UN BUEN LIBRO PARA LEER:  DOMAR A LA DIVINA GARZA      (1988)                            

DomarALaDivinaGarza

      

    Sergio Pitol      (México)  

    

      Editorial      :  ANAGRAMA   -  Narrativas hispánicas  

     

 

 

 

Finales de libros

 

… - Los dos hermanos –continuó el huésped, sin querer desprenderse del departamento de Estambul- empezaron por describirme el lugar: una amplia llanura en las márgenes de un río interrumpida por uno que otro islote de vegetación exuberante. Mangos, tamarindos, palmas de distintas especies, plantas de yuca, que allá llaman de izote, lianas, monos, garzas, guacamayos, tapires, helechos gigantescos, tan grandes como el mamut que un día debió de alimentarse con sus retoños. «Habíamos vuelto al mundo primigenio», aseveró, bucólica, nuestra anfitriona. «En el centro de la llanura se erguían tres montículos; limpios de yerbajos, pintados de un color marrón con una escalera excavada en una de sus caras para ascender con facilidad a la cima. Eran montes de aspecto vistoso y espigado, como conos de chocolate surgidos en medio del verde la selva. Según Karapetiz podían ser pirámides prehispánicas recubiertas por los antiguos moradores para proteger sus misterios. El tiempo había hecho el resto. Y en la cumbre de cada una de ellas se hallaba un adolescente. Uno, con los hábitos, la corona y el báculo florido del Santo Niño, los otros dos, cubiertos con una especia de túnicas griegas.» «¿También de color chocolate?», quiso saber Ramona, quien había comenzado a tomar sus notas. «No, querida, hubiera sido precioso, por lo que tenían eran unas túnicas amarillas que, ¿vieras?, no les iban nada mal. De los hombros de cada mancebo colgaba un tamborcito; no dejaron de tocarlo durante todo el día, ora con ritmo lento, ora con redoblar frenético. Y así pasó la mañana. El primer adolescente, el que representaba al Santo Niño, era el joven premiado en la celebración del año anterior. No era tanto la cantidad lo que allí se evaluaba como la forma, que, usted bien lo sabe, tan fundamental es para cualquier obra de arte. Habíamos llegado muy temprano, al alba, Karapetiz, Sacha, yo y la simpática Garrapata, el amigo mexicano que nos había descubierto aquel mundo. Una hora después, a nuestro derredor se agitaba una multitud de celebrante de todas las edades; vestidas con largas túnicas blancas, ellas, y con calzones largos, también de manta blanca, los varones. A un lado del río se instalaron los retretes para las damas principales. Bajo techos de palma y entre paredes de troncos forradas con telas vistosas, pasaría buena parte del día la mujer del Cacique, el padre protector de la región, dueño del río. Señor de la luz, acompañado por su vistoso séquito. Nos tocó presenciar la llegada de aquel elegante gineceo en una barca que ya en sí era un sueño. Una gran plataforma blanca con velas de color mostaza recorridas por estrías brillantes que tiraban al rojo de Borgoña. El desembarco fue la mar de gracioso. Las señoras principales vestían túnicas griegas; las cabezas adornadas de guirnaldas de flores artificiales y en las manos unas cestitas WatteauCitereapreciosas, llenas de manzanas, racimos de uvas, cerezas y melocotones de cera coloreada. La caciquesa arrastraba a un corderito, de lana teñida color de rosa, el cuello atado con un cordón de oro. Una señora mayor, que jamás se apartó de su lado, tal vez su madre, una tío, o una empleada de la mayor confianza, acunaba en los brazos a una iguana con la boca cosida también con cordones dorados. Todo en ellas evocaba de un modo insistente al mundo de Watteau. El trópico, es bien sabido, lo vuelve todo exquisito, todo lo refina y lo suaviza, sostenía a menudo el sabio Karapetiz. Una vez enclaustrada en su retiro la mujer del mando, se precipitó el principio de la ceremonia.» «Quemaban copal, mirra, vainilla, incienso, canela», añadió Sacha, muy exaltado, «Arrojaban por todas partes pétalos de rosas. Los más bellos perfumes de la tierra comenzaron a esparcirse por nuestra llanura.» A estas alturas del relato ya habíamos terminado de comer. De tarde en tarde alguno de los hermanos avanzaba la mano para coger un terroncito de pistacho amasado con miel o un bollito de harina de castaña mezclada con coco azucarado. Después de deglutir cada bocado, ella metía las manos en una pequeña vasija de agua caliente y le ofrecía las puntas de los dedos a Zuleima o al paje de hinchado vientre para que se los secaran con unas toallitas muy finas. Sacha no hacía uso de aquellos refinados servicio; las más de las veces se restregaba las manos en la bata. Los sirvientes cambiaron tazas. Se llevaron la tetera y a partir de entonces nos ofrecieron café. Cosa rara, ¿no? pero así eran allí las cosas. Después de servir, se sentaron a poca distancia de la mesa a disfrutar la actuación de sus señores. Era evidente que no comprendían una palabra de español, y, sin embargo, sonreían sin cesar. Cuando los interlocutores hacían una pausa, ellos hacían movimientos de aquiescencia con la cabeza. ¡Público más domesticado que ése, imposible encontrarlo! Los hermanos parecían haber vuelto al mundo de la infancia, tan intenso y espontáneo era su regocijo. Les brillaban los ojos, la piel, sobre todo, su dentadura gigantesca.  «A una señal, los jóvenes colocados en lo alto de los montículos comenzaron a batir de un modo enloquecido los tambores», dijo Sacha. «Y una respuesta se hizo sentir de inmediato», continuó su hermana. «Tres, cuatro docenas de ancianos dispersos entre la multitud y confundidos con ella respondieron al toque de trompetas. El mundo se puso en movimiento. La gente comenzó buscar su sitio en aquel hormiguero. Alrededor de cada montículo se acomodaron los feligreses, formando anillos a manera de círculos concéntricos. Un mundo de blancura salpicado sólo por la negrura del cabello y las flores que lo adornaban, rodeaba los tres promontorios. El estruendo comenzó a ceder. El redoble de tambores se hizo más tranquilo, delicado, casi sedante. Los grupos fueron paulatinamente acatando el silencio. Y de pronto, cuando el hombre se hallaba en una especie de intenso diálogo silencioso consigo mismo, volvió a producirse un sobresalto. Apareció de nuevo el estruendo furioso de los tambores, la respuesta impetuosa de las trompetas y el repique de una campana colgada de las ramas de un mango que dobló con tal dramatismo que parecía anunciar el fin del mundo. ¡Prepara tu alma, oh pecador! ¡Limpia tu cuerpo, oh pecador! ¡Arroja lo superfluo. oh pecador! Se abrieron los recintos de la primera dama, tan suntuosos que no creo que ni la reina de Saba hubiese conocido algo comparable. La vimos salir, seguida de sus damas de confianza, y mostrar, levantando las manos, un precioso recipiente de plata, que transportó subiendo a paso lento la larga escalinata, hasta la cima de la pirámide mayor. Con cortesía refinada y natural, frutoseguro de una antigua cultura, la dama poderosa asistió al joven indígena que hacía las veces de santito y lo ayudó a sentarse sobre la bacinica de plata que había transportado. Con voz lenta y cadenciosa, vocalizando con esmero cada sílaba, ambos fueron recitando la plegaria:

VeronicaBujeiro

¡Sal mojón

del oscuro rincón!

 

¡Hazme el milagro, Santo Niño del Agro!

Santo Niño del Agro!

 


                            ¡Cáguelo yo duro

o lo haga blandito,

a la luz o en lo oscuro

sé mi dulce Santito!

 

¡Ampara a tu gente 

Santo Niño Incontinente!

 

Aquella multitud de dolientes, acomodada sobre una in­mensa variedad de recipientes: bacinicas, latas de mante­ca o de petróleo, braceros, soperas, cubetas, palanganas,
platos, cajas de zapatos, o aun modestos trozos de hoja de plátano, repetía con unción, con fe, con esperanza, la ins­pirada plegaría. En un momento descendió la señora y se dirigió a sus aposentos. Según decían, disponía allí de un cajón de cedro perfumado, con un hoyo que le permitía desovar directamente sobre el río. Caso de que el Niño la favoreciera, sus frutos alimentarían a peces y lagartos. Tan pronto como el retrete del poder cerró sus puertas, se ini­ció la verdadera comunión entre Hombre y Naturaleza, el festín ecológico, el diálogo entre la cáscara humana y su contenido.
Durante varias  horas la imploración fue repetida una y otra vez, hipnótica, machaconamente. Los suplicantes seguían el ritmo con movimientos de los hombros, golpeándose los muslos con los puños al compás de la plegaria y batiendo con la planta de los pies la tierra agradecida. Se levantaban olas de suspiros delicados, de mugidos bestiales, de temblorosos embelecos. Multiplique usted eso por miles y miles de esfuerzos y tendrá el más perfecto, el más patético y a la vez el más esperanzado poema polifónico.» De repente algo, no se qué, tal vez el claxon lejano de un vehículo, me liberó del estado letárgico en que la abundancia de postres aceitosos, de licores dulzones, de cantos magnéticos, me tenían sumergido. ¡Qué era aquello! ¿En qué repugnante aquelarre me habían introducido las manitas de seda cuya acción uno apenas advertía? Todos los presentes, incluidos Zuleima y el joven barrigón, nos dábamos rítmicamente golpecitos en los muslos, pateábamos el suelo siguiendo la cantinela que entonaba aquella mujer diabólica. Uno sabe cómo entra en esos fenómenos de subyugación, pero nunca en que forma va a salir. Como impulsado por un resorte me puse de pie. Les dije a los anfitriones que había pasado un rato de lo más interesante, creo que hasta empleé el die gottliche2adjetivo «fascinante» para no dejarles sospesar mi descontento. Añadí, para darle un carácter normal a mi salida, que había convenido con Rodrigo pasar todavía un rato más con él esa tarde. «No sé, Ramona, si deseas quedarte o ir a atender a nuestro enfermo», le dije, más que nada para asegurar el coche de regreso. Di unos cuantos pasos en dirección a la puerta. Me acerqué al perchero a recoger mi impermeable. Me llené de valor al ver que estaba a un paso de la puerta. Pregunté si no sería excesivo pedir, debido a mi desconocimiento de la ciudad y la posible di­ficultad de conseguir un taxi, que me llevase Omar al hotel. Nadie me respondió. Ramona se echó a reír como una loca. Tal vez eso me animó a gritarles que no estaba acostumbrado a oír conversaciones como las suyas, menos durante las comidas. Había crecido en la pobreza, pero ahí, ante ese distinguido círculo de cerdos, descubría por pri­mera vez que mi educación había sido exquisita. Quise añadir que sólo un milagro me había impedido vomitar al escuchar aquellos relatos, pero me contuve, v mas me valió, pues en ese momento sentí la mano de Sacha «ayu­dándome» a sacar un brazo del impermeable. Como logró llegar de su  asiento a la puerta es algo que no acabo de entender. Su ademán en apariencia afectuoso v servicial casi me hizo saltar las lágrimas.  Con un aspecto de perro juguetón que no comprende por qué le infligen un castigo, exclamó: «¡Pero no se marche, amigo! Diga, ¿qué le ha enojado? ¿Por qué no le somos gratos?» «Le sorprenden estas historias ¿no es verdad?», preguntó, a su vez, la hermana con voz dulzona, reflejo de su falsedad integral. «Hay que ver su contenido con ojos limpios, con los ojos de un niño. Actualizan ritos antiquísimos relacionados con la consagración de la primavera. Son ceremonias que, por extraño que parezca, celebran la fertilidad, la plenitud, la roturación de la tierra v la recolección de los frutos. La magia, en estos casos, el encanto folklórico, el candor popular, son sólo recubrimiento. Su poesía profunda se enraiza en la praxis. Para estas horas la presión de Tenazas de Acero en mi brazo me había devuelto al asiento. Su hermana, preocupada, puede ser, por mis reacciones, dio uno de esos inauditos bandazos que ya le había conocido durante nuestro breve trato: «Por muy útiles que resulten esas prácticas, le doy a usted toda la razón. Hay algo ahí que arremete nuestro sentido estético, los fundamentos más profundos de nuestra moral. ¡El asco que sentí en esa ocasión! ¡Puaff! ¡Solo recordarlo me hace sentir náuseas! Consiento que aquellas ceremonias puedan tener cierto encanto rudo, un perfumillo a establo, a boñiga, que podría resultar estimulante a las personas que gustan de los placeres fuertes. Nostalgie de la boueNostalgieDelaBouellaman a eso los franceses. Pero no todos somos pájaros del mismo plumaje. Hay grajos y urracas, pero también hay ruiseñores. La tarde de ese día se convirtió en un desborde  grandioso de inmundicia: fetidez, mierda por todas par­tes, moscas del tamaño de un huevo. ¿Me quiere usted hacer creer que algunos de los allí presentes, los del sector iluminado, digamos, intuían esa conexión mística del alma con la tierra que tanto pregonan los demagogos, del lazo existente entre el acto de vaciar el cuerpo y la aproxi­mación a lo divino, de que hablaba nada menos que el sereno Ulpiano? ¡A otro perro con ese hueso! Yo no veía sino a una masa fanática y aturdida, ebria de sol y de malos olores, colocada en posiciones grotescas, víctima de cólicos atroces, mientras a su lado pasaban jugueteando los monos, también ellos asqueados, tapándose las narices, chillando como demonios, tratando de exorcizar, ¡los pobres!, el espectáculo lamentable de aquella humanidad envilecida. Nos hallábamos en medio del aquelarre más repugnante que alguien pueda imaginarse. Si, Casidoro, lo que allí se celebraba era el puro festín del bajo vientre. En un deter­minado momento, con otro absurdo estruendo de tambo­res, trompetas y chirimías, salió la caciquesa de sus os­tentosos aposentos, lo que iniciaba, helas!, la ceremonia final. Unos habían recibido el auxilio misericordioso del santito, otros se quedaron con el cargamento adentro. No puedo contarle más. La vuelta del elemento germinal al polvo yerto había llegado a su fin. Lo que siguió podía en sí estar mal, pero la forma en que se realizó fue una burla vil a todos los participantes. Nos enfrentábamos a la Corte, a su cauda de abyecciones, de cohechos y complicidades. Había que designar al vencedor, hacerle saber que tendría que prepararse durante un año, porque en la siguiente fiesta sería él quien encarnara al Santo Niño. Una responsabilidad muy pesada. Me he cansado de ha­blar… ay,  el mundo de repente se convirtió, ya lo he dicho, no dejen que me repita en algo ofensivo donde participaban todos, la élite y la plebe. A Sacha, ¡este grandísimo pendejo!, le birlaron el premio en sus propias narices.» «Bajo mi die gottlichepropio culo, querrás decir», la corrigió, contrito, el aludido. Ya he dicho que desde hacia un buen rato deseaba marcharme. Sentía náuseas. El calor era intolerable. Los sirvientes habían vuelto a reaprovisionar la mesa. Los hermanos volvieron a servirse nuevas golosinas y a chorrear miel. No sólo Sacha se limpiaba sus manos en su bata; Marietta hacia lo mismo. Metía  los dedos en la palanganita de agua y se los secaba en la bata del hermano. Tomé un trozo de pastel; un tufo a cloaca me inundó el paladar. Quise levantarme, buscar el baño volver el estómago, pero de nuevo la garra de Sacha me obligó con fuerza descomunal a permanecer sentado. Rei­naba una excitación innatural. Omar, el chófer de aspec­to respetable, se había sumado al jolgorio, y también él se llenaba los dedos de miel y se los limpiaba donde podía, en un pañuelo, en las piernas de Marietta Karapetiz, en mis pantalones. Patrones y sirvientes comenzaron a guiñarse los ojos, a reírse, primero de un modo oblicuo furtivo, después a soltar carcajadas desbocadas, a hablar su lengua misteriosa, a hacerme muecas horribles. Hubo un momento inaudito, en que Ramona Vives, sin que nada lo hiciera prever, dejó su asiente, se puso en cuclillas y comenzó a dar vueltas en un círculo, acercándoseme cada vez más. Contoneaba el cuerpo, las caderas sobre todo, y movía la cabeza de un lado al otro en una chusca, aunque fallida, imitación del andar de un ganso. «¡Cuac, cuac, cuac! ¡A ti te busco, Cuasimodo! ¡Cuac, cuac, cuac, cuac!» Todos aplaudían y comenzaron a graznar igual que ella; el joven sirviente de vientre inmenso y el otrora respetable Omar hacían ruidos con los labios mucho menos inocentes. Me fueron rodeando. Por contemporizar, también yo comencé a corear: «¡Cuac, cuac, cuac! ¡Cuasimodo, cuac, cuac, cuac!»

- ¿Y a santo de qué le llamaban con esos nombres tan estrafalarios, licenciado?

- No lo sé. Nunca lo he sabido. ¡Es día fui Ciriaco, Cirilo, Casiano, Casidoro, Cuasimodo! ¿Por qué? Por pura gana de joder, me imagino, de humillarme. Cómo sería la cosa, que, para librarme de las mofas que me hacían, me vi obligado a proponer, ‘yo mismo! ¡sí, yo, por increíble que parezca, fui quien propuso la vuelta a aquel tema que tanto me repugnaba! Con lo que me quedaba de aplomo almacén a decir: «Amigos, os exhorto a no interrumpir más el relato de nuestra ilustre anfitriona. Démosle tiempo de terminar la docta exposición de carácter etnográfico que ha iniciado. ¡Cuéntenos, estimada profesora, lo que ocurrió después!» «Como ocurrir, ocurrieron muchas cosas», respondió un poco más serena. «El jurado, se reunió para deliberar la designación de los premios. No recuerdo qué criterio se siguió; tampoco importa mucho, porque todo fue un fraude; necesitaría releer la crónica de Karapetiz», me contestó, y de repente con gesto y voz que eran ponzoña concentrada, añadió: «¡Pero usted es implacable» ¡Sí señor! Quiere saberlo todo, me viene con exigencias y presiones. Si pudiera y nosotros se lo permitiéramos, me aplastaría para hacerme decir cosas que considero una obligación, por lealtad, mantener en el más absoluto secreto. El pobre Sacha, este inocentito mío, un niño entonces, un pequeño badulaque que aún desconocía la maldad del mundo, sugrió lo que no tiene usted idea. Fue la primera de la larga cadena de derrotas que ha conocido en la vida. No voy a echar a nadie de cabeza solo para satisfacer la morbosidad de un patán cualquiera. Eso armarios, sépalo bien, están llenos de papeles. A Karapetiz le llevó años interpretar algunos fenómenos, y usted todo lo quiere conocer de inmediato. ¿Por qué debo darle gusto? ¿Por su bonita cara? ¡Para que holgazonazo no tenga ya que hacer ni el menor esfuerzo! ¿Quiere que en este mismo instante me ponga a buscarle el papel que necesita? ¿Que le traduzca las páginas fundamentales? ¿De qué idioma a qué idioma?» Me defendí como pude. Le aclaré NiñoAgroque yo no exigía nada, no tenía el menor deseo de esos papeles. Mi único atrevimiento fue preguntar cómo había terminado la fiesta, y, pueden creerme, había tocado esa cuestión con la mayor inocencia. «¿La fiesta?», exclamó con estupefacción. «¿Tiene usted la cachaza de considerar aquella desvergüenza como una fiesta? ¿Fiesta? ¿Fiesta aquel cúmulo de inmundicia? ¡Ya me voy dando cuenta, mi amigo, de que su moral es bastante relajadita! Aquella sesión, si tanto le interesa saber, terminó cuando todos los presentes se casaron con todas las presentes, les hicieron muchos hijos y tos domingos los llevaron a asolear a la playa. ¿No me cree? Bueno, le diré la verdad, terminó cuando los feligreses rezaron sus últimas oraciones, prendieron una vela en memoria de su Santo Niño y se marcharon tranquilamente a dormir una siesta. Esta servidora, el sabio Karapetiz, su hermano, el papanatas aquí presente, un bueno para nada, un cero a la izquierda, ¡y eso que hoy me encuentra en plena benevolencia!, y su dizque amigo la Garrapata, al que a saber de dónde pepenó  este niño, guía de turistas y aventurero `profesional, un padrote de pacotilla, un estuprador, un desalmado, tuvimos que dormir después muchas siestas para recuperarnos de aquella experiencia atroz, en la casa de usted, avecinada en la céntrica calle de la Palma, número noventa y cinco, departamento siete, casa humilde pero honorable. Allí sí que se podía dormir y no en aquel campo de mierda que ni los cerdos se atrevían a hollar. Pero ¡vamos a ver! ¿Por qué quiere usted saber estas cosas? ¿Mero interés científico? ¡Está loco si cree que me va a hacer tragar ese hueso!» Me miró con ojo torvo. Un tic en el párpado derecho comenzó a deformarle la cara de pajarraco. «Ya le dije que lo que siguió fue espantoso. ¿No le basta mi palabra? Me pregunta demasiado. ¿Se le ha olvidado que está tratando usted con una señora? ¡Con una dama! ¿También me va a exigir que me ponga a cagar frente a usted?» La situación, como podrán advertirlo, se había vuelto inadmisible. Marietta Karapetiz se levantó el vestido negro por encima de las rodillas e hizo un ademán de ponerse en cuclillas, igual que lo había hecho minutos antes Ramona. Su rostro estaba descompuesto por la ira, por el desprecio, por el asco. «¡Excuse!», le dije con toda la dignidad de que me fue posible echar mano. «No tengo, ni he tenido nunca, el menor interés por conocer esa historia aborrecible.» Omar y el sirviente gordo la ayudaron a levantarse del suelo y la sentaron en un sillón. «Fue usted quien se empeñó en contarla-» Y luego, con la expresión más casual que me fue posible adoptar, miré el reloj y añadí: «¡Pero qué es esto! ¡Señores míos, les he hecho perder un tiempo precioso! No tenía la menor idea de que fuese tan tarde. ¡Buenas noches!» Estaba decidido a todo, aún a riesgo de que Sacha me rompiera las costillas. Tenía que escapar.

Sonó un timbre.

Amelia Millares se levantó y abrió la puerta. Un hombre uniformado se presentó como el chófer del licenciado De la Estrella. Dijo que desde la mañana había estado seguro de que ese día le iba a llegar la mala racha. Con un tono de mando, le indicó a su patrón que era hora de ponerse en camino, que dejara ya de hacer payasadas, que era la última vez, lo juraba, que lo conducía a su casa en ese estado.

- ¡Un momento, Arnulfo, solo un momento y me pongo a su disposición! He llegado ya casi al fin. Juro que esta vez no me va a pasar, Arnulfo, se lo juro, no va a ser necesario lavarme. ¡Millares, dígale que me deje quedar unos cuantos minutos! Cuéntele lo bien que me he portado. No puedo levantarme ahora. -Y sin ninguna transición continuó-: Aquel grupo, sorprendido por mi seguridad, no logró reaccionar de momento. Me vieron avanzar hacia la puerta en silencio. Tenazas de Acero ni siguiera me molestó. Cuando había ya abierto la puerta, y tenía un pie en el exterior, me volví hacia el grupo y pregunte provocadoramente: «¿Así que cómo terminó ese aquelarre inmundo? ¡Me lo puedo imaginar muy bien, pero prefiero saberlo de sus propios labios!» Los hermanos quedaron apabullados, toda la seguridad perdida. Marietta Karapetiz comenzó a balbucear con voz sumisa: «Mire, una frágil viejecita me mostró su producto en un plato precioso de porcelana blanca. Me asusté al ver todo lo que aquel cuerpecito diminuto había logrado albergar. Se acercó al Santo Niño… Nos hicieron arrodillar… ¡Por favor, caballero, se lo suplico, no me obligue a seguir! Soy una mujer muy vieja, he sufrido mucho, perdí a mis padres en la más tierna infancia. Mi pobre corazón no es ya lo que era. Lamento haberlo conocido.» Aspiró profundamente. Como por un milagro pareció recobrar en ese instante todas las fuerzas perdidas. Con un vozarrón que enviaría un sargento gritó: «¡Fuera de aquí! ¡Fuera de aquí, ahora mismo! ¡Sacha, por Dios, acomídete y sácalo de aquí, como tú sabes hacerlo!» No aguardé más. Cerré la puerta y me eché a correr escaleras abajo. No quise tomar el ascensor por temor a sorpresas desagradables. Al salir a la calle oí vocear mi nombre y levanté la cabeza. La vieja rufiana y su caterva de maleantes habían salido al balcón. Sus gritos llegaban como graznidos. Sacha me mostraba mi impermeable y mi sombrero y hacía señas con una mano para que subiera a recogerlos. ¿Subir? ¡Ni madres! Les grité que me arrojaran mis prendas. Buscaba una palabra, la más hiriente, para lanzarla tan pronto como tuviera mis cosas en la mano. Me pareció ver en el balcón cierto brillo metálico. Algo rozó mis sienes, algo me golpeó en un hombre. Levanté la mirada y vi que Marietta Karapetiz y Sacha sacudían sobre mí unas bacinicas. En eses momento ocurrió lo peor. Zuleima, Omar, y el joven adiposo vaciaron sobre mí una gran palangana colmada de inmundicias. Traté de huir y no pude. Resbalé: la mayor parte del contenido me cayó encima. Oí sus carcajadas, sus gritos indecentes, sus chillidos. Había quedado en cuatro patas como un puerco, enfangado en una materia resbaladiza y Embarradorepugnante. Había perdido los lentes. Me levanté como pude, caí otro par de veces y me golpeé de mala manera. No sé por dónde anduve ni durante cuánto tiempo. Buscaba el mar, sin encontrarlo. Varias horas pasaron de las que no guardo noticia. Llegué al hotel en la noche en un carro de la policía. Un empleado me identificó como cliente y me echó una manta encima, porque vestía solo ropa interior. Seguramente en la comisaría me habían quitado la ropa sucia y metido en una ducha. Me hicieron entrar por una puerta de servicio. El policía que me acompañó me devolvió mi pasaporte. Subí a mi cuarto. Alguien me informó que dos horas antes habían internado a Rodrigo Vives en una clínica. Hice mi equipaje, pero en la recepción me advirtieron que solo me permitirían sacarlo si pagaba la cuenta. Por fortuna, en el cuarto había sacado unos cuantos dólares, muy pocos, que llevaba escondidos en el forro de la maleta. Les expliqué que era yo invitado de Vives, que si por mí fuera, en la puta vida hubiera puesto un pie no solo en su hotel sino en su país entero. Mi billetera había desaparecido junto con mi traje sucio. Llamaron a la delegación de policía; allí explicaron que me habían recogido en la calle solo con la ropa interior puesta. No podía ser cierto, ¿de dónde entonces había salido mi pasaporte? Total, dejé la maleta, le vendí el reloj y mi pluma fuente a precio de hambre a un empleado, me encaminé a la estación y de allí no me moví hasta que salió mi tren. Viajé en un estado de semiconsciencia, lo único que registraba era el hedor, tal vez imaginario, que desprendía mi cuerpo. Rodrigo Vives no me envió nunca la maleta. Pensé en presentar una demanda. No solo me habían despojado de mis pertenencias, sino que había sufrido un grave daño emocional. Pero meterse en tribunales en un país ajeno es llevar las de perder. Tuve que esperar hasta llegar a México. Obtuve una bicoca. Ah, pero antes había ya conocido a la famosa María Inmaculada de la Concepción; probé suerte, y allí también salí perdiendo.

El narrador volvió a quedarse sin aire. Boqueaba como un pez a punto de ahogarse. Arqueó el cuerpo y quedó en estado de rigidez poco natural. Empezó a desprender un hedor repelente. Los Millares se alejaron en silencio de aquel objeto putrefacto. El chófer se hizo cargo de transportarlo a su automóvil. Don Antonio Millares salió con sus nietos al jardín.

-¿Te has dado cuenta…? le preguntó a Juan Ramón, sin atinar el modo de cerrar la pregunta.

-¡Sí! –fue la lacónica respuesta del nieto. Después de caminar otro rato, Juan Ramón preguntó a su vez-: ¿Qué debe hacer un hombre cuando le pasa eso?

- ¿Cuando le pasa qué?

En ese momento un rayo iluminó la montaña. Se oyó un trueno a lo lejos. El abuelo no logró oír la respuesta de su nieto. Siguieron caminado en silencio.

 Leer de Domar a la divina garza:   Fragmentos:  DivinaGarza    Comienzo: ViejoEscritor

 

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