UN BUEN LIBRO PARA LEER:     BAJO EL VOLCÁN (1947)

 

BajoElVolcán

 

 Malcolm Lowry.  Reino Unido

 Editorial:   Tusquets Editores, S.A.  1997.  

  
 Traducción: Raúl Ortiz y Ortiz
 

 

 

 

Fragmentos:

 

Del prólogo

Ese primer capítulo está visto a través de un francés, Jacques Laruelle, productor de cine. El capítulo describe el terreno y establece el ritmo lento, melancólico y trágico de México, de ese México lugar de encuentro de distintas razas, antigua arena de conflictos políticos y sociales, donde, como Waldo Frank, según creo, lo ha mostrado, un pueblo colorista y genial cultiva una relación que se puede considerar un religión de la muerte. El lugar ideal para situar el combate de un ser humano entre los poderes de las tinieblas y de la luz.

William James, si no Freud, podría estar de acuerdo conmigo cuando afirmó que las agonías del borracho encuentra su más exacto paralelo en las agonías del místico que ha abusado de sus poderes.

Esta novela, para emplear una frase de Edmund Wilson, tiene como tema las fuerzas que moran en el interior del hombre, y que le llevan a asustarse de sí mismo. El tema es también el de la caída del hombre, el de sus remordimientos, el de su incesante combate hacia la luz bajo el peso del pasado, el de su destino. La alegoría es la del Jardín del Edén, y el jardín representa este mundo, del que corremos el riesgo de ser expulsados.

 Malcolm Lowry  (Septiembre de 1948)

 

 Iztaccíhuatl

 

 

                               LogoFundacionLowry

Vista de Cuernavaca hacia 1930, con el Iztaccíhuatl (la mujer dormida) al fondo. Fuente: http://malcolmlowry.blogspot.com.es/   (Fundación Malcolm Lowry)

 

Del Capítulo 1

 

p57

«...Noche: y una vez más la lucha nocturna con la muerte, el dormitorio se estremece con orquestas demoníacas, los arrebatos del sueño aprensivo, las voces fuera de la ventana, mi nombre que repiten con desdén imaginarias facciones que van llegado, espinetas de la oscuridad. Como si no hubiera bastantes ruidos reales en estas noches de color canoso. No como el desgarrador tumulto de las ciudades norteamericanas: el ruido de enormes gigantes agónicos que desvendan. Más bien el aullido de perros callejeros, los gallo que anuncian el alba toda la noche, el tamborileo, los gemidos que después se descubrirá blanco plumaje acurrucado en los cables telegráficos de los jardines traseros, o aves posadas en manzanos, la perenne tristeza, en vela siempre, del admirable México. Por mi parte me gusta abrigar la tristeza en la penumbra de antiguos monasterios, mi culpa en los claustros y bajo los tapices y en la misericordia del ‘cantinas' inimaginables, donde los alfareros de rostro entristecido y pordioseros sin piernas beben al alba, cuya fría belleza de junquillo se vuelve a descubrir en la muerte. Así que, Ivonne, cuando te fuiste, me marché a Oaxaca. No hay palabra más triste. ¿He de contarte, Ivonne, aquel terrible viaje por el desierto de un vagón de tercera clase, del niño cuya vida salvamos su madre y yo frotándole el viente con tequila de mi botella o cómo, cuando entré en mi habitación del hotel donde una vez fuimos felices, el ruido de la matanza, en la cocina, me hizo salir al  resplandor de la calle, y cómo, más tarde, encontré aquella noche un buitre posado en el lavabo. ¡Horrores destinados a un temple gigantesco! No, mis secretos irán a la tumba y deben seguir guardados. Y así, a veces, me tengo por un gran explorador que ha descubierto tierras extraordinarias de las que jamás podrá regresar para darlas a conocer al mundo: pues el nombre de estas tierras es infierno.

Claro que no está en México, sino en el corazón. Y, como de costumbre, estaba hoy en Quauhnáhuac, cuando recibí de nuestro abogado la noticias de nuestro divorcio. Tal como me lo merecía. Me llegaron también otras noticias: Inglaterra ha roto relaciones diplomáticas con México, y todos sus cónsules —aquellos, al menos, que son ingleses— serán retirados. Son éstos, en su mayoría, gente buena y noble cuyo nombre, supongo deshonro. No volveré a casa con ellos. Quizá vaya a casa, pero no a Inglaterra, no a aquel hogar. Así es que, a medianoche, me fui en el Plymouth a Tomalín para ver a Cervantes, mi amigo tlaxcalteca, el que cría gallos del Salón Ofelia. Y de allí vine a Parián, al Farolito donde estoy sentado ahora, en un reservado próximo a la barra, a las cuatro y media de la mañana, bebiendo 'ochas' y luego mezcal y escribiendo esto en el papel de carta del Consulado, que es sepulcral,, me hiere la vista. Creo conocer las penurias corporales. Pero lo peor de todo es sentir que se muere el lama. Me pregunto si siento en este momento algo parecido a la paz debido a que en verdad ha muerto mi alma esta noche.

volcan-popocatepetlVolcán Popocatepetl  fuente: http://contactohoy.com.mx/ 

p59

«Es un claro anochecer estival y azul, sin luna, aunque ya es tarde, tal vez las diez, Venus brilla con intensidad a plena luz, por lo que sin duda estamos en un lugar muy al norte y de pie en este balcón cuando, más allá de la costa, viene el estruendo concentrado de una largo tren de carga con varias locomotoras, estruendo porque, si bien de él nos separa el ancho brazo de mar, el tren corre hacia el este y el viento mudable cambia por lo pronto desde el cuadrante de oriente y nosotros, miramos al este, como los ángeles de Swedenborg, bajo un cielo despejado salvo que lejos al noroeste, sobre montañas distantes de un púrpura mitigado, flota una masa de nubes de blancura casi inmaculada que alumbran, desde el interior, como si se tratara de la luz en una lámpara de alabastro, súbitos relámpagos dorados, aunque no pueden oírse los truenos, solo el rugido del largo tren con sus locomotoras y amplios ecos que se desvían a medida que se aleja de las colinas rumbo a las montañas; y luego, de pronto, un barco pesquero de altos aparejos dobla velozmente el cabo como blanca jirafa, raudo y majestuoso, dejando directamente a la zaga una larga estela de bordes festonados de plata, que no parece dirigirse a tierra, sino que ahora se desliza con pesadez rumbo a la playa hacia nosotros, esta agua con bordes de arabescos plateados chocan primero en la costa a lo lejos, se esparcen luego a lo largo de toda la curva de la playa, y su creciente estruendo y tumulto unidos ya al decreciente estruendo del  tren, ahora rompen resonantes en nuestra playa, mientas que las boyas, pues hay boyas de madera que se hunden, se mecen al unísono, todo choca y se encrespa con hermosura y se agita y se revuelve en esta ondulante plata bruñida, y luego poco a poco vuelve la calma y en el agua se ve el reflejo de los lejanos nubarrones blancos y el relámpago en el interior de las nubes blancas mar adentro, mientras el barco pesquero con unos arabescos dorados de luz viajera junto a la estela plateada que se refleja de una cabina se desvanece al volver la punta. Silencio y luego de nuevo, dentro de la blanca blancura de los lejanos nubarrones de alabastro, más allá de las montañas, el silencioso relámpago dora en la noche azul, extraterrena…

p62

(Después de varios 'mezcalitos' y el alba en el Farolito) ... De cualquier manera, el tiempo es falso curandero. ¿Cómo pueden atreverse a hablarme de ti? No puedes imaginar la tristeza de mi vida. Atormentado sin cesar, dormido o despierto, por la idea de que puedes precisar de mi ayuda, que no puedo brindarte, como yo preciso de la tuya, que no puedes brindarme, viéndote en mis visiones y en cada sombra…

¡Ay! ¿Qué le ha ocurrido al amor y a la comprensión que una vez gozamos? ¿Qué le ocurrirá? ¿qué será de nuestros corazones? El amor es lo único queda sentido a nuestro miserable andar en este mundo…

M. Laruelle comenzó a doblar la carta de nuevo con mucha lentitud, alisando con cuidado los pliegues con el índice y el pulgar y luego, casi sin pensarlo, la arrugó. Permaneció sentado ante la mesa con la pelota de papel en la mano, mirando profundamente abstraído a cuanto le rodeaba…

Estaba a punto de volver a colocar la carta arrugada en el libro cuando, un tanto distraído, aunque obedeciendo a un impulso repentino y preciso, la puso en la llama de la vela. La llamarada iluminó toda la ‘cantina’ con un resplandor en el que las siluetas de la barra –entre las que ahora distinguía, además de las niñitas y los campesinos, a los cultivadores de membrillo o aguamieleros vestidos con amplias ropas blancas y sombreros de ala ancha, a varias mujeres enlutadas que regresaban de los cementerios y a hombres de ropa y rostros oscuros con el cuello abierto y corbatas sueltas- parecieron congeladas por un instante: un mural. Todos dejaron de hablar y lo miraron con curiosidad, todos salvo el cantinero que, por un momento, pareció a punto de protestar y luego dejó de interesarse cuando M. Laruelle permitió que la masa se retorciera en un cenicero en el cual, adaptandose con elegancia a su forma, se dobló sobre sí misma y -castillo en llamas- se vino abajo, amainó hasta convertirse en las chispas como diminutos gusanos rojos, mientas que arriba las pavesas flotaban en el humo tenue, ya un cáscara extinta que crepitaba apenas.

De pronto, afuera comenzó a tañer una campana y luego cesó de repente: ¡dolente! ¡dolore!

En lo alto de la ciudad, en la noche oscura y tempestuosa, en dirección contraria giraba la rueda luminosa de la noria.

 

Del Capítulo 4  

Pág. 119.

  …Hugh Firmin poco menos que deambulaba, tan despacio caminaba, por la rampa que ascendia a casa de su hermano, con la chaqueta de éste echada sobre un hombro; metido un brazo casi hasta el codo en las asas gemelas de la maleta flexible, propiedad también de su hermano; y la pistola que, en el estuche a cuadros, le golpeaba perezosamente el muslo: callos en los pies debo tener, y paja, pensó al detenerse en la orilla del profundo bache, y entonces se le paralizó el corazón y también el mundo: el caballo, a mitad del salto por encima del obstáculo, el clavadista, la guillotina y el ahorcado en su caída, la bala del asesino y el aliento del cañón, en España o en China suspendido en el aire, la rueda, el pistón, inmóviles…

    Trabajando en el jardín, Ivonne –o algún objeto tejido con filamentos del pasado que se le parecía-…

 

Del Capítulo 10  

P348

VasoSuelo

El cónsul bajó al fin los ojos. ¿Cuántas botellas desde entonces? ¿En cuántos vasos, en cuántas botellas se había escondido, solo, desde entonces? De pronto las vio, botellas de aguardiente, anís, jerez, Highland Queen, lo vasos, una babel de vasos- que ascendía como el humo del tren aquel día –construida, hasta el cielo y que luego se derrumbaba y los vasos se volcaban y se rompían y rodaban cuesta abajo desde los jardines del Generalife, las botellas se quebraban, botellas de oporto, tinto, blanco, botellas de Pernod, Oxygenée, ajenjo, botellas que se destrizaban, botellas desechadas que caían con golpe seco en el suelo de los parques, bajo los bancos, las camas, las butacas de cine, ocultas en cajones de los consulados, botellas de calvados que al caer se rompían o se destrozaban, las que caían en montones de basura, las que eran arrojadas al mar, al Mediterráneo, al Caspio, al Caribe, botellas que flotaban en el océano, escoceses muertos en las montañas del Atlántico –y ahora las veía, las olía, todas desde el principio- botellas, botellas y vasos, vasos, de cerveza, de Dubonnet, de Falstaff, whisky de centeno, Johnny Walter, Vieux Whiskey blanc Canadien, aperitivos, digestivos, los medios, los dobles, los noche in Herr Obres, los et glas Araks, tusen taks, las botellas, las botellas, las hermosas botellas de tequila y las vasijas, vasijas, los millones de vasijas de hermoso mezcal… El cónsul estaba sentado muy quieto. Su conciencia resonaba amortiguada por el estrépito del agua. Golpeaba y gemía en torno a la casa de armazón de madera con la brisa espasmódica, formando, con los nubarrones de tempestad que se veían desde las ventanas sobre los árboles, sus tropas. ¿Cómo podía encontrarse a a si mismo, comenzar de nuevo, ciando en algún lugar, tal vez en una de aquellas botellas rotas o perdidas, en uno de aquellos vasos, se hallaba para siempre, el indicio solitario de su identidad? ¿Cómo volver atrás y buscar ahora, escarbar entre los vidrios rotos bajo los eternos bares, en el fondo de lo océanos?

P348

(Geofrey, Hugh e Ivonne en el Salón Ofelia).

-     ¡Sólo deja que sobrevenga una verdadera guerra y entonces verás qué sanguinarios son en realidad los tipos como tú!.

-     Eso nunca bastaría. Toda la gente como tú que habla de ir a España y de luchar por la libertad... ¡Cervantes!... debería aprender de memoria lo que dijo Tolstoi acerca de eso en Guerra y Paz, aquella conversación con los voluntarios del tren…

-    Pero de todos modos eso fue en…

-   Quiero decir, cuando el primer voluntario resultó ser un fanfarrón degenerado que tenía la evidente convicción, después de haber bebido, de que estaba realizando algo heroico… ¿de qué te ríes, Hugh?

-   Es gracioso.

-  Y el segundo era un tipo que lo había intentado todo y en todo había sido un fracaso. Y el tercero… -Yvonne regresó de repente, y el cónsul, que hasta ahora había estado gritando, bajó un poco la voz- un artillero, fue el único que al principio le impresionó favorablemente. Y no obstante ¿qué vino a ser? Un cadete que no había pasado los exámenes. Todos, ves, inadaptados; todos buenos para nada; desertores, micos, lobos mansos, parásitos; todos y cada uno, sin excepción, temerosos de enfrentarse a sus responsabilidades, de luchar por su propia causa, dispuesto a ir a dondequiera, como bien lo advirtió Tolstoi

-    ¿Desertores? –preguntó Hugh-. ¿Acaso Katamasov, o quienquiera que haya sido, no creía que la acción de aquellos voluntarios no era, a pesar de todo, expresión de todo el alma del pueblo ruso?... Mil perdones, reconozco que un cuerpo diplomático que sólo permanece en San Sebastián esperando que Franco gane pronto, en lugar de regresar a Madrid para decirle al gobierno británico la verdad de lo que está ocurriendo en realidad en España, ¡no puede estar formado por desertores!

-  Acaso tu deseo de luchar por España, por cualquier tontería, por Tombuctú, por China, por la hipocresía, por todos los sodomitas, por cualquier abracadabra que unos cuantos atolondrados hijos de un idiota deciden llamar libertad… aunque en realidad desde luego no existe nada semejante…

-   Si…

-   Si en realidad has leído Guerra y Paz, según afirmas, te repito, ¿por qué no has tenido la sensatez de sacarle provecho?

-   Cuando menos –dijo Hugh- le he sacado el provecho suficiente para poder distinguirla de Ana Karenina.

-   Bien, pues Ana Karenina… -El cónsul se interrumpió-. ¡Cervantes! –Y apareció Cervantes con su gallo de pelea que a todas luces dormía profundamente bajo su brazo.

-  ‘Muy fuerte, muy terrible –dijo al cruzar el salón-, un bruto’.

-  Pero según ha quedado claro, vosotros, malditos sean, oídme bien, ninguno se ocupa mejor de sus asuntos que en su propia patria, ya no hablemos de los demás países. Geoffrey querido, ¿por qué no dejas de beber?, no es demasiado tarde –y cosas parecidas. ¿Por qué no es demasiado tarde? ¿Lo dije yo? -¿Qué estaba diciendo? –El cónsul se oía hablar, casi sorprendido por esta repentina crueldad, por esta vulgaridad. Y en un momento más iba a ser peor- Creí que sí lo era, que todo había quedado tan espléndida y legalmente formalizado. Sólo tú insistes en que no es así.

-   Oh, Geoffrey

¿Acaso era el cónsul quien decía esto? ¿Debía decirlo?... Así parecía.

-   En lo que ti respecta, solo la certidumbre de que sin duda alguna es demasiado tarde es lo único que me mantiene vivo… Todos vosotros sois iguales, Yvonne, Jacques; tú, Hugh, todos tratáis de intervenir en la vida de los demás, de intervenir, intervenir… ¿Por qué había de intervenir alguien con el joven Cervantes aquí presente, por ejemplo; dado su interés en las peleas de gallos?... y justo eso es lo que está causando los desastres en el mundo, para llevar un argumento a sus últimas consecuencias; sí, ¡y vaya argumento!, y todo porque no tienen la cordura ni la sencillez ni el valor, sí, el valor de adoptar cualquiera de, de adoptar…

-   Mira, Geoffrey

-   ¿Qué has hecho tú alguna vez por la humanidad, Hugh, con toda tu oratio oblicua sobre el sistema capitalista, sino hablar y medrar gracias a él hasta hacer que tu alma se pudra?

-   ¡Cállate, Geoff, por lo que más quieras!

-  ¡En cuando a eso, vosotros dos tenéis podrida el alma! ¡Cervantes!

-  Geoffrey, por favor, siéntate –pareció haber dicho fatigada Yvonne-, estás armando un verdadero escándalo.

-  No, no es cierto, Yvonne. Estoy hablando muy tranquilamente. Como cuando te pregunto: ¿has hecho alguna vez algo por alguien que no seas tú? -¿Debía decir esto el cónsul? Lo estaba diciendo, lo había dicho-. ¿Dónde están los hijos que pude haber querido? Te imaginarás que pude haberlos querido. Ahogados. Acompañados del estertor de mil irrigadores vaginales. ¡Mil perdones, tú no finges amar a la «humanidad», ni un poco! Tú ni siquiera necesitas una ilusión, aunque por desgracia abrigas algunas, que te ayude a rechazar la única función buena y natural que tienes. ¡Aunque, pensándolo bien, tal vez fuese preferible que las mujeres no tuvieran función alguna!

-  ¡No seas tan cerdo, Geoffrey! –Hugh se levantó.

-  Quédate donde estás, maldita sea –ordenó el cónsul-. Por supuesto que veo el romántico apuro en que os encontráis ambos. Pero aunque Hugh vuelva a sacarle provecho al máximo, no pasará mucho tiempo antes de que se dé cuenta de que él es sólo uno de los ciento y tantos atolondrados con agallas de bacalao y venas de caballo de carreras… pujantes todos como cualquier macho cabría, calientes como macacos, salaces como lobos en celo. No, con uno basta…

Un vaso, por suerte vacío, cayo al suelo y se hizo pedazos.

-   Como si cortara besos de raíz y luego colocase su perna sobre el muslo de ella y suspirase. Qué ocasión excepcional habréis tenido tocándoos las manos, jugando al hermanito y a la amiguita todo el día so pretexto de salvarme… ¡Dios! Pobrecillo de mí tan indefenso, no había pensado en eso. Pero, ¿veis?, todo se reduce a una lógica perfecta: también yo traigo entre manos mi trivial luchita por la libertad. ¡Mami, déjame volver al lindo burdel! Allá donde tañen esos triskeliones, el trismo infinito…

«Cierto, he estado tentado a proponer la paz. Me han engañado con sus ofertas de un Paraíso sobrio y sin alcohol. Al menos, supongo que por eso es por lo que han estado tramando todo el día. Pero ahora he tomado una decisión, con lo que queda de mi escaso y melodramático juicio, pero el suficiente para lograrlo. ¡Cervantes! Que lejos de desearlo, muchísimas gracias, al contrario, elijo… Tlax… (¿en dónde estaba?) Tlax… Tlax…

 

Del Capítulo 11  

P353

Crepúsculo. Remolinos de pájaros verdes y anaranjados se diseminaban en las alturas, girando cada vez con mayor amplitud como ondas en el agua. Dos cerditos al galope se perdieron en la tolvanera. Con la gracia de Rebeca, una mujer que llevaba equilibrado sobre la cabeza un cántaro pequeño y ligero, pasó con rapidez…

Luego, con el Salón Ofelia detrás, ya no hubo más polvo. Y el camino, que se hizo recto, pasaba junto a los lugares para bañarse y los llevaba hacia el bosque más allá del estruendo del agua donde, imprudentes, se demoraban los últimos bañistas.

Frente a ellos, al noreste, se encontraban los volcanes, las oscuras nubes se acumulaban detrás de ellos sin cesar hasta llegar a los cielos.

… La tempestad, que ya enviaba sus avanzadas, debía de haber estado moviéndose de forma circular: el verdadero asalto aún estaba por venir. Mientras tanto, se calmó el viento y volvió la luminosidad, aunque ya el sol se había ocultado tras ellos, un poco a la izquierda, en el suroeste, donde un resplandor encarnado se desplegaba en el cielo sobre ellos.

El cónsul no había estado en el Todos Contentos y Yo También

 

 


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