LO QUE DECIMOS EN FRAGMENTOS DE LIBROS SOBRE   LA ÚLTIMA NOCHE y AÑOS LUZ.          

            Muchos descubrimos a James Salter por medio del artículo que publicó el año pasado en el Pais Cultural Antonio Muñoz Molina. Claro, para algunos no fue necesario porque Salter es ya, desde hace muchos años, un autor admirado, de culto; pero sí -por lo visto- para bastantes de nosotros entre los que nos incluimos.

          Siempre hay algo de reticencia, pese a los consejos de los mayores, de salirnos del canon en nuestras lecturas, y evidentemente ésa no es una buena actitud, porque nos quedamos, como las flores que solo exponen su corola al dios sol, sin la perspectiva de lo que todavía no brilla aunque tenga luz propia, disminuidos para lo nuevo, para los valores ocultos. Claro, me dirá usted con razón, ¡es que hay tanto que leer!, ¡son tantos los palos de ciego, los fiascos, el torrente de mala literatura que se publica y se vende! y ¡el tiempo es tan poco! No importa, este autor, este Años Luz y esta La última noche, que llevan dentro esa beta mágica y divina, exclusiva de muy pocos libros, como es la capacidad de remover los magmas en los que cimentamos nuestras posiciones en la vida, de hacer enloquecer la aguja de nuestra brújula y dejarla dando vueltas sin finalidad definida, como ese perro aburrido que gira sobre si mismo intentando morderse la cola; estas obras, digo, nos demuestran que siempre terminamos por pegar de lleno en la cucaña y recoger el regalo que guardaba dentro. Y es para siempre.

A nosotros, el artículo mencionado de AMM. solo nos entornó la expectativa. Lo que, efectivamente nos convenció para poner algún libro de Salter en el rimero de los pendientes, fue que, durante la indagación subsiguiente, hallamos los comentarios de un señor en Internet que decía algo así como que, leyendo su primer libro de Salter, pasó la noche de claro en claro y que al día siguiente corrió hacia una librería de amplio espectro y le solicitó al librero:  «Déme usted todos los libros que tenga de este señor». «Pues…, ahora mismo, no tenemos ninguno aquí, pero en el almacén, seguro que sí –contestó el dependiente-». Y, parece ser, que tal y como el coronel de García Márquez esperaba la llegada de su pensión de excombatiente en el correo semanal, nuestro buen internauta mantuvo idéntica ansiedad los días posteriores. Seguramente exageró. Pero fue esta anécdota chisposa la que nos empujó definitivamente hacia Salter y nos ha hecho sus incondicionales y admiradores sin fisuras.

La última noche es un cuento demoledor. Los personajes parecen caminar sin trabas ni sobresaltos por un camino extremo pero reconocible hacia un desenlace doloroso, amoral, sin esperanza, pero que nosotros, lectores, aunque algo avisados de lo que se viene encima, los seguimos sin rechistar porque nada se sale de lo que puede ser aceptado, de muchas formas, como connatural a nuestra sociedad occidental de las últimas décadas. Fluye el cuento, el vino, la tarde, la conversación, la tristeza, casi el tedio, la aceptación de lo que no se puede evitar. Pero las cosas, los complementos –ropas, joyas, buenas comidas-, pasiones perdidas… Salter, los va difuminando para dejarlos en lo que son: nada. Fuegos fatuos, espejismos, desviaciones. Y el cuento nos sirve en bandeja el que lo podamos reconocer y podamos decir ¡Jo, es verdad! y experimentemos que lo importante es lo que es y poco más. Solo cuando luego, lo que parece más sagrado, lo poco que tenemos y casi lo único en lo que podemos confiar… 

 Años luz es un placer para la inteligencia y para el sentido estético. Otra historia natural del mundo de hoy, vidas muelles que transcurren reconocibles, sin altibajos ni aspavientos pero sin sustraernos tampoco de los rasgos de nuestra tragedia, de nuestra patente fragilidad. Entre pródigas y exquisitas comidas; alcoholes prestigiosos, cálidos, disolventes, de colores lujuriosos…; entre luz abundante y múltiple, sobre el agua, de crepúsculo, indirecta, intensa, sesgada, reflejada en los iris…; personajes de cultura, personalidad, conversación mundana pero con atisbos de espiritualidad…; cópulas consecuentes, mórbidas, gratificantes, emancipadoras…; viajes, ponys, niños felices, música, reconocimiento social…; como clavos atravesando su suela, también se siente el herir, a estas vidas deslizadas suavemente, de las cuchillas de una realidad efímera y mortal: el mal injusto… la muerte cegada en una niña, la enfermedad inesperada y galopante en la cúspide de una vida, la intromisión violenta de ese submundo paralelo y olvidado: dos negros violentos en la noche interrumpiendo, como un cortacircuito, el fluir indemne de una existencia: «Trató de levantarse. Le golpeaba algo como un trapo mojado. Era el comienzo de alguna cosa y el final de otra. Se tambaleaba como un flagelante, perdido en el porte fácil de la vida indemne…» Y sobrenadándolo todo, la soledad, la desorientación, el olvido del alma, el sentido desdibujado, el chapoteo inútil de los ahogados… y abarcándolo todo, el tiempo, el devorador de hijos con su paso inapelable. Como –esta vez sí, fidedigno- reza una de las citas en la contraportada del libro, Años Luz es «Un libro absolutamente precioso, monstruoso, importante»

 

 

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