FRAGMENTOS DE LIBROS.  CANCIONES DE AMOR A QUEMARROPA (2014)   

CancionesDeAmorAQuemarropa

                            Gunshot Lovesongs

 

    Nickolas Butler      (EEUU)  

          Editorial     :    Libros del Asteroire.  

       Traducción :   Marta Alcaraz

 

 

 Fragmentos de libros

 

H (1) 

Nuestro amigo Ronny Taylor era alcohólico. La bebida había llevado su vida por muy malos derroteros. Una vez, borracho, se desplomó sobre el bordillo delante del local que la asociación de veteranos de guerra tiene en Main Street; se dio un buen golpe en la cabeza y se rompió unos cuantos dientes. Esa noche había armado mucho escándalo, se había puesto agresivo, había estado tonteando con novias y esposas ajenas, había derramado su bebida y lo habían pescado dos veces meando en el callejón de detrás del bar, con la polla al viento mientras silbaba Raindrops Keep Fallin’ on My Head. Al sheriff Bartman no le había quedado más remedio que detenerlo por embriaguez pública, aunque lo único que quería Bartman, que no tenía nada en contra de Ronny, era que el muchacho durmiera la mona en algún lugar seguro en vez de saltar esa misma noche al volante de una camioneta y acabar dándose de morros contra un roble a ciento quince kilómetros por hora. Pero el mal ya estaba hecho. Durante toda la noche, y hasta la mañana siguiente, mientras Ronny se hacía un ovillo en la celda por embriaguez pública, su cerebro sufría una hemorragia interna. Cuando el sheriff lo llevó al hospital de Eau Claire para que lo operaran de urgencias ya era demasiado tarde. El mal ya estaba hecho, y nada podría deshacerlo. Ninguno llegó siquiera a decirlo, pero todos nos preguntábamos si con tanto alcohol en la sangre no habría tenido EscudoWisconsinproblemas de coagulación que empeoraran la hemorragia. Ronny nunca volvió a ser el que era; se convirtió en una versión al ralentí de sí mismo. Más alegre, tal vez, aunque también menos atento. Al desconocido que se topara con él por primera vez podría parecerle un pelín lento, aunque también podría encontrarlo completamente normal. Con todo, ese desconocido nunca habría llegado a imaginar al joven que había habitado el cuerpo de Ronny. Las frases no le salían con tanta rapidez como antes, y se repetía con frecuencia. Pero aquello no lo convertía ni en tonto ni en discapacitado, aunque me pregunto si no era así como lo tratábamos de vez en cuando.

 

Ronny pasó varios meses en el hospital desintoxicándose, y a menudo lo ataban a la cama. Nosotros íbamos a verlo, a cogerlo de la mano, y él se aferraba con saña, con venas que parecían a punto de saltársele de las carnes sudorosas. En sus ojos asomaba un miedo que yo solo he visto en los caballos. Le secábamos la frente tratando de mantenerlo bien amarrado a la tierra…

 

 L (1)

El día después de la boda de Kip, aparecieron por el camino de entrada como turistas en un safari, sacando esas cámaras inmensas por las ventanillas de los Jeeps alquilados y mirando boquiabiertos detrás de unas gafas de sol. El primero se acercó a casa antes de que pudiera verlo, antes de que cogiera una escopeta y saliera al porche en calzoncillos. No sabían que estaba descargada, que ya llevaba meses sin cartuchos. Es una preciosidad esta Ithaca, una escopeta de corredera con un trabajadísimo grabado de volutas y un acero de bonitos tonos azulados. Me la compré yo, cuando Shotgun Lovesongs obtuvo su primer disco de platino quise Shotgun-lovesongshacerme un regalo por esas «canciones de amor a quemarropa». Me pareció de lo más adecuado.

- ¡Largo de aquí! -grité haciendo como si cargara un cartucho en la recámara-. ¡Vamos! ¡Largaos antes de que llame a la policía!

Lo cierto es que sabía que la policía tardaría al menos media hora en llegar a mi casa; eso era lo bueno de mi Ithaca. Emprendieron la retirada levantando una lluvia de gravilla y penachos de polvo. Los observé dar cabezazos contra el techo del Jeep mientras desandaban el camino de entrada a toda velocidad rumbo a la carretera. Otros dos intrusos aparecieron por la entrada de casa esa misma mañana, hasta que se me agotó la paciencia y saqué el toro disecado de Ronny a la entrada del camino, donde lo dejé con un letrero de cartón colgado al cuello que rezaba: PROHIBIDO EL PASO. ¡SÍ, TE LO DIGO A TI!

A Chloe el asunto hasta le hacía gracia, esa gracia que le hacen tantas otras cosas de la vida. Nunca se molestaba por nada…

 

  R (1)

Montado en uno de esos toros, en lo único que pensaba era en agarrarme fuerte. Mi vida transcurría en bloques de ocho segundos, y muchas veces hasta más cortos. Lo echo de menos. Últimamente ya no sé qué hacer, y a veces tengo la sensación de que nadie me deja hacer nada. El caso es que no quiero beber porque lo que quiero es emborracharme, pero puede que si me tomara una copa lograra doblar cosas, ¿sabéis? Como el aspecto del mundo, por ejemplo. O incluso el tiempo. Ahora mi vida se pierde a lo lejos como una autopista que no va a ningún sitio. Como una de esas autopistas de las praderas en las que puedes ir a ciento treinta, ciento cincuenta, ciento sesenta, y la única pista de que estás volando es el sonido del motor y la aguja del depósito, que se inclina hacia abajo cada vez más deprisa. Sin referencias con las que medirse ni medir tu propia velocidad. Ni árboles ni edificios; con suerte te toca una ristra de postes de teléfono, pero casi siempre, nada…

… Creo que es porque ya no saben qué decirme, porque les doy pena o porque creen que estoy triste. ¿Y sabéis qué? Que casi nunca lo estoy. No estoy triste. Lo que pasa es que me muero del aburrimiento. Estoy tan aburrido que viendo un documental sobre Los caballos salvajes de Colorado solo se me ocurre una cosa: si yo fuera un caballo salvaje, echaría a correr y ya no pararía nunca.

   Tengo tantas ganas de largarme de aquí que ya ni sé adónde quiero ir. A San Dondesea, supongo. Sé que piensan que no puedo cuidar de mí mismo, pero vaya si puedo. No soy un tío listísimo -eso ya lo sé-, pero tampoco soy tonto. Y tal como están las cosas, esto es como vivir en una jaula. Aquí nadie recuerda, me parece a mí, que he montado tantos toros y tantos caballos que he perdido la cuenta, que he peleado en casi todos los bares que quedan entre el pueblo, Boise Baton  Rouge, que antes del accidente, cuando entraba en un bar, en cualquier bar, y me acercaba a una chica, las probabilidades de que terminara siendo mi amiga de una sola noche eran altísimas. Aquello era pan comido.

Soy un hombre. Soy una puta persona. Y la impaciencia me mata. He tratado de escapar. Lo intento unas tres veces al año, casi siempre en verano. Me levanto lo más temprano que puedo, hago el equipaje, compro comida en la gasolinera y luego echo a andar hacia el oeste. Podría robar un coche, supongo, pero eso no quiero hacerlo. No soy ningún delincuente. Desaparecer es lo único que quiero. O lo que quería antes de conocer a Lucy, al menos.

Fabrica LittleWing

 

Esto tiene una especie de gravedad rarísima. Ya sé que la palabra es muy rara, muy pomposa, pero he estado pensándolo mucho. Algún tipo de fuerza tiene que tener el pueblo, si no Lee no habría vuelto. Pero ha vuelto. Y Kip Felicia. Por no hablar de la gente que no se ha ido nunca, eso para empezar, gente como Henry Beth Eddy y los gemelos Giroux. Hasta yo, con el rodeo, he viajado más lejos que esos dos. ¿Y sabéis qué?, parecerá raro, pero las mañanas en las que salía del pueblo tratando de escapar era cuando más la notaba. Esa fuerza. 

Andando por el arcén de grava de la carretera secundaria Y o de la X, por la vieja autopista 93 o por Missell Road, disfrutando del camino: los tordos alirrojos y los ciervos asustados y la niebla matutina, y en esas mañanas, en vez de con mis botas de vaquero andaba con deportivas, y me gustaba, ir con zapatos era como tener unas nubes bajo los pies que me llevaban.

Una vez, hará cosa de un par de años, conseguí llegar a unos treinta kilómetros del pueblo. Sabía que estaba acercándome al Misisipí porque el terreno iba cambiando, se llenaba de colinas, de quebradas de arenisca y de bosques fríos y cerrados, eso ya no me gustaba tanto, y los pueblos iban espaciándose cada vez más, y supongo que sería la hora de cenar. ¿Y a que no sabéis quién me adelanta? Eddy Moffitt, que iba de vuelta a Little Wing. Lo oí pegar un frenazo con el Ford Taurus y dar media vuelta, lo tenía detrás de mí, y yo al principio seguí andando pero luego me paré y me senté en la grava a escuchar los insectos de los árboles y el ruido del motor hasta que Eddy lo apagó, se bajó y se me acercó. Iba como siempre va en verano: con camisa de manga corta, corbata y pantalones de soldado.

- ¿Te has perdido, Ronny? -me dijo rascándose la cabeza.

- No -dije yo, y escupí.

- ¿Y qué haces por aquí?

- No sé -le dije-. Eché a andar.

Se dio unas palmaditas en la tripa.

- Mmm… Oye, ¿y si te invito a un café y a cenar algo? Me muero de hambre, y seguro que tú también.

Creo que sabía qué me traía entre manos. Eddy es así. Muy perspicaz y sensible; bueno, no siempre, pero sí más que la mayoría de la gente. Yo ya sabía que no iba a dejarme en paz, así que sin decir palabra me sacudí el polvo del fondillo de los pantalones, cogí mi bolsa y me monté en su coche. Tenía ganas de ponerme a dar puñetazos -a Eddy no-, pero… joder, cuánto me habría gustado darle a la ventana o a un faro o a cualquier cosa...

 

 B (1)

WelcomeToWisconsin … Esos hombres, esos hombres que se conocían de toda la vida. Esos hombres que habían nacido en el mismo hospital y a quienes había traído al mundo el mismo ginecólogo. Esos hombres que habían crecido juntos, que comían la misma comida, que cantaban en los mismos coros, que habían salido con las mismas chicas y que respiraban el mismo aire. Se relacionan con un idioma propio y exhiben sus propias señales invisibles, como los animales salvajes. Y a veces les basta con estar juntos andando por el bosque o viendo la tele o asando unos filetes en la parrilla. Esto yo lo he visto: días enteros partiendo troncos sin cruzar más que una docena de palabras. De no ser por esa sonrisa que tenían grabada en la cara, cualquiera diría que ya estaban hartos los unos de los otros o que se guardaban un odio atroz. Miré por la ventana hacia la nave de madera. Veía las pisadas de Henry en la nieve, las manchas marrones que, de vuelta a casa, había dejado el café que se había derramado de la taza. Lo imaginé fuera…

Lee acababa de romper con su banda, unos tíos que no eran de Little Wing, sino de Thorp, un pueblo cercano. Estaban muy unidos, hasta habían ido de gira por Alemania, Francia e Inglaterra. Ya casi estaban a punto de lograrlo, andaban calibrando un sonido propio, algo nuevo que al principio ni me gustó ni fui capaz de apreciar. No sonaba como la música de Lee o, al menos, como nada que yo reconociera como su música. Era fría, solitaria y disonante. La mejor descripción que se me ocurre es que recordaba al modo en que el sonido viaja en invierno, cuando todo queda frío y mudo. A ese silencio que oyes al principio: resulta imposible imaginar que nada pueda vivir o moverse por allí. Y luego, después de aguzar el oído, después de esperar, empiezas a oír a los cuervos en las copas de los árboles y el ruido casi imperceptible de su vuelo, de sus alas en el aire cristalino. Y más: una sierra eléctrica lejana, un coche parado con el motor en marcha, el hielo cada vez más grueso, el agua del arroyo que borbotea al pasar cerca de ese hielo, el goteo de los carámbanos, el canto de los pájaros. Ve apilando todos esos ruidos imperceptibles bajo el tristísimo falsete de Lee, y ya tienes un himno para nuestro rincón en el mundo…

…  En el instituto, el profesor de arte se llamaba Roger Killebrew. Cómo había terminado en Little Wing, eso nadie lo sabía, pero llevaba toda la vida en el pueblo; de hecho, hasta había tenido a mi madre de alumna. Era un hombre muy atildado, y tenía el pelo de un castaño oscuro que se veía a la legua que estaba teñido. Llevaba trajes de tweed hechos a medida, zapatos de cuero muy elegantes y una colonia que no habría podido comprar en la farmacia del pueblo o en el bazar.

 

A decir verdad, me acuerdo del señor Killebrew muy a menudo, y casi siempre cuando estoy en una ciudad. Así que no me llevé una sorpresa cuando, mientras Henry recorría las calles de Nueva York en busca de un café, me descubrí pensando en nuestro profesor de pintura del instituto. Estábamos estudiando a los pintores abstractos americanos; Killebrew había preparado unas diapositivas, y algunos de los chicos de la clase se burlaban de los Rothkos y de los Pollocks.

Pollock Pic      Rothko Pic

 

  



 

 

 

 

-¡Chicos! -bramó Killebrew-. ¿Tenéis algún comentario especialmente brillante que aportar a la conversación?

 

No recuerdo bien de qué hablábamos, pero Henry, un Henry de diecisiete años, dijo algo así como que «El único lugar con gente tan tonta como para gastarse un montón de dinero en esa porquería es la gran ciudad». Otros chicos de la clase hablaban entre susurros, como siempre, de la ropa de Killebrew, de sus gestos, de su juego de muñecas, de su voz aguda, de su colonia, de su párpado caído, de su ostensible estatus de soltero de pueblo.

Pero de quien sí que me acuerdo es de Ronny, que de repente anunció: «Pintar es de gays». La clase entera estalló en carcajadas, y los chicos empezaron a chocar las palmas con Ronny como si acabara de anotarse un tanto y de plantar el balón ovalado en el suelo, desafiante.

 

El señor Killebrew apagó el proyector, rodeó el aula para encender las luces y después volvió al frente de la clase, donde se apoyó contra la pizarra mirándonos sin decir palabra, con las manos a su espalda, en la repisa de las tizas. Esperó a que calláramos. Tal vez un minuto, tal vez cinco, no lo sé. Pero recuerdo cuánto me gustó el señor Killebrew entonces, porque no era como ninguno de los hombres a los que conocía. Todos los años organizaba una visita cultural a Chicago. Allí él tenía amigos, algunos trabajaban en hoteles y otros tenían restaurantes o cafés. Y durante un fin de semana disfrutábamos de lo mejor de la ciudad: dormíamos en un hotel elegante, hacíamos todas las comidas en un restaurante distinto y pasábamos dos días explorando el Instituto de Arte y posando ante sus inmensos leones verdes. Nuestro mundo era, en buena parte, plano, pero Roger Killebrew se encargó de que nuestro horizonte se extendiera hasta Chicago, por lo menos.

 

Cuando la clase estuvo por fin en silencio, Killebrew dijo: -En primer lugar, quiero que veáis la ciudad como una colección de gente. No es difícil, ¿verdad? Cuando penséis en Minneapolis o Chicago o Milwaukee, pensad en cientos de miles de personas. En millones de personas. Eso es lo primero que se os debe ocurrir. Puede que vosotros también penséis en los rascacielos, no lo sé. Pero yo pienso en la gente. A continuación deberíais pensar en ideas. Considerad a cada uno de esos millones de personas como un conjunto de ideas. Algo así como «Esa mujer es bailarina y piensa en el ballet» o «Ese hombre es arquitecto y piensa en edificios». Cuando empiezas a verla así, la ciudad es el mejor lugar del mundo. Millones de personas juntas, intercambiando ideas, todo el rato, a todas horas.

 

- Pero nosotros no vivimos en una ciudad -dijo Cameron Giroux-. Nosotros vivimos aquí.

- Y es un buen lugar -dijo Killebrew-. A mí me encanta el pueblo. Pero no os deis tanta prisa en menospreciar las ciudades. En las ciudades vive buena gente. Y no son todos pintores y escultores. Pensad en vuestros jugadores de fútbol y de béisbol favoritos. ¿Creéis que sin las ciudades esos deportistas tendrían trabajo? ¿Creéis que habría estadios o hinchas?

- No lo entiendo -dijo Ronny-. Pensaba que estábamos hablando de los cuadros. Killebrew se había acercado al pupitre de Ronny. A pesar de lo obtuso que era, le caía bien.

- Y no te equivocas -dijo Killebrew.

 DeerWisconsin

L (2)

… Los bosques se abrían al prado, donde, con las primeras luces del día, vi manchas de marrón amarillento entre las hierbas de verano y las zarzas. Y entonces, ajá: ciervos, una docena al menos, con las orejas súbitamente levantadas, atentos, llamando a la prudencia con la cola blanca. ¿Qué debían de pensar mientras observaban la llegada de esa inmensa furgoneta cuadrada que tan poco familiar les resultaría? ¿Me reconocían? Observé su piel y sus músculos temblar y tensarse, atemorizados y nerviosos. Agité la mano para saludarlos, los saludé como un tonto, los saludé como si supiera que estaba solo, gritando desde la ventana: «¡Eh, ciervos! ¡Ya he vuelto! ¡Lee ha vuelto!». Y con eso conseguí que echaran a correr en todas direcciones.

«Tendré que poner un bloque de sal ahí fuera -pensé-. Voy a necesitar compañía.»…

… Me sentía avergonzado. Avergonzado de estar divorciándome sin haber cumplido los treinta. Henry y Beth dan la impresión de llevar toda la vida juntos. Nunca los he visto pelearse. Ni siquiera discuten. Con esa casa fantástica y esos niños fantásticos. Siempre al aire libre, todos, jugando o haciendo algo. Si paso en coche por la granja, sé que los encontraré en el jardín delantero, sentados a la mesa de picnic, cenando, pasándose platos de no sé qué, siempre tan naturales. O veré a Henry en los campos o en la nave de madera o en la sala de ordeño o al lado de los animales: asistiendo al parto de alguna vaca o poniendo alguna inyección, o limpiándoles las ubres con las manos: embadurnando de yodo color óxido esa piel rosada clara. Los Brown llevan una vida muy tranquila. Hace años que le tengo envidia a Henry: casado con una mujer preciosa y haciendo exactamente lo que quiere hacer. Al aire libre, bajo el sol, conectado con todo. Si me dejara, invertiría en su explotación. Metería todo lo que tengo en su granja. Dejaría la música para que él me enseñara y convertiría mi casa en una pequeña granja ecológica. Carrots ZanahoriasCultivaría zanahorias. Hectáreas de zanahorias. Las arrancaría de la tierra, grandes y de color naranja y dulces como caramelos. Sacaría una manguera gigante al campo y limpiaría bien mis largas y dulcísimas zanahorias ecológicas y cada día me comería dos docenas.

Pero en ese preciso instante, al teléfono con Beth y sin haberme repuesto del colocón de esa única cerveza y del viaje en coche hacia el oeste, mi vida entera me parecía vuelta patas arriba y francamente deprimente. No había logrado durar un año casado. No había logrado que me quisiera. Y para empeorar las cosas, había abandonado mi pueblo y a mis mejores amigos para hacer de pez gordo en Nueva York….

...

… Mis padres se divorciaron cuando me gradué del instituto. Fue una separación tranquila, supongo. Por lo que yo sé, no hubo ni infidelidades ni drogas ni problemas con el juego o con la bebida. Ninguna de las razones normales. Mis padres no me parecen personas especialmente interesantes, pero desde mi nacimiento, por lo visto, se habían ido distanciando. Una vez, cuando mi padre estaba en el garaje hablando con mi tío Jerry por el teléfono inalámbrico, le oí decir: «Ya no tenemos nada que decirnos. No nos gustan las mismas cosas. Ya no le veo el sentido. Nadie está contento». Así que mientras yo tenía bolos en bingos y bares de carretera del Medio Oeste, mientras recorría en coche las costas del país con mis bandas o salía de gira por Europa, mis padres vendieron la casa en la que había crecido y cada uno tiró por su lado: papá encontró trabajo de jefe de almacén en Arizona, y mamá volvió a su pueblo en el norte de Minnesota, en la frontera con Canadá, a trabajar de secretaria y coordinadora de la escuela dominical en la iglesia en la que se había casado. 

- Tampoco necesito mucho más -me explicó ella-. Me he comprado una casita con muchísimo terreno para el jardín. Estará bien poder ver caras conocidas.

La imaginé lamiendo los sobres de los envíos de iglesia y reponiendo las existencias de cartulina de colores.

Y papá:

-Yo quería vivir una temporada en un sitio donde hiciera más calor. Ya estaba harto de tanta palada de nieve. Algún sitio en el que hiciera calor. Me he comprado un apartamento en un complejo residencial. Cruzando la calle tengo una cantina donde ceno todas las noches. Bebo Coronas y como tacos, claro que estos son más buenos que los que hacía tu madre, con esa tortilla tan dura. Tendrías que bajar por aquí. Mexicanas guapas. Nos sentaremos en la piscina a beber cerveza juntos. Conduciremos por el desierto mirando los cactus.

Y me dejaron sin un hogar. A pesar de la de vueltas que había dado, Little Wing era el único lugar que conocía de verdad…

… Mi música se parecía mucho a ese gallinero: un lugar frío sediento de calor. Las canciones arrancaban muy despacio; luego llegaba el deshielo y comenzaba a fluir. Si a media pista, en plena grabación, la estufa dejaba escapar un ruido, allí se quedaba. Si de las dos Dakotas, o de Alberta, o de la provincia de Saskatchewan, llegaba el viento aullando y hacía repiquetear los cristales flojos de las ventanas, daba igual. Aquello me recordaba a las antiguas grabaciones de jazz, las de John ColtraneInVillageVanguardColtrane pidiendo un cigarrillo y Miles Davis murmurándole al productor, o a los temas grabados en directo en el Village Vanguard: vasos que tintineaban, cubitos de hielo que crepitaban, el ruido seco de zapatos de tacón que bajaban al sótano desde Greenwich. Los músicos a los que conozco cuando estoy de gira, sobre todo los más jóvenes, los que son más jóvenes que yo, siempre me preguntan: «¿Qué hay que hacer para llegar donde tú has llegado? Ese paso, ¿cómo hay que darlo?». Y yo nunca sé qué contestar. Lo que casi siempre les digo, supongo, es que nunca tienen que dejar de intentarlo. Que no se rindan. Pero si estuviera borracho, si de verdad les hablara de corazón, lo que les diría sería esto:

«Cantad como si no tuvierais público, como si no supierais qué es un crítico; cantad sobre vuestro pueblo, cantad sobre el baile de graduación, cantad sobre los ciervos, sobre las estaciones, sobre vuestra madre, sobre las motosierras, sobre el deshielo, sobre los ríos, sobre los bosques y sobre las praderas. Pero hagáis lo que hagáis, empezad a cantar por la mañana bien temprano, aunque solo sea para entrar en calor. Y si el sitio en el que vivís es un lugar precioso donde hace calor… »Mudaos a Wisconsin. Compraos una estufa de leña y pasad una semana entera partiendo troncos. A mí me funcionó».

Bajé el caminito de grava de Bea con el sobre, cada paso más difícil que el anterior, con el buzón y la carretera convertidos en un terrible agujero negro que succionaba la carta para llevarla al mundo, a Beth….

... Lo de «dar el sí a quemarropa» viene de esas antiguas bodas en las que el novio, siempre en la mira de la escopeta del futuro suegro, no tenía escapatoria. Esto ha llegado a pasar de verdad: que una chica se queda embarazada, que a otra la desvirgan, que alguien se declara en bancarrota, que estalla una guerra… La boda se celebra pase lo que pase, y se celebra rápido. Sin hacer planes. Derechos a los juzgados, probablemente, y la recepción, sin gota de alcohol, en el sótano de la parroquia de la novia. Ni luna de miel ni latas arrastrándose detrás de una limusina.


De allí saqué la idea del disco, de esas «canciones de amor a quemarropa». Tenía la impresión de estar, yo mismo, apuntándome a la espalda: me sentía presionado, presionadísimo a hacerlo, a terminar, a demostrarle a Little Wing, a Beth, a Kip, a Ronny, a Henry, que no era un fracasado. Que podía hacerlo, que podía crear algo interesante, bello y distinto, y que podía hacerlo deprisa y de cualquier manera en un viejo gallinero, con mi ordenador de mierda y una estufa para no terminar muerto por congelación.

El disco, ese disco en cuya producción no gasté más que seiscientos dólares, vendió un millón seiscientas mil copias. Cada semana vende más que la anterior. Y las canciones de amor. Las escribí todas para Beth.

 
Wisconsin MapaTormenta

 R (2)

Vimos en el radar meteorológico de la tele que la tormenta de nieve se acercaba despacio como una especie de invasión alienígena: era una mancha blanca gigante que se extendía desde Oklahoma hasta Ontario, pero el grueso se dirigía directamente hacia nosotros, a Wisconsin. En la tele sacaban imágenes de lo que quedaba al paso de la ventisca: calles enterradas en Iowa City, Iowa, y líneas telefónicas enteras que se habían venido abajo en Lincoln, Nebraska; el puto ganado muerto por los suelos, congelado, en Pierre, Dakota del Sur; y un choque en cadena de cuarenta coches en las afueras de San Luis, Misuri. La mujer del tiempo llevaba una blusa de un color amarillo chillón y decía que la tormenta iba a azotarnos de lleno el sábado 5 de enero: justo el día de mi boda con la señorita Lucinda Barnes.

La tarde del viernes antes de la boda, Lee me llevó en coche a Eau Claire, a una tienda de ropa de hombre en un pequeño centro comercial al aire libre que queda pasado Hastings Way, cerca de la tienda de artículos militares y de un restaurante chino en forma de pagoda roja que está cerrado…

…  Y en alguna parte de la barra, alguien -probablemente alguno de mis colegas del rodeo, unos insensatos- me puso en la mano un chupito de tequila y yo me lo eché al coleto como si fuera jarabe para la tos antes de darme cuenta siquiera de lo que había hecho.

Creo que los demás tampoco se dieron cuenta. Ya estaban todos medio borrachos y pasándolo en grande, claro. A Lucy la habían secuestrado unas cuantas mujeres en otra parte de la barra y le estaban tocando la tripa. Henry y Beth estaban sentados en una mesa con sus hijos en el regazo. Lee estaba jugando al shuffleboard con Eddy, los dos con los brazos llenos del serrín de la mesa. Así que cuando llegó el siguiente chupito, y el siguiente, no había nadie allí para arrancármelos de un manotazo. Y así acabaron, gaznate abajo.

Antes de que terminara la noche, creo que cayeron tres o cuatro más. Cinco, tal vez. Más alcohol del que había probado en casi una década y, aun así, menos del que cabe en una taza. Y después de ese cuarto o quinto chupito ya no me acuerdo de nada salvo de tener la conciencia de que ya no estaba en el bar y de que hacía un frío del carajo y yo estaba completamente perdido. No me acuerdo de cuándo se fue Lucy, no recuerdo haberle dicho adiós ni haberla besado. No me acuerdo de Lee insistiendo en acompañarme a casa ni de Henry y Beth ofreciéndose a llevarme en coche. No me acuerdo de si Eddy me ofreció un trabajo o no; de si Kip dijo que le iría bien que le echara una mano en la fábrica. Lo cierto es que perdí el conocimiento. Yo mismo apagué el interruptor. Buenas noches.

SnowStormCuando volví en mí debía de haberme alejado del bar, porque no veía los neones. Ni siquiera distinguía las luces que normalmente alumbran Main Street. Todo estaba en silencio, blanco y frío. No brillaban ni los faros de un coche. No se oía el grito de las motos de nieve más trasnochadoras ni el ligero rugido sordo de las quitanieves despejando las calles. Nada. Solo nieve. Copos enormes y pesados. Hacía un poco de viento y la nieve me escocía en la piel. No hace falta ser muy inteligente, un lumbreras, como decía mi padre, para saber cuándo estás perdido, y eso es lo que yo supe: que estaba perdido. Y borracho. Además me mareé. Tanto ir y venir no tenía ningún sentido, y me asusté. Aunque creo que mientras caminaba también me reí, porque recuerdo haber pensado: «¿Cómo diablos te has podido perder en Little Wing?». Sé que no llevaba las manos en los bolsillos, porque iba sin guantes y se me quedaron ateridas. Seguí avanzando en línea recta, esperando toparme con algo: una pared, un coche, aunque fuera una lápida, mierda, al menos eso habría querido decir que estaba al norte del pueblo. Pero no. No toqué nada. Así que continué caminando. Seguí avanzando diciendo el nombre de Lucy, lo pronunciaba a cada paso que daba, como si fuera una manera de contar las pisadas. Y pensaba: «Esto es absurdo. Mañana vas a ser un novio, un marido, un futuro padre. Te vas a ir a Chicago. Y después... tendrás que montar una cuna. Y pintar paredes...».

No dejaba de pensar en encontrar un coche, un edificio, una ventana que reventar o una puerta que echar abajo, una manera cualquiera de refugiarme en algún sitio, de escapar de toda esa nieve. Se amontonaba en mis hombros, se me colaba por la camisa, se me derretía en el pecho. ¿Y dónde diablos estaba todo el mundo? ¿Dónde estaba Lee? ¿Dónde estaba Henry? ¿Y Eddy? ¿Y Kip? ¿Dónde estaban mis amigos? Creo que la cogorza se me estaba pasando, porque sentí más frío.

Centímetros, pasos, metros... Parecían kilómetros. Largos y helados kilómetros. Me dolían los muslos del frío que me atravesaba los vaqueros. Tenía las rótulas como cubitos. Entonces me puse a cantar una canción, una de las primeras canciones de Lee que todavía me sabía de memoria, pensando que tal vez alguien me oiría, oiría mi espantosa voz y vendría a buscarme. Eso también me ayudó a mantener el calor un poco más, me sentía como el niño que está en un campamento de verano y camina bajo la lluvia cantando alguna de esas canciones que se entonan con los amigos solo para no pensar demasiado en lo empapado y lleno de barro que estás. Trataba de andar todo el rato con las manos estiradas, buscando a tientas algo que palpar, pero en ningún momento, ni una sola vez, me topé con nada, y justo antes de perder del todo la sensibilidad, me las metía en los bolsillos del pantalón y seguía avanzando. «Tal vez deberías sentarte -pensé-, quedarte en un sitio fijo y pedir ayuda.» Así que me rendí; la nieve era tan gruesa y blanda que parecía una cama. De todas formas, era mejor que estar de pie sobre mis viejas botas de vaquero, mejor que batallar contra una maldita ventisca de Wisconsin.

«Sobre todo no te duermas. Puedes descansar un poco la vista y relajar las piernas, pero no te duermas. Sigue cantando. Todo el mundo reconocerá esta canción. Tú sigue cantando. Te mantendrá caliente. Canta alto. No tengas miedo de cantar bien alto. Sigue cantando, te mantendrá despierto.»

Eso es todo lo que recuerdo. Que tenía mucho frío, muchísimo, y me preguntaba dónde demonios estaba todo el mundo.

 HuevosEncurtidos

H (2)

 Un tarro gigante de huevos encurtidos. Decenas de huevos, cientos, tal vez, suspendidos en ese líquido amniótico turbio y verdoso, como si ahí, en ese recipiente, un enorme reptil hubiera puesto una nidada para que eclosionara algún día que bien podía no llegar nunca. Medía tres palmos por uno y medio de base, se hallaba detrás de la barra, frente a una pared donde un amplio espejo reflejaba la escena del local, largo y angosto. Afuera, los cálidos neones parpadeaban atrayendo a luciérnagas, mosquitos y palomillas. Dentro, el jukebox, en su rincón, desprendía una luz lechosa, y los dos rectángulos de fieltro de las mesas de billar teñían de verde sus respectivos conos de luz. Los jugadores los rodeaban con resolución calculando los tiros con tacos largos, dedos rechonchos y palillo en la boca. En la barra, unos viejos agitaban los cubiletes de cuero de los dados, otros jugaban a las cartas, al cribagge, y cantaban: «Quince dos, quince cuatro, quince seis, par de ochos». Afuera, en la calle, los fumadores, esos exiliados de nuevo cuño, conversaban y gesticulaban envueltos en la espesa niebla primaveral, besando los filtros amarillentos y exhalando a la noche un humo azul grisáceo.

Era un lunes por la noche, la puerta a Main Street se abrió de golpe. Lee y yo estábamos en la barra, mirándonos el uno al otro por el espejo, detrás de las botellas de licor. Nos bebimos las cervezas deprisa; ya no sabíamos cómo hablarnos, no sabíamos a quién le tocaba cada vez. Durante el día había llovido a base de bien, y del poco tráfico que circulaba por Main Street llegaba un agradable ruido primaveral, el de los neumáticos mojados al pasar: shhhhhh... Como yo ya había sembrado, me alegraba de que hubiera llovido.

Comíamos cacahuetes y las cáscaras se iban amontonando debajo de los taburetes. Estábamos taciturnos y apesadumbrados. Los dos queríamos, muy en el fondo, volver a ser amigos, pero no sabíamos si eso sería posible, si lograríamos olvidar y deshacer. Creo que no me equivoco si digo que ambos sentíamos, aun sin decírnoslo, que tras treinta y tantos años por fin habíamos dejado atrás la infancia; que las amistades sencillas e inquebrantables de la juventud se desmoronaban. Llevábamos media hora juntos y no habíamos intercambiado más que cuatro frases. Ni siquiera habíamos hablado del tiempo. Tomábamos un trago tras otro con ansia. Bebíamos para emborracharnos, para soltarnos.

ShotgunBoock- Voy a robar ese tarro -anunció Leland.

Lo miré con curiosidad.

-¿Ah, sí? -dije llevándome un cacahuete a la boca-. ¿Y me sabrías decir cuántos huevos hay? Me quité unas cáscaras de cacahuete que se me habían quedado enredadas en los pelos del brazo y miré el tarro…

… -Me da igual -dijo Lee-. Pero te lo digo en serio: esta noche voy a robar ese tarro.

- Ahí tiene que haber por lo menos mil huevos, fijo. ¿Estás seguro de que podrás cargarlo? Últimamente estás un poco flacucho.

Los huevos flotaban en ese líquido que era como un estanque salobre.

Él señaló el tarro con un dedo.

- Y tú me ayudarás a robarlo.

Lo que quería decir con eso era: «Esto vamos a hacerlo juntos»…

 

 

H (3)

 Lee asintió en silencio y después, arrastrando los pies, se acercó a la puerta del sótano y bajó las escaleras a saltitos. Lo oía desde arriba agitar latas de café llenas de clavos o tornillos viejos, tarros de cristal surtidos de herramientas, hasta que al cabo de unos minutos subió las escaleras por sí solo, entró en la cocina y metió unas pinzas en la olla. Volvió a mirar por la ventana, al arroyo donde tiempo atrás, cuando todo era normal y estupendo, nos habíamos sentado a charlar. Después volvió la vista hacia mí, hacia el fogón donde el agua empezaba a borbotear en el fondo de la olla. El beicon se estaba poniendo negro y humeaba. Los huevos estaban al borde de la catástrofe. Nos miramos el uno al otro sin saber muy bien qué hacer.

Salí de la casa y lo esperé con las pinzas todavía calientes en las manos. Esperaba que Beth hubiera empezado a ordeñar a la vacada o que hubiera pedido ayuda a los vecinos. Ni me acordaba de la última mañana que había desatendido el ordeño, aunque sospechaba que había sido durante el fin de semana en Nueva York de la boda de Lee.

bullet-holeÉl todavía estaba dentro, preparándose: se había tomado otras dos pastillas de vicodina y varios chupitos de whisky. Yo lo veía caminar de un lado a otro por la ventana, y de repente me acordé de una historia ejemplar de juventud: la historia de un granjero de la zona que había perdido los dos brazos por culpa de una cosechadora voraz. El hombre, un amigo de mi padre, había regresado tranquilamente a su casa, se había metido en la bañera y después había marcado el número de emergencias con un boli apretado entre los dientes. Se quedó metido en el agua fría hasta que los de la ambulancia lo encontraron, tiritando y sangrando copiosamente, pero vivo. Escupió el bolígrafo y, hablando entre dientes, les dijo a los paramédicos: «Los he dejado al lado del tractor». Se refería a los brazos. Después se los volvieron a injertar y el hombre continuó trabajando en el campo. A mi padre le gustaba contar esta historia, y siempre la terminaba diciendo: «¿Qué te parece? No hay más que hablar, ¿no crees?».

Cuando Lee salió por fin, solo llevaba unos calzoncillos blancos. En la mano tenía un rodillo de los que sirven para sujetar los rollos de papel de cocina, y avanzaba torpemente, con una determinación que daba miedo. Se recostó en el suelo y me hizo una seña para que me acercara y lo inmovilizara con la rodilla. Luego cerró los ojos con fuerza, hizo un gesto señalando las pinzas que yo sostenía, mordió el rodillo y yo hice lo que me pidió.

Y de pronto lo tenía debajo, resistiéndose, rodando por el suelo con la ropa interior embarrada, los dientes clavados en el rodillo y las piernas cubiertas de sangre. Y yo que hacía fuerza con la rodilla para clavarlo a la tierra, a la gravilla y las briznas de hierba sueltas, con esas pinzas de punta fina semihundidas en el boquete de su pierna, y en alguna parte, bien adentro, bajo todos esos tejidos, la bala que le habían disparado hacía casi un día. Teníamos el cuerpo sudado y lleno de pegotes de tierra seca, sangre en las manos, lágrimas en los ojos tristes y salvajes, y el corazón todavía dolorido, aunque tal vez ya empezara a sanar...

Vaya susto les dimos a los saltamontes, a las mariposas y a las abejas mientras rodábamos entre las ortigas y las finísimas espinas de las matas de frambuesa, y entre el rodillo y sus incipientes astillas, y entre los fragmentos de metralla de nuestras vidas destrozadas, enseñando los dientes entre oleadas de infinito dolor, dejando atrás ese tratamiento a base de whisky y vicodina.

-¡Joder, joder, lo siento tanto, tío! ¡Lo siento tanto, joder!

Y yo que rechinaba los dientes con músculos que eran un conjunto de circuitos inconexos de cables rojos y cables azules, con ojos inquisitivos, con el cuerpo temblando casi hasta desmoronarme, como si estuviera asistiendo al parto de un ternero, pero peor, mucho peor, y que decía:

-¡Aguanta, colega! ¡No te muevas! Aquí noto algo. ¡No te muevas!

Los gatos ratoneros en el porche que rodea la casa de Lee miraban atentos, ojos negros de furtivos mapaches, una mofeta aterrorizada huyendo despavorida… Y en ese azulísimo cielo americano de primera hora de la tarde, los aviones volaban desprevenidos sobre nosotros dejando tras ellos una estela blanca, y sus pasajeros hojeaban revistas del corazón o jugueteaban con teléfonos carísimos mientras la tripulación, en los cielos, empujaba los carritos de las bebidas pasillo arriba y un solitario buitre americano cabecirrojo describía círculos sobre nuestras cabezas supervisando la carnicería.

- Resiste, colega. Aguanta un poco más. Respira hondo, hazlo por mí, ahora. Aguanta...

 

 

VOLVER A Fragmentos de Libros por:     Volver por Títulos              Volver a fragmentos de libros por autores