UN BUEN LIBRO PARA LEER:  ¡ABSALÓN, ABSALÓN! (1936)

AbsalonAbsalon

       

    William Faulkner   (EEUU)  

  

   Editorial: RBA   (Narrativa actual)  

   Traducción: Revisión en castellano de Encarna Castejón sobre la traducción de Beatriz Florencia Nelson

                                                  

                     

Comienzos de libros 

                                                                                              I

Desde poco después de las dos hasta la puesta del sol de aquella larga, silenciosa, cálida, aburrida y muerta tarde septiembre, permanecieron en lo que la señorita Coldfield seguía llamando «el despacho» por haberlo así llamado su padre: una habitación calurosa, oscura, sin ventilación, cuyas ventanas y celosías continuaban cerradas desde hacía cuarenta y tres veranos, porque, allá en su niñez, alguien opinaba que el aire en movimiento y la luz producen calor, mientas que la penumbra resulta siempre más fresca. A medida que el sol daba más de lleno sobre ese costado de la casa, la habitación se iluminaba de rayos horizontales y amarillentos que dejaban ver innumerables partículas de polvo. Quentin pensó que serían, sin duda, escamas de la viejísima pintura descolorida, desprendidas de la madera resquebrajada y empujadas hacia el interior por una fuerza semejante a la del viento. Una rama de glicinas florecía por segunda vez en ese estío, y trepaba por un enrejado que se divisaba frente a la ventana: los gorriones llegaban y partían en bandadas, sin orden ni concierto, produciendo un rumor seco y polvoriento al levantar el vuelo. Frente a Quentin se hallaba la señorita Coldfield con su sempiterno traje de luto, que llevaba desde hacía cuarenta y tres años, aunque nadie sabía si era por su padre, hermana o no-marido; erecta y rígida, ocupaba una silla de duro asiento, tan alta para ella que sus piernas, sin llegar al suelo, pendían rectas y verticales como si los huesos de sus tobillos y pantorrillas estuvieses fundidos en hierro, lo que les daba el aire de rabia impotente que tienen los pies infantiles. Hablaba con voz áspera, huraña, asombrada, y al final toda atención cesaba, el poder auditivo se confundía a sí mismo y el objeto de su impotente pero indomable frustración –aunque había muerto años atrás- aparecía, como evocado por esa indignada recapitulación, sereno, distraído e inofensivo, brotando del polvo paciente, soñador y victorioso.

glicina

Su voz no cesaba: se esfumaba. Allí estaba la penumbra suave, con un leve aroma mortuorio, dulzona por la presencia de las glicinas dos veces florecidas al contacto ardoroso y sereno del sol de septiembre sobre las paredes exteriores, destilado e hiperdestilado, y el sonoro y melancólico revolotear de los gorriones entre sus ramas, semejante al ruido de un palo flexible agitado sin tregua por algún chicuelo ocioso, y el aroma rancio de aquella avejentada carne de mujer, endurecida a través de una larga virginidad, mientras el huraño rostro desvaído lo contemplaba por encima del borroso triángulo de encajes que adornaban su garganta y sus muñecas, desde aquella silla demasiado alta que parecía un niño crucificado; y la voz no callaba, sino que se esfumaba, yendo y viniendo a largos intervalos como un hilo de agua que corriera de un bando de arena seca a otro, y el fantasma meditaba con incorpórea docilidad, como si fuera esa voz que él embrujaba donde otro más afortunado hubiera encontrado un hogar. Salía de un trueno silencioso y bruscamente (hombre-corcel-demonio), invadía la escena tranquila y convencional como una de esas acuarelas que premian en las exposiciones escolares; sus ropas, su cabello y barba olían ligeramente a azufre, y tra él se agrupaba su tropel de negros salvajes, fiera a medio domesticar a quienes se les enseño a caminar erectas como hombres, en actitudes salvajes y reposadas; en medio de ellos, maniatado, aquel arquitecto francés con su aire severo, huraño y andrajoso. El jinete permanecía inmóvil, barbado, mostrando las palmas de sus manos; detrás los negros salvajes y el arquitecto cautivo se apretujaban en silencio llevando en una paradoja incruenta las palas, picas y azadas de la conquista pacífica. Luego, en su largo no-asombro, Quentin vio como dominaban silenciosamente las cien millas cuadradas de tierra tranquila y atónita, cómo extraían de la Nada silenciosa, con violento esfuerzo, una casa y un parque, y loa arrojaban como cartas de una baraja sobre la mesa bajo la mirada del personaje pontifical de las palmas elevadas, para crear El Ciento de Sutpen, el «¡Hágase el Ciento de Sutpen!», como antiguamente se dijo «¡Hágase la luz!». Y su oído se reconciliaba, y le parecía escuchar a dos Quentins diferentes: el Quentin Compson que se preparaba para ir a Harvard, al Sur, a se inmenso sur, muerto desde 1865, poblado de fantasmas quejumbrosos, ofendidos, desconcertados; oyendo, obligado a oír, a uno de esos espectros que había tardado más que todos los otros en buscar su reposo y que le hablaba de rancios tiempos espectrales; y el Quentin Compson que era todavía demasiado joven para merecer convertirse en fantasma, pero forzado a serlo, ya que había nacido y se había educado en ese Sur inmenso, lo mismo que ella; los dos Quentins diferentes se hablaban en un largo silencio de no-gente, en un no-lenguaje semejante a éste: «Al parecer, este demonio se llamaba Sutpen (el coronel Sutpen). El coronel Sutpen. Que vino no se sabe de dónde y sin anunciarse, con una banda de negros vagabundos, e inició una plantación. (Se apoderó violentamente de una plantación según dice la señorita Rosa Coldfiel.) se apoderó violentamente de ella. Y se casó con su hermana Ellen y engendró una hija y un hijo ((Los engendró sin cariño, dice la señorita Rosa Coldfield.) Sin cariño. Ellos, que deberían haber sido su orgullo, el escudo y consuelo de su vejez, pero. (Pero ellos lo aniquilaron, o algo así; o fue él quien los destruyó a ellos, o algo así. Y murieron.) Murieron. Sin ser llorados por nadie, dice la señorita Rosa Coldfield, (Salvo por ella.) Sí, salvo por ella. (Y por Quentin Compson.) sí. Y por Quentin Compson

 

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