UN BUEN LIBRO PARA LEER:  DEL ÁLBUM DE UN CAZADOR (1852)

Del album de un cazador     (Zapiski Okhotnika)

 

     Iván Turguéniev (Rusia)  

    Editorial:   EL Aleph Editores   (del Taller de Mario Muchnik)

     Traducción: James y Marian Womack

    

 

Framentos de libros: 

 

Índice de cuentos

El turón y Kalínich / Yermolai y la molinera  /  Agua de frambuesas / El médico del distrito  / Mi vecino Radílov  /  Ovsiánikol el Odnodvorest  /  Lgov  /  La pradera de Bezhin  /  Kasián de Krasívaia Mech /  El intendente  /  La oficina  / El eritaño  /  Los dos terratenientes  /  Levedián  /  Tatiana Vorísovna y su sobrino  /  La muerte  /  Cantantes  /  Pitróvich Karatáiev  / La cita  /  Un Hamlet del distrito de Schigrovski  /  Chertapkanof y Tredopuskin  /  El bosque y la estepa

 IndiceRuso

 

De El turón y Kalínich.

     

… Sus hijos no la prestaban ninguna atención, pero ella mantenía aterrorizadas a sus nueras. No es sorprendente que en la canción rusa la suegra cante:

                      ¿Qué clase de hijo eres,

                     qué clase de padre de familia?

                     No pegas a tu esposa,

                     ni a los pequeños de la casa…

En una ocasión se me pasó por cabeza defender a las nueras, y traté de encontrar en el Turón un aliado; pero él se limitó a responder:

-Tal vez sería mejor si no te molestases con esas tonterías… Deja que las mujeres se peleen entre ellas… Solo lograrás más problemas si intentas separarlas, y el asunto no merece que te ensucies las manos.

En ocasiones la anciana de mal carácter se bajaba a rastras del horno y llamaba al perro para que entrara en el patio, atrayéndolo con frases como: «¡Vamos, vamos, perrito!», para luego apalearle el espinazo con una pala, o bien se situaba en el zaguán y «ladraba», como decía el Turón, a todo el que pasaba. Sin embargo, a su marido le temía, y en cuanto escuchaba sus órdenes volvía a subirse a su lugar sobre el horno. Lo que resultaba especialmente curioso era escuchar a Kalínich y el Turón expresar sus distintas opiniones sobre Polutikin.

-Oye, Turón, no digas nada en su contra en mi presencia –decía Kalínich.

-Entonces, ¿por qué no se preocupa de que tengas un par de botas? –objetaba el otro.

-¡Al diablo con las botas! ¿Para que quiero botas? No soy más que un campesino…

Fedia nunca dejaba escapar una oportunidad de reírse de su padre, diciendo:

-Dígame, anciano, ¿y de qué tiene usted que quejarse?

Pero el Turón apoyaba la mejilla en su mano, cerraba los ojos y continuaba quejándose sobre su dura existencia… Sin embargo, en otras ocasiones nadie era más activo que el viejo: siempre estaba ocupado con algo, reparando el carro, construyendo nuevos cercados, o revisando los arneses. No obstante, no insistía en que las cosas estuvieran excesivamente limpias, y en respuesta a mis comentarios una vez sentenció que «una cabaña debía poseer el otro de ser vivida»…

 

De Yermolai y la molinera

...  

… En una ocasión  acabé compartiendo un carruaje con  él en un viaje fuera de la ciudad. Iniciamos una conversación. Como hombre de experiencia y perspicaz en los negocios comenzó a darme lecciones sobre el «camino de la verdad».

-Permítame  que le indique –llegó a decir con voz aflautada-, que todos ustedes los jóvenes, juzgan y explican todas y cada una de las cuestiones de la forma más absurda que pueda imaginarse. No saben nada sobre su propio país; Rusia, mi buen señor, es un libro cerrado para ustedes. ¡Eso es lo que es! Todos leen libros alemanes. Por ejemplo, acaba de decirme usted esto y aquello sobre este asunto, hablo de la cuestión de los siervos… En fin, no estoy en desacuerdo, todo está muy bien; pero usted no los conoce, no tiene ni idea de qué clase de gente son.

El señor Zvérkof, se sonó la nariz ruidosamente y aspiró una pizca de rapé.

-Permítale contarle, por ejemplo, solo una  pequeña anécdota  que tal vez sea de su interés. -Zvérkof carraspeó y tosió-. Usted debe saber la clase de esposa que tengo. Sería imposible encontrar una mujer más bondadosa, estoy seguro de que se mostrará de acuerdo conmigo. Sus doncellas no solo tienen comida y un techo que las guarezca, también gozan de un auténtico paraíso en la Tierra… Pero mi esposa ha establecido una única regla en su paraíso: no consiente que emplear doncellas casadas. Eso simplemente no puede hacerse; luego vienen los niños y, en fin. Una doncella en ese caso no es capaz de cuidad de su ama como debiera, no es capaz de cumplir con todos sus cometidos; no tiene la disposición adecuada, su mente vagabundea por otros asuntos. Debemos tener en cuenta la naturaleza humana.

Marionetas1» Pues bien, mi querido señor, un día salíamos de nuestra aldea, sería digamos que hace unos quince años. Vimos un anciano que tenía una niñita, su hija, que era una hermosura sin igual, y también con cierta natural elegancia. Me dice mi mujer «Coco…». Entiende usted que esa era… en fin, así es como ella me llama. «Nos llevaremos a esta niñita a San Petersburgo. Me gusta, Coco…». «Con mucho gusto lo haremos», respondo… El anciano, como es natural, se echa a nuestros pies; tal alegía, entiende usted, era demasiado para lo que esperaba… Y la niña, claro, rompe a llorar como una idiota. Debe de ser muy duro para ellos al principio, quiero decir, abandonar la casa en la que han nacido, pero es comprensible. Sin embargo, no tarda en acostumbrarse a nosotros. Para empezar la ponemos en la habitación de las doncellas; le enseñan lo que tiene que hacer, por supuesto, ¿Y qué cree que ocurre? La muchacha progresa de forma admirable; mi esposa la adora y al fin, saltándose a muchas otras, la convierte en una de sus propias doncellas personales… ¡Fíjese! Y hay que ser justos: mi esposa nunca ha tenido una doncella, absolutamente ninguna, como aquella muchacha servicial, modesta, obediente… Sin ir más lejos todo lo que pueda desearse. Como resultado, debo admitirlo, mi mujer hasta comenzó a mimarla un poquito: la vestía muy bien, la alimentaba con la misma comida que tomaba ella, le daba té… ¡En fin, ya puede imaginarse cómo fue la cosa! Así se pasó diez años al servicio de mi esposa. De repente, una mañana, fíjese, ArinaArina era su nombre- entró sin ser anunciada en mi gabinete y se echó a mis pies… Le diré con toda sinceridad que no soporto ese tipo de cosas. Un hombre nunca debería olvidarse de su dignidad, ¿no es cierto? «¿Qué es lo que quieres?» «Buen amo, Alexánder Sílich, le ruego que sea clemente». «¿Sobre qué?». «Permítame casarme». Le confieso que estaba aturdido. «¿Acaso no sabes, tonta, que eres la única doncella de mi esposa?». «Continuaré sirviendo a la señora como lo he hecho hasta ahora». «¡Bobadas! ¡Bobadas! La señora no emplea doncellas casadas». «Malánia puede ocupar mi sitio». «Te ruego que te guardes tus ideas para ti misma». «Como desee...». Confieso que me quedé de piedra. Le confesaré que soy de la clase de hombre que no encuentra nada tan insultante, incluso afirmaré que es lo que encuentro más insultante del mundo, como la ingratitud… No necesito explicarle nada, usted ya sabe que mi esposa es un ángel encarnado, de una bondad inexplicable… El canalla más terrible, estoy convencido, sería misericordioso con ella. Eché a Arina del gabinete. Pensé que entraría en razón; no soy el tipo de persona al que le gusta creer que existe la ingratitud en el ser humano, o la naturaleza malvada. ¿Pues qué cree que ocurrió? Seis meses más tarde, vuelve a honrarme con una visita y me hace la misma petición. Esta vez, he de admitirlo, la echo con rudeza, y le aseguro que se lo contaré todo a mi esposa. No podía creerlo… Pero imagina mi asombro cuando, poco tiempo después, mi esposa viene a verme con lágrimas en los ojos y en un Marionetas2estado de agitación de tal calibre que llegué a preocuparme por su estado de salud. «¿Qué ha ocurrido?» «Es Arina...». Entenderá que mi delicadeza me avergüence decirlo en voz alta. «¡No puede ser! ¿Quién es el responsable?». «Petrushka, el lacayo». Exploté de furia. Soy de esa clase de hombre… ‘No me gusta quedarme en medias tintas!... Petrushka… No era responsable. Podíamos castigarlo, pero en mi opinión no era responsable. Arina… En fin, lo que quiero decir es… ¿Necesito decir algo más? No tengo que explicarle que de inmediato ordené que la cortaran el cabello, la vistieran de harapos y la enviaran al campo. Mi esposa perdió una doncella excelente, pero no tuve opción: no se puede tolerar ese tipo de comportamiento en la propia casa. Lo mejor que puede hacers es cortar de raíz la extremidad enferma… En fin, ahora juzgue usted mismo, porque lo que quiero decirle es que mi esposa, ella es, es, es… ¡Es un ángel, después de todo! Al fin y al cabo, estaba muy unida a Arina, y Arina lo sabía y se comportó de una forma bochornosa… ¿Lo ve? No, diga usted lo que quiera… ¡No tiene remedio discutirlo! De cualquier forma, no tuve otra opción. La ingratitud de esta muchacha me hirió a mí, personalmente… Así es, a mí… Y el dolor duró un tiempo considerable. No me importa lo que usted diga, ¡pero no encontrará ni corazón, ni sentimientos en estas personas! No importa lo bien que se alimente a un lobo, siempre estará pendiente del bosque…

 

De agua de frambuesas.

… Tenía cuarenta músicos o por ahí y un director alemán, y ese alemán se daba unos aires…; fíjese, que quería comer en la misma mesas que los invitados. Así que su excelencia lo echó de su casa, diciendo: «En mi casa los músicos tienen que saber el lugar que les corresponde». Ese era su derecho como amo, y no hay más que decir. Se ponían a bailar, y bailaban hasta el amanecer…

… El amo era un amo como deberían ser todos los amos –continuó, volviendo a lanzar la caña-, y tenía un corazón muy generoso. Te daba un sopapo, y al rato ya se había olvidado de todo el asunto. Solo tenía un defecto, le gustaba mantener a mujeres caras. Oh, mi buen Señor, ¡qué mujeres! Ellas fueron las que lo arruinaron. Y la mayoría las sacaba de entre las gentes más bajas. ¡Uno se pregunta qué más podían querer¡… Había una sobre todo: se llamaba Alúkina, ahora esta muerta, ¡qué en paz descanse! Era de los más común, la hija de un policía de Sítov, ¡pero que perra era! Llegó a darle una bofetada. Lo tenía embrujado. Hizo que raparan y enviaran al ejército a uno de mis parientes porque derramó shocolat sobre su vestido… Y no fue el único, tampoco. Y… a pesar de todo, eran buenos tiempos aquellos, ¡sí que lo eran! –añadió el viejo con un profundo suspiro, agachó la cabeza y ya no dijo nada más.

Campesinos

- Tu amo, por lo que puedo entender, era un hombre severo ¿no? –comencé a decir después de un breve silencio.

- Era lo que se llevaba, señor –contestó el anciano, meneando la cabeza.

- Ahora no se comportan de esa manera –comenté, sin dejar de mirarlo.

Él me observó de soslayo.

- Ahora las cosas son mejores, o eso dicen –murmuró lanzando la caña a lo lejos.

Estábamos sentados a la sombra, pero también allí el calor era sofocante. El viento pesado y caluroso se había despejado; los rostros ardientes buscaban cualquier tipo de brisa, pero no la había. El sol nos golpeaba desde un cielo azul oscuro; justo frente a nosotros, en la otra orilla del río, un campo de avena refulgía de amarillo, con ramajes de ajenjo que crecían aquí y allá. Un poco más lejos el caballo de un campesino estaba de pie en el río, con el agua hasta las rodillas, y meneaba con vagancia su cola mojada… Estábamos sentados sin movernos, agobiados por el calor. De pronto, detrás de nosotros, llegó un ruido desde el barranco: alguien se acercaba. Miré hacia atrás y vi un campesino de unos cincuenta años, cubierto de polvo, con una camisa de campesino y lapti, una cesta y un abrigo rudo echado sobre su hombro. Se acercó al manantial, bebió con ansia y luego se incorporó.

- Eh. ¿Vlas? –gritó Niebla mirando hacia él-. Hola, hermano. ¿De dónde te trae el Señor?

- Hola, Mijailo Savélych –dijo el campesino, acercándose a nosotros-. De muy lejos.

- ¿Y dónde es eso? –le pregunto Niebla.

- He ido a Moscú a ver al amo.

- ¿Y eso por qué?

- Para preguntarle una cosa.

- ¿Para preguntarle el qué?

- Para preguntarle si pago menos alquiler, o le pago trabajando, ya sabes, o me manda a otro sitio… Mi hijo murió, ¿sabes? Así que es dura para mí arreglármelas solo.

- ¿Tu hijo ha muerto?

- Ha muerto. Mi hijo –añadió el campesino tras una pausa- era cochero en Moscú; solía pagar mi alquiler, ¿sabes?

- Entonces pagas en especie?

- Así es.

- ¿Y qué te dijo el amo?

- ¿Que qué me dijo? Me echó, eso es lo que hizo. Dijo que cómo me atrevía a ir a verlo a él, que tenía un intendente y que tenía que verlo a él primero, eso me dijo.. «Y adónde voy a mandarte de todas formas? Antes tienes que pagarme lo que me debes», me dijo. Se puso furioso, eso es lo que hizo.

- ¿Así que has vuelto aquí?

- He vuelto aquí. Quería saber si mi hijo dejó algo al morirse, pero no puede entenderme con ellos. Le dije al amo: «Soy el padre de Filipp», y él me dice «¿Y cómo sé yo que eso es verdad? De todas las formas, tu hijo no ha dejado nada suyo; y me debía dinero». Así que he regresado.

El campesino relató todo esto con un ligero tono irónico, como si nada tuviera que ver con él, pero le asomaban lágrimas en los pequeños y apretados ojillo y le temblaban los labios.

-Así que ahora vas para casa, ¿no?

- ¿Adónde si no? Claro que voy para casa. Mi mujer estará royéndose los nudillos de hambre, seguro.

- Pero tú… Deberías… -comenzó de pronto a decir Stépushka, pero se lió, dejó de hablar y comenzó a rebuscar algo en el tarro.

- ¿Entonces vas a ir a ver al intendente? –continuó Niebla, mirando a Stepán sorprendido.

- ¿Y para qué? Les debo dinero, eso es cierto. Antes de que mi hijo muriera se había pasado enfermo un año entero, y no pagó ni su propio alquiler… Eso no me preocupa, porque no tiene nada que ver conmigo de todas las formas… No importa lo listo que seas, hermano, nada de lo que se te ocurra servirá…

- Ya ver, señor –continuó Niebla, volviéndose en mi dirección-, todo se solucionaría si estuviera a las afueras de Moscú; pero es aquí donde debe el alquiler.

- ¿Cuánto?

- Noventa y cinco rublos –murmuró Vlas.

- Ya ve usted cómo es, no hay más que un poquito de tierra, y todo lo demás son los bosques del amo.

- Y eso lo han vendido, o eso dicen –comentó el campesino.

-Bueno, pues ya ve usted… Pásame un gusano, StépanEh, Stepán, ¿te has dormido?

Stépushka se despertó. El campesino se sentó con nosotros. Todos guardamos silencio. En la orilla opuesta una voz inició una tonada, pero era triste y demasiado larga… Mi pobre Vlas dio rienda suelta a su desesperación…

Media hora más tarde, cada uno siguió su camino.

 

De mi vecino Radílov.

… Tenía un aspecto calmo y tranquilo, como el de alguien que descansa después de una gran alegría o de una gran congoja. Su modo de andar y sus gestos eran seguros y confiados. Me gustó de inmediato.

Radílov y yo retomamos nuestra conversación. No recuerdo cómo nos pusimos de acuerdo en que a veces son las cosas más insignificantes las que producen mayor impresión en lugar de las más importantes.

-Así es, dijo Radílov-, yo mismo lo experimenté una vez. Estuve casado, como sabe. No duró mucho… a los tres años mi esposa murió al dar a luz. Pensé que nunca me recuperaría; mi tristeza no conocía
flyeye1límites, me golpeó de lleno, pero no era capaz de llorar, iba por ahí como un loco. La vistieron con ropas apropiadas y la pusieron sobre la mesa, ahí mismo, en esta habitación. Vino el sacerdote, vinieron los sacristanes, comenzaron a cantar, a rezar, a quemar incienso; yo hice todo lo que debía, me doblé en reverencias hasta el suelo, y aun así era incapaz de soltar una lágrima. Mi corazón se había vuelto literalmente de piedra, y también mi cabeza, y no sentía nada. Así transcurrió el primer día ¿Puede creerlo? Pude dormir aquella noche. A la mañana siguiente entré para verla. Era verano y el sol brillaba sobre ella de la cabeza a los pies, y relucía tanto. De repente vi… -En ese momento Radílov se estremeció-. ¿Qué cree que era? Uno de sus ojos no estaba cerrado del todo, y había una mosca caminando sobre él… Me derrumbé como el trigo, y cuando recobré la conciencia me puse a gritar, y ya no pude detenerme…

 

De la pradera de Bezhin 

… Mira  a su alrededor, y allí no hay nadie. De nuevo se adormila, y de nuevo lo llaman por su nombre. Así que busca y busca, y entonces ve justo delante de él una rusalka (En el folklore ruso, hada del Rusalkaagua. (N. de los T.)) sentada sobre una rama, columpiándose en ella, y es ella la que los está llamando, y se está partiendo de risa… Entonces la luna brilla reluciente, con tanta fuerza que muestra todo tal y como es, muchachos. Así que ahí está ella llamándolo por su nombre, y es toda brillante, sentada sobre la rama blanca, como si fuera un albur o un gobio, o tal vez una carpa reluciente con brillos plateados por encima… Y Gavrila el carpintero, muerto de miedo, muchachos, y y ella que se reía de él, ya sabéis, y lo incitaba a que se acercase más. Gavrila esta a punto de levantarse y obedecer al hada cuando, muchachos, el buen Dios le pone la idea en la cabeza de que antes se persigne… Y era terriblemente difícil, muchachos, dijo que era muy complicado hacer la señal de la cruz porque el brazo le pesaba como la piedra y no quería moverse, ¡la maldita cosa no se movía! Pero tan pronto como se ha santiguado, el hada del agua dejó de reírse y empezó a sollozar… Y lloraba y lloraba, y se limpiaba los ojos con su cabello verde pesado como el cáñamo. Así que Gavrila sigue mirándola y mirándola, y entonces le pregunta: «Por qué lloras, espíritu del bosque?». Y la rusalka empieza a decirle: «Si no te hubieras santiguado, aunque fueras humano podrías haber vivido conmigo hasta el final de tus días en la mayor alegría posible, y estoy llorando y muriéndome de pena porque lo hayas hecho, y no seré la única que me muerta de pena, sino que tú también te apagarás por la desdicha hasta que terminen tus días». Entonces, muchachos, desapareció, y Gavrila comprendió así cómo tenía que salir del bosque; pero desde entonces va por todas partes ahogado en la tristeza…

… - Esto es lo que pasó. A lo mejor no lo sabes, Fedia, pero ese es el sitio en el que está enterrado uno de los nuestros, que se ahogó. Y se ahogó hace mucho tiempo, cuando el estanque todavía era profundo. Ahora solo se ve la lápida pero no queda mucho de ella, no es más que un pequeño montículo… En fin, que hace un día o así, el administrador llama al montero Yermil, el que cuida de la jauría, y le dice: «¡Vete y tráeme el correo!». Yermil siempre es el que va por el correo. Ha acabado con todos los perros; simplemente no parecen vivir mucho tiempo cuando están a su cuidado, y nunca ha sido un lumbreras, aunque es bueno con ellos e hizo todo lo que pudo. En fin, que Yermil fue en busca del correo, y se entretuvo en la ciudad y volvió completamente borracho. Era por la noche, una noche clara, con la luna brillante… Va a caballo por la presa, porque por ahí acaba pasando la ruta que ha elegido, y ve un corderito sobre la tumba del muerto, blanco y con la lana rizadita y muy hermoso, que anda solo, y Yermil piensa: «¡Lo recogeré, no tiene sentido que se pierda por aquí!», así que desmonta y lo coge en brazos, y al cordero ni se le eriza un pelo. Así que Yermil regresa a su caballo, pero el caballo retrocede al verlo, resopla y menea la cabeza. Cuando se ha calmado, Yermil monta con el cordero y se pone en marcha sosteniendo el cordero ante él. Mira al cordero, eso hace, y el cordero lo mira directamente a los ojos. Entonces Yermil se asusta: «No recuerdo en mi vida», piensa, «que un cordero me haya mirado de esa manera». De todas las formas, no le parece tan raro y comienza a acariciarle la lana, diciendo: «¡Shh, ya está, shh!». Y el cordero, de repente, enseña los dientes y le responde: : «¡Shh, ya está, shh!»…

… Pero los sábados de las almas también puedes ver a los que van a morirse ese año. Todo lo que tienes que hacer es sentarte por la noche en el porche de la iglesia y mantener los ojos fijos en el camino. Todos pasan por ahí, todos los que se van a morir, quiero decir. El año pasado, la vieja Uliana fue al porche de nuestra iglesia.

- ¿Y vio a alguien? –le pregunto Kostia con curiosidad.

- Por supuesto. Al principio pasó allí sentada mucho, mucho tiempo, y no vio a nadie ni oyó nada. Solo que todo el tiempo oía el ladrido de un perro cercano. Entonces, de pronto ve a alguien que se aproxima por el camino, es un niñito que no lleva nada puesto excepto una camisa. Se fija y ve que es Ivashka Fedoséiev.

- ¿El niño que murió en la primavera? –interrumpió Fedia.

- El mismo. Va andando y ni siquiera levanta la cabeza. Pero Uliana lo reconoce. Entonces vuelve a mirar y ve a una mujer caminando, y se fija todo lo que puede, y ¡el Señor nos proteja!, se ve a sí misma, Uliana, caminando por el camino.

- ¿Era ella de verdad? –pregunto Fedia.

- Palabra de Dios. Era ella.

- Pero ella no se ha muerto, ¿no?

- No, pero el año tampoco ha terminado. Si te fijas, te preguntarás qué clase de cuerpo tiene para darle cobijo a un alma.

De nuevo todos guardaron silencio. Pavlusha arrojó un montón de ramas secas al fuego. Al instante dibujaron una oscura línea negra contra las llamas…

 

De Kasián de Krasívaia Mech

… - Y por qué tienes que tu que matar a ese pajarillo? –comenzó a decir, mirándome directamente a los ojos.

-Qué quieres decir, por qué? Es un ave de presa. Se puede comer.

-No, no lo matabas por eso, señor. ¡Tú no vas a comértelo! Lo has matado por divertirte.

-Pero ¿acaso no comes tú un ganso o un pollo?

-Aves como esas las creó el señor para que el hombre se las comiera, pero un rascón… Es un ave libre, un ave del bosque. Y no es la única; no hay muchas, todas las bestias del bosque y del campo, las criaturas de los ríos, las de las ciénagas y las praderas, y de lo alto y de las profundidades; es un pecado matarlas, deberían estar sobre la tierra hasta que llegue su hora de forma natural… Para el hombre ya hay otra comida, otra comida y otra bebida; el pan es el regalo de Dios al hombre, y las aguas de los cielos, y las criaturas amaestradas que nos han llegado de nuestros ancestros.

Miré a Kasián asombrado. Sus palabras fluían con libertad; no hacía pausas tratando de encontrarlas, hablaba con un animación calma y con modesta dignidad, de ver en cuando cerraba los ojos.

-Así que, de acuerdo contigo, también es pecado matar a un pez –pregunté.

-Un pez tiene la sangre fría –protestó con seguridad-, es una criatura muda. Un pez no siente miedo, ni alegría: un pez no tiene lengua. Un pez no tiene sentimientos, no tiene sangre viva en él… La sangre –continuó tras una pausa- ¡la sangre es sagrada! La sangre no ve la luz del sol del Señor, mostrar la sangre a la luz del día, un gran pecado y algo que temer, ¡oh, se trata de algo que hay que temer!

Suspiró y bajó los ojos. Debo admitir que miré al extraño anciano completamente sorprendido. Su discurso no sonaba como el de un campesino: ni los charlatanes ni la gente del pueblo hablaban de aquella manera. Yo nunca había oído este lenguaje, solemne y reflexivo…

… - Pero siendo sincero, amigo, preferirías estar en tu tierra, ¿verdad?


Campesino1- Desde luego que me gustaría volver a verla. De todas formas, no tiene importancia dónde estoy. No tengo familia, nada me ata a ningún sitio. ¿Y qué  haría sentado en casa todo el día? Es cuando me pongo en marcha –comenzó a decir en una voz más alta- cuando todo me parece más sencillo. Brilla la dulce luz del sol y se es más puro a ojos de Dios, se canta una tonada más alegre. Entonces uno mira qué hierbas crecen por ahí, y se fija en ellas y recoge las que necesita. Tal vez encuentre un manantial, así que toma un sorbo y recuerda que está ahí también. Los pájaros cantan al aire… Y después, en la otra parte de Kursk, se encuentran las estepas, y qué estepas; ahí tenemos una auténtica maravilla, una gran satisfacción para el hombre, tan amplias, una muestra de lo que Dios puede ofrecer. Y continúan sin cesar, como dice la gente, justo hasta los mares cálidos en los que vive Gamaiún, el pájaro con el canto más dulce de todos, hasta el lugar en el que las hojas no se caen de los árboles en invierno, ni en otoño, y donde crecen manzanas doradas en ramas de plata y cada hombre vive contento con lo que tiene y en justa alianza con sus semejantes… Ahí es adonde me gustaría dirigirme… ¡Y eso que he andado por todas partes! He estado en Romión y en Simbirsk, una ciudad como Dios manda, y en el mismo Moscú engalanado con sus coronas doradas. Y en el Oka, el que nos alimenta, y en Tsna, la paloma, y en el Volga, nuestra madre, y he visto a mucha gente, todos buenos cristianos, y en muchas ciudades honestas he estado… Pero me gustaría ir a aquel lugar… Y eso es todo… Y pronto… Y no solo yo, que soy un pecador más, sino muchos otros cristianos que se ponen en marcha y caminan por el ancho mundo sin nada excepto cortezas de tilo a modo de zapatos en busca de la verdad… ¡Por supuesto que lo hacen!... ¿De qué sirve quedarse en casa. No es justo cómo tienen que vivir los hombres, eso es…

 

De El intendente.

Pénochkin lo interrumpió:

- Bien, está bien Sofron, sé que me sirves de forma concienzuda… ¿Qué hay de la trilla?

Sofron suspiró.

- Bueno padrecito de todos nosotros, la trilla no está marchando del todo bien. Y hay una cosa, Arkadi Pávlich, permítame que lo informe, un pequeño asuntillo que se nos ha colado. –En este momento se acerco hacia el señor Pénochkin con los brazos extendidos, se agachó y entrecerró un ojo-. Apareció un cadáver en nuestra tierra.

- ¿Cómo es eso?

- Ni yo mismo puedo entenderlo, buen amo, padrecito; lo más seguro es que haya sido un enemigo el que lo hizo, parece cosa del diablo. La buena forturna quiso que fuera el siervo de otra persona, y aún así, no hay por qué esconderlo, ocurrió justo en nuestra tierra. Así que de inmediato ordené que lo arrastraran hasta la otra tierra mientras tuvimos ocasión de hacerlo, coloqué un vigía y dije a nuestra gente: «Que nadie diga una palabra», eso dije. Pero de todas formas se lo expliqué al alguacil, eso hice. Le dije: «Así es como son las cosas», eso fue lo que le dije, y le di algo de té y alguna cosilla que me agradeció… ¿Y qué cree que pasó, buen amo? El cadáver quedó en tierra de los otros. Después de todo un cadáver puede costarnos hasta doscientos rublos, y eso no es poco pan…

Cartel

Arkadi Pávlich frunció el entrecejo, se mordió el labio y se acercó a los peticionarios. Ambos se echaron a sus pies sin decir nada.

- ¿Qué os ocurre? ¿Qué queréis pedirme? –les preguntó con voz serie y algo nasal. (Los campesinos se miraron el uno al otro y no dijeron nada, se limitaron a apretar los ojos, como si el sol los cegase, y su respiración se volvió más entrecortada.)

-Y bien, ¿qué ocurre? –continuó Arkadi Pávlich y de inmediato se volvió hacia Sofron-. ¿De qué familia son?

- De los Tovoléiev- respondió despacio el intendente.

- Bien, ¿y qué quereis? – volvió a preguntar el señor Pénochkin-. ¿No tenéis lengua? ¿no me podéis decir en qué consiste todo esto? –añadió, señalando con la cabeza al viejo-. No tengas miedo, no seas bobo.

El viejo alargó su cuello, oscuro y arrugado, y como pudo despegó los labios que la edad había vuelto azules, y emitió en una voz profunda:

- ¡Ayúdenos, señor!

Y volvió a poner la cabeza contra la tierra. El campesino joven también hizo una reverencia. Arkadi Pávlich miró con dignidad sus nucas, echó atrás la cabeza y separó un poco los pies.

-¿Qué ocurre? ¿De qué os quejáis?

-¡Ten piedad de nosotros, señor! Danos una oportunidad para recobrar el aliento… Estamos exhaustos.- El viejo hablaba con dificultad-.

-¿Y qué os ha dejado así?

-Sofron Yákovlich, buen amo.

Arkadi Pávlich guardó silencio un momento.

- ¿Cómo te llamas?

- Antip, buen señor.

- ¿Y quién es este?

- Mi chico, buen amo.

Arkadi Pávlich guardó silencio de nuevo y se retorció los bigotes.

-Bien, ¿y cómo os ha dejado medio muertos? –preguntó por fin, mirando al viejo por encima de su bigote.

-Buen amo, nos ha arruinado. Dos hijos, buen amo, los ha enviado como reclutas cuando no les correspondía, y ahora se lleva al tercero… Ayer, buen amo, se llevó la última vaca de mi parcela y golpeó a mi esposa; ¡ese de ahí, señoría, es quien lo hizo! (Y señaló al responsable).

-¡Hum! –dijo Arkadi Pávlich.

-¡No deje que nos arruinemos por completo, buen amo!

El señor Pénochkin frunció el ceño.

-¿Qué quiere decir todo esto? –le preguntó al intendente por lo bajo con una mirada de desaprobación.

- Un borracho, señor –respondió el intendente, usando el formal «señor» por primera vez-. No trabaja nada. Ya está en su quinto año, señor, de retraso con sus pagos.

- Sofron Yákovlich pagó por mí –continuo el anciano-. Es el quinto año que lo hace, y ha pagado los atrasos para tenerme como esclavo, buen señor, así son las cosas…

- ¿Y por qué te metiste en atrasos? –pregunto el señor Pénochkin con aire amenazador (El viejo bajó la cabeza.)- -Supongo que es porque te gusta emborracharte, ir de taberna en taberna. –El viejo estaba a punto de abrir la boca-. Conozco a los de tu clase –continuó con vehemencia Arkadi Pávlich – todo lo que hacéis es beber y echaros sobre el horno y dejar que los buenos campesinos paguen por vosotros.

- Además insolente –insertó el intendente en el discurso de su amo.

- Eso es evidente. Así es como siempre resulta, lo he visto más de una vez. ¡Se pasará todo el año vagando y siendo insolente y ahora se tira a los pies de usted!

- Buen amo, Arkadi Pávlich –comenzó con desesperación el viejo-, tenga piedad, ayúdeme, ¿cómo estoy siendo insolente? Por el Señor Dios le digo que todo esto está acabando conmigo. No le caigo bien a Sofron Yákovlich, ¡por qué se enojó conmigo, solo el Buen Señor lo sabe! Me está arruinando, buen amo… Este es el único hijo que me queda… Y ahora tiene que irse, también… - Las lágrimas brillaban en los ojos amarillos y arrugados del anciano-. Tenga piedad, mi señor y amo, ayúdeme…

- Eso, y no somos los únicos… -comenzó el campesino más joven.

Arkadi Pávlich se enfureció de pronto.

- ¿Y a ti quien te está preguntando nada, eh? Nadie te está preguntando a ti, así que guarda silencio… ¿Qué pasa aquí? ¡Silencio, te lo advierto! ¡Silencio! Oh, Dios mío, es una rebelión. No, amigo mío, no te aconsejo que empieces una rebelión en mis propiedades… En mis propiedades… - Arkadi Pávlich avanzó un paso y después, sin duda, recordó mi presencia, se dio la vuelta y se metió las manos en los bolsillos-. Je vous demande bien pardon, mon cher –dijo con una sonrisa forzada, bajando la voz significativamente-. C’est le mauvais côte de la médaille… Bien, muy bien, muy bien… -continuó sin mirar a los campesinos-. Daré una orden… Muy bien, largaos. –Los campesinos no se levantaron-. No os he dicho que… Muy bien. Largaos. Daré la orden, os lo estoy diciendo.

Arkadi Pávlich le dio la espalda.

-Las cosas desagradables nunca terminan –pronunció entre dientes, y se dirigió a la casa a grandes zancadas. Sofron lo seguía de cerca. Los ojos del oficinista casi se le salían de la cabeza, como si se preparara para dar un gran salto. El responsable de la aldea echó a los patos del charco. Los peticionarios se quedaron un rato donde estaban, mirándose el uno al otro, y luego se marcharon sin mirar atrás…

De La oficina.

Fue en otoño. Llevaba varias horas vagando por los campos con mi escopeta y probablemente no habría regresado hasta el crepúsculo a la posada de la carretera de Kursk donde me esperaba mi troika, troikasi un lluvia extraordinariamente fina y helada, que me había acechado desde principios de la mañana, fraccionada y sin piedad como una vieja solterona quejita, no me hubiera obligado al fin a buscar algún asilo cercano para resguardarme. Considerando en qué dirección ir, mis ojos tropezaron con un cobertizo diminuto junto a un campo de guisantes. Me aproximé, eché un vistazo bajo el techo de paja y vi un anciano tan decrépito que me hizo pensar en la cabra moribunda que Robinson Crusoe se encuentra en una de las cuevas de la isla. El anciano estaba agachado, apretaba los ojillos oscuros y mascaba, con rapidez y cuidado como una liebre (el pobre no tenían ni un diente) un guisante duro y seco, haciéndolo rodar sin cesar de una lado a otro. Estaba tan ocupado en esto que no se dio cuenta de que me acercaba.

- ¡Abuelo! ¡Eh, abuelo! –dije.

Dejó de mascar, levantó las cejas y abrió los ojos con dificultad.

- ¿Cómo? –murmuró con una voz profunda.

- ¿Dónde hay alguna aldea cercana? –le pregunté.

El anciano volvió a mascar. No me había oído. Repetí la pregunta en voz más alta.

- Una aldea. ¿Cuál quiere?

- Es solo para resguardarme de la lluvia.

- ¡Ah! –Se rascó la calva quemada por el sol-. Bueno, pues tiene que ir, a ver –comenzó a decir de pronto, meneando sus brazos de forma desconectada de sus palabras- por ahí… Verá, camina usted por ese bosque, el que ve ahí, y se va por ahí, y entonces hay un camino; no le preste atención al camino, y échese a la derecha, siempre a la derecha, la derecha, la derecha… Bueno, llegará entonces a Anánevo. Del otro lado está Sítovka.

Tenía dificultad para comprender el anciano. Hablaba bigotes por medio y la lengua no le obedecía.

-    ¿De dónde eres? –pregunté.

-    ¿Cómo?

-    ¿Qué de dónde eres?

-    De Anánevo.

-    ¿Y qué estás haciendo aquí?

-    ¿Cómo?

-    ¿Qué estás haciendo  aquí?

-    Estoy vigilando.

-    ¿El qué?

-    Los guisantes.

No pude contener la risa.

-    Por Dios bendito, ¿qué edad tienes?

-    Solo Dios lo sabe.

-   ¿Es posible que no veas muy bien?

-   ¿Cómo?

-   Tu vista es mala, ¿no?

-   Lo es. Y la verdad es que tampoco oigo nada.

-   Entonces, dime, ¿cómo puedes ser un guarda?

-   Eso pregúnteselo al amo.

-   ¡Los amos! –medité sobre sus palabras y observé al anciano no sin cierta pena. Palpó con su manos y encontró un trozo de pan seco en el bolsillo, cercano a su pecho, y comenzó a chuparlo como un bebé, hundiendo todavía más en el esfuerzo sus ya hundidas mejillas…

 

De los dos terratenientes.

Ahora permítanme que pase a otro terrateniente.

Mardari Apollónich Stegunov no se parecía en nada a Jvalinsky; era poco probable que hubiera servido en ningún lugar y nunca se lo había considerado apuesto. Mardari Apollónich es un viejecito Kvasachaparrado, gordito y calvete con una gran papada, manos pequeñas y suaves, y una barrigota incipiente. Le encanta ejercer de anfitrión y le gustan mucho las bromas; vive, como dicen, a cuerpo de rey; y tanto en invierno como en verano lleva batín de rayas. Solo se parece al general Jvalinsky en una cosa: también es soltero. Tiene quinientos siervos. Mardari Apollónich se toma un interés solo superficial en su hacienda; hace diez años, para no quedarse muy por detrás de los tiempos, compró de los Butenop en Moscú una máquina de trilla, la metió bajo llave y candado en su granero, y se quedó tan tranquilo. Un día agradable de verano es posible que pida que le enganchen su vehículo de paseo y que se acerque a los campos a ver cómo florece el grano y a recoger acianos. Mardari Apollónich vive por completo al estilo antiguo. Hasta su casa es de estilo anticuado: el vestíbulo de entrada, como podría esperarse, huele a kvas, a velas de sebo y a cuero; a la derecha hay un mueble con pipas y toallas para limpiarlas; el comedor contiene retratos de familia, moscas, una enorme planta de geranios y un piano quejumbroso…

 

De La muerte.

… Se me ocurren muchos otros ejemplos, tantos que sería imposible contarlos todos. Me limitaré a uno.

Una anciana dama, terrateniente ella misma, moría en mi presencia. El sacerdote comenzó a leer la oración para los moribundos sobre su cuerpo, cuando de pronto se dio cuenta de que la enferma estaba en efecto muriendo y con toda prisa le pasó la cruz. La anciana dama se mostró ofendida por el gesto.

- ¿A qué tanta prisa, señor? –le espetó, con un tono de voz que ya denotaba la rigidez que la esperaba-. Le dará tiempo…

Se echó para atrás y terminó de colocar su mano bao la almohada cuando exhaló su último suspiro. Había una moneda de rublo debajo de la almohada: había tenido la intención de pagar ella misma al sacerdote por leer las plegarias de su propio fallecimiento…

¡Sí, los rusos son asombrosos cuando se trata de la muerte!

De Un Hamlet del distrito de Schigrovski 

… Así, bajo la influencia de tardes como aquellas, le pedía a la vieja permiso para casarme con su hija, y dos meses después estaba casado. Supongo que la amaba… Incluso aunque ahora debería saberlo, aun así, ¡Dios mío!, no sé todavía si amaba a Sofía o no la amaba. Era una criatura amable, inteligente, tranquila, con el corazón bondadoso; pero Dios sabrá por qué, si por haber vivido durante mucho tiempo en el campo o por alguna otra razón, guardaba un secreto en los más hondo de su alma (si puede decirse que el alma tenga un final), una herida que era imposible ser curada, y a la que ni ella ni yo supimos ponerle nombre. Como es lógico, yo no me percaté de su existencia hasta después de nuestro matrimonio. ¡Hice todo lo posible por ayudarla! Pero nada servía. De pequeño tuve un pinzón al que el gato clavó las zarpas una vez; lo rescatamos, lo cuidamos, pero mi maldito pinzón no volvió a recuperarse; comenzó a marchitarse y dejó de cantar. Todo acabó una noche cuando una rata se metió en su jaula abierta y le arrancó el pico, como resultado de lo cual finalmente decidió morirse. Yo no sabía qué gato había clavado las uñas en mi mujer; pero ella también comenzó a marchitarse como mi desdichado pinzón. A veces era obvio que quería extender sus alas y juguetear en el aire fresco, a la luz del sol y en libertado; entonces lo intentaba, pero siempre acabaría haciéndose una bolita de nuevo…

 Triptico

De El bosque y la estepa.

… Y comenzó a sentir cómo / le llamaba de vuelta: la aldea, el jardín oscurecido / donde los tilos son grandes y umbríos / y los lirios del valle huelen a muchacha, / donde los sauces redondos se desploman sobre el agua / todos en fila, / donde los enormes robles crecen sobre el trigo, / donde huele a cáñamo y a ortigas… / a lo lejos, en los campos profundos, / donde la tierra es tan grande como el terciopelo, / donde el centeno, donde quieras que mires, / se extiende en suaves hondonadas. / Y los pesados y amarillos rayos del sol se desprenden / desde las nueves redondas y blancas. / Se está bien allí… (De un poema entregado al fuego)

 

 
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