UN BUEN LIBRO PARA LEER: BOMARZO (1962)

Bomarzo     

 

 

    Manuel Mújica Lainez. Argentina

    Editorial:   Seix Barral. Biblioteca Breve.   

    

 

 Comienzo:

       Sandro Benedetto, físico y astrólogo de mi pariente el ilustre Nicolás Orsini, condottiero a quien, después de su muerte, compararon con los héroes de la Iliada, trazó mi horóscopo el 6 de marzo de 1512, día en que nací a las dos de la mañana, en Roma. Treinta y siete años antes, el mismo 6 de marzo pero de 1475, a las mismas dos de la mañana había visto la inquieta luz del mundo, en una aldea etrusca, Miguel Ángel Buonarotti. La concordancia no fue más allá de un fortuito coincidir de horas y de fechas. En verdad, los astros que presidieron nuestras respectivas apariciones en el ajedrez de la vida, dispusieron sus piezas en el tablero para muy distintas jugadas.

MiguelÁngel CartaAstral Cuando nació Buonarotti, Mercurio y Venus ascendían, triunfales, desnudos, hacia el trono de Júpiter. Era el baile del  cielo, la contradanza mitológica que recibe a los creadores casi divinos. La gloria aguardaba al que abría los ojos bajo  ese esplendor que transformaba el firmamento en un salón encendido, todo candelabros, entre los cuales flotaban,  transparentes, pausados y ceremoniosos, los dioses elevados en el centelleo del aire. En cambio, cuando yo nací,  Sandro Benedetto señaló importantes contradicciones en la cartografía de mi existencia. Es cierto que el Sol en signo  de agua, reforzado con mi buen aspecto ante la Luna, me confería poderes ocultos y la visión del más allá, con  vocación para la astrología y la metafísica. Es cierto que Marte, regente primitivo, y Venus, ocasional, de la Casa  VIII,  la de la Muerte, estaban instalados, de acuerdo con lo que Benedetto subrayó insistentemente, en la Casa de la  Vida y  anulados para la muerte y que en buen aspecto con el Sol y la Luna, parecían otorgarme un vida ilimitada –  cosa que  extrañó a cuantos vieron el decorado manuscrito- y que Venus, bien situada frente a los luminares, indicaba  facilidad para las invenciones sutiles. Pero también es tremendamente cierto que el maléfico Saturno, agresivamente ubicado, me presagiaba desgracias infinitas, sin que Júpiter, a quien inutilizaba la ingrata disposición planetaria, lograra neutralizar aquellas anunciadas desventuras. Lo que sorprendió sobremanera al físico Benedetto y a cuentos, enterados de estas cosas graves, vieron el horóscopo, fue, como ya he dicho, el misterio resultante de la falta de término de la vida –de mi vida- que se deducía de la abolición de Venus y de Marte frente a la necesidad lógica de la muerte y, consecuentemente, la supuesta y absurda proyección de mi existencia a lo largo de un espacio sin límites. Sé que algunos expertos criticaron el prolijo trabajo de Benedetto, cuyos hermosos signos y figuras hice copiar al fresco, medio siglo más tarde, en una habitación principal del castillo de Bomarzo, y que adujeron que ese planteo era imposible, pero la sabiduría de su autor, tantas veces demostrada, cerró sus bocas refunfuñantes. 

    A Gian Corrado Orsini Marcial Gómez 1992Mi padre, condottiero también y famoso, reverenciaba mucho la memoria de su tío, el gran Nicolás Orsini, que había combatido equitativa e indiferentemente, según los términos de los contratos que firmó con las diversas administraciones públicas de Italia, ya a favor ya en contra de los aragoneses, ya a favor ya en contra de los venecianos, y que entre una batalla y otra, cuando hubiera debido descansar y tomar aguas, había tenido tiempo para matar a su madrastra Penélope y a su hermano bastardo, por razones íntimas largas de referir. Esa justa supresión personal de parientes infames había contribuido al respeto que por él sentía mi padre, quien además, como hombre del oficio, admiraba profesionalmente la eficacia mercantil y guerrera de sus hazañas. Por ello, aun siendo de caracter brusco y malhumorado, mi padre, Gian Corrado Orsini, recibió con noble cortesá el horóscopo de Sandro Benedetto, el astrólogo a quien Nicolás consultaba siempre. Lo evidente es que ese horóscopo no le importaba en absoluto. No le importaba que yo hubiera nacido el mismo día que Miguel Ángel Buenarotti; que mi horóscopo fuera más extraño que el del maestro; más extraño y rico también que los del emperador Augusto, Carlos Quinto y el futuro gran duque CosmePicoMirandolaquienes contaban con la singularidad del Capricornio ascendente, muy apreciada por lo especialistas. Simuló una urbanidad discreta y no pasó de ahí, porque compartía al respecto la incredulidad irónica de Pico de la Mirandola, a quien había conocido, de muchacho, en la corte del Magnífico. Pico de la Mirandola, autor de las Disptationes adversas astrologiam divinatricem, tenía más fe en los pronósticos de los aldeanos con referencia al tiempo -los aldeanos que anuncian que se va a desencadenar una tormenta porque las moscas importunan a un asno- que en los informes de los astrólogos oficiales. Mi padre también. Cinco años antes había nacido mi hermano mayor. Girolamo, el que debía sucederlo como duque de Bomarzo. De tratarse de él, del primogénito, mi padre sí se hubiera interesado en el trabajo de Benedetto, a pesar de su excepticismo, y hubiera formulado cien prguntas y hubiera dado cien vueltas a la cuestión de la profecía, pero se trataba de mí, de Pier Francesco, y yo representaba muy poco para la familia y para el orgulloso egoísmo paternal. Mi madre, que como él pertenecía a la casa de los Orsini, pero a la rama de Monterotondo, murió al año siguiente, cuando nació Maerbale, el tercero y último de sus vástagos, de modo que mi padre quedó viudo por segunda vez -había sido casado en primeras nupcias con una hija del conde del Anguillara- y ya no volvió a contraer matrimonio.

    JulioIISelimIAlejandroFarnese Pablo IIIMaquiavelo  

Vine al mundo en tiempos de violencia. Ese año de 1512, el viejo Julio II, el papa terrible, infatigable, que a pesar del mal gálico y la gota que lo retorcían, arrastraba a cardenales, a príncipes y a jefes en cabalgatas furiosas, y que vivía entre soldados, mugrienta de sangre y lodo la piel de carnero que llevaba sobre la coraza, cambió las armas de la guerra por las de la astucia y fingió estar muerto, con un ardid de zorro que pasa de la rigidez al mordisco, para atraer a la trampa de Roma  a los prelados hostiles que, obedeciendo a la política extranjera, se habían reunido en concilio, en Pisa. Cuando los tuvo en su poder, los aterrorizó y los redujo a obediencia. Ese año falleció Pandolfo Petrucci, déspota de Siena, sin que nadie lo llorara, porque su vida estaba atestada de crímenes. Después de un largo interregno republicano, los Médicis volvieron a Florencia, también ese año, con sus dos futuros papas y sus dos duques anodinos y apuestos, el Pensieroso y su tío, que se contemplan eternamente en los sepulcros de Miguel Ángel, y Maquiavelo, a regañadientes, se retiró a meditar sobre las décadas de Tito Livio y a planear su retrato del Príncipe, breviario de sabia perfidia. Ese año ascendió al trono el sultán Selim I, el poeta parricida que asesinó a su familia entera y vivió para guerrear. Y Europa se erizó de pánico. El más insigne de los antepasados del pobre Toulouse-Lautrec (quien heredo, si no su porte, su despectiva audacia señoril), Odet de Foix, vizconde de Lautrec, en cuyas filas se GastonDeFoix Ravennabatió mi padre, fue herido peligrosamente en Ravena, ese año. Ese año murió Gastón de Foix, un muchacho sobrino de Luis XII, con quince tajos en el rostro, y el rey perdió Italia. Toda Italia resonaba y chisporroteaba con el fragor de las chocadas armaduras. Y ese año empezó a mostrar las uñas Alejandro Farnese, el que sería Pablo III, quien recibió las Órdenes de diácono. Pero también ese año, seis meses después de mi nacimiento, Miguel Ángel Buonarotti hizo quitar los andamios que ceñían como diques de trabado maderamen las pinturas de la Capilla Sixtina; descendió, semejante a un ermitaño profeta que sale de su largo encierro, y la creación del mundo se reveló, potente, gloriosa, voluptuosa, intimidante, en un apasionado entrelazamiento de músculos ágiles y jóvenes, ante el estupor de la corte pontifical que acudía de los campos de batalla, estremecida por la constante presencia de la muerte y del rencor en los campamentos militares, para ver, allí arriba, arriba, arriba, sobre los perfiles torcidos, sobre el dolor de las nucas, sobre el jadeo de las respiraciones y el trémulo silencio, algo que parecía, en su robusta confusión, un mar multicolor de espumas pronto a precipitarse, gritando, bramando, libre de los diques y del mago de nariz rota que lo inmovilizaban, sobre la Italia frenética, huérfana de Dios.

CapillaSixtina

Paradójicamente, mientras la península se debatía en luchas tan cruentas… 

 

 
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