FRAGMENTOS DE LIBROS.  ALMAS MUERTAS   (1842) 

AlmasMuertas

     Мёртвые души, Miórtvyie dushi

    Nikólai V. Gógol      (Imperio ruso) 

       Editorial                 :   PLANETA   -  BackList   CLÁSICOS 

        Traducción y notas:     :   José Laín Entralgo 

 

 

Fragmentos de libros

 

Del capítulo I

... La habitación era de cierto género, pues la fonda era también de cierto género, justamente como suelen ser las fondas de las ciudades de provincias, donde por dos rublos al día los viajeros disfrutan con un cuarto tranquilo con cucarachas como ciruelas que asoman por todos los rincones, y con una puerta que comunica con la habitación vecina, siempre cerrada por una cómoda; en la cual siempre hay un caballero silencioso y tranquilo, pero sobremanera curioso, a quien interesa conocer todo cuando con el viajero se relaciona.

Nuestro paseante se asomó también al jardín público. Lo formaban unos raquíticos arbolillos, que habían prendido mal, sostenido por unos rodrigones triangulares hermosamente pintados de verde al aceite. Por lo demás, aunque los citados arbolillos no levantaban más que un bastón, de ellos se había hablado en los periódicos, con ocasión de unas iluminaciones, que «nuestra ciudad se ha embellecido, gracias a los desvelos de las autoridades, con un jardín de árboles grandes y frondosos, que dan sombra en los días calurosos» y que «resultaba enternecedor ver cómo los corazones de los habitantes de la ciudad palpitaban inundados por el agradecimiento y de sus ojos fluían torrentes de lágrimas en señal de gratitud al señor alcalde»...

Del capítulo II

Petrushka… Por su carácter era más bien taciturno que hablador. Mostraba incluso una noble tendencia a la ilustración, o sea, a la lectura de libros, el contenido de los cuales no le importaba. Le era exactamente igual que se tratase de aventuras de un héroe enamorado, de un sencillo abecedario o de un libro de oraciones: todo lo leía con la misma atención, Si le hubiera ofrecido una obra de Química, con la Química habría apechugado. Le agradaba no lo que leía, sino el mismo hecho de leer, o mejor dicho, el propio proceso de lectura, cómo las letras se juntaban siempre para componer palabras que, a veces, el diablo sabía lo que significaban. A la lectura se entregaba ordinariamente en posición yacente en la antesala, sobre la cama y el colchón, que, por este motivo, había quedado tan aplastado y fino como una torta. Además de la pasión por la lectura tenía otras dos costumbres, que constituían en él otros tantos rasgos característicos: dormir sin desnudarse, vestido, con la misma levita de siempre y emanar de continuo un olor especial, un olor que le era propio, como habitación llena de gente y sin ventilar, de tal manera que le era bastante colocar en cualquier sitio su camastro, aunque fuese un cuarto deshabitado hasta entonces, y trasladar allí su capote y sus cosas, para que pareciese que aquella habitación vivía gente desde hacía diez años…

...

Únicamente Dios podría decir cómo era el carácter de Manílov. Hay personas de las que suele decirse que no son ni esto ni lo otro, ni carne ni pescado. Acaso a Manílov había que incluirlo en este grupo. A primera vista parecía un hombre notable. Los rasgos de su cara eran agradables, aunque, acaso, sobraba en ellos el almíbar. En sus maneras había algo atrayente. Era de sonrisa agradable, rubio, de ojos azules. En el primer minuto de conversación con él, uno no podía por menos que decir: «Qué hombre más bueno y agradable». Al minuto siguiente uno no dirá nada, y al tercero se le escapará: «¿Qué diablos es esto?», y hará por alejarse. Si no se aleja, se siente dominado por un aburrimiento mortal. Nunca saldrá de sus labios una palabra viva, ni siquiera altanera como se puede escuchar a casi todos cuando se habla de algo que les afecta o interesa.

A uno le entusiasma algo. A uno le entusiasman los galgos. Otro es muy aficionado a la música y se siente asombrosamente todos sus matices. Un tercero es un maestro cuando se sienta a la mesa. A un cuarto le agradaría desempeñar un papel siquiera sea una pulgada por encima del que se le ha asignado. Un quinto, de ambiciones más cortas, duerme y sueña que se pasea con un edecán, luciéndose ante sus amigos, conocidos y hasta desconocidos. Un sexto posee una mano que experimenta un sobrenatural deseo de matar un as de piques o un dos, mientas que la mano del sétimo quiere poner algo en orden, y trata de acercarse a la cara del jefe de postas o de los cocheros. en una palabra, todos tienen su manía, pero Manílov no tenía ninguna…

...

- Permítame –continuó Manílov-, ¿cómo desea comprar a los campesinos, con tierra o simplemente las personas, es decir, sin tierra?

- No, no se trata precisamente de campesinos –explicó Chíchikov-. Lo que yo quiero tener son los muertos….

- ¿Cómo? Perdóneme, soy un poco duro de oído y me ha parecido que usted decía algo muy extraño…

- Me propongo –dijo Chíchikov- adquirir muertos, pero que en la relación del censo figuren como vivos.

Manilov

Manílov dejó caer la pipa y así, con la boca abierta, permaneció largo rato. Los amigos, que habían estado conversando acerca de las delicias de una vida presidida por los lazos de la amistad, se quedaron inmóviles, miránadose fijamente, como esos retratos que antiguamente colocaban uno frente a otro a ambos lados del espejo. Finalmente Manílov recogío la pipa y miró al otro de abajo arriba, con la esperanza de ver en él una sonrisa irónica en sus labios, pensando que todo era una broma. Pero no vio nada de eso, al contrario, el rostro de Chíchikov le pareció incluso más serio que de costumbre. Luego pensó si el huésped había perdido la razón, y lo miró con miedo atentamente. Pero los ojos del huésped eran completamente normales. No había en ellos el brillo salvaje e inquieto que se advierte en la mirada del loco. Todo en él era correcto y normal. Por mucho que Manílov pensó en lo que le correspondía hacer, lo único que se le ocurrió fue lanzar en fino chorrito el humo que todavía le había quedado en la boca…

Del Capítulo III

Espero que el lector habrá advertido que Chíchikov, a pesar de su aire cariñoso, hablaba con más libertad que en casa de Manílov y no gastaba tantos cumplidos. Porque en Rusia, aunque hay aspectos en los que no hemos alcanzado a los extranjeros, en lo que se refiere al trato los hemos dejado muy atrás. Es imposible detallar todos los matices y gradaciones de nuestro trato. El francés o el alemán no podrán comprender jamás todas estas particularidades y diferencias. Casi la misma voz y el mismo lenguaje empleará para hablar con un millonario que con el estanquero, aunque, como es lógico, interiormente se arrastrará con un servilismo ante el primero. Nosotros somos distintos: entre nosotros los hay tan listos que con el terrateniente poseedor de doscientas almas hablarán en un tono completamente distinto que cuando se trata de un propietario de trescientas, Y con el de trescientas empleará otro tono que cuando se dirija a un propietario de quinientas, y con el de quinientas cambiará con relación al de ochocientas. En una palabra, aunque se llegase hasta el millón aparecerían matices nuevos.

Supongamos, por ejemplo, que existe una oficina, no en nuestro país, sino en la otra punta del mundo, y que esa oficina tiene su jefe. Contempladlo, os lo ruego, cuando se encuentra entre sus subordinados… ¡El temor nos impedirá pronunciar ni una sola palabra? Orgullo, nobleza, ¿qué no reflejará su rostro? Como para tomar el pincel y hacerle el retrato. ¡Prometeo, Prometeo clavado! Su mirada es de águila y camina con lentitud y majestad. Pues bien, esa misma águila, cuando sale de la oficina y se acerca al despacho de su superior marcha como una perdiz, con los papeles bajo el brazo, perdiendo los estribos. Lo mismo da en la vida social que en una velada, si los que le rodean son de categoría inferior a la suya aunque sólo ligeramente inferior, Prometeo sigue siendo Prometeo, pero si los que le rodean son tanto así superiores, Prometeo experimenta una metamorfosis que ni el propio Ovidio sería capaz de imaginar. ¡Se convierte en un mosca, menos que una mosca, en un granito de arena!...

Karlsbad(s.XIX)

Del capítulo IV

El autor debe confesar la gran envidia que le producen el apetito y el estómago de esa clase de gente. Para ellos no significan nada en absoluto todos estos señores de San Petersburgo y Moscú que viven a lo grande, pasan el tiempo pensando en lo que habrán de comer al día siguiente y qué menú compondrán para pasado mañana, y que antes de empezar la comida toman obligatoriamente una píldora; que consumen ostras, cangrejos de mar y otras maravillas y que luego hacen una cura de aguas en Karlsbad o en el Caúcaso.

No, a estos señores no les envidio nunca. Pero los señores de medio pelo, que en una estación de postas piden jamón, en la siguiente lechón asado en la tercera una loncha de esturión o un embutido cualquiera, adobado con cebolla, y luego, como si tal cosa, se sientan a la mesa a cualquier hora y toman para empezar una sopa de pescado acompañada de bonitos rellenos con tanto gusto que a cualquiera se le despierta el apetito al verlos; esos señores, digo, sí que disfrutan de un envidiable don del cielo.

Más de uno y más de dos de los señores que viven a lo grande darían en el acto la mitad de sus campesinos y la mitad de sus hacienda, hipotecadas y sin hipoteca, con todos sus perfeccionamientos al estilo extranjero y al ruso, a cambio de un estómago como el que tienen los señores de medio pelo. Pero lo malo es que no hay dinero alguno, que tampoco hacienda, con perfeccionamientos y sin ellos, que permita adquirir el estómago de los señores de medio pelo…

… En la habitación encontró a todos los viejos amigos que cualquiera encuentra en las pequeñas posadas de madera que tanto abundan en los caminos, a saber: el samovar cubierto de escarcha, las paredes de pino bien cepillado, el armario pegado a un rincón, con teteras y tazas, los huevos de porcelana sobredorada delante de las imágenes, colgando de cintas azules y rojas, la gata que acaba de parir, el espejo que le muestra a uno no con dos ojos, sino con cuatro, y algo así como una torta en vez de cara; los manojos de hierbas aromáticas y de claveles secos, en fin, a ambos lados de los iconos, pero unas hierbas y unos claveles tan secos que el que se acerca a olerlos ha de estornudar forzosamente…

Del capítulo V

 SobakevichChíchikov miró de reojo a Sobakévich y le pareció ver a un oso de tamaño regular. Para completar la semejanza, vestía un frac del color de la piel de oso, de mangas muy largas; los pantalones eran largos también y él andaba desgarbadamente, sin cesar de pisar a quien tenía en las inmediaciones. El color de su cara era como el del hierro puesto al rojo, muy semejante al de las monedas de cobre de cinco kopeks. Ya se sabe que en mundo hay muchas caras como ésa, que la Naturaleza forjó sin pensarlo mucho, sin recurrir a herramienta delicadas como la lima, el punzón y demás, sino que las hizo a hachazos: descargó un hachazo y salio la nariz, de otro salieron los labios, con una barrena gruesa le taladró los ojos y, sin entretenerse en pulir su obra, la lanzó al mundo diciendo: «¡Vive!»…

… ¡Qué infinito número de iglesias y monasterios con cúpulas, torrecillas y cruces, hay diseminados por las santa y piadosa Rusia! Así también, son innumerables las naciones, las generaciones y los pueblos que se aglomeran y pasan como conjuntos abigarrados por la faz de la tierra, Y todo pueblo que llevan en sí la prenda de sus energías, plena su alma de capacidad creadora, junto a los demás dones que Dios le concedió, se distingue peculiarmente por su propio verbo, que, al designar, cualquier objeto, refleja en sus expresiones parte de su propio carácter. La palabra del británico responderá la conocimiento del corazón y de la vida. Una elegancia leve, que brilla y no tarda en esfumarse, es la palabra del francés. El alemán inventa una palabra complicada, de una inteligencia descarnada, que no está al alcance de todos. Pero no hay palabra de tan amplios vuelos, tan ágil, que salga del corazón mismo, que hierva y palpite, como la palabra rusa cuando esta da en el blanco….

Del Capítulo VII

… Dos horas después lo tenía todo listo. Cuando luego miró aquellos pliegos con los nombres de mujiks que en otro tiempo fueron mujiks, trabajaron, labraron, se emborracharon, guiaron coches y engañaron a sus señores, o, simplemente, fueron buenos mujiks, se sintió poseído de una sensación extraña e indefinible. Cada uno de los papeles parecía tener su propio caácter específico. Los mujiks de la Koróbochka poseían casi todos sus apodos y remoquetes. La relación de Pliushkin se distinguía por su laconismo: a menudo figuraban solo las iniciales del nombre y el patronímico, seguidas de dos puntos. Sobakévich admiraba por la extraordinaria cantidad de detalles, entre las que no había omitido ninguna de las cualidades de cada mujik. De uno se decía «Es un buen carpintero.» De otro: «Entiende el oficio y no bebe.»

Indicaba asimismo, muy circunstanciadamente, quiénes eran el padre y la madre y la conducta de ambos. Únicamente a continuación de cierto Fedótov había escrito: «Padre reconocido; su madre es la sirviente Kapitolina; per es de buen carácter y no roba». Todos estos detalles daban como un aspecto de vida, era como si los mujiks vivieran aún la víspera. Chíchikov se quedó mirando durante largo rato sus nombres, se sintió enternecido y dijo suspirando:

ComoOsArreglasteis

-¡Cuantos os habéis reunido en estas listas! ¿Qué hicisteis, queridos, en vida? ¿Cómo os las arreglabais para salir adelante?

Y sus ojos se detuvieron ante un nombre, el de nuestro conocido Piotr Savéliev Desprecia-Tina, perteneciente en tiempos a la propietaria Koróbochka. Chíchikov no se contuvo y dijo:

-¡Qué largo eres! ¡Ocupas toda la línea! ¿Eras operario o simple campesino? ¿Qué clase de muerte se te llevó? ¿Acabaste en la taberna, o te pasó por encima un carro cuando estabas durmiendo en medio del camino? Stepán Probka, carpintero, no puerba el vino. ¡Ah! ¡Aquí está Stepán Probka, el bogatir que habría servido para la Guardia! Seguramente recorriste toda la provincia con el hacha en la cintura y las botas colgadas del hombro, te alimentabas con un kopek de pan y dos de pescado ahumado, y en la bolsa guardarías cien rublos para llevarlos a casa, y acaso llevases cosido en el pantalón de lienzo o metido en las botas el dinero destinado a pagar las cargas que te correspondían. ¿Dónde acabaste tus días? Te subiste, movido por el deseo de ganar más, hasta la cúpula de alguna iglesia, o acaso llegaste a la misma cruz, resbalaste y te estrellaste en el suelo, y solo cualquier tío Mijei, que se encontraba allí cerca, dijo, mirándote y rascándose el cogote: «¡Ay, Vania, has tenido mala suerte!», después de lo cual, anudándose una cuerda a la cintura, subió a ocupar tu puesto.

«Maxim Teliátnikov, zapatero.» ¡Je, je, zapatero! Según el dicho «borracho como un zapatero». Te conozco, te conozco, amigo. Si quieres, te contaré tu  historia. Aprendiste el oficio con un alemán, que os daba de comer a todos juntos, os sacudía con el tirapié cada vez que hacíais algo malo y no os dejaba salir a la calle a hacer travesuras. Eras una maravilla de zapatero y el alemán no se cansaba de alabarte halando con su mujer o algún compañero. Y cuando terminó tu aprendizaje te dijiste: «Ahora me estableceré por mi cuenta, pero no haré como el alemán, que va buscando el kopek, sino que me enriqueceré de una vez.» Te comprometiste a abonar a tu señor un censo anual bastante elevado, abriste tu tallercito, tomaste un gran número de encargos y empezaste a trabajar. Conseguiste a la tercera parte del precio corriente un cuero estropeado y en cada par ganabas más del doble de lo que el alemán sacaba. Pero al cabo de un par de semanas tus botas se habían roto y las reclamaciones fueron de lo más enérgico. Tu taller se quedó vacío y tú te dedicaste a beber y a revolcarte por las calles, y no cesabas de decir: «Las cosas de este mundo van mal. Los rusos no pueden vivir, siempre les estorban los alemanes.»

PuafUnaMujerEn esto, Chíchikov leyó: Elisaveta Vorobei. ¡Puaf! ¡Una mujer! ¿Cómo había ido a parar a la relación? El miserable de Sobakévich le había engañado también en eso. En efecto, era una mujer. Resultaba imposible decir cómo había ido a parar allí, pero el nombre había sido escrito tan hábilmente, que de lejos e la podía tomar por hombre, de tal manera que resultaba Elisabev, y no Elisaveta. Sin embargo, Chíchikov no lo tomó en consideración y se limitó a borrarlo.

«Grigori Iras no llegarás». ¿Qué clase de persona fuiste? ¿Eras un cochero que se hico con tres caballos y con un cochecillo, que abandonaste para siempre tu casa, la madriguera en que naciste, y te dedicaste a llevar a los mercaderes de feria en feria? Entregaste tu alma a Dios en un camino, o te mataron tus propios compañeros por culpa de la mujer de un soldado, llena y colorada, o bien un vagabundo de los bosques se enamoró de tus manoplas de cuero y de tus caballejos, fuertes a pesar de su poco atrayente aspecto. O acaso tú mismo, tumbado de espaldas, estuviste largo rato pensando, y después, sin más ni más entraste en la taberna, y a continuación te tiraste al río por un boquete abierto en el hilo, y si te he visto no me acuerdo. ¡Estos rusos! ¡No les gusta morir de muerte natural!

«¿Y vosotros, amigos? –prosiguió, volviendo la mirada al papel donde figuraban los siervos fugitivos de Pliushkin-. Vosotros, aunque vivos, pocos beneficicos me reportaréis. ¿Adónde os llevan ahora vuestros rápidos pies? ¿Vivíais mal con Pliushkin o es que vuestro espíritu aventurero os empujó a los bosques, donde desvalijáis a los transeúntes? ¿Estás en la cárcel u os habéis acomodado con otros señores y aráis la tierra? Eriomin Kariaguin, Nikita Volokota, su hijo Antón Volokita; éstos, a juzgar por sus apellido, eran buenos corredores. Popov, un criado, debe de saber de letras; éste no echaba mano al cuchillo, sino que robaba guardando las apariencias. Pero el capitán de la policía rural te detiene por indocumentado. «¿De quién eres?», te pregunta, añadiendo en esta ocasión tan propicia alguna palabra gruesa. «Del terrateniente Fulano de Tal», respondes tú sin vacilación. «¿Qué haces aquí?», pregunta el capitán. «He sido autorizado para trabajar fuera de la hacienda a cambio de un canon», contestas sin tartamudear. «¿Dónde está tu pasaporte» «Lo tiene mi amo, trabajo en el taller de Pímenov.» «Que venga Pímenov. ¿Eres tú Pímenov» «Yo soy.» «Te entregó su pasaporte?» Mujik 5«No, no me entregó pasaporte alguno.» «Por qué mientes», dice el capitán con el aditamento de una palabra gruesa. «Así es –respondes tú diestramente-, no se lo entregué a él porque llegó tarde a casa; lo di para que lo guardara a Antip Prójorov, el campanero.» «Que venga el campanero. ¿Te dio sus pasaporte?» «Nada de eso no me dio ningún pasaporte» «Lo tenía –dices tú prontamente-, pero lo debí de perder por el camino.» «Y el capote de soldado –sigue el capitán, acompañando la pregunta de otra palabra gruesa- ¿por qué lo robaste?» «Por qué robaste al sacerdote un baúl con monedas de cobre?» «Yo no he sido –contestas sin vacilar-. nunca he tenido nada que ver con ningún robo.» «¿Y por qué te han encontrado el capote?» «No lo sé, seguramente lo traería alguien.» «!Eres una bestia, una bestia! –dice el capitán, meneando la cabeza y poniéndose en jarras-. A ver, ponedle los grillos en los pies y llevadlo a la cárcel.» «Como usted diga, con mucho gusto», respondes tú. Sacas del bolsillo la tabaquera y obsequias amistosamente a los dos inválidos que te ponen los grillos, y les preguntas cuánto hace que los licenciaron y en qué guerra estuvieron. Y permaneces en la cárcel mientras el tribunal toma una decisión sobre tu causa. Finalmente, el tribunal acuerda que seas trasladado de la cárcel de Tsarevokokshaisk a la de tal ciudad, donde el nuevo tribunal decide tu traslado a cualquier Vesiegonsk. Y así vas de cárcel en cárcel, pasas revista a tu nueva residencia y dices: «En Vesiegonsk se está mejor, se puede jugar hasta a la taba, hay más sitio y más gente.» ¡Abakum Firkov! ¿Eres tú hermano? ¿Por qué lugares andas? ¿Fuiste a parar al Volga y te gustó la vida libre de los sirgadores?...»

Al llegar a este punto, Chíchikov se detuvo y quedó pensativo…

    

199

… Por fin llegaron en tropel a la residencia del jefe de policía. Éste, en efecto, hacía milagros. En cuanto se impuso de la situación llamó a un guardia, un mozo despierto calzado con altas botas acharoladas, y se limitó a murmurarle un par de palabras al oído, añadiendo únicamente:

- ¿Entiendes?

Luego, mientras los huéspedes iniciaban en otra habitación la partida de whist, en la mesa fueron apareciendo platos de esturión, de salmón, de caviar prensado y caviar fresco, arenques, queso, lenguas ahumadas y lomo de esturión ahumado, de todo lo que en el mercado había. Seguidamente, aparecieron los complementos que ofrecía el anfitrión: una empanada rellena con las barbas de un esturión de nueve puds, otra rellena con setas, pastas y pastelitos.

En cierto sentido, el jefe de policía era el padre y bienhechor de la ciudad. Entre sus habitantes se encontraba como en el seno de su propia familia y en las tiendas y el mercado entraba como en su propia despensa. En general, se mantenía en su puesto y había llegado a la perfección en el ejercicio de sus funciones. Sería difícil, incluso, decir si él había sido creado para el cargo o el cargo había sido creado para él.

Los negocios los manejaba muy hábilmente, tanto que sus ingresos duplicaban con creces los de sus predecesores, a pesar de lo cual se había ganado el cariño de la ciudad entera. Los comerciantes eran los primeros en quererle, porque no era orgulloso. En efecto, se prestaba a ser padrino de sus hijos, fraternizaba con ellos, y aunque a veces los despellejaba a conciencia, se deba gran maña para hacerlo: les daba palmadas en la espalda, se reía, les ofrecía té, prometía jugar una partida de damas, se interesaba por la marcha del negocio, etc. Si se enteraba que una de sus criaturas había caído enferma, le aconsejaba qué medicina le convenía. En una palabra, era un tipo magnífico…

… Viendo que los preparativos estaban ultimados, el jefe de policía invitó a los jugadores a dejar la partida para más tarde, y todos pasaron a la otra habitación, de donde llegaba un olorcillo que hacía rato cosquilleaba agradablemente las narices de los invitados y hacia donde Sobakévich no cesaba de mirar, atraído por el esturión que permanecía aparte, llenando una gran fuente.

Los invitados tomaron una copa de vodka de ese color aceitunado que solo se encuentra en las piedras trasparentes de Siberia que en Rusia sirven para hacer sellos, y, tenedor en mano, se acercaron dispuestos a demostrar su carácter y sus aficiones, atacando quién al caviar, quién al salmón, quién al queso. Sobakévich, despreciando estas menudencias, se instaló frente al esturión y, mientras los demás bebían, conversaba y comían, en poco más de un cuarto de hora dio fin al enorme pescado, de manera que cuando el jefe de policía se acordó de él y dijo:

- A ver, señores, qué opinan de esta obra de la Naturaleza- y se acercó junto con los demás al esturión, se dio cuenta de la que de la obra de la Naturaleza apenas si quedaba la cola. Sobakévich, disimulando como si eso no tuviera nada que ver con él, se acercó a un plato separado del resto y pinchó con el tenedor un pececillo ahumado.

Habiendo dado así cuenta del esturión, Sobakévich se sentó en una butaca y ya no comió ni bebió nada más; se limitó a entornar los ojos y a parpadear. El jefe de policía no parecía que escatimase el vino. Los brindis se sucedían sin cesar. El primero fue, como los mismos lectores podrán adivinar, a la salud del nuevo terrateniente de la provincia de Jersón; luego se bebió por el bienestar de sus campesinos y por su feliz instalación en las nuevas tierras; luego a la salud de su futura y bella esposa, cosa que arrancó una agradable sonrisa de los labios de nuestro héroe…   

TrasEsturion

Del Capítulo VIII

… Para comprenderlo tendríamos que decir muchas cosas de las mismas damas, de su sociedad, y pintar con vivos colores sus cualidades morales. Pero el autor lo encuentra muy arduo. Por una parte, le detiene el infinito respeto que siente hacia las esposas de los dignatarios, y por otro, le es sencillamente difícil. Las damas de la ciudad de N. era… no, no puedo, experimento una verdadera timidez. En las damas de la ciudad de N. lo más notable era… Resulta hasta extraño, la pluma no obedece, es como si alguien hubiera colocado un plomo en ella.

Sea. Cuando se trata de caracteres parece que habrá que ceder la palabra a quienes emplean más vivos colores y un paleta más rica; nosotros tendremos que conformarnos con decir, acaso, un par de palabras acerca de su aspecto, limitándonos, además, a lo superficial. Las damas de la ciudad de N. eran lo que se dice presentables, y en este sentido se les habría podido poner decididamente de ejemplo a todas las damas. En lo que se refiere a la manera de comportarse, de mantener el tono, de observar la etiqueta y una multitud de conveniencias de lo más sutiles, y particularmente en cuando a guardar la moda en sus últimos detalles, iban incluso por delante de las damas de San Petersburgo y Moscú

LasDamas3   Se vestían con mucho gusto, por la ciudad iban en coche,  tal como manda la última moda, y detrás del coche se balanceaba el lacayo vestido con librea de galones dorados. La tarjeta de visita, aunque fuera algo escrito sobre un dos de tréboles o un as de piques, se consideraba muy sagrada. Tuvo la culpa de que dos damas, muy amigas y hasta parientas, riñeran definitivamente, pues una de ellas había olvidado devolver la visita. Y por mucho que luego se esforzasen sus maridos y deudos por reconciliarlas, fue imposible: en el mundo se podía hacer cualquier cosa menos reconciliar a dos damas reñidas por no haber devuelto una visita. Así quedaron las dos damas en cuestión distanciadas, según expresión de la buena sociedad de la ciudad que nos ocupa.

Por lo que se refiere a quién había de ocupar los primeros puestos, se producían también escenas muy fuertes, que empujaban a veces a los esposos a la adopción de medidas verdaderamente caballerescas cuando trataban de salir en defensa de sus cónyuges. Al duelo no se llegaba, naturalmente, porque todos ellos eran funcionarios de la Administración, pero se esforzaron por cubrir al otro de fango, lo cual, como es sabido, a veces trae consecuencia más graves que cualquier duelo. En punto a la mora, las damas de N. eran muy severas, se veían poseídas de una noble indignación contra el vicio y todo género de tentaciones, y condenaban sin piedad alguna de las menores debilidades. Si alguna vez se producía entre ellas lo que se llama una aventurilla, lo mantenían en secreto, de manera que nada daba a entender lo sucedido; conservábase por completo la dignidad y el propio marido estaba tan preparado, que si veía algo u oía hablar de la aventurillas, se limitaba a responder con pocas palabras y recurriendo sensatamente a un dicho: «A  nadie le importa lo que la comadre habló con el compadre».

Hay que añadir que las damas de N. se distinguían, a semejanza de muchas damas petersburguesas, por la extraordinaria cautela y conveniencia de sus palabras y expresiones. No decían nunca «me he sonado, «he sudado» o «he escupido», sino «me he aligerado la nariz» o «me ha valido del pañuelo». En ningún caso se podía decir «este vLasDamas2aso o este plato huelo que apesta». Incluso no se podía decir nada que hiciese alusión a tal cosa, sino que recurrían a expresiones como «este vaso se comprota mal» o algo semejante. Al objeto de ennoblecer más aún el idioma ruso, en la conversación se había prescindido casi de la mitad de las palabras, por lo que se recurría al francés con gran frecuencia; en cambio, cuando hablaban en francés era otra cosa; entonces se permitían palabras mucha más fuertes que las antes mencionadas.

Así pues, eso es lo que se puede decir de las damas de N. hablando superficialmente. Si escarbásemos más, es claro que aparecerían otras muchas cosas, pero resulta muy peligroso profundizar en el corazón de las damas. Nos limitaremos, pues, a un examen superficial y seguiremos adelante…

...

... Chíchikov se sintió abrazado por varias personas a la vez.

No había podido librarse enteramente de los brazos del presidente cuando se vio ya en los brazos del jefe de policía; el jefe de policía lo entregó al inspector de Sanidad; el inspector de Sanidad, al arrendatario de los servicios públicos; el arrendatario de los servicios públicos al arquitecto… El gobernador, que en aquel momento se encontraba con las damas y sostenía con una mano el papel de un caramelo y con la otra un perrito de lanas, dejó caer, al verle, el papel y el perrito, el cual lanzó un chillido al darse un trastazo. En una palabra, la aparición de Chíchikov produjo una satisfacción y alegría extraordinaria. No hubo un rostro que no expresase satisfacción, o, al menos, un reflejo de satisfacción.

Les ocurrió lo mismo que se observa en las caras de los funcionarios a quienes se ha presentado en visita de inspección el feje de las oficinas que ellos gobiernan. Después de pasar el primer susto, ven que le han agradado muchas cosas, que se digna a sonreír y pronuncia alguna frase agradable, y los funcionarios ríen doblemente; se ríen de buen grado hasta aquellos que no han oído bien las grases; se ríe hasta el policía que está lejos, junto a la puerta y que desde que nació no se ha reído nunca, pues lo único que ha hecho es mostrar el puño a la gente; pero siguiendo las leyes inmutables del reflejo, su rostro expresa algo parecido a una sonrisa, aunque esta sonrisa produce más bien la sensación de que fuera a estornudar después de haber tomado una pulgarada de rapé fuerte.

ChichikovAbrazadoNuestro héroe respondió a todos y cada uno con una extraordinaria naturalidad: inclinábase a derecha e izquierda, algo de lado, según su costumbre, pero con una soltura que encantó a todos. Las damas lo rodearon al momento, formando una deslumbrante guirnalda y le hicieron llegar nubes enteras de todo género de permutes: una emanaba olor a rosa, otra olía a primavera y violetas, una tercera parecía saturada de reseda. Chíchikov no hacía más que levantar la nariz y olfatear…

...

… Cierto, mirando las cosas con ojos de hombre sensato, veía que todo aquello era una estupidez, que una necedad no significaba nada, singularmente en aquellos momentos, cuando lo principal estaba ya ultimado debidamente. Pero el hombre es un ser sorprendente: le disgustaba muy de veras que lo mirasen con malos ojos aquellos a quienes él no  estimaba y acerca de los cuales se manifestaba con expresiones tan duras, criticando su vanidad y sus trajes. Y su irritación creció todavía más al comprender, después de analizar lo sucedido, que, en parte, él mismo era el culpable.

No se enfadó, sin embargo, consigo mismo, y con razón. Todos tenemos la pequeña debilidad de ser algo indulgentes con nosotros mismos y preferimos encontrar a alguien sobre el cual descargar nuestro enfado, por ejemplo, un sirviente, o un funcionario a nuestras órdenes que tiene la mala ocurrencia de presentarse en ese momento ante nosostros, o la esposa, o aunque sea un silla, que irá a parar al diblo sabe adónde, a la misma puerta, y que se quedará sin un brazo o sin respaldo. ¡Para que sepa lo significa nuestra ira!

Así, Chíchikov no tardó en encontrar al prójimo sobre cuyas espaldas descargar cuanto la irritación pudiera inspirarle. Ese prójimo fue Nozdriov

Por las calles y callejas más apartadas avanzaba con estrépito un vehículo tan extraño que nos veríamos en grandes dudas si quisiéramos especificar de qué clase de vehículo se trataba. No era ni tartana, ni calesa, ni tílburi; más bien se parecía a una sandia carirredonda puesta sobre dos ruedas. Las mejillas de esta sandía, o sea las portezuelas, que conservaban las huellas de pintura amarilla, ajustaban muy mal, a causa del mal estado de los cierres, que iban sujetos con cuerdas de cualquier manera. La sandía estaba repleta de almohadones de percal en forma de saquitos, rollos y simples cojines, y de sacos rebosantes de pan, rosquillas y bollos de todo género. De entro todo aquello sobresalían dos empanadas. La trasera la ocupaba un sujeto que quería hacer las veces de lacayo, vestido con una chaquetilla de tela casera y con una barba en la que empezaban a apuntar las canas: lo que de ordinario se conoce con el nombre de «mozo».

El ruido del vehículo sobre las piedras y el chirrido de los hierros y oxidados tornillos despertaron en el otro extremo de la calle al guarda, quien, empuñando su alabarda, gritó a voz en cuello con vos adormilada: «¿Quién va?», aunque, viendo que no iba nadie y que únicamente se oía un estrépito lejano, se quitó del cuello un animalito, se acercó con él entre los dedos a la farola y lo ajustició acto seguido entre las uñas. A continuación dejó la alabarda y se durmió de conformidad con los reglamentos de la orden de caballería de que formaba parte…

MiórtvyieDushi

Del Capítulo X 

… Probaron a tocar el tema de Napoleón, pero se arrepintieron, porque Nozdriow dijo tales absurdos que ni se parecían a la verdad ni se parecían a nada, hasta tal punto que los funcionarios se apartaron, suspirando, de él, dejándolo por imposible. El jefe de Correos fue el único que siguió escuchando con la esperanza de que acabaría por decir algo interesante, pero al cabo de un rato se alejó, comentando:

- ¡El diablo sabe qué es eso!

Los funcionarios se vieron en una situación peor que la de antes, llegando a la conclusión de que no habían podido averiguar nada acerca de Chíchikov. Quedo claro cómo es el ser humano: es sabio, inteligente y sensato en todo lo que se refiere a los demás, pero no con relación a su propia persona. ¡Qué prudentes y firmes son los consejos que da en los momentos difíciles! «¡Qué cabeza más lúcida! –grita la gente-. ¡Qué firmeza de carácter!» Pero si a esa cabeza lúcida le ocurre una desgracia y se ve ante un caso difícil, desaparece el carácter, el firme varón se turba y se convierte en un pobre cobarde, en una nulidad, en una débil criatura, en un fetiuk, para utilizar la expresión de Nozdriov.

Todos estos comentarios, rumores y pareceres, sin que se sepa la causa, afectaron principalmente al pobre fiscal…

Del Capítulo XI 

… En él no había nada ni de bueno ni de malo, y la falta de todo dejaba un vacío terrible. Su rostro duro como el mármol, sin ninguna imperfección de bulto, no se parecía a nada; los rasgos guardaban entre sí una fría proporción. Únicamente las frecuentes picaduras de viruela y las arrugas que surcaban aquella cara lo incluían entre las personas a las que, según la expresión popular, el diablo acude por las noches para moler guisantes en su cara. No parecía que hubiera fuerza humana capaz de abrirse camino hasta tal individuo y de ganarse su buena disposición, pero Chíchikov probó.

En un principio trató de hacerse agradable a toda clase de pequeñas atenciones: miró atentamente la manera como el viejo tajaba las plumas que utilizaba para escribir, preparó unas cuantas según ese modelo y no desaprovechaba la ocasión de ponerle una en la mano. Soplaba en su mesa para quitar de ella la arenilla y el rapé. Se hizo con un trapo nuevo para su tintero. Buscó el sitio donde ponía el sombrero, el más estrafalario sombrero que jamás haya existido en el mundo, y siempre se lo traía en el momento en que se acababan las horas de oficina. Le cepillaba la espalda si se había manchado de cal al rozarse con la pared. Pero todo esto pasaba sin dejar rastro alguno, como si no hiciera nada.

HijaCovachuelistaFinalmente, husmeó en su vida doméstica y familiar, supo que tenía una hija ya de ciertos años que poseía una cara como si en ella moliesen guisantes por las noches. Por ese lado es por donde pensó inicial el asalto. Se enteró de la iglesia a la cual solía ir los domingos, procuró ponerse siempre frente a ella, siempre bien vestido y con la camisa bien almidonada, y el éxito coronó sus esfuerzos. ¡El severo covachuelista se tambaleó y Chíchikov fue invitado a tomar el té! Antes de que en la oficina pudieran darse cuenta, Chíchikov se había mudado a la casa del viejo, donde no tardó en hacerse necesario y hasta imprescindible; se encargaba de comprar la harina y el azúcar y trataba a la hija como a su prometida. Llamaba al covachuelista papá y le besaba la mano.

En la oficina, todos pensaban que a últimos de febrero, antes de entrar en la Cuaresma, se celebraría la boda.

El severo covachuelista hizo incluso gestiones en su favor, y al cabo de cierto tiempo Chíchikov pasaba a ocupar una plaza semejante a la del viejo, que había quedado vacante. Esto parecía ser el propósito que le movía a intimar con el viejo covachuelista, porque a continuación hizo que trasladasen reservadamente su baúl de casa y al día siguiente anunciaba el cambio de domicilio. Dejó de llamar papá al covachuelista y de besarle la mano, y ya no se volvió a hablar de la boda, como si nada hubiera ocurrido. Eso sí, al encontrarse con él le estrechaba la mano cariñosamente y le invitaba a tomar té, de tal manera que el viejo covachuelista, a pesar de su eterna inmovilidad y de su correosa indiferencia, siempre meneaba la cabeza y gruñía a media voz:

-¡Me ha engañado, me ha engañado este hijo del diablo!

Fue el umbral más penoso que tuvo que atravesar…

...

… En el hombre todo cambia con rapidez. Antes de que uno se haya dado cuenta, ha crecido dentro de él un terrible gusano que se apodera imperiosamente de todos sus jugos vitales. Y muy a menudo, no ya una gran pasión, sino una pasioncilla mezquina por algo deleznable, se desarrolla en un espíritu nacido para mejores empresas, haciéndole olvidad sus grandes y sagrados deberes y ver lo gran de santo en lo que son desdeñables minucias.

LasPasionesHumanasLas pasiones humanas son incontables como las arenas del mar, no se parecen unas a otras, mas todas ellas, las mezquinas y las hermosas, se muestran en un principio dóciles a la voluntad del hombre y luego se imponen a él con fuerza terrible. Bendito el que entre todas las pasiones elige la más hermosa, Crece y se decuplica a cada hora y a cada minuto su infinita dicha, y se adentra más y más en el paraíso infinito de su alma. Hay pasiones, sin embargo, cuya elección no procede del hombre. Nacieron con él, en el momento en que él vio la luz, y no le han sido dadas fuerzas suficientes para apartarse de ellas. Son regidas por los sublimes designios y en ellas hay algo que invoca eternamente, que no enmudece a lo largo de toda la vida. Están llamadas a cumplir una gran misión en la tierra. Lo mismo si encarnan en figuras oscuras que si cruzan como un luminosa aparición que lleva la alegría al mundo, están llamadas por igual a proporcionar al hombre un bien desconocido. Acaso en la misma pasión que domina a Chíchikov, que le arrastra, que no depende de él, y en su fría existencia, se encierra lo que reducirá a cenizas y hará caer de rodillas al hombre ante la celestial sabiduría. También es un misterio por qué dicha figura surgió en el poema que ahora sale a la luz…

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… ¡Oh, troika! ¿Quién ten inventó, pájaro troika? Únicamente podías nacer en el seno de un pueblo diestro, en un tierra que no gusta de bromas y se extiende por medio mundo. ¡Ve a contar las verstas hasta que se te cansen los ojos! Y es un vehículo simple al parecer, que no conoce el hierro de tornillo, hecho y armado, en un dos por tres, a golpe de hacha y escoplo, por el hábil mujik de Yaroslav. El cochero no es un alemán de botas altas; es un barbudo campesino de gruesas manoplas, y va sentado el diablo sabe cómo. Se incorpora, hace restallar el látigo, entona su dilatada canción y los caballos se lanzan como un torbellino, los rayos de las ruedas se confunde hasta formar un círculo, el camino retiembla y resuena el grito del caminante que se detuvo asustado. La troika pasa volando, vuela… ya está allá lejos, entre una nube de polvo, y hiende el aire.

¿No avanzas tú, Rusia, como una troika a la que nadie puede dar alcance? Se alzan nubes de polvo por donde tú pasas, retiemblan los puentes y todo lo dejas atrás. El espectador se detiene pasmado por ese milagro de Dios. ¿No es un rayo que cayó del cielo? ¿Qué significa ese terrorífico movimiento? ¿Qué ignorada fuerza encierran para el mundo esos desconocidos corceles? ¡Ah, corceles, corceles! ¡Qué corceles! ¿Lleváis un torbellino en vuestras crines? ¿Lleváis un sensible oído en cada una de vuestras fibras? Oyen la familiar canción que les llega de arriba, ponen en tensión al unísono los pechos de bronce y, casi sin rozar el suelo con los cascos, convertidos en una alargada línea, vuelan por el aire y avanza la troika impulsada por el hálito divino… ¿Adónde vas Rusia? Responde. No contesta. Se oye el portentoso son de la campanilla. Resuena y se convierte en viento el aire rasgado a su paso. Pasa de largo todo cuanto hay en la tierra, miran, se partan y le ceden el camino otros pueblos y naciones.

ManuscritoYTroika

De la Segunda parte 

Del capítulo III 

… El labrador es lo más hermosos que tenemos. ¿Por qué lo tocáis? Todos tenían que ser labradores.

- Entonces, ¿usted cree que lo más provechoso es dedicarse a la labranza? –preguntó Chíchikov.

- Es lo más legítimo, y no lo más provechoso. Ya lo sabe: ganarás el pan con el sudor de tu frente. No hay que darle vueltas. La experiencia de siglos demuestra que el agricultor es más moral, más puro, más noble. Yo no digo que no hay que ocuparse en otros oficios, pero la base de todo ha de ser la labranza. De eso es de lo que se trata. Las fábricas aparecerán por sí mismas, pero aparecerán las que tengan razón de ser, las que el hombre necesita aquí, en el lugar que ocupa, y no fábricas destinadas a satisfacer esas necesidades que empujan a la molicie. No serán como esas fábricas que luego para sostenerse y dar salida a sus productos, recurren a todo género de odiosas medias, corrompen y pervierten al desgraciado pueblo. Por mucho que sea el beneficio que producen, yo no tendré esas fábricas que fomentan y estimulan las necesidades superiores- ¡Nada de tabaco ni de azúcar, aunque pierda un millón! ¡Si la depravación se apodera del mundo, que yo no haya contribuido a ello! Quiero presentarme limpio ante Dios… Llevo veinte años viviendo con la genere y sé cuales son las consecuencias…

… - Si usted quiere hacerse rico rápidamente- le interrumpió Kostanzhoglo con voz brusca, como si el tema le irritase profundamente-, no lo conseguirá nunca; y si se quiere hacer rico sin pensar en plazos, lo conseguirá en muy poco tiempo.

- La lástima es que hay que esperar mucho. Uno querría verlo tal y como desearía que fuese.

LaPaciencia- ¿Es usted un jovenzuelo de veinticinco años? ¡No sea impaciente! ¿Es usted un empleadillo de San Petersburgo? Tenga paciencia. Trabaje seis años seguidos: plante, siembre, are sin descansar un solo minuto. Es difícil, claro. En cambio, una vez haya puesto en marcha la tierra, ella misma vendrá en su ayuda, y no de cualquier manera, no; además de los setenta brazos de que pueda disponer, trabajarán para usted otros setecientos brazos invisibles. Se decuplicará todo. yo, ahora, apenas si tengo necesidad de mover un dedo: todo marcha por sí mismo. Sí, la Naturaleza ama la paciencia, es un ley dada por Dios, que favorece a los pacientes…

… El ruso, por mí mismo lo veo, necesita un acicate: de otro modo, se apodera de él la pereza y se convierte en un inútil.

- Es extraño –dijo Platónov-. ¿Por qué el ruso muestra tal tendencia al abandono, hasta el punto de que el hombre del pueblo se convierte en un borracho y un miserable si no se le vigila?

- Por la falta de cultura –observó Chíchikov.

- Dios sabe. Nosotros somos personas cultas, hicimos estudios en la Universidad, y sin embargo, ¿para qué servimos? ¿Qué he aprendido yo? A vivir ordenadamente no he aprendido, todo lo contrario, he aprendido el arte de derrochar el dinero en toda clase de nuevos refinamientos, a gastarlo en cosas caras. Lo único que he aprendido es a dilapidar el dinero en todo lo que signifique confort. ¿Ocurre así porque yo fuera mal estudiante? No, porque lo mismo les ha pasado a los demás compañeros. Dos o tres sacaron verdadero provecho, y eso acaso porque ya de por sí era inteligentes, pero los demás únicamente se esforzaron en aprender lo que daña la salud y a conseguir dinero. Palabra de honor. A veces pienso que el ruso es hombre perdido. Quiere hacerlo todo y no puede hacer nada. Siempre decide uno que a partir de mañana empezará una nueva vida, que se pondrá a dieta, pero no ocurre nada de esto. Esa misma tarde se llena el estómago de tal modo que hasta pierde la facultad de pensar y no hace más que mirar cómo un búho a la gente. Y así pasa con todo.

- Sí –dijo Chíchikov sonriendo irónicamente-, es una historia que se repite mucho.

- Es como si no hubiéramos nacido para ser sensatos. No creo que haya ninguno de nosotros que sea sensato. Ni siquiera lo creo cuando veo que alguien vive ordenadamente y ahorra algún dinero. Llega a viejo y entonces el diablo se mete en medio y lo tira todo por la ventana. Y son todos los mismo, igual los cultos que los incultos. No, nos falta algo, pero no podría decir qué…

LaTroika

De Uno de los últimos capítulos (* Corresponde a una versión anterior a la de los cuatro primeros capítulos)

… Mientras tanto, en la ciudad se iba a celebrar otra feria, la destinada a la nobleza. La anterior había sido más bien una feria de caballos, de ganado, de materias primas y de artículos fabricados por los campesinos y que acudían a comprar tratantes y mayoristas. Ahora le tocaba a la vez a los artículos adquiridos para los señores en la feria de Nizhni Nóvgorod. Acudía el azote de los bolsillos rusos; los franceses con sus pomadas y las francesas con sus sombreros, que se apoderaban de un dinero conseguido con trabajo y con sangre, era, según expresión de Kostanzhoglo, una langosta que, como la de las plagas de Egipto, no contenta con devorarlo todo, dejaba sus huevos enterrados…

 

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