FRAGMENTOS DE LIBROS:  Los grandes cementerios bajo la luna (1938)

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 George Bernanos 
 
 Editorial Lumen. Barcelona, 2009.
 
 Traducción de Juan Vivanco.  
 

 

 

 Fragmentos de libros

 

PRIMERA PARTE.  

 

CAPITULO I    -   Sobre los imbéciles y la sociedad actual 

 

Porque las clases medias son casi las únicas que proporcionan al verdadero imbécil. La superior se arroga el monopolio de una clase de idiotez perfectamente inutilizable, una idiotez de lujo, y la inferior no pasa de unos toscos y a veces admirables esbozos de animalidad.

Una colonia de imbéciles fuertemente aferrada a su terruño natal como un banco de mejillones a la roca puede resultar inofensiva, e incluso brindar al estado y a la industria un material valioso. El imbécil, de entrada, es un ser de costumbres e ideas preconcebidas. Si se le saca de su ambiente, guarda entre sus dos valvas fuertemente apretadas el agua del charco que lo ha alimentado. Pero la vida moderna, no contenta con transportar de un lado a otro a los imbéciles, los mezcla con una suerte de furor. La máquina gigantesca, al máximo de revoluciones, los traga por miles y los disemina por el mundo, a merced de sus enormes caprichos. Ninguna sociedad distinta de la nuestra ha hecho un consumo tan prodigioso de estos desdichados.

 

TartarinSurLesAlpes        La verdad es que la ira de los imbéciles llena el mundo...Cada pequeña población de Francia tenía su dos o tres clanes de imbéciles («Arroz y Ciruelas» de Tartarín en los Alpes... El glacial está ahí al lado, suspendido en el azul inmenso. Nadie se acuerda de él. Tras varios días de falsa cordialidad, recelos y hastío, los pobres diablos encuentran un modo de dar rienda suelta a la vez a su instinto gregario y al sordo rencor que los corroe. El partido de los Estreñidos exige ciruelas pasas para el postre. El de los Sueltos, como es lógico, pide arroz. A partir de entonces desaparecen las disputas personales y cunde la concordia entre los miembros de cada facción rival)

        Pero es que quiero convenceros de algo: a hierro y fuego nunca acabaréis con los imbéciles. Porque, repito, ellos no inventaron el hierro, ni el fuego, ni los gases, pero utilizan a la perfección todo lo que les evita el único esfuerzo del que son realmente incapaces, el de pensar por sí mismos. ¡Prefieren matar a tener que pensar, eso es lo malo! Y vosotros les proporcionáis mecánicas. La mecánica está hecha para ellos. Mientras llega la máquina de pensar que están esperando, que exigen, que está al llegar, se conformarán gustosamente con la máquina de matar, incluso les va como un guante. Hemos industrializado la guerra para ponerla a su alcance. A su alcance está, en efecto.

Si no es así, ¿cómo explicáis por qué arte de magia se ha vuelto tan fácil convertir a un tendero, un pasante de agente de bolsa, un abogado o un cura en un soldado?... Es muy sencillo: extendéis el delantal y cae un héroe dentro… El mundo conoció un tiempo en que la vocación militar era la más respetada después de la del sacerdote, y apenas le iba a la zaga en dignidad. Vuestra civilización capitalista no se distingue precisamente por alentar el sacrificio, da prioridad absoluta a lo económico; y no deja de ser extraño que, en estas condiciones, disponga de tantos hombres de guerra como uniformes pueden proveer sus fábricas…

Hombres de guerra como seguramente no se han visto nunca. Los tomáis de la oficina, del taller, sin que rechisten. Les dais un billete al Infierno con el sello de la oficina de BilleteAlInfiernoreclutamiento y unas botas nuevas que suelen calar. El último estímulo, el supremo saludo de la patria, consiste en una mirada huraña del brigada reenganchado del almacén de vestuarios, que les llama tarados. A continuación se apresuran hacia la estación un poco achispados, pero cuidando de no perder el tren al Infierno, lo mismo que si fueran a comer en familia, un domingo. Sólo que esta vez bajarán en la estación Infierno. Un año, dos, cuatro años, el tiempo que haga falta, hasta el vencimiento del billete circular que les ha dado el gobierno, recorren el país bajo la lluvia de fundición de acero, procurando no comer sin permiso el chocolate de los víveres de reserva o atentos a un descuido de su compañero para birlarle el paquete de vendas que les falta. El día del  ataque, con una bala en la barriga, corretean como pollos de perdiz hasta el puesto de socorro, se acuestan sudorosos en la camilla y se despiertan en el hospital, de donde salen poco después tan dócilmente como entraron, con una palmada cariñosa del médico militar, un buen tipo… Luego regresan al Infierno, en un vagón sin cristales, rumiando de estación en estación el vino agrio y el queso o deletreando a la luz del quinqué la hoja de ruta llena de signos misteriosos, no muy seguros de estar en regla. El día de la Victoria… ¡caray, el día de la Victoria esperan volver a su casa!... para volver a la fábrica, a la oficina, tan dóciles como salieron.

 

En todos los hombres hay una enorme capacidad de resignación, el hombre es resignado por naturaleza. Por eso dura. Porque, bien pensado, de otro modo el animal lógico no habría ser soportado ser el juguete de las cosas. Hace milenios que el último de ellos se habría roto la cabeza contra los muros de su cueva, maldiciendo su suerte. Los santos no se resignan, por lo menos tal como lo entiende el mundo. Si sufren en silencio las injusticias que soliviantan a los mediocres, es para dirigir con más ímpetu contra la Injusticia. Contra su rostro de bronce, todas las fuerzas de su alma grande. Las iras, hijas de la desesperación, se arrastran y retuercen como gusanos. La oración, al cabo, es la única rebelión que se mantiene firme.

El hombre es resignado por naturaleza. El hombre moderno más que los otros, debido a la soledad extrema en la que le deja una sociedad que apenas conocen entre los seres relaciones que no sean de dinero. Pero estaríamos muy equivocados si creyéramos que esta resignación lo convierte en un animal inofensivo. La resignación concentra en él unos venenos que lo mantienen listo, llegado el momento, para toda suerte de violencias. El pueblo de las democracias no es más que una muchedumbre, una muchedumbre a la que mantienen perpetuamente en vilo el Orador invisible, las voces que llegan de todos los rincones de la tierra, voces que muerden sus entrañas y atacan sus nervios porque hablan el idioma mismo de sus deseos, sus odios, sus terrores. Verdad es que las democracias parlamentarios, más excitadas, carecen de temperamento. Las dictatoriales tienen fuego en las entrañas. Las democracias imperiales son democracias en celo.

La ira de los imbéciles llena el mundo… Es el mismo instinto que arrojó a Europa contra Asia en el tiempo de las cruzadas. Pero entonces Europa era cristiana, los imbéciles pertenecían a la cristiandad. Ahora bien, un cristiano puede ser cualquier cosa, un bruto, un idiota o un loco, pero de ninguna manera puede ser un imbécil. Me refiero a los cristianos que han nacido cristianos, cristianos de estado, cristianos de cristiandad. En un palabra, cristianos nacidos en plena tierra cristiana y que se crían libres y consuman una tras otra, bajo el sol o el aguacero, todas las estaciones de su vida. ¡Dios me libre de compararlos con los zoquetes que los curas cultivan en tuestecitos, protegidos de las corrientes de aire.

        A los imbéciles les atormenta la idea de redención.Por supuesto, si le preguntáis al primero que os encontréis, os dirá que esa idea nunca le pasó por la cabeza, o que no sabe muy bien de qué le estais hablando. Porque un imbécil no dispone de ningún instrumento mental que le permita adentrarse en sí mismo, solo explora la superficie de su ser… Además, ¿qué sabéis de un mediocre mientras no le hayáis observado entre otros mediocres de su especie, en la comunión de la alegría, el odio, el placer o el horror? Es verdad que cada mediocridad se defiende con uñas y dientes de cualquier mediocridad de otro tipo. Por los inmensos esfuerzos de las democracias han acabado superando el obstáculo.

         Un notario de Landerneau, hace un par de siglos, no creería que su ciudad natal fuera a durar más que Cartago o MenfisEl mito del Progreso, sin duda, les ha sido muy útil a las democracias. Han tenido que pasar uno o dos siglos para que el imbécil, acostumbrado por muchas generaciones a la inmovilidad, viera en este mito algo más que una hipótesis emocionante, un acertijo. El imbécil es sedentario, pero siempre ha leído con gusto los relatos de los exploradores.

         Si un vaquero con el seso trastornado mata a dos pastorcillas después de violarlas, la crónica reproduce su nombre y lo convierte en un epíteto infame, en un nombre maldito. Mientras que los «Señores del Comercio de Nantes», los grandes traficantes de esclavos, como les llama con respeto el senador de Guadalupe, pudieron apilar montañas de cadáveres sin que toda esa carne negra exhale a través de los siglos más que un ligero aroma a verbena y tabaco de España. «Los capitanes negreros, al parecer, fueron personas de noble presencia –prosigue el honorable senador-. Llevaban peluca como en la corte, espada al cinto, zapatos con hebilla de plata, trajes bordados, camisas con chorrera y puñetas de encaje.»  Un negocio semejante –concluye el periodista- no deshonraba en absoluto a quienes lo practicaban ni a quienes lo costeaban. ¿Quién no era negrero, en alguna media, entre los financieros y lo burgueses? Los armadores que financiaban aquellas costosas y lejanas expediciones dividían el capital empleado en varias partes, y esas partes, cuyo interés solía ser enorme, eran un inversión muy codiciada por todos los padres de familia.

Negreros

         Para ganarse la confianza de esos padres de familia, los capitanes negreros cumplían escrupulosamente con su deber, como lo demuestra este relato que citaba Candide el 25 de Julio de 1935, tomándolo de un interesante libro, de entre otros ejemplos del mismo tenor:

  Ayer, a las ocho, atamos de pies y manos a los negros más culpables y, tumbándolos de bruces sobre la cubierta, mandamos que los azotaran. Además les hicimos unas escarificaciones en las nalgas para escarmentarlos. Después de haberles dejado las nalgas en carne viva con los latigazos y las escarificaciones, les pusimos pólvora, jugo de limón, salmuera y pimienta, todo ello majado y mezclado con una droga que añadió el cirujano y les frotamos las nalgas para impedir que se gangrenaran y además para que les escociera en las nalgas, gobernando siempre a barlovento, con la amura a babor.

         Aquí tenemos, de paso, un buen ejemplo de la prudente discreción de la sociedad de antaño, cuando se hallaba en la necesidad de proponer casos de conciencia a los imbéciles. La prensa italiana pasa hoy bastantes apuros para justificar ante los suyos la destrucción masiva, con gas mostaza, del material abisinio. Toda esta mística de la fuerza desanima a los imbéciles, porque les impone una concentración mental que es muy cansada.

         La idea de la grandeza nunca ha tranquilizado la conciencia de los imbéciles. La grandeza es una superación perpetua… Pero la idea del Progreso está hecha a su medida. La grandeza impone grandes sacrificios. Mientras que el progreso va por sí solo a donde lo arrastra la masa de las experiencias acumuladas.

 -     ¿Dónde demonios mete usted a los obreros viejos?...

El otro vacila un momento, apura su copa y le dice:

-     Coja un puro, vamos a dar una vuelta por el cementerio mientras echamos una calada.

Diré una vez más que un polemista es divertido hasta los 20 años, tolerable hasta los 30, pelma hacia los cincuenta y obsceno a partir de entonces… Es cierto que aún no soy lo que se dice un optimista. El optimismo siempre me ha parecido una astuta coartada de los egoístas, que disimulan así su satisfacción crónica consigo mismos. Son optimistas para no tener que apiadarse de los hombres, de su desdicha.

Los mismos tipos que reducían poco a poco, sistemáticamente, las relaciones familiares hasta limitarlas al intercambio indispensable de esquelas de nacimiento, boda o defunción, para no gastar sus exiguas reservas de sensibilidad afectiva, ya no pueden abrir un periódico ni mover el dial de su radio sin enterarse de catástrofes. Es evidente que para librarse de semejante obsesión, a estos infelices no les basta con oír una vez por semana, en la misa mayor, distraídamente, la homilía sobre el sufrimiento pronunciada por un buen cura bien orondo con quien compartirán luego el cordero dominical. De modo que los imbéciles ha abordado resultamente el problema del dolor, los mismo que el de la pobleza. Corresponde a la ciencia vencer el dolor, piensa el imbécil con su lógica inflexible, y el economista se encargará de la miseria…

  

CAPITULO II    -   Sobre las clases medias.

         Hoy cualquier desarrapado puede alardear de pertenecer al gremio si se ha alquilado una tienda y se apunta como décimo o vigésimo intermediario entre el industrial que se arruina para producir barato y el cliente imbécil cuyo destino es dejarse robarNo nos engañemos por el aspecto de un antro sórdido, con el escaparate carcomido y el cristal rajado que, cada vez que se abre la puerta con un tintineo de campanilla cascada, arroja sobre la acera un olor absurdo a cebollas y pis de gato. La observación de algunas telarañas, tejidas paradójicamente en rincones inaccesibles incluso a los moscardones, demuestra que la paciencia del que acecha acaba saliéndose con la suya. Es cierto que los escaparates demasiado brillantes espantan a los pobles diablos, que abrigan la ilusión -¡tan enternecedora, al fin y al cabo!- de que el pequeño comerciante practica el pequeño beneficio. La prueba de que esas trampas repelentes engordan al insecto que se agazapa en ellas es la asombrosa proliferación de tenderos después de la guerra.

  

CAPITULO III    -      Sobre las Iglesia y el uso y justificación de la violencia, la represión en Mallorca.

-        Diálogo y controversia Bernanos – Jerarquía eclesiástica. (extraordinario)

Yo vi, viví en España el periodo prerrevolucionario. Lo viví con un puñado de jóvenes falangistas, honrados y valientes. Aunque no estaba del todo conforme con su programa, notaba que a ellos y a su jefe les embargaba un violento sentimiento de justicia social. Afirmo que su desprecio por el ejército republicano y sus estados mayores, traidores a su rey y a su juramento, no era menor que su justa desconfianza hacia un clero experto en chanchullos y apaños electorales con la pantalla de Acción Popular y por persona interpuesta, el incomparable Gil Robles. ¿Qué fue de estos muchachos?, os preguntaréis. Dios mio, os lo diré. La víspera del pronunciamiento no había más de quinientos en Mallorca. Dos meses después eran quince mil, gracias a un reclutamiento desvergonzado, organizado por militares interesados en destruir el Partido y su disciplina. Bajo la dirección de un aventurero italiano llamado Rossila Falange se había convertido en una policía auxiliar del Ejército a la que se encomendada sistemáticamente el trabajo sucio, en espera de que sus jefes fueran ejecutados o encarcelados por la dictadura y sus mejores elementos despojados de sus uniformes e incorporados a la tropa…

Las derechas españolas no fueron tan estúpidas, es justo reconocerlo. Me diréis que no tuvieron tiempo de reflexionar. ¿Acaso me tomáis por imbécil? Entre las elecciones de marzo y el pronunciamiento del 19 de julio pasaron tres meses y medio. Hasta un niño comprendería que doce tristes semanas no habrían bastado para organizar una sublevación de la Guardia Civil y el ejército. A menos que penséis que el general Franco se limitó a avisar a sus cómplices por telegrama; “Mañana me sublevo”…

Hace quince meses…, los aviones de Pierre Cot se bastaban para detener el extermino fulminantes de un puñado de saqueadores de iglesias que por su parte, a la primera ráfaga de ametralladora, huían como conejos. ¿Por qué el esfuerzo combinado de Alemania e Italia no ha cosechado aun la victoria decisiva que Queipo de Llano anuncia todas las tardes en su charla?

-        Es que España estaba más gangrenada de lo que pensábamos.

-        Sea. Pero ¿no es la misma España que en 1934 dio a vuestra CEDA católica la mayoría en las Cortes? ¿Así que en vez de avanzar, retrocedéis?

-        Nos lo temíamos.

-        Entonces vuestros métodos no valen mucho.

Lo he dicho ya y lo seguiré diciendo. Quinientos falangistas el 17 de julio. Quince mil varias semanas después, luego veintidós mil. En vez de controlar este reclutamiento desaforado, la autoridad militar lo favorece con todo su poder, porque tiene un plan. Llegado el momento, una vez hecho el trabajo, nada le será más fácil que desarmar a una muchedumbre que, con su avalancha ha relegado a los viejos mandos, que han sido reemplazados por otros hechos a su medida, mandos policiales. Después se les arrojará por hornadas a la case de tropa. La depuración habrá terminado.

CamisasNegras

El recién llegado, por supuesto, ni era general, ni era conde, ni se llamaba Rossi. Era un funcionario italiano, miembro de las Camisas Negras. Una hermosa mañana le vimos bajarse de un trimotor escarlata. Primero visitó al gobernador militar, nombrado por el general Poded. El gobernador y sus oficiales le recibieron cortésmente. Remachando sus palabras con puñetazos en la mesa, declaró que venía a traer el espíritu del Fascio. Días después el general y su Estado Mayor entraban en la cárcel de San Carlos y el conde Rossi se hacía con las riendas de la Falange. Enfundado en un mono negro con una enorme cruz blanca en el pecho, recorrió los pueblos, conduciendo él mismo su coche de carreras, al que trataban de seguir, envueltos en una nube de polvo, otros coches repletos de hombres armados hasta los dientes. Todas las mañanas los periódicos daban cuentas de estos circuitos oratorios en los que, flanqueado por el alcalde y el cura, anunciaba la Cruzada en una extraña jerigonza, mezcla de mallorquín, italiano y español. El gobierno italiano, por supuesto, tenía enPalmacolaboradores menos estridentes que aquel bruto gigantón, que un día, en la mesa de una gran dama palmesana, mientras se limpiaba los dedos en el mantel, dijo que necesitaba por lo menos “una mujer diaria”. Pero la misión particular que le había encomendado estaba perfectamente a tono con su índole. Era la organización del Terror.

A partir de entonces, todas las noches, unos equipos reclutados por él operaron en los caseríos y los arrabales de Palma. Allí donde estos señores ejercían su celo, se repetía la misma escena. La misma llamada discreta a la puerta del piso confortable o de la casa rural, los mismos pasos en el jardín envuelto en sombras, o en el descansillo el mismo cuchicheo fúnebre, que un miserable escucha al otro lado de la pared, con la oreja pegada a la cerradura y el corazón encogido de angustia: «¡Síganos!»… Las mismas palabras a una mujer asustadísima, las mismas manos temblorosas que recogen varias prendas de vestir tendidas unas horas antes, y el ruido del motor que sigue roncando allá abajo, en la calle.

-No despiertes a los chicos, no vale la pena. Me lleva a la cárcel ¿verdad, señor?.

-Perfectamente- contesta el asesino, que a veces no tiene ni veinte años.

Luego la subida al camión, donde se encuentra con dos o tres compañeros, igual de sombríos, igual de resignados, con la mirada perdida… «¡Hombre!» La camioneta rechina, se pone en marcha. Un momento más de esperanza, mientas no desvía de la carreteera. Pero luego aminora la marcha, se mete, traqueteando, en la hondonada de un camino de tierra. «¡Bajad!». Bajan, se ponen en fila, besan un medalla o tan solo la uña del pulgar.¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Colocan los cadáveres al borde del terraplén, donde a la mañana siguiente los encontrará el enterrador, con la cabeza reventada y la nuca posada sobre una repugnante almohada de sangre negra coaguladaDigo enterrador porque se han preocupado de hacer lo que había que hacer no lejos de un cementerio. El alcalde escribirá en su registros: «Fulano, Mengano, Zutano, muertos de congestión cerebral»

La primera etapa de la depuración duro cuatro meses. Durante esos cuatro meses, el extranjero, primer responsable de esas carnicerías, siempre ocupó un lugar de honor en todos los oficios religiosos. Solía llevar de asistente a un capellán local, con pantalones y botas, cruz blanca en el pecho y pistolas al cinto (A este cura lo fusilaron luego los militares.) Nadie habría osado poner en duda los poderes discrecionales del general italiano. Sé de un pobre religioso que le suplicó humildemente el perdón para tres jóvenes presas de origen mexicano, a las que consideraba inocentes después de haberlas confesado. «Está bien  -contestó el conde, que se iba a la cama- Lo consultaré con la almohada» A la mañana siguiente mandó a sus hombres para que las mataran.

Así hasta diciembre, las cañadas de la isla, en las cercanías de los cementerios, recibieron regularmente su fúnebre cosecha de mal pensantes. Obreros, campesinos, pero también burgueses, farmacéuticos, notarios. Cuando le pedí a un amigo médico la placa que poco antes me había sacado uno de sus colegas radiólogos –el único radiólogo de Palma-, me contestó sonriendo: «No sé si la encontraremos… Al pobre X… se lo llevaron de paseo el otro día». Estos hechos son de dominio público.

Cuando ya casi había terminado la depuración casa por casa, hubo que pensar en las cárceles. Estaban llenas, imaginaos. Llenos también los campos de concentración. Llenos los barcos desarmados, los siniestros pontones vigilados día y noche, sobre lo que, por exceso de precaución, al caer la noche, pasaba una y otra vez el lúgubre pincel de un foco que yo veía, ay, desde mi cama. Entonces empezó la segunda fase, la depuración de las cárceles.

Porque muchos de esos sospechosos, hombres y mujeres, se libraban de la ley marcial a falta del más mínimo delito material al que pudiera agarrarse un tribunal militar. Entonces empezaron a sacarlos en grupos, según su lugar de origen. A mitad de camino la carga se vaciaba en una fosa. Lo sé… No me dejáis seguir. ¿Cuántos muertos? ¿Cincuenta? ¿Cien? ¿Quinientos? La cifra que voy a daros me la proporcionó uno de los jefes de la represión palmesana. El cálculo popular es muy distinto. Pero no importa. A primeros de marzo de 1937, al cabo de siete meses de guerra civil, estos asesinatos ascendían a tres mil. Siete meses son doscientos diez días, es decir, un promedio de quince ejecuciones diarias. Me permito recordar que la islita se puede recorrer fácilmente en un par de horas, de punta a punta. Un automovilista curioso, a costa de un poco de fatiga, habría podido ganar fácilmente la apuesta de ver cómo reventaban quince cabezas mal pensantes diarios. El reverendísimo obispo de Palma no ignora estas cifras.

ObispoMiralles

El obispo de Palma se llamaba Josep Miralles, aquí le vemos

fotografiado junto a militares golpistas.

         Pero la decepción, la tristeza, la piedad y la vergüenza unen mucho más que la rebelión o el odio. Te despiertas por la mañana agobiado, sales de casa y en la calle, en la mesa del café, a la entrada de la iglesa, tropiezas con alguien a quien hasta entonces habías supuesto en el bando de los asesinos, y que te dice con lágrimas en los ojos: «¡Basta, no puedo más! ¡Miren lo que acaban de hacer!». Pienso en aquel alcalde de una pequeña ciudad a quien su mujer había preparado un escondite en la cisterna. El infeliz, a cada alerta, se acurrucaba en una especie de nicho, a unos centímetros del agua reposada. Le sacaron de allí en pleno diciembre, tiritando de fiebre. Le llevaron al cementerio y le metieron una bala en el vientre. Y como no se daba prisa en morir, los verdugos, que estaban echando un trago cerca de allí, volvieron con una botella de aguardiente, un poco achispado. Introdujeron el gollete en la boca del agonizante y luego le rompieron en la cara la botella vacía. Repito que estos hechos son de dominio público. No temo un desmentido. ¡Ah, la atmósfera del Terror no es como imagináis! La primera impresión es de un tremendo error que lo confundo todo, que mezcla inextricablemente el bien y el mal, a los culpables y los inocentes, el entusiasmo y la crueldad. ¿Lo habré visto bien?... ¿Lo habré entendido bien?... Os dicen que eso va a acabar, que ya ha acabado. Respiráis aliviados. Respiráis hasta la siguiente matanza, que os pilla desprevenidos. El tiempo pasa… pasa… ¿Y luego qué? ¿Qué queréis que os diga? Curas, soldados, esa bandera roja y oro –ni oro para comprarla, ni sangre para venderla…- Cuando has nacido para amar algo, es duro contemplar cómo se envilece.

Ningún francés que haya pasado más de seis meses allende los Pirineos puede desconocer el odio secular que las derechas españolas, en especial del ejército y el clero, a nuestro país. Este odio se ha puesto de manifiesto muchas veces durante la guerra. «Solo la chusma y yo amamos a Francia», decía Alfonso XIII.

Un censo de fieles.

Un siniestro sacerdote: «En la última junta general de los párrocos, presidida por Monseñor, tuvimos la prueba de que el año pasado tan solo el 14% de los mallorquines cumplían el deber pascual. Una situación tan grave justifica medidas excepcionales»

A cada persona en edad de cumplir con su deber pascual se le dio un formulario donde tenía que identificarse. Y en el reverso ponía:

Se recomienda cumplir con el deber pascual en su parroquia. Quien lo haya cumplido en otra iglesia deberá entregar el justificante a su rector.

Un cupón, fácil de separar gracias a un trepado, llevaba esta indicación:

   Para la buena administración, es obligatorio separa este cupón y entregárselo al párroco debidamente cumplimentado. También se puede depositar destinada a tal efecto.

¿Es preciso añadir que los confesionarios dejaron de estar vacíos? Fue tal la afluencia de penitentes sin experiencia que el párroco del Terreno se vio en la necesidad de repartir otra hoja explicando cuál era el formalismo para la confesión. La hoja llevaba una posdata:

N.B. No olvides colocar tu billete del cumplimiento en el cajón del cancel para poder formar el censo.

… una medida que no hizo más que multiplicar los sacrilegios. Dios conoce los nombres de aquellos irreductibles, no muchos, que, creyéndose seguramente sus enemigos, aún conservaban en sus venas, sin saberlo, la suficiente sangre cristiana como para sentir la afrenta a su conciencia y negarse a estas imposiciones insolente. ¡Ojalá vuelvan a encontrar a Cristo! ¡Ojalá, llegado el día, puedan juzgar a sus jueces!

  

 

SEGUNDA PARTE. 

CAPITULO I   -   Sobre la Cruzadas y la “Cruzada” 

La tragedia española es un pudridero. Todos los errores por los que Europa se está muriendo y que trata de vomitar con horribles convulsiones han ido a pudrirse allí. Me apena llamar pudridero o cloaca a una vieja tierra no ya cargada de historia, sino abrumada por ella, donde unos hombres vivos sufren, lucha y mueren.

 

CAPITULO II    -   Diálogo con sus Eminencias

        Pedimos para nuestros hijos un general que no sea el general Mal Menor.

        Anarquistas, comunistas, socialistas, radicales, parlamentarios de Indalecio Prieto a Gil Robles: valiente revoltijo forman los rojos españoles. Pero en esto los blancos no se quedan atrás. ¿Quién va a creer que el multimillonario Juan March, enriquecido, como toda España sabe, gracias al fraude y la extorsión, encarcelado por la monarquía y hoygran tesorero del Movimiento,tiene los mismos fines políticos y sociales que el jefe de la Falange quién prometió públicamente en 1936 llevarle al paredón? ¿Qué dientes pueden tener en común los campesinos de Fal Conde con esos aristócratas híbridos de judía, que deben a su noble origen las formas más exquisitas de la lepra o la epilepsia, y cuyo absurdo egoísmo causó la perdición de la monarquía?

 

CAPITULO III   Discurso de un agnóstico en un púlpito

        El mundo será juzgado por los niños. El espíritu de la infancia juzgará el mundo.

        Anfibologías.

         Discurso de un agnóstico de mediana inteligencia si, por alguna extraña razón, uno de estos charlatanes insoportables le cediera su puesto en el púlpito el día del año consagrado a santa Teresa de Lisieux

 


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