor… Tendría lugar en París, en nuestro salón, Anne entraría y…

Sonó el teléfono. Eran las diez. Intercambiamos una mirada, primero de sorpresa y luego llena de esperanza: era Anne, llamaba para decirnos que nos perdonaba, que regresaba. Mi padre se abalanzó hacia el aparato, gritó «¿diga?» con voz jubilosa.

BonjourTristesse Lib5Luego ya no dijo más que «si, si» con voz imperceptible. Yo me levanté a mi vez, mientras me invadía el miedo. Miraba a mi padre que se pasaba la mano por la cara, con gesto maquinal. Al final, colgó suavemente y se volvió hacia mí.

- Ha tenido un accidente –dijo-. En la carretera de L’Esterel. Les ha costado dar con sus señas. Han telefoneado a París y les han dado nuestro número de aquí… -Hablaba maquinalmente, con el mismo tono, y no me atrevía a interrumpirle-. El accidente ha ocurrido en el sitio más peligroso. Parece ser que ya ha habido mucho allí. El coche ha caído desde un altura de cincuenta metros. Habría sido milagroso que se salvase…

Recuerdo el resto de la noche como una pesadilla. La carretera apareciendo iluminada por los faros, el rostro inmóvil de mi padre, la puerta de la clínica… Mi padre no quiso que yo viera a Anne… Esperaba sentada en la sala de espera y miraba una litografía en la que aparecía Venecia. No pensaba en nada. Una enfermera me contó que era el sexto accidente que ocurría en aquel lugar desde principios de verano. Mi padre no regresaba.

Entonces pensé que, con su muerte, Anne se manifestaba – una vez más- distinta de nosotros. Si mi padre y yo nos hubiéramos suicidado – suponiendo que hubiéramos tenido valor para ello-, nos habríamos disparado un tiro en la cabeza, dejando una nota aclaratoria con el fin de que los responsables no volvieses a pegar ojo en la vida. Pero Anne nos había hecho el suntuoso regalo de dejarnos una enorme posibilidad de creer en el accidente: un lugar peligroso, la inestabilidad del coche… Un regado que, por debilidad, no tardaríamos en aceptar. Y además, si hablo ahora de suicidio, no deja de ser fantasiosos por mi parte. ¿Puede suicidarse alguien por seres como mi padre o como yo, seres que no necesitan a nadie, ni vivo ni muerto? Mi padre y yo, por lo demás, siempre hablamos de ello como de un accidente.

Al día siguiente, regresamos a casa a eso de las tres de la tarde. Elsa y Cyril nos esperaban sentados en la escalera. Se nos aparecieron como dos seres evanescentes y olvidados: ni uno ni otro habían conocido a Anne ni la habían querido. Estaban allí, con sus pequeños enredos amorosos y el doble atractivo de su belleza, su apuro. Cyril dio un paso hacía mí y posó la mano en mi brazo. Lo miré: nunca lo había querido. Lo había encontrado bueno y atractivo. Me había gustado el placer que me proporcionaba. Pero no lo necesitaba. Me marcharía. Diría adiós a aquella casa, a aquel chico, a aquel verano. Mi padre estaba conmigo, me tomó del brazo y entramos en casa.

OjosYLágrimaEn la casa estaban la chaqueta de Anne, sus flores, su perfume. Mi padre cerró los postigos, cogió una botella de la nevera y dos copas. Era el único remedio a nuestro alcance. Nuestras cartas de disculpa danzaban por la mesa. Las empujé con la mano y volaron sobre el parqué. Mi padre, que venía hacia mí con la copa llena, vaciló y evitó pisarlas. Todo aquello me parecía simbólico y de mal gusto. Cogí la copa y la apuré de un trago. La habitación estaba sumida en la penumbra, veía la sombra de mi padre ante la ventana. Las olas batían en la playa.

 

Capítulo duodécimo

El entierro se celebró en París con un hermoso sol, una multitud curiosa, vestidos de luto. Mi padre y yo estrechamos la mano a viejas parientas de Anne. Las miré con curiosidad: seguramente habrían venido a tomar el té a casa una vez al año. Todos miraban a mi padre con lástima… Webb debía de haber corrido la noticia de la boda. Vi a Cyril que me buscaba a la salida. Lo evité. El sentimiento de rencor que experimentaba hacia él era totalmente injustificado, pero superior a mis fuerzas… La gente a nuestro alrededor deploraba el estúpido y espantoso suceso y, como yo albergaba mis dudas sobre el carácter accidental de aquella muerte, sentía cierta satisfacción.

En el coche, a la vuelta, mi padre me cogió la mano y la apretó en la suya. Yo pensé: «Solo me tienes a mí y yo solo te tengo a ti, estamos solos y somos desgraciados», y, por primera vez, lloré. Eran lágrimas bastante agradables, no se parecían en nada a aquel vacío, aquel terrible vacío que sintiera en la clínica ante la litografía de Venecia. Mi padre me alargó el pañuelo, sin decir palabra, con la cara descompuesta.

Durante un mes vivimos ambos como un viudo y una huérfana, comiendo y cenando juntos, y sin salir jamás. Hablábamos un poco de Anne de cuando en cuando: «Recuerdas aquel día que…». Hablábamos de ella con precaución, sin mirarnos, por temor a lastimarnos o a que se disparase algo en alguno de nosotros que le llevase a pronunciar palabras irreparables. Tales prudencias y dulzuras recíprocas tuvieron su recompensa. Pronto pudimos hablar de Anne con un tono normal, como un ser querido con quien hubiéramos sido felices y a quien Dios había llamado a su seno.

Escribo Dios en vez de azar. Pero no creíamos en Dios. Bastante suponía en tales circunstancias creer en el azar.

SJuanLesPinsHasta que un día, en casa de una amiga, conocí a un primo suyo que me gustó y a quien gusté. Salí con él durante una semana con la frecuencia y la imprudencia de los comienzos del amor, y mi padre, poco hecho para la soledad, hizo lo propio con una joven bastante ambiciosa. La vida volvió a ser como antes, como estaba previsto que
volviera a ser. Cuando nos vemos, mi padre y yo nos reímos, hablamos de nuestras conquistas. Seguro que le consta que mis relaciones con Philippe no son platónicas, y a mí me consta que su nueva amiga le sale muy cara. Pero somos felices. El invierno toca a su fin, no alquilaremos la misma casa, sino otra, cerca de Juan-les-Pins.

Pero cuando estoy en la cama, al amanecer, sin más ruido que el tráfico de París, a veces me traiciona la memoria: vuelve el verano con todos sus recuerdos. ¡Anne! ¡Anne! Repito ese nombre muy quedo y durante mucho rato en la oscuridad. Entonces algo sube por mi interior y lo recibo llamándolo por su nombre, con los ojos cerados.

 Buenos días, Tristeza.

  

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