FRAGMENTOS DE LIBROS:  DOMAR A LA DIVINA GARZA      (1988)                            

   DomarALaDivinaGarza

 

    Sergio Pitol      (México) 

 

      Editorial      :  ANAGRAMA   -  Narrativas hispánicas 

 

 

Fragmentos de libros          

                                           

Del capítulo I

Donde un viejo novelista, a quien la edad perturba seriamente, muestra su laboratorio y reflexiona sobre los materiales con los que se propone construir una nueva novela.

     … Un día, en medio de la sarta habitual de lugares comunes, hizo una cita de Las ciudades invisibles de Calvino. Se desprendió de ahí una historia casi inconcebible. Glaubner había aprendido el italiano, que no era idioma obligatorio en sus estudios, solo para poder leer a Italo Calvino en su lengua. Por anómalo que pueda parecer, conocía a la perfección toda su obra. Una profesora de español le había prestado, hacía años, una edición argentina de El sendero de los nidos de araña. Comenzó a leerla con tedio, solo para enriquecer su vocabulario. De pronto, algo en esa lectura tocó un sitio inesperado de su ser y provocó el incendio. Descubrió que una novela podía ser una cosa diferente de una enumeración tediosa de fruslerías, sociales o psicologizantes, capaz de transmitirle algo que nada tenía que ver con aquello conceptuado como literatura, producirle emociones solo conocidas en sus tratados de comercio exterior y de estadística, hasta quizás más intensas…

BarcoSobreSulimaniye

Del capítulo III

Donde se relata la llegada de tres mexicanos a Estambul, y la manera en que desde el primer momento comienza a presentirse la inminente aparición de la controvertida Karapetiz.

     … No dejo que me encajen un producto sin antes haber comprobado sus virtudes. Me cierro, me acorazo, me cubro de espinas hasta volverme un puerco espín, o permanezco sumergido en mi carapacho como un sabio y precavido quelonio a quien mucho han enseñado los años. Llego a cualquier encuentro más que pertrechado. Y no es que la mía sea una mente inflexible, se lo aseguro. Trato de defenderme de los prejuicios igual que de las novedades. Estoy dispuesto a reconocer cualquier mérito ajeno, del mismo modo que admito y reconozco mis errores. Si me he equivocado al apreciar una personalidad me encontrarán siempre dispuesto a presentar excusas, a cambiar de opinión, a besar manos, pie en los casos extremos. Pero para llegar a eso, la parte contraria, llamémosla así, tiene que haberme convencido. Ramona oía embelesada a su hermano, ya de antemano vencida, dispuesta a la rendición incondicional, con expresión de rapto en sus ojos bovinos, la lengua pendiente, la saliva escurriéndole. Parecía implorar que le impusieran la marca de fuego que la distinguiera como animal de tal o cual ganadería, la de Rodrigo Vives, la de Marietta Karapetiz, hasta la de Sacha, lo que sería ya el colmo. Muy otro era mi caso. Yo estaba, y sigo estando, hecho de una sustancia diferente. La veía sorber la voz cada vez más extinguida, menos inteligible, de sus hermano, sumida en un éxtasis de beatitud ante la certeza de que esa noche, en cosa de minutos, iba a conocer al portento que se nos trataba de imponer a todo costo. Pero es necesario volver al punto donde he dejado la historia. Después de nuestro mediocre almuerzo y del triste paseo de esa mañana volvimos al hotel. Para esas horas yo andaba ya arrastrándome. Los tres nos movíamos como muertos vivientes. Llegué como pude a mi cuarto y me derrumbé en la cama. Creo que comencé a roncar antes de que mi cabeza llegara a tocar la almohada. En ese estado agradable y gratificante catatonia debo haber permanecido unas tres horas. Podría haber dormido más entregarme a ese sueño denso, sólido, sin fisuras, hasta la mañana siguiente. Para mi desdicha, me despertó el teléfono…

… Una infección, pústulas, qué sé yo. Le acababan de poner una inyección para bajarle la fiebre. Una enfermera le aplicaría otras cada cinco horas. No le permitían salir del hotel, ni siquiera de su habitación. Me pareció ver el cielo abierto. Dije, como es lo habitual en esos casos, que lo sentía mucho. Ofrecí, por mera cortesía; mis servicios. ¿Podía ser útil en algo? ¿Salir a comprar las medicinas? ¿Alguna otra cosa? Estaba a su disposición para lo que se ofreciera. Le desee un rápido restablecimiento, pero con sano egoísmo me alegraba de no tener que salir esa noche y poder así descansar como es debido, reponerme de las fatigas del viaje, que no acababa de superar…

MujeryTucan VitalyZasedko

Del capítulo IV

Donde al fin aparece la tan aguardada Marietta Karapetiz, y se muestran sus encantos, los que a Dante C. de la Estrella no en todo momento le parecen tales.

    Se hizo una pausa. No se podía decir que los miembros de la familia Millares hubieran seguido hasta ese momento con igual atención el relato de Dante de la Estrella. A cada uno de ellos le había interesado solo alguno que otro momento aislado de la historia. En general, consideraban el discurso del licenciado como un contrapunto permanente al ruido producido por la lluvia al azotar las ventanas. Un poco como oír la radio. El sonido estaba allí, pero nadie se sentía obligado a ponerle toda su atención. Aquel público familiar, inicialmente pasivo, había transitado del tedio a la impaciencia; hasta que, poco a poco, al transformarse el confuso balbuceo inicial del narrador en un golpe incontenible, éste había terminado por atraparlos. Al final, todos parecían estar más o menos pendientes del espectáculo ofrecido por aquella cabalgadura impaciente, nerviosa, a momentos casi enloquecida, que, tenían la seguridad, acabaría por conducir a su jinete hacia un inevitable precipicio. Millares había cerrado la novela de Simenon

    … y entré corriendo al restaurante. Le expliqué en italiano al mâitre… que teníamos reservada una mesa… para cuatro personas, y que era posible que nos estuviese esperando desde hacía un buen rato una señora. «¡Claro, claro, desde hace muchísimo rato!»… Aunque parezca asombroso, pero debo decir que con ella uno siempre se encontraba ante lo inusitado, allí seguía sentada la ya para este momento multicitada Marietta Karapetiz. Me es difícil describir mi primera  impresión. Me asustó casi. Su cara era la de un tucán; pero esa visión se desvaneció al instante, porque fuera de la nariz no tenía ninguno de los atributos que un atribuye a esas alegres aves tropicales. Era más bien un cuervo gigantesco con la nariz prominente… No, de nuevo les ido no se apresuren a avanzar sus propias versiones, no se podía decir que la viuda de Karapetiz fuera gorda, sino un tanto compacta, hermética, más bien cuadrada de hombros… No tengo empacho en volver a repetirlo, me produjo miedo. Estaba rodeada por una orquesta de gitanos… Me acerqué con paso decidido a la mesa. Me miró con tal desinterés que fue como si no me viera. Llegué a su lado y le tendía la mano. Me detuvo en seco con una ademán severo, militar, subió el tono de voz y siguió cantando. Al terminar la pieza despidió a los músicos con una sonrisa inmensa aunque un tanto melancólica y unas cuantas palabras en turco… Se volvió hacia mí, y con extrema dureza me indicó que la mesa estaba ocupada, que no aceptaba compañía. «¡Fuera de aquí! ¡Largo!», me gritó en inglés… Por fortuna, en esos momentos llegó Ramona. Recorrió el tramo de la puerta a nuestra mesa trastabillando con cara  de susto, movía la boca desaforadamente, parecía hablar sola aunque sin emitir sonidos. Me imaginé el mal momento que había pasado con el chófer. ¡A saber qué fortuna le habría arrancado por pasearnos durante hora y media contra nuestra voluntad por los peores barrios de Estambul! Pero estaba decidido a no sentirme culpable, a no dejarme chantajear por sus teatrales aspavientos… Ramona comenzó atropelladamente a explicarle a aquella autócrata quiénes éramos. Con gesto marcial, igual al empleado para impedir acercármele, nos señaló dos asientos y siguió tarareando ya sin músicos, la misma canción que había cantado. Sus palabras primera… no pudieron ser más antipáticas: «¡Vaya, vaya! ¡Mexicanos! Conozco su país, me imagino que de esto estarán enterados… ¡México lindo y querido, si muerto lejos de ti… ¡Conozco a mi gente! ¡Mañana, mañana, solo mañana! ¡No hagas hoy lo que puedas dejar para el Milenio próximo! ¡Pensar que estuve a punto de volverme mexicana!... ¡Doy gracias a la santa y muy milagrosa virgencita de los
nino consueloRemedios, y al Santo Niño de Chalma, y, desde luego y por encima de todas las cosas, a nuestra madre Tonantzin, la por antonomasia virgen, la morenita, la guadalupana Emperatriz de América, de haberme librado de reducirme al mañana y a año próximo, patroncitos, y de haber mantenido contra viento y marea mi creencia en el modesto presente, el hoy nuestro de cada día! ¡Olé torero!» No pude sino preguntarme si estábamos ante una trastornada, o si ya para esa hora la maestra estaría ahogada de borracha. Ramona Vives, muy apenada por la estrafalaria recepción, comenzó con la voz atiplada, monótona y sumisa propia de las niñas del Sagrado Corazón, a explicar desde el principio lo ocurrido… el interés sin límites que tenía de saludarla, verla, oírla, le faltó decir: olerla. Quería consultar con ella, añadió, ciertos papeles que para sus estudios consideraba fundamentales. «Usted es el verdadero objetivo de nuestro viaje…»

     - Una situación bastante divertida, al parecer –comentó Salvador Miralles.

    - ¿Se lo parece a usted? –preguntó De la Estrella con su voz más pedante. Quizá desde lejos, desde afuera, pueda considerársela divertidas, pero yo le aseguro que vivirla en carne propia no lo fue. Mientras Ramona repetía y magnificaba en la forma más alambicada todos los elogios que Rodrigo había expresado sobre Marietta y Aram Karapetiz, y añadía algunos de sus cosecha, la otra la miraba con atención, sopesando cada palabra, midiendo sus alcances, mientras al mismo tiempo escudriñaba con ojo rapaz de prestamista el atavío y las joyitas de la joven Vives; comenzó a acariciar un broche de plata con algunas incrustaciones azules, tal vez de lapislázuli… no estoy seguro, lo que sí me consta es que tan pronto como Marietta Karapetiz retiró la mano, Ramona se quitó del pecho la prensa y se la colocó en uno de los extremos superiores de aquel vestido que hacía parecer a su propietaria como una inexpugnable caja fuerte. La célebre humanista aceptó el regalo con desvergüenza inconcebible… Sacó un espejo de su bolsa de mano y estudió con frialdad la situación del broche. Lo cambio varias veces de posición para que hiciera juego con sus collares de pesadas bolas de plata… «¡Mil gracias te doy, Santísima Señora del Oponoxtle, por no desampararme en este día que tan aciago se presentaba.»

- ¡Y dice usted que no tenía gracia esa mujer! –lo interrumpió el padre de Miralles. De la Estrella lo miró de mala gana, pero el viejo no se inmutó-. A mi parecer, una mujer que espera en un restaurante más de hora y media y todavía se siente con ganas de bromear vale más que una mina de plata.

- ¡Apariencias! ¡Fachada! Si lo hubiera conocido mejor se guardaría usted esos comentarios, que, me permito decírselo, me gustan cada vez menos por encontrarles un parecido bastante sospechoso con ciertos diálogos zarzueleros de intención burlona. Las mofas, quiera aclararle, para un hombre como que como yo ha alcanzado desde hace mucho tiempo, tal vez presionado pro la fuerza de las circunstancias que han regido su vida, pero alcanzado al fin y al cabo, la madurez necesaria, no llegan a tocarme…


ViaVittoria Roma   … También yo creía que el mal momento inicial había pasado, que el hielo estaba roto, y aproveché la ocasión para presentarme como Dios manda y entregarle mi tarjeta de visita. La leyó a media voz, luego repitió en voz alta, escanciando cada una de las sílabas: «Dante C. de la Estrella, doctor en derecho, Via Vittoria, 36, Roma.» No había obtenido el título de doctor, bueno, no lo obtuve nunca. ¿por qué no decirlo? ¿Es acaso un delito? Pero no me parecía grave que la tarjeta me presentara como tal, pues en aquella época estaba seguro de que acabar el doctorado sería cosa de unos cuantos meses más. No fue así… La viuda de Karapetiz con la tarjeta aún en la mano me examinó con desprecio apenas disimulado, esbozó algo parecido a una sonrisa que podría ostentar una víbora, y al fin me preguntó: «¿Se trata de un pseudónimo?», para añadir con igual tonito de befa antes de que yo pudiera responderle: «¿Qué enigma se oculta tras la letra C?» Me quedé estupefacto, con el habla perdida ante la gratuidad de aquel inesperado ataque. A todo el mundo le había insinuado que aquella C era la abreviatura de César, el nombre de mi abuelo materno. Nunca me ha gustado mi segundo nombre, jamás lo uso. Aquella C fue estampada por un error de mi amigo, el del Consulado mexicano… Quise ignorar la insidiosa pregunta, comencé a recalcar mi firme fe en la puntualidad, contarle los sobresaltos que experimentamos en el taxi, pero ella me retrotrajo a su interrogatorio con un aire despiadado, de fiscal: «¿Se trata entonces de un pseudónimo, don Dante?» Denegué, atolondradamente, con la cabeza: quise volver a la historia del taxi, pero ahí estaba ya, acerada, implacable, la temida pregunta: «¿Y la C? Esa preciosa y querida letrita C, ¿Qué significa? ¿Acaso implica esa inicial el nombre de nuestro Salvador? Todo puede ocurrir en estos días, aunque me parecería ya un poco excesivo, ¿no le parece?» Iba a contestarle con un sofión tajante. En aquella época de vigorosa juventud algunas respuestas me resultaban más efectivas que un gancho al hígado, cuando Ramona Vives se me adelantó con su  odiosa voz de escolapia de colegio de monjas: «No, Marietta, por raro que te pueda parecer, no se trata de un pseudónimo. Dante es su nombre verdadero. Y la C que con tanta razón te intriga es la inicial de Ciriaco.» Ahí sí me quedé petrificado. ¿Cómo podía saberlo?... El madrazo que me asestaron fue tan demoledor que por un instante paralizó la energía de todas y cada una de mis células. Quien halla de haber experimentado la muerte clínica debe conocer una sensación semejante a la que viví en ese momento. Fue un milagro que no rodara por el suelo. Me había pasado la vida entera ocultando ese nombre… Di prueba de una fortaleza de carácter que ni siquiera yo mismo sospechaba, así que no solo no rodé por el suelo en medio de convulsiones, sino que me di el lujo de atravesar el puente con la frente en alto, y de terminar la explicación iniciada sobre nuestras dificultades con el taxista. «De saber que Rodrigo había elegido un restaurante tan lejos de la ciudad», observe, «hubiésemos pasado por usted para llegar todos junto. Así, en el caso de haber tenido que esperarnos, lo habría hecho en su casa con todas las comodidades necesarias». No sé si pensó que quería echarles una pullita a los Vives por su desatención, lo cierto es que me respondió no solo con burla sino con manifiesta grosería, que ella había elegido el lugar… y la razón de haber seleccionado ese lugar era precisamente por quedar a un paso de su casa. Comenzó a declamar a voz en cuello, sin que a nadie le importaran esas confidencias, que no toleraba las ciudades, ni las grandes, ni las chicas, ni las medianas. Ella era Naturaleza pura. Necesitaba el mar, el cielo, las montañas. También los ríos y la selva. Y allí tenía el mar a un tiro de pedrada… Vivo a un paso de este lugarcito adonde vengo a menudo a comer y a libar. De saber que llegarían tan tarde me habría sumergido en la bañera a remojarme una hora en leche de camella, el mejor remedio para suavizar el cutis y endurecer las vísceras» Le encantaba salir con sandeces como ésa, dignas de un payaso de legua, que ella pretendía hacer pasar por gracejos culteranos. Por fortuna, algo le llamó la atención del vestido de Ramona. Comenzó a palpar la tela de las mangas… Solo en ese momento, cuando me sentí fuera del foco de atención de Marietta Karapetiz, pude echar una mirada en derredor mío, y advertí que el local era mucho más elegante de lo que había supuesto. La mayor parte de las mujeres vestía traje de noche, y yo con mi camisola y mis pantalones de dril era el único comensal que daba la nota de informalidad al conjunto, lo que siempre tiende a hacerle pasar a uno un buen sofocón. Si hay alguien vulnerable es un roto en casa de catrines. Me sentí el payo del lugar, lo que intensificó aún más mi digusto ante aquel par de emperifolladas mujerucas. Pedí permiso para ausentarme al instante. ¡Ni se enteraron!...
 

HeronDivine

Del capítulo V

Donde el licenciado de marras, sin siquiera proponérselo, logra domar a la Divina Garza, y el regocijo general que resulta de esa victoria se enriquece con la súbita aparición del alegre Sacha.

Gogol debería ser el autor de cabecera del empresario contemporáneo. Yo concebí en mi ensayo a la gata rebelde de Puljeria Ivanovna, como un símbolo del anárquico empleado, sindicado o no, de nuestros días, capaz de acabar con el patrón que, en vez de usar con él la firmeza, trata de ganar su lealtad y comprensión con blanduzcas filantropías. No se trata de crueldades gratuitas. El asalariado de nuestros días, como el de todos lo tiempos, lo sé, es un huérfano inocente perdido en un mundo que desconoce y donde todo lo amenaza. El mayor enemigo que tiene no es el patrón, ni el capataz, sino sus instintos. Él los teme más que al demonio, porque vislumbra el poder de destrucción que ellos conllevan. Darle amistad y afecto equivale a arrojar aceite a un incendio cuyo destino, obviamente, se cumple al arrasarlo todo. Al convertir el mundo en cenizas, el fuego acaba por extinguirse. El obrero lo sabe. Intuye que su sed de destrucción, su instinto, solo se saciará cuando haya acabado con el último leño, que es él mismo. Desde el fondo de su alma se levanta un clamor que exige orden, disciplina, mano de hierro. De esa manera el pacto social cumple su cometido: la armonía. No ha habido sociedad que no prospere con otras caricias que no sean las del látigo. Solo así florecerán las chimeneas, se desarrollará el comercio, prosperará el saber y se derramará entre todas las capas de la población el bienestar y la riqueza. Me precio de ser el único de los exegetas del gran autor ruso que ha vislumbrado en su obra este filón contemporáneo. Cuando reúna mis escritos mostraré a un Gogol desconocido, un autor que nadi, estoy seguro, ha sospechado. No lo he hecho aún; mi propósito consistió, sobre todo, en impedir que aquella tremebunda charlatana de Estambul continuara difundiendo sus falacias. Les parecerá ingenuo, pero me proponía regenerarla. Por esa razón les enviaba a ella, y a su compinche Rodrigo Vives, copia de mis artículos. Pero no fui yo quién logró domar a esa divina garza, sino la muerte…

    … A esas alturas yo estaba más que aburrido de oír tanta basura, me sentía vejado, harto sobre todo de que aquel par de marisabidillas, que a mi juicio comenzaba a tratarse con demasiada y sospechosa intimidad, se empeñaran en declararme inexistente, y de que las pocas veces que pareciera reparar en mí lo hicieron con nombres degradantes, de manera que decidí irrumpir de improviso en sus dulces coloquios. Fue un asalto por sorpresa, una táctica cuya eficacia en desorientar al enemigo tenía ya comprobada. Llené una copa de vino hasta los bordes y me la bebí de un trago. ¡Imposible saber cuántas me había despachado ya a esas alturas! «Me interesaría saber qué clase de personas se encuentran aquí esta noche», exclamé de pronto, en voz tal vez más alta de lo que fuera conveniente, YoYaNoPodiaimpulsado por la pura necesidad de existir incubada durante el largo rato que transcurrí en calidad de fantasma. Ambas mujeres fingieron sufrir un sobresalto; se me quedaron mirando con una calculada actitud de sorpresa que mucho tenía de ofensivo. «¿Qué es lo que en realidad te proponer preguntarle a la profesora Karapetiz?», inquirió Ramona, con su voz más fragante de alumna del Sagrado Corazón de Jesús, derramando sobre la mesa un repulsivo aroma de falsa ternura. «Lo que oíste, ¡tan simple como eso! ¡Quiero saber qué clase de personas frecuentan este restaurante», repetí con voz que a mí mismo me raspó el oído. «¿Pero de qué habla este hombre? ¿Habrá quien lo entienda? ¿Qué clase de personas? ¿Qué supondrá decir con eso?», pregunto Marietta Karapetiz, las cejas enarcadas por el asombro. «¡Exactamente eso! ¿Qué clase de personas nos rodean?», grazné al borde del colapso, «¿Clase? ¿En qué sentido emplea usted esa palabra?», preguntó ella con perfecta, gélida, cruel, paciente, imperturbable educación. Y alló volvió a intervenir mi estulta compatriota: «¿No podrías ser más explícito, Dante Ciriaco?». ¡vuelta a joder con aquel Ciriaco que ya no me apeaban de encima! «Cuando hablas de clase, ¿lo hacer en el sentido sociológico del término? ¿Te interesa saber si la clientela del restaurante está constituida por obreros, campesinos, clase medio o miembros de la burguesía? Di, ¿a eso te refieres?» No pude más, ¡quién iba a poderlo! Aullé: «Mira Mamona, no he hecho sino preguntar qué tipo de personas suele venir a cenar aquí. ¿Resulta eso demasiado inaccesible para tus niveles de comprensión?» «¡Ah, al fin me entero! ¡Pero vamos muchacho, hasta para preguntar semejante tontería resulta usted complicado!», dijo tras un suspiro de sufrimiento la vieja profesora, como si acabara de descubrir el Mediterráneo. «Mire, los clientes son en su mayoría turcos, lo que es natural, ¿o también sobre eso va a protestar usted?, aunque también suelen venir por acá algunos extranjeros, no tanto turistas, que todo lo afean, sino residentes en Estambul, hombres de negocios, funcionarios consulares, ¡qué voy yo a saber! ¡Nadie me había hecho una pregunta semejante! Viene gente educada, me atrevería a decir, aunque a veces se les cuele algún adefesio sin corbata», me clavó la mirada en el cuello. Un flujo de sangre me subió a la cara. «Gajes del oficio, en cualquier restaurante, me imagino. Mire lo bien trajeado que anda todo el mundo. Supongo que los atrae de este lugar la buena cocina, cierta elegancia discreta, nada pomposa, y, desde luego, la música, que es excelente. Puedo equivocarme, y en ese caso me tendrá que disculpar, pero no me atrevo a ir alas mesas a perturbar a los comensales, a interrogarlos», y añadió unas palabritas que apenas logré comprender: «No soy un ruiseñor, pero en mis trinos algunas veces he logrado llegar al do sobreagudo.» Yo, ya no podía más. Hice un esfuerzo para que la voz no me temblara y a duras penas logré articular: «¿Gente bien educada? ¿Está segura de lo que dice? Quizá eso solo se lo parezca a usted. Hay personas más elásticas que otras para juzgar al prójimo, y me parece que usted, por generosidad o por falta de mundo, peca de tener la manga muy ancha. Le aseguro que en el poco rato que llevamos aquí he visto a una que otra dama, y en eso la intuición rara vez me falla, a quienes les gustaría que esta les dieran por el culo.» «¡Olé, torero!» fue el grito estentóreo con que me respondió la imprevisible viuda de Karapetiz.

   Los gemelos se echaron a reír a carcajadas. Los demás se les fueron sumando.

   - ¡Vaya, vaya! ¡Qué conversaciones podían sostenerse con aquella señora tan especial! –comentó Amelia-…

  PuroMexicano … Una frase nacida de la pura necesidad de desconcertar al enemigo, lo juro. Aquel comentario estalló de manera irracional, del costado nocturno. Me urgía deshacer la alianza que las dos mujeres habían sellado en mi contra. Abatir, más que nada, la compostura de aquella vieja cargada de soberbia, castigar su temible arrogancia. En fin de cuentas. ¿era o no era yo un ser humano? Ustedes comprenderán, lo único que me proponía era salir del rincón donde me habían confinado, y donde, la verdad sea dicha, me asfixiaba. Manifestarle al mundo que Dante de la Estrella, por oscuro que pudiera parecerle a ciertas divas, existía. El resultado fue más que sorprendente. Primero aquel estruendoso «¡Olé, torero!» que debió haberse oído hasta en la cocina del restaurante de enfrente. Las dos majestuosas hileras de dientes se volvieron hacia mí desprovistas de súbito de su ferocidad habitual; es más, con una sonrisa de abierta complicidad. Ramona parecía trastornada. Al oír mi expansión sobre los deseos que acariciaban ciertas damas locales había hasta hipado. Pero al ver la reacción de Marietta Karapetiz esbozó una sonrisa vaga, y la mantuvo por puro compromiso, guardando conmigo, eso sí, todas sus distancias, que para entonces eran ya kilométricas. La tirana seguía su perorata. «¡Mexicano puro de la cabeza a los pies! ¡De los meros Altos de Jalisco, podría jurarlo!  ¡Corazón mío, conozco aquel barro pestífero y sublime, henchido de imaginación creadora, amasado con la misma etérea substancia de la que están hechos los sueños! ¡Cuántas veces no me he arrodillado ante ese cieno sacro para asir una astilla de luz!»

    Si momento antes el licenciado De la Estrella había asustado a los Millares al sufrir un desmayo, la febril gesticulación que en esos momentos  desplegó para reproducir el flujo sin freno de la desbordada señora de Karapetiz, la imitación de sus ademanes, la incoherencia en la expresión, los gritos, suspiros y lamentos, los inquietó todavía más. Abría y cerraba sin cesar los ojos, los hacía girar en las órbitas, bizqueaba…

    … en cambio en su país, que también es el mío, por algo soy chicana, poblana, tehuana, jarocha nacional, el pueblo mismo, igual los patricios que las capas más simples, las más inocentes, convierten con asombrosa facilidad en hechos reales y cotidianos una idea, la transforman en carne de su carne, en alimento diario y sacratísimo. ¡Virgen Morena, ayuda a esa miserable pecadora que hoy implora tu amparo! ¡Mil veces benemérito Santo Niño del Agro, auxilio permanente de puro deleite y regocijo!» Solo se me ocurrían dos posibilidades, que estuviera haciendo befa de mí con aquella estrepitosa fanfarria verbal, o que, de plano, se hubiera vuelto loca. No veía yo tercera vía. ¿Me sería dado aún esa noche ver la aparición de los loqueros y contemplar el encorsetamiento del nervioso tucán en una rígida camisa de fuerza? Marietta Karapetiz hizo una pausa…

   
DivinaGarza … Solo cuando puse pie en México descubrí mi alma. Amo a los mexicanos, nadie en el mundo tan generoso como ellos. Me adoraban. Al grado de haberme  hecho sentir como una divina garza. ¡La Divina Garza envuelta en huevo! ¡Nada menos! Eso era yo, una chiquilla nada fea que empezaba a entrar en la vida. A veces eso cuenta. Me había casado hacía poco con el laborioso Karapetiz. Era mi primer viaje por mar. Cuando la nave nos acercabamos a Veracruz lo que más me impresionó fue el cambio de colores que se produjo en el cielo. Durante un par de días no había acompañado la blancura de las gaviotas. De repente pareció que las aves cambiaban de color y de modales. Apareció el zopilote, ese primo caribeño del buitre. Yo lo desconocía, pero su recia personalidad, su discreción severa y sus otras múltiples virtudes me impusieron respeto desde el primer momento. Así es. Nunca antes había visto a esos pájaros de plumaje negro y cuello gangrenoso. Comenzaron a acercarse al barco con entera confianza, a colocarse en sus mástiles y cuerdas, a caminar por cubierta para horror, debo decirlo, de algunos pasajeros pusilánimes, con este trote saltón y desganado propio de viejos caballeros que estuvieran ya de regreso de cualquier novedad. En el puerto advertí que la ciudad era suya. La gente salía a las calles a arrojarles carroña y ellos se arracimaban jubilosos para participar de aquella fiesta inesperada. No siempre tales ágapes resultaban un modelo de armonía. Recuerdo haber visto caminar a una niña de unos once o doce años; su hermanito en una mano y una bacinica en la otra. La vi vaciar el recipiente al lado de la acera, a un paso de nosotros. ¡Qué inmenso jolgorio! ¡Qué olímpico festín! Como los antiguos espartanos, aquellos animales sabían ligar los placeres de la mesa con los del combate. ¡Una auténtica guerra florida tuvo lugar frente a mis ojos! Con cuellos y patas sanguinolentos, alguno con un ojo menos, todos bastante desplumados, los sobrevivientes celebraron su triunfo con una gozosa degustación de aquellos bocaditos de ambrosía. Llegaron otros más, y en cuestión de segundos dieron cuenta de los cadáveres de los vencidos. ¡Un mínimo montón de huesos, unas cuantas plumas que dispersó la brisa, y la ciudad recobró, como por arte de magia, su tradicional limpieza!» En ese punto de tuvo sus pintorescos cuanto inverosímiles recuerdos. Se volvió hacia mí con una sonrisa radiante que le permitió lucir la entera y descomunal dentadura de viejo marfil pulido. Y con la misma sonrisa, que se había vuelto toda amistad, me lanzó a quemarropa: «Así que dígame, querido ¿qué piensa usted que les agradaría hacer a estas señoras que nos rodean?» Me hizo la pregunta tan de sopetón que me quedé sin habla. Ya lo dije, yo había pensado que mi exabrupto, por vulgar, por provocativo, iba a ofenderla. Había sido un modo de protegerme, quizás hasta de vengarme, de la lluvia de majaderías recibidas en el transcurso de esa noche. El efecto, sin embargo, fue del todo inesperado, una súbita locura de amor, un surtidor de frases lanzadas al viento, todas ellas para mí incomprensibles. Mareo del alma, extravío de la razón, no sé lo que eran. Y cuando más desprotegido me hallaba la asaltó el capricho de volver a oír la ordinariez emitida poco antes por mí. No me hizo demasiada gracia el asunto. Así como por casualidad había salido bien, la repetición podía tener resultados fatales. Ella insistía: «Diga usted esas palabritas, repítalas, sea generoso, no sabe la gracia que me han hecho ¡Dios mío, qué bonitos labios tiene», dijo pasándome los dedos por la boca, «!pero todavía más bonitas, las palabras que ellos saben pronunciar!» De entre las cenizas donde desde hacia un buen rato yacía a medio sepultar, resucitó en mal momento nuestra Ramona nacional. Toda la noche había soportado sus miradas cargadas de insidia, de acidez y creciente rencor. En esos momentos estaba muerta de envidia. Y de celos. Me imagino también que desde un punto de vista espiritual debía hallarse un tanto  perdida, intentando orientarse en un terreno que con toda seguridad le era ajeno; igual que a mí, por otra parte. «Eres ya mayorcito de edad», me conminó, «y sin embargo te da por comportarte como un bebé. Repite lo que dijiste, demuestra madurez: ¡Anda! ¿Qué esperas?». ¡Quien mejor que usted, Millares, podría compartir mi desconcierto! Comenté, pero como sin dar mucha importancia a mis palabras, que por pura intuición y por un conocimiento precoz de la vida, había llegado a comprender que a alguna de las señoras allí presentes no les disgustaría entregarse esa
Perras EnBramanoche a placeres más bien perversos, y realizar ciertas prácticas que en estricto sentido debían considerarse contra natura. Marietta Karapetiz no me dejó continuar. «¡No, no, no y no!», gritaba. «¡No sea usted rajón!» Antes se expresó mucho mejor. Yo seguía resistiéndome, aunque mi embarazo fue cediendo; comprendí que por ese camino podría empezar a convertirme en el amo de la situación. Por ahí podía llegar a domar a la divina garza. Ella acabó por proclamar a voz en cuello: «Usted aseguró que casi todas estas hembras gotean como perras en brama para que alguien llegue esta noche a batirles la mantequilla en el culo.» Y otra vez repitió la expresión de la que por lo visto echaba mano siempre en tales circunstancias, «¡Olé, torero!», entre accesos de risa y aplausos desenfrenados. Como un eco nos llegó el grito emitido aquí allá desde otras mesas: «¡Olé, torero!» «¡Olé, torero!»

Los gemelos se echaron a reír de nuevo. Un suspiro de Amelia expresó que la presencia de su sobrina en aquella reunión comenzaba a no hacerle demasiada gracia…

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… Ahora bien, lo repito, no tengo la más mínima certeza de la veracidad de sus aseveraciones, y sí la certidumbre, después de estudiar a fondo alguno de sus escritos, de que nos hallábamos ante un caso insuperable de superchería. Marietta Karapetiz era un fraude viviente. Dudo que alguna vez… Bueno, no quiero anticiparme. No recuerdo en qué frase de su exposición, la sorprendente dama fijó la mirada en la puerta. Se le iluminaron los ojos, le brillaron lso dientes. ¡Una loba feroz orgullosa de mostrar a su crío! «¡Pero si ya llegó mi palomito blanco!», gritó. Volví la cabeza, un anciano sonriente de rostro moreno, pelo muy blanco, elegantísimo traje de seda blanca se iba acercado a nuestra mesa, apoyado en un bastón color marfil con empuñadura negra. La dentadura, igual que la de Marietta, parecía no caberle en la boca. Lo ojos eran grandes, redondos, muy expresivos; eran ojos alegres y juguetones como los de un cachorro, de un azul muy pálido, lo que contrastaba con su piel oscura y acentuaba todavía más su aire distinguido. Puede ver que movía con visible esfuerzo una pierna; la derecha. Llegó, apoyó las manos sobre nuestra mesa, y antes de saludar o presentarse esbozó una deslumbrante sonrisa, para luego, de inmediato, recitar con voz profunda la siguiente y sorprendente estrofa:

¡Cáguelo yo duro

o lo haga blandito,

a la luz o en lo oscuro

sé mi dulce Santito!

 

La familia Miralles, en pleno se echó a reír.

- «¡No Sacha, no! Esta vez si nos hemos equivocado del todo», gritó ella. El anciano, desconcertado nos miró uno a uno en espera de una explicación…

 TerratenientesDeAntaño

Del capítulo VI

Donde Dante C. de la Estrella vislumbra un pasado de la profesora Karapetiz muy distinto del que imaginaba, relata las vicisitudes personales que lo condujeron, con algunas resistencias de su parte, al Himeneo, y se entera de la agonía y muerte de Nilokai V. Gogol.

… Mi abyección no conoció límites, A pesar de la vapuleada que me propinó en más de una ocasión, yo quería mantenerme en una sumisión atroz. un caso lamentable de autodepreciación. Recordé que la noche anterior había comenzado por portarme muy gallito ante ella, para acabar poco rato después revolcándome a sus pies, suplicándole que continuara el mal trato: «!Desuéllame, palomita, despedázame, hazme polvo con tus duros y hemosos zapatitos, con tus preciosos tacones de cristal cortado! ¡Devuélveme, madrecita, hecho una piltrafa al lodo miserable del que jamás debí haber salido!» ¡De no creerse! Minutos más tardes, mientras tomaba el desayuno en el restaurante casi vacío del hotel, pude recordar con más claridad las palabras que pronunció de despedida: «¡Joven brillante, usted tiene mucho que entregarle al mundo! ¡Usted no termina aquí, su mirada me lo indica!», expresiones que tuvieron el efecto de enloquecer de celos a Ramona, y, sobre todo, las que me dijo instantes después, cuando me despedí de ella por segunda vez, y que nadie, sino yo, y quizá Sacha, habíamos oído: «Adivino en usted, hermoso joven, virtudes exquisitas. Usted, amigo mío, es un hombre marcado por la luz. No se abandone, se lo suplico. Sería un crimen contra usted mismo y contra quienes hemos vislumbrado la existencia de sus prestigios potenciales.» Sentí que una corriente tonificante recorría mi cuerpo al volverme a repetir esas palabritas. ¿Dígame ahora si aquel mareo no era explicable¿ Yo era un muchacho sano, inexperto. Nadie me había dicho cosas semejantes. La gente más bien tendía a considerar mi intelecto con desprecio, a tratarme como un perdulario que se iba abriendo paso en le mundo con malos recursos y un poco de suerte. A pesar de su maldad congénita. Marietta Karapetiz, me reveló a mí mismo. Es el único mérito que de verdad le reconozco y le agradezco. Esa mañana, durante el desayuno estrenaba yo la consciencia de ser un hombre nuevo. Veía mi vida, mi pasado, presente y, sobre todo, el futuro con un enfoque distinto. No abandonaría las leyes; al menos, no del todo. Pero mi mente daría cabida a nuevos intereses. Me consagraría a actividades que hasta el día anterior había considerado propia solo de maricones y farsantes. Recordé las palabras del viejo guerrero al convertir a su enemigo a la fe de Cristo y me las repetí con la mayor solemnidad: «¡Inclina la cerviz fiero sicambro; quema todo lo que hasta aquí has adorado, y adora lo que hasta aquí has quemado!» También yo estudiaría antropología. Leería con veneración a los gigantes de la antiguo Rusia. Aprendería todo lo que 

Chejov

Dostoievkygogol sellopushkinTolstoiTurgenevpudiera, y más tarde sostendría con ella, mi maestra y benefactora, una nutrida y apasionante correspondencia; le pediría consejo y dirección si acaso me fueran necesarios, le daría reiteradas seguridades de que no había abandonado el camino, o, simplemente, le expondría mis puntos de vista sobre el mundo, la sociedad, las artes. ¡Bendito iluso! Eso era yo, el más monumental pendejo que la historia ha producido. Sin embargo, se lo juro, no me arrepiento de haber cargado esa cruz. No para seguir los pasos de la Divina Garza, como entonces creía, sino para llevarla más tarde a la picota, desenmascararla una y mil veces, desnudarla ante los lectores, mostrar que no solo su vientre estaba marcado por una cicatriz obscena sino también su alma…

… Nadie en esa familia me resultó simpático. ni los parientes italianos, ni María de la Concepción, ni su madre. Pero se comía bien en esa casa, y mis paisanas podían ser a veces desprendidas, todo dependía del humor en que las encontrara uno. Comenzaron a invitarme al cine, para que las tradujera las películas; luego a ir acá y allá, también por interés, pues no sabían moverse sin intérprete. Cuando me di cuanta, estaba saliendo solo con Concha, ya sin la tutela maternal. Una muchacha que a esa edad ha decidido perder todo control sobre su peso suele tener algunas rarezas. Por ejemplo, debíamos llamarla Concepción o María de la Concepción, y nunca Concha como la conocía todo Piedras Negras, porque le habían dicho que fuera de México esa palabra atentaba contra la decencia. Uno podría haber pensado que hasta el macho de mente más lasciva podía llamarla Concha, Conchita, Conchón, y que solo verla se le evaporaría cualquier sentimiento voluptuoso, pero no era ése el caso, ¡qué va! ¡No lo era para nada! Pasábamos a veces por una librería de la Plaza Colonna, me detenía frente a las vitrinas y suspiraba con ostentación. Ella suspiraba conmigo y me decia: «Por ciento, Dante, te agradecería un consejo, tú que todo lo sabes. Tengo que regalarle algo a uno de mis primos, es como de tu edad, y la verdad no sé que darle. Le gustan los libros, al menos ésa es mi impresión. ¿Qué le comprarías si estuvieras en mi caso?» Yo de le daba un título y le mostraba el ejemplar una y otra vez hasta que la portada se le grababa en la memoria, pues ya desde entonces era de comprensión muy lenta, y al día siguiente tenía en mi cuarto el libro envuelto en papel de regalo. Procuré desde luego que fueran ediciones de calidad. ¿No decía que quería quedar bien con el regalo? En la segunda o tercer vez se cuidó de añadir, después de la pregunta «¿qué le regalarías si estuvieras en mi caso?», la especificación «que no fuera demasiado caro». Lenta de entendederas sí, pero en astucia no le ganaba nadie. Un día la hice detenerse frente a una zapatería, y le repetí el discursito que tantas veces le había oído al cuate del Consulado, y concluí, igual que él: «El hombre elegante necesita para ciertas ocasiones estar calzado con zapatos ingleses;
ZapatosChurchpero no basta que sean ingleses, sino que deben ser de tal o cual marca según la hora del día. Un caballero que se precie de vestir como es debido ha de incluir en su guardarropa por lo menos un par de zapatos Church. Escribo ahora, por cierto, un ensayito sobre la influencia del vestido y el calzado en la vida social de las naciones. Un tema apasionante, no tienes idea. Lo que me jode es escribir solo de memoria, ¿qué otra cosa puedo hacer?» Y un par de días después en la portería de mi edificio me dijeron que el hipopótamo de costumbre, ¡así son de directos los romanos!, había dejado un paquete para mí. Me latío el corazón. Estaba seguro de que María de la Concepción no iba a fallarme. Al ver las dimensiones del paquete la ilusión se desinfló. Me obligué casi a abrirlo ya sin la menor gana. Era un libro en rústica sobre la historia del calzado. No me pongan por favor esa cara. No voy a atosigarlos con la historia de mi noviazgo y mucho menos de mi vida matrimonial. Son asuntos muy privados; sagrados, diría yo. Hay quienes opinan, la mayoría por cierto de quienes tiene que tratarla, que es una mujer repulsiva, avara hasta la sordidez, una verdadera arpía. Me importa un bledo que piensen que me he convertido en un insignificante empleado a su servicio, que gano menos que su chófer. Yo los dejo hablar…

 
SergioPitolHeterodoxo

Del capítulo VII

Donde la amistad, ya en sí reacia, entre Dante de la Estrella y Marietta Karapetiz se ve sometida a una dura prueba, lo que permitirá al lector decidir si la relación ha terminado o contempla el inicio de una fase más intensa de la misma, capaz de superar la lejanía que a partir de entonces se interpondría entre ellos.

      … Veo un espacio muy amplio con uno o dos balcones, todo muy deslavado, muy gris. Me duele ser tan parco, porque si alguien se precia de la exactitud de las observaciones soy yo. No tendría ningún mérito para mí descubrir lo que hay en esta casa y enumerar detalles que, estoy seguro, lo dejarían sorprendidos, pues a ustedes la familiaridad les impide reparar en ellos. ¡Lo de siempre, Dios mío, lo de siempre! ¡Las estorbosas ramas que impiden ver el bosque! Ningún mérito, repito, porque hace muchos años estuve varias veces en esta misma sala, cuando usted, Millares, solo pasaba aquí los fines de semana, y la visita de hoy me permite advertir los cambios efectuados; la lámpara del vestíbulo, por ejemplo, tiene dos focos fundidos, a menos que estén flojos para economizar electricidad; una araña ha tejido su tela en el tramo superior del librero, a la derecha, desde hace con toda seguridad varios meses, pues la telaraña se ha espesado hasta formar una costra negruzca y aceitosa. No se trata de un reproche, nada tan ajeno a mi disposición de ánimo, sé lo que es hoy día el servicio. Pero ustedes se quedarían atónitos, podría asegurarlo, si hiciéramos una visita a alguno de sus vecinos….

 

Este es el último capítulo… a él pertenece el final que también transcribimos…

 Leer:     Comienzo:  ViejoEscritor    Final: die gottliche

 

 

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