UN BUEN LIBRO PARA LEER: ADIÓS A LAS ARMAS  (1929)

AdiosALasArmas     (A Farewell to Arms) 

    Ernest Hemingway. (EEUU)

    Editorial:   Caralt.               (Biblioteca Universal Caralt)

     Traducción: Joana M. Vda. Hora y Joaquim Horta

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Finales de libros:

(Tres de las imágenes de este final, están extraídas de fotogramas de la película de 1932 "A Farewell to Arms", dirigida por Frank Borzage.

…/…

Me senté en una silla delante de una mesa que tenía colgados a un lado los uniformes de las enfermeras. Miré por la ventana. Sólo podía ver la oscuridad y la lluvia que caía por la luz de la ventana.
¡De manera que era esto! El niño había muerto. Era por esto por lo que el doctor parecía tan cansado.

Pero ¿por qué se habían portado así en la habitación? Sin duda pensaban que volvería en sí y empezaría a respirar. No tenía religión, pero sabía que deberían haberlo bautizado. No obstante, ¡si no llegó a respirar! Nunca había vivido, solamente en el seno de Catherine. Muchas veces lo había oído cómo se mo­vía. Pero la última semana no.

Tal vez ya estuviera ahogado. ¡Pobre pequeño! ¡Cómo hubiera querido que me ahogaran así! ¡No! Y no obstante, la muerte me evitaría así tener que pasar este momento dolo­roso. Ahora moriría Catherine. Siempre ocurre así. Se muere. No se sabe nada. Nunca se llega a tiempo para saber. Te empujan al juego. Te enseñan las re­glas y, a la primera falta, te matan. O te matan sin motivo, como a Aymo. O bien atrapas la sífilis, como Rinaldi. Pero siempre acaban matándote. Con esto hay que contar. Un poco de paciencia y te llegará el turno.

HormigasQuemadas

Un día, en el campo, tiré al fuego un tronco lleno de hormigas. Cuando empezó a arder, las hormigas se trastornaron y se precipitaron primero hacia el centro, donde había fuego; luego, dando media vuel­ta, corrieron al otro extremo. Cuando estuvieron todas allí, cayeron al fuego. Algunas escaparon, con el cuerpo quemado y chafado, y huyeron sin saber dón­de iban. Pero la mayoría corrió hacia el fuego, luego hacia la extremidad fría, donde se amontonaron para caer finalmente al fuego. Me acuerdo que me imaginé que era el fin del mundo y una ocasión única para hacer el papel de Mesías, retirando el tronco del fuego y echándolo a cualquier parte donde las hor­migas pudieran huir hacia tierra. Pero me contenté con rociar el tronco con el agua de un vaso, que una vez vacío me sirvió para preparar un whisky con agua. Me parece que este vaso de agua sobre el tron­co sólo sirvió para recalentar a las hormigas.

Fotograma2Y ahora yo estaba en este corredor, esperando no­ticias de Catherine. Después de un rato, al ver que la enfermera tardaba en venir, fui a la puerta, la abrí suavemente y di una ojeada. Al principio no pude ver nada porque la fuerte luz del corredor con­trastaba con la oscuridad de la habitación. No obs­tante, no tardé en distinguir a la enfermera sentada a la cabecera de la cama y la cabeza de Catherine sobre la almohada, y a ella misma, muy lisa bajo la sábana. La enfermera se puso su dedo sobre sus la­bios, después se levantó y vino hacia la puerta.

-¿Cómo está?

-Está bien -dijo la enfermera-. Tendría que ir a cenar. Vuelva en seguida, si quiere.

Seguí por el corredor, bajé la escalera, traspasé el umbral del hospital y, bajo la lluvia, bajé por la calle oscura hasta el café. Había mucha luz y todas las mesas estaban ocupadas. No vi ningún sitio libre y un camarero se me acercó y cogió mi abrigo y mi sombrero mojados y me indicó un sitio en una mesa frente a un viejo que bebía cerveza leyendo el periódico de la noche. Me senté y le pregunté al camarero cuál era el plat da jour

-Ternera guisada, pero se ha terminado.

-¿Qué puede darme?

-Huevos con jamón, huevos con queso o chou­croute.

-Ya he tomado choucroute al mediodía -dije.

-Es verdad -dijo-. Es verdad. Ha tomado choucroute al mediodía.

Era un hombre de mediana edad, con un cráneo calvo sobre el que juntaba algunos cabellos disper­sos. Tenía un rostro compasivo.

-¿Qué quiere? ¿Huevos con jamón o con queso?

-Huevos con jamón -dije- y cerveza.

-¿Una blanca pequeña? Me acuerdo -dijo. Al mediodía ha encargado una blanca pequeña.

Comí los huevos con jamón y bebí la cerveza. Los huevos con jamón estaban en una fuente redon­da. El jamón estaba debajo y los huevos encima. Estaban muy calientes y al primer bocado tuve que beber un trago de cerveza para refrescarme la boca. Tenía mucha hambre y pedí al camarero que me trajera otra ración. Bebí varios vasos de cerveza. No pensaba. Leía el periódico del hombre que estaba frente a mí. Se trataba de la rotura del frente britá­nico, Cuando se dio cuenta de que leía la vuelta de su periódico lo dobló. Tuve la idea de pedir un pe­riódico al camarero, pero no podía concentrarme. Hacía calor en el café, y la atmósfera era desagrada­ble. Muchos clientes se conocían. Muchos jugaban a las cartas. Los camareros tenían mucho trabajo para llevar la cerveza del mostrador a las mesas.

Dos hombres entraron y al no encontrar sitio que­daron de pie frente a mi mesa. Pedí otra cerveza. Aún no tenía ganas de marcharme. Era demasiado temprano para volver al hospital. Me esforzaba en no pensar y estar tranquilo. Los dos hombres aguar­daron un momento, pero como nadie se movía, se fueron. Bebí otra cerveza. Encima de la mesa, fren­te a mi, había un montón de platillos. El hombre que estaba enfrente se quitó los lentes. Los había puesto en el bolsillo y, con su copa de licor en la mano, miraba la sala. De repente, tuve la impresión de que debía marcharme. Llamé al camarero, pa­gué mi nota, me puse el abrigo y el sombrero y me lancé a la calle. Subí hasta el hospital bajo la lluvia.

Encontré a la enfermera en el corredor.

-Acabo de telefonear a su hotel -dijo.

Tuve la impresión de que algo se desgarraba den­tro de mí.

-¿Qué pasa?

-La señora Henry ha tenido una hemorragia.

-¿Puedo entrar?

-No, aún no. El doctor está con ella.

-¿Es grave?

-Muy grave.

Fotograma1

La enfermera entró en la habitación y cerró la puerta. Me senté en el corredor. Me sentí vacío. No pensaba, no podía pensar. Sabía que iba a morir y recé para que no muriera. No la dejes morir. Oh, Dios mío, te lo ruego, no la dejes morir. Haré todo lo que quieras si no la dejas morir. Te lo ruego, te lo ruego, te lo ruego. Dios mío, no la dejes morir... Dios mío, no la dejes morir... Te lo ruego, te lo ruego, te lo ruego, no la dejes morir... Dios mío, te lo ruego, no la dejes morir... Haré todo lo que quie­ras si no la dejas morir... El niño ha muerto, pero a ella no la dejes morir. Tenías razón, pero no la dejes morir... Te lo ruego, te lo ruego, Dios mío, no la dejes morir..

La enfermera abrió la puerta y, con el dedo, me indicó que entrase. La seguí a la habitación. Cathe­rine no levantó la vista cuando entré. Me acerqué a la cama. El doctor estaba de pie al otro lado. Cathe­rine me miró y sonrió. Me incliné sobre la cama llorando.

-Mi pobre querido -dijo Catherine dulcemente. Tenía mal aspecto.

-No es nada, Cat -dije-, te curarás.

-Voy a morir -dijo. Se calló y añadió-: Y no quiero morir... no quiero.

Le cogí la mano.

-No me toques -dijo.

Le solté la mano. Sonrió.

-Mi pobre querido... sí, ya, tócame tanto como quieras.

-Te curarás, Cat. Sé que te curarás.

-Quería escribirte una carta por si pasaba algo, pero no lo hice.

-¿Quieres que vaya a buscar un sacerdote o al­guien para que te vea?

-No quiero ver a nadie más que a ti. -Luego, después de un silencio-. No tengo miedo, pero la idea de la muerte me causa horror.

-No debe hablar tanto -dijo el doctor.

-Bueno -dijo Catherine.

-¿Puedo hacer algo por ti, Cat? ¿Puedo ir a buscarte algo?

Catherine sonrió.

-No. -Un momento después añadió-: Lo que hacíamos juntos, ¿no lo harás con otra mujer, dime? ¿No le dirás las mismas cosas?

-Nunca.

-Sin embargo, quiero que vayas con otras mu­jeres.

-No me interesan.

-Habla demasiado -dijo el doctor-. Tiene que irse, señor Henry. Puede volver un poco más tarde. No va a morirse. No tiene que decir tonterías.

-Bueno -dijo Catherine-. Volveré para hacerte compañía todas las noches.

Le costaba mucho hablar.

Fotograma 3

-Váyase de la habitación, se lo luego -dijo el doctor-. No debe hablar.

Catherine, con el rostro grisáceo, me hizo un li­gero guiño con el ojo.

-Me quedaré en la puerta -dije.

-No te atormentes, querido -dijo Catherine-,No tengo miedo, es una broma de mal gusto, eso es todo.

-Mi valiente, mi pequeña querida...

Esperé en el corredor. Esperé mucho tiempo. La enfermera abrió la puerta y se acercó.

-La señora Henry está peor -dijo-. Tengo miedo..

-¿Ha muerto?

-No, pero ha perdido el. conocimiento.

Parece que las hemorragias se habían repetido. No las habían podido detener con nada. Entré en la habitación y me quedé con Catherine hasta que murió. No le volvió el conocimiento y no tardó mucho en morir.

En el corredor hablé con el doctor.

-¿Puedo hacer algo esta noche?

-No, no hay nada que a hacer. ¿Quiere que le acompañe al hotel?

-No, gracias, quiero quedarme aquí un rato.

-Ya sé que no puedo decirle nada... No puedo decirle...

No -dije-, no hay nada que decir.

-Adiós -dijo-. ¿De verdad no quiere que le lleve al hotel?

-No, gracias.

-Era lo único que podía hacerse. La operación ha comprobado que...

-No quiero que me hablen más -dije. -Quisiera llevarle al hotel.

-No, gracias.

Se alejó por el corredor. Me acerqué a la puerta de la habitación.

-No puede entrar ahora dijo una de las en­fermeras.

-Permítame... -dije.

-Aún no puede entrar.

-Salga -dije-, usted y la otra también.

Pero después que las hice salir, después de ce­rrar la puerta y apagar la luz, comprendí que todo era inútil. Era como si me despidiera de una esta­tua. Transcurrió un momento, salí y abandoné el hospital. Y volví al hotel bajo la lluvia.

 

  
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