UN BUEN LIBRO PARA LEER: ASESINATO EN LA CATEDRAL  (1935)

AsesinatoEnLaCatedral

     Murder in the Cathedral

 

    Thomas Stearns Eliot  -T.S. ELIOT      EEUU-Inglaterra

    Editorial: Edicciones Encuentro                 

   Traducción: Fernando Gutiérrez y José Mª Valverde

 

 

 

Finales de libros 

(Los CABALLEROS, ejecutado el asesinato, avanzan hacia las candilejas y se dirigen al público)

PRIMER CABALLERO fitzurse reginald arms

Os rogamos que nos concedáis vuestra atención durante unos instantes. Sabemos que podéis estar predispuestos a juzgar desfavorablemente nuestra acción. Sois ingleses y, por lo tanto, creéis en el juego limpio, y cuando veis que un hombre es atacado por otros cuatro, vuestras simpatías están de parte del que cae debajo. Respeto estos sentimientos y los comparto. Empero, apelo a vuestro sentido del honor. Sois ingleses, y por lo tanto, no juzgaréis a nadie sin haber oído a ambas partes. Esto está de acuerdo con nuestro principio, establecido desde hace mucho tiempo, del Juicio por Jurados. No soy el más indicado para someteros nuestro caso. Soy un hombre de acción y no de palabras. Por este motivo me limitaré a presentaros a los otros oradores que, de acuerdo con sus aptitudes y distintos puntos de vista, podrán exponeros los aspectos de este problema extremadamente complejo. Cedo primeramente la palabra al mayor de nosotros, mi vecino en el campo, el barón Guillermo de Traci.

 

 TERCER CABALLERO 
DeTracyArms

Temo no ser en absoluto ese orador experimentado que Reginaldo Fitz Urse os habrá hecho creer con sus palabras. Pero algo hay que me gustaría decir, y será mejor que lo diga enseguida. Es esto: en lo que hemos hecho, sea lo que sea que hayáis pensado, hemos sido totalmente desinteresados. (Los otros CABALLEROS: ¡Bravo! ¡Bravo!) De todo esto no vamos a conseguir nada. Más tenemos que perder que ganar. Somos cuatro buenos ingleses para quienes nuestra patria es lo primero. Es posible que no causáramos buena impresión cuando llegamos hace un momento. La verdad es que teníamos en las manos un asunto espinoso. Hablo tan solo por mí mismo, pero había bebido bastante –y no suelo ser bebedor- para cobrar ánimos.  No puede negarse que matar a un arzobispo es algo que viene a contrapelo, y más cuando uno ha sido educado en las buenas tradiciones de la Iglesia. Así, pues, si os hemos parecido un poco rufianes, comprenderéis por qué, y por mi parte lo siento grandemente. Comprendimos que era nuestro deber, pero tuvimos que mantenernos a la altura de la situación, y os repito que esto no nos valdrá ni un penique. Sabemos perfectamente lo que va a suceder. El rey Enrique –que Dios guarde-, por razones de Estado, tendrá que declarar que jamás había querido esto. Y se va a armar una de todos los diablos. En el mejor de los casos terminaremos nuestras vidas en el extranjero. Y aunque la gente razonable llegue a comprender que era necesario quitar de en medio al arzobispo –y personalmente sentía por él una tremenda admiración: ya habéis observado qué grande resultó el final-, no querrán reconocernos gloria alguna. No hay duda de que lo que hemos hecho ha sido labrar nuestra perdición. De modo que, como ya dije al principio, concedednos, al menos, que hemos obrado con un total desinterés. Creo que no tengo más que decir.

 

PRIMER CABALLERO

Creo que estamos todos de acuerdo en que Guillermo de Traci ha hablado bien y aclarado un punto muy importante. El quid del argumento es éste: hemos sido completamente desinteresados. Pero nuestra acción requiere una justificación más amplia. Y debemos escuchar a los demás oradores. En primer lugar os hablará Hugo de Morville, gran conocedor del arte de gobernar y del derecho constitucional. Sir Hugo de Morville.

 

SEGUNDO CABALLERO HugoMorville arms

Quisiera primeramente insistir sobre un punto, muy bien tratado ya por nuestro jefe, Reginaldo Ditz Urse: que sois ingleses y, por consiguiente, vuestras simpatías están de parte del que cae debajo. Es el espíritu inglés del juego limpio. Ahora bien, el digno arzobispo, cuyas buenas cualidades yo admiraba mucho, ha sido presentado de pies a cabeza como el que cae debajo. Pero, ¿fue éste realmente el caso? Deseo recurrir no a vuestras emociones, sino a vuestra razón. Sois gente sensata, de cabeza firme, como puede verse, y no inclinada a dejarse engañar por una sentimental palabrería. Por ello os pido que reflexionéis profundamente esto: ¿Cuáles eran las intenciones del arzobispo? ¿Cuáles eran las intenciones del rey Enrique? En la respuesta a estas preguntas está la clave del problema.

La intención del rey ha si perfectamente consecuente. Durante el reinado de la difunta reina Matilde y la irrupción del desgraciado usurpador Esteban, el reino estuvo muy dividido. Nuestro rey vio que lo único necesario era restablecer el orden, moderar el excesivo poder de la administración local, ejercida generalmente con miras egoístas y con frecuencia sediciosas y reformar el sistema legal. Entonces se propuso que Beckett, que se había revelado como un gobernante extremadamente capaz –nadie lo niega-, reuniera los cargos de canciller y arzobispo. De haber cumplido Beckett los deseos del rey, hubiéramos tenido un Estado casi ideal: unión de la administración espiritual y temporal bajo el gobierno central. Conocí bien a Beckett, en relación con los diversos asuntos oficiales, y puedo afirmar que jamás conocí a nadie tan calificado para  el más alto puesto en el servicio del Estado. ¿Y qué sucedió? En el momento en que Beckett, a instancias del rey, fue nombrado arzobispo, dimitió el cargo de canciller, se hizo más sacerdote que los sacerdote, y de una manera ofensiva y ostentosa, adoptó una vida ascética, afirmando, seguidamente, que existía un orden más alto que nuestro rey, y él como servidor del rey, se había esforzado en establecer durante tantos años. Y que –Dios sabe por qué- los dos órdenes eran incompatibles.

EnriqueIIEstaréis de acuerdo conmigo en que semejante intromisión por parte del arzobispo ofende los instintos de un pueblo como el nuestro. Hasta aquí veo que cuento con vuestra aprobación: lo leo en vuestros rostros. En los que no estamos de cuerdo es en las medidas a que hubimos de recurrir para poner las cosas en su sitio. Nadie lamenta más que nosotros el empleo de la violencia. Desgraciadamente, hay momentos en que la violencia es el único medio de asegurar la justicia social. En otro tiempo hubierais condenado al arzobispo con una votación del Parlamente y hubiese sido ejecutado como traidor, y nadie tendría que cargar con la responsabilidad de ser llamado asesino. Y en una época todavía más distante, incluso unas medidas tan moderadas como éstas resultarían inútiles. Per osi habéis llegado ahora a una justa subordinación de las pretensiones de la Iglesia a la buena marcha del Estado, recordad que fuimos nosotros quienes dimos el primer paso. Hemos sido los instrumentos que contribuyeron a que se llegase a este estado de cosas que vosotros aprobáis. Hemos servido nuestros intereses,  y por ello merecemos vuestra aplauso. Y si en este asunto hay algo de culpabilidad, por pequeña que fuera, debéis compartirla con nosotros.

 

PRIMER CABALLERO

Morville nos ha dado buena materia de reflexión. Me parece que ha dicho casi la última palabra para todos aquellos que han podido seguir su sutilísimo razonamiento. Sin embargo, tenemos otro orador que, según creo, quiere expresar un distinto punto de vista. Si entre vosotros hay todavía alguno por convencer, espero que Ricardo Brito, que procede de una noble familia que se distinguió siempre por su lealtad a la Iglesia, sea quien lo haga. Ricardo Brito.

 

CUARTO CABALLERO  
Brito arms

Los oradores que me han precedido, por no citar a nuestro jefe Reginaldo de Fitz Urse, han hablado acertadamente de la cuestión. No tengo nada que añadir al desarrollo particular de sus demostraciones. Lo que yo he de decir puede resumirse en esta pregunta: ¿Quién mató al arzobispo? Puesto que vosotros habéis sido testigos oculares de esta lamentable escena, tenéis perfecto derecho a mostraros sorprendidos. Per examinemos el curso de los acontecimientos. Me veo obligado a recorrer, aunque brevemente, el terreno recorrido por el último orador. Cuando el difunto arzobispo era canciller, nadie, bajo el rey, hizo tanto por amalgamar la nación en un todo, por darle la unidad, estabilidad, orden, tranquilidad y justicia que le eran tan necesarias. Pero desde el momento en que fue nombrado arzobispo, invirtió completamente su política, se mostró por completo indiferente al destino de la nación, se condujo, en efecto, como un monstruo de egoísmo. Este egoísmo creció en él de tal forma que llegó a convertirse en una indudable manía. A este efecto tengo pruebas irrecusables de que antes de dejar Francia profetizó claramente, ante numerosos testigos, que no le quedaba mucho tiempo de vida y que lo matarían en Inglaterra. Ha empleado toda clase de medios de provocación. Examinada paso a paso su conducta, se deduce que esta decididamente resuelto a morir en el martirio. En el último instante pudo habernos dado explicaciones, pero ya visteis en qué forma eludió nuestras preguntas. Y cuando nos hubo exasperado deliberadamente, más allá de los limites del aguante humano, no le hubiera sido difícil mantenerse lejos de nosotros el tiempo necesario para que se calmase nuestra justa cólera. Precisamente era esto lo que no quería que sucediese, y por ello insistió en que se abrieran las puertas, cuando aún nos dominaba la ira. ¿He de decir algo más? Creo que en presencia de estos hechos no dudaréis en emitir un veredicto de suicidio a causa de una mente enferma. Es el único veredicto piadoso que se puede pronunciar con respecto a quien, después de todo, fue un gran hombre.

 

PRIMER CABALLERO

Gracias, Brito. Me parece que ya no queda nada más que decir, y opino que todos debéis dispersaros tranquilamente y regresar a vuestras casas. Or ruego que no forméis grupos en las esquinas y no hagáis nada que pueda perturbar el orden público.

(Salen los CABALLEROS.)

 Thomas Becket Louvre

SACERDOTE PRIMERO

¡Oh, padre, padre, nos has abandonado, te perdiste por nosotros!

¿Cómo te encontraremos? ¿De qué lejano sitio

 nos contemplas ahora? Ahora que estás en los cielos,

¿quién nos guiará, nos protegerá y nos dirigirá?

¿Después de qué viaje, a través de qué horrible más lejos

recobraremos tu presencia? ¿Cuándo heredaremos

tu fuerza? La Iglesia está desolada,

sola, profanada y desolada, y los paganos edificarán sobre sus ruinas

su mundo sin Dios. Lo veo, lo veo.    

     

Murder in the CathedralSACERDOTE TERCERO

No. Porque la Iglesia se ha fortalecido con esta acción, triunfante en la adversidad. Se ha robustecido

por la persecución: suprema en tanto el hombre pueda morir por ella.

Id, hombres tristes y débiles, almas errantes y perdidas, sin hogar en la  tierra ni en el cielo.

Id a donde el sol poniente enrojece el último roquedal gris

de Bretaña, o las Columnas de Hércules.

Idos a arriesgar el naufragio en las ásperas costas

donde los moro cautivan a los cristianos;

id a los mares del Norte que confinan con los hielos,

donde el hálito de muerte entorpece la mano y embrutece el cerebro;

buscad un oasis bajo el sol del desierto,

haced alianza con el sarraceno infiel,

compartid sus corrompido ritos, intentad alcanzar el olvido

en sus patios libidinosos,

el olvido en la fuente junto a datilero;

o quedaos royéndoos las uñas en Aquitania.

En el pequeño círculo de dolor en medio del cráneo,

no terminasteis todavía de rechazar una interminable ronda

de pensamiento, para justificar vuestra acción a vuestros ojos,

tejiendo una ficción que se hace y deshace,

midiendo a largos pasos el infierno de hacer creer en algo falso

que nunca es creencia. Tal es vuestro destino en la tierra

y hemos dejado ya de recordaros.

 

SACERDOTE PRIMERO

¡Oh milord!

La gloria de vuestro nuevo estado nos ha sido ocultada, rogad por nosotros en vuestra caridad.

 

SACERDOTE SEGUNDO

Ahora a la vista de Dios,

unido a todos los santos y mártires que os han precedido, acordaos de nosotros

 

SACERDOTE TERCERO

Que nuestra acción de gracia ascienda

hacia Dios, que ha dado un nuevo santo a Canterbury.

 
Coro

CORO (mientras se canta a lo lejos un Te Deum en latín)

Alabémoste, oh Dios, porque tu gloria se muestra a todas las criaturas de la tierra,

en la nieve, en la lluvia, en el viento, en la tormenta, en todas tus criaturas, los perseguidores y los perseguidos,

porque todas las cosas existen en tanto son vistas por Ti, en tanto son conocidas por Ti, todas las cosas existen

solamente en tu luz, y afirmada está tu gloria en aquello mismo que te niega; las tinieblas afirman la gloria de la luz.

Aquello que te niegan no podrían negarse si Tú no existieses, y su negación nunca es completa porque, si lo fuera, no existirían.

Viviendo afirman tu existencia; todas las cosas, viviendo, afirman tu existencia: el pájaro en el aire, tanto el halcón como el pinzón; la bestia en la tierra, tanto el lobo como el cordero; el gusano en el suelo como el gusano en el vientre.

Por tanto, el hombre, a quien creaste para que tuviera consciencia de Ti, debe alabarte conscientemente, en pensamiento, palabra y obra.

Incluso con la mano en la escoba, encorvada al encender el fuego, doblada la rodilla para limpiar el hogar, nosotras las fregatrices y barrenderas de Canterbury,

encorvadas bajo el trabajo, doblada la rodilla bajo el pecado, con las manos ocultando el rostros bajo el miedo, la cabeza bajo la pena,

incluso en nosotras la voz de las estaciones, el gangueo del invierno, la canción de la primavera, el zumbido del verano, la voz de los animales y los pájaros cantan tu alabanza.

Gracias te damos por tus mercedes de sangre, por tu redención por la sangre, porque la sangre de tus mártires y tus santos enriquecerá la tierra y creará lugares sagrados.

Porque dondequiera que vivió un santo, dondequiera que un mártir dio su sangre por la sangre de Cristo,

la tierra se hace sagrada y su santidad no desaparecerá,

aunque los ejércitos la pisoteen, aunque lleguen viajeros a visitarla, con la guía en la mano,

desde donde los mares occidentales roen las costas de Iona,

hasta la muerte en el desierto, la oración en los lugares olvidados al pie de la columna imperial rota,

de esos lugares brota lo que renueva eternamente la tierra,

aunque siempre negado. Por lo tanto, ¡oh Dios!, te damos las gracias

porque concediste esta bendición a Canterbury.

Perdónanos, ¡oh Señor! Reconocemos que no somos el tipo de hombre corriente.

Los hombres y mujeres que cierran la puerta y se sientan delante del fuego,

que temen la bendición de Dios, la soledad de la noche de Dios, la soledad que requiere, la privación que supone,

que temen menos la injusticia del hombre que la justicia de Dios,

que temen la mano en la ventana, el fuego en la barba, el puño en la taberna, el empujón en el canal,

menos de lo que temen el amor de Dios.

Reconocemos nuestra culpa, nuestra debilidad, nuestra falta, reconocemos

que el pecado del mundo está sobre nuestras cabezas, que la sangre de los mártires y la agonía de los santos

está sobre nuestras cabezas.

Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo, ten piedad de nosotros.

Señor, ten piedad de nosotros.

Bienaventurado Tomás, ruega por nosotros.

 

 

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