UN BUEN LIBRO PARA LEER: VIAJE AL FIN DE LA NOCHE  (1932)

ViajeAlFinDeLaNoche          (Voyage au bout de la nuit)

     Louis-Ferdinand Céline  (Francia)  

    Editorial:    edhasa 

    Traducción: Carlos Manzano

            

                          IconoFraLib   ...Algo decimos de Viaje al fin de la noche         

 

Fragmentos de libros:

 

… Pero a partir de octubre se acabaron para siempre esas treguas momentáneas, la granizada se volvió mas copiosa, más densa, más trufada, más rellena de obuses y balas. Pronto íbamos a estar en plena tormenta y lo que procurábamos no ver estaría entonces justo delante de nosotros y ya no se podría ver otra cosa: nuestra muerte.

La noche, que tanto habíamos temido en los primeros momentos, se volvía en comparación bastante suave. Acabamos esperándola, deseándola. De noche nos disparaban con menos facilidad que de día. Y ya solo contaba esa diferencia.

Resultaba difícil llegar a lo esencial, aun en relación con la guerra, la fantasía resiste mucho tiempo.

Los gatos demasiado amenazados por el fuego acaban por fuerza yendo a arrojarse al agua.

DibujoGuerra...  El brigada de avituallamientos, guardián de los odios de la tropa, dueño del mundo de momento. Quien habla del porvenir es un tunante, lo que cuanta es el presente. Invocar la posteridad es hacer un discurso a los gusanos. En la noche de la aldea en guerra, el brigada guardaba a los animales humanos para las grandes matanzas que acababan de empezar. ¡Es el rey el brigada! ¡El Rey de la Muerte! ¡Brigada Cretelle! ¡Exacto! No hay nadie más poderoso, tan poderoso como él, solo un brigada de los otros, los de enfrente.

No quedaban con vida en el pueblo sino gatos aterrados. El mobiliario hecho astillas primero, pasaba a hacer fuero para el rancho, sillas, butacas, aparadores, del más ligero al más pesado. Y todo lo que se podía cargar a la espalda se lo llevaban, mis compañeros. Peines, lamparitas, tazas, cositas fútiles y hasta coronas de novia, todo valía. Como si aún tuviéramos por delante muchos años de vida. Robaban para distraerse, para hacer ver que aún tenían para rato. Deseos de eternidad.

El cañón para ellos no era sino ruido. Por eso pueden durar las guerras. Ni siquiera quienes las hacen, quienes están haciéndolas, las imaginan. Con una bala en el vientre, habrían seguido recogiendo sandalias viejas por la carretera, que aún «podían servir» Así el cordero, rendido en el prado, agoniza y pace aún. La mayoría de la gente no muere hasta el último momento; otros empiezan veinte años antes y a veces más. Son los desgraciados de la tierra...

...

... Para ese reconocimiento, se me permitió escoger un caballo de entre los menos purulentos del pelotón. Hacía mucho que no había estado solo. De pronto me pareció que me marchaba de viaje. Pero la liberación era ficticia.

En cuanto me puse en camino, por la fatiga, me costó trabajo, pese a mis esfuerzos, imaginar mi propia muerte, con suficiente precisión y detalle. Avanzaba de árbol en árbol, haciendo ruido con mi chatarra. Ya solo mi bello sable valía, por el plomo, un piano. Tal vez fuera yo digno de lástima, pero, en todo caso, eso seguro, estaba grotesco.

¿En qué estaba pensando el general Des Entrayes para enviarme así, con aquel silencio, completamente cubierto de timbales. En mi, no, desde luego.

Los aztecas destripaban por lo común, según cuentan, en sus templos del sol, a ochenta mil creyentes por semana, como sacrificio al Dios de las nubes para que les enviara lluvia. Son cosas que cuesta creer antes de ir a la guerra. Pero, una vez en ella, todo se explica, tanto los aztecas como su desprecio por los cuerpos ajenos; el mismo que debía de sentir por mis humildes tripas nuestro general Céladon des Entrayes, ya citado, que había llegado a ser, por los ascensos, como un dios concreto, él también, como un pequeño sol atrozmente exigente.

 

… En cuanto dejaba de besarla, ella volvía a la carga sobre los asuntos de la guerra o los buñuelos y yo no la inte­rrumpía. Francia entraba en nuestras conversaciones. Para Lola, Francia seguía siendo una especie de entidad caballeresca, de contornos poco definidos en el espacio y el tiempo, pero en aquel momento herida grave y, por eso mismo, muy excitante. Yo, cuando me hablaban de Fran­cia, pensaba, sin poderlo resistir, en mis tripas, conque, por fuerza, era mucho más reservado en lo relativo al en­tusiasmo. Cada cual con su terror. No obstante, como era complaciente con el sexo, la escuchaba sin contrade­cirla nunca. Pero, tocante al alma, no la contentaba en absoluto. Muy vibrante, muy radiante le habría gustado que fuera y, por mi parte, yo no veía por qué había de en­contrarme en ese estado, sublime; al contrario, veía mil razones, todas irrefutables, para conservar el humor exactamente contrario.

Al fin y al cabo, Lola no hacía otra cosa que divagar sobre la felicidad y el optimismo, como todas las perso­nas pertenecientes a la raza de los escogidos, la de los pri­vilegios, la salud, la seguridad, y que tienen toda la vida por delante.

LaPatrieMe fastidiaba, machacona, a propósito de las cosas del alma, siempre las tenía en los labios. El alma es la vanidad y el placer del cuerpo, mientras goza de buena salud, pero es también el deseo de salir de él, en cuanto se pone enfermo o las cosas salen mal. De las dos posturas, adop­tas la que te resulta más agradable en el momento, ¡y se acabó! Mientras puedes elegir, perfecto. Pero yo ya no podía elegir…

Nos encontrábamos la mayoría de las veces en un ca­fé cercano. Los heridos, cada vez más numerosos, iban renqueando por las calles, con frecuencia desaliñados. En su favor se organizaban colectas, «Jornadas» para és­tos, para los otros, y sobre todo para los organizado­res de las «Jornadas». Mentir, follar, morir. Acababa de prohibirse emprender cualquier otra cosa. Se mentía con ganas, más allá de lo imaginable, mucho más allá del ridículo y del absurdo, en los periódicos, en los car­teles, a pie, a caballo, en coche. Todo el mundo se había puesto manos a la obra. A ver quién decía mentiras más inauditas. Pronto ya no quedó verdad alguna en la ciudad.

La poca que existía en 1914 ahora daba vergüenza. Todo lo que tocabas estaba falsificado, el azúcar, los avio­nes, las sandalias, las mermeladas, las fotos; todo lo que se leía, tragaba, chupaba, admiraba, proclamaba, refutaba, defendía, no eran sino fantasmas odiosos, falsificaciones y mascaradas. Hasta los traidores eran falsos. El delirio de mentir y creer se contagia como la sarna. La pequeña Lola sólo sabía algunas frases de francés, pero eran pa­trióticas: «On les aura!...» «Madelon, viens!...» Era como para echarse a llorar.

Se inclinaba así sobre nuestra muerte con obstinación, impudor, como todas las mujeres, por lo demás, en cuan­to llega la moda de ser valientes para los demás…

...

 … Pasaban días y días padeciendo así y des­pués una noche se abandonaban al vacío e iban a confesar su caso con pelos y señales al médico jefe. A ésos no los volvíamos a ver, nunca. Yo tampoco estaba tranquilo. Pero, cuando eres débil, lo que da fuerza es despojar a los hombres que más temes del menor prestigio que aún es­tés dispuesto a atribuirles. Hay que aprender a conside­rarlos tales como son, peores de lo que son, es decir, des­de cualquier punto de vista. Eso te despeja, te libera y te defiende más allá de lo imaginable. Eso te da otro yo. Va­les por dos.

Sus acciones, en adelante, dejan de inspirarte ese as­queroso atractivo místico que te debilita y te hace perder tiempo y entonces su comedia ya no te resulta más agra­dable ni más útil en absoluto para tu progreso íntimo que la del cochino más vil.

Junto a mí, vecino de cama, dormía un cabo, también alistado voluntario…

…  

... en espera del consejo de guerra. Sin embargo, como su familia ha­cía todo lo posible para probar que los obuses lo habían aturdido, desmoralizado, la instrucción difería el juicio de un mes para otro. No me hablaba demasiado. Pasaba horas peinándose la barba, pero, cuando me hablaba, era casi siempre de lo mismo: el medio que había descubierto para no hacer más hijos a su mujer. ¿Estaba loco de ver­dad? Cuando llega el momento del mundo al revés y preguntar por qué te asesinan es estar loco, resulta evi­dente que no hace falta gran cosa para que te tomen por loco. Hace falta que cuele, claro está, pero, cuando de lo que se trata es de evitar el gran descuartizamiento, al­gunos cerebros hacen esfuerzos de imaginación magní­ficos.

Todo lo interesante ocurre en la sombra, no cabe duda. No se sabe nada de la historia auténtica de los hombres.

Princhard se llamaba, aquel profesor….

Todo el mundo lloraba con ganas, en el locutorio, ha­cia el atardecer sobre todo. La impotencia del mundo en la guerra venía a llorar allí, cuando las mujeres y los ni­ños se iban, por el pasillo iluminado con macilenta luz de gas, acabadas las visitas, arrastrando los pies. Un gran re­baño de llorones formaban, y nada más, repugnantes.

Dialogue Bardamu et Lola
Para Lola, venir a verme a aquella especie de prisión era otra aventura. Nosotros dos no llorábamos. No te­níamos de dónde sacar lágrimas, nosotros.

«¿Es verdad que te has vuelto loco, Ferdinand?», me preguntó.

«¡Sí!», confesé.

«Entonces, ¿te van a curar aquí?»

«No se puede curar el miedo, Lola

«¿Tanto miedo tienes, entonces?»

«Tanto y más, Lola, tanto miedo, verdad, que, si muero de muerte natural, más adelante, ¡sobre todo no quiero que me incineren! Me gustaría que me dejaran en la tie­rra, pudriéndome en el cementerio, tranquilo, ahí, listo para revivir tal vez... ¡Nunca se sabe! Mientras que, si me incineraran, Lola, compréndelo, todo habría terminado, para siempre... Un esqueleto, pese a todo, se parece un poco a un hombre... Está siempre más listo para revivir que unas cenizas... Con las cenizas, ¡se acabó!... ¿Qué te parece?... Conque, la guerra, verdad...»

«¡Oh! Pero entonces ¡eres un cobarde de aupa, Ferdinand! Eres repugnante como una rata...»

«Sí, de lo más cobarde, Lola, rechazo la guerra por en­tero y todo lo que entraña... Yo no la deploro... Ni me resigno... Ni lloriqueo por ella... La rechazo de plano, con todos los hombres que encierra, no quiero tener nada que ver con ellos, con ella. Aunque sean noventa y cinco millones y yo sólo uno, ellos son los que se equivo­can, Lola, y yo quien tiene razón, porque yo soy el único que sabe lo que quiere: no quiero morir nunca.»

«Pero, ¡no se puede rechazar la guerra, Ferdinand! Los únicos que rechazan la guerra son los locos y los cobar­des, cuando su patria está en peligro...»

«Entonces, ¡que vivan los locos y los cobardes! O, me­jor, ¡que sobrevivan! ¿Recuerdas, por ejemplo, un solo nombre, Lola, de uno de los soldados muertos durante la guerra de los Cien Años?... ¿Has intentado alguna vez conocer uno solo de esos nombres?... No, ¿verdad?... ¿Nunca lo has intentado? Te resultan tan anónimos, indi­ferentes y más desconocidos que el último átomo de este pisapapeles que tienes delante, que tu caca matinal... ¡Ya ves, pues, que murieron para nada, Lola! ¡Absolutamente para nada, aquellos cretinos! ¡Te lo aseguro! ¡Está de­mostrado! Lo único que cuenta es la vida. Te apuesto lo que quieras a que dentro de diez mil años esta guerra, por importante que nos parezca ahora, estará por com­pleto olvidada... Una docena apenas de eruditos se pelearán aún, por aquí y por allá, en relación con ella y con las fechas de las principales hecatombes que la ilustraron... Es lo único memorable que los hombres han conseguido en­contrar unos en relación con los otros a siglos, años e in­cluso horas de distancia... No creo en el porvenir, Lola...»

Cuando descubrió hasta qué punto fanfarroneaba de mi vergonzoso estado, dejé de parecerle digno de la me­nor lástima... Despreciable me consideró, definitivamente.

Decidió dejarme en el acto. Aquello pasaba de castaño obscuro. Cuando la acompañé hasta la puerta de nuestro hospicio aquella noche, no me besó.

 

Pero, a partir de mañana, esta situación va a cambiar, a partir de mañana yo, un ladrón, voy a ir a ocupar de nue­vo mi lugar en el ejército... Ésas son las órdenes... En las altas esferas han SanatorioMilitardecidido hacer borrón y cuenta nueva a propósito de lo que ellos llaman mi "momento de extra­vío" y eso, fíjese bien, por consideración a lo que también llaman "el honor de mi familia". ¡Qué mansedumbre! Dí­game, compañero: ¿va a ser, entonces, mi familia la que sirva de colador y criba para las balas francesas y alema­nas mezcladas?... Voy a ser yo y sólo yo, ¿no? Y cuando haya muerto, ¿será el honor de mi familia el que me haga resucitar?... Hombre, mire, me la imagino desde aquí, mi familia, pasada la guerra... Como todo pasa... Me imagino a mi familia brincando, gozosa, sobre el césped del nuevo verano, los domingos radiantes... Mientras debajo, a tres pies, el papá, yo, comido por los gusanos y mucho más infecto que un kilo de zurullos del 14 de julio, se pudrirá de lo lindo con toda su carne decepcionada... ¡Abonar los surcos del labrador anónimo es el porvenir verdadero del soldado auténtico! ¡Ah, compañero! ¡Este mundo, se lo aseguro, no es sino una inmensa empresa para cachon­dearse del mundo! Usted es joven. ¡Que estos minutos de sagacidad le valgan por años! Escúcheme bien, compa­ñero, y no deje pasar nunca más, sin calar en su importancia, ese signo capital con que resplandecen todas las hipocresías criminales de nuestra sociedad: "el enterneci­miento ante la suerte, ante la condición del miserable..." Os lo aseguro, buenas y pobres gentes, gilipollas, infeli­ces, baqueteados por la vida, desollados, siempre empa­pados en sudor, os aviso, cuando a los grandes de este mundo les da por amaros, es que van a convertiros en carne de cañón... Es la señal... Infalible. Por el afecto em­piezan. Luis XIV, conviene recordarlo, al menos se ca­chondeaba a rabiar del buen pueblo. Luis XV, igual. Se la chupaba por tiempos, el pueblo. No se vivía bien en aquella época, desde luego, los pobres nunca han vivido bien, pero no los destripaban con la terquedad y el ensa­ñamiento que vemos en nuestros tiranos de hoy. No hay otro descanso, se lo aseguro, para los humildes que el desprecio de los grandes encumbrados, que sólo pueden pensar en el pueblo por interés o por sadismo... Los fi­lósofos, ésos fueron, fíjese bien, ya que estamos, quie­nes comenzaron a contar historias al buen pueblo... ¡Él, que sólo conocía el catecismo! Se pusieron, según procla­maron, a educarlo... ¡Ah, tenían muchas verdades que revelarle! ¡Y hermosas! ¡Y no trilladas! ¡Luminosas! ¡Des­lumbrantes! "¡Eso es!", empezó a decir, el buen pueblo, "¡sí, señor! ¡Exacto! ¡Muramos todos por eso!" ¡Lo úni­co que pide siempre, el pueblo, es morir! Así es. "¡Viva Diderot!", gritaron y después "¡Bravo, Voltaire!" ¡Eso sí que son filósofos! ¡Y viva también Carnot, que organiza­ba tan bien las victorias! ¡Y viva todo el mundo! ¡Al me­nos, ésos son tíos que no le dejan palmar en la ignorancia y el fetichismo, al buen pueblo! ¡Le muestran los caminos de la libertad! ¡Lo emancipan! ¡Sin pérdida de tiempo! En primer lugar, ¡que todo el mundo sepa leer los periódi­cos! ¡Es la salvación! ¡Qué hostia! ¡Y rápido! ¡No más analfabetos! ¡Hace falta algo más! ¡Simples soldados-ciu­dadanos! ¡Que voten! ¡Que lean! ¡Y que peleen! ¡Y que desfilen! ¡Y que envíen besos! Con tal régimen, no tardó en estar bien maduro, el pueblo. Entonces, ¡el entusiasmo por verse liberado tiene que servir, verdad, para algo! Danton no era elocuente porque sí. Con unos pocos be­rridos, tan altos, que aún los oímos, ¡inmovilizó en un periquete al buen pueblo! ¡Y ésa fue la primera salida de los primeros batallones emancipados y frenéticos! ¡Los primeros gilipollas votantes y banderólicos que el Dumoriez llevó a acabar acribillados en Flandes! El, a su vez, Dumoriez, que había llegado demasiado tarde a ese juego idealista, por entero inédito, como, en resumidas cuentas, prefería la pasta, desertó. Fue nuestro último mercena­rio... El soldado gratuito, eso era algo nuevo... Tan nuevo, que Goethe, con todo lo Goethe que era, al llegar a Valmy, se quedó deslumbrado. Ante aquellas cohortes andrajosas y apasionadas que acudían a hacerse destripar espontáneamente por el rey de Prusia para la defensa de la inédita ficción Voluntariospatriótica, Goethe tuvo la sensación de que aún le quedaban muchas cosas por aprender. "¡Desde hoy -clamó, magnífico, según las costumbres de su ge­nio-, comienza una época nueva!" ¡Menudo! A conti­nuación, como el sistema era excelente, se pusieron a fa­bricar héroes en serie y que cada vez costaban menos caros, gracias al perfeccionamiento del sistema. Todo el mundo lo aprovechó. Bismarck, los dos Napoleones, Barres, lo mismo que la amazona Elsa. La religión banderólica no tardó en substituir la celeste, nube vieja y ya desinflada por la Reforma y condensada desde hacía mucho tiempo en alcancías episcopales. Antiguamente, la moda fanática era: "¡Viva Jesús! ¡A la hoguera con los he­rejes!", pero, al fin y al cabo, los herejes eran escasos y voluntarios... Mientras que, en lo sucesivo, al punto en que hemos llegado, los gritos: "¡Al paredón los salsifíes sin hebra! ¡Los limones sin jugo! ¡Los lectores inocentes! Por millones, ¡vista a la derecha!" provocan las vocacio­nes de hordas inmensas. A los hombres que no quieren ni destripar ni asesinar a nadie, a los asquerosos pacíficos, ¡que los cojan y los descuarticen! ¡Y los liquiden de trece modos distintos y perfectos!  ¡Que les arranquen, para que aprendan a vivir, las tripas del cuerpo, primero, los ojos de las órbitas y los años de su cochina vida babosa! Que los hagan reventar, por legiones y más legiones, figu­rar en cantares de ciego, sangrar, corroerse entre ácidos, ¡y todo para que la Patria sea más amada, más feliz y más dulce! Y si hay tipos inmundos que se niegan a compren­der esas cosas sublimes, que vayan a enterrarse en seguida con los demás, pero no del todo, sino en el extremo más alejado del cementerio, bajo el epitafio infamante de los cobardes sin ideal, pues esos innobles habrán perdido el magnífico derecho a un poquito de sombra del monu­mento adjudicatorio y comunal elevado a los muertos convenientes en la alameda del centro y también habrán perdido el derecho a recoger un poco del eco del minis­tro, que vendrá también este domingo a orinar en casa del prefecto y lloriquear ante las tumbas después de comer...»


Pero desde el fondo del jardín llamaron a Princhard. El médico jefe lo llamaba con urgencia por mediación de su enfermero de servicio.

«Voy», respondió Princhard y tuvo el tiempo justo para pasarme el borrador del discurso que acababa de en­sayar conmigo. Un truco de comediante.

No volví a verlo, a Princhard. Tenía el vicio de los in­telectuales, era fútil. Sabía demasiadas cosas, aquel mu­chacho, y esas cosas lo trastornaban. Necesitaba la tira de trucos para excitarse, para decidirse.

Ha llovido mucho desde la tarde en que se marchó, ahora que lo pienso…

...

Te quedas como vacilando un instante ante él y después acabas aceptándolo, tal y como se ha transformado, el rostro, con esa inarmonía en aumento, innoble, de toda la cara. No queda Princhardmás remedio que asentir, a esa cuidadosa y lenta caricatura esculpida por dos años. Aceptar el tiempo, cuadro de nosotros. Entonces podemos decir que nos hemos reconocido del todo (como un billete extranjero, que a primera vista no nos atrevemos a aceptar), que no nos hemos equivocado de camino, que hemos seguido la ruta correcta, sin concertarnos, la ruta indefectible durante dos años más, la ruta de la podredumbre. Y se acabó.

Musyne, cuando me encontraba así, por casualidad, parecía, de tanto como la asustaba mi cabezón querer huirme a toda costa, evitarme, apartarse, cualquier cosa… Sentía en mí el hedor de todo un pasado, pero a mí, que sé su edad, desde hace demasiados años, ya puede hacer lo que quiera, que no puede evitarme en modo alguno. Ella, tan delicada, se cree obligada a hacerme preguntas meningíticas, imbéciles, como las que haría una criada sorprendida con las manos en la masa. Las mujeres tienen naturaleza de criadas. Pero tal vez solo imagine ella esa repulsión en vez de sentirla; ése es el consuelo que me queda. Tal vez yo solo le sugiera que soy inmundo. Tal vez sea yo un artista en ese género. Al fin y al cabo, ¿por qué no habría de haber tanto arte posible en la fealdad como en la belleza? Es un género a cultivar, nada más.

Por mucho tiempo creí que era tonta, la pequeña Musyne, pero solo era una opinión de vanidoso rechazado. Es que, antes de la guerra, todos éramos mucho más ignorantes y fatuos que hoy. No sabíamos casi nada de las cosas del mundo en general, en fin, unos inconscientes… Los tipejos de mi estilo confundían con mayor facilidad que hoy la gimnasia con la magnesia. Por estar enamorado de Musyne, tan mona ella, pensaba que eso me iba a dotar de toda clase de facultades y, ante todo y sobre todo, del valor que me faltaba, ¡todo ello porque era tan bonita y tenía tan buen oído para la música! El amor es como el alcohol, cuanto más impotente y borracho estás, más fuerte y listo te crees y seguro de tus derechos.

...

… Desesperado y tembloroso, me había propuesto, para meter la pata hasta el final, ir lo más a menudo posible, ya lo he dicho, a esperar a mi compañera en el office. Me armaba de paciencia y esperaba, a veces hasta la mañana; tenía sueño, pero los elos me mantenían bien despierto y también el vino blanco, que las criadas me servían en abundancia. A sus señores argentinos yo los veía muy raras veces, oía sus canciones y su estruendoso español y el piano que no cesaba de sonar, pero tocado la mayoría de las veces por manos distintas de las de MusyneMusyne. Entonces, ¿Qué hacía, la muy puta, con las manos, mientras tanto?

Cuando volvíamos a encontrarnos por la mañana, ante la puerta, ella ponía mala cara. Yo era aún natural como un animal en aquella época, no quería perder a mi amada y se acabó, como un perro su hueso.

Perdemos la mayor parte de la juventud a fuerza de torpezas. Era evidente que me iba a abandonar, mi amada, del todo y pronto. Yo no había aprendido aún que existen dos humanidades muy diferentes, la de los ricos y la de los pobres. Necesité como tantos otros, veinte años y la guerra, para aprender a mantenerme dentro de mi categoría, a preguntar el precio de las cosas antes de tocarlas y, sobre todo, antes de encariñarme con ellas.

 

 

Su mujer, la Sra. Puta, era una sola cosa con la caja de la casa, de la que no se apartaba, por así decir, nunca. La habían educado para ser la esposa de un joyero. Ambición de padres. Conocía su deber, todo su deber. La pareja era feliz, al tiempo que la caja era próspera. No es que fuese fea, la Sra. Puta, no, incluso habría podo ser bastante bonita, como tantas otras, solo que era tan prudente, tan desconfiada, que se detenía la borde de la belleza, como al borde de la vida, con sus cabellos demasiado peinados, su sonrisa demasiado fácil y repentina, gestos demasiados rápidos o demasiado furtivos. Irritaba intentar distinguir  lo que de demasiado calculado había en aquel ser u las razones del malestar que experimentabas, pese a todo, al acercarte a ella. Esa repulsión instintiva que inspiran los comerciantes a los avisados que se acocan a ellos es uno de los muy escasos consuelos de ser pobres diablillos que tienen quienes no venden nada a nadie.

 

Aquellos pronósticos me dejaban perplejo. No tenía muchas cosas a mi favor, pero, desde luego, tenía buenos modales, de eso no había duda, actitud modesta, deferencia fácil y miedo siempre de no llegar a tiempo y, además, el deseo de no pasar por encima de nadie en la vida, en fin, delicadeza…

Nuestro navío se llamaba el Amiral-Bragueton. Debía de mantenerse sobre aquellas aguas tibias sólo gracias a su pintura. Tantas capas acumuladas, como pieles de ce­bolla, habían acabado constituyendo una especie de se­gundo casco en el Amiral-Bragueton. Bogábamos hacia África, la verdadera, la grande, la de selvas insondables, miasmas deletéreas, soledades invioladas, hacia los gran­des tiranos negros repantigados en las confluencias de ríos sin fin. Por un paquete de hojas de afeitar Pilett iba yo a sacarles marfiles así de largos, aves resplande­cientes, esclavas menores de edad. Me lo habían prometi­do. ¡Vida de obispo, vamos! Nada en común con esa África descortezada de las agencias y monumentos, los ferrocarriles y el guirlache. ¡Ah, no! Nosotros íbamos a verla en su jugo, ¡el África auténtica! ¡Nosotros, los pa­sajeros del Amiral-Bragueton, que no dejábamos de darle a la priva!

Pero, tras pasar ante las costas de Portugal, las cosas empezaron a estropearse. Irresistiblemente, cierta ma­ñana, al despertar, nos vimos como dominados por un ambiente de estufa infinitamente tibio, inquietante. El agua en los vasos, el mar, el aire, las sábanas, nuestro sudor, todo, tibio, caliente. En adelante imposible, de no­che, de día, tener ya nada fresco en la mano, bajo el tra­sero, en la garganta, salvo el hielo del bar con el whis­ky. Entonces una vil desesperación se abatió sobre los pasajeros del Amiral-Bragueton, condenados a no ale­jarse más del bar, embrujados, pegados a los ventila­dores, soldados a los cubitos de hielo, intercambiando amenazas después de las cartas y disculpas en cadencias incoherentes.

No hubo que esperar mucho. En aquella estabilidad desesperante de calor, todo el contenido humano del na­vío se coaguló en una borrachera masiva. Nos movíamos remolones entre los puentes, como pulpos en el fondo de una bañera de agua estancada. Desde aquel momento vi­mos desplegarse a flor de piel la angustiosa naturaleza de los blancos, provocada, liberada, bien a la vista por fin, su auténtica naturaleza de verdad, igualito que en la guerra. Estufa tropical para instintos, semejantes a los sapos y víboras que salen por fin a la luz, en el mes de agosto, por los flancos agrietados de las cárceles. En el frío de Europa, bajo las púdicas nieblas del Norte, aparte de las matanzas, tan sólo se sospecha la hormigueante crueldad de nuestros hermanos, pero, en cuanto los excita la fiebre innoble de los trópicos, su corrupción invade la superfi­cie. Entonces nos destapamos como locos y la porquería triunfa y nos recubre por entero. Es la confesión biológi­ca. Desde el momento en que el trabajo y el frío dejan de coartarnos, aflojan un poco sus tenazas, descubrimos en los blancos lo mismo que en la alegre ribera, una vez que el mar se retira: la verdad, charcas pestilentes, cangrejos, carroña y zurullos.

Así, pasado Portugal, todo el mundo, en el navío, se puso a liberar los instintos con rabia, ayudado por el alcohol y también por esa sensación de satisfacción ínti­ma que procura una gratuidad de viaje absoluta, sobre todo a los militares y funcionarios en activo. Sentirse alimentado, alojado y abrevado gratis durante cuatro semanas seguidas, es bastante, por sí solo, ¿no?, al pen­sarlo, para delirar de economía. Por consiguiente, yo, el único que pagaba el viaje, parecí, en cuanto se supo esa particularidad, singularmente descarado, del todo inso­portable…

El Amiral avanzaba, se arrastraba más que nada, ronroneando, entre uno y otro balanceo. Ya es que no era un viaje, era una enfermedad. Los miembros de aquel concilio matinal, al examinarlos desde mi rincón, me parecían todos profundamente enfermos, palúdicos, alcohólicos, sifilíticos seguramente; su decadencia, visible a diez metros, me consolaba un poco de mis preocupaciones personales. Al fin y al cabo, ‘eran unos vencidos, tanto como yo, aquellos matones!... Aún fanfarroneaban, simplemente! ¡La única diferencia! Los mosquitos se habían encargado ya de chuparlos y destilarles en plenas venas esos venenos que no desaparecen nunca… El treponema les estaba ya limando las arteria… El alcohol les roía el hígado… El sol les Ladillaresquebrajaba los riñones… Las ladillas se les pegaban a los pelos y el eczema a la piel del vientre… ¡La luz cegadora acabaría achicharrándoles la retina!... Dentro de poco, ¿qué les iba a quedar? Un trozo de cerebro… ¿Para qué¿ ¿Me lo queréis decir?... ¿Allí donde iban? ¿Para suicidarse? Solo podía servirles para eso, un cerebro, allí donde iban… Digan lo que digan, no es divertido envejecer en los países en que no hay distracciones… Te ves obligado a mirar al espejo, cuyo azogue enmohece, y verte cada vez más decaído, cada vez más feo… No tardas en pudrirte, entre el verdor, sobre todo cuando hace un calor atroz.

Al menos el norte conserva las carnes; la gente del norte es pálida de una vez para siempre. Entre un sueco muerto y un joven que ha dormido mal, poca diferencia hay. Pero el colonial está ya cubierto de gusanos un día después de desembarcar. Los esperaban impacientes, esas vermes infinitamente laboriosas, y no los soltarían hasta mucho después de haber cruzado el límite de la vida. Sacos de larvas.

 

… Mientras no mate, el militar es como un niño. Resulta fácil divertirlo. Como no está acostumbrado a pensar, en cuanto le hablas, se ve obligado, para intentar comprenderte, a hacer esfuerzos extenuantes.  El capitán Frémizon no me mataba, no estaba bebiendo tampoco, no hacía nada con las manos, ni con los pies, tan solo intentaba pensar. Eso era superior a sus posibilidades. En el fondo, yo lo tenía sujeto por la cabeza…

… No cesaba, por miedo a equivocarme, en mi admiración patriótica y pedía una y mil veces a aquellos héroes, por turno, historias y más historias de bravura colonial. Son como los chistes verdes, las historias de bravura, siempre gustan a todos los militares de todos los países. Lo que hace falta, en el fondo, para llegar a una especie de paz con los hombres, oficiales o no, armisticios frágiles, desde luego, pero aun así preciosos, es permitirles en todas las circunstancias tenderse, repantigarse entre las jactancias necias. No hay vanidad inteligente. Es un instinto. Tampoco hay hombre que nos sea ante todo vanidoso. El papel de panoli admirativo es prácticamente el único en que se toleran con algo de gusto los humanos. Con aquellos soldados no tenía que hacer excesos de imaginación. Bastaba con que no cesara de mostrarme maravillado…

...

Resulta difícil mirar en conciencia a la gente y las cosas de los trópicos por los colores que de ellas emanan. Están en ebullición, los colores y las cosas. Una latita de sardinas abierta en pleno mediodía sobre la calzada proyecta tantos reflejos diversos, que adquiere ante los ojos la importancia de un accidente. Hay que tener cuidado. No solo son histéricos los hombres allí, las cosas también. La vida no llega a ser tolerable apenas hasta la caída de la noche…

El boy solicitado llegó muy despacio. Entonces el di­rector se levantó como un resorte, irritado, y recibió al boy con un tremendo par de sonoras bofetadas y dos pa­tadas en el bajo vientre.

«Esta gente me va a matar, ¡ya ve usted! -predijo el di­rector, al tiempo que suspiraba. Se dejó caer de nuevo en su sillón, cubierto de telas amarillas sucias y dadas de sí-. Hágame el favor, amigo -dijo de repente en tono amable y familiar, como desahogado por un rato con la brutalidad que acababa de cometer-, páseme la fusta y la quini­na... ahí, sobre la mesa... No debería excitarme así... Es absurdo dejarse llevar por el temperamento...»

Desde su casa dominábamos el puerto fluvial, que re­lucía por entre un polvo tan denso, tan compacto, que se oían los sonidos de su caótica actividad mejor de lo que se distinguían los HormigasVerticalesdetalles. Filas de negros, en la orilla, trajinaban bajo el látigo descargando, bodega tras bode­ga, los barcos nunca vacíos, subiendo por pasarelas tem­blorosas y estrechas, con sus grandes cestos llenos a la cabeza, en equilibrio, entre injurias, como hormigas ver­ticales.

Iban y venían, formando rosarios irregulares, por entre un vaho escarlata. Algunas de aquellas formas laborio­sas llevaban, además, un puntito negro a la espalda, eran las madres, que acudían a currar como burras, también ellas, cargando sacos de palmitos con el hijo a cuestas, un fardo más. Me pregunto si las hormigas podrán hacer igual.

«¿Verdad que siempre parece domingo aquí?... -prosi­guió en broma el director-. ¡Es alegre! ¡Y lleno de color! Las hembras siempre en cueros. ¿Se ha fijado? Y hem­bras hermosas, ¿eh? Parece extraño, cuando se llega de París, ¿verdad? Y nosotros, ¿qué le parece? ¡Siempre con dril blanco! Ya ve usted, ¡como en los baños de mar! ¿Verdad que estamos guapos así? ¡Como para la pri­mera comunión, vamos! Aquí siempre es fiesta, ¡ya le digo! ¡El día de la Asunción! ¡Y así hasta el Sahara! ¡Ima­gínese!»

Y después dejaba de hablar, suspiraba, refunfuñaba, volvía a repetir dos, tres veces «¡Me cago en la leche!», se enjugaba la frente y reanudaba la conversación.

...

Por cierto, que era buen muchacho, Alcide, servicial y generoso y todo. Lo comprendí más adelante, demasiado tarde. Su formidable resignación lo aplastaba, esa cuali­dad básica que vuelve a la pobre gente, del ejército o de fuera de él, tan dispuesta a matar como a dar vida. Nun­ca, o casi, preguntan el porqué, los humildes, de lo que soportan. Se odian unos a otros, eso basta.

En torno a nuestra choza crecían, diseminadas, en ple­na laguna de arena tórrida, despiadada, esas curiosas florecillas frescas y breves, color verde, rosa o púrpura, que en Europa sólo se ven pintadas y en ciertas porcelanas, especie de campanillas primitivas y sin cursilería. Sopor­taban la larga jornada abominable, cerradas en su tallo, y, al abrirse por la noche, se ponían a temblar, graciosas, con las primeras brisas tibias.

Un día en que Alcide me vio ocupado en coger un ra­millete, me avisó: «Cógelas, si quieres, pero no las rie­gues, a esas jodías, que se mueren... Son de lo más frágil, ¡no se parecen a los girasoles de cuyo cuidado encargába­mos a los quintos en Rambouillet! ¡Se les podía mear en­cima!...  ¡Se lo bebían todo!... Además, las flores son como los hombres... ¡Cuanto más grandes, más inútiles son!» Eso iba dirigido al teniente Grappa, evidentemen­te, cuyo cuerpo era grande y calamitoso, de manos bre­ves, purpúreas, terribles. Manos de quien nunca entende­ría nada. Por lo demás, Grappa no intentaba entender.

 

GabónHay dos métodos para penetrar en la selva, o bien abrir un túnel en ella, como las ratas en los haces de heno. Ése es el método asfixiante. No me hacía ninguna gracia. O bien soportar la subida río arriba, encogidito en el fondo de un tronco de árbol, impulsado con pagaya entre recodos y boscajes, y, acechando así el fin de días y días, ofrecerse de plano al resplandor, sin recurso. Y después, atontado por los aullidos de los negros, llegar adonde va­yas hecho una lástima.

Todas las veces, al arrancar, para coger el ritmo, necesi­tan tiempo, los remeros. La disputa. Primero una pala entra en el agua y después dos o tres alaridos acompa­sados y la selva responde, remolinos, te deslizas, dos remos, luego tres, todavía descompasados, olas, titubeos, una mirada atrás te devuelve al mar, que se extiende allá, se aleja, y ante ti la larga extensión lisa que se va labran­do, y luego Alcide aún, un poco, sobre el embarcadero, al que veo lejos, casi oculto por los vahos del río, bajo su enorme casco, en forma de campana, un trocito de cabe­za, de cara, como un quesito, y el resto de Alcide debajo flotando en su túnica, como perdido ya en un recuerdo extraño con pantalones blancos.

Eso es todo lo que me queda de aquel lugar, de aquel Topo.

¿Habrán podido defenderla aún por mucho tiempo, aquella aldea ardiente, de la guadaña solapada del río de aguas color canela? Y sus tres chozas pulgosas, ¿seguirán aún en pie? ¿Habrá nuevos Grappas y Alcides entrenan­do a tiradores recientes en esos combates inconsisten­tes? ¿Seguirán ejerciendo aquella justicia sin pretensiones? ¿Seguirá tan rancia el agua que intenten beber? ¿Tan ti­bia? Como para asquearte de tu propia boca durante ocho días después de cada ronda... ¿Seguirán sin nevera? ¿Y los combates de oído que libran contra las moscas los infatigables abejorros de la quinina? ¿Sulfato? ¿Clorhi­drato?... Pero, antes que nada, ¿existirán aún negros pustulentos desecándose en aquella estufa? Muy bien puede ser que no...

Tal vez nada de eso exista ya, quizás el pequeño Con­go haya lamido Topo de un gran lengüetazo cenagoso una noche de tornado, al pasar, y ya no quede nada, haya desaparecido de los mapas hasta el nombre, ya sólo que­de yo, en una palabra, para recordar aún a Alcide...

 

¡Menuda sorpresa! Por entre la bruma, era tan asombroso lo que descubríamos de pronto, que al principio nos negamos a creerlo, pero luego, cuando nos encontramos a huevo de­lante de aquello, por muy galeotes que fuéramos, nos entró un cachondeo de la leche, al verlo, vertical ante nosotros...

Figuraos que estaba de pie, la ciudad aquella, absoluta­mente vertical. Nueva York es una ciudad de pie. Ya ha­bíamos visto la tira de ciudades, claro está, y bellas, ade­más, y puertos y famosos incluso. Pero en nuestros pagos, verdad, están acostadas, las ciudades, al borde del mar o a la orilla de ríos, se extienden sobre el paisaje, es­peran al viajero, mientras que aquélla, la americana, no se despatarraba, no, se mantenía bien estirada, ahí, nada ca­chonda, estirada como para asustar.

Conque nos cachondeamos como lelos. Hace gracia, por fuerza, una ciudad construida vertical. Pero sólo po­díamos cachondearnos del espectáculo, nosotros, del cuello para arriba, por el frío que en aquel momento ve­nía de alta mar a través de una densa bruma gris y rosa, rápida y penetrante, al asalto de nuestros pantalones y de las grietas de aquella muralla, las calles de la ciudad, don­de las nubes se precipitaban también, empujadas por el viento. Nuestra galera dejaba su leve estela justo al ras de la escollera, donde iba a desembocar un agua color caca, que no dejaba de chapotear con una sarta de barquillas y remolcadores ávidos y cornudos.

Para un pelagatos nunca es cómodo desembarcar en ninguna parte, pero para un galeote es mucho peor aún, sobre todo porque los americanos no aprecian lo más mí­nimo a los galeotes procedentes de Europa. «Son todos unos anarquistas», dicen. En una palabra, sólo quieren recibir en sus tierras a los curiosos que les aporten parné, porque todos los dineros de Europa son hijos de Dólar.

new-york

Tal vez podría haber intentado, como otros lo habían logrado ya, atravesar el puerto a nado y después, una vez en el muelle, ponerme a gritar: «¡Viva Dólar! ¡Viva Dó­lar!» Es un buen truco. Mucha gente ha desembarcado de ese modo y después han hecho fortuna. No es seguro, es lo que cuentan sólo. En los sueños ocurren cosas peores. Yo tenía otro plan en la cabeza, además de la fiebre.

Como había aprendido en la galera a contar bien las pulgas (no sólo a atraparlas, sino también a sumarlas, a restarlas, en una palabra, a hacer estadísticas), oficio deli­cado, que parece cosa de nada, pero constituye toda una técnica, quería aprovecharlo. Los americanos serán lo que sean, pero en materia de técnica son unos entendi­dos. Les iba a gustar con locura mi forma de contar las pulgas, estaba seguro por adelantado. No podía fallar, en mi opinión.

Iba a ir a ofrecerles mis servicios, cuando, de pronto, dieron orden a nuestra galera de ir a pasar cuarentena en una ensenada contigua, al abrigo, a tiro de piedra de un pueblecito reservado, en el fondo de una bahía tranquila, a dos millas al Este de Nueva York.

Y nos quedamos allí, todos, en observación durante semanas y semanas, hasta el punto de que fuimos adqui­riendo hábitos.

 

…En la cama se quitaban las gafas primero y después la dentadura postiza, que metían en un vaso, y dejaban todo a la vista. No parecían hablarse entre sí, entre sexos, exactamente como en la calle. Parecían animales grandes y muy dóciles, muy acostumbrados a aburrirse. Sólo vi, en total, a dos parejas que se hicieran, a la luz, las cosas que yo me esperaba y sin la menor violencia, por cierto. Las otras mujeres, por su parte, comían caramelos en la cama en espera de que el marido acabara de asearse. Y después todo el mundo apagó.

Es triste el espectáculo de la gente al acostarse; se ve claro que les importa tres cojones cómo vayan las cosas, se ve claro que no intentan comprender, ésos, el porqué de que estemos aquí. Les trae sin cuidado. Duermen de cualquier manera, son unos calzonazos, unos zopencos, sin susceptibilidad, americanos o no. Siempre tienen la conciencia tranquila.

Yo había visto demasiadas cosas poco claras como para estar contento. Sabía demasiado y no suficiente. Hay que salir, me dije, volver a salir. Tal vez lo encuentres, a Robinson. Era una idea idiota, evidentemente, pero recurría a ella para tener un pretexto a fin de salir otra vez, tanto más cuanto que en vano daba vueltas y más vueltas sobre aquella piltra tan pequeña, no lograba pegar ojo ni un instante. Ni siquiera masturbándote, en casos así, experi­mentas consuelo ni distracción. Conque te entra una de­sesperación que para qué.

Lo peor es que te preguntas de dónde vas a sacar bas­tantes fuerzas la mañana siguiente para seguir haciendo lo que has hecho la víspera y desde hace ya tanto tiempo, de dónde vas a sacar fuerzas para ese trajinar absurdo, para esos mil proyectos que nunca salen bien, esos inten­tos por salir de la necesidad agobiante, intentos siempre abortados, y todo ello para acabar convenciéndote una vez más de que el destino es invencible, de que hay que volver a caer al pie de la muralla, todas las noches, con la angustia del día siguiente, cada vez más precario, más sórdido.

Es la edad también que se acerca tal vez, traidora, y nos amenaza con lo peor. Ya no nos queda demasiada música dentro para hacer bailar a la vida: ahí está. Toda la juventud ha ido a morir al fin del mundo en el silencio de la verdad. ¿Y adonde ir, fuera, decidme, cuando no llevas contigo la suma suficiente de delirio? La verdad es una agonía ya interminable. La verdad de este mundo es la muerte. Hay que escoger: morir o mentir. Yo nunca me he podido matar.

Conque lo mejor era salir a la calle, pequeño suicidio. Cada cual tiene sus modestos dones, su método para conquistar el sueño y jalar…

 

… Cuando estuvo cerca de mí, me puse a hacerle señitas de inteligencia, por así decir, a la camarera, como si la re­conociese. Ella me examinó sin la menor complacencia, como un animal, si bien con curiosidad. «Ésta es -me dije- la primera americana que, mira por dónde, se ve obligada a mirarme.»

Tras haber acabado la tarta luminosa, no me quedó más remedio que dejar el sitio a otro. Entonces, titubean­do un poco, en lugar de seguir el camino bien indicado que conducía, derecho, a la salida, me armé de audacia y, dejando de lado al hombre de la caja que nos esperaba a todos con nuestro parné, me dirigí hacia ella, la rubia, con lo que me destacaba, totalmente insólito, entre los raudales de luz disciplinada.

Las veinticinco dependientas, en su puesto tras las co­sas de comer, me hicieron señas, todas al mismo tiempo, de que me equivocaba de camino, me desviaba. Advertí una gran agitación de formas en la vitrina de la gente que esperaba y los que debían ponerse a jalar detrás de mí va­cilaron a la hora de sentarse. Acababa de romper el orden de cosas. Todo el mundo a mi alrededor estaba profun­damente asombrado: «¡Debe de ser otro extranjero!», decían.

Pero yo tenía mi idea, buena o mala, y no quería soltar a la bella que me había servido. Me había mirado, la monina, conque peor para ella. ¡Estaba harto de estar solo! ¡Basta de sueños! ¡Simpatía! ¡Contacto! «Señorita, me conoce usted muy poco, pero yo la amo, ¿quiere usted casarse conmigo?...» De este modo, el más honrado, me dirigí a ella.

Su respuesta no me llegó nunca, pues un guarda gigan­te, vestido por completo de blanco también, apareció en aquel preciso instante y me empujó hacia fuera, exacta, sencillamente, sin injurias ni brutalidad, hacia la noche, como a un perro que acaba de desmandarse.

Todo aquello se desarrollaba con normalidad, yo no tenía nada que decir.

Volví hacia el Laugh Calvin.

En mi habitación los mismos fragores de siempre ve­nían a estrellarse…

 

VoyageAuBout4Fue sólo por razones crematísticas, si bien de lo más ur­gentes e imperiosas, por lo que me puse a buscar a Lola. De no haber sido por esa lastimosa necesidad, ¡menudo si la habría dejado envejecer y desaparecer sin volver a verla nunca, a aquella puta! Al fin y al cabo, conmigo, no me cabía la menor duda, pensándolo bien, se había com­portado del modo más descarado y asqueroso.

El egoísmo de las personas que han tenido algo que ver en tu vida, cuando lo piensas, pasados los años, resul­ta innegable, tal como fue, es decir, de acero, de platino y mucho más duradero aún que el tiempo mismo.

Durante la juventud, a las indiferencias más áridas, a las granujadas más cínicas, llegas a encontrarles excu­sas de chifladuras pasionales y también qué sé yo qué sig­nos de romanticismo inexperto. Pero, más adelante, cuando la vida te ha demostrado de sobra la cantidad de cautela, crueldad y malicia que exige simplemente para mantenerla bien que mal, a 37o, te das cuenta, te empapas, estás en condiciones de comprender todas las guarradas que contiene un pasado. Basta con que te contemples es­crupulosamente a ti mismo y lo que has llegado a ser en punto a inmundicia. No queda misterio ni bobería, te has jalado toda la poesía por haber vivido hasta entonces. Un tango, la vida.

A la granujilla de mi amiga acabé descubriéndola, tras muchas dificultades, en el vigesimotercer piso de una Calle 77. Es increíble lo que pueden asquearte las personas a las que te dispones a pedir un favor.

 

El método, los detalles de una fortuna rápida te dan siempre una impresión de magia. Desde la ascensión de Musyne y de la Sra. Herote, yo sabía que la jodienda es la pequeña mina de oro del pobre. Esas bruscas mudanzas femeninas me encantaban y habría dado, por ejemplo, mi último dólar a la portera de Lola sólo por tirarla de la lengua.

Pero no había portera en su casa. No había una sola portera en la ciudad. Una ciudad sin portera es algo sin historia, sin gusto, insípido como una sopa sin pimienta ni sal, una bazofia informe. ¡Ah, qué sabrosos los restos! Desperdicios, rebabas que rezuman de la alcoba, la coci­na, las buhardillas, chorrean en cascadas por la portería, el centro de la vida, ¡qué sabroso infierno! Ciertas porte­ras de nuestros pagos sucumben a su tarea, se las ve lacó­nicas, tose que tose, deleitadas, pasmadas; es que están abrumadas, las pobres mártires, consumidas por tanta verdad.

Contra la abominación de ser pobre, conviene, confe­sémoslo, es un deber, intentarlo todo, embriagarse con cualquier cosa, vino, del baratito, masturbación, cine. No hay que mostrarse difícil. Nuestras porteras suministran hasta en años de mala cosecha, admitámoslo, a quienes saben tomarlo y recalentarlo, más cerca del corazón, odio para todos los gustos y gratis, el suficiente para hacer sal­tar un mundo. En Nueva York te encuentras atrozmente desprovisto de esa guindilla vital, sórdida pero viva, irre­futable, sin la cual el espíritu se asfixia y se condena a no murmurar sino vagamente y farfullar pálidas calumnias. Nada que corroa, vulnere, saje, moleste, obsesione, sin portera, y añada leña al fuego del odio universal, lo avive con sus mil detalles innegables.

Desconcierto tanto más sensible cuanto que Lola, sor­prendida en su medio, me provocaba precisamente una nueva repugnancia, tenía unas ganas irreprimibles de vo­mitar sobre la vulgaridad de su éxito, de su orgullo, úni­camente trivial y repulsivo, pero, ¿con qué? Por efecto de un contagio instantáneo, el recuerdo de Musyne se me volvió en el mismo instante igual de hostil y repugnante. Un odio intenso nació en mí hacia aquellas dos mujeres, aún dura, se incorporó a mi razón de ser. Me faltó toda una documentación para librarme a tiempo y por fin de toda indulgencia presente y futura hacia Lola. No se pue­de rehacer lo vivido.

El valor no consiste en perdonar, ¡siempre perdonamos más de la cuenta! Y eso no sirve de nada, está demostra­do. Detrás de todos los seres humanos, en la última fila, ¡se ha colocado a la criada! Por algo será. No lo olvide­mos nunca. Una noche habrá que adormecer para siem­pre a la gente feliz, mientras duermen, os lo digo yo, y acabar con ella y con su felicidad de una vez por todas. El día siguiente no se hablará más de su felicidad y habre­mos conseguido la libertad de ser desgraciados cuanto queramos, igual que la criada. Pero sigo con mi relato: iba y venía, pues, por la habitación, Lola, sin demasiada ropa encima y su cuerpo me parecía, de todos modos, muy apetecible aún. Un cuerpo lujoso siempre es una viola­ción posible, una efracción preciosa, directa, íntima en el cogollo de la riqueza, del lujo y sin desquite posible.

Tal vez sólo esperara un gesto mío para despedirme. En fin fue sobre todo la puñetera gusa la que me inspiró prudencia. Primero, jalar. Y, además, no cesaba de con­tarme las futilidades de su existencia. Habría que cerrar el mundo, está visto, durante dos o tres generaciones al me­nos, si ya no hubiera mentiras que contar. Ya no tendría­mos nada o casi que decirnos. Pasó a preguntarme lo que pensaba yo de su América. Le confié que había llegado a ese punto de debilidad y angustia en que casi cualquiera y cualquier cosa te resulta temible y, en cuanto a su país, sencillamente me espantaba más que todo el conjunto de amenazas directas, ocultas e imprevisibles que en él en­contraba, sobre todo por la enorme indiferencia hacia mí, que lo resumía, a mi parecer.

Tenía que ganarme el cocido, le confesé también, por lo que en breve plazo debía superar todas aquellas sensi­blerías...

 

… No es ésa la clase de cariño que deseo... Quisiera experimentar un sentimiento absolutamente maternal... ¿Me comprendes, Ferdinand?...» Con tal de poder jalar, comprendo todo lo que quieran; lo mío ya no es inteli­gencia, es caucho.

No se apeaba de su deseo de pureza. Cuando hubimos llegado, unas calles más adelante, me preguntó dónde iba yo a dormir aquella noche y me acompañó unos pasos más por la acera. Le respondí que, si no encontraba unos dólares en aquel mismo momento, no podría acostarme en ninguna parte.

«De acuerdo -respondió ella-. Acompáñame hasta mi casa y te daré un poco de dinero y después te vas a donde quieras.»

Quería dejarme tirado en plena noche y lo antes posi­ble. Cosa normal. De tanto verte expulsado así, a la no­che, has de acabar por fuerza en alguna parte, me decía yo. Era el consuelo. «Ánimo, Ferdinand -me repetía a mí mismo, para alentarme-, a fuerza de verte echado a la ca­lle en todas partes, seguro que acabarás descubriendo lo que da tanto miedo a todos, a todos esos cabrones, y que debe de encontrarse al fin de la noche. ¡Por eso no van ellos hasta el fin de la noche!»

 

Y, además, a aquellas podías tocarlas sin rodeos. No pude por menos de volverme un parroquiano de aquel lugar. En él acababa toda mi paga. Necesitaba, al llegar la noche, las promiscuidades eróticas de aquellas criaturas tan espléndidas y acogedoras para recuperar el alma. El cine ya no me bastaba, antídoto benigno, sin efecto real contra la atrocidad material de la fábrica. Había que re­currir, para seguir adelante, a los tónicos potentes, des­madrados, a métodos más drásticos. A mí sólo me exi­gían cánones módicos en aquella casa, arreglos de amigos, porque les había traído de Francia, a aquellas da­mas, algunas cosillas. Sólo que el sábado por la noche, no había nada que hacer, había un llenazo y yo dejaba todo el sitio a los equipos de baseball que habían salido de juerga, con vigor magnífico, tíos cachas a quienes la feli­cidad parecía resultar tan fácil como respirar.

Mientras disfrutaban los equipos, yo, por mi parte, es­cribía relatos cortos en la cocina y para mí sólo. El entu­siasmo de aquellos deportistas por las criaturas del lugar no alcanzaba, desde luego, al fervor, un poco impotente, del mío. Aquellos atletas tranquilos en su fuerza estaban hartos de perfección física. La belleza es como el alcohol o el confort, te acostumbras a ella y dejas de prestarle atención.

Iban sobre todo, ellos, al picadero, por el cachondeo. Muchas veces acababan dándose unas hostias que para qué. Entonces llegaba la policía en tromba y se llevaba a todo el mundo en camionetas.

Hacia una de las jóvenes del lugar, Molly, no tardé en experimentar un sentimiento excepcional de confianza, que, en los seres atemorizados, hace las veces de amor.

Recuerdo, como si fuera ayer, sus atenciones, sus piernas largas y rubias, magníficamente finas y musculosas, pier­nas nobles. La auténtica aristocracia humana la confieren, digan lo que digan, las piernas, eso por descontado.

Llegamos a ser íntimos en cuerpo y espíritu y todas las semanas íbamos juntos a pasearnos unas horas por la ciu­dad. Tenía posibles, aquella amiga, ya que se hacía unos cien dólares al día en la casa, mientras que yo, en Ford, apenas ganaba diez. El amor que hacía para vivir apenas la fatigaba. Los americanos lo hacen como los pájaros.

Por la noche, tras haber conducido mi carrito ambu­lante, me imponía a mí mismo la obligación de aparecer, después de cenar, con cara amable para ella. Hay que ser alegre con las mujeres, al menos en los comienzos. Sentía un deseo vago y lancinante de proponerle cosas, pero ya no me quedaban fuerzas. Comprendía perfectamente el desánimo industrial, Molly, estaba acostumbrada a tratar con obreros…

 

También él volvía de limpiar una oficina como los otros. Era lo único que había encontrado para ir tirando. Caminaba con mucha calma, con cierta majestad auténti­ca, como si acabara de realizar acciones peligrosas y, por así decir, sagradas en la ciudad. Por cierto, que ésa era la actitud que adoptaban todos aquellos limpiadores noc­turnos, ya lo había notado yo. En la fatiga y la soledad se manifiesta lo divino en los hombres. Lo manifestaba con ganas en los ojos, también él, cuando los abría mucho más de lo habitual, en la penumbra azulada en que nos encontrábamos. También él había limpiado ya filas y fi­las, sin fin, de lavabos y había dejado relucientes auténti­cas montañas de pisos y más pisos de silencio.

 

Sobre la mesa, en el centro, boca arriba, el niño, entre las mantillas, se dejaba palpar. Le apreté, para empezar, el vientre, con mucha precaución, poco a poco, desde el ombligo hasta los testículos, y después lo ausculté, aún con mucha seriedad.

Su corazón latía con el ritmo de un gatito, seco y loco. Y después se hartó, el niño, del manoseo de mis dedos y de mis maniobras y se puso a dar alaridos, como pueden hacerlo los de su edad, inconcebiblemente. Era demasia­do. Desde el regreso de Robinson, había empezado a sentirme muy extraño en la cabeza y en el cuerpo y los gritos de aquel nene inocente me causaron una impresión abominable. ¡Qué gritos, Dios mío! ¡Qué gritos! No po­día soportarlos un instante más.

Otra idea, seguramente, debió de determinar también mi absurda conducta. Crispado como estaba, no pude por menos de comunicarles en voz alta el rencor y el has­tío que experimentaba desde hacía mucho, para mis adentros.

«¡Eh -respondí, al nene aullador-, menos prisas, tontín! ¡Ya tendrás tiempo de sobra de berrear! ¡No te va a faltar, no temas, bobito! ¡No gastes todas las fuerzas! ¡No van a faltar desgracias para consumirte los ojos y la cabeza también y aun el resto, si no te andas con cui­dado!»

«¿Qué dice usted, doctor? -se sobresaltó la abuela. Me limité a repetir-: ¡No van a faltar, ni mucho menos!»

«¿Qué? ¿Qué es lo que no falta?», preguntaba, horro­rizada...

«¡Intenten comprender! -le respondí-. ¡Intenten com­prender! ¡Hay que explicarles demasiadas cosas! ¡Eso es lo malo! ¡Intenten comprender! ¡Hagan un esfuerzo!»

«¿Qué es lo que no falta?... ¿Qué dice?» Y de repente se preguntaban, los tres, y la hija de las «responsabilida­des» puso unos ojos muy raros y empezó a lanzar, tam­bién ella, unos gritos de aúpa. Acababa de encontrar una ocasión cojonuda para un ataque. No iba a desapro­vecharla. ¡Era la guerra! ¡Y venga patalear! ¡Y ahogos! ¡Y estrabismos horrendos! ¡Estaba yo bueno! ¡Había que verlo! «¡Está loco, mamá! -gritaba asfixiándose-. ¡El doctor se ha vuelto loco! ¡Quítale a mi niño, mamá!» Sal­vaba a su hijo.

Nunca sabré por qué, pero estaba tan excitada, que empezó a hablar con acento vasco. «¡Dice cosas espanto­sas! ¡Mamá!... ¡Es un demente!...»

Me arrancaron el niño de las manos, como si lo hubieran sacado de las llamas. El abuelo, tan tímido antes, des­colgó entonces su enorme termómetro de caoba, como una maza... Y me acompañó a distancia, hacia la puerta, cuyo batiente arrojó contra mí, con violencia, de un patadón.

Por supuesto, aprovecharon para no pagarme la vi­sita...

 

…Y después los sabios cruzaron, a su vez, la verja, más lentos y reticentes que sus modestos su­balternos, en grupitos mal afeitados y cuchicheantes. Iban a dispersarse al fondo de los corredores y descascarillando la pintura de las paredes. La entrada de viejos es­colares entrecanos, con paraguas, atontados por la rutina meticulosa, las manipulaciones desesperadamente repul­sivas, atados por salarios de hambre durante toda su ma­durez a aquellas cocinillas de microbios, recalentando aquel guiso interminable de legumbres, cobayas asfícti­cos y otras porquerías inidentificables.

Ya no eran, a fin de cuentas, ellos mismos sino viejos roedores domésticos, monstruosos, con abrigo. La gloria en nuestro tiempo apenas sonríe sino a los ricos, sabios o no. Los plebeyos de la Investigación no podían contar, para seguir manteniéndose vivos, sino con su propio miedo a perder la plaza en aquel cubo de basura caliente, ilustre y compartimentado. Se aferraban esencialmente al título de sabio oficial. Título gracias al cual los farmacéu­ticos de la ciudad seguían confiándoles los análisis (mez­quinamente retribuidos, por cierto) de las orinas y los es­putos de la clientela. Raquíticos y azarosos ingresos de sabio.

En cuanto llegaba, el investigador metódico iba a incli­narse ritualmente unos minutos sobre las tripas biliosas y corrompidas del conejo de la semana pasada, el que se exponía de modo permanente, en un rincón del cuarto, benditera de inmundicias. Cuando su olor llegaba a ser irresistible de verdad, sacrificaban otro conejo, pero an­tes no, por las economías en que el profesor Jaunisset, ilustre secretario del Instituto, se empeñaba en aquella época con mano fanática.

Ciertas podredumbres animales sufrían, por esa razón, por economía, increíbles degradaciones y prolongacio­nes. Todo es cuestión de costumbre. Algunos ayudantes de laboratorio bien entrenados habrían cocinado perfec­tamente dentro de un ataúd en actividad, pues ya la pu­trefacción y sus tufos no les afectaban. Aquellos modes­tos ayudantes de la gran investigación científica llegaban incluso, en ese sentido, a superar en economía al propio profesor Jaunisset, pese a ser éste de una sordidez pro­verbial, y lo vencían en su propio juego, al aprovechar el gas de sus estufas, por ejemplo, para prepararse numero­sos cocidos personales y muchos otros guisos lentos, más peligrosos aún.

Cuando los sabios habían acabado de realizar el exa­men distraído de las tripas del cobaya y del conejo ritual, habían llegado despacito al segundo acto de su vida cien­tífica cotidiana, el del pitillo. Intento de neutralización de los hedores ambientes y del hastío mediante el humo del tabaco. De colilla en colilla, los sabios acababan, de todos modos, su jornada, hacia las cinco de la tarde. Volvían entonces a poner con mucho cuidado las putrefacciones a templar en la estufa bamboleante. Octave, el ayudante, ocultaba sus judías cociditas en un periódico para mejor pasar con ellas impunemente por delante de la portera. Fintas. Preparadita se llevaba la cena, a Gargan. El sabio, su maestro, añadía unas líneas al libro de experimentos, tímidamente, como una duda, con vistas a una próxima comunicación totalmente ociosa, pero justificativa de su presencia en el Instituto y de las escasas ventajas que en­trañaba, incordio que tendría que decidirse, de todos mo­dos, a acometer en breve ante alguna Academia infinita­mente imparcial y desinteresada.

 

Eran preocupaciones de suburbio. Sin embargo, por la Rué Bonaparte, me volvió la reflexión, la triste. Y, sin embargo, es una calle como para dar placer, más bien, al transeúnte. Pocas hay tan acogedoras y agradables. Pero, al acercarme al río, me iba entrando miedo, de todos mo­dos. Empecé a dar vueltas. No conseguía decidirme a cruzar el Sena. ¡Todo el mundo no es César! Al otro lado, en la otra orilla, comenzaban mis penas. Decidí es­perar así, a la orilla izquierda, hasta la noche. En último caso, unas horas de sol ganadas, me decía.

El agua venía a chapotear junto a los pescadores y me senté a ver lo que hacían. La verdad es que no tenía nin­guna prisa yo tampoco, tan poca como ellos. Me parecía haber llegado al momento, a la edad tal vez, en que sabes perfectamente lo que pierdes cada hora que pasa. Pero aún no has adquirido la sabiduría necesaria para pararte en seco en el camino del tiempo, pero es que, si te detu­vieras, no sabrías qué hacer tampoco, sin esa locura por avanzar que te embarga y que admiras durante toda la ju­ventud. Ya te sientes menos orgulloso, de tu juventud, aún no te atreves a reconocerlo en público, que acaso no sea sino eso, tu juventud, el entusiasmo por envejecer.

Descubres en tu ridículo pasado tanta ridiculez, enga­ño y credulidad, que desearías acaso dejar de ser joven al instante, esperar a que se aparte, la juventud, esperar a que te adelante, verla irse, alejarse, contemplar toda tu vanidad, llevarte la mano a tu vacío, verla pasar de nuevo ante ti, y después marcharte tú, estar seguro de que se ha ido de una vez, tu juventud, y, tranquilo entonces, por tu parte, volver a pasar muy despacio al otro lado del Tiem­po para ver, de verdad, cómo son la gente y las cosas.

 

Los ricos no necesitan matar en persona para jalar. Dan trabajo a los demás, como ellos dicen. No hacen el mal en persona, los ricos. Pagan. Se hace todo lo posible para complacerlos y todo el mundo muy contento. Mientras que sus mujeres son bellas, las de los pobres son feas. Es así desde hace siglos, aparte de los vestidos elegantes. Preciosas, bien alimentadas, bien lavadas. Desde que el mundo es mundo, no se ha llegado a otra cosa.

En cuanto al resto, en vano te esfuerzas, resbalas, pati­nas, vuelves a caer en el alcohol, que conserva a los vivos y a los muertos, no llegas a nada. Está más que demostra­do. Y desde hace tantos siglos que podemos observar nuestros animales nacer, penar y cascar ante nosotros, sin que les haya ocurrido, tampoco a ellos, nada extraordina­rio nunca, salvo reanudar sin cesar el mismo fracaso insí­pido donde tantos otros animales lo habían dejado. Sin embargo, deberíamos haber comprendido lo que ocurría. Oleadas incesantes de seres inútiles vienen desde el fondo de los tiempos a morir sin cesar ante nosotros y, sin em­bargo, seguimos ahí, esperando cosas... Ni siquiera para pensar la muerte servimos.

Cuando no se tiene dinero para ofrecer a los pobres, más vale callarse. Cuando se les habla de otra cosa, y no de dinero, se los engaña, se miente, casi siempre. Los ri­cos son fáciles de divertir, con simples espejos, por ejem­plo, para que en ellos se contemplen, ya que no hay nada mejor en el mundo para mirar que los ricos. Para reani­marlos, se los eleva, a los ricos, cada diez años, a un gra­do más de la Legión de Honor, como una teta vieja, y ya los tenemos ocupados durante otros diez años. Y listo. Mis clientes, en cambio, eran unos egoístas, pobres, ma­terialistas encerrados en sus cochinos proyectos de retiro, mediante el esputo sangrante y positivo. El resto les daba por completo igual. Hasta las estaciones les daban igual. De las estaciones sólo sentían y querían saber lo relativo a la tos y la enfermedad, que en invierno, por ejemplo, te acatarras mucho más que en verano, pero que en prima­vera, en cambio, escupes sangre con facilidad y que du­rante los calores puedes llegar a perder tres kilos por se­mana... A veces los oía hablarse entre ellos, cuando creían que yo no estaba…

La impertinencia de mi comentario no le quitó las ga­nas de mostrarse más amable aún. Evidentemente, venía a pedirme algo. Su voz apenas se elevaba sobre una mono­tonía confidencial, que se debía, así me imaginé al menos, a su profesión. Mientras hablaba, prudente y preliminar, yo intentaba imaginarme lo que debía de hacer, aquel cura, para ganarse sus calorías, montones de muecas y promesas, del estilo de las mías... Y después me lo imagi­naba, para divertirme, desnudo ante su altar... Así es como hay que acostumbrarse a transponer desde el primer momento a los hombres que vienen a visitarte, los comprendes mucho más rápido después, disciernes al instante en cualquier personaje su realidad de enorme y ávido gusano. Es un buen truco de la imaginación. Su co­chino prestigio se disipa, se evapora. Desnudo ante ti ya no es, en una palabra, sino una alforja petulante y jactan­ciosa que se afana farfullando, fútil, en un estilo o en otro. Nada resiste a esa prueba. Sabes a qué atenerte al instante. Ya sólo quedan las ideas y las ideas nunca dan miedo. Con ellas nada está perdido, todo se arregla. Mientras que a veces es difícil soportar el prestigio de un hombre vestido. Conserva la tira de pestes y misterios en la ropa.

Tenía dientes pésimos, el padre, podridos, ennegreci­dos y rodeados de sarro verdusco, una piorrea alveolar curiosita, en una palabra. Iba yo a hablarle de su piorrea, pero estaba demasiado ocupado contándome cosas. No cesaban de rezumar, las cosas que me decía, contra sus raigones, a impulsos de una lengua todos cuyos movi­mientos espiaba yo. Lengua desollada, la suya, en nume­rosas zonas minúsculas de sus sanguinolentos bordes.

Yo tenía la costumbre, e incluso el placer, de esas ob­servaciones íntimas y meticulosas. Cuando te detienes a observar, por ejemplo, el modo como se forman y profie­ren las palabras, no resisten nuestras frases al desastre de su baboso decorado. Es más complicado y más penoso que la defecación, nuestro esfuerzo mecánico de la con­versación. Esa corola de carne abotargada, la boca, que se agita silbando, aspira y se debate, lanza toda clase de so­nidos viscosos a través de la hedionda barrera de la caries dental, ¡qué castigo! Y, sin embargo, eso es lo que nos ex­hortan a transponer en ideal. Es difícil. Puesto que no somos sino recintos de tripas tibias y a medio pudrir, siempre tendremos dificultades con el sentimiento. Ena­morarse no es nada, permanecer juntos es lo difícil. La basura, en cambio, no pretende durar ni crecer. En ese sentido, somos mucho más desgraciados que la mierda, ese empeño de perseverar en nuestro estado constituye la increíble tortura.

Está visto que no adoramos nada más divino que nues­tro olor. Toda nuestra desgracia se debe a que debemos seguir siendo Jean, Pierre o Gastón, a toda costa, durante años y años. Este cuerpo nuestro, disfrazado de molécu­las agitadas y triviales, se revela todo el tiempo contra esta farsa atroz del durar. Quieren ir a perderse, nuestras moléculas, ¡ricuras!, lo más rápido posible, en el univer­so. Sufren por ser sólo «nosotros», cornudos del infinito. Estallaríamos, si tuviéramos valor; no hacemos sino flaquear día tras día. Nuestra tortura querida está encerrada ahí, atómica, en nuestra propia piel, con nuestro orgullo.

Como yo callaba, consternado por la evocación de esas ignominias biológicas, el padre creyó tenerme en el bote y aprovechó incluso para mostrarse de lo más con­descendiente y familiar conmigo…

Para un tiempo triste y confidencial no se podía pedir nada mejor que el que hacía fuera. Era tan feo el tiempo, y de modo tan frío, tan insistente, como para pensar que ya no volveríamos a ver nunca el resto del mundo al salir, que se habría deshecho, el mundo, asqueado.

 

En cuanto a los enfermos, los clientes, no me hacía ilu­siones al respecto... No iban a ser en otro barrio ni me­nos rapaces, ni menos burros, ni menos cobardes que los de aquí. La misma priva, el mismo cine, los mismos chis­mes deportivos, la misma sumisión entusiasta a las nece­sidades naturales, de jalar y cagar, los convertirían, allá como aquí, en la misma horda embrutecida, cateta, titu­beante de una trola a otra, farolera siempre, chapucera, mal intencionada, agresiva entre dos pánicos.

Pero, ya que el enfermo, por su parte, no deja de cam­biar de costado en su cama, en la vida tenemos también derecho a pasar de un flanco a otro, es lo único que po­demos hacer y la única defensa que hemos descubierto contra el propio Destino. Hay que abandonar la esperan­za de dejar la pena en algún sitio por el camino. Es como una mujer horrorosa, la pena, y con la que te hubieras ca­sado. ¿No será mejor tal vez acabar amándola un poco que agotarse azotándola toda la vida, puesto que no te la puedes cargar?

 

VoyageAuBout2Mientras estuvo vendado, Robinson me contó cómo se había iniciado en la vida. En el comercio. Sus padres lo habían colocado, ya a los once años, en una zapatería de lujo para hacer recados. Un día que fue a entregar, una clienta lo invitó a gustar un placer que hasta entonces sólo había imaginado. No había vuelto nunca a casa del patrón, de tan abominable que le había parecido su pro­pia conducta. En efecto, follarse a una clienta en la época de que hablaba era aún un acto imperdonable. Sobre todo la camisa de aquella clienta, de muselina pura, le ha­bía causado una impresión extraordinaria. Treinta años después, la recordaba exactamente, aquella camisa. Con la dama de los frufrús en su piso atestado de cojines y de cortinas con flecos, su carne rosa y perfumada, el peque­ño Robinson se había llevado elementos para posteriores comparaciones desesperadas e interminables.

Sin embargo, muchas cosas habían sucedido después. Había visto continentes, guerras enteras, pero nunca se había recuperado del todo de aquella revelación. Pero le divertía volver a pensar en ello, volver a contarme esa especie de minuto de juventud que había tenido con la clienta. «Tener los ojos cerrados así hace pensar -comen­taba-. Es como un desfile... Parece que tuvieras un cine en la chola...» Yo no me atrevía aún a decirle que iba a te­ner tiempo de cansarse de su cinillo. Como todos los pensamientos conducen a la muerte, llegaría un momento en que sólo la vería a ésa, en su cine….

Henrouille subía al cuarto después de comer para leer­le un poco a Robinson, como yo le había pedido. Pasa­ban los días. La historia de aquella maravillosa clienta que había poseído en la época de su aprendizaje se la contó también a Henrouille. Y acabó siendo un motivo de risa general, la historia, para todo el mundo en la casa. Así acaban nuestros secretos, en cuanto los aireamos en público. Lo único terrible en nosotros y en la tierra y en el cielo acaso es lo que aún no se ha dicho. No estare­mos tranquilos hasta que no hayamos dicho todo, de una vez por todas, entonces quedaremos en silencio por fin y ya no tendremos miedo a callar. Listo.

… Cobarde como era, yo lo sabía, y él también, por natu­raleza, aún abrigaba la esperanza de que lo salvaran de la verdad, pero, por otro lado, yo empezaba a preguntarme si existía en alguna parte gente cobarde de verdad... Pare­ce que siempre se puede encontrar, para cualquier hom­bre, un tipo de cosas por las que está dispuesto a morir y al instante y bien contento, además. Sólo, que no siempre se presenta su ocasión, de morir tan ricamente, la ocasión a su gusto. Entonces se va a morir como puede, en alguna parte... Se queda ahí, el hombre, en la tierra con aspecto de alelado, además, y de cobarde para todo el mundo, pero sin convencimiento, y se acabó. Es sólo apariencia, la cobardía.

Robinson no estaba dispuesto a morir en la ocasión que se le presentaba. Tal vez presentada de otro modo le hubiera gustado mucho más.

En resumen, la muerte es algo así como una boda.

Esa muerte no le gustaba en absoluto y se acabó. No había más que hablar.

Conque iba a tener que resignarse a aceptar su hundi­miento y desamparo.

… Entre tanta gente, cuyos nombres, trajes, costumbres, direcciones había olvidado y cuyas amabilidades y sonrisas incluso, después de tan­tos años de preocupaciones, de ansias de comida, debían de haberse vuelto como quesos viejos a fuerza de muecas penosas... Los propios recuerdos tienen su juventud... Se convierten, cuando los dejas enmohecer, en fantasmas repulsivos, que no rezuman sino egoísmo, vanidades y mentiras... Se pudren como manzanas... Conque nos hablábamos de nuestra juventud, la saboreábamos y vol­víamos a saborear. Desconfiábamos. A mi madre, por cierto, llevaba mucho sin ir a verla... Y esas visitas no me sentaban nada bien en el sistema nervioso... Era peor que yo, para la tristeza, mi madre... Siempre en el cuchitril de su tienda, parecía acumular todas las decepciones que po­día a su alrededor después de tantos y tantos años...

 

… Le ofrecí unas palabras. Le hablé también yo del pe­queño Bébert y de otra niña que había tratado en la ciu­dad, siendo estudiante, y que había muerto, de meningi­tis también. Tres semanas había durado su agonía y su madre, en la cama de al lado, ya no podía dormir de pena, conque se masturbaba, su madre, todo el tiempo durante las tres semanas de agonía y hasta después, cuan­do todo hubo acabado, ya no había forma de detenerla.

Eso demuestra que no se puede existir sin placer, ni si­quiera un segundo, y que es muy difícil tener pena de verdad. Así es la existencia.

 

No vale la pena debatirse, esperar basta, ya que todo aca­bará pasando por la calle. Ella sola cuenta, en el fondo. No hay nada que decir. Nos espera. Habrá que bajar a la calle, decidirse, no uno, ni dos, ni tres de nosotros, sino todos. Estamos ahí delante, haciendo remilgos y melin­dres, pero ya llegará.

En las casas, nada bueno. En cuanto una puerta se cie­rra tras un hombre, empieza a oler en seguida y todo lo que lleva huele también. Pasa de moda en el sitio, en cuerpo y alma. Se pudre. Si apestan, los hombres, nos está bien empleado. ¡Debíamos ocuparnos de ello! De­bíamos sacarlos, expulsarlos, exponerlos. Todo lo que apesta está en la habitación y adornado, pero hediondo, de todos modos.

 

Su manicomio de Vigny-sur-Seine estaba siempre lle­no. Lo llamaban «Casa de salud» en los anuncios, por un gran jardín que lo rodeaba, donde nuestros locos se pa­seaban los días en que hacía bueno. Se paseaban por él, los locos, con aspecto de mantener con dificultad la cabe­za en equilibrio sobre los hombros, como, si tuvieran miedo constantemente de que se les desparramara por el suelo, el contenido, al tropezar. Ahí dentro se entrechocaban toda clase de cosas saltarinas y extravagantes, a las que se sentían horriblemente apegados.

No nos hablaban de sus tesoros mentales, los aliena­dos, sino con infinidad de contorsiones espantadas o ai­res condescendientes y protectores, al modo de adminis­tradores meticulosos y prepotentes. Ni por un imperio se habría podido sacarlos de sus cabezas. Un loco no es sino las ideas corrientes de un hombre pero bien encerradas en una cabeza. El mundo no pasa a través de su cabeza y se acabó. Se vuelve como un lago sin ribera, una cabeza cerrada, una infección.

 

En el fondo, me había vuelto cada vez más como Baryton, me la traía floja. Todo eso que me contaba Ro­binson de su aventura en Toulouse no era ya para mí un peligro vivo; de nada me servía intentar interesarme por su caso, olía a rancio, su caso. De nada sirve decir ni pre­tender, el mundo nos abandona mucho antes de que nos vayamos para siempre.

VoyageAuBout3Las cosas que más te interesan, un buen día decides comentarlas cada vez menos, y con esfuerzo, cuando no queda más remedio. Estás pero que muy harto de oírte hablar siempre... Abrevias... Renuncias... Llevas más de treinta años hablando... Ya no te importa tener razón. Te abandona hasta el deseo de conservar siquiera el huequecito que te habías reservado entre los placeres... Sientes hastío... En adelante te basta con jalar un poco, tener un poco de calorcito y dormir lo más posible por el camino de la nada. Para recuperar el interés, habría que descubrir nuevas muecas que hacer delante de los demás... Pero ya no tienes fuerzas para cambiar de repertorio. Farfullas. Buscas aún trucos y excusas para quedarte ahí, con los amiguetes, pero la muerte está ahí también, hedionda, a tu lado, todo el tiempo ahora y menos misteriosa que una partida de brisca. Sólo conservas, preciosas, las pe­queñas penas, la de no haber encontrado tiempo para ir a Bois-Colombes a ver, mientras aún vivía, a tu anciano tío, cuya cancioncilla se extinguió para siempre una noche de febrero. Eso es todo lo que has conservado de la vida. Esa pequeña pena tan atroz, el resto lo has vomitado más o menos a lo largo del camino, con muchos esfuerzos y pena. Ya no eres sino un viejo reverbero de recuerdos en la esquina de una calle por la que ya no pasa casi nadie.

 

Creí que iba a saltar de nuevo. No, se limitó a mover la cabeza, allí, delante de mí, de derecha a izquierda, con los labios apretados, y con los ojos intentaba encontrarme de nuevo donde me había dejado en su recuerdo. Yo ya no estaba allí. Me había desplazado, también yo, en el recuerdo. En la situación en que nos encontrábamos, un hombre, un cachas, me habría dado miedo, pero de ella no tenía yo nada que temer. Yo le podía, como se suele decir. Siempre había deseado meterle un buen cate a una cabeza presa así de la cólera para ver cómo dan vueltas las cabezas encolerizadas en esos casos. Eso o un hermo­so cheque es lo que hace falta para ver de golpe cambiar todas las pasiones que se enroscan en una cabeza. Es tan bello como una hermosa maniobra a vela sobre un mar agitado. Toda la persona se ladea como azotada por un viento nuevo. Yo quería ver una cosa así.

Hacía veinte años por lo menos, que me perseguía ese deseo. En la calle, en el café, en todas partes donde la gente más o menos agresiva, quisquillosa y fanfarrona, se pelea. Pero nunca me había atrevido por miedo a los gol­pes y sobre todo por la vergüenza que acompaña a los golpes. Pero aquella ocasión, por una vez, era magnífica.

«¿Te vas a ir de una vez?», fui y le dije, sólo para exci­tarla un poco más aún, ponerla a tono.

Ella ya no me reconocía, de hablarle así. Se puso a son­reír, del modo más horripilante, como si me considerara ridículo y muy despreciable... «¡Zas! ¡Zas!» Le pegué dos guantazos como para dejar sin sentido a un asno.

Fue a caer redonda sobre el gran diván rosa de enfren­te, contra la pared, con la cabeza entre las manos. Respi­raba entrecortadamente y gemía como un perrito apalea­do. Y después, pareció como si reflexionara y de repente se levantó, con agilidad, y cruzó la puerta sin volver si­quiera la cabeza. Yo no había visto nada. Vuelta a em­pezar.

 

La era de esos gozos vivos, de las grandes armonías in­negables, fisiológicas, comparativas, está aún por venir... El cuerpo, divinidad sobada por mis vergonzosas ma­nos... Manos de hombre honrado, cura desconocido... Permiso primero de la Muerte y las Palabras... ¡Cuántas cursilerías apestosas! El hombre distinguido va a echar un polvo embadurnado con una espesa mugre de símbo­los y acolchado hasta la médula... Y después, ¡que pase lo que pase! ¡Buen asunto! La economía de no excitarse, al fin y al cabo, sino con reminiscencias... Se poseen las re­miniscencias, se pueden comprar, hermosas y espléndidas, una vez por todas, las reminiscencias... La vida es algo más complicado, la de las formas humanas sobre todo. Atroz aventura. No hay otra más desesperada. Al lado de ese vicio de las formas perfectas, la cocaína no es sino un pasatiempo para jefes de estación.

 

  
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