UN BUEN LIBRO PARA LEER:  BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE (1853)

Bartleby     («Bartleby the Scrivener: A Story of Wall Street»)

     Herman Melville  (EEUU)  

    Editorial:    CÁTEDRA.  LETRAS UNIVERSALES 

    Edicción y traducción de Julia Lavid

                          

             

 

Framentos de libros: 

 

… Pero renuncio a las biografías de todos los demás escribientes por unos cuantos pasajes de la vida de Bartleby, que era uno de ellos, el más extraño que yo haya visto o del que haya oído hablar. Mientras que de los otros amanuenses podría escribir toda su vida, nada similar se puede hacer con Bartleby(1). Creo que no existe material para escribir una biografía completa y satisfactoria de este hombre. Es una pérdida irreparable para la literatura. Bartleby era uno de esos seres sobre los que no se puede asegurar nada, excepto a partir de las fuentes originales y, en su caso, son muy escasas. Todo lo que sé de Bartleby, es lo que vieron mi ojos atónitos, excepto un vago informe que aparecerá en el epilogo(2).

(1)     Significativamente, la ironía principal de la historia radicará precisamente en la incapacidad del narrador de caracterizar a Bartleby.

     (2)      Se anticipa aquí a la organización estructural del relato, como proceso perceptivo a través de la figura del narrador. Esta técnica inaugura la nueva orientación metodológica de Melville en sus historias cortas, basada, como se verá más adelante, en la yuxtaposición de diferentes perspectivas narrativas

 Scriveners

…De vez en cuando, por la premura del trabajo, tenía por costumbre ayudar yo mismo a comparar algún documento breve, llamando a Turkey o a Nippers para tal propósito. Uno de los objetivos, al colocar a Bartleby tan a mano detrás del biombo, era disponer de sus servicios en ocasiones tan triviales. Creo que fue el tercer día de estar conmigo, y antes de que hubiera surgido necesidad alguna de examinar sus propios escritos, cuando llamé bruscamente a Bartleby, pues tenía mucha prisa por completar un pequeño asunto que llevaba entre manos. En mi apresuramiento y esperanza natural de ser complacido al instante, me senté con la cabeza doblada sobre el original que estaba en mi mesa, y la mano derecha a un lado, y algo nerviosamente extendida con la copia, de forma que nada más salir de su retiro, Bartleby pudiera tomarla y preceder con el asunto sin la menor dilación.

 En esta misma actitud me senté cuando le llamé, exponiendo rápidamente lo que quería que hiciera, es decir, examinar conmigo un pequeño documento. Imagínense mi sorpresa, mejor dicho, mi consternación, cuando, sin moverse de su reservado, Bartleby contestó con una voz singularmente suave y firme:

PreferNotTo

-       Preferiría no hacerlo.

Me quedé sentado un rato, en absoluto silencio, recuperando mis facultades aturdidas. Al pronto se me ocurrió que mis oídos me habían engañado o que Bartleby había entendido mal lo que yo quería decir. Repetí mi petición en el tono más claro que pude conseguir; pero en un tono igual de claro llegó la respuesta anterior:

-       Preferiría no hacerlo.

-    Prefiere no hacerlo- repetí yo, levantándome con gran excitación y cruzando la habitación de una zanzada-. ¿Qué quiere decir? ¿Está usted loco? Quiero que me ayude a compara esta hoja, ¡tenga!- y se la tiré.

-        Preferiría no hacerlo –dijo él.

Le miré fijamente. Su rostro era enjuto, sus ojos grises en sombría calma. Ni una arruga de agitación lo recorría…

 

                  Bartleby1    Bartleby2 

Pasaron algunos días y el escribiente seguía ocupado con otro trabajo largo. Su llamativa conducta pasada me llevó a observar estrechamente sus movimientos. Observé que nunca iba a comer; en realidad, que nunca iba a ningún sitio. Hasta ahora nunca había sabido, por conocimiento personal, que nunca hubiera salido de la oficina. Era un centinela permanente en el rincón…

Nada exacerba tanto a una persona seria como la resistencia pasiva. Si el individuo, y el que resiste es totalmente inofensivo en su pasividad, entonces, el primero, con sus mejores modales, intentará caritativamente reconstruir con su imaginación lo que ha resultado imposible de resolver con el razonamiento. Incluso de esta manera, en la mayoría de los casos, yo tenía en cuenta la menera de ser de Bartleby. ¡Pobre hombre!, pensaba yo, no pretende hacer ningún mal; etá claro que no se propone ser insolente; su aspecto demuestra suficientemente que sus excentricidades son involuntarias. Me es útil…

 

 

… Finalmente tomé una decisión; le haría ciertas preguntas con calma a la mañana siguiente, referentes a su historia, etc… y si rehusaba contestarlas abiertamente y sin reservas (y soponía que preferíría no hacerlo), entonces le daría un billete de veinte dólares por lo que pudiera deberle, y le diría que ya no necesitaba sus serviciós, pero que si le podía ayudar de cualquier otra manera…

Y llegó la mañana siguiente.

PreferNotTo2- Bartleby –dije en un tono aún más amable-, venga aquí. No voy a pedirle que haga nada que prefiera no hacer. Simplemente deseo hablar con usted.

Ante esto apareció silenciosamente.

      -      ¿Me quiere decir, Bartleby, dónde nació?

     -      Preferiría no hacerlo.

     -      ¿Quiere usted decirme algo sobre usted?

     -      Preferiría no hacerlo.

     ¿Pero qué objeción razonable puede usted tener a hablar conmigo? Siento aprecio por usted.

     No me miraba mientras hablaba, no me miró, sino que mantenía la vista fija en un busto de Cicerón que, como yo estaba entonces sentado, se encontraba directamente detrás de mí, unos quince centímetros por encima de mi cabeza.

- ¿Cuál es su respuesta, Bartleby? -dije, después de esperar contestación durante un tiempo considerable, durante el cual su semblante permaneció inamovible, con solo un leve temblor de su boca blanca y casi imperceptible.

- Por ahora prefiero no dar ninguna respuesta -dijo, y se retiró a su cuchitril.

Fue más bien una debilidad por mi parte, lo confieso, pero sus modales en esta ocasión me molestaron. No solo parecían esconder un cierto desdén calculado, sino que su perversidad parecía ingrata, considerando el innegable buen trato y la indulgencia que había recibido de mí.

Volví a sentarme meditando qué debería hacer. Mortificado como estaba por su conducta, y decidido como había estado a despedirle cuando entrase en mi oficina, no obstante, un presentimiento supersticioso, y acusándolo de vileza si osaba pronunciar una palabra amarga contra aquel pobre desamparado. Finalmente, llevando con familiaridad mi silla tras el biombo, me senté y dije:

-    Bartleby, no importa que no revele su historia, pero permítamele suplicarle como amigo, que se ajuste en lo posible a las costumbres de la oficina. Dígame ahora que usted ayudará a comprobar los papeles mañana o el próximo día; en resumen, dígame ahora que en un día o dos comenzará a ser un poco razonable; dígalo Bartleby.

-     Por ahora preferiría no ser razonable- fue la respuesta mansa  cadavérica.

Cuando Nippers con aire agrio y huraño salía. Turkey se acercó suavemente y con deferencia:

-  Humildemente, señor –dijo-, ayer estuve pensando en Bartleby aquí presente, y creo que si prefiriese tomar un cuarto de buena cerveza inglesa al día, esto contribuiría mucho a enmendarlo, y le permitiría ayudar en la comprobación de sus papeles.

 -     Así que a usted también se le ha pegado la palaba –dije yo, con cierta irritación.

 -    Con todo respeto señor, ¿qué palabra? –preguntó Turkey, apretándose respetuosamente en el estrecho espacio tras el biembo y haciéndome con ello empujar al escribiente -¿Qué palabra, señor?

-        Preferiría que se me dejase solo aquí –dijo Bartleby, como si se ofendiese al verse atropellado en su intimidad.

-         Esa es la palabra, Turkey –dijo yo-, ésa es.

-         ¡Ah! ¿preferir?, ah, sí, extraña palabra. Yo nunca la uso. Pero, señor, como iba diciendo, si él prefiriera…

-         ¡Turkey –le interrumpí-, por favor, retírese.

-         ¡Oh!, por supuesto, señor, si usted así lo prefiere.

Al abrir la puerta corredera para retirarse, Nippers desde su escritorio me vislumbró y me preguntó si prefería que copiase cierto documento en papel azul o blanco. Sin picardía alguna, no acentuó en la más mínimo la palabra «preferir». Era evidente que la había pronunciado involuntariamente. Yo pensé para mí; con toda seguridad tengo que librarme de un loco, que hasta cierto punto, ya ha trastornado las lenguas, si no las cabezas, la mía y la de mis empleados. Pero creí prudente no proceder al despido inmediatamente.

EnLaVentana


Al día siguiente noté que Bartleby no hacía otra cosa que quedarse en la ventana en una de sus ensoñaciones. Al preguntarle por qué no escribía, dijo que había decidido no escribir nada más.

-         ¿Cómo, por qué ahora? ¿Y luego, qué? –exclamé. ¿No va a escribir más?

-         Nada más.

-         ¿Y cuál es la razón?

-         ¿No ve usted la razón por sí mismo? respondió con indiferencia….

 

 

 

(*) Nota de fragmentos de libros.

       Y hasta aquí llegamos. Evidentemente que en el libro hemos encontrado bastantes más fragmentos que podrían ser incluidos en esta selección. Pero Bartleby, el escribiente, es una novela muy corta, casi un cuento; incorporarlos nos llevaría a desvelar inevitablemente claves importantes de la historia, porque el avance de la trama va derivando hacia un final casi adivinado, aunque desearíamos que no se produjera como nos tememos. Los fragmentos incluidos hasta aquí, honestamente, los creemos ya suficientes y representativos del sentido y la forma de esta obra tan singular, y, desde luego, muy válidos para incitar a su lectura, que es lo que se busca. 

 

  
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