UN BUEN LIBRO PARA LEER:     ÁGATA OJO DE GATO (1974)

 

AgataOjodeGato

 

 José Manuel Caballero Bonald.  España 

 Editorial:   BARRAL EDITORES. HISPANICA NOVA 1975.  

  

 

 

 

 

Fragmentos:

 

p30

Tras una ausencia cuyo término coincidió con los primeros indicios migratorios de las aves invernizas, volvió el normando a sus cotas marismeñas en compañía de una adolescente más bien andrajosa, de  edad de dieciséis años a lo sumo (cuando ya él debía andar por los treinta y ocho) zafia y asustadiza, no carente de cierta agresiva sazón corporal y de una especie de huraña hermosura filtrándose por la cochambre, con cuyos menesterosos padres, deudos o pupileros debió cerrar el normando algún ignominioso trato.

Orzaba la luz sobre el chamizo cuando lo avistaron desde unos alcores, y el normando, que durante todo el camino no había dado pruebas de ninguna soliviantada virilidad (amordazado tal vez el deseo por la inminencia de su cumplimiento), al llegar a la altura de una heredad de la que se había posesionado por fuero de ocupante, volvió a sentir rebrotar con lastimosa saña el empellón de la carne. Pero quiso asomarse una vez más, sin embargo, al talud de la calzada antes de conducir a su medrosa compañera a lo que iba a empezar siendo cobijo de rudas y no consumadas bodas.

Ya de vuelta al chozo, arrimó los pocos enseres que habían traído de Zapalejos junto al fogón y, sin decirle nada que ella pudiese comprender, sin que mediara ninguna previa tramitación de intimidades, sin violencias tampoco, tumbó a la adolescente sobre el petate y, ya encima de ella, le hurgó entre las ropas con tosca y vacilante mano. La muchacha parecía sumisa y como alobada: se dejó tocar y lamer la boca y el pecho con un resignada y tal vez habitual lasitud, pero cuando el normando, ya cegado de sofocos, quiso separarle las piernas, la muchacha se revolvió poseída de un supitaña ferocidad, y si bien ya había acabado él renunciando a su presa en las estribaciones de un prematura eyaculación, aún siguió ella forcejeando inútilmente y mugiendo como un animal malherido.

p35

A las treinta y cuatro semanas mal contadas de haber sido engendrado, vino al mundo, con el cordón umbilical uncido al bramante de lincurio y sin otra ayuda que el desgarrador instinto de la parturienta, un varón de pelo de brea y ojos verdirrojizos copiados del ágata de la madre, al que dieron indistintamente el nombre de Pierre o Perico Chico y que, andando el tiempo, sería legalmente inscrito en el registro del condado como Pedro Lambert Cipriano, hijo de Pedro o Pierre Lambert (de incierto segundo apellido y de Manuela Cipriani Lobatón (presunta bastarda de calabrés y morisca), siendo así como se fundó de hecho el linaje que tantas y tan indelebles marcas vendría a dejar en aquellas inhóspitas demarcaciones marismeñas.

    p52

Y fue entones cuando vio a una nutria que se acercaba con un agazapado titubeo, enhiesto el morro peludo como si ventease el olor de la maternidad. Ya había escampado y Manuela permaneció inmóvil y más deforme, las manos hundidas en un cieno distinto a todos los cienos marismeños de que se había contaminado. Distinguió borrosamente a través del escozor de los ojos, el desplazamiento de la nutria y no sabía concretar si recordaba esa escena, cuando alguna vez logró sorprender la entrada del animal en el husmo del cebo, o la presenciaba realmente. Pero en el inesperado momento en que la nutria, aturdida quizá por algún extravío del olfato, le hociqueó los muslos, se levantó Manuela fortalecida por un miedo que el asco acrecentaba y corrió un buen trecho dando traspiés y sosteniéndose el vientre con los antebrazos cruzados. Creyó entrever de pronto que una luz sucia asomaba por detrás de los médanos y ese solo aviso de la proximidad del día la aproximó también asombrosamente a Malcorta.

p59

VII

Antes de comprobarlo, supo Manuela que Perico Chico estaba en peligro. Tal vez oyera el feroz aleteo o entreviera la sombra descomunal abatiéndose por los aledaños de la casa, pero lo cierto fue que salió con un súbito ahogo y descubrió el águila en el declive lateral del cabezo, quieta y desafiante, las garras
OjodeAguilahundidas en un charco de mondongos. No miró Manuela más que un segundo la torva desmesura del ave: buscó sin moverse a Perico Chico y, no dando con él, se volvió un punto a cerrar la puerta y bordeó espantada el cabezo, hasta que lo vio hostigando a un camaleón bajo el sombrajo del talud. Corrió hacia él y lo arrastró hasta los traseros de la casucha, donde se parapetó antes de comprobar que el águila seguía en el mismo sitio en que la dejó, las negras remeras entoldando el depósito de desperdicios, beligerante ojo de obsidiana. Pegada a la pared, amparando con su cuerpo el del hijo, logró conducirlo al interior de la habitación y cerró con un fúnebre golpe de quien escapa de su propia agonía. El águila dio un salto breve, apenas un brinco imperceptible. Manuela apartó al niño del ventanuco y se asomó con precavidos tientos, notando como si se le amotinara toda su indefensa soledad por los trayectos de la sangre.

p80

El caso fue que Perico Chico y sus dos socios se fueron aquella mañana para el cabezo, y nunca lo hicieran. Lo primero que alertó a los caminantes fue la pestilencia que bajaba hasta los palmares en del caño Cleofás, apenas avistadas las cumbreras de la casucha. Era un hedor afilado de putrefacción que arreciaba con las rachas del viento sureño y que incluso se sobreponía a la sulfhídrica vaharada de los lucios. Perico Chico se temió lo peor y miró a los altos en busca de alguna tropa de carroñeras y, como no la había, aún se ensanchó más anómalamente el augura de la defunción. Aligeraron el paso en dirección al cobertizo del talud y bordearon el declive hasta situarse a barlovento de la casucha, por donde aliviaba la hedentina. Subió entonces Perico Chico y descubrió a dos gamos tendidos en la solanera, las cuernas medio enterradas y los hinchados vientres forzando los remos en una descoyuntada postura. Bastaba ver el unto de la pelambre y los ojos polvorientos de los bichos para advertir que debían llevar allí los mismos ocho días que había durado la ausencia de Perico Chico.

p91

El ingreso del normando en el prostíbulo, no en calidad de ocupante pasajero sino como paciente estable, desencadenó sus consiguientes disturbios domésticos y hasta sus destempladas conmociones callejeras. La noticia de que el Hurón había sido sacado de las forestales covachas en  que vivía y depositado con trazas de moribundo en la misma casa donde ejercía de puta la que fuera su concubina, traspasó las lindes de la tolerancia y sumó un más morboso ingrediente a la impudicia. Manuela tuvo que empezar por esgrimir amenazas de abandono del oficio –y, por ende, de descalabros en la economía de la partera Agripina- para que ésta aceptase dar posada a aquella bazofia que lo único que podía traerle eran cochambres y distorsiones y más previendo con solo echarle el ojo encima que se le iba a morir de inmediato dentro de la casa, dejándole además de propina un seguro reguero de contagios. Todo se arregló, finalmente, tras un previo ajuste en la compensación de los perjuicios y el infeccioso fue instalado en un cuchitril anexo al corral,  donde ni mejoró ni empeoró a pesar de la maligna clase de fiebre pasada por agua que traía encima.

p115

Ya de camino, mientras una niebla cárdena les salía al encuentro en sentido contrario al que llevaban, empezó a notarse Manuela repentinamente sola y empobrecida. Recordaba algo, no sabía bien qué, pero en todo caso algo descompuesto y tomado de líquenes, como un barrizal vaciado dentro de la memoria por donde fluían los residuos de todas sus supuestas culpabilidades, resumidas ahora en una amor entregado a quien no conocía y a quien, por ende, no había podido premeditadamente estafar.

                                                                            y allí estaba aquella boca repugnante mordiéndole los senos entre un éxtasis no siempre fingido y aquella nutria chupando sus muslos de parturienta tumbada en la desolación apestosa de la noche y aquel águila sedienta de sangre y aquel fardo de pieles mojado con los derrames de la ferocidad y aquella trémula mano de alarife recorriendo su cuerpo en lo oscuro y allí estaba también en otro recodo del espejismo general del tiempo un cobijo de arena zarandeado por el ábrego y el llanto de un niño confundido con el rebudio del jabalí y el hedor de un hombre idiotizado tendido a los pies de su cama transmitiéndole incurablemente el virus del terror

p125

…de manera que las huestes de los dos condes de la Pequeña Babilonia decidieron, a poco de levantar sus tiendas, volverlas a recoges y rumbear en busca de más saludables latitudes, dado que la fetidez a cieno –o más directamente a jamerdal- no favorecía en modo alguno unas prácticas cosmogónicas cuya observancia consideraban imprescindible, habiendo llegado a corromperse la ceniza de huevo mezclada con olíbano en la que se reencarnaba cada luna el Gran Demiurgo. No obstante, y antes de proseguir la ignorada ruta del éxodo, quisieron ofrecer a sus ocasionales convecinos de Malcorta una especie de fiesta vinculada al rito comunal del sol nocturno, consistente en un heterogéneo programa donde tenían cabida habilidades de volatineros, danzas de hembras de exótica destemplanza, predicciones del porvenir y alardes de monos obedientes al zurriagazo de un jayán de satinada cabellera.

p129

En llegando al paraje donde se aposentara la tropa de los erráticos condes Jeremías y Nepomuceno, no vio Manuela otra cosa que el redondo y translúcido
OjodeGatofanal del páramo, asediado por las polvorientas candelas del levante y como sumido en lo más tenso de esa resistencia a la soledad que persiste en los lugares repentinamente deshabitados. Vacío Manuela el azogue de su mirada de ágata por aquella estéril representación de todo lo maltrecho y frustrado que almacenaba en su memoria y fue inspeccionando sin saber para qué las señas de los nómadas, los restos de un enigma llegado de la otra parte del mundo y comidos ahora por perros fantasmales y pájaros levantados antes que la luz a instancias del irreconocible tufo que expandían las basuras.

p154

De todo el vestuario que Manuela había ido reuniendo con morbosa jactancia –aunque ya apenas usase- desde que empezó a cobrar sus primeras rentas prostibularias, solo quedaba una hilera de trapos pendientes de las perchas como jirones inservibles de un cuero de res. Sintió Manuela chorrear entre aquella general inminencia de harapo la sangre de las garcetas desplumadas, el unto abrasivo de los curtientes, la aguaza que empapaba hasta la ignominia sus cautividades marismeñas, todo lo cual, unido a los precedentes castigos que fustigaran a la casona, vino a confirmarla que algo aún más desolador estaba a punto de deteriorarse también y para siempre en los centros de su propia vida. Se desembarazó entonces como pudo de toda aquella mugre retrospectiva que la cegaba y salió en persecución del cachorro con una iracundia que tropezó violentamente con su misma y descontrolada turbación.

Anduvo de un lado a otro de la casa como si le hubiese sobrevenido de pronto la ocasión de saciar no sabía qué otras venganzas ya prescritas, y al fin olió la orina del gato cerval, la impura sustancia generadora de la piedra de lincurio (tan asociada a su piel de primípara), flotando por los aires diagonales que salían de la buharda, hacia donde se deslizó despacio y con la defensiva virulencia de quien se asusta de su propia temeridad. Descolgó de pasada un rebenque embreado y se quedó acechando en el medio de una penumbra aún no empolvada por el desuso, oyendo crujir el maderamen al mismo ritmo que su respiración, hasta que vio brillar el jaspeado fogonazo de la bella mirada del cachorro junto a una pila de cajas. Lo llamó entonces agachándose con una blanda alevosía, ven aquí bonito toma, y lo fue acorralando hacia un cuarto trasero, por el que ya apuntaba el alba a través de una lucerna de esmeril. El cuarto estaba vacío y allí se metió el lince no sin titubeos, entrando detrás Manuela y cerrando la puerta con esa vandálica urgencia por maltratar que obnubila repentinamente a los maltratados. Jadeaba cuando levantó el rebenque y lo abatió con todas sus fuerzas sobre el sigiloso lomo del lince. La ferocidad de la mujer se incrustó por reflexión inhumana en la ferocidad del animal y un desesperante bufido situó al cachorro en la congénita frontera de los pavores selváticos. Agazapado en un rincón del angosto recinto, las zarpas desenguantadas y enhiestos los pinceles de sus orejas, se retorció un punto para lamerse el flanco azotado sin dejar de espiar con las candelas de sus ojos los movimientos de Manuela, la cual se inclinó atolondradamente antes de descargar un nuevo zurriagazo. El lince esquivó el golpe y pretendió trepar por lo que no era ningún árbol en un enloquecido esfuerzo para huir de un peligro nunca recelado en su corta vida doméstica. Manuela casi sintió en su misma boca el aliente fétido del animal, que resoplaba con sofocantes calambres, a la vez que veía, el ígneo trazo de una uña recorriendo la vecindad de su cara. Cuando volvió a pasar por delante o entrevió Manuela la cabeza del cachorro –más asombrosamente empequeñecida que lo normal con relación al cuerpo-. descargó el castigo desde un poderío alimentado no solo de su venganza sino del más tortuoso almacén de su fracaso. El extremo del rebenque cayó como un garrote sobre el espinazo del animal y algo crujió allí con la seca fractura de una rama tronchada. El lince dio un brinco y luego se hizo un ovillo y bufó acumulando dentro de la tortura todas sus especies de ancestros, como si aquellas postrimerías del furor incluyesen también la derrota totémica de cuantos legendarios vigías de la Libia llevaran su nombre. Corrió arrastrando las patas traseras, mayando angustiosamente y revolviéndose contra los inexpugnables muros de su cautiverio. Manuela pudo ya seguir (o perder del todo) aquella ciega trayectoria y fue redoblando los golpes sobre el cada vez más inválido, exangüe, deforme cuerpo del malherido.

p163

Hubo un silencio del que parecían chorrear goterones de fango, y ¿quieren tomar algo se les apetece un refresco?, propuso Pedro Lambert cambiando con escasa amabilidad de tema. Gracias ya hemos venido refrescado y con la que nos va a caer luego encima, respondió con un bufón rebrote de la risa el visitante, pero lo que sí nos gustaría vea es recordar viejos tiempos usted ya sabe por donde voy. Tiempos de oscuridad en que la ceniza era cama y alimento, recitó confusa y hebraicamente la sobrina…

p180

Se apostó el medio hermano de Pedro Lambert y los dos jinetes que con él iban al pie de la escalinata y, después de empinarse sobre los estribos y de no evitar que el pendo pisotease loas arriates, desmontó Diego Manuel y subió mirando para uno y otro esquinal de la casa, midiendo inexactamente lo ancho de una opulencia cuya fama había corrido hasta mucho más allí de las márgenes de la marisma. Lo vio subir Pedro Lambert como si supiera que iba a llegan en aquel preciso momento, las manos apoyadas en el alféizar de un balcón de celosía, y se fue él mismo a abrir con una visible reserva de hostilidad al que se sabía esperado y, antes de que éste llamara, se le enfrentó diciéndole ¿qué es lo que se ha perdido aquí a qué has venido? Diego Manuel le sostuvo la mirada con otra que no estaba regida por ninguna provisión de agresividad, y contestó: contigo no tengo nada que hablar déjame vengo a ver a mi madre ¿o tengo que pedirte permiso? Tu madre no quiere ni oír hablar de ti, aclaró el primogénito, conque ya te estás yendo por donde has venido y rápido, pero Diego Manuel no hizo ningún ademán de irse ni de soliviantarse ante la injuria del hermanastro, limitándose a echar un ojo al sitio donde esperaban sin descabalgar los dos componentes de su escolta y a repetir mientras lo hacia que lo dejara pasar por las buenas, no te metas en esto, o que avisara a su madre, que era con ella con quien quería hablar, quítate. No, cortó Pedro Lambert haciendo más evidente el obstáculo de su cuerpo ante la puerta, y me da lo mismo que te hayas traído a esos dos ordenanzas los corro en un santiamén hasta Malcorta, a lo que replicó su medio hermano –no sin un cierto titubeo que más parecía desafío- que no hacía falta que demostrara lo valiente que era, eso lo saben ya todos los cabrones de estos pagos te conozco de sobra aunque te figures que no te he visto desde. Hemos terminado y ahí tienes el camino, concluyó Pedro Lambert, será mejor que no aparezcas más por aquí, te lo aconsejo. Se oyó un largo relincho que pareció remover los verdes manchones del jardín, y de acuerdo tú lo has querido ya me voy, convino Diego Manuel, con una ambigua recesión a su infancia de postergado…

p187

El tiempo no había dejado de devolver sus despojos con la misma impasible contumacia con que devuelve el mar un cadáver…

p204

Como las furiosas aves mutuamente despedazadas después de sobrevolar la troyana tumba de Memmón, así llegó intempestivamente una estruendosa bandada de flamencos hasta las orillas del caño Cleofás más cercanas a la casona, iniciando una lucha que duró un día entero y parte de su noche, justo en la ringlera de izagas donde encontró Manuela al normando el día en que regresara a la casucha con el hijo que no era de él. Cuando un flamenco no cojo pelea con otro ejemplar no cojo de su zancuda familia, algo espeso y visceral, como un vómito de telarañas o un chorreón de mucosidades, se propaga con los despojos de plumas y pieles. Todo el aire que circunda el escenario de la batalla se anega de una ferocidad que va tiñendo de rosa el agua de los lucios, a la vez que se diseminan por el fango las virutas, los jirones metálicos de las patas, los tarsos sacados de una osamenta ya desguazada como el arbusto de madroños después del huracán. Y eso fue lo que ocurrió entonces o pudo ocurrir –o nunca habría acabado de seguir ocurriendo- a no ser por la aparición del zorro, el cual debió percibir alguna anomalía por los echaderos de las aves en la breña y corrió en busca de las pistas invisibles hasta husmear la sangre caliente y ver desde la otra parte de la vadera del caño los deshechos cuerpos de los beligerantes.

 

 


VOLVER A Fragmentos de Libros por:   Volver por Títulos          Volver a finales de libros por autores