FRAGMENTOS DE LIBROS.  CUMBRES BORRASCOSAS (1847)                                                            

Wuthering Heights

CumbrasBorrascosas

 

    Emily Brontë    (Gran Bretaña)  

       

       Editorial    :    EL MUNDO. Unidad Editorial, S.AColección Millenium, las 100 joyas del milenio

  

     Traducción:   María Rosa Lida.

 

 Fragmentos de libros

 

C7 p63

- No, de ningún modo, no permito nada de eso. ¿Conoce usted el estado de ánimo del que se halla solo contemplando cómo una gata lame los gatitos tendidos sobre la alfombra a sus pies, y llega a sentir tal interés por la operación, que una sola oreja que deje de limpiar la gata le pone fuera de sí?

- ¡Vaya una ociosidad, me atrevería yo a decir!

Ellen- Al contrario, una fatigosa actividad. He aquí mi caso ahora; y, por tanto, prosiga usted minuciosamente. Observo que la gente de estos parajes, comparada con la de la ciudad, adquiere el valor que tiene, para los distintos ocupantes, la araña de un calabozo comparada con la araña de una casa, y sin embargo, lo hondo de la atracción no se debe, exclusivamente, a la situación del observador. Las gentes viven aquí sin duda más en serio, más en sí mismas, y no tanto en la superficie mudable y frívola de las cosas. Aquí casi podría creer posible un amor de toda la vida, yo, que jamás creí en un amor de un año de duración. El primer estado es como si sentáramos a un hambriento ante un solo plato, en el cual puede concentrar todo su apetito y hacerle honores. El segundo, recuerda al mismo hombre sentado a una mesa servida a la francesa. Podrá, tal vez, obtener tanto goce del conjunto, pero cada parta no es más que un simple átomo en su consideración y en su memoria.

- ¡Oh, aquí somos como en cualquier otra parte, cuando llegan a conocernos! –observó la señora Dean, algo perpleja por mi discurso.

- Dispénseme –contesté-; usted, mi buena amiga es una sorprendente prueba contra este aserto. Excepto algunos provincialismos de poca importancia, nada tiene usted de los modales que acostumbro a considerar como peculiares de su clase. Estoy seguro de que usted ha pensado mucho más de lo que suelen pernsar la generalidad de los sirvientes. Usted se ha visto obligada a cultivar sus facultades reflexivas por falta de distraer su vida en necias frivolidades.

La señora Dean soltó la risa…

 


Chapter8

web:  http://www.wuthering-heights.co.uk/novel/html/chapter_08.php

C8 p66

… Decía lo mismo a su mujer, y ella parecía creerle; pero una noche, mientras se apoyaba en el hombro de su esposo, en el acto de decir que pensaba poder levantarse al día siguiente, un acceso de tos la sobrecogió –un acceso muy leve-. Hindley la levanto; ella le echó los brazos al cuello, se le demudó el semblante, y quedó muerta.

Tal y como la chica me había anticipado, pusieron al niño Hareton del todo en mis manos. El señor Earnshaw, con tal de verlo sano y no oírle llorar, estaba contento, por lo que al niño se refiere. En cuanto a sí mismo, estaba desesperado. Su dolor era de aquellos que no se exhalan en lamentos. Ni lloraba ni rezaba, pero maldecía y se rebelaba, renegaba de Dios y de los hombres y se abandonó a una insensata disipación. Los criados no pudieron soportar largo tiempo su perverso y tiránico proceder. Joseph y yo fuimos los únicos que consentimos en quedarnos. Yo no tuve corazón para abandonar a mi pupilo y; además, ya sabe usted que había sido hermana de leche del señor, y así estaba más dispuesto a excusar su conducto que un criado forastero.

Joseph quedóse para intimidar a arrendadores y labriegos, y porque su vocación era vivir donde había abundancia de maldades que reprender.

Las malas costumbre y los malos compañeros del amo constituían un bonito ejemplo para Catherine y para Heathcliff. El trato que sufría éste hubiera bastado para convertir a un santo en un demonio. Y a la verdad que el muchacho parecía estar poseído de algo diabólico en aquel tiempo. Se deleitaba en contemplar cómo se degradaba sin salvación Hindley, y cada día era más notable por su salvaje hosquedad y por su fiereza.

No puede usted tener idea del infierno en que vivíamos. El cura dejó de vernos y, al fin, ninguna persona decente se nos acercaba, a no ser que contáramos como excepción las visitas de Edgar Linton a Cathy. A los quince años era ella la reina de la comarca. No tenía rival; y se volvió una criatura altiva y obstinada. He de confesar que yo no la amaba desde pasada su niñez, y la molestaba con frecuencia, tratando de sojuzgar su arrogancia…

Catherine había conservado sus relaciones con los Linton desde su residencia de cinco semanas con ellos; y como no sentía disposición por mostrarles su lado tosco, y con muy buen acuerdo se avergonzaba de su aspereza entre gentes que la trataban con tan invariable cortesía, llegó a imponerse, sin darse cuenta, a los viejos señores ,por su hábil cordialidad, ganando la admiración de Isabella y el corazón de su hermano; adquisiciones que la halagaron desde el primer momento y la hicieron tener dos caras sin que se propusiera precisamente engañar a nadie. En el lugar en que oía llamar a Heatchcliff «un vulgar bribonzuelo» y «más que bruto» tenía buen cuidado de no obrar como él, pero en casa mostraba poca inclinación a los finos modales, que solo hubiera provocado la risa, y a refrenar su indomable carácter, puesto que no le hubiera dado crédito ni elogios.

El señor Edgar raras veces tenía ánimos para visitar abiertamente Cumbres Borrascosas

 

C9 p74

Entró vociferando terribles blasfemias, y me sorprendió en el instante de ocultar a su hijo en el armario de la cocina. Temblaba Hareton, con saludable terror de ser objeto, ya de su bestial y salvaje afección, ya de su rabia demente: en el primer caso, corría peligro de morir aplastado en sus brutales abrazos, y, en el otro, de que le arrojara al fuero, o le estrellara contra la pared; y el poble niño permanecía muy quieto en cualquier parte en que yo lo pusiera.

 Genealogy CumBorr

-¡Helo aquí, por fin le he encontrado! –gritó Hindley, cogiéndome, como a un perro, por la piel de la nuca-. ¡Rayos y truenos, os habéis conjurado para asesinar ese niño! Ya veo ahora por qué está siempre lejos de mí. ¡Pero con ayuda de Satanás, Nelly, te haré tragar el cuchillo de trinchar! ¡Nada de risa, pues ahora mismo acabo de embutir a Kenneth, cabeza abajo, en el pantano de Caballo Negro, y lo mismo da dos que uno, y tengo ganas de matar a uno de vosotros, y no estaré tranquilo hasta haberlo hecho!

- Pero, señor Hindley, ¡si no me gusta el trinchante! –contesté-. Han cortado arenques con él. Prefiero que me pegue un tiro, si usted gusta.

- ¡Prefiero que te vayas al diablo! –gritó-. ¡Y al diablo irás! No hay ley en Inglaterra que pueda impedir a un hombre tener su casa decente, y la mía es abominable. ¡Abre la boca!

Asió el cuchillo con la mano, y empujó la punta entre mis dientes; pero a mí nunca me amedrentaron sus desvaríos. Escupí y afirmé que tenía un gusto detestable, que de ningún modo lo tomaría.

-¡Oh! –dijo, soltándome-, veo que aquel repugnate granuja no es Hareton. Dispensa, Nelly. Si lo fuera, merecería ser desollado vivo por no correr a saludarme, y por chillar como si yo fuera un duende. ¡Cachorro degenerado, ven aquí! ¡Te enseñaré a engañar a un padre iluso y bondadoso! ¡Vamos a ver! ¿No te parece que el chico estaría más guapo desorejado? Esto hace a un perro más feroz, ¡y me gusta lo feroz (dame las tijeras), lo feroz y acicalado! Además, es una afectación infernal, es diabólica vanidad en nosotros tener en tal estima las orejas. ¡Bastante asnos somos sin ellas! ¡Chitón, niño, chitón! ¿Con que es mi hijito? ¡Calla, sécate los ojos, encanto de mi alma! ¡Dame un beso! Por Dios santo, habré de criar semejante monstruo! Tan cierto como que vivo, que te desnucaré.

 

El pobre Hareton chillaba y pateaba con todas su fuerzas en los brazos de su padre, y redobló sus aullidos cuando se lo llevó escaleras arriba y lo alzó, suspendiéndole por encima del pasamano. Le grité que iba a enloquecer de terror al niño, y corrí para salvarle. Cuando les alcancé, Hindley se inclinaba sobre la baranda para escuchar un ruido de abajo, casi olvidando lo que tenía entre manos.

- ¿Quién es? –preguntó, oyendo que alguien se acercaba al pie de la escalera. Me asomé también para hacer a Heatchcliff, cuyos pasos reconocí, señal de que se detuviera, y en el momento en que dejé de mirarlo, dio Hareton un súbito salto, desprendiéndose del negligente brazo que le sostenía, y cayó.

Apenas hubo tiempo de para un estremecimiento de horror, antes de ver que el infeliz estaba sano y salvo. Heatchcliff llegó por debajo en le justo momento crítico, y por impulso natural cogió al niño en su caída, y poniéndolo de pie, miró arriba, para ver al autor del accidente. Un avaro que por cinco chelines se hubiese desprendido de un billete de lotería premiado, hallándose el día siguiente con que ha perdido cinco mil libras en el negocio, no mostraría mayor desconcierto que Heatchcliff al contemplar arriba la figura del señor Earnshaw. Su semblante expresaba más claro de lo que lo hubieran hecho las palabras el intenso pesar que sentía por haberse convertido a sí mismo en el instrumento para frustrar su propia venganza, Si hubiera sido oscuro, casi diría que hubiese intentado remediar su yerro estrellando el cráneo de Hareton contra los peldaños; pero había presenciado su salvación; y pronto estuve yo abajo oprimiendo la preciosa carga contra mi pecho. Hindley bajó más despacio, vuelto en sí de su embriaguez, y lleno de confusión.

- Tú tienes la culpa, Ellen –dijo; hubiera debido quitármelo. ¿Se ha hecho daño?...

Dialogo… - No quiero ser la señora Linton a tal precio. Él será para mí lo que ha sido toda su vida. Edgar tendrá que desechar su antipatía, y tolerarle, cuando menos, y lo hará cuando conozca mis verdaderos sentimientos. Nelly, ahora lo veo, tú me tienes por una miserable egoísta, ¿no se te ocurrió nunca pensar que, si Heathecliff y yo nos casáramos, seríamos unos pordioseros? Mientras que, si me caso con Linton, puedo ayudar a Heathcliff a levantarse, y librarle del yugo de mi hermano.

- ¿Con el dinero de su esposo, señorita? –pregunté-. No le hallará usted tan dócil como cree, y aunque no pretendo ser juez en el asunto, pienso que éste es el peor motivo que ha dado usted hasta ahora para ser esposa del joven Linton.

- No –replicó ella-. Es el mejor. Los otros eran la satisfacción de mis caprichos y también complacer a Edgar. Esto lo hago por aquel en quien están comprendidos mis sentimientos hacia Edgar y yo misma. No puedo expresarlo, pero ciertamente tú y todos tenéis una idea de que hay o debiera haber una existencia más allá de vosotros. ¿De qué serviría mi creación, si yo estuviera sola, enteramente contenida aquí? Mis grandes padecimientos en este mundo han sido los padecimientos de Heathcliff, los he visto y sentido uno por uno desde su comienzo. Él es el gran pensamiento de mi vida. Si todo lo demás pereciera y él se salvara, yo seguiría existiendo, y si todo lo demás viviera y él se aniquilara, el universo sería para mí un mundo extraño; yo no me sentiría parte de él. Mi amor a Linton es como el follaje de los bosques; el tiempo lo cambiará; bien lo sé, como el invierno cambia el de los árboles. Mi amor por Heathcliff semeja las eternas rocas que están debajo; es un manantial de escaso placer visible, pero necesario. ¡Nelly; yo soy Heathcliff! Él está siempre, siempre, en mi pensamiento, no como cosa agradable, de igual manera que yo no soy siempre agradable para mí misma, sino como un propio ser. Así, pues, no vuelvas a hablar de nuestra separación, es imposible y…

 

… Nos trasladamos, pues, la señorita Catherine y yo a la granja de Thrushcross, y dándome una agradable sorpresa se portó ella infinitamente mejor de lo que osaba esperar. Parecía enamoradísima del señor Linton, y aún mostraba gran cariño a su misma hermana. Verdad es que ambos le prodigaban sus atenciones. No era el espino que se inclinaba a la madreselva, sino la madreselva que abrazaba al espino. No había concesiones mutuas, la una estaba erguida y los demás cedían. ¿Y quién puede tener mal genio o mal humor cuando no encuentra oposición ni indiferencia.

Cathy

web: https://chatnoirco.wordpress.com/2012/01/13/psychological-profiles-of-wuthering-heights-characters/

   Noté que el señor Linton tenía un miedo cerval de irritarla. A ella se lo ocultaba; pero si alguna vez me oía contestarla ásperamente o si veía que un criado ponía mala cara a alguna imperiosa orden suya, mostraba su disgusto con un ceño que nunca ponía para cosas que personalmente le afectaba. Más de una vez me echó severamente en cara mi insolencia, afirmando que una puñalada no podría producirle más cruel pena que la que sufría al ver enojada a su esposa. Para no afligir a mi buen amo, aprendía a ser menos susceptible, y por más de medio año permaneció la pólvora tan inofensiva como si fuese arena, porque no se le acercó fuego alguno para hacerla explotar. Catherine tenía de tanto en tanto temporadas de melancolía y silencio, respetadas con comprensivo silencio por su marido, quien lo atribuía a un cambio producido en su complexión por su grave enfermedad, pues nunca estuvo ella antes sujeta a tales abatimientos. Cuando volvía a ser ella, alegrábase su esposo a la par que ella, como si saliera el sol. Creo poder afirmar que vivían en honda y creciente felicidad.

La dicha se acabó. Así es; a la larga cada cual debe mirar por sí. Los buenos y generosos son egoístas más justamente que los déspotas, nada más, y la dicha se acabó cuando las circunstancias revelaron que el interés de una parte no era la principal consideración de los pensamientos de la otra. Era un templada tarde de septiembre volvía yo del huerto con un cesto lleno de manzanas que acababa de coger…

 

     p100

- ¿Cómo puedes decir que soy dura, pícara, melindrosa? –gritó la señora, atónita por tan desatinado aserto-. ¿Estás perdiendo el juicio? Dime: ¿cuándo fui dura contigo?

- Ayer y ahora –sollozó Isabella.

- ¿Ayer? ¿En qué ocasión? –pregunto su cuñada.

- Cuando paseábamos por el brezal; me dijiste que podía ir a vagar por donde gustara, mientras tú te holgabas con el señor Heatchcliff.

- ¿Y a esto llamas tú dureza? –dijo Catherine riendo-. No era una indirecta de que tu compañía estaba de más; poco nos importaba si tú estabas o no con nosotros. Pensé simplemente que la conversación de Heatchcliff no tendría nada de divertido para ti.

-¡Oh, no! –dijo llorando la joven-. Me querías lejos, porque sabíss que me agradaba estar allí.

- ¿Estás en tus cabales? –preguntó la señora Linton, dirigiéndose a mí-. Te repetiré nuestra conversación palabra por palabra, Isabella, y tú me indicarás todos los encantos que podría tener para ti.

- No me importaba la conversación –contestó ella-. Quería estar con…

- Bien –dijo Catherine, observado su vacilación para terminar la frase.

- Con él, y por eso no quiero que me manden siempre a paseo –continuó Isabella enardeciéndose-. Tú, Cathy, quieres ser el perro del hortelano y no toleras que nadie sea amado sino tú misma.

- Y tú eres una mocosa impertinente –exclamó la señora Linton sorprendida.. Pero no puedo creer tanta idiotez. Es imposible que puedas codiciar la admiración de Heatchcliff, que le consideres persona agradable. ¿Espero que no te he (sic) entendido bien, Isabella?

- No, bien me has entendido –dijo la encaprichada muchacha-. Mi amor por él es más grande que el que jamás tuviste a Edgar, y estoy segura que me amaría si tú le dejaras.

-¡Entonces, no quisiera estar en tu lugar por todo un imperio! –declaró Catherine con firmeza, y parecía hablar sinceramente-. Nelly, ayúdame a convencerla de su locura. Dile quién es Heatchcliff: una fiera indómita, sin ilustración ni refinamiento alguno; un árido yermo de aliaga y pedernal. ¡Antes pondría yo ese canario en medio del parque un día de invierno, que aconsejarte le entregues tu corazón! Por una deplorable ignorancia de su carácter, niña y nada más, se te ha metido esta fantasía en la cabeza. ¡Oye, por favor! No pienses que oculta tesoros de bondad y de cariño, bajo una austera apariencia. Este rústico no es un diamante en bruto, ni ostra que encierra una perla; es un hombre feroz y despiadado como un lobo. Yo nunca le digo: deja en paz a este o aquel de tus enemigos porque sería egoísta y cruel hacerles daño; le digo: déjales en paz, porque detesto que les hagas mal. Y a ti, Isabella, te aplastaría como un huevo de gorrión, si encontrara pesada tu carga. Sé que es incapaz de amar a un Linton, y esto no obstante, es perfectamente capaz de casarse con tu fortuna y perspectivas. La avaricia se ha hecho su vicio dominante. He aquí su retrato. Yo soy su amiga, y tanto, que si él hubiera pensado formalmente en cazarte, acaso me hubiera guardado bien de decirte nada, para dejarte caer en su trampa…

 

C12 p118

 ...

FileteSilueta-  Verá usted, señora –contesté-. El señor no sabe que tenga usted el juicio trastornado y, naturalmente, no teme que se deje usted morir de hambre.

-  ¿Crees tú? ¿No puedes decírselo –replicó ella-. ¡Convéncele! ¡Háblale como piensas, afirma que no dudas de que lo haré!

-  No –le insinué-. Usted olvida, señora, que ha tomado usted esta tarde algún alimento con gusto, y mañana notará usted sus buenos efectos.

-    ¡Si sólo tuviera la seguridad de que esto ha de matarle –interrumpió ella-, me mataría en el acto! Estas tres horribles noches no he llegado a cerrar los párpados. Y ¡oh, qué tormentos he sufrido! ¡Me han hechizado, Nelly! Pero empiezo a figurarme que tú no me quieres. ¡Qué extraño! Pensaba que, aún cuando todos se odiaban y despreciaban unos a otros, no podían dejar de amarme a mí. Y todos se han vuelto enemigos en pocas horas (sí, estoy segura), la gente de aquí. ¡Qué lúgubre, ir a la muerte, rodeada de sus fríos rostros! Isabella, llena de asco y terror, temerá entrar en la habitación; tal espanto dará ver la muerte de Catherine. ¡Y Edgar, en pie, solemnemente a mi lado, para ver el trance; luego rezará en acción de gracias por el restablecimiento de paz en su casa, y volverá a sus libros! Por amor de Dios, ¿qué tiene que hacer con los libros cuando yo me estoy muriendo?...

...

... Yo misma sentí la torpeza de mi explicación. El amo frunció el entrecejo.

- ¿No es nada, Ellen, verdad? –dijo severamente. Me rendirás cuentas por no haberme dicho nada de esto.

Y tomando en brazos a su mujer, la miró con angustia.

Al principio no dio ella señal de reconocerle; él era invisible a su mirar extraviado. El delirio no se había fijado aún, sin embargo; apartó sus ojos de la oscuridad de afuera y poco a poco concentró su atención en él, advirtiendo, al fin, quién la tenía en brazos.

- ¿Por fin has venido, Edgar Linton? –dijo ella con irritada animación-. Eres una de esas cosas que siempre se encuentran cuando menos se necesitan, pero nunca cuando hacen falta. Supongo que tendremos ahora lamentaciones a granel (ya veo que sí), pero no detendrán mis pasos hacia aquella estrecha casa, mi sitio de reposo, adónde me dirigiré en seguida, antes que acabe la primavera. ¡Allí está; no entre los Linton, tenlo presente, bajo el techo de la capilla, sino al aire libre, bajo una losa funeraria; y tú puedes hacer lo que gustes: irte con ella o venir conmigo!

- Catherine, ¿qué has hecho? –preguntó el señor. ¿Ya no soy nada para ti? ¿Amas tú a aquel miserable de Heath…!

- ¡Calla! –gritó la señora-. ¡Calla al instante! ¿Menciona ese nombre, y doy fin al asunto saltando por la ventana! Lo que tocas ahora, podrás tenerlo, pero mi alma estará en aquella cumbre antes que pongas de nuevo en mí la mano. No te necesito, Edgar; ya no te necesito. Vuelve a tus libros. Me alegro de que poseas este consuelo, porque todos los que en mí tenías, se han perdido.

- Está delirando, señor –interrumpí....

 

C13 p132

… Creo que Linton no contestó; y a los quince días recibí yo una larga carta, que me pareció extraña, procediendo de la pluma de una novia, apenas pasada la luna de miel. La leeré, porque aún la guardo. Toda reliquia de un muerto es preciosa, si se lo estimaba en vida.

 

Querida Ellen:

      Llegué anoche a Cumbres Borrascosas, y oí por primera vez que Catherine ha estado y aún está muy enferma. Supongo que no debo escribirle, y que mi hermano está o harto enojado o harto afligido para contestar las líneas que le mandé. Sin embargo, me es preciso escribir a alguien, y sólo me queda echar mano de ti.

   Di a Edgar que daría un mundo por verle de nuevo, que mi corazón volvió a la granja de Thrushcross a las veinticuatro horas de haberla dejado, y que en ella está en este momento, lleno de ardiente cariño para él y Catherine. Yo no puedo seguirle, aunque (estas palabras están subrayadas) no tienen por qué esperarme, y saquen ellos las conclusiones que gusten; cuidando, empero, de no culpar mi flaca voluntad o deficiente afecto.

El resto de la carta es para ti sola. Quiero hacerte dos preguntas; la primera es: ¿Cómo te las ingeniaste para conservar los afectos propios de la naturaleza humana cuando vivías aquí? Yo no puedo hallar en mí ningún sentimiento en el que participen los que me rodean.

La segunda pregunta me interesa mucho; ahí va: ¿Es señor Heathcliff es un hombre? Si lo es, ¿está loco? Y si no, ¿es un demonio? No te diré las razones que tengo para hacerte estas preguntas; pero ruégote que me expliques, si puedes, con quién me he casado; es decir, me lo explicarás cuando vengas verme…

DearEllen

- Bien, señor –repliqué-, espero pensará usted que la señora Heathcliff está acostumbrada a ser bien cuidada y atendida, y que ha sido educada como una hija única, a la cual todos estamos prontos a servir. Tiene usted que darle una doncella para arreglar sus cosas, y debe usted tratarla amablemente. Cualquiera que sean sus ideas sobre Edgar, no puede usted dudar que ella siente por usted un fuerte cariño, pues de otro modo no hubiera abandonado el lujo y las comodidades y los amigos de su casa para establecerse, contenta, con usted en un paraje tan enmarañado y solitario como éste.

- Los abandonó víctima de una ilusión –contestó él-; imaginándose que yo era un héroe de novela, y esperando ilimitadas complacencias de mi caballeresca devoción. Apenas puedo considerarla como un ser racional, tal es la obstinación que que ha persistido en formarse un fabuloso concepto de mi carácter, y en obrar según las falsas ideas que abrigaba. Pero, al fin, creo que ya empieza a conocerme. Ya no observo aquellas necias sonrisas y muecas que me irritaban al principio; ni la insensata incapacidad de comprender que estaba yo muy serio cuando le manifestaba mi juicio sobre la locura que se había metido en la cabeza y sobre ella misma. Necesitó un prodigioso esfuerzo de perspicacia para descubrir que no la amaba. Llegué a creer alguna vez que ninguna lección sería capaz de enseñárselo. Y, sin embargo, no está del todo aprendido; porque esta mañana me anunció, como una aterradora novedad, que, en efecto, ¡yo había logrado hacer que me aborrezca! ¡Un verdadero trabajo de IsabellaLearnsHerFateHércules, te lo aseguro! Si se lleva a cabo, tendré razón de estarle agradecido. ¿Puedo dar crédito a tu afirmación, Isabella? ¿Estás segura de que me aborreces? Supongo que ella preferiría que ante ti me mostrara yo derretido de ternura. Ofende su vanidad el oír la verdad cruda. Pero nada me importa que todos sepan que el amor estaba solo en un parte; yo nunca le mentí sobre este punto, no puede acusarme de haberle mostrado ni un adarme de falso cariño. La primera cosa que me vio hacer al salir de la granja fue ahorcar a su perrito; y cuando salió en su defensa, mis primeras palabras fueron para expresar mi deseo de ahorcar a todo ser que le pertenezca, con excepción de uno solo. Es posible que tomara la excepción pos su propia cuenta, pero ninguna brutalidad le repugnaba, y supongo que sentía innata admiración por ello, con tal de tener a su preciosa persona segura de todo daño. Ahora bien, ¿no es el colmo de lo absurdo, de la auténtica idiotez en esa despreciable, servil y ruin falderilla, el soñar que yo podría amarla? Di a tu amo, Nelly, que en mi vida he encontrado a una cosa tan abyecta como ella. Hasta llega a deshonrar el mismo nombre de Linton. Alguna vez me aplaqué, por pura falta de inventiva, en mis experimentos, para probar hasta qué punto llegaba su paciencia, y siempre la he visto arrastrarse ignominiosamente con viles halagos; pero dile también, para tranquilizar su corazón de hermano y de magistrado, que no me atengo estrictamente en los términos de la ley. He evitado, hasta ahora, darle el más ligero pretexto para pedir la separación; y aún más, a ella no le agradaría que nadie nos separara. Si quiere irse, que se vaya. ¡Los daños de su presencia pesan más que la satisfacción de atormentarla!

- Señor Heathcliff –dije-, habla usted como un demente. Con toda probabilidad, su mujer está convencida de que está usted loco, y por tal razón le ha soportado a usted todo este tiempo, pero ahora que usted dice que puede marcharse, aprovechará, sin duda, su licencia; ¡no está usted, señora, tan hechizada, ¿verdad?, para quedarse con él de su propio acuerdo!

- Cuidado, Ellen –contestó Isabela, con los ojos chispeando de ira; por su expresión no cabía duda del éxito de su consorte en hacerse aborrecer…

 

c16 p160

… Su frente tersa, sus párpados cerrados, sus labios con un dejo de sonrisa: ni un ángel del cielo podía ser más hermoso. También yo participé de la paz infinita en que reposaba. Nunca mi alma se halló en más santo estado que mientras contemplaba aquella impasible imagen de divino reposo. Instintivamente repetí las palabras que había pronunciado ella pocas horas antes: «¡Incomparablemente por encima de todos vosotros!». ¡Hállese aún en la tierra, o ya en el cielo, su espíritu está con Dios!

Yo no sé si es cosa peculiar en mí, pero raras veces dejo de sentirme feliz cuando velo un muerto, con tal que no comparta conmigo el servicio algún deudo enloquecido o desesperado. Advierto allí un reposo que ni la tierra ni el infierno pueden romper, y siento la seguridad de un futuro infinito y sin sombra –la Eternidad en que han entrado-, en donde la vida no tiene límite en su duración, ni el amor en su simpatía, ni el gozo en su plenitud. Me di cuenta en tal ocasión de cuánto egoísmo hay en un amor como el de Linton, cuando de tal modo lamentaba la bendita liberación de Catherine.

Ciertamente que, después de una vida tan violenta y díscola como la que llevó, había motivo para dudar de si merecía entrar, al fin, en el reino de los cielos. Tales dudas podrían abrigarse en tiempo de fría reflexión: pero no entonces, en presencia de su cadáver, que afirmaba su propia tranquilidad, como promesa de igual quietud para su anterior habitante…

 

C26 p248

Linton no parecía recordar lo que ella decía, y hallaba, evidentemente, gran dificultad en sostener cualquier género de conversación. La falta de interés en los asuntos que ella iniciaba asñi como su incapacidad de contribuir a entretenerla eran tan evidentes, que no podía ella ocultar su decepción. Un vago cambio parecía haberse operado en toda su persona y manera. Su humor caprichoso, que a fuerza de halagos solía transformarse en cariño, había dado paso a una indolente apatía; había en él menos de aquella disciplencia de niño que irrita y molesta para que le acaricien, y más de la ensimismada acrimonia de un enfermo inveterado que rechaza todo consuelo, y está pronto a mirar como un insulto la jovial alegría de los demás...

 

C29 p273

SiluetaAnteLaTumba… Ya sabes tú cómo me hizo delirar su muerte; y eternamente, de un día a otro, no cesaba de rogarle que volviese amó (su espíritu); tengo una gran fe en las almas; ¡tengo la convicción de que pueden existir y que de hecho existen con nosotros! El día que la enterraron cayó una nevada. Al anochecer me fue al cementerio. Soplaba un cierzo helado, como en invierno; todo estaba solitario alrededor. No temía que le necio de su marido saliese tan tarde de su madriguera, y nadie más tenía motivo de andar por allí.

»Viéndome solo y discurriendo que dos varas de tierra floja eran la única valla que nos separaba, dije para mis adentros: “¡La volveré a tener en mis brazo! si está fría, pensaré que el cierzo me hiela a mí; si está inmóvil, que duerme”.

»Tomé una azada de la garita de las herramientas, y empecé a cavar con toda mi fuerza, hasta que raspé el ataúd. Entonces me di a trabajar con las manos; la madera comenzó a crujir por los tornillos; estaba a punto de lograr mi objeto, cuando me pareció oír un suspiro de alguien que estaba encima, y se inclinaba junto al borde de la tumba. “¡Si pudiera tan solo quitar esto!, murmuré; y después, “¡ojalá nos echen tierra sobre los dos!” Y me encarnizaba en ello aún más desesperadamente. Percibí otro suspiro junto a mi oído. Parecióme sentir como un tibio hálito, que desviaba el viento cargado de nieve. Bien me constaba que no había allí ningún ser viviente; peso, así como percibimos la proximidad de algún cuerpo en las tinieblas, aunque no podamos discernirla, tan cierto yo sentí que allí estaba Cathy, no debajo de mí, sonó sobre la tierra. Una súbita sensación de alivio corrió de mi corazón a todos los miembros…

 

C33 p304

- Qué mezquina conclusión, ¿verdad? –observó después de meditar un rato sobre la escena que acababa de presenciar-. ¡Qué absurda terminación para mis violentos esfuerzos! Me proveo de palancas y piquetas para derribar ambas casas, me adiestro para poder ejecutar trabajos hercúleos, y cuando todo está a punto y en mi mano, hallo que se ha disipado la voluntad de levantar siquiera una pizarra en los techos. Mis antiguos enemigos no ma han vencido, ahora sería el momento oportuno para vengarme en sus representantes. Podría hacerlo, y nadie conseguiría impedirlo; pero ¿para qué?  ¡No me interesa pegar, y no puedo tomarme la molesta de alzar la mano! Esto suena como si hubiera estado trabajando todo este tiempo, solo para exhibir un hermoso rasgo de magnanimidad. Lejos está de ser éste el caso. He perdido la faculta de regocijarme de su destrucción, y soy demasiado indolente para destruir nada…

 

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