UN BUEN LIBRO PARA LEER:  ¡ABSALÓN, ABSALÓN! (1936)

AbsalonAbsalon

       

    William Faulkner   (EEUU)  

  

   Editorial: RBA   (Narrativa actual)  

   Traducción: Revisión en castellano de Encarna Castejón sobre la traducción de Beatriz Florencia Nelson

                                                  

                     

Fragmentos de libros 

 

p30    … El nombre del forastero corrió de boca en boca en los centros de actividad y de ocio, y a través de las casas de familia, en continua estrofa y antiestrofa. Sutpen. Sutpen. Sutpen. Sutpen.

Nada más se supo acerca de él por espacio de un mes. Parecía oriundo del Sur y –según trascendió posteriormente- frisaba en los veinticinco años, cosa que no se vio desde el primer momento, porque tenía el aire de quien acaba de salir de una grave enfermedad. No de quien ha estado tranquilamente en su cama y se ha curado, y comienza a moverse con una suerte de asombro desconfiado y vacilante, en medio de un mundo que se creyó a punto de abandonar, sino como quien ha pasado solo por la puerta del horno, por algo más grave que la fiebre, como los exploradores… Era un hombre corpulento, pero entonces estaba casi esquelético; tenía la barba rojiza que parecía un disfraz y por encima de la cual asomaban unos ojos pálidos, soñadores y vivaces al mismo tiempo, implacables y serenos en ese rostro cuya carne parecía de terracota, cocida al calor de esa fiebre que proveía del alma o del ambiente, más honda que el mismo sol, bajo una superficie muerta e impasible semejante al barro vidriado. Eso fue lo que vieron, pero pasaron años antes de que la población supiese que era todo cuanto poseía en aquel instante: el fuerte caballo exhausto y las ropas que llevaba puestas y la pequeña alforja en la cual apenas cabían una muda de ropa, las navajas de afeitar y las dos pistilas que la señorita Coldfield mencionó…

ElCientodeSutpen              SutpenHundred

p51    La muchedumbre que esperaba en la calle parecía tranquila, quizás por respeto al templo, con esa actitud tan característicamente anglosajona, siempre dispuesta a reverenciar místicamente las vigas y piedras consagradas. Según parece, la novia salió de la iglesia y se dirigió hacia ellos sin sospechar lo que iba a suceder. Quizá la impulsara todavía esa misma vanidad que secó su llanto antes los escasos ocupantes de la iglesia. Atravesó la multitud, buscando sin duda, con paso presuroso, la soledad y el refugio del carruaje donde poder dar rienda suelta a sus lágrimas; tal vez el primer indicio fue aquella voz que gritó: “¡Cuidado! ¡No apuntéis a la novia!” y luego el proyectil: basura, tierra o lo que fuese, pasó rozándola; o quizá fuera la luz oscilante que divisó cuando, al volverse, vio a uno de los negros que levantaba en alto su antorcha, dispuesto a saltar sobre la muchedumbre, las caras, cuando de pronto Sutpen le habló en aquella lengua que nadie consideraba como idioma civilizado. Ella vio eso, pero los otros, los que estaban dentro de los carruajes, vieron cómo la novia se refugiaba entre los brazos de él, que se plantó delante de ella y permaneció inmóvil, aunque otro proyectil (no tiraban cosas peligrosas, sino terrones de tierra y desechos vegetales) derribó su sombrero y un tercero le dio en mitad del pecho…, allá estaba, quieto, casi sonriente, pues sus dientes relucían bajo la barba, conteniendo a sus negros con una sola palabra (entre la multitud había, sin duda, pistolas y, con toda seguridad, cuchillos: el negro no hubiera durado cinco minutos si se hubiese abalanzado sobre la gente) mientas, alrededor del cortejo nupcial…

p60   … Pasaba por esa etapa en la cual las jóvenes, aunque visibles, parecen vistas a través de un cristal; la voz humana no las alcanza; allí moran (el mismo diablillo que era muy capaz de correr y trepar, y cabalgar y luchar contra su hermano o a su lado) bañadas por un resplandor opalescente que forma parte de ellas, sin sombras; suspendidas en nebulosa incertidumbre, raras e imprevisibles; delicadas y fluidas, insustanciales en su mismo cuerpo; sin flotar ni buscar por sí mismas, esperando, parasitarias, fuertes y serenas, atrayendo sin esfuerzo los elementos posnúbiles sobre los cuales irán plasmándose espalda, pechos, nalgas, cadera y muslos.

yoknapatawpha

p86   Henry nunca había ido ni siquiera a Memphis, jamás había salido de su casa hasta aquel septiembre en que llegó a la universidad con sus ropas de campesino, su caballo de silla y su palafrenero negro. Los seis o siete muchachos tenían la misma edad y habían vivido en el mismo ambiente, solo se diferenciaban en detalles superficiales como la alimentación, la ropa y las ocupaciones cotidianas de los esclavos negros que los atendían; el sudor era el mismo, solo que en unos corría por el trabajo del campo, mientras que en otros era el precio de los mezquinos y espartanos placeres que les daba la libertad de no tener que trabajar la tierra: las cacerías y cabalgadas, duras y violentas; unos jugaban por cuchillos mellados, joyas de oropel, rollos de tabaco, botones y prendas de vestir, porque era lo más cómodo y fácil de obtener; los otros jugaban por caballos, dinero, rifles y relojes, por idéntico motivo; las mismas fiestas; la misma música ejecutada con los mismos instrumentos: guitarras y violines todos, ya fuera en las grandes casonas, con velas, champaña y vestidos de seda, o en las chozas con piso de tierra, humeantes teas de pino, percal y agua azucarada con melaza. El seductor fue Henry, por que en aquel tiempo Bon ni siquiera había visto a Judith

…Por eso afirmo que fue Henry y no Bon quien sedujo a Judith: los dos quedaron deslumbrados por la distancia que media entre Oxford y El Ciento de Sutpen, entre ella y el hombre que no había visto todavía, como a impulsos de esa telepatía que, de niños, les permitía anticipar sus respectivas acciones como dos pájaros que levantan el vuelo en el mismo instante; ese nexo que no es la similitud convencional que une a los mellizos, sino más bien el que podría existir entre dos personas abandonadas al nacer en una isla desierta, independientemente del sexo, la edad, el idioma o las circunstancias hereditarias: la isla desierta era El Ciento de Sutpen; la soledad, la sombra de ese padre con quien no solo la ciudad entera, sino hasta la familia de su madre, habrían preferido pactar un armisticio antes que aceptarlo y asimilarlo.

p97  …El joven vivía y se había educado en un medio donde el sexo opuesto se divide en tres campos bien definidos, separados (dos de ellos al menos) por un abismo que solo puede franquearse una vez y en una sola dirección: damas, mujeres y hembras. Las vírgenes con quienes algún día se casaban los caballeros, las cortesanas que conocían durante sus escapadas a las ciudades, las sirvientas y las mujeres esclavas sobre las que descansaba la primera categoría y a quienes ésta debía su propia virginidad…

Mapa Guerra de Secesión     p105   »Y eso fue todo, o debió haberlo sido. Aquella tarde trágica de cuatro años después tuvo que haber tenido lugar al día siguiente; los cuatro años, el intervalo, el simple contraste, fueron una prolongación, una atenuación de lo que ya estaba maduro y debía fatalmente acontecer. La demora fue ocasionada por la guerra, esa estúpida y sangrienta aberración dentro del alto destino imposible de los Estados Unidos, instigada tal vez por esa fatalidad familiar dotada, en cualquier circunstancia, de esa curiosa falta de economía entre causa y efecto, lo cual es una de las características del destino cuando se ve precisado a usar como instrumentos o materia prima seres humanos…

… Se alistaron juntos, ¿comprendes? Henry vigilaba a Bon y éste lo toleraba, aceptaba la prueba, el paréntesis: aquél tenía siempre a la vista a su compañero, no por temor a que Bon se casara con Judith cuando él no estuviese en condiciones de impedirlo, sino porque se casara con Judith y luego él (Henry) se viera obligado a vivir el resto de su existencia sabiendo que se alegraba de haber sido burlado, con el goce del cobarde que se entrega sin haber sido vencido…

… Era la prueba, el intervalo y los tres lo aceptaron; creo que jamás existió promesa alguna entre Bon y Henry. ¡Pero Judith…, que no podría saber qué había sucedido ni el porqué de ese cambio! ¿Has observado con cuánta frecuencia, cuando nos esforzamos por reconstruir las causas que han determinado las acciones de los hombres y mujeres, nos encontramos de pronto, atónitos, reducidos a aceptar la tesis de que nacieron de alguna de las virtudes arcaicas? El ladrón que no roba por codicia, sino por amor; el asesino a quien no mueve la pasión, sino la conmiseración. Judith, donde puso su amor puso implícitamente su confianza, y puso implícitamente su amor en la fuente de su vida y su orgullo: ese orgullo verdadero, no el ficticio que convierte lo que se es incapaz de comprender en desprecio e injuria y da rienda suelta a su energía en rencillas y alfilerazos, mientras que el verdadero orgullo es capaz de decir sin rebajarse: “Amo, y no aceptaré sustituto

p112.     »”Si”, repuso Judith, “guárdela o destrúyala, como prefiera. Léala usted si quiere, o no la lea. Uno deja tan poco rastro, ¿sabe usted? Uno nace, emprende un camino sin saber por qué, pero sigue esforzándose; lo que sucede es que nacemos junto con muchísimas gentes, al mismo tiempo, todos entremezclados; es como si uno quisiera mover los brazos y las piernas por medio de hilos, y esos hilos se enredasen con otros brazos y otras piernas, y todos los demás tratasen igualmente de moverse y no lo consiguieran porque todos los hilos se traban, y es como si cinco o seis personas quisieran tejer una alfombra en el mismo bastidor: cada uno quiere bordar su propio dibujo. Claro está que todo ello carece de importancia, pues de otra manera quienes dispusieron el bastidor hubieran arreglado mejor las cosas, y a pesar de todo no deja de tener su trascendencia, puesto que uno se esfuerza y continúa luchando, cuando de pronto todo ha concluido y solo nos queda un bloque de piedra con unas inscripciones, siempre que alguien se haya acordado o haya tenido el tiempo necesario para hacer grabar esas letras en el mármol. Pasa el tiempo, llueve y brilla el sol, y llega un día en que nadie recuerda el nombre y lo que dicen esas letras nada importa ya….

RosaColdfield2

p128  … Pero insisto y reclamo la raíz y las ansias, ¿no he heredado acaso de todas las Evas solitarias que han nacido después de la Serpiente? Si, lo afirmo: yo, crisálida frustrada de una siega simiente perfecta; pues ¿quién podrá decir que una raíz nudosa y olvidada no florecerá un día en un capullo redondo y concentrado, más pleno y concentrado y embriagador porque esa raíz abandonada no estaba muerta, sino dormida?

»Ese fue el fruto desperdiciado de mi estéril juventud que (durante un breve lapso, esa corta primavera del corazón femenino que no retorna) viví, no como mujer, ni como niña, sino como el varón que tal vez debí haber sido. Tenía catorce años, si es que pueden llamarse años esos espacios pasados en el desierto del corredor que llamé mi infancia; más que vida, proyección del propio vientre oscuro. Ya estaba crecida y completa, no madura, sino retrasada debido a alguna deficiencia cesárea, algún helado fórceps que oprimió mi cabeza en el salvaje instante que debería haberme arrancado hacia la libertada. Yo no esperaba luz, sino el destino que suele llamarse triunfo femenino y que consiste en soportar, y seguir soportando sin razón, ni motivo, ni esperanza de compensación… y soportar hasta el fin. Me asemejaba a esos ciegos peces subterráneos, esas chispas aisladas cuyo origen ya no recuerda el mismo pez, y que palpitan y laten en su cueva crepuscular y letárgica movidos por el arcaico prurito insomne que no sabe decir sino: “Eso se llamaba luz”; “Esto, olor”; “Aquello tacto”, y aquella otra cosas que no ha legado un nombre para designar el rumor de la abeja, del ave, o aroma floral, la luz, el sol o el amor…

… No para soñar, puesto que habitaba en el ensueño; sino para revivir, ensayar mi apel, como el aficionado torpe y laborioso se aproxima hacia los bastidores, en algún ínterin de la escena, a fin de escuchar la voz momentánea del apuntador. Y si los celos, no los celos varoniles del enamorado, ni el yo del amante que atisba desde el amor para estudiar, gustar, palpar ese arrobo virginal en medio de la soledad, primer vislumbre a través de ese velo que llamamos doncellez; no los que brotan para provocar esa vergüenza que es parte importante de la declaración de amor, sino para disfrutal del opulento seno instantáneo, sonrosado ya por el sueño, sin que el pudor tenga que despertar. No, no era eso, no espiaba yo, la que recorría los senderos arenosos y cuidadosamente apisonados del jardín, diciéndome: “Esta es su huella, lo sería si no fuera por el rastrillo que la borró; pero a pesar del rastrillo, está aquí y al lado, la de ella, en ese lento ritmo recíproco en el cual el corazón, la inteligencia, no necesitan vigilar los pies dóciles (sí, y dispuestos).” Y pensaba: “Qué suspiro de las almas entrelazadas habrán escuchado los mil oídos murmurantes de este arbusto o de esta viña oculta? ¿Qué voto, qué promesa, qué llama estática y duradera han coronado la lluvia azul de esta glicina o la agonía de esta pesada rosa?...

Rosa Coldfield… Sí, comencé a huir de ese año (El año antes de que estallara la guerra) en que Ellen me habló de un ajuar (era mi propio ajuar), de toda la irreal panoplia de la entrega que era mi propia entrega; yo, que tan poco podía entregar aunque lo diera todo, porque aún existe ese podría-haber-sido, único peñón que nos sostiene por encima del oleaje de la insoportable realidad. Yo creí que ella había esperado cuatro años, pero fui yo quien esperó, mientras el mundo sereno y estable que conocimos se deshizo entre el humo y llamas y desapareció todo el resto de paz y tranquilidad, de orgullo y esperanza; solo quedaron los mutiladas veteranos de la honra y el amor…

… ¿cómo probar de otra manera la inmortalidad del amor? Mas no hablo del amor y la fidelidad que ya no tiene de qué enorgullecerse; pero que, al cabo, se levan por encima de la matanza y la locura para salvar del humillado polvo un postrer resto del viejo sortilegio del corazón perdido ya. Si, la encontré de pie ante una puerta cerrada que yo no podía franquear… Con el retrato colgando de la mano, sereno el rostros, se quedó mirándome por un instante y luego dijo, levantando la voz lo absolutamente necesario…

... »Nada más; eso fue todo, mejor dicho, no lo fue por que no hay todo, no hay final. Lo que nos hace sufrir no es el golpe, sino su repersuasión tediosa, el montón de desechos que debemos barrer ante el umbral de la desesperación. ¿Comprende usted? Yo no lo vi jamás, ni siquiera muerto…

…»Tal vez me pregunte usted por qué me quedé. Podría responderle que lo ignoro, podía darle diez mil razones triviales, todas falsas y todas verosímiles, que me quedé por la comida, aunque podría haber trabajado en la huerta y… Que me quedé por el techo, aunque tenía mi techo propio y a muy escaso precio por cierto. Que me quedé por estar más acompañada aunque nunca me desampararon los vecinos que al menos era gente de mi clase, gente mque me conocía de toda la vida… mientras que aquí estaría con una mujer que, a pesar de ser consanguínea, me resultaba incomprensible y a quien tampoco deseaba comprender, si es que mis observaciones fueron exactas; y otra que me era tan extraña como si mediara entre nosotros, además de la diferencia de razas (que existía) y la de sexo (que no existía), una diversidad de especia, de lenguaje; pues las sencillas palabras con que nos veíamos obligadas a comunicarnos, parecían contener menos sentido que los ruidos que hacen pájaros y bestias. Pero no aduzco ninguna de estas razones. Me quedé y aguardé la llegada de Thomas Sutpen. Sí, quizá crea usted (o lo diga) que yo esperaba, en el fondo, el momento de ser su prometida…

… mi presencia solo representaba para Sutpen la ausencia del la oscura ciénaga, de nudosas trepadoras y enredaderas para el hombre que acababa de atravesar el pantano sin guía ni brújula, sin luz ni esperanza, azuzado por un ansia incorregible de resistir el sol, si es que había en el mundo algo capaz de rivalizar con el blanco resplandor de su locura. Sí, loco, pero no tanto. Porque el vicio también tiene su lado práctico: si el ladrón, el falsario y hasta el asesino siguen normas más veloces que las de la virtud, ¿por qué no ha de hacerlo la locura? Si era un demente, lo único loco era su sueño, no sus métodos; un orate no hubiera obtenido… No, no estaba loco, pues hay en la locura, aún en la demoníaca locura de la cual huye Satanás (aterrado ante su propia obra) y que Dios contempla con piedad, una chispa, un átomo de levadura que eleva y redime esa carne articulada, ese hablar, ver, oír, gustar y existir que llamamos hombres. Pero no importa; le diré lo que hizo y usted juzgara   

 

p145     …Aquel invierno comenzamos a comprender lo que significaba un politicastro del Norte, y las gentes, especialmente las mujeres, atrancaban de noche puertas y ventanas y se asustaban mutuamente con anécdotas sobre rebeliones de negros. Mientras tanto, la tierra estéril, descuidada y abandonada por espacio de cuatro años, permanecía yerma en tanto hombres armados de pistolas, se reunían a diario en conciliábulos secretos en las ciudades. Él no quiso participar en ellos; recuerdo que cierta noche se presentó en casa una delegación, venida penosamente a caballo por un fangoso camino de comienzos de marzo, y le planteó la alternativa de responder sí o no, con ellos o contra ellos, amigo o enemigo; y él se negó, ofreciéndoles (sin alterar su inexorable rostro magro ni su voz pausada) guerra si querían guerra, diciéndoles que si cada hombre del Sur procediera como él y velara por la recuperación de su propia tierra, la región entera y el sur se salvarían. Luego los escoltó hasta la puerta y permaneció de pie en el umbral a la vista de todos, sosteniendo la lámpara por encima de su cabeza mientras el jefe del grupo lanzaba su ultimátum: “Sutpen, ‘esto puede ser una declaración de guerra!” Y el respondió; “Estoy acostumbrado a ella”, Si, yo lo observaba, observaba la furia solitaria de aquel anciano que no luchaba ya, como antes, con la terca pero domeñable tierra, sino contra el peso gigantesco de los tiempos nuevos, como si tratara de detener el curso de un río con sus dos manos y una teja, llevado por la misma y espuria ilusión de lograr un premio que ya lo había engañado…

DibujosSutpen

p203     … que alguien envolvió al hijito, otro arrojó un cubo de agua fría sobre el fuego y todos bajaron la ladera de la montaña hasta llegar a la carretera. Tenían entonces un desvencijado carricoche de dos ruedas y un par de bueyes enfermos. Le aseguró a mi abuelo que no recordaba cómo ni cuándo se los había agenciado su padre. Tenía diez años a la sazón: los dos hermanos mayores se habían ido de la casa tiempo atrás, y no tenían noticias de ellos. El arreaba los bueyes, pues tan pronto como se instalaron en el vehículo, su padre resolvió hacer el viaje tendido en el suelo, entre los paquetes, las colchas, los cubos, las lámparas y los niños, roncando bajo los efectos del alcohol. En esas palabras lo dijo. No recordaba si el viaje duró días, semanas, meses o un año entero; solo sabía que una de las muchachas que había abandonado la choza siendo soltera, y continuaba siéndolo al finalizar la travesía, tenía ya un hijo antes que se perdiera en la distancia la línea azul de las montañas. No recordaba si el invierno, la primavera y el estío los sorprendieron sucesivamente en el camino, o si fueron ellos quienes alcanzaron y atravesaron sucesivamente las estaciones a medida que descendían, o si el descenso mismo las trajo consigo, en casa de que ellos, en vez de adelantar paralelamente a través del tiempo, bajaran perpendicularmente a través de las temperaturas y los climas, en una suerte (no es posible denominarlo «periodo», porque según él recordaba, o dijo recordarlo, no tuvo principio ni final bien definidos; tal vez sea más adecuado llamarlo «atenuación»)… de atenuación hecha de una especie de furiosa inercia y paciente inmovilidad, mientras aguardaban sentados en el carricoche, a la puerta de tabernas y fondines, a que su padre bebiese hasta quedan insensible. de ahí pasaban a un soñoliento avance, después de haber sacado al viejo de cualquier cobertizo, casucha, granero o cuneta para volver a cargarlo en el carro. Mientras avanzaban sin meta fija, les parecía que no adelantaban en realidad, sino que pendían suspendido en el aire mientras la tierra misma se transformaba, ensanchándose y aplanándose al pie de la montaña que los había visto nacer…

… Transcurrieron semanas y meses, un año tal vez, desde el instante en que perdió la cuenta de su edad y ya nunca más la recordó con precisión; y así se lo dijo a mi abuelo, le dijo que no podía calcularla con menos de un año de aproximación. Ignoraba, pues, de dónde venía, dónde estaba y por qué se hallaba allí. Se contentaba con permanecer en aquel lugar, rodeado de rostros, casi todos los rostros que había conocido en su vida (aunque su número decrecía, disminuía, a pesar de los esfuerzos de la hermana soltera, que al poco tiempo, y sin haberse casado, según refirió a mi a mi abuelo, tuvo otro niño; disminuía a causa del clima, del calor húmedo), y vivía en una cabaña casi exactamente igual a la de la montaña; salvo que mientas ésta se levantaba de cara al viento fresco, la nueva se alzaba junto a un gran río suave, que a veces parecía no correr y otras corría hacia sus fuentes; don de sus hermanas y hermanos en ocasiones se sentían enfermos después del almuerzo, y antes de la hora de cenar habían muerto; donde regimientos de negros, custodiados por hombres blancos, plantaban y cultivaban cosas que le eran totalmente desconocidas…

Slavep221   … Mi abuelo recordaba así la escena: él y Sutpen, que llevaban los caballos de la brida (de cuando en cuando, se volvía y veía relucir los ojos de los animales a la luz de las teas y agitar sus cabezas, mientras las sombras se deslizaban en tono de sus ancas); la jauría y los negros (que estaban casi todos en cueros vivos, a excepción de uns pantalones que llevaba éste o aquél) que sostenían las humeantes teas de pino alzadas por encima de sus cabezas. Bajo la luz rojiza se movían redondos cráneos, brazos fornidos y cuerpos cubiertos por el barro que “vestían” en la ciénaga para resguardarse de los mosquitos: un barro seco, duro y reluciente como vidrio o porcelana. Proyectaban sombras que por un instante eran más altas que ellos, y al siguiente habían desaparecido; hasta los árboles, las malezas, los arbustos, se desvanecían de un momento a otro, pero uno adivinaba su presencia, pues se los presentía con las respiración, como si, invisibles, comprimieran y condensaran el invisible ambiente que se respiraba. Y contó que Sutpen reanudó el relato…

    

p254    … Una semana después dieron con la comadrona negra, y ella dijo que ignoraba que Wash estuviera allí aquella madrugada cuando oyó el caballo y las pisadas de Sutpen y lo vio
entrar y detenerse junto al jergón donde estaban la muchacha y la criatura, diciendo: “Penélope (era la yegua) parió esta mañana, Un potrillo espléndido. Será la viva estampa de su padre cuando me llevó al Norte, el año 61. ¿Se acuerda usted?”, y la vieja negra dijo que sí se acordaba: “Si, patrón” Y él señaló bruscamente el jergón con el mango de su látigo de montar dijo “¿Y qué? Maldito sea tu cuero negro: ¿es caballo o yegua?” Y ella se lo dijo. Él permaneció un instante inmóvil, con el látigo apoyado contra la pierna, y las estrías de luz que se filtraban
LaMuerteDeAbsalonpor la pared de troncos jugaban sobre él, sobre sus cabellos blancos y su barba, que no había encanecido aún; y dice la negra que entonces vio sus ojos y los dientes entre la barba y hubiera deseado huir, pero no podía porque sus piernas se negaban a levantarse y correr; y él miró otra vez a la muchacha yacente en el jergón y dijo: “Pues bien, Milly, lástima que no seas yegua tú también. En ese caso, podría ofrecerte un buen lugar en el establo.” Si volvió y salió. Pero ella no se sentía capaz de moverse todavía y no sabía que Wash estaba allí fuera; solamente oyó decir a Sutpen: “’Apártate, Wash. No me toques! Y luego a Wash con una voz suave que apenas llegaba a percibir: “Voy a tocarlo, coronel.”. Y Sutpen, de nuevo: “¡Apártate, te digo!, ya con aspereza, y oyó el chasquido del látigo que cruzaba la cara de Wash

p277    Y una noche subió a la plancha, a la luz de las antorchas, y sólo estaba allí el abogado para despedirle, no por cariño, sino para asegurarse de que tomaba realmente el vapor. Y el nuevo criado negro, en el camarote, abriría las maletas desplegando las magníficas ropas, y las damas ya estarían reunidas en el salón para la cena, y los hombres en el bar, preparándose, pero él no: él estaba solo, apoyado contra la borda, fumando tal vez, mirando cómo la ciudad se alejaba titilando y resplandeciendo hasta desaparecer. Luego cesaría todo movimiento y el vapor quedaría suspendido de las propias estrellas, inmóvil y sin avanzar, colgado de las dos cuerdas de humo cuajadas de chispas que ascendían verticales de las chimeneas. Quién sabe que pensamientos…

p285

… Porque él no la había visto siquiera. Si, claro está que la vio, tuvo oportunidades de sobra para verla; no le quedó otro remedio, puesto que la señora Sutpen se ocupó de ello: diez días de entrevistas proyectadas, dispuestas y ejecutadas como las campañas de los generales muertos en los libros de texto, entrevistas en la biblioteca, en el salón, y paseos en coche, por la tarde, todos planeados con tres meses de antelación, cuando la señora Sutpen leyó la primera carta de Henry donde mencionaba el nombre de Bon, hasta que por fin Judith comenzó a sentirse la hembra de de una pareja de pececillos de colores…

-   Pero eso no es amor –dijo Quentin.

-  ¿Por qué no? Escucha el porqué. ¿Qué fue lo que te dijo la vieja, la tía Rosa? Que hay cosas que tienen que ser necesariamente, existan o no; tienen que ser con muchísima mayor razón que otras cosas que tal vez existen y a nadie le importa un comino si existen o no. Ahí está el motivo…

Más aún: pensar que lo que sospechaba podía ser cierto, y no saber si podía ser verdadero o falso. Y quién podría asegurar si no fue quizá la posibilidad misma del incesto, puesto que todos los que hemos estado enamorados (sin tener hermanas: no sé lo que dirán los demás) sabemos lo que es la inútil evanescencia del contacto carnal; quién no ha comprendido que, terminado ese breve todo, es menester alejarse del amor y el placer, recogiendo previamente nuestros propios desechos, sombrero, pantalones y zapatos que hemos de arrastrar por el mundo, y alejarnos, puesto que los dioses perdonan y practican estas cosas y el inmenso acoplamiento soñador que flota, olvidado de todo, por encima del instante presuroso y molesto, el no-era, es, fue, solo constituye un requisito propio de elefantes y ballenas leves e inflados como globos gigantes. Pero es posible que si hay también pecado, no se nos permita huir, despendernos, regresar… ¿No es así?

p301

… ¿Pero es indispensable que te cases con ella? ¿Tienes que hacerlo? Y Bon respondería sin duda: “Él debería habérmelo dicho. El tenía la obligación de decírmelo personalmente. Yo fui por derecho y jugué limpio, esperé. Ahora sabes por qué esperé. Le di todas las oportunidades para que me lo confesara. Y no lo hizo. Si lo hubiera hecho, yo habría accedido inmediatamente, habría prometido no veros nunca más: ni a ti, ni a ella, ni a él. Pero no me dijo nada: al principio creí que era porque él mismo lo ignoraba aún. Cuando supe que no era así, a pesar de todo, seguí esperando. Pero él no me dijo nada. Te lo dijo a ti, me mando un recado, como se manda decir a un mendigo o a un vagabundo que se alee, por medio de algún negro. ¿No lo comprendes?” Y Henry respondería: “Piensa en Judith, nuestra hermana. ¡Piensa en ella!” Y Bon: “Perfectamente. Piensa tú en ella. ¿Y qué?”; porque los dos sabían que una mujer es capaz de mostrar altivez y pundonor en todo, menos cuando se trata de cariño; y Henry diría: “Si, lo veo, lo comprendo. Pero es necesario que me des tiempo para que me acostumbre a la idea. Eres mi hermano mayor; hazlo por mi, ¡es tan poca cos!” Piensa en los dos: Bon, que ignoraba lo que iba a hacer y tenía que fingir que lo sabía; y Henry, que sabía lo que iba a hacer y tenía que fingir que lo ignoraba…

GuerraSecesión1Corrían los años 64 y 65 cuando aquel jirón de ejército, harapiento y diezmado recorrió Alabama y Georgia y entró en Carolina, barrido no por un ejército victorioso que siguiera sus huellas, sino por una marea inmensa de nombres de batallas perdidas por ambos bandos: Chickamauga, Franklin, Vicksburg, Corinto, Atlanta…, batallas perdidas no solo por escasez de hombres y falta de abastecimientos y material bélico, sino por culpa de los gneerales que no deberían haber sido generales, que no lo eran por su preparación y conocimiento de la moderna estrategia o su aptitud para aprenderla, sino por el derecho divino de poder decir: «¡Vaya usted allí!», derecho que les confería el más cerrado de los sistemas de casta; o porque los generales nunca vivían lo suficiente para aprender cómo se libran batallas cuidadosas, prudentes, accesorias, puesto que eran tan anticuados como Ricardo o Rolando o Du Guesclin: a los veintiocho, treinta o treinta y dos años lucían penachos y capas forradas de paño color grana y capturaban buques de guerra con cargas de caballería, pero jamás tenían trigo, ni carne, ni balas, eran capaces de derrotar a tres ejércitos distintos en otros trantos días y luego derribaban sus propios cercados para robar carne a sus propios almacenes. En una noche, y con un puñado de hombres, incendiaban heroicamente y destruían aprovisionamientos enemigos por valor de un millón de dólares; y a la noche siguiente un vecino los sorprendía en la cama con su mujer, y era pasados por las armas…

… mientras las hogueras daban un poco de calor (al menos el calor es barato y no se acaba ni se consume), Bon dijo: «Henry, antes de que transcurra mucho tiempo todo habrá terminado ya: no nos quedará nada que hacer, ni siquiera el privilegio de retroceder lentamente por una razón: por el honor y los vestigios que nos quedan de nuestro orgullo. Ni siquiera por Dios: es evidente que marchamos sin Él desde hacer cuatro años, pero se ha olvidad de notificárnoslo. Ya no solo carecemos de ropas y zapatos, sino hasta de la necesidad de usarlos: no solo carecemos de tierra y alimentos, sino de hambre, puesto que ya hemos aprendido a prescindir también de eso: pues bien, si no tienes Dios ni necesitas alimentos, vestidos, ni techo, nada les queda al honor y al orgullo donde encaramarse y aferrarse y florecer. Y si has perdido el honor y el orgullo, nada importa ya. Lo malo es que queda en ti algo que vive sin importarle el honor y el orgullo, algo que retrocede durante un año entero sin otro objeto que el de sobrevivir; algo que, probablemente, cuando esto termine y no nos quede ni siquiera la derrota, se negará a sentarse al sol y penetrará en los bosques, errando y buscando sin descanso, cuando no lograrían moverlo la voluntad y el férreo soportar, buscando raíces y cosas semejantes…., la vieja carne sensitiva, sin sueños, sin inteligencia que no sabe la diferencia entre la desesperanza y la victoria, Henry.»           

   Leer el comienzo de ¡Absalón, Absalón!:     AbsalonAbsalon

  
 
VOLVER A Fragmentos de Libros por:   Volver por Títulos          Volver a fragmentos de libros por autores