UN BUEN LIBRO PARA LEER: AÑOS LUZ (1975)

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    James Salter.  EEUU         IconoFraLib ... algo decimos de este libro

    Editorial:   MUCHNIK EDITORES.  1999.

    Traducción:  Jaime Zulaika   

    

 

 Comienzo: 

 

                                            Uno

                                               1

         Surcamos el río negro, sus bancos lisos como piedras. Ni un barco, ni un bote, ni una mota de blanco. El viento ha roto, agrietado la superficie del agua. Es ancho, interminable este gran estuario. El río es salobre, lívido de frío. Discurre borroso por debajo de nosotros. Las aves marinas que lo sobrevuelan giran y desaparecen. Surcamos velozmente el ancho río, un sueño del pasado. Rebasadas sus aguas profundas, el fondo empalidece la superficie, traspasamos los bajíos, las embarcaciones varadas en la playa para pasar el invierno, los embarcaderos desolados. Y, alados como gaviotas, nos elevamos, viramos, miramos atrás.

         El día es blanco como papel. Las ventanas están congeladas. Las canteras están vacías, la mina de plata inundada. El Hudson es aquí vasto, vasto e inmóvil. Una región oscura, un paraje de esturiones y carpas. En otoño plateaba de sábalos. Los gansos dibujaban en el cielo su larga y cambiantes V. La marea sube desde el mar.

         Dicen que los indios buscaban un río que «discurriera en los dos sentidos». Lo encontraron aquí. La cuña de sal penetra no menos de cincuenta millas; a veces llega hasta Poughkepsie. Aquí había lechos enormes de ostras, focas en el puerto, caza inagotable en los bosques. Este gran tajo glacial, con sus bahías nupciales, las calas de apio silvestre y arroz, el río majestuoso. Los pájaros, como signos de puntuación, cruzan en vuelo uniforme. Parece que se aproximan despacio, luego aceleran y pasan por encima como flechas. El cielo es incoloro. Atisbo de lluvia.

         Todo esto era holandés. Después fue inglés, como tantas otras cosas. El río es un reflejo. Contiene solo silencio, un frío relumbrante. Los árboles están pelados. Las anguilas duermen. El cauce es tan hondo que podrían surcarlo trasatlánticos; si quisieran, dejarían pasmadas a las ciudades de tierra adentro. En las marismas hay tortugas y cangrejos, garzas, gaviotas Bonaparte. Las cloacas de las ciudades vierten más arriba. El río es sucio pero se lava a sí mismo. Los peces, aletargados, fluyen con la marea.

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 Panoramic view of the Hudson RiverHighland, New York  (wikimedia.org)

         A lo largo de las riberas hay casas de piedra, que no están de moda, y casas de madera, oreadas y escuetas. Todavía existen fincas, pervivencias de las grandes parcelas del pasado. Cerca del agua, una espaciosa mansión victoriana, de ladrillo pintado de blanco, sobrevolada por altas copas de árboles, un jardín tapiado, un invernadero derruido con herrajes en el techo. Una casa junto al río, demasiado baja para el sol de la tarde. La inundaba, en cambio, la luz de la mañana, la luz del este. El mediodía era glorioso. La pintura se ha oscurecido en ciertos puntos desnudos. Los senderos de grava se deshacer; en los cobertizos anidan pájaros.

         Paseábamos por el jardín, comiendo las manzanas pequeñas y ácidas. Los árboles eran secos y nudosos. Estaban encendidas las luces de la cocina.

         Un coche que regresa de la ciudad sube el sendero de entrada. El conductor entra en la casa un momento, hasta que oye la noticia: la poni se ha escapado.

         Se enfurece.

         - ¿Dónde está? ¿Quién ha dejado el pestillo descorrido?

         - ¡Oh, Dios, Viri. No lo sé.

         En una habitación con muchas plantas, una especie de solario, hay un lagarto, una serpiente parda, una tortuga dormida. El peldaño de entrada es alto, y la tortuga no puede escaparse. Duerme en la grava, con las patas muy juntas. Sus pezuñas son de color marfil, curvadas y largas. La serpiente duerme, también el lagarto.

         Viri, con el cuello de su chaqueta alzado, sube la cuesta trabajosamente.

         - ¡Úrsula!- llama. Silba.

         Ha oscurecido. La hierba está seca; cruje al hollarla. Ha sido un día sin sol. Avanza hacia los rincones alejados, la carretera, los campos contiguos, gritando el nombre de la poni. Quietud en todas partes. Empieza a llover. Ve al perro tuerto que pertenece a un vecino, una especie de husky de hocico gris. Tiene el ojo cerrado por completo, cegado; hace tanto tiempo que lo perdió que se la recubierto de pelaje, como si nunca hubiera existido.

-         ¡Úrsula!- grita.

-         Está aquí – dice su esposa cuando él vuelve.

La poni está cerca de la puerta de la cocina, sosegada, oscura, comiendo una manzana. El le toca los belfos. El animal le muerde distraídamente en la muñeca. Tiene los ojos negros, lustrosos, y las pestañas largas y erráticas de una mujer borracha. Su pelaje es espeso y su aliento muy dulce.

- Úrsula- dice. La poni gira ligeramente las orejas y luego se olvida-. ¿Dónde has estado? ¿Quién te ha abierto la cuadra?

Úrsula no le presta atención.

- ¿Has aprendido a abrir sola?

Le toca una oreja; está caliente, fuerte como una herradura. La lleva a la cuadra, cuya puerta está entornada. Fuera de la cocina sacude la tierra de los zapatos.

Hay luces por todas partes: una casa espaciosa, uluminada. Moscas muertas del tamaño de judías yacen detrás de las cortinas de terciopelo, hay bultos en las esquinas del empapelado, el cristal de la ventana desfigura las cosas. Viven en un aviario, en un panal. Los tejados son de pizarra gruesa, las habitaciones como tiendas de comercio. Esta casa no emite ningún sonido; en la oscuridad es como un barco. Dentro, si uno aguza el oído, se oye de todo: agua, voces tenues, la lenta y medida criba del grano.

En el cuarto de baño principal, con sus tintes, esponjas, jabones de color té, libros, ejemplares de Vogue abarquillados por el agua. Viri humea, en paz. El agua le llega por encima de las rodillas; le penetra hasta el hueso. El suelo está alfombrado, hay una canasta llena de cantos lisos, un vaso vacío de un azul muy intenso.

- Papá- llaman las niñas desde el otro lado de la puerta.

-Sí.

Está leyendo el Times.

- ¿Dónde estaba Úrsula?

- ¿Úrsula?

- ¿Dónde estaba?

-No sé –dice él-. Se fue a dar un paseo.

Ellas aguardan a que les diga algo más. Es un narrador, un cuentista de prodigios. Escuchan a la espera de sonidos, de que la puerta se abra.

-         ¿Pero dónde estaba?

-         Tenía las patas mojadas- anuncia él.

-         ¿Las patas?

-         Creo que ha estado nadando.

-         No, papá, ¿qué dices?

-         Intentando coger las cebollas del fondo.

-         Ahí no hay cebollas.

-         -Ah, sí.

-         ¿Hay?

-         Es donde crecen.

Ellas se lo explican una a la otra al otro lado de la puerta. Es cierto, deciden. Le esperan, dos niñitas en cuclillas como mendigos.

-         Sal, papá – dicen-. Queremos hablar contigo.

El deja el periódico y se sumerge una última vez en al abrazo del baño.

-         ¿Papá?

-         Sí.

-         ¿Vas a salir?

La poni las fascina. Las asusta. Echan a correr si hace un sonido inesperado. Ella permanece paciente, silenciosas, en su cuadra; en un animal que pasta, que come durante horas. Su hocico tiene un nimblo de pelusa fina, sus dientes son parduscos.

-Los dientes le están siempre creciendo –les dijo el hombre que se la vendió. Era un borracho de ropas andrajosas- Siguen creciendo y se van desgastando.

- ¿Qué pasaría si dejara de comer?

- ¿Si dejara de comer?

- ¿Qué le pasaría a sus dientes?

         - Aseguraos de que coma –dijo él.

         La observan a menudo; escuchan su quijada. Este animal mítico, fragante en la oscuridad, es más grande que ellas, más fuerte, más inteligente. Anhelan aproximarse a la poni, granjearse su amor.

 

 

 
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