FRAGMENTOS DE LIBROS.  CAMPOS DE CASTILLA  (1912 - 1917)                  

CamposDeCastilla

     

 

     Antonio Machado      (España) 

       

      

 

 

 Fragmentos de libros

 

                                                     A orillas del Duero

 SanSaturio

 

           Mediaba el mes de julio. Era un hermoso día.

 Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía,

 buscando los recodos de sombra, lentamente.

 A trechos me paraba para enjugar mi frente

 y dar algún respiro al pecho jadeante;

 o bien, ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante

 y hacia la mano diestra vencido y apoyado

 en un bastón, a guisa de pastoril cayado,

trepaba por los cerros que habitan las rapaces

 aves de altura, hollando las hierbas montaraces

de fuerte olor - romero, tomillo, salvia, espliego-.

Sobre los agrios campos caía un sol de fuego. 

 

       Un buitre de anchas alas con majestuoso vuelo

 cruzaba solitario el puro azul del cielo.

 Yo divisaba, lejos, un monte alto y agudo,

 y una redonda loma cual recamado escudo,

 y cárdenos alcores sobre la parda tierra

- harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra-,

las serrezuelas calvas por donde tuerce el Duero

para formar la curva ballesta de un arquero

en torno a Soria. -Soria es una barbacana,

hacia Aragón, que tiene la torre castellana-.

Veía el horizonte cerrado por colinas obscuras,

coronadas de robles y de encinas;

desnudos peñascales, algún humilde prado

donde el merino pace y el toro, arrodillado

sobre la hierba, rumia; las márgenes del río

lucir sus verdes álamos al claro sol de estío,

y, silenciosamente, lejanos pasajeros,

¡tan diminutos! -carros, jinetes y arrieros-

cruzar el largo puente, y bajo las arcadas

de piedra ensombrecerse las aguas plateadas

del Duero

                  El Duero cruza el corazón de roble

de Iberia y de Castilla.

                  ¡Oh, tierra triste y noble,

la de los altos llanos y yermos y roquedas,

de campos sin arados, regatos ni arboledas;

decrépitas ciudades, caminos sin mesones,

y atónitos palurdos, sin danzas ni canciones

  que aún van, abandonando el mortecino lugar,

con tus largos ríos, Castilla, hacia la mar.

 

    Castilla miserable, ayer dominadora,

envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora.

¿Espera, duerme o sueña? ¿La sangre derramada

recurda, cuando tuvo la fiebre de la espada?

Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira;

cambian la mar y el monte y el ojo que los mira.

¿Pasó? Sobre sus campos aún el fantasma yerra

de un pueblo que ponía a Dios sobre la guerra.

 

      La madre en otro tiempo fecunda en capitanes

madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes.

Castilla no es aquella tan generosa un día,

cuando Myo Cid Rodrigo el de Vivar volvía,

ufano de su nueva fortuna y su opulencia,

a regalar a Alfonso los huertos de Valencia;

o que, tras la aventura que acreditó sus bríos,

pedía la conquista de los inmensos ríos

indianos a la corte, la mdre de soldados,

guerreros y adalides que han de tornar cargados

de plata y oro, a España, en regios galeones,

para la presa cuervos, para la lid leones.

Filósofos nutridos de sopa de convento

contemplan impasibles el amplio firmamento

y si les llega en sueños, como un rumor distante,

clamor de mercaderes de muelles de Levante

no acudirán siquiera a preguntar ¿qué pasa?

Y ya la guerra ha abierto las puertas de su casa.

 

Castilla miserable, ayer dominadora,

envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora.

 

El sol va declinando. De la ciudad lejana

me llega un armonioso tañido de campana

- Ya irán a su rosario las enlutadas viejas-.

De entre las peñas salen dos lindas comadrejas;

de nuevo ¡tan curiosas!... Los campos se obscurecen.

Hacia el camino blanco está el mesón abierto

del campo ensombrecido y al pedregal desierto.

 

 

                                                          El loco 

                            UnLoco

     

   Es una tarde mustia y desabrida

 de un otoño sin frutos, en la tierra 

 estéril y raída 

 donde la sombra de un centauro yerra.

 
       Por un camino en la árida llanura,

 entre álamos marchitos,

 a solas con su sombra y su locura
va el loco, hablando a gritos.


        Lejos se ven sombríos estepares,

 colinas con malezas y cambrones,
 y ruinas de viejos encinares,

 coronando los agrios serrijones.


         El loco vocifera

 a solas con su sombra y su quimera.

 Es horrible y grotesta su figura;

 flaco, sucio, maltrecho y mal rapado,

 ojos de calentura

 iluminan su rostro demacrado.


        Huye de la ciudad... Pobres maldades,

 misérrimas virtudes y quehaceres

 de chulos aburridos, y ruindades

 de ociosos mercaderes.


       Por los campos de Dios el loco avanza.

 Tras la tierra esquelética y sequiza

 -rojo de herrumbre y pardo de ceniza-

 hay un sueño de lirio en lontananza.

 

        Huye de la ciudad. ¡El tedio urbano!

 -¡carne triste y espíritu villano!

 

 No fue por una trágica amargura

 esta alma errante desgajada y rota;

 purga un pecado ajeno: la cordura

la terrible cordura del idiota.

                              

 

Alvargonzalez

       La tierra de Alvargonzález 

 Al poeta Juan Ramón Jiménez

 

                              I

    Siendo mozo Alvargonzalez,

dueño de mediana hacienda,

que en otras tierras se dice

bienestar y aquí, opulencia,

en la feria de Berlanga

prendóse de una doncella,

y la tomó por mujer

al año de conocerla.

Muy ricas las bodas fueron,

y quien las vio las recuerda,

sonadas las tornabodas,

que hizo Alvar en su aldea;

hubo gaitas, tamboriles,

 flauta, bandurria y vihuela,

fuegos a la valenciana

y danza a la aragonesa.

 

II

         Feliz vivió Alvargonzález

 en el amor de su tierra.

 Naciéronle tres varones,

 que en el campo son riqueza,

 y, ya crecidos, los puso,

 uno a cultivar la huerta,

 otro a cuidar los merinos

 y dio el menor a la iglesia.

 

III

       Mucha sangre de Caín 

tiene la gente labriega 

 y en el hogar campesino 

 armó la envidia pelea. 

 Casáronse los mayores; 

 tuvo Alvargonzález nueras, 

 que le trujeron zizaña 

 antes que nietos le dieran. 

 La codicia de los campos 

 ve tras la muerte, la herencia, 

 no goza de lo que tiene 

 por ansia de lo que espera. 

 El menor, que a los latines 

 prefería las doncellas 

 hermosas y no gustaba 

 de vestir por la cabeza, 

 colgó la sotana un día 

 y partió a lejanas tierras. 

 La madre lloró y el padre 

 dióle bendición y herencia. 

 

                            IV

     Alvargonzález ya tiene

la adusta frente arrugada,

y hacia la barba platea

 el bozo azul de su cara.

Una mañana de otoño

 salió solo de su casa;

no llevaba sus lebreles,

 agudos canes de caza.

 Iba triste y pensativo

 por la alameda dorada;

 anduvo largo camino

 y llegó a una fuente clara.

Echóse en la tierra; puso

 sobre una piedra la manta,

 y a la vera de la fuente

 durmió al arrullo del agua. 

                         

      Jacobs Dream 

EL SUEÑO

   I

Alvargonzález veía

 como Jacob una escala,

 que iba de la tierra al cielo

 y oyó una voz que le hablaba.

 Mas las hadas hilanderas

 entre las guedijas blancas

 y vellones de oro han puesto

 un mechón de negra lana.

 

 II

Tres niños están jugando

 a la puerta de su casa;

 entre los mayores brinca

 un cuervo de negras alas.

 La mujer vigila, cose

 y a ratos, sonríe y canta.

 -  Hijos, ¿qué hacéis? -les pregunta.

 Ellos se miran y callan.

 - Subid al monte, hijos míos,

 y antes que la noche caiga

con un brazado de estepas

hacedme una buena llama.

 

                              III

        Sobre el lar de Alvargonzález

 está la leña apilada;

 el mayor quiere encenderla,

 pero no brota la llama.

 - Padre, la hoguera no prende,

 está la estepa mojada.

 Su hermano viene a ayudarle

 y arroja astillas y ramas

pero el rescoldo se apaga.

 Acude el menor y enciende,

 bajo la negra campana

 de la cocina, una hoguera

 que alumbra toda la casa.

 

                           IV

      Alvargonzález levanta

 en brazos al más pequeño

 y en sus rodillas lo sienta:

 - Tus manos hacen el fuego...

 Aunque el último naciste,

 tú eres en mi amor primero.

 Los dos mayores se alejan

 por los rincones del sueño.

 Entre los dos fugitivos

 reluce un hacha de hierro.

 

cezanne-el-asesinato

 AQUELLA TARDE...

I

 Sobre los campos desnudos,

 la luna llena manchada

de un arrebol purpurino,

enorme globo asomaba

Los hijos de Alvargonzález

silenciosos caminaban

y han visto al padre dormido

 junto de la fuente clara.

 

 II

     Tiene el padre entre las cejas

 un ceño que le aborrasca

 el rostro, un tachón sombrío

 como la huella de un hacha.

 Soñando está con sus hijos,

 que sus hijos lo apuñalan;

 y cuando despierta mira

 que es cierto lo que soñaba.

 

 III 

A la vera de la fuente

 quedó Alvargonzález muerto.

 Tiene cuatro puñaladas

 entre el costado y el pecho

 por donde la sangre brota,

 más un hachazo en el cuello.

 Cuenta la hazaña del campo

 el agua clara corriendo,

 mientras los dos asesinos

 huyen hacia los hayedos.

 Hasta la Laguna Negra,

 bajo las fuentes del Duero,

 llevan el muerto, dejando

 detrás un rastro sangriento;

 y en la laguna sin fondos

 que guarda bien los secretos,

 con una piedra amarrada

a los pies, tumba le dieron.

 

 IV

 Se encontró junto a la fuente

 la manta de Alvargonzález

 y camino del hayedo

 se vio un reguero de sangre.

 Nadie de la aldea ha osado

 a la laguna acercarse,

y el sondarla inútil fuera,

 que es la laguna insondable.

Un buhonero que cruzaba

 aquellas tierras errante,

 fue en Dauria acusado, preso

 y muerto en garrote infame.

 

 V

 Pasados algunos meses

 la madre murió de pena.

 Los que muerta la encontraron,

 dicen que las manos yertas

 sobre su rostro tenía,

 oculto el rostro con ellas.

 

VI

 Los hijos de Alvargonzález

 ya tienen majada y huerta,

 campos de trigo y centeno

 y prados de fina hierba;

 en el olmo viejo, hendido

 por el rayo, la colmena,

 dos yuntas para el arado,

 un mastín y cien ovejas.

 

 

Lienzo

 OTROS DÍAS

I

 Ya están las zarzas floridas

 y los ciruelos blanquean;

 ya las abejas doradas

 liban para sus colmenas,

 y en los nidos que coronan

 las torres de las iglesias

asoman los garabatos

 ganchudos de las cigüeñas.

 Ya los olmos del camino

 y chopos de las riberas

 de los arroyos que buscan

 al padre Duero verdean.

El cielo está azul, los montes

 sin nieve son de violeta.

 La tierra de Alvargonzález

se colmará de riqueza;

 muerto está quien la ha labrado

 más no le cubre la tierra.

 

 II

 La hermosa tierra de España,

 adusta, fina y guerrera

 Castilla, de largos ríos,

 tiene un puñado de sierras

 entre Soria y Burgos

 como reductos de fortaleza,

 como yelmos crestonados

 y Urbión es una cimera.

 

 III

 Los hijos de Alvargonzález,

 por una empinada senda,

 para tomar el camino

 de Salduero a Covaleda,

 cabalgan en pardas millas

 bajo el pinar de Vinuesa.

 Van en busca de ganado

 con que volver a su aldea,

 y por tierra de pinares

 larga jornada comienzan.

 Van Duero arriba, dejando

 atrás los arcos de piedra

 del puente y el caserío

 de la ociosa y opulenta

 villa de indianos. El río,

 al fondo del valle, suena,

y de las cabalgaduras

 los cascos baten las piedras.

 A la otra orilla del Duero

 canta una voz lastimera:

 «La tierra de Alvargonzález

 se colmará de riqueza,

 y el que la tierra ha labrado

 no duerme bajo la tierra».

 

 IV

 Llegados son a un paraje

 en donde el pinar se espesa,

 y el mayor, que abre la marcha,

 su parda mula espolea,

diciendo: démonos prisa;

 porque son más de dos leguas

 de pinar y hay que apurarlas

 antes que la noche venga.

 

 Dos hijos del campo  hechos

a quebradas y asperezas

porque recuerdan un día

 la tarde, en el monte, tiemblan.

 Allá en lo espeso del bosque

 otra vez la copla suena;

 «La tierra de Alvargonzález

 se colmará de riqueza,

 y el que la tierra ha labrado

 no duerme bajo la tierra».

 

V

 Desde Salduero el camino

va al hilo de la ribera

a ambas márgenes del río

el pinar crece y se eleva

y las rocas se aborrascan

al par que el valle se estrecha.

Los fuertes pinos del bosque

 con sus copas gigantescas

y sus desnudas raíces

amarradas a las piedras;

los de troncos plateados

cuyas frondas azulean,

pinos jóvenes; los viejos

cubiertos de blanca lepra,

musgos y líquenes canos

que el grueso tronco rodean,

colman el valle y se pierden

rebasando ambas laderas.

Juan, el mayor dice: Hermano,

si Blas Antonio apacienta

cerca de Urbión su vacada,

largo camino nos queda.

- Cuanto hacia Urbión alarguemos

se puede acortar de vuelta,

tomando por el atajo

hacia la Laguna Negra

y bajando por el puerto

de Santa Inés a Vinuesa.

- Mala tierra y peor camino.

Te juro que no quisiera

 verlos otra vez. Cerremos

los tratos en Covaleda;

 hagamos noche y, al alba,

 volvámonos a la aldea

 por este valle, que, a veces,

 quien piensa atajar, rodea.

 Cerca del río cabalgan

los hermanos y contemplan

cómo el bosque centenario

al par que avanzan, aumenta,

y los peñascos del monte

el horizonte les cierran.

El agua que va saltando

parece que canta o cuenta:

«La tierra de Alvargonzález

se colmará de riqueza,

 y el que la tierra ha labrado

no duerme bajo la tierra».

 

             

amapolas

   CASTIGO

I

 Aunque la codicia

tiene redil que encierre la oveja,

trojes que guardan el trigo,

 - bolsas para la moneda

 y garras, no tiene manos

 que sepan labrar la tierra.

 Así a un año de abundancia

iguió un año de pobreza.

 

 II

 En los sembrados crecieron

 las amapolas sangrientas;

 pudrió el tizón las espigas

 de trigales y de avenas;

 hielos tardíos mataron

 en flor la fruta en la huerta

 y una mala hechicería

 hizo enfermar las ovejas.

 A los dos Alvargonzález

 maldijo Dios en sus tierras,

 y al año pobre siguieron

 luengos años de miseria.

 

III

 Es una noche de invierno.

Cae la nieve en remolinos.

Los Alvargonzález velan

un fuego casi extinguido.

El pensamiento amarrado

 tienen a un recuerdo mismo

 y en las ascuas mortecinas

 del hogar los ojos fijos.

 No tienen leña ni sueño.

 Larga es la noche y el frío

 mucho. Un candilejo humea

 en el muro ennegrecido.

 El aire agita la llama,

que pone un fulgor rojizo

sobre entrambas pensativas

testas de los asesinos.

El mayor de Alvargonzález

lanzando un ronco suspiro,

rompe el silencio exclamando:

- Hermano, ¡qué mal hicimos!

El viento la puerta bate,

hace temblar el postigo

y suena en la chimenea

con hueco y largo bramido.

Después el silencio vuelve

y a intervalos el pabilo

del candil chisporrotea

en el aire aterecido.

El segundón dijo: - Hermano

¡demos lo viejo al olvido!

 

 

UnViajero

EL VIAJERO

I

 Es una noche de invierno.

 Azota el viento las ramas

 de los álamos. La nieve

 ha puesto la tierra blanca.

 Bajo la nevada, un hombre

 por el camino cabalga;

 va cubierto hasta los ojos,

 embozado en luenga capa.

 Entrado en la aldea, busca

 de Alvargonzález la casa,

 y ante su puerta llegado,

 sin echar pie a tierra, llama.

 

 II

 Los dos hermanos oyeron

 una aldabada a la puerta

 y de una cabalgadura

 los cascos sobre las piedras.

 Ambos los ojos alzaron

 llenos de espanto y sorpresa

 -¿Quién es?, responda -gritaron.

Miguel -respondieron fuera.

Era la voz del viajero

que partió a lejanas tierras.

 

 III

Abierto el portón, entróse

 a caballo el caballero

 y echó pie a tierra. Venía

 todo de nieve cubierto.

 En brazos de sus hermanos

 lloró algún rato en silencio.

 Después dio el caballo al uno,

 al otro, capa y sombrero,

 buscó el arrimo del fuego.

 

IV

 El menor de los hermanos,

 que niño y aventurero

fue más allá de los mares

 y hoy torna indiano opulento,

 vestía con negro traje

 de peludo terciopelo,

 ajustado a la cintura

 por ancho cinto de cuero.

 Gruesa cadena formaba

 un bucle de oro en su pecho.

 Era un hombre alto y robusto,

 con ojos grandes y negros

 llenos de melancolía;

 tez de color moreno

y sobre la frente comba

 enmarañados cabellos:

El hijo que saca de porte

 señor de padre labriego,

 a quien fortuna le debe

 amor, poder y dinero.

 De los tres Alvargonzález

era Miguel el más bello;

porque al mayor le afeaba

 el muy poblado entrecejo

 bajo la frente mezquina,

 y al segundo, los inquietos

ojos que mirar no saben

 de frente, torvos y fieros.

 

 V

Los tres hermanos contemplan

 el triste hogar en silencio;

 y con la noche cerrada

 arrecia el frío y el viento.

 - Hermanos, ¿no tenéis leña?

dice Miguel.

                                     - No tenemos,

                    responde el mayor.

                         Un hombre,

 milagrosamente, ha abierto

 la gruesa puerta cerrada

 con doble barra de hierro.

 El hombre que ha entrado

 tiene el rostro del padre muerto.

 Un halo de luz dorada

 orla sus blancos cabellos.

 Lleva un haz de leña al hombro

 y empuña un hacha de hierro.

 

ElIndiano

    EL INDIANO

I

 De aquellos campos malditos,

 Miguel a sus dos hermanos

 compró, una parte, que mucho

 caudal de América trajo

 y aún en tierra mala, el oro

 luce mejor que enterrado

 y más en mano de pobres

 que oculto en orza de barro.

                   

Dióse a trabajar la tierra

 con fe y tesón el indiano,

 y a laborar los mayores

 sus pegujales tornaron.

                   

Ya de macizas espigas,

 preñadas de rubios granos

 a los campos de Miguel

 tornó el fecundo verano;

 y ya de aldea en aldea

 se cuenta como un milagro,

 que los asesinos tienen

 la maldición en sus campos.

 

 Ya el pueblo canta una copla

que narra el crimen pasado:

«A la orilla de la fuente

lo asesinaron.

iQué mala muerte le dieron

los hijos malos!

En la laguna sin fondo

al padre muerto arrojaron.

No duerme bajo la tierra

el que la tierra ha labrado».

 

II

 Miguel, con sus dos lebreles

 y armado de su escopeta,

 hacia el azul de los montes

 en una tarde serena,

 caminaba entre los verdes

 chopos de la carretera

 y oyó una voz que cantaba:

 «No tiene tumba en la tierra.

 Entre los pinos del valle

 del Revinuesa,

 al padre muerto llevaron

 hasta la Laguna Negra».

 

 

LaCasa

LA CASA

 I

 La casa de Alvargonzález

 era una casona vieja,

 con cuatro estrechas ventanas,

 separada de la aldea

 cien pasos y entre dos olmos

 que, gigantes centinelas,

 sombra le dan en verano

 y en el otoño, hojas secas.

 

Es casa de labradores,

gente aunque rica plebeya,

donde el hogar humeante

con sus escaños de piedra

se ve, sin entrar, si tiene

abierta al campo la puerta.

 

Al arrimo del rescoldo

 del hogar borbollonean

 dos pucherillos de barro

 que a dos familias sustentan.

 

A diestra mano la cuadra

 y el corral, a la siniestra

 huerto y abejar y al fondo

 una gastada escalera,

 que va a las habitaciones,

 partidas en dos viviendas.

 

Los Alvargonzález moran

 con sus mujeres en ellas.

 A ambas parejas que hubieron,

 sin que lograrse pudieran,

 dos, hijos, sobrado espacio

 les da la casa paterna.

 

En una estancia que tiene

 luz al huerto, hay una mesa

 con gruesa tabla de roble,

 dos sillones de baqueta,

 colgado en el muro un negro

 ábaco de enormes cuentas

 y unas espuelas mohosas

 sobre un arcón de madera.

 

Era una estancia olvidada

 donde hoy Miguel se aposenta.

 Y era allí donde los padres

 veían en primavera

 el huerto en flor y en el cielo

 de mayo, azul, la cigüeña

 -cuando las rosas se abren

 y los zarzales blanquean-

 que enseñaba a sus hijuelos

 a usar de las alas lentas.

 

 Y en las noches del verano,

 cuando la calor desvela,

 desde la ventana al dulce

 ruiseñor cantar oyeran.

 Fue allí donde Alvargonzález,

 del orgullo de su huerta

 y del amor de los suyos,

 sacó sueños de grandeza.

 

Cuando en brazos de la madre

 vio la figura risueña

 del primer hijo, bruñida

 de rubio sol la cabeza,

 del niño que levantaba

 las codiciosas, pequeñas

 manos a las rojas guindas

 y a las moradas ciruelas,

aquella tarde de otoño

 dorada, plácida y buena,

 él pensó que ser podría feliz

 el hombre en la tierra:

 

                               Hoy canta el pueblo una copla

                   que va de aldea en aldea.

                   «¡Oh, casa de Alvargonzález,

                   qué malos días te esperan;

                   casa de los asesinos,

                   que nadie llame a tu puerta!».

 

                          II

                       Es una tarde de otoño.

                   En la alameda dorada

                   no quedan ya ruiseñores;

                   enmudeció la cigarra.

 

                              Las últimas golondrinas,

                   que no emprendieron la marcha

                   morirán, y las cigüeñas

                   de sus nidos de retamas,

                   en torres y campanarios,

                   huyeron.

 

                         Sobre la casa

                   de Alvargonzález, los olmos

                   sus hojas que el viento arranca

                   van dejando. Todavía

                   las tres redondas acacias,

                   frente al atrio de la iglesia

                   conservan verdes sus ramas

                   y las castañas de Indias

                   a intervalos se desgajan

                   cubiertas de sus erizos;

                   tiene el rosal rosas grana

                   otra vez, y en las praderas

                   brilla la alegre otoñada.

   

                        En laderas y en alcores,

                   en ribazos y cañadas,

                   el verde nuevo y la hierba

                   aún del estío quemada

                   alternan; los serrijones

                   pelados, las lomas calvas,

                   se coronan de plomizas

                   nubes apelotonadas;

                   y bajo el pinar gigante,

                   entre las marchitas zarzas

                   y amarillentos helechos,

                   corren las crecidas aguas

                   a engrosar el padre río

                   por canchales y barrancas.

   

                        Abunda en la tierra un gris

                   de plomo y azul de plata,

                   con manchas de roja herrumbre,

                   todo envuelto en luz violada.

 

                         ¡Oh, tierras de Alvargonzález,

                   en el corazón de España,

                   tierras pobres, tierras tristes,

                   tan tristes que tienen alma!

 

                         Páramo que cruza el lobo

                   aullando a la luna clara

                   de bosque a bosque, baldíos

                   llenos de peñas rodadas,

                   donde roída de buitres

                   brilla una osamente blanca;

                   pobres campos solitarios

                   sin caminos ni posadas,

                   -oh, pobres campos malditos,

                   pobres campos de mi patria!

 

 

LaTierra

    LA TIERRA

I

 Una mañana de otoño,

 cuando la tierra se labra,

 Juan y el indiano aparejan

 las dos yuntas de la casa.

 Martín se quedó en el huerto

 arrancando hierbas malas.

 

II

 Una mañana de otoño

 cuando los campos se aran,

sobre un otero, que tiene

  el cielo de la mañana

por fondo, la parda yunta

de Juan lentamente avanza.

 

Cardos, lampazos y abrojos,

avena loca y cizaña

llenan la tierra maldita,

tenaz a poda y a escarda.

Del corvo arado de roble

la hundida reja trabaja

con vano esfuerzo; parece

  que al par que hiende la entraña

del campo y hace camino

se cierra otra vez la zanja.

                   

«Cuando el asesino labre

será su labor pesada;

 antes que un surco en la tierra

tendrá una arruga en su cara».

 

III

 Martín que estaba en la huerta

 cavando, sobre su azada

 quedó apoyado un momento;

 frío sudor le bañaba

 el rostro.

                        Por el Oriente,

                   la luna llena, manchada

                   de un arrebol purpurino,

                   lucía tras de la tapia

                   del huerto.

                        Martín tenía

                   la sangre de horror helada.

                   la azada que hundió en la tierra

                   teñida de sangre estaba.

 

IV

 En la tierra en que ha nacido

 supo afincar el indiano;

 por mujer a una doncella

 rica y hermosa ha tomado.

                   

La hacienda de Alvargonzález

 ya es suya, que sus hermanos

 todo le vendieron, casa,

 huerto, colmenar y campo.

 

 

LosAsesinos

                                LOS ASESINOS

                                      I

                        Juan y Martín, los mayores

                   de Alvargonzález, un día

                   pesada marcha emprendieron

                   con el alba, Duero arriba.

 

                        La estrella de la mañana

                   en el alto azul ardía.

                   Se iba tiñendo de rosa

                   la espesa y blanca neblina

                   de los valles y barrancos,

                   y algunas nubes plomizas

                   a Urbión, donde el Duero nace,

                   como un turbante ponían.

 

                       Se acercaban a la fuente.

                   El agua clara corría

                   sonando cual si contara

                   una vieja historia dicha

                   mil veces y que tuviera

                   mil veces que repetirla.

 

 Agua que corre en el campo

dice en su monotonía:

 Yo sé el crimen ¿no es un crimen

 cerca del agua, la vida?

 

Al pasar los dos hermanos

 relataba el agua limpia:

«A la vera de la fuente

Alvargonzález dormía».

 

                     II

                        - Anoche cuando volvía

                   a casa -Juan a su hermano

                   dijo- a la luz de la luna

                   era la huerta un milagro.

 

                         Lejos, entre los rosales,

                   divisé un hombre inclinado

                   hacia la tierra; brillaba

                   una hoz de plata en su mano.

 

Después irguióse y, volviendo

 el rastro, dio algunos pasos

 por el huerto, sin mirarme,

 y a poco lo vi encorvado

 otra vez sobre la tierra.

 Tenía el cabello blanco.

 La luna llena brillaba

 y era la huerta un milagro.

 

 III

 Pasado habían el puerto

 de Santa Inés, ya mediada

la tarde, una tarde triste

 de noviembre, fría y parda.

 Hacia la Laguna Negra

silenciosa caminaban.

 

 IV

 Cuando la tarde caía,

 entre las vetustas hayas

 y los pinos centenarios,

 un rojo sol se filtraba.

 Era un paraje de bosque

 y peñas aborrascadas;

 aquí bocas que bostezan

 o monstruos de fieras garras;

 allí una informe joroba

 allá una grotesca panza,

 torvos hocicos de fieras

 y dentaduras melladas,

 rocas y rocas y troncos

 y troncos, ramas y ramas.

 En el hondón del barranco

 la noche, el miedo y el agua.

 

V

 Un lobo surgió, sus ojos

 lucían como dos ascuas.

 Era la noche, una noche

 húmeda, oscura y cerrada.

 

 Los dos hermanos quisieron

volver. La selva ululaba.

 Cien ojos fieros ardían

 en la selva, a sus espaldas.

 

VI

 Llegaron los asesinos

hasta la Laguna Negra,

 agua transparente y muda

 que enorme muro de piedra,

donde los buitres anidan

 y el eco duerme, rodea;

agua clara donde beben

 las águilas de la sierra,

donde el jabalí del monte

y el ciervo y el corzo abrevan,

agua pura y silenciosa

que copia cosas eternas,

 agua impasible que guarda

en su seno las estrellas.

¡Padre!, gritaron; al fondo

 de la laguna serena

 cayeron y el eco ¡padre!

 repitió de peña en peña.

 

 

 

 OlmoSeco

A un olmo seco 

 

Al olmo viejo, hendido por el rayo
 y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo.
algunas hojas nuevas le han salido.

 

¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.

 

No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera.
habitado de pardos ruiseñores.

 

Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.

 

Antes que te derribe, olmo del Duero.
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campaña.
lanza de carro o yugo de carreta:
antes que rojo en el hogar, mañana.
ardas de alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino.
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera 
         

 

    Soria, 1912

 

                

   Parábolas

 EraUnNiñoQSoñaba

 

I

Era un niño que soñaba 

un caballo de cartón.

Abrió los ojos el niño, 

el caballito no vio.

Con un caballito blanco

el niño volvió a soñar

y por la crin lo cogía:

¡ahora no te escaparás!

Apenas lo hubo cogido,

el niño se despertó,

tenía el puño cerrado,

el caballito voló.

Se puso el niño muy serio

pensando que no es verdad

un caballito soñado

y ya no volvió a soñar.

Pero el niño se hizo mozo

y el mozo tuvo un amor

y a su amada le decía:

¿Tú eres de verdad o no?

Cuando el mozo se hizo viejo

pensaba todo es soñar:

el caballito soñado

y el caballo de verdad.

Y cuando vino la muerte,

el viejo a su corazón

preguntaba: ¿tú eres sueño?

¡Quién sabe si despertó! 

 

 

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