FRAGMENTOS DE LIBROS.  BUENOS DÍAS, TRISTEZA   (1954)

  BuenosDiasTristeza            Bonjour tristesse (Premio de la crítica francesa, 1954)

   

    Françoise Sagan  (Françoise Quoirez)    (Francia) 

      Editorial       :   TUSQUETS Editores  

      Traducción     :    Javier Albiñana

 

Fragmentos de libros

 

De la PRIMERA PARTE.

Comienzo:

A ese sentimiento desconocido cuyo tedio, cuya dulzura me obsesionan, dudo en darle el nombre, el hermoso y grave nombre de tristeza. Es un sentimiento tan total, tan egoísta, que casi me produce vergüenza, cuando la tristeza siempre me ha parecido honrosa. No la conocía, tan sólo el tedio, el pesar, más raramente el remordimiento. Hoy, algo me envuelve como una seda, inquietante y dulce, separándome de los demás.

Aquel verano, yo tenía diecisiete años y era perfectamente feliz.  Los «demás» eran mi padre y Elsa, su amante. Debo explicar ahora esta situación que puede parecer falsa…

 

ArenaEntreLosDedos…Tan pronto amanecía, me iba al agua, un agua fresca y límpida en la que me hundía, en la que me agotaba haciendo mil desordenados movimientos para purificarme de las sombras y el polvo de París. Me tumbaba después en la arena, cogía un puñado, lo dejaba escurrir entre los dedos y la arena caía en una lluvia amarillenta y suave. Pensaba que se escapaba como el tiempo, que eso era una idea fácil y que resultaba grato tener ideas fáciles. Era el verano…

 

… Y tan convencido, tan tierno era su tono de voz que comprendía que de veras habría sido desgraciado sin mí. Hasta entrada la noche, hablamos del amor y de sus complicaciones. A los ojos de mi padre, éstas eran imaginarias. Rechazaba por sistema las nociones de fidelidad, de seriedad, de compromiso. Me explicó que eran arbitrarias, estériles. En otra persona tales opiniones me hubieran desagradado. Pero sabía que, en su caso, ello no excluía ni la ternura ni la devoción, sentimientos a los que se entregaba con mayor facilidad de la que quisiera, máxime por estimarlos provisionales. Ese concepto de las cosas me seducía: amores rápidos, violentos y pasajeros. A mi edad no seduce mucho la fidelidad. Sabía muy poco todavía del amor: citas, besos y hastíos.

  

… Me lo pasé muy bien hasta el momento en que Anne declaró que el socio de mi padre era microcéfalo. Era un hombre que bebía mucho, pero era simpático y con él mi padre y yo habíamos disfrutado de cenas memorables.

- Lombard es gracioso, Anne –protesté.. Tiene momentos muy divertidos.

- No me negarás que aun así deja bastante que desear, e incluso su humor…

- Puede que no tenga un tipo de inteligencia corriente, pero…

Me cortó con tono indulgente:

- Confundes tipos de inteligencia con edades de inteligencia.

Me encantó el tono lapidario de su fórmula. Ciertas frases desprenden para mí un aura intelectual, sutil, que me subyuga, por más que no las comprenda del todo. Sentí no tener una agenda y un lápiz para anotar aquella. Se lo dije a Anne. Mi padre se echó a reír:

- Por lo menos no eres rencorosa.

No podía serlo, porque Anne no tenía mala intención. La notaba demasiado indiferente, sus juicios no tenían esa precisión, ese aspecto acerado de la maldad. Lo que los hacía todavía más abrumadores…

 

 BonjourTristesse Lib3… Yo no conocía nada. Él iba a enseñarme París, el lujo, la vida fácil. Estoy convencida de que la mayor parte de mis placeres de entonces se los debí al dinero: el placer de la velocidad en coche, de tener un vestido nuevo, de comprar discos, libros, flores. No me avergüenzan todavía esos placeres fáciles, y, además, si los llamo así es porque he oído decir que lo son. Lamentaría, renegaría más fácilmente de mis penas o de mis crisis místicas. El amor al placer, a la felicidad, representa el único aspecto coherente de mi carácter. Puede que no haya leído lo suficiente. En el internado no se leen más que obras edificantes. En París no tuve tiempo para leer: al salir de clase, mis amigos me arrastraban a los cines. No conocía los nombres de los actores y eso les sorprendia. O a las terrazas de los cafés al sol. Saboreaba el placer de mezclarme con la multitud, de beber, de estar con alguien que te mira a los ojos, te coge la mano y luego te lleva lejos de esa misma multitud…

… Su único defecto fue que durante algún tiempo me inspiró un desenfadado cinismo sobre las cosas del amor que, habida cuenta de mi edad y experiencia, debía de parecer más gracioso que impresionante. Solía repetirme a mí misma fórmulas lapidarias, la de Oscar Wilde, entre otras «El pecado es la única nota viva de color que subsiste en el mundo moderno». La hacía mía con absoluta convinción, con mucha mayor seguridad, imagino, que si la hubiese llevado a la práctica. Estaba convencida de que mi vida podría adaptarse a esa frase, inspirarse en ella, brotar de ella cual una imagen perversa: olvidaba las horas muertas, la discontinuidad y los buenos sentimientos cotidianos. Idealmente, proyectaba una vida de abyección y libertinaje.

 

… El pobre Cyril había seguido, no sin cierto asombro, nuestras transformaciones internas. Pero este desenlace legal era de su agrado. Navegábamos juntos, nos besábamos cuando nos apetecía y, a veces, cuando apretaba su boca contra la mía, se me aparecía la cara de Anne, su cara suavemente marchita por la mañana, con esa suerte de lentitud, de feliz indolencia que confería el amor a sus gestos, y la envidiaba. Los besos se agotan, y sin duda si Cyril me hubiera querido menos, aquella semana me habría convertido en su amante.

 

… No estaba acostumbrada a meditar, me ponía de malhumor. En la mesa, como por la mañana, no abrí la boca. Mi padre se creyó obligado a bromear:

- Lo que más me gusta de la juventud es su vitalidad, su conversación…

Lo miré con violencia, con dureza. Era cierto que le gustaba la juventud, ¿y con quién había hablado yo sino con él? De todo habíamos hablado: del amor, de la muerte, de la música. Y ahora me abandonaba, me desarmaba él mismo. Le miré, pensando: «No me quieres ya como antes, me has traicionado» e intenté hacérselo entender sin hablar. Estaba desesperada. Me miró también, súbitamente alarmado, comprendiendo tal vez que aquello ya no era un juego y que peligraba nuestra armonía. Lo vi petrificarse en un gesto de interrogación. Anne se volvió hacia mí:

Bergson livre- Tienes mala cara, tengo remordimientos por hacerte trabajar.

No contesté, me aborrecía demasiado a mí misma por aquella especie de drama que ya no podía detener. Habíamos acabado de cenar. En la terraza, en el rectángulo luminoso proyectado por la mesa del comedor, vi la mano de Anne, una mano larga y viva, balancearse, encontrar la de mi padre. Pensé en Cyril, me hubiese gustado que me cogiese en sus brazos, en aquella terraza acribillada por las cigarras y la luna. Me hubiese gustado que alguien me acariciara, me consolara, me reconciliara conmigo misma. Mi padre y Anne callaban: tenían ante ellos una noche de amor, yo tenía a Bergson. Intenté llorar, compadecerme a mi misma; fue en vano. Ya solo me compadecía de Anne, como si estuviese segura de vencerla.

 

De la SEGUNDA PARTE 

Me sorprende la nitidez de mis recuerdos a partir de aquel momento. Adquirí una conciencia más atenta de los demás, de mí misma. La espontaneidad y un egoísmo fácil habían sido siempre para mí un lujo natural. Me habían acompañado siempre. Y de repente aquellos pocos días me alteraron lo bastante como para obligarme a meditar, a poner atención en mi vivir. Sufría todos los horrores de la introspección sin, por ello, reconciliarme conmigo misma. «Ese sentimiento hacia Anne», pensaba, «es estúpido y miserable, y el deseo de apartarla de mi padre, feroz.» Pero ¿por qué juzgarme así? Siendo sencillamente yo, no era libre de calibrar lo que ocurría. Por primera vez en mi vida ese «yo» parecía dividirse y el descubrimiento de semejante dualidad me sorprendía enormemente. Encontraba disculpas, me las murmuraba a mi misma, juzgándome sincera, y bruscamente surgía otro «yo» que tachaba de falsos mis propios argumentos, gritando que me engañaba a mí misma, por más que pareciesen de lo más verosímil. Pero, en realidad ¿no era esa otra quien me engañaba? ¿No era esa lucidez el peor de los errores? Me debatía horas enteras en mi habitación para dilucidar si el temor y la hostilidad que me inspiraba Anne en aquel momento, tenían razón de ser o yo no era más que una joven egoísta y mimada con ínfulas de falsa independencia…

AffichePeli… Pensaba: «Es fría, nosotros efusivos; es autoritaria, nosotros independientes, no le interesa la gente, a nosotros nos apasiona; es reservada, nosotros somo alegres. Nosotros dos somos de verdad los únicos que estamos vivos y ella va a deslizarse entre nosotros con su tranquilidad, va a acomodarse, a quitarnos poco a poco nuestro grato y despreocupado calor, a robarnos todo, como un hermosa serpiente». Me repetía: «Una hermosa serpiente… ¡una hermosa serpiente!». Ella me alcanzaba el pan y de repente yo, como si me despertara, me gritaba a mí misma: «¡Pero estás loca, si es Anne, la inteligente Anne, la que se ha ocupado de ti! La frialdad es su forma de vida, no puedes ver premeditación en ello; su indiferencia la protege de mil sórdidas insignificancias, es una garantía de nobleza.» Una hermosa serpiente… Me sentía palidecer de vergüenza, le suplicaba en voz baja que me perdonase…

 

… Cogí un cigarrillo de la mesa y froté una cerilla en la caja. La cerilla se apagó. Encendí otra con precaución, ya que no hacía viento y era mi mano la que temblaba. Se apagó al instante contra mi cigarrillo. Rezongué y cogí una tercera. Y entonces, no sé por qué, esa cerilla cobró para mí una importancia vital. Tal vez porque Anne, súbitamente arrancada de su  indiferencia, me miraba sin sonreír, con atención. En aquel momento desaparecieron el tiempo y el espacio, solo quedaban aquella cerilla, mi dedo encima, la caja gris y la mirada de Anne. Mi corazón enloqueció, empezó a latir con violencia, crispé los dedos sobre la cerilla, ésta se encendió y, mientras acercaba ávidamente la cara hacía ella, el cigarrillo la cegó y la apagó. Dejé caer la caja en el suelo y cerré los ojos. La mirada dura, interrogadora de Anne pesaba sobre mí. Supliqué algo a alguien, que cesase aquella espera. Las manos de Anne alzaron mi rostro y yo apreté los EncenderUnaCerillapárpados para que no viera mi mirada. Notaba que se me escapaban lágrimas de agotamiento, de torpeza, de placer. Entonces Anne, como si renunciase a preguntarme nada, en un gesto de ignorancia, de apaciguamiento, deslizó las manos por mi cara y me relajó. Luego puso un cigarrillo encendido en la boca y tornó a abismarse en la lectura de su libro. 

He dado un sentido simbólico a ese gesto, he intentado darle uno. Pero hoy, cuando se me apaga una cerilla, revivo ese instante extraño, ese abismo entre mis gestos y yo, el peso de la mirada de Anne y ese vacío alrededor, esa intensidad del vacío…

 

… Es curioso cómo se complace la fatalidad en elegir para encarnarla rostros indignos o mediocres. Aquel verano había adoptado el de Elsa. Un rostro hermoso, sí, o más bien atractivo. Tenía  también una risa extraordinaria, comunicativa y plena, como sólo la tiene la gente un poco tonta…

… No me fallaba nunca la jugada, porque cuando veíamos a Cyril y Elsa juntos, revelando abiertamente vínculos imaginarios, pero totalmente imaginables, mi padre y yo palidecíamos a un tiempo, a ambos se nos iba la sangre del rostro, arrebatada por ese deseo de posesión que es peor que el dolor…

… Poco a poco me iba inspirando ternura. La ternura es un grato sentimiento que arrastra como la música militar. No se me puede hacer ningún reproche por ello.

 

Leer el final:     BuenosDiasTristeza

 

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