UN BUEN LIBRO PARA LEER:  CATEDRAL  (1983)

CatedralCarver

  

 Raymond Carver.   EEUU

 Editorial  ANAGRAMA

 Traducción de Benito Gómez Ibáñez

  

  

 

 Fragmentos 

Este libro se compone de 12 cuentos excepcionales. Se transcriben sus comienzos 

 

 

 PLUMAS

 

Ese amigo mío del trabajo,Bud, nos había invitado a cenar a Fran y a mí. Yo no conocía a su mujer y él no conocía a Fran. Así que estábamos a la par. Pero Bud y yo éramos amigos. Y yo sabía que en casa de Bud había un niño pequeño. Aquel niño debía de tener ocho meses de edad cuando Bud nos invitó a cenar. ¿Qué ha sido de esos ocho meses? ¡Qué deprisa ha pasado el Tiempo desde entonces! Recuerdo el día en que Bud fue al trabajo con una caja de puros. Los repartió en el comedor. Eran puros de importación. Masters holandeses. Pero llevaban una Etiqueta roja y un envoltorio que decía: ¡ES UN NIÑO! Yo no fumo puros, pero cogí uno de todos modos.

Coge un par de ellos —dijo Bud, sacudiendo la caja—. A mí tampoco me gustan los puros. Es idea de ella..

       Se refería a su mujer.Olla.

       Yo no conocía a la mujer de Bud, pero una vez oí su voz por teléfono. Era un sábado por la tarde, y no me apetecía hacer nada. Así que llamé aBud para ver si él quería hacer algo. La mujer cogió el teléfono.

      -¿Dígame?

     Me desconcerté y no pude recordar su nombre. La mujer de BudBud me lo había dicho una buena cantidad de veces. Pero me entraba por una oreja y me salía por otra. 

     - ¡Dígame! -repitió la mujer. Oí un aparato de televisión. Luego, la mujer añadió- ¿Quién es?

     Oí llorar a un niño.

    - ¡Bud! —gritó la mujer.

    - ¿Qué? —oí contestar aBud.

     Seguía sin acordarme de cómo se llamaba. Así que colgué. Cuando volví a ver a Bud en el trabajo no le dije que había llamado, claro está. Pero insistí y logré que mencionara el nombre de su mujer..

   - Olla -dijo.

    Olla, repetí para mí. Olla.

   - Nada especial -dijo Bud. Estábamos en el comedor, todmando café-. Solo nosotros cuatro. Tu parienta y tú, y Olla y yo. Sin cumplidos. Venid sobre las siete. Olla da de comer a lniño a las seis. Depués de acuesta, y luego cenamos. Nuestra casa no es difícil de encontrar. Pero ahí tienes un mapa...

 

 

LA CASA DE CHEF

 

Aquel verano Wes le alquiló una casa amueblada al norte de Eureka a un alcohólico recuperado llamadoChef. Luego me llamó para pedirme que olvidara lo que estuviese haciendo y que me fuese allí a vivir con él. Me dijo que no bebía. Yo ya sabía qué era eso de no beber. Pero él no aceptaba negativas, Volvió a llamar y dijo:Edna, desde la ventana delantera se ve el mar. En el aire se huele la sal. Me fijé en cómo hablaba. No arrastraba las palabras. Le dije que me lo pensaría. Y lo hice. Una semana después volvió a llamar preguntándome si iba. Contesté que lo seguía pensando. Empezaremos de nuevo, dijo él. Si voy para allá, quiero que hagas algo por mí, le dije. Lo que sea, contestó Wes. Quiero que intentes ser el Wes que conocí antes. El Wes de siempre. El Wes con quien me casé. Wes empezó a llorar, pero lo interpreté como una señal de sus buenas intenciones. Así que le dije, de acuerdo, iré. 

Había dejado a su amiga, o ella le había abandonado a él, ni lo sé ni me importa.  Cuando me decidí a irme con Wes, tuve que decirle adiós a mi amigo. Mi amigo me dijo que estaba cometiendo un error. No me hagas esto a mí. ¿Qué pasará con nosotros?  Tengo que hacerlo Por el bien de Wes, le dije. Está intentando dejar de beber. Ya recordarás lo que es eso. Lo recuerdo, pero no quiero que vayas, contestó mi amigo. Iré a pasar el verano. Luego, ya veré. Volveré, le dije. ¿Y qué pasa conmigo?, preguntó él. ¿Qué hay de mí bien? No vuelvas más.

Aquel verano bebimos café, gaseosa y toda clase de zumos de fruta. Eso es lo que bebimos durante todo el verano. Me encontré deseando que el verano no terminase nunca. Debíe figurármelo pero al cabo de un mes de estar con Wes en casa de Chef...

 

 

CONSERVACIÓN

  

     El marido de Sandy se había instalado en el sofá desde hacía tres meses, cuando le despidieron. Aquel día, tres meses atrás, volvió a casa pálido y asustado, con todas las cosas del trabajo en una caja. 

     - Feliz día de San Valentín —le dijo a Sandy

     En la mesa de la cocina puso una caja de bombones en forma de corazón y una botella de Jim Beam. Se quitó la gorra y la dejó también sobre la mesa.

     - Hoy me han despedido. Oye, ¿qué va a ser de nosotros ahora? 

     Sandy y su marido se sentaron a la mesa, bebieron whisky y comieron bombones. Hablaron de lo que podía hacer él en lugar de poner techos en casas nuevas. Pero no se les ocurrió nada. 

    - Algo saldrá —aseguró Sandy

    Quería animarle. Pero ella también estaba asustada. Finalmente, él dijo que lo consultaría con la almohada. Y lo hizo. Aquella noche se hizo la cama en el sofá, y allí fue donde durmió todas las noches desde entonces.

     Al día siguiente de su despido había que ocuparse de las prestaciones de la Seguridad Social. Fue al centro, a la oficina de empleo, a rellenar papeles y buscar otro trabajo. Pero no había empleos ni del tipo del suyo, ni de ningún otro tipo. Empezó a sudar mientras intentaba descubrir a Sandy la multitud de hombres y mujeres apiñados en la oficina. Aquella noche volvió a echarse en el sofá. Empezó a pasarse allí todo el tiempo, como si, pensaba ella, eso fuese lo que debía hacer ahora que ya no tenía trabajo. De cuando en cuando iba a hablar con alguien sobre una posibilidad de empleo, y cada dos semanas firmaba los papeles para recibir el subsidio de paro. Pero el resto del tiempo se quedaba en el sofá. «Es como siviviese ahí», pensaba Sandy. «Vive en el cuarto de estar.» De vez en cuando hojeaba revistas que ella llevaba a casa de la tienda de ultramarinos; y muchas veces llegaba y le encontraba mirando el grueso libro que le habían regalado a ella por inscribirse en un club del libro: una cosa que se titulaba Misterios del pasado. Sostenía el libro delante de él con las dos manos y la cabeza inclinada sobre las páginas, como si estuviera inmerso en la lectura. Pero al cabo del rato observaba ella que no parecía adelantar nada; seguía por el mismo sitio: alrededor del capítulo segundo, calculaba ella. Sandy lo cogió una vez y lo abrió por donde él iba. Leyó algo acerca de un hombre que habían descubierto al cabo de dos mil años en una turbera en los Países Bajos. En una página venía una fotografía. El hombre tenía la frente velluda, pero en su rostro aparecía una expresión serena. Llevaba un gorro de cuero y yacía de lado. Las manos y los pies estaban secos, pero, por lo demás, el hombre no tenía un aspecto demasiado horroroso. Leyó un poco más y luego dejó el libro en el sitio de donde lo había cogido. Su marido lo dejaba al alcance de la mano, en la mesita que había delante del sofá. ¡El puñetero sofá! Por lo que a ella se refería, no quería ni volver a sentarse en él. Ni podía imaginar que en el pasado se hubieran tumbado allí para hacer el amor.

    Les llevaban el periódico a casa todos los días. El lo leía desde la primera hasta la última página. Sandy le veía leerlo todo, hasta las esquelas y la sección que indicaba la temperatura de las ciudades importantes, así como las noticias económicas que hablaban de fusiones y de tasas de interés. Por la mañana se levantaba antes que ella y utilizaba el cuarto de baño. Luego encendía la televisión y hacía café. Ella le encontraba animado y alegre a esa hora del día. Pero cuando ella se iba a trabajar, él ya se había acomodado en el sofá y la televisión estaba en marcha. La mayoría de las veces seguía funcionando cuando ella volvía por la tarde. El estaba sentado en el sofá, o tumbado, vestido con la ropa que solía llevar al trabajo: vaqueros y camisa de franela. Pero a veces la televisión estaba apagada y él seguía sentado, con el libro en las manos.

    - ¿Cómo te ha ido? —preguntaba él cuando entraba Sandy

    - Muy bien. ¿Y a ti? 

    - Muy bien. 

    Siempre tenía una cafetera caliente para ella. En el cuarto de estar, ella se sentaba en la butaca grande mientras comentaban las incidencias de la jornada. Cogían las tazas y bebían café, como gente normal, pensaba Sandy

    Sandy seguía queriéndole, aunque era consciente de que las cosas estaban tomando un giro extraño…

 

EL COMPARTIMIENTO

Myers recorría Francia en vagón de primera clase para visitar a su hijo, que estudiaba en la universidad de Estrasburgo. Hacía ocho años que no le veía. No se habían llamado por teléfono durante todo ese tiempo y ni siquiera se habían enviado una postal desde que Myers y la madre del chico se separaron y el muchacho se fuera a vivir con ella. Myers siempre había pensado que la perniciosa intromisión del muchacho en sus asuntos personales había precipitado la ruptura final.

  La última vez que Myers vio a su hijo, el chico se abalanzó sobre él durante una violenta disputa. La mujer de Myers estaba de pie junto al aparador, rompiendo platos de porcelana, uno tras otro, contra el suelo del comedor. Luego se había dedicado a las tazas. 

- Basta ya -dijo Myers.

     En ese momento, el muchacho se lanzó contra él. Myers le esquivó y le inmovilizó con una llave de cuello, mientras el chico lloraba, dándole puñetazos en la espalda y los riñones. Myers le tenía a raya y se aprovechó a fondo. Le golpeó contra la pared y amenazó con matarle. Lo dijo en serio.

  - ¡Yo te he dado la vida —recordaba haber gritado—, y puedo quitártela.

Pensando ahora en aquella escena horrible, Myers meneó la cabeza como si le hubiera sucedido a otro. Y así era. El ya no era el mismo, sencillamente. Ahora vivía solo y apenas se relacionaba con nadie fuera del trabajo. Por la noche escuchaba música clásica y leía libros sobre señuelos para cazar patos.

Encendió un cigarrillo y siguió mirando por la ventanilla, sin prestar atención al hombre que se sentaba en el asiento junto a la puerta y que dormía con el sombrero sobre los ojos. Acababa de amanecer y había niebla sobre los campos verdes que desfilaban ante sus ojos. De vez en cuando Myers veía una granja y sus dependencias, todo ello cercado por una tapia. Pensó que tal vez fuese una buena manera de vivir: en una casa vieja rodeada de muros...

 

PARECE UNA TONTERÍA

El sábado por la tarde fue a la pastelería del centro comercial. Después de mirar las fotografías de pasteles pegadas en una especie de álbum, encargó uno de chocolate, el preferido de su hijo. El que escogió estaba adornado con una nave espacial y su plataforma de lanzamiento bajo una rociada de blancas estrellas, y con un planeta escarchado de color rojo en el otro extremo. El nombre del niño, SCOTTY, iría escrito en letras verdes bajo el planeta. El pastelero, que era un hombre mayor con cuello de toro, escuchó sin rechistar mientras ella le decía que el niño cumpliría ocho años el lunes siguiente. El pastelero llevaba un delantal blanco que parecía un guardapolvo. Los cordones le pasaban por debajo de los brazos, se cruzaban en la espalda y luego volvían otra vez delante, donde los había atado bajo su amplio vientre. Se secaba las manos en el delantal mientras le escuchaba. Seguía con la vista fija en las fotografías y la dejaba hablar. No la interrumpió. Acababa de llegar al trabajo y se iba a pasar toda la noche junto al horno, de modo que no tenía mucha prisa.

Ella le dio su nombre, Ann Weiss, y su número de teléfono. El pastel estaría hecho para el lunes por la mañana, recién sacado del horno, y con tiempo suficiente para la fiesta del niño, que era por la tarde. El pastelero no parecía animado. No hubo cortesía entre ellos, sólo las palabras justas, los datos indispensables. La hizo sentirse incómoda, y eso no le gustó. Mientras estaba inclinado sobre el mostrador con el lapicero en la mano, ella observó sus rasgos vulgares y se preguntó si habría hecho algo en la vida aparte de ser pastelero. Ella era madre, tenía treinta y tres años y le parecía que todo el mundo, sobre todo un hombre de la edad del pastelero, lo bastante mayor para ser su padre, debería haber tenido niños y conocer ese momento tan especial de las tartas y las fiestas de cumpleaños. Deberían de tener eso en común, pensó ella. Pero la trataba de una manera brusca; no grosera, simplemente brusca. Renunció a hacerse amiga suya. Miró hacia el fondo de la pastelería y vio una mesa de madera, grande y sólida, con moldes pasteleros de aluminio amontonados en un extremo; y, junto a la mesa, un recipiente de metal lleno de rejillas vacías. Había un horno enorme. Una radio tocaba músicacountry-western.

El pastelero terminó de anotar los datos en la libreta de encargos y cerró el álbum de fotografías. La miró y dijo:

– El lunes por la mañana.

Ella le dio las gracias y volvió a su casa.

El lunes por la mañana, el niño del cumpleaños se dirigía andando a la escuela con un compañero. Se iban pasando una bolsa de patatas fritas, y el niño intentaba adivinar lo que su amigo le regalaría por la tarde. El niño bajó de la acera en un cruce, sin mirar, y fue inmediatamente atropellado por un coche. Cayó de lado, con la cabeza junto al bordillo y las piernas sobre la calzada. Tenía los ojos cerrados, pero movía las piernas como si tratara de subir por algún sitio. Su amigo soltó las patatas fritas y se puso a llorar. El coche recorrió unos treinta metros y se detuvo en medio de la calle. El conductor miró por encima del hombro. Esperó hasta que el muchacho se levantó tambaleante. Oscilaba un poco. Parecía atontado, pero ileso. El conductor puso el coche en marcha y se alejó.

El niño del cumpleaños no lloró, pero tampoco tenía nada que decir. No contestó cuando su amigo le preguntó qué pasaba cuando a uno le atropellaba un coche. Se fue andando a casa ya su amigo continuó hacia el colegio. Pero, después de entrar y contárselo a su madre -que estaba sentada a su lado en el sofá diciendo: «Scotty, cariño, ¿estás seguro de que te encuentras bien?», y pensando en llamar al médico de todos modos–, se tumbó de pronto en el sofá, cerró los ojos y se quedó inmóvil…

 

 VITAMINAS

      Yo tenía empleo y Patti no. Trabajaba unas horas de noche en el hospital. No hacía nada. Trabajaba un poco, firmaba la tarjeta por ocho horas y me iba a beber con las enfermeras. Al cabo de algún tiempo, Patti quiso trabajar. Decía que necesitaba un empleo con dignidad personal. “Yo tenía empleo y Patti no. Trabajaba unas horas de noche en el hospital. No hacía nada. Trabajaba un poco, firmaba la tarjeta por ocho horas y me iba a beber con las enfermeras. Al cabo de algún tiempo, Patti quiso trabajar. Decía que necesitaba un empleo con dignidad personal

     Durante una temporada, no fue más que una de esas chicas que patea las calles de barrios desconocidos, llamando a las puertas,. Pero aprendió los trucos del oficio. Era despierta, y siempre había destacado en el colegio. Tenía personalidad. Muy pronto la compañía la ascendio. Algunas chicas menos despabiladas fueron puestas a sus óridenes. En poco tiempo dirigía un equipo propio desde un pequeño despaño en la zona comercial. Pero las chicas que trabajaban para ella siempre estaban cambiando. Lagunas se despedían al cabo de un par de días u, a veces, al cabo de unas horas. Pero de cuando en cuando había chichas capaces. Sabían vender vitaminas. Esas eran las que se quedaban por Patti. Las que ocnsitutían el núcleo del equipo. Pero las había que no lograban vender nada.

     Las que no se las arreglaban bien simplemente se marchaban. No volvían al trabajo. Si tenían teléfono, lo dejaban descolgado. No salían a bri la puerta. Patti se tomaba muy a pecho aquellas deserciones, como si las chicas fuesn nuevos conversos que hubieses perdido la fe. Se culpaba a sí misma. Pero lo superaba. Eran demasiadas para no sobreponerse.

      De cuando en cuando alguna chicas se quedaba paralizada delante de una puerta, incapaz de llamar. O a lo mejor llamaba, pero no le salía la voz. O con las fórmulas decortesía mezclaba algo que no debería decir hasta después de haber entrado. En esos caos, la chicha recogía los bártulos, cogía el coche y daba un vuelta hasta que Patti y las demás terminaban. Celebraban una conferencia. Volvían juntas al despacho. Se decían cosas para animarse. «Cuando las cosas se ponen duras, las personas duras continúan» O: «Haz las cosas como es debido, y saldrán como es debido.» Cosas así…

 

           CUIDADO

Tras mucho discutir —lo que su mujer, Inez, llamaba considerar la situación—, Lloyd se marchó de casa y se fue a vivir solo. Tenía dos habitaciones con baño en el último piso de una casa de tres plantas. En las habitaciones los techos eran abuhardillados. Al andar tenía que agachar la cabeza. Debía inclinarse para mirar por la ventana y tener cuidado al acostarse y levantarse de la cama. Había dos llaves. Con una entraba en la casa. Luego subía otro tramo hasta su habitación y abría la puerta con la otra llave.

          Una tarde que volvía a casa con una bolsa que contenía tre botellas de champán André y un poco de carne, se detuvo en el descansillo y miró el cuarto de estar de su patrona. Vio a la anciana tumbada de espaldas en la alfombra. Parecía dormida. Entonces se le ocurrió que podía estar muerta. Pero la televisión estaba puesta y prefirió pensar que estaba dormida. No sabía que hacer. Se pasó la bolsa al otro brazo. Entonces fue cuando la mujer tosió débilmente, puso la mano junto a su costado, se calló y quedó inmóvil de nuevo. Lloyd siguió subiendo las escaleras y abrió su puerta. Más tarde, hacia el anochecer, miró por la ventana de la cocina y vio a la anciana en la jardín, con un sombrero de paja y el brazo pegado al costado. Regaba los pensamientos con una regadera pequeña.

En la cocina, tenía un mueble con nevera y fogón. Era una cosa diminuta, empotrada en un hueco entre la pila y la pred. Para sacar algo del frigorífico tenía que agacharse, arrodillarse casi. Pero no importaba, porque de todos modos no guardaba muchas cosas en ella…

 

DESDE DONDE LLAMO

J.P. y yo estamos en el porche del establecimiento de desintoxicación de Frank Martin. Como todos nosotros en la casa de Frank Martin, J. P. es ante todo y sobre todo un borracho. Pero también es deshollinador. Ha venido por primera vez y está asustado. Yo ya he estado otra vez. ¿Qué quiere decir eso? Pues que he vuelto. El verdadero nombre de J. P. es Joe Penny, pero me ha dicho que le llame J. P. Tiene unos treinta años. Más joven que yo. No mucho, sólo un poco. Me está contando cómo decidió dedicarse a ese tipo de trabajo, y siempre le gusta utilizar las manos al hablar. Pero le tiemblan. Quiero decir que sus manos no quieren estarse quietas

- Nunca me había pasado esto —dice.

Se refiere al temblor. Le digo que lo comprendo. Que el temblor se le pasará. Y se quita. Pero lleva tiempo.

Hace sólo dos días que estamos aquí. Aún no estamos libres de dificultades. J. P.  tiene temblores, y a mí de cuando en cuando un nervio —a lo mejor no es un nervio, pero es algo- me empieza a dar tirones en el hombro. A veces se me pone en un lado del cuello. Cuando me pasa eso, se me seca la boca. Entonces me cuesta trabajo tragar. Sé que está a punto de ocurrir algo y pretendo evitarlo. Quiero ocultarme, eso es lo que me dan ganas de hacer. Me limito a cerrar los ojos y a esperar a que pase, a que le dé al que está a mi lado. J. P. puede esperar un minuto. 

Vi un ataque epiléptico ayer por la mañana. Un tipo al que llaman Tiny. Un tío grande y gordo, electricista en Santa Rosa. Dicen que lleva aquí casi dos semanas y que ya había superado el período crítico. Iba a irse a casa en un par de días, a pasar el fin de año con su mujer mirando la televisión. Por Noche Vieja, Tiny pensaba beber chocolate y comer pastas. Ayer por la mañana parecía estar estupendamente cuando bajó a desayunar. Hacía un reclamo con la boca, enseñando cómo llamaba a los patos hasta que iban a posarse en su cabeza.

- Blam, blam - hacía Tiny, cazando un par de ellos.

Tiny llevaba el pelo húmedo, pegado a la cabeza. Acababa de salir de la ducha.  Además, se había cortado en la barbilla al afeitarse. Pero, ¿y qué? En la casa de Frank Martin casi todo el mundo tenía cortes en la cara. Son cosas que pasan. Tiny se hizo sitio a la cabecera de la mesa y empezó a contar algo que le había ocurrido en una de sus trompas. En la mesa, todos se reían y meneaban la cabeza mientras devoraban los huevos. Tiny decía algo, sonreía y luego echaba una mirada por la mesa para ver si lo comprendían. Todos habíamos hecho cosas igual de estúpidas y desagradables, así que, claro, por eso nos reíamos. Tiny tenía en el plato huevos revueltos, unas galletas y miel.  Yo estaba a la mesa, pero no tenía hambre. Tenía delante un poco de café. De repente, Tiny había desaparecido. Se había caído para atrás con la silla en medio de un gran estrépito. Estaba de espaldas en el suelo, con los ojos cerrados y los talones tamborileando en el linóleo. Los chicos llamaron a gritos a Frank Martin. Pero ya estaba allí. Dos compañeros se arrodillaron junto a Tiny. Uno de ellos le metió los dedos en la boca tratando de sujetarle la lengua….

 

  EL TREN

La mujer se llamaba Miss Dent, y aquella tarde había encañonado a un hombre con una pistola. Le había obligado a arrodillarse en el polvo suplicando que le perdonara la vida. Mientras los ojos del hombre se llenaban de lágrimas y sus dedos estrujaban hojas caídas, ella le apuntaba con el revólver y le cantaba cuatro verdades. Trataba de hacerle comprender que no podía seguir pisoteando los sentimientos de la gente.

- ¡Ni un movimiento! -dijo.

Pero el hombre simplemente escarbaba el polvo con los dedos y movía un poco las piernas, muerto de miedo. Cuando ella terminó de hablar, cuando dijo todo lo que pensaba de él, le puso el pie en la nuca y le aplastó la cara contra el polvo. Luego guardó el revólver en el bolso y volvió a pie a la estación.

Se sentó en un banco en la desierta sala de espera con el bolso en el regazo. La taquilla estaba cerrada; no había nadie. Incluso el aparcamiento estaba vacío, delante de la estación. Fijó la vista en el enorme reloj de la pared. Quería dejar de pensar en el hombre y en su comportamiento con ella después de conseguir lo que quería. Pero estaba segura de que durante mucho tiempo recordaría el sonido que el hombre emitió por la nariz al arrodillarse. Inspiró profundamente, cerró los ojos y esperó oír el ruido del tren.

La puerta de la sala de espera se abrió. Miss Dent miró en aquella dirección y vio entrar a dos personas. Una de ellas era un anciano de pelo blanco y corbata blanca de seda; la otra era una mujer de mediana edad que llevaba los ojos sombreados, los labios pintados, y un vestido de punto de color rosa. La tarde había refrescado, pero ninguno de los dos llevaba abrigo y el anciano iba sin zapatos. Se detuvieron en el umbral, aparentemente sorprendidos de encontrar a alguien en la sala de espera. Trataron de comportarse como si su presencia no les molestase. La mujer le dijo algo al anciano, pero miss Dent no percibió sus palabras. La pareja entró en la sala. A miss Dent le pareció que tenían cierto aire de inquietud, de haber salido de algún sitio a toda prisa y de ser incapaces todavía de hablar de ello. También podría ser, pensó miss Dent, que hubiesen bebido demasiado. La mujer y el anciano de pelo blanco miraron al reloj, como si pudiera decirles algo sobre su situación y lo que debían hacer a continuación.

Miss Dent también miró al reloj. Nada había en la sala de espera que anunciase el horario de llegada y salida de los trenes. Pero estaba dispuesta a esperar el tiempo que fuese necesario. Sabía que si aguardaba lo suficiente, llegaría un tren, lo abordaría y la llevaría lejos de aquel sitio…

 

 

 FIEBRE

 

  Carlyle estaba en apuros. Así había estado todo el verano, desde que le dejó su mujer a principios de junio. Pero hasta hacía poco, justo unos días antes de empezar las clases en el instituto, Carlyle no había necesitado a nadie que le cuidara los niños. El se había ocupado de ellos. Los había atendido día y noche. Su madre, les dijo, estaba haciendo un largo viaje. 

Debbie, la primera niñera que localizó, era una muchacha gorda de diecinueve años que, según le dijo, provenía de familia numerosa. Los niños la querían, aseguró. Dio un par de nombres como referencia. Los escribió a lápiz en un trozo de papel de cuaderno. Carlyle lo cogió, lo dobló y se lo guardó en el bolsillo de la camisa. Le dijo que tenía reuniones al día siguiente. Que podía empezar a trabajar por la mañana.

 - Muy bien  - dijo ella.

Comprendió que comenzaba una nueva época de su vida. Eileen se marchó mientras Carlyle aún estaba pasando las actas. Dijo que se iba a California del Sur para empezar una nueva vida. Se fue con Richard Hoopes, uno de los compañeros de instituto de Carlyle. Hoopes era profesor de arte dramático e instructor de fabricación de vidrio soplado y, al parecer,, había entregado las notas a tiempo, recogido sus cosas y abandonado la ciudad a toda prisa con Eileen. Ahora, con el largo y penoso verano detrás y las clases a punto de comenzar de nuevo, Carlyle se había finalmente ocupado del tema de encontrar niñera. Sus primeros intentos resultaron fallidos. Desesperando de encontrar a alguien - a cualquiera-, se quedó con Debbie.

Al principio, agradeció que la muchacha respondiera a su solicitud. Le confió la casa y los niños como si se tratara de una parienta. De modo que a nadie había de culpar sino a sí mismo, a su propio descuido, de eso estaba seguro, cuando un día de la primera semana de clase llegó pronto a casa y paró en el camino de entrada junto a un coche con dos enormes dados de franela colgando del espejo retrovisor. Para su sorpresa, vio a sus hijos en el jardín, con la ropa sucia, jugando con un perro lo bastante grande como para arrancarles las manos de un mordisco. Su hijo, Keith, tenía hipo y había estado llorando. Sarah, su hija, empezó a berrear cuando le vio bajar del coche. Estaban sentados en la hierba, y el perro les lamía la cara y las manos. El perro le gruñó y luego se apartó un poco cuando Carlyle se acercó a sus hijos. Cogió en brazos a Keith y luego a Sarah. Con un niño en cada brazo se acercó a la puerta. Dentro de la casa, el tocadiscos sonaba tan alto que las ventanas delanteras vibraban.

En la sala de estar, tres adolescentes se pusieron en pie de un salto abandonando sus asientos alrededor de la mesita. Encima de ella había botellas de cerveza y en el cenicero humeaban cigarrillos. Rod Stewart aullaba en el estéreo. En el sofá, Debbie, la muchacha gorda, se sentaba con otro chico. Miró a Carlyle con estúpida incredulidad cuando entró en la sala de estar. La muchacha gorda tenía la blusa abierta. Con las piernas recogidas bajo el cuerpo, fumaba un cigarrillo. La sala de estar estaba llena de humo y de música. La muchacha gorda y su amigo se levantaron a toda prisa del sofá…

 

LA BRIDA

Una camioneta vieja con matrícula de Minnesota se detiene en un espacio vacío frente a la ventana. Hay un hombre y una mujer en el asiento delantero, dos chicos en el trasero. Esa gente parece agotada. Hay ropa colgada en el coche; maletas, cajas y otras cosas apiladas en la parte de atrás. Por lo que Harley y yo dedujimos más tarde, eso es todo lo que poseen después de que el banco de Minnesota se quedara con su casa, con su tocadiscos, con su tractor, con su maquinaria agrícola y unas cuantas vacas.

En el coche, esa genete se queda inmóvil un momento, como reponiéndose. En nuestra casa, el aire acondicionado funciona a pleno rendimiento. Harley está en el jardín, cortando el césped. Hay una discusión en el asiento delantero y luego ella y él salen y se dirigen  a la puerta de casa. Me paso la mano por el pelo para asegurarme de que está en orden y espero a que toquen el timbre por segunda vez. Luego voy a abrir.

-¿Buscan apartamento? –les digo-. Pasen, dentro hace fresco.

Lo hago pasar al cuarto de estar. Allí es donde me ocupo del negocio, cobro el alquiler, extiendo los recibos y hablo con los interesado. También soy peluquera. Me considero estilista. Eso es lo que dicen mis tarjetas de visita. No degusta la palabra esthéticienne. Es de otros tiempos. Tengo el sillón en un rincón del cuarto de estar, y un secador que puedo acercar al respaldo. También hay un lavabo que Harley instaló hace unos años. Junto al sillón, tengo una mesa con algunas revistas. Antiguas. Muchas no tienen portada. Pero cuando están bajo el secador, las mujeres miran cualquier cosa.

El hombre me dice su nombre.

-  Me llamo Holits.

Me dice que ella es su mujer. Pero ella no me mira. En cambio, se contempla las uñas. Ella y Holits tampoco se siientan. Dice que les interesa un apartamento amueblado.

- ¿Cuántos son ustedes?

Pero lo digo porque siempre pregunto lo mismo. Sé cuántos son. Vi a los dos chicos en el asiento trasero. Dos y dos son cuatro…

 

CATEDRAL

Un ciego, antiguo amigo de mi mujer, iba a venir a pasar la noche en casa. Su esposa había muerto. De modo que estaba visitando a los parientes de ella en Connecticut. Llamó a mi mujer desde casa de sus suegros. Se pusieron de acuerdo. Vendría en tren: tras cinco horas de viaje, mi mujer le recibiría en la estación. Ella no le había visto desde hacía diez años, después de un verano que trabajó para él en Seattle. Pero ella y el ciego habían estado en comunicación. Grababan cintas magnetofónicas y se las enviaban. Su visita no me entusiasmaba. Yo no le conocía. Y me inquietaba el hecho de que fuese ciego. La idea que yo tenía de la ceguera me venía de las películas. En el cine, los ciegos se mueven despacio y no sonríen jamás. A veces van guiados por perros. Un ciego en casa no era una cosa que yo esperase con ilusión. 

Aquel verano en Seattle ella necesitaba trabajo. No tenía dinero.El hombre con quien iba a casarse al final del verano estaba en una escuela de formación de oficiales. Y tampoco tenía dinero. Pero ella estaba enamorada del tipo, y él estaba enamorado de ella, etc. Vio un anuncio en el periódico: Se necesita lectora para ciego,y un número de teléfono. Telefoneó, se presentó y la contrataron en seguida. Trabajó todo el verano para el ciego. Le leía a organizar un pequeño despacho en el departamento del servicio social del condado. Mi mujer y el ciego se hicieron buenos amigos. ¿Que cómo lo sé? Ella me lo ha contado. Y también otra cosa. En su último día de trabajo, el ciego le preguntó si podía tocarle la cara. Ella accedió. Me dijo que le pasó los dedos por toda la cara, la nariz, incluso el cuello. Ella nunca lo olvidó. Incluso intentó escribir un poema. Siempre estaba intentando escribir poesía. Escribía un poema o dos al año, sobre todo después de que le ocurriera algo importante.

Cuando empezamos a salir juntos, me lo enseñó. En el poema, recordaba sus dedos y el modo en que le recorrieron la cara. Contaba lo que había sentido en aquellos momentos, lo que le pasó por la cabeza cuando el ciego le tocó la nariz y los labios. Recuerdo que el poema no me impresionó mucho. Claro que no se lo dije. Tal vez sea que no entiendo la poesía. Admito que no es lo primero que se me ocurre coger cuando quiero algo para leer.

En cualquier caso, el hombre que primero disfrutó de sus favores, el futuro oficial, había sido su amor de la infancia. Así que muy bien. Estaba diciendo que al final del verano ella permitió que el ciego le pasara las manos por la cara, luego se despidió de él, se casó con su amor, etc., ya teniente, y se fue de Seattle. Pero el ciego y ella mantuvieron la comunicación. Ella hizo el primer contacto al cabo del año o así. Le llamó una noche por teléfono desde una base de las Fuerzas Aéreas en Alabama. Tenía ganas de hablar. Hablaron. El le pidió que le enviara una cinta y le contara cosas de su vida. Así lo hizo. Le envió la cinta. En ella le contaba al ciego cosas de su marido y de su vida en común en la base aérea. Le contó al ciego que quería a su marido, pero que no le gustaba dónde vivían, ni tampoco que él formase parte del entramado militar e industrial. Contó al ciego que había escrito un poema que trataba de él. Le dijo que estaba escribiendo un poema sobre la vida de la mujer de un oficial de las Fuerzas Aéreas. Todavía no lo había terminado. Aún seguía trabajando en él. El ciego grabó una cinta. Se la envió. Ella grabó otra. Y así durante años. Al oficial le destinaron a una base y luego a otra. Ella envió cintas desde Moody ACB, McGuire, McConnell, y finalmente, Travis, cerca de Sacramento, donde una noche se sintió sola y aislada de las amistades que iba perdiendo en aquella vida viajera. Creyó que no podría dar un paso más. Entró en casa y se tragó todas las píldoras y cápsulas que había en el armario de las medicinas, con ayuda de una botella de ginebra. Luego tomó un baño caliente y se desmayó.

Pero en vez de morirse, le dieron náuseas. Vomitó. Su oficial —¿por qué iba a tener nombre? Era el amor de su infancia, ¿qué más quieres?— llegó a casa, la encontró y llamó a una ambulancia. A su debido tiempo, ella lo grabó todo y envió la cinta al ciego. A lo largo de los años, iba registrado toda clase de cosas y enviando cintas a un buen ritmo. Aparte de escribir un poema al año, creo que ésa era su distracción favorita. En una cinta le decía al ciego que había decidido separarse del oficial por una temporada. En otra, le hablaba de divorcio. Ella y yo empezamos a salir, y por supuesto  se lo contó al ciego. Se lo contaba todo…

 

 

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