UN BUEN LIBRO PARA LEER:  BELOVED (1987)

Beloved

 

 

 Toni Morrison.  EEUU

 Edicciones B.  Autores de hoy.

                                                  

 Traducción de Iris Menéndez    

 

 

Fragmentos de libros.

 (Las imágenes utilizadas pertenecen a la película Beloved de 1998, dirigida por Jonathan Demme y producida por Harpo Productions. La película está protagonizada por Oprah Winfrey y Danny Glover.Por cierto, un desastre en taquilla)

p21

…Ninguna persona de color, sin duda ningún moreno rojizo de pelo demasiado largo y sin libreta, ni carbón, ni naranjas, ni preguntas. Nadie con quien su madre quisiera hablar y encima lo hiciera descalza. Con el aspecto, con la actitud de una cría y no de la mujer serena y majestuosa que Denver conocía de toda la vida. La que nunca apartaba la mirada, la que cuando una yegua mató a un hombre a patadas frente al restaurante de Sawyer, no apartó la mirada; la que cuando una cerda comenzó a comerse su propia mierda, tampoco aparto la mirada. Y cuando el espíritu del bebé cogió a Here Boy y lo estampó contra la pared con tanta tuerza que le quebró dos patas y le desencajó un ojo, con tanta fuerza que el perro tuvo un ataque de convulsiones y se mordió la lengua, ni siquiera entonces su madre había apartado la mirada. Empuñó un martillo, golpeó a Here Boy hasta dejarlo inconsciente, le limpió la sangre y la saliva, volvió a encajarle el ojo en la cabeza y le enderezó los huesos de las patas. El animal se recuperó, mudo y desequilibrado, más a causa de su ojo indigno de confianza que de las patas torcidas, pero en invierno y verano, con lluvia o con sol, no hubo modo de convencerlo de que volviera a entrar en la casa. Y ahora, esa mujer, que tuvo presencia de ánimo para curar a un perro enloquecido de dolor, se mecía con los tobillos cruzados y apartaba la mirada del cuerpo de su propia hija…

 

p49

—Estaba hablando del tiempo. Me resulta muy difícil creer en el tiempo. Algunas cosas pasan. Otras se quedan. Antes pensaba que era mi memoria. Ya sabes, algunas cosas se olvidan, SheteYDenverotras siempre se recuerdan. Pero no es eso. Los lugares, los lugares siguen en su sitio. Si una casa se incendia, desaparece, pero el lugar... la imagen del lugar permanece, y no solo en mi memoria sino allí, en el mundo. Lo que yo recuerdo es una imagen flotando en redondo fuera de mi cabeza. Quiero decir que aunque no la piense, aunque me muera, la imagen de lo que hice, o supe, o vi, sigue allí. Exactamente en el lugar donde ocurrió.

—¿Y los demás pueden verla? —inquinó Denver.

—Oh, sí. Oh, sí, sí, sí. Algún día irás andando por el camino y oirás o verás algo. Con toda claridad. Y pensarás que eres tú la que está pensando. Una imagen pensada. Pero no. Es cuando tropiezas con un recuerdo que le pertenece a otro. El lugar donde estuve antes de venir aquí es real. Nunca desaparecerá. Aunque toda la granja... cada árbol y cada brizna de hierba se marchiten. La imagen seguirá allí y si vas... tú misma, que nunca estuviste allí, te paras en el lugar donde estaba, volverá a ocurrir. Estará allí para ti, esperándote. Por eso, Denver, nunca debes ir allí. Nunca. Porque aunque todo haya terminado... siempre estará allí esperándote. Por eso tuve que sacar a todos mis hijos. No importa cómo.

Denver se picoteó las uñas.

—Si sigue allí, esperando, eso significa que nada muere nunca.

Sethe miró a Denver a los ojos.

—Nada, nunca.

 

p59

—Perdona, pero no soporto que se diga una sola palabra en su contra. Yo la castigaré. Tú déjala en paz.

Arriesgado, pensó Paul D, muy arriesgado. Era peligroso que una mujer que había sido esclava amara tanto algo, especialmente si ese algo eran sus propios hijos. Él sabía que lo mejor era querer un poquito; quererlo todo, pero sólo un poquito, de modo que cuando les rompieran la espalda, o los arrojaran en un saco de desperdicios, te quedara un poco de amor para el siguiente.

—¿Por qué? —le preguntó—. ¿Por qué habrías de pagar tú por ella? ¿Disculparte en su nombre? Ya es mayor.

—Me da igual lo que sea. Mayor no significa nada para una madre. Un hijo es un hijo. Crecen, se hacen mayores... ¿pero qué significa eso de mayor? Para mi corazón no quiere decir nada.

—Significa que ella tiene que cargar con las consecuencias de lo que hace. No puedes protegerla eternamente. ¿Qué ocurrirá cuando tú mueras? —¡Nada! La protegeré mientras viva y la protegeré después.

—Bien, es suficiente, abandono.

—Así son las cosas, Paul D. No te lo sé explicar mejor, pero es así. Si tengo que elegir... bien, ni siquiera es una elección…

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p62

… Sin aliento por la emoción de ver gente blanca desmadrada: magos, payasos, sin cabeza o bicéfalos, de seis metros o sesenta centímetros de altura, con un peso de una tonelada, completamente tatuados, comiendo vidrio, tragando fuego, escupiendo cintas, retorcidos hasta hacerse un lazo, formando pirámides, jugando con serpientes y aporreándose entre sí. Y ésos sólo eran los anuncios leídos por los que sabían leer y oídos por los que no sabían; el hecho de que nada fuera cierto no enturbiaba su entusiasmo. El pregonero los ponía verdes a ellos y a sus hijos («¡Negritos gratis!»), pero las manchas de comida en su chaleco y el agujero de sus pantalones lo volvían inofensivo. De cualquier manera, no era caro por la diversión de la que quizá nunca volverían a disfrutar. Dos centavos y un insulto estaban bien gastados si significaba el espectáculo de ver a los blancos haciendo de sí mismos un espectáculo. Así, aunque la feria era mucho menos que mediocre (por lo que aceptaron hacer una función para la gente de color el jueves), proporcionó grandes emociones a los cuatrocientos negros del público. La Señora Una Tonelada les escupió, pero su volumen le hizo errar la puntería y se divirtieron mucho con la impotente maldad de sus ojillos. La Bailarina de las Mil y Una Noches redujo su actuación a tres minutos en lugar de los quince que normalmente hacía... ganándose la gratitud de todos los niños, que no veían la hora de asistir al número del Encantador de Serpientes Abú, que iba a continuación…

 

p77

—¿Tu mujer nunca te peinó? —preguntó Beloved.

Sethe y Denver levantaron la vista y la miraron. Después de cuatro semanas todavía no se habían acostumbrado a la voz arenosa y a su deje sonoro. Era música con una cadencia distinta de la de ellas. «¿Tu mujer nunca te peinó?» era una pregunta dirigida a Sethe, evidentemente, pues la miraba a ella.

—¿Mi mujer? ¿Te refieres a mi madre? Si lo hizo, no me acuerdo. Sólo la vi unas veces, en el campo, y un día que estaba haciendo tintes. Cuando yo despertaba por la mañana, ella ya estaba en la fila. Si brillaba la luna, trabajaban con su luz. Los domingos dormía como un tronco. Debió darme la teta dos o tres semanas... como hacían todas. Después volvió al arrozal y me amamantó otra mujer, que trabajaba de eso. Que yo recuerde, no. Calculo que no. Nunca me peinó ni nada por el estilo. Por lo que sé, ni siquiera dormía en la misma choza. Estaba demasiado lejos de la formación, supongo. Pero hizo otra cosa. Un día me buscó y me llevó detrás del ahumadero. Allí abrió su vestido, se levantó el pecho y me señaló algo. Justo sobre la costilla había un círculo y una cruz quemados en la piel. «Esta es tu ma», dijo y señaló. «Ahora soy la única que tiene esta marca. El resto murió. Si me ocurre algo y no me reconoces por la cara, sabrás que soy yo por esta marca.» ¡Qué susto me dio! Sólo pensé que aquello era muy importante y que tenía que contestarle algo importante, pero no se me ocurrió nada, de modo que le dije lo que pensaba. «Sí, ma —le dije—. ¿Pero cómo me reconocerás tú a mí? ¿Cómo? Márcame también a mí.» «Márcame esa marca a mí también.» —Sethe rió entre dientes.

—¿Te marcó? —quiso saber Denver.

—Me abofeteó.

—¿Por qué?

 —Entonces no lo entendí. No hasta que a mí también me marcaron.

—¿Qué fue de ella?

—Ahorcada. Cuando la bajaron nadie podía saber si tenía o no un círculo o una cruz, y yo menos que nadie, aunque me fijé. —Sethe sacó pelo del peine e inclinándose hacia atrás lo arrojó al fuego. Los cabellos estallaron en una lluvia de chispas y el olor la encolerizó—. Oh, Jesús —dijo y se irguió con tanta prisa que el peine que había dejado en la cabeza de Denver cayó al suelo…

 

p127

Fuera del alcance de la vista de Mister y una vez bien lejos, alabado sea Su nombre, del sonriente cacique de los gallos, Paul D se echó a temblar. Pero no con todo el cuerpo ni de manera tal que alguien pudiera notarlo. Al volver la cabeza para dedicar una última mirada a Hermano, la giró tanto como se lo permitió la cuerda que unía su cuello al eje de un carretón de cuatro ruedas. Después, cuando le sujetaron los grilletes alrededor de los tobillos y le esposaron las muñecas, no había señales exteriores de su temblor. Ni dieciocho días más tarde, cuando vio las zanjas, los trescientos metros de tierra... de metro y medio de profundidad por metro y medio de ancho, donde habían dispuesto las cajas de madera. Una puerta de barrotes que se levantaba sobre bisagras, como una jaula, daba a tres paredes y un techo de recortes de madera y tierra colorada. Sesenta centímetros de estos materiales sobre su cabeza y noventa de trinchera abierta delante, donde todo lo que se arrastraba o escabullía era bienvenido a compartir la tumba que llamaban alojamiento. Había otros cuarenta y cinco como él. Lo enviaron allí después de que intentara matar a Brandywine, el maestro de escuela al que fue vendido. En un caravana con otros diez, todos sujetos entre sí, Brandywine lo conducía a través de Kentucky, en dirección a Virginia. Nunca supo exactamente lo que le había incitado a intentarlo... salvo que fuera por Halle, Sixo, Paul A, Paul F y Mister. Pero el temblor se volvió estable en cuanto se dio cuenta de que temblaba.

No obstante, nadie lo supo, pues empezó por dentro. Una especie de aleteo, primero en el pecho, luego en los omoplatos. Lo sintió como una ondulación... suave al principio y después desbocada. Como si a medida que avanzaba hacia el sur, su sangre —congelada como un charco de hielo durante veinte años— comenzara a deshelarse, partiéndose en pedazos que, una vez derretidos, no tuvieran más remedio que girar y arremolinarse. A veces en la pierna. Después volvía a trasladarse a la base de la columna vertebral. Cuando lo desataron del carretón y lo único que vio fueron perros y dos chozas en un páramo de hierba chisporroteante, la sangre bulliciosa comenzó a sacudirlo en un movimiento de vaivén. Pero nadie lo habría adivinado. Las muñecas que adelantó esa noche para que le pusieran las esposas estaban tan quietas como las piernas sobre las que se sustentaba cuando sujetaron las cadenas a los grilletes. Pero una vez que lo metieron de un empujón en la caja e hicieron caer la puerta de barrotes, sus manos dejaron de responder a sus instrucciones. Comenzaron a desplazarse por su cuenta. Nada podía detenerlas y llamar su atención. No fueron capaces de sostener su pene para que orinara ni una cuchara para llevarse grumos de alubias a la boca. Recuperaron el milagro de la obediencia con la almádena, al alba. Los cuarenta y seis hombres despertaron con un disparo de fusil. Los cuarenta y seis. Tres blancos caminaban junto a la trinchera desbloqueando las puertas una a una. Nadie dio un paso. Una vez abierto el último cerrojo, los tres blancos desanduvieron lo andado y levantaron las barras, una a una. Y uno a uno los negros emergieron... rápidamente y sin el topetazo de la culata de fusil si llevaban allí más de un día, rápidamente y con el culatazo si, como Paul D, eran recién llegados. Cuando los cuarenta y seis estuvieron en fila paralelos a la trinchera, otro disparo de fusil indicó el ascenso al terreno de arriba, donde se extendían trescientos metros de la mejor cadena forjada a mano en Georgia. Los hombres se inclinaron y esperaron. El primero levantó el extremo y lo pasó por la presilla de su grillete de hierro. A continuación se irguió y arrastrando un poco los pies llevó la punta de la cadena hasta el siguiente prisionero, que repitió sus movimientos. Mientras la cadena pasaba, cada uno de los hombres se colocaba en el lugar del otro, hasta que todos los de la fila giraron de cara a las cajas de las que acababan de salir. Nadie le dijo nada al de al lado. Al menos con palabras. Los ojos tenían que expresar lo que había que decir: «Esta mañana ayúdame, estoy mal» o «Tengo que hacerlo» o «Hombre nuevo» o «Tranquilo, tranquilo».

Concluido el encadenamiento, se arrodillaban. Con toda probabilidad el rocío ya era neblina, a veces pesaba y si los perros estaban en calma y se limitaban a respirar, se oían las palomas.

Arrodillados en la neblina esperaban el capricho de un guardián, o de dos, o de tres. De todos. Querían satisfacer algún capricho con un prisionero en particular o con ninguno... o con todos.

—¿Desayuno? ¿Quieres desayunar, negro?

—Sí, señor.

—¿Tienes hambre, negro?

—Sí, señor.

—Aquí tienes.

Alguna vez un hombre arrodillado optaba por un disparo en la cabeza al precio de llevarse consigo un trocito de prepucio a Jesús. Paul D no lo sabía, entonces. Se estaba mirando las manos paralizadas, oliendo al guardián, escuchando sus suaves arrullos semejantes a los de las palomas, mientras permanecía ante el hombre arrodillado en la niebla a su derecha. Convencido de que era el siguiente, Paul D se provocó arcadas... aunque no vomitó. Un guardián que observaba le golpeó el hombro con el fusil y el otro decidió saltarse al nuevo por el momento, para no mancharse los pantalones y los zapatos con vómito de negro.

—¡Hiii!

Era el primer sonido, con excepción de «Sí, señor» que se le permitía emitir a un negro todas las mañanas y el primero de la cadena, o delantero, aplicó al grito todas sus fuerzas. «¡Hiii!» Paul D nunca logró dilucidar cómo sabía en qué momento debía lanzar el grito. Lo llamaban Hi Man y al principio Paul D pensó que los guardianes le avisaban que debía dar la señal para que los prisioneros se levantaran y dieran pasos dobles al son de la música del hierro forjado a mano. Más tarde dudaba de haber acertado. Todavía creía que el «¡Hiii!» del amanecer y el «¡Hooo!»del crepúsculo eran la responsabilidad que asumía Hi Man porque sólo él sabía qué era suficiente, qué era demasiado, cuándo poner fin, cuándo llegaba el momento.  (*)  Hi y Ho son formas de saludo y, en este caso representan, aproximadamente, llamadas de atención. (N. de la T.)

La cadena danzó sobre los campos y a través del monte hasta una senda que acababa en la pasmosa belleza del feldespato, donde las manos de Paul D desobedecieron la tumultuosa ondulación de su carne y prestaron atención. Con una almádena en la mano y Hi Man en cabeza, los hombres aguantaban. Aguantaban cantando y golpeando, truncando las palabras para que no fueran entendidas, amañándolas de modo que las sílabas formaran otros significados. Cantaban a las mujeres que conocían, a los niños que habían sido, a los animales que habían domado o visto domar. Cantaban a los capataces, los amos y las amitas, a las mulas y los perros, a la desfachatez de la vida. Cantaban amorosamente a los cementerios y a las hermanas desaparecidas. A los cerdos del bosque, a la comida en el cazo, al pez en el sedal, a la caña de azúcar, a la lluvia, a las mecedoras.

Y golpeaban. A las mujeres por haberlos conocido y nada más, nada más; a los niños por haber sido ellos mismos y no volver a serlo. Mataban con tanta frecuencia y tan completamente a un capataz que tenían que devolverle la vida para volver a quitársela. Saboreaban pasteles de maíz y martilleaban. Entonaban canciones de amor a la Muerte y le aplastaban la cabeza. Y sobre todo mataban a la mueca que la gente llamaba Vida, por engañarlos. Por hacerles creer que el próximo amanecer valdría la pena, que otra jornada cambiaría su suerte. Sólo cuando estuviese muerta, estarían a salvo. Los afortunados —los que llevaban ahí años suficientes para haberla lisiado, mutilado, incluso enterrado— vigilaban a los demás, que seguían abrazados a ella, cuidándose y esperando, recordando. Eran aquellos cuyos ojos decían: «Ayúdame, estoy malo» o «Cuidado», queriendo decir hoy puede ser el día que aúlle o me coma mi propia mierda o huya, y de éste había que cuidarse, pues si uno se decidía por la fuga... todos, los cuarenta y seis, serían arrastrados por la cadena que los ataba y no podía saberse a quiénes o a cuántos matarían. Cada uno de ellos era dueño de arriesgar su propia vida, pero no la de sus hermanos.                                           

De modo que los otros ojos respondían: «Tranquilo» o «Quédate a mi lado». Ochenta y seis días bastaron. La vida estaba muerta. Paul D le martilleó el trasero día tras día hasta que no quedó en ella ni un suspiro. Ochenta y seis días y sus manos se quedaron quietas, aguardando serenamente los crujidos nocturnos de las ratas hasta el «¡Hiii!» del alba, y el agradecido agarre del mango de la almádena. La Vida había derrotado a la Muerte. O eso creía Paul D. Llovía. Bajaban las serpientes de los pinos y las cicutas. Llovía. Los cipreses, chopos, fresnos y palmitos caían lánguidos después de cinco días de lluvia sin viento. Al octavo día las palomas desaparecieron de la vista y al noveno hasta las salamandras desaparecieron. Los perros bajaron las orejas y fijaron la vista por encima de sus patas. Los hombres no podían trabajar. El encadenamiento era lento, se abandonó el desayuno, el paso doble se transformó en un lento arrastrar sobre la hierba espesa y la poco confiable tierra. Decidieron encerrar a todos en las cajas hasta que escampara o la lluvia aligerara permitiendo que un blanco pudiese caminar, maldición, sin empapar su arma y que los perros dejaran de temblar. La cadena fue ensartada a través de cuarenta y seis presillas del mejor hierro forjado a mano en Georgia. Llovía. Desde sus cajas, los hombres oían subir el agua en la trinchera y vigilaban por si entraba alguna serpiente mocasín. Permanecían en cuclillas en el agua fangosa, dormían encima, meaban dentro. Paul D creyó que estaba gritando: tenía la boca abierta y en su interior uno de esos sonidos que rajan la garganta... pero debía ser otro. Luego creyó que estaba llorando. Algo le corría por las mejillas. Levantó las manos para secarse las lágrimas y sólo vio un cieno marrón oscuro. Por encima de su cabeza se colaban arroyuelos de barro a través de las tablas del techo. Cuando se venga abajo, pensó, me aplastará como a una garrapata. Ocurrió a tal velocidad que no tuvo tiempo de reflexionar. Alguien tironeó de la cadena —una vez— con fuerza suficiente para que sus piernas se cruzaran y lo arrojaron al barro. Nunca pudo imaginar cómo lo supo —cómo a alguien se le ocurrió hacerlo—, pero comprendió —sí— y con ambas manos tironeó de la cadena, a su izquierda, para que el siguiente también se enterara. El agua le cubría los tobillos y fluía sobre el tablón de madera en que dormía. Y de pronto desapareció el agua. La trinchera se estaba hundiendo y el lodo rezumaba por debajo y a través de los barrotes. Esperaron... todos y cada uno de los cuarenta y seis esperaron. Sin gritar, aunque algunos debieron hacer un esfuerzo de titanes para evitarlo. Ahora el barro le llegaba al muslo y se sujetó de los barrotes. Entonces llegó —otro tirón— esta vez por la izquierda y menos vigoroso que el primero, a causa del barro que atravesaba la cadena.

 Comenzó como el ascenso en cadena pero la diferencia reposaba en la potencia de la cadena. Uno a uno, desde Hi Man, que era el último de la fila, se sumergieron. A través del barro y bajo los barrotes, ciegos, a tientas. Algunos tuvieron suficiente sensatez para envolverse la cabeza en la camisa, para cubrirse la cara con trapos, para ponerse los zapatos. Otros se hundieron, sencillamente se agacharon y se debatieron por subir, en busca de aire. Hubo quienes perdieron la orientación y sus vecinos, al percibir el confuso movimiento de la cadena, tironearon de ellos. Si uno se perdía, todos estaban perdidos. La cadena que los unía salvaría a todos o a ninguno y ahora Hi Man era el Lanzador. Hablaban a través de esa cadena como Sam Morse y, bendito sea Dios, todos llegaron arriba. Como muertos no confesados, como zombis de juerga, apretando la cadena entre las manos, confiaban en la lluvia y en la oscuridad, sí, pero sobre todo en Hi Man y cada uno en los demás. Más allá de los cobertizos donde los perros yacían profundamente deprimidos, más allá de las chozas de los guardianes. Más allá del establo de los caballos dormidos, más allá de las gallinas con los picos entre las plumas, vadearon. La luna no los ayudó porque no había luna. El campo era un pantano, la senda un canalón. Toda Georgia parecía deslizarse, disolverse. El musgo les secaba la cara mientras luchaban contra las ramas de roble que obstruían su camino. Georgia ocupaba toda Alabama y Mississippi entonces, de modo que no había que cruzar ninguna frontera estatal, y tampoco habría importado. De haberlo sabido, no sólo habrían evitado Alfred y el bello feldespato, sino también Savannah, y se habrían encaminado a la región costera por el río que bajaba desde las Montañas Azules. Pero no lo sabían. Cuando alboreó se amontonaron en un soto de algarrobos. Llegó la noche y treparon hasta un terreno más elevado, rogando que la lluvia siguiera protegiéndolos, manteniendo a todo el mundo en su casa. Abrigaban la esperanza de encontrar una choza solitaria, a cierta distancia de su casa grande, donde un esclavo estuviera entretejiendo sogas o calentando patatas al fuego. Pero lo que encontraron fue una colonia de cherokíes enfermos cuyo nombre llevaba una variedad de rosas. Diezmados pero tozudos, se encontraban entre los que habían preferido una vida fugitiva a Oklahoma. La enfermedad que los asolaba era semejante a la que había matado a la mitad de ellos doscientos años atrás. Entre aquella calamidad y ésta, los cherokíes visitaron a Jorge III en Londres, publicaron un periódico, confeccionaron cestas, guiaron a Oglethorpe a través de los montes, ayudaron a Andrew Jackson a combatir a las tribus creeks, cocinaron maíz, redactaron una constitución, presentaron una petición al rey de España, sirvieron de sujetos de experimento en Dartmouth, crearon hospicios, pusieron por escrito su lengua, resistieron a los colonos, mataron osos y tradujeron libros sagrados. Todo en vano. El movimiento forzoso al río Arkansas, por insistencia del mismo presidente a cuyo lado habían combatido contra los creeks, destruyó a otra cuarta parte de su ya reducido número.

 Así son las cosas, pensaron, se acabó, y se apartaron de los cherokíes que firmaron el tratado, para retirarse al monte a esperar el fin del mundo. La enfermedad que padecían era un mero inconveniente comparado con la devastación que recordaban. Empero, se protegían mutuamente de la mejor manera posible. Enviaron a los sanos a muchos kilómetros de distancia y los enfermos se quedaron atrás con los muertos... para sobrevivir o sumarse a ellos. Los prisioneros de Alfred, Georgia, se sentaron en semicírculo cerca del campamento. Nadie se acercó pero siguieron sentados. Pasaron las horas y la lluvia amainó. Finalmente una mujer asomó la cabeza. Llegó la noche y no ocurrió nada. Al amanecer se acercaron a ellos dos hombres con la hermosa piel cubierta de lapas. Durante un rato nadie habló; después Hi Man levantó la mano. Los cherokíes vieron las cadenas y se alejaron. Al volver, cada uno de ellos llevaba un puñado de hachas pequeñas en las manos. Los seguían dos chicos con una olla de gachas que se enfriaban y aclaraban bajo la lluvia. Hombres-búfalo, los llamaban, y hablaron lentamente con los prisioneros que tragaban gachas y golpeteaban sus cadenas. A ninguno de los que habían vivido en una caja de Alfred, Georgia, le importó la enfermedad sobre la que los cherokíes les advirtieron, y los cuarenta y seis se quedaron descansando, planeando el siguiente movimiento. Paul D no tenía noción de lo que haría y aparentemente era el que menos sabía. Oía hablar sabiamente a sus compañeros de condena sobre ríos y estados, ciudades y territorios. Oyó a los cherokíes describir el principio y el fin del mundo. Escuchó historias de otros hombres- búfalo que conocían... tres de los cuales estaban con los sanos a unos kilómetros de distancia. Hi Man manifestó su deseo de unirse a ellos y otros el suyo de unirse a él. Algunos quisieron marcharse y otros quedarse. Semanas después, Paul D era el único hombre-búfalo que quedaba... y no había hecho ningún plan. Sólo podía pensar en perros rastreadores, aunque Hi Man le había asegurado que con la lluvia caída no tenían la menor posibilidad de seguir ningún rastro. Solo, el último hombre con pelo de búfalo entre los cherokíes dolientes, por último despertó y, reconociendo su ignorancia, preguntó cómo podía llegar al norte. El norte libre. El norte mágico. El acogedor y benevolente norte. El cherokí sonrió y paseó la mirada a su alrededor. Las inundaciones de un mes atrás habían convertido todo en vaho y pimpollos. —Por allí—señaló—. Sigue las flores de los árboles —dijo—. Sólo las flores de los árboles. Por donde vayan, ve. Estarás donde quieras estar cuando hayan desaparecido. Así corrió desde los cornejos hasta los melocotoneros en flor. Cuando éstos ralearon se dirigió a las flores de cerezo y luego de magnolia, jaboncillo, pacana, nogal y peral espinoso. Por fin llegó a un manzanar en el que las flores de los árboles se estaban transformando en diminutos nudos de frutos. La primavera iba al norte a ritmo de paseo, pero él tenía que correr como un desaforado para mantenerla como compañera de viaje. De febrero a julio corrió al acecho de las flores. Cuando las perdió y comprendió que ni siquiera había un pétalo para guiarse, se detuvo, se encaramó a un árbol de un altozano y oteó el horizonte en busca de un destello rosa o blanco en el universo de su entorno. No los tocó ni se detuvo a olerlos. Fue tras su estela, meramente: un espantajo negro guiado por los ciruelos en flor.

El manzanar resultó ser Delaware, donde vivía la tejedora. La mujer lo llevó arriba en cuanto terminó la salchicha con que lo alimentó y él se metió en su cama llorando. Lo hizo pasar por su sobrino de Syracuse llamándolo por el nombre de ese sobrino, sencillamente. Dieciocho meses más tarde estaba otra vez buscando flores, aunque ahora desde una narria. Transcurrió un tiempo hasta que logró meter uno a uno, en la lata de tabaco que guardaba en su pecho, a Alfred, Georgia; a Sixo, Maestro, Halle, sus hermanos, Sethe, Mister, el sabor del hierro, la vista de la mantequilla, el olor a nogal, el papel de la libreta. Cuando llegó al 124, nada en este mundo podía abrirla.

 

p188

      Pero no pudo ampliar su sonrisa. Quedó como esbozo entre sus labios, pequeña y sola, mientras ella observaba el recorte y luego se lo devolvía.

      Tal vez fue la sonrisa, o el amor siempre vivo que vio en sus ojos –afable y frontal, como miran los potros, los evangelistas y los niños: con un amor que no tiene por qué ser merecido- lo que la hizo seguir adelante y expresar lo que no le había dicho a Baby Suggs, la única persona a la que alguna vez se sintió obligada a explicar algo…

 

ArbolDeSethe Se cubrió la parte inferior de la cara con las palmas de las manos e hizo una pausa para sopesar una vez más la magnitud del milagro, su sabor.

 —Lo hice yo. Nos saqué a todos de allí. Sin Halle. Hasta entonces, nunca había hecho nada por mi cuenta. Jamás había tomado una decisión. Y salió bien, tal como se suponía. Estábamos aquí. Todos y cada uno de mis hijos, y yo también. Yo los alumbré y los saqué de allí, y no fue por accidente. Lo hice. Recibí ayuda, por supuesto, mucha ayuda, pero fui yo quien lo hizo, yo quien dijo Adelante y Ahora. Yo quien vigiló. Yo, usando mi propia cabeza. Pero fue más que eso. Fue una especie de egoísmo que nunca había conocido y que era bueno. Bueno y correcto. Yo era grande, Paul D, y ancha y profunda, y cuando extendía los brazos todos mis hijos cabían dentro. Tan ancha era. Tenía la impresión de quererlos más cuando llegué aquí. O quizá no podía amarlos como es debido en Kentucky, porque allá no eran míos. Pero al llegar aquí, al bajar de aquel carro... no había nadie en el mundo a quien no pudiera amar si lo deseaba. ¿Comprendes lo que quiero decir?.

  

p220

 Y también le daba vergüenza porque eso era robar y el razonamiento de Sixo la divertía pero no modificaba lo que sentía, así como no había modificado la mentalidad de Maestro.

 —¿Robaste ese lechón? Robaste ese lechón.

 Maestro estaba tranquilo pero hablaba con firmeza, como si sólo estuviera haciendo lo que es debido, sin esperar una respuesta que valiese la pena.

  Sixo siguió sentado, sin siquiera levantarse o implorar o negar. Permaneció allí, con la tira de magro en la mano, los cartílagos amontonados en el plato de hojalata como gemas... bastas y sin pulir, pero no por eso dejaban de ser un saqueo.

 —Robaste ese lechón, ¿no?

 —No, señor —dijo Sixo, pero tuvo la decencia de mantener los ojos fijos en la carne.

 —¿Me estás diciendo que no lo robaste a pesar de que te estoy viendo?

 —No, señor. No lo robé.

 Maestro sonrió.

 —¿Lo mataste?

 —Sí, señor. Lo maté.

 —¿Hiciste el despiece?

 —Sí, señor.

 —¿Lo cocinaste? —Sí, señor.

 —Bien. ¿Lo comiste?

 —Sí, señor. Claro que lo comí.

  —¿Y cómo se llama eso?

 —Mejorar su propiedad, señor.

 —¿Cómo es eso? —

 Sixo planta centeno para dar más posibilidades al terreno de arriba. Sixo alimenta el suelo y le da más cosecha. Sixo alimenta a Sixo y le da más trabajo.

 Muy listo, pero de todas maneras Maestro le dio una paliza para demostrarle que las definiciones pertenecen a los definidores... y no a los definidos.

 

    - ... Se pueden sentir muchas cosas por esta mujer. Le duele la cabeza. De repente recuerda a Sixo intentando describir lo que sentía por la mujer Cincuenta Kilómetros.«Es amiga mía. Me une a mí mismo. Junta las partes que son y me las devuelve en el orden que corresponde. Es bueno, sabes, tener una mujer que sea amiga de tu mente»...

  

          - ¿Piensas hacer algo al respecto?.

       - Oh, sí. Tengo grandes planes en la cabeza. -Dio dos tragos de la botella.

         Cualquier plan salido de una botella es de corto aliento, penso Stamp, pero por experiencia personal conocía la inutilidad de decirle que no beba a un hombre que quiere beber...

  

 


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