FRAGMENTOS DE LIBROS.  LOS PERROS DE TESALÓNICA  (1996/1999)       

LosPerrosDeTesalónica

      Hundene i Tessaloniki

 

     Kjell Askildsen      (Noruega) 

       Editorial  : LENGUA DE TRAPO.  -Otras lenguas- www.lenguadetrapo.com

      Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo  (con la ayuda de NORLA (Norwegian Literature Abroad))

 Fragmentos de libros

(Salvo la de Askildsen joven, la de la edición noruega y la de la propaganda del hotel Norge, el resto de imágenes están realizadas por lukaxi, colaborador de fragmentos de libros)

(Bajo este título, la editorial Lengua de Trapo, ha reunido siete excelentes relatos breves; ofrecemos completos dos de los más reconocidos)

 

Los perros de Tesalónica  

 

TOMAMOS EL CAFÉ de la mañana en el jardín. Apenas hablamos. Beate se levantó y colocó las tazas en la bandeja. Será mejor subir los sillones a la terraza, dijo. ¿Por qué?, pregunté yo. Seguro que va a llover, contestó. ¿Llover?, dije, no hay ni una nube en el cielo. Hace bochorno, ¿no te parece? No, contesté. Tal vez me equivoque, repuso ella. Subió a la terraza y entró en el salón. Yo seguí sentado un cuarto de hora más, luego me subí un sillón a la terraza. Permanecí unos instantes contemplando el bosque al otro lado de la valla, pero no había nada que ver. A través de la puerta abierta de la terraza oí canturrear a Beate. Seguro que ha oído el parte meteorológico, pensé. Volví a bajar al jardín y me acerqué a la parte delantera de la casa, al buzón junto a la puerta negra de hierro forjado. Estaba vacío. Cerré la puerta, que por alguna razón se había quedado abierta; entonces vi que alguien había vomitado justo al lado. Me sentí indignado. Coloqué la manguera en el grifo de la pared, lo abrí a tope y luego arrastré la manguera hasta la puerta. El chorro no dio del todo en el blanco, y una parte del vómito salió disparada hacia el jardín, el resto se dispersó por el asfalto. No había cerca ningún sumidero, de modo que sólo conseguí alejar la sustancia amarillenta unos cuatro o cinco metros de la puerta. Pero fue un alivio conseguir apartar un poco aquella porquería.

TrapoSueloDespués de cerrar el grifo y enrollar la manguera, ya no supe qué hacer. Subí a la terraza a sentarme. Al cabo de unos minutos oí a Beate canturrear de nuevo; sonaba como si estuviera pensando en algo en lo que le gustaba pensar, supongo que creía que no la oía. Tosí, y se hizo el silencio. Ella salió y dijo: ¿Estás aquí? Se había maquillado. ¿Vas a salir?, pregunté. No, contestó. Me volví hacia el jardín y dije: Algún idiota ha vomitado justo delante de la puerta. ¿Ah sí?, dijo ella. Qué asco, exclamé yo. Ella no contestó. Me levanté. ¿Tienes un cigarrillo?, preguntó. Le di uno, y también fuego. Gracias, dijo. Bajé de la terraza y me senté junto a la mesa del jardín. Beate se quedó en la terraza fumando. Tiró el cigarrillo a medio fumar a la gravilla delante de la escalera. ¿Por qué haces eso?, pregunté. Se acabará consumiendo, contestó. Se metió en el salón. Me quedé mirando fijamente el fino hilo de humo que subía del cigarrillo, quería verlo consumirse del todo. Un momento después me levanté, presa de una sensación de desamparo. Bajé hasta la valla, crucé la estrecha franja de césped y me adentré en el bosque. Enseguida me senté en un tocón, casi oculto tras unos matorrales. Beate salió a la terraza. Miró hacia donde estaba sentado y me llamó. No puede verme, pensé. Ella volvió a bajar al jardín y dio la vuelta a la casa. Subió de nuevo a la terraza. Volvió a mirar hacia donde yo estaba. Es imposible que me vea, pensé. Ella se dio vuelta y se metió en el salón. Yo me levanté y continué adentrándome en el bosque.

Cuando estábamos sentados a la mesa, Beate dijo: Ahí está de nuevo. ¿Quién?, pregunté. El hombre, contestó, ahí, en la orilla del bosque, junto al gran... No, ha vuelto a desaparecer. Me levanté y me acerqué a la ventana. ¿Dónde?, pregunté. Junto al pino grande, contestó. ¿Estás segura de que era el mismo hombre?, pregunté. Creo que sí, respondió. Ahí ya no hay nadie, dije. Desapareció, repuso ella. Volví a la mesa y dije: A esa distancia no puedes haber visto si se trataba del mismo hombre. Beate no contestó enseguida, luego señaló: A ti sí te habría reconocido. Eso es diferente, dije. A mí me conoces. Comimos en silencio. Luego ella preguntó: Por cierto, ¿por qué no contestaste cuando te llamé? ¿Me llamaste?, pregunté yo. Te vi, contestó ella. ¿Por qué diste la vuelta a la casa?, pregunté. Para que no pensaras que te había visto, respondió. Pensé que no me habías visto, repuse. ¿Por qué no me contestaste?, volvió a preguntar. ¿Para qué iba a contestarte si pensaba que no me habías visto?, pregunté yo. Podría haber estado en otro lugar. Si no me hubieras visto, o si no hubieras hecho como si no me vieses, no habría habido ningún problema. Cariño, dijo ella, no hay ningún problema.

RostroPiedraNo dijimos nada más en un rato. Beate no paraba de volver la cabeza hacia la ventana. Dije: Al final no ha llovido. No, repuso ella, la lluvia se hace rogar. Dejé los cubiertos en la mesa, me recliné en la silla y dije: ¿Sabes? A veces me irritas. ¿Ah sí?, contestó ella. Nunca admites que te has equivocado, señalé. Sí que lo hago, respondió ella. Me equivoco a menudo. Todo el mundo se equivoca. Absolutamente todos. Me limité a mirarla, y noté que ella se daba cuenta de que se había pasado. Se levantó, cogió la salsera y la fuente vacía de verduras y se metió en la cocina. No volvió a salir. Yo también me levanté, me puse la chaqueta y me quedé un momento escuchando, pero reinaba un silencio total. Bajé al jardín, di la vuelta a la casa y salí a la calle. Me dirigí hacia el este, alejándome de la ciudad. Notaba que estaba alterado. Los jardines de los chalés de ambos lados de la calle estaban vacíos, y no se oían más ruidos que el regular murmullo de la autovía. Dejé atrás las casas y me adentré en la gran explanada que va hasta el fiordo.

Llegué al fiordo, a un pequeño café al aire libre, y me senté junto a una mesa a la orilla del agua. Pedí una cerveza y encendí un cigarrillo. Tenía calor, pero no me quité la chaqueta, pues suponía que la camisa tendría manchas de sudor en las axilas. Todos los demás clientes estaban a mis espaldas; delante de mí se extendía el fiordo y las lejanas colinas cubiertas de árboles. El murmullo de las voces y el suave gorgoteo del agua entre las piedras de la playa me sumió en un estado de ausencia adormecida. Mis pensamientos seguían caminos aparentemente carentes de lógica, y no eran desagradables, al contrario, sentía un inusual bienestar, y por eso resultó aún más incomprensible que de repente y sin ninguna transición perceptible me invadiera una sensación de angustioso abandono. SombraCuadradaHabía algo absoluto, tanto en la angustia como en el abandono, algo que de alguna manera ponía el tiempo en suspenso. En realidad, no creo que pasaran más de unos cuantos segundos hasta que los sentidos se me corrigieron y me devolvieron al allí y al entonces.

Volví a casa por el mismo camino por el que había llegado, atravesando la gran explanada. El sol se estaba acercando a las montañas del oeste; sobre la ciudad se había posado una capa de neblina, y el aire ni se movía. Noté dentro de mí una especie de desgana por volver a casa, y de repente pensé, y fue un pensamiento nítido y claro: Ojalá estuviera muerta.

Pero seguí. Atravesé la puerta y me dirigí a la parte posterior de la casa. Beate se había sentado junto a la mesa del jardín; justo enfrente de ella estaba su hermano mayor. Me acerqué a ellos, me sentía muy tranquilo. Intercambiamos algunas palabras rutinarias. Beate no me preguntó dónde había estado, y ninguno de los dos me invitó a acompañarlos en la charla, algo que, de todos modos, habría rechazado con cualquier pretexto.

Subí al dormitorio, colgué la chaqueta y me quité la camisa. El lado de la cama de Beate estaba sin hacer. En la mesa de noche había un cenicero con dos colillas, y junto al cenicero, un libro abierto. Cerré el libro; me llevé el cenicero al baño, eché las colillas al váter y tiré de la cadena. Luego me desnudé y abrí el grifo de la ducha, pero el agua no terminaba de salir caliente y la ducha fue diferente y mucho más corta que lo que me había imaginado.

Mientras me vestía delante de la ventana abierta del dormitorio, oí cómo Beate se reía. Acabé rápidamente y bajé al sótano; por el ventanuco podía observarla sin ser visto. Estaba reclinada en el sillón, con el vestido muy levantado sobre los muslos separados, y las manos detrás de la nuca, lo que hacía que se tensara la fina tela sobre sus pechos. Había en su postura una indecencia que me excitaba, y esa excitación se veía reforzada por el hecho de que se mostrara así ante los ojos de un hombre, aunque fuera su hermano.

TedioPermanecí un rato contemplándola; no nos separaban más que siete u ocho metros, pero con las plantas de los macizos delante del ventanuco del sótano estaba seguro de que ella no podía verme. Intenté adivinar lo que estaban diciendo, pero hablaban demasiado bajo, sorprendentemente bajo en mi opinión. Entonces ella se levantó, y yo subí rápidamente la escalera del sótano y me metí en la cocina. Abrí el grifo del agua fría y cogí un vaso, pero ella no llegaba, así que volví a cerrar el grifo y dejé el vaso en su sitio.

Cuando me hube calmado, fui al salón y me senté a hojear una revista de tecnología. El sol se había puesto, pero aún no hacía falta encender la luz. Pasaba las páginas hacia delante y hacia atrás. La puerta de la terraza estaba abierta. Encendí un cigarrillo y oí un avión en la lejanía, por lo demás, todo estaba en silencio. Volví a ponerme nervioso y salí al jardín. No había nadie. La puerta de la valla estaba abierta. Me acerqué a cerrarla. Pensé: Seguro que está entre los arbustos observándome. Volví a la mesa del jardín, coloqué el sillón de espaldas al bosque, y me senté. Me convencí a mí mismo de que si alguien hubiera estado mirándome desde el sótano, yo no lo habría descubierto. Me fumé dos cigarrillos. Empezaba a anochecer, pero el aire inmóvil era templado, casi cálido. Sobre la colina al este se posó un pálido gajo de luna, eran algo más de las diez. Me fumé otro cigarrillo. De repente, oí un débil crujido procedente de la puerta de la valla, pero no me volví. Ella se sentó y dejó un ramillete de flores silvestres en la mesa del jardín. Qué noche tan deliciosa, dijo. Asentí. ¿Tienes un cigarrillo?, preguntó. Le di uno y también fuego. Luego dijo con esa voz de impaciencia infantil a la que tanto me ha costado siempre resistirme: Voy por una botella de vino, ¿te parece? Y antes de que me diera tiempo a decidir lo que iba a responder, ella se levantó, cogió las flores y se apresuró por el césped hacia la escalera. Pensé: Ahora hará como si nada hubiera pasado. Luego pensé: En realidad, no ha pasado nada. Nada que ella sepa. Y cuando volvió con el vino, dos copas y además un mantel de cuadros azules y blancos, me había serenado casi del todo. Ella había encendido la luz de la terraza y yo me coloqué el sillón de espaldas al bosque. Beate llenó las copas y bebimos. Mmm, dijo ella, delicioso. El bosque se levantaba como una silueta negra contrastando con el cielo azul pálido. Qué silencioso está esto, señaló ella. Sí, contesté. Le ofrecí el paquete de tabaco, pero ella lo rechazó. Yo cogí un cigarrillo. Mira la luna creciente, dijo. Sí, asentí. Qué fina está, añadió. Sí, volví a asentir. Di unos pequeños sorbos de vino. En el sur, la luna está tumbada, dijo. No contesté. ¿Te acuerdas de aquellos perros de Tesalónica que no podían separarse tras haber copulado?, preguntó.ZaraYTortuga En Kávala, respondí. Los viejos sentados en la terraza del café gritaban, prosiguió, y los perros aullaban intentando librarse el uno del otro. Y cuando salimos de la ciudad vimos una luna creciente y fina tumbada de espaldas, y tú y yo nos deseamos, ¿lo recuerdas? Sí, contesté. Beate volvió a llenar las copas. Permanecimos callados un rato, un buen rato. Sus palabras me habían inquietado, y el silencio que las siguió no hizo sino incrementar mi inquietud. Intenté pensar en algo que decir, algo rutinario que pudiera desviar la conversación. Beate se levantó. Dio la vuelta a la mesa y se detuvo detrás de mí. Me asusté y pensé: Ahora va a hacerme algo. Y al sentir sus manos en el cuello me estremecí, y eché la cabeza y el torso hacia delante. Al instante entendí lo que había hecho y dije, sin volverme: Me has asustado. Ella no contestó. Me recliné en el sillón. La oí respirar. Se marchó.

Al final me levanté y entré en la casa. Ya era completamente de noche. Me había acabado el vino y pensado en lo que iba a decir; me había tomado mi tiempo. Me llevé las copas y la botella vacía, pero, tras pensarlo, dejé el mantel de cuadros en la mesa. El salón estaba vacío. Fui a la cocina y dejé la botella y las copas en el fregadero. Eran algo más de las once. Cerré con llave la puerta de la terraza y apagué las luces. Luego subí al dormitorio. La lámpara de mi mesita estaba encendida. Beate estaba acostada con la cara vuelta hacia el otro lado; dormía, o fingía que dormía. Mi edredón estaba echado hacia atrás y sobre la sábana estaba el bastón que usé después del accidente el año que nos casamos. Lo cogí con la intención de meterlo debajo de la cama, pero cambié de idea. Permanecí con él en la mano mientras miraba fijamente el arco de la cadera debajo del fino edredón de verano; me sobrecogió un repentino deseo. Salí rápidamente de la habitación y bajé al salón. Me había llevado el bastón, y, sin saber muy bien por qué, lo partí en dos contra mi muslo. El golpe me dolió y me serené. Entré en el despacho y encendí la lámpara que había sobre el tablero de dibujo. Volví a apagarla y me tumbé en el diván, me tapé con la manta y cerré los ojos. Veía claramente a Beate. Volví a abrir los ojos, y sin embargo seguía viéndola.

Me desperté varias veces en el transcurso de la noche, y me levanté temprano. Entré en el salón con el fin de quitar de allí el bastón; no quería que Beate viera que lo había roto. Ella estaba sentada en el sofá. Me miró. Buenos días, saludó. Le devolví el saludo con un movimiento de cabeza. Ella seguía mirándome. ¿Estamos enfadados?, preguntó. No, contesté. Su mirada seguía clavada en mí, era incapaz de interpretarla. Me senté con el fin de alejarme de esa mirada. Me entendiste mal, dije. No te había visto levantarte, estaba ensimismado en mis pensamientos, y de repente sentí unas manos en el cuello, entiendo que te..., pero no sabía que estuvieras ahí. Ella no dijo nada. La miré, encontrándome con la misma mirada inescrutable. Tienes que creerme, dije. Ella apartó la mirada. Sí, supongo que debo creerte.

 

AmorProhibido

 

La excursión de Martín Hansen  

ESTABA A PUNTO de entrar en casa, era un viernes de principios de agosto, por la tarde; de pronto me sentía cansado, como si llevara un peso muy grande, aunque no había hecho más que atar unos frambuesos. Cuando alcancé la escalera, me senté en el primer peldaño y pensé: De todos modos, no hay nadie en casa. Un instante después oí voces procedentes del salón, y antes de que me diera tiempo de levantarme, dijo Mona, mi hija: ¿Estás ahí? Me levanté, y contesté: Creí que no había nadie en casa. Acabamos de llegar, dijo. ¿Quiénes?, pregunté. Yo y Vera, contestó. Vera y yo, corregí. Vera y yo, repitió. Empecé a subir la escalera. ¿Dónde está mamá?, preguntó. Ha ido a ver al abuelo, contesté. Pasé por delante de ella y entré en el salón, pensé: O dondequiera que esté. Mona dijo: ¿Podemos sentarnos Vera y yo en el jardín? Claro que sí, contesté. Preguntó si podían tomarse una Coca-Cola. ¿Dónde está Vera?, pregunté. En el baño. Le dije que se tomaran una Coca-Cola cada una. Subí al piso de arriba y entré en el dormitorio. La cama estaba hecha. Ya no me sentía cansado. Vera, pensé, ¿no es esa que siempre me mira tanto? Me acerqué a la ventana abierta y allí seguía cuando ellas cruzaron el césped hacia la mesa del jardín. Pensé: Esa chica seguro que es por lo menos un par de años mayor que Mona. Al cabo de un rato fui al despacho por los prismáticos. La estuve mirando con atención un buen rato. No miraba a Mona. Pensé: Estás de muy buen ver. Acto seguido me tumbé en la cama. Cerré los ojos y me imaginé que la poseía. No resultó difícil.

AskindsenJovUna media hora más tarde, sentado en el salón con una taza de café y una copa de coñac, oí cómo Eli abría la puerta de la calle con su llave. Me levanté para que no me viera sentado sin hacer nada. Cogí una enciclopedia de la estantería y la abrí al azar. Ella entró en el salón. ¿Ya estás de vuelta?, pregunté. Ay, sí, contestó, se me hace difícil marcharme cuando estoy con él, sólo me tiene a mí. No creo que le quede ya mucho. Me senté. ¿No está Mona?, preguntó. Sí, está en el jardín con una amiga. ¿Ha empeorado? Eli se acercó a la ventana. No sé si me gusta que Mona se junte tanto con esa Vera, comentó. ¿No?, pregunté. Es mucho mayor que ella, tiene casi dieciséis, debería ir con chicas de su edad. No contesté; por un instante dudé de si había recogido los prismáticos del dormitorio o no, y me sobrevino un cierto malestar. Le pregunté si quería un café, pero contestó que se había tomado al menos tres en la residencia, pero que le iría bien una copa de coñac. Mientras iba a buscársela le dije que mi hermano había llamado porque necesitaba hablar conmigo. ¿Por eso estás bebiendo?, preguntó ella. No contesté. Se sentó en el sofá. Le alcancé la copa. ¿Va a venir?, preguntó. No, claro que no, contesté, he quedado con él en el centro. Me acerqué a la ventana. Mirando a Vera y a Mona, dije: Las frambuesas ya están casi maduras. Sí, contestó. Las he atado con una cuerda, dije. ¿Las has regado?, preguntó ella. Pero si llovió hace tres días, objeté. La oí dejar la copa y levantarse. Me volví, miré el reloj, y dije: Tengo que irme ya. ¿Volverás tarde?, preguntó. No lo sé, contesté.

CalleCuencaAl llegar al centro me sentía algo perdido. No suelo salir solo, ni frecuentar los cafés. Estuve un rato dando vueltas por las calles, luego me compré un periódico y entré en el bar del hotel Norge. Estaba vacío. Pedí una cerveza y desplegué el periódico sobre la mesa. Intenté pensar en qué hubiera podido querer decirme mi hermano, pero no se me ocurría nada. Hojeé el periódico pensando: Lo único que se puede hacer es dejar que las cosas sigan su curso, sin intentar evitar nada, así de simple.

Abandoné el bar una hora más tarde; estaba ligeramente borracho y por ello despreocupado. En la prolongación de un encadenamiento de pensamientos recordé algo que solía decir mi padre cuando de chico me negaban algo y yo decía: ¡Lo quiero! Él contestaba: Tu voluntad está en el bolsillo de mi pantalón, y por primera vez me pregunté qué tenía que ver con aquello el bolsillo de su pantalón.

Mientras jugueteaba con ese problema periférico -es decir, qué tenía que ver el bolsillo del pantalón de mi padre con mi voluntad; ¿también la suya estaba en el mismo sitio?- llegué a un barrio que no suelo frecuentar, y al avistar un bar llamado Johnnie, sentí el impulso que imagino que pretendía inspirar con semejante nombre, y entré. El local constaba de una barra y tres o cuatro mesas pequeñas, y todas estaban ocupadas. Me dirigí a la barra y pedí un whisky; quería salir pronto de allí. ¿Hielo?, preguntó el camarero. Solo, contesté. Un hombre se me acercó y me dijo: Hacía tiempo que no nos veíamos. Lo miré. Pensé que tal vez lo había visto antes. Es verdad, corroboré. ¿Así que me reconoces?, preguntó. Sí, contesté. Fue una noche memorable, señaló. Sí, asentí. ¿Vives aquí?, preguntó. ¿Aquí? Sí, en esta ciudad. Ya lo sabías, dije. No, no lo sabía, objetó él. Es verdad, tal vez no te lo dijera, señalé yo. Apuré el vaso. Estoy en aquella mesa, dijo. Vente y charlamos un rato. Le dije que tenía que irme, que iba a ver a mi hermano y ya era tarde. Qué pena, dijo. En otra ocasión, contesté. Sí, dijo. Dale recuerdos a María, es así como se llama, ¿no? Pues sí, contesté. Y me marché. Me sentía completamente sobrio. Me pregunté si ese hombre llegaría alguna vez a encontrarse con el hombre con quien creía haberse encontrado.

JarraCervezaMe puse a deambular por las calles, sólo eran las nueve y media, y no tenía ganas de volver a casa. Aunque la verdad es que tampoco tenía ganas de ninguna otra cosa. Crucé el puente y fui hasta la estación de ferrocarril. Había bastante gente en el andén esperando el tren que iba hacia el sur. Por los altavoces anunciaron que el tren iba a llegar con ocho minutos de retraso. Me metí en el restaurante de la estación, pedí una cerveza en la barra y me senté en una mesa junto a la ventana. Me dio tiempo de vaciar la jarra antes de que el tren llegara. Cuando se puso en marcha de nuevo, fui al servicio. Seguramente había alguien esperando a su presa en una de las cabinas. Noté un golpe en la cabeza y luego nada, hasta que volví a despertarme, solo, en el suelo. Vomité y justo en ese momento se abrió la puerta. Intenté levantarme. Una voz gritó algo. Pensé que él creía que yo estaba borracho, y quise decir algo, pero no lo logré. No lo recuerdo todo con claridad. No hice más intentos de ponerme en pie. Al cabo de unos instantes, alguien me levantó y me ayudó a salir de los servicios y a entrar en un despacho. Me sentaron en una silla. Tenía la chaqueta manchada de vómitos. Estaba avergonzado. Me llevaron al hospital en una ambulancia. Un médico me miró los ojos y los oídos con una linterna, y me hizo una serie de preguntas a las que respondí. Se marchó. Me quedé tumbado mirando al techo, luego volvió y me preguntó que cómo me encontraba. Dije que me dolía la cabeza. No me extraña, dijo él, tiene usted una leve conmoción cerebral. Le pregunté si me dejaba llamar a casa para pedir a mi mujer que viniera a buscarme. Un momento, dijo, y volvió a desaparecer. Me incorporé. Llegó una enfermera con mi gabardina y mi camisa, en la que también había vomitado. Hemos limpiado lo más gordo, dijo ella. Gracias, dije. Hay una cabina telefónica en el pasillo, indicó. No tengo dinero, expliqué. Ah, claro, dijo ella. Se marchó. Me puse la camisa. La enfermera volvió con un teléfono inalámbrico, luego me dejó solo. Tecleé el número. Eli tardó mucho en contestar. Soy yo, dije, quería saber si podías venir a buscarme, estoy en el hospital, en urgencias, no es nada grave, pero me han robado la cartera y... ¿En urgencias?, preguntó. Sí, contesté. Ay, Martin, exclamó. No es nada grave, expliqué. Voy para allá, dijo.

Llegó a la media hora. Estaba muy tranquila, y con esa expresión dulce que a veces tiene cuando duerme. Me acarició la mejilla y dijo que había hablado con el médico. Me puse la chaqueta. Ella la miró. He vomitado, dije. Ya lo sé, contestó. Atravesamos el pasillo y la sala de espera, y llegamos hasta el coche. ¿No estabas con William?, preguntó. No, contesté, estaba solo. Ella se quedó callada. La cabeza me estallaba. He estado solo toda la tarde, expliqué. No contestó. HotelNorgeCruzamos el puente y pasamos por delante del hotel Norge. ¿No acudió a la cita?, preguntó. No era verdad que hubiese llamado, dije. Al cabo de un rato me volví y la miré; ella hizo como si no se diera cuenta. Cuando ya casi habíamos llegado a casa, dijo: ¿Estás aprovechando esta situación para contar me algo que de otra forma no habrías conseguido decirme? Sólo digo lo que hay, dije. Ya, contestó, pero ¿por qué? ¿A qué viene esta repentina sinceridad? No contesté. Ella entró por la puerta del jardín y detuvo el coche delante del garaje. Salí del vehículo y me acerqué a la puerta de la casa. Abrí con mi llave. Llené una copa de coñac y me la bebí. ¿Qué haces?, preguntó a mis espaldas. Me duele la cabeza, contesté. El médico ha dicho que no bebas alcohol, protestó ella. Será mejor que te vayas a la cama. No sabía qué hacer. Luego me di cuenta de que daba igual lo que hiciera. Sí, dije.

Llevaba un rato acostado cuando ella entró. Apagó la luz antes de desnudarse, a pesar de ver que estaba despierto, o precisamente porque vio que estaba despierto. No dijo nada hasta después de haberse acostado: Le dije a Mona que habías quedado con William. ¿No te importa decirle que William no acudió? No contesté. ¿Te importa?, insistió. No, respondí. Buenas noches, dijo. Buenas noches, dije.

Tardé en dormirme. Me venían a la mente sus palabras: ¿A qué viene esta repentina sinceridad? Y pensé: ¿Qué sabe ella de mí que yo no sé que ella sabe?

Cuando me desperté, ella ya se había levantado. Intenté volver a dormirme. Me dolía la cabeza. Eran más de las nueve. Necesitaba ir al baño, y lo hice con cuidado para que ella no se diera cuenta. No tiré de la cadena. Volví a acostarme, pero no logré dormirme. Me levanté y miré por una rendija de la cortina. Eli y Mona estaban desayunando en el jardín. Me vestí deprisa y bajé con ellas. Mona quería saberlo todo. Eli fue a prepararme una taza de té. Mona no entendía qué hacía yo en el restaurante de la estación. Se lo expliqué. Entonces fue por culpa del tío William, dijo. Bueno, que él no acudiera a la cita no era motivo para que yo me metiera en ese restaurante, dije. De todos modos, dijo. No contesté. Ella seguía preguntando. Eli llegó con el té y se sentó. ¿La ambulancia llevaba la sirena puesta?, preguntó Mona. No creo, contesté. ¿Y luces azules?, preguntó. Deja desayunar a papá, intervino Eli. No lo sé, contesté. Se hizo el silencio un rato. Luego Mona habló de algo que tenía que hacer antes de ir a la playa, y Eli le preguntó con quién se iba. Con Vera, contestó Mona, y supuse que Eli diría algo al respecto, pero no lo hizo. ¿Quién es Vera?, pregunté. Ya lo sabes, contestó Mona, la que estuvo ayer aquí. Ah, sí, dije. Eli no dijo nada. Mona se levantó y se marchó. Ahora nos toca a nosotros, pensé, pero Eli se limitó a preguntarme cómo me encontraba. Contesté que bien, excepto un poco de dolor de cabeza. Me alegro, dijo. Se levantó y se puso a recoger la mesa; sólo le cupo la mitad en la bandeja. La observé alejarse por el césped y pensé: Ni siquiera me ha preguntado cuánto dinero llevaba en la cartera. Luego me acordé de cómo me había acariciado la mejilla, y cuando volvió, quise decide algo, pero se me anticipó. Me preguntó si le había dicho a Mona que William no había acudido. Sí, contesté, y ella ha dicho que entonces él tuvo la culpa de lo que ocurrió. ¿Y qué?, preguntó ella. No, nada, contesté. Ah bueno, dijo ella, no creo que eso te preocupe mucho, porque una mentira suele llevar a otra. No es lo que crees, dije. HundeneITessaloniki¿Qué sabes tú de lo que yo creo?, dijo. Dime lo que piensas que yo creo. No contesté. Recogió el resto de las cosas de la mesa con movimientos bruscos, luego dijo: Dime, ¿fue en un momento de fortaleza o de debilidad cuando desmentiste lo de William? No contesté. Ella se fue. Pensé: Que se joda.

Al cabo de un rato me levanté, pasé por delante de los frambuesos y fui al único lugar del jardín en el que no te pueden ver desde la casa. No había encontrado respuesta a su última pregunta. Me senté en el tocón del gran abedul enfermo que habíamos talado hacía cuatro años y permanecí allí sentado, mirando hacia el seto de cipreses que daba al atajo; a través de un hueco pude ver el travesaño roto de la valla que Eli aún no había descubierto, y que yo aún no me había decidido a reparar, y de repente se me ocurrió que mis disimulos y mentiras constituían una condición para mi libertad, y que mi confesión en el coche había expresado una indiferencia condicionada por la situación que nada tenía que ver con la sinceridad.

Me levanté, ligeramente eufórico por esta precisión, y volví a la mesa del jardín. La puerta de la terraza estaba abierta. Pensaba decirle que lamentaba haber dicho que no era verdad que tuviera una cita con William. En ese momento Eli salió a la terraza. Voy a ver a mi padre, gritó, y volvió a meterse.

Me quedé sentado hasta estar seguro de que ella se había marchado. Entonces entré en la casa, cerré la puerta de la terraza con llave y subí al dormitorio. Me quité las sandalias y me acosté. Pensé en que ella había dicho: Ay, Martin, y me había acariciado la mejilla. Al cabo de un rato me invadió una ligera somnolencia llena de imágenes: paisajes cambiantes que no había visto nunca y en los que no había nada alarmante, pero que sin embargo me llenaron de tal inquietud que tuve que levantarme y ponerme a dar vueltas por la habitación. Eso me ayudó. Siempre me ha ayudado. Pero no volví a acostarme.

Al poco de volver Eli -no nos habíamos dicho nada, ella estaba junto al banco de la cocina mirando por la ventana- me acerqué a ella, la toqué levemente y dije que sentía haberle dicho que había quedado con William. Bueno, bueno, dijo ella. Retiré la mano. No tenía que ver contigo, dije. Bueno, Martin, contestó Eli. No sabía qué más podía decir, pero no me marché. Se volvió y me miró. Nuestras miradas se cruzaron. Fui incapaz de ver lo que había en su mirada. Supongo que esto no cambia nada, dijo ella. No, pensé. A que no, dijo. No, contesté. 

 

 

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