Primer capitulo del libro "Siluetas del ajedrez ruso" de Genna Sosonko.

Aportación de Francisco Cano Mercado. 

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Un capítulo del libro dedicado a la vida del gran Mijail Tal, escrito por Genna Sosonko, Gran Maestro, colaborador y amigo personal de Misha.

Editorial: DANCADREZ 

Traducción de la versión inglesa: Alicia Susana Villegas Grippo

 

 

 

                                 Mi Misha

 

«Mi cabeza está llena de sol» -fueron las primeras palabras de Misha Tal en un salón rebosante de público, en Moscú, inmediatamente después de su brillante victoria en el Torneo de Candidatos de Yugoslavia de 1959. Tenía, entonces, 23 años. Fue también allí donde dijo: «¡En la primera par­tida del match contra Botvinnik jugaré e2-e4 y le ganaré!» (1) Según Kasparov en «Mis geniales Predecesores», esto sucedió en la clausura del Torneo de Candidatos. (JA)

 A mediados de los cincuenta, un hombre joven, prácticamente un muchacho, con ardientes ojos negros y una forma de jugar que a todos sorprendía, irrumpió bruscamente en un mundo donde el ajedrez que se practicaba era estrictamente posicional. Su sorprendente manera de jugar a unos dejaba pasmados y a otros escandalizaba. Un periódico holandés hizo una observación típica de la reacción general del mundo ajedrecístico: «Para un jugador de clase mundial, el juego de Tal es sorprendentemente descuidado, por no decir temerario e irresponsable. Por el momento tiene éxito, porque aún los más experimentados y probados maestros de la defensa, son incapaces de oponerse a su terror en el tablero. Su objetivo es, primero y sobre todo, el ataque; y en sus partidas se ven frecuentemente sacrificios de una o hasta de varias piezas. Las opiniones están marcadamente divididas sobre este modo de juego temerario: algunos ven en él nada más que a un jugador, que tiene la suerte de su lado; mientras otros creen que es un genio que está abriendo campos desconocidos en el ajedrez».

Aunque ya era aspirante al título, Tal se había encontrado con el campeón mundial solamente una vez, durante la Olimpíada de Munich de 1958, donde ambos jugaron en el equipo soviético (Una invención de los periodistas es, por supuesto, la historia que cuenta cómo el pequeño Misha, con un tablero bajo el brazo, fue rechazado por Botvinnik cuando, en 1948, este último estaba pasando unas vacaciones en la playa, cerca de Riga). Al pasear entre las mesas, mientras el oponente estaba considerando su jugada, el campeón mundial preguntó al joven candidato: «¿Por qué sacrificaste ese peón?». Y recibió una respuesta «hooliganista», como el mismo Misha acostumbraba a decir: «Ese peón estaba simplemente en mi camino». Amaba esta palabra: «hooligan» y, a menudo, cuando analizaba, si él mismo sugería algún sacrificio poco claro, solía agregar: «Tengamos un poco de hooliganismo».

Conocí a Misha en el otoño de 1967. Había venido desde Riga a Leningrado para pasar unos días y, en la pequeña habitación de un conocido común, jugamos una gran cantidad de partidas blitz, de las que sólo pude ganar una y empatar unas cuantas. Después de algunas visitas más nos hicimos amigos y no me sorprendió cuando me invitó a Riga, a su ciudad, para trabajar juntos. Estaba preparándose para el match contra Gligoric. Por supuesto, para mí esta invitación era un honor. Entre esa y las siguientes visitas a Riga, debí de haber pasado aproximadamente medio año con él. Yo solía llegar alrededor de las once a su enorme apartamento del centro de Riga y, media hora después, ya estábamos sentados al tablero. Ahora, un cuarto de siglo más tarde, me doy cuenta de que las variantes no eran especialmente necesarias para él. Lo más importante -y en esto estoy completamente de acuerdo con Spassky- era crear una situación en el tablero donde sus piezas cobraran vida, y para él, como para ningún otro, realmente cobraban vida. Su credo era crear tensión y tomar la iniciativa, construir una posición en la que el factor espiritual -esto es, dar mate- prevaleciera y hasta se burlara del valor material de las piezas.

Pasamos mucho tiempo estudiando variantes como 1.d4 d5 2.c4 e6 3. Cc3 Cf6 4.Ag5 e5, y el sacrificio de peón d4-d5 en la Defensa India de Dama, que empleó en una partida de entrenamiento -poco conocida- contra Kholmov. Pero también consideramos la Nimzoindia y la Española, que terminaron siendo las principales aperturas en su match contra Gligoric.

Frecuentemente venía el entrenador permanente de Misha, Alexander Koblenz, para sus amigos: «Maestro», como invariablemente lo llamaba Tal. Detrás de su característica manera de conversar, irónica y bromista, existía un sincero afecto que venía de muchos años atrás. «Suficiente por hoy», solía decir Misha, «¡blitz, blitz!». Mientras sacrificaba piezas, la mayoría de las veces incorrectamente, contra cada uno de nosotros por turno, solía repetir: «No hay que preocuparse; ahora conseguiré que se le caiga la banderita». En situaciones muy agudas, cuando a él le quedaban sólo unos pocos segundos, pronunciaba su dicho favorito: «La calma es mi amante». No recuerdo ninguna ocasión en la que haya jugado blitz sin evidente placer. Lo mismo daba que se tratara de una partida de los campeonatos de Moscú o de Leningrado, la mayoría de los cuales fueron ganados por él, que del campeonato mundial en Saint John en 1988, o simplemente una partida a cinco minutos con un jugador amateur que lo hubiera atrapado en el foyer de un hotel.

La era de los ordenadores estaba aún distante, las partidas de Gligoric estaban desparramadas en algunos cuantos boletines y, al buscarlas, Misha a menudo se distraía con alguna de las revistas que le habían enviado desde varios países del mundo y, dando un vistazo a algún diagrama, sugería: «¿Y, si en lugar de eso, miramos las partidas del último campeonato de Colombia?».

«Deberían descansar», sugería la madre de Misha, Ida Grigoryevna, una mujer alta e imponente. Era la hermana mayor de una familia judía burguesa de Riga, que el destino había dispersado por el mundo. Su hermana Riva vivía en La Haya desde los años finales de los treinta, y Misha casi siempre solía verla durante sus frecuentes visitas a Holanda. Cuando era joven había estado durante seis meses en París, para mejorar su francés, pero el destino le tenía reservado algo diferente. La primera vez que la Tía Riva vio a su famoso sobrino fue en 1959, en Zurich, cuando se enteró del próximo torneo de ajedrez que se desarrollaría allí. «Estaba tan lleno de energía; era tan brillante...» , decía ella; «...y  aquel americano, alto y delgado, casi un niño, que literalmente se colgaba con cada palabra de Misha ...» Tenía otra hermana, Ganya -dos años más joven- que se estableció en Brooklyn, Nueva York, y a quien recuerdo bien de cuando estaba en Riga.

El apellido de la mamá de Misha, que murió en 1979, era Tal como el del padre de Misha: se había casado con su primo. En un enorme apartamento (para mis ideas de esa época) vivían: la mamá y el hermano mayor de Misha, Yasha, que sobrevivió a la muerte de ella por un corto tiempo; el mismo Misha con su novia, la cual emigró en 1972 y que vive, según he sabido, en Alemania; la primera mujer de Misha, Sally, que dejó el país en 1980 y ahora vive en Amberes; y el hijo de ambos, Gera, un niño encantador con cabello rubio ensortijado, ahora dentista y padre de tres niños, que vive en Beer Sheva, en Israel. En 1980, en mi casa de Ámsterdam, Misha se encontró varias veces con su hijo. Los tiempos en ese entonces no eran tan liberales y, un encuentro abierto entre un padre y un hijo emigrado, aún con la sola presencia de unos pocos grandes maestros, podría haber tenido consecuencias desagradables, como por ejemplo que le prohibieran viajar al exterior por dos o más años (lo que Misha, de hecho, tuvo que experimentar en su época).

El padre de Misha, que era médico, fue un hombre maravilloso según los que lo conocieron y murió en 1957. Tenía un amigo que lo visitaba casi todas las noches: el Tío Robert, como todos lo llamaban. Taxista de París de los años veinte, había perdido a toda su familia durante la guerra y jugaba al ajedrez, pero como aficionado; Tío Robert podía asistir durante horas a nuestros análisis y partidas rápidas, mirando a Misha con ojos afectuosos. A veces le regañaba por alguna cosa, Misha se defendía débilmente, e Ida Grigoryevna, que siempre se ponía del lado de Tío Robert, solía decir: «Misha, no seas maleducado, por favor; no te olvides de que, después de todo, él es tu padre». El secreto mejor guardado de la familia...: Tío Robert era su padre biológico. Ahora, un cuarto de siglo después, cuando todos ellos ya no están entre nosotros, puedo imaginarme muy bien a Tío Robert con su invariable cigarrillo entre los dedos manchados de nicotina, a menudo también con un vaso de coñac; y a Misha, especialmente en sus últimos años, tan semejante a él en apariencia, en el modo de hablar y de contenerse.

Durante estas riñas, yo solía apartar la mirada por pudor, pero nadie me prestaba atención, ya que me aceptaban como uno de los suyos.

Luego llegaba la noche y teníamos que ir a algún lugar para cenar. Se llamaba a un taxi e íbamos a algún restaurante donde, por supuesto, Misha siempre era reconocido. Cuando Tal se convirtió en campeón mundial le regalaron un «Volga», efectivamente la marca de mayor nivel de autos soviéticos de la época. Pero él se lo dio a su hermano. Misha era totalmente indiferente a toda forma de tecnología y de más está decir que nunca abrigó la más mínima idea de aprender a conducir. Sólo en el último período de su vida adquirió una afeitadora eléctrica, y las señales de sus acciones podían verse en algunas partes de su rostro. En los años que compartí con él era su hermano mayor quien se encargaba de su afeitado, aunque frecuentemente, y siempre que él estaba fuera de casa, se ponía en manos de un barbero. No le gustaban las corbatas y se ponía una sólo cuando las circunstancias lo de­ mandaban. De más está decir, que nunca aprendió a anudadas. Y nunca usó reloj. «¿Qué es eso? ¡Tener algo haciéndote tic tac en el brazo!». Para él, el tiempo, en el sentido generalmente aceptado, no existía. Recuerdo muchos trenes perdidos... ; y, de los días de su juventud, es conocida la historia de cómo una vez intentó alcanzar un avión en taxi especulando con el hecho de que el avión tenía una escala de tres horas, una operación que, de acuerdo con los testigos, resultó completamente exitosa.

En los taxis, habitualmente hacíamos un juego que aprendí de él: con las cuatro cifras de la matrícula del auto que iba delante, teníamos que obtener 21 usando cada cifra sólo una vez. Cuando él lo lograba triunfalmente, me resultaba difícil seguirlo a través de una complicada combinación de raíces, cálculos diferenciales e integrales.

Bebíamos durante la cena y, frecuentemente, también después de ella. A Misha no le gustaba el vino y no lo bebía; prefería algo más fuerte: vodka, coñac o ron-cola, por ejemplo. Para evitar cualquier malentendido, debo decir inmediatamente que no consistía en beber lentamente con una pajita. Todavía hoy recuerdo la cara de un barman en Wijk aan Zee, durante nuestro primer encuentro fuera de Rusia, en enero de 1973, cuando tuvo que servir cinco medidas de coñac en un vaso. Unos pocos años después, Misha, al que por entonces le resultaba difícil soportar la bebida, simplemente se durmió al final de un banquete en Reykiavik. Esto le ocurría cada vez más a menudo, especialmente en los últimos años. Korchnoi y Spassky, que también estaban jugando allí, en esa época mantenían una relación muy tirante. Aún así, se miraron mutuamente: «¿Lo llevamos?», preguntó uno. «De acuerdo», respondió el otro. La distancia era considerable pero, los rivales de juventud, hicieron entonces su tarea admirablemente; y, ante el atónito conserje del hotel, explicaron que aquel jugador de ajedrez había pensado durante mucho tiempo y que estaba muy cansado.

Recuerdo muy bien su brillante y siempre apacible humor; su risa contagiosa que nos llevaba frecuentemente hasta las lágrimas; sus reacciones instantáneas en las conversaciones y su expresión marca registrada, generalmente cerca de la media noche: «¡Camarero! ¡Por favor cámbiame al compañero de mesa!». Creo que fue Sheridan el que dijo que ese genuino humor está mucho más cerca de la benevolencia de lo que nosotros pensamos. El ingenio de Misha era siempre auténtico, genuino.

A pesar de un defecto físico -nació sólo con tres dedos en la mano derecha- tocaba el piano y no del todo mal. Sally, su primera mujer, recuerda que la noche en que se conocieron, Misha estaba tocando algunos estudios de Chopin. Además de Chopin, Tchaikovsky y Rachmaninov eran sus compositores favoritos. Tal BotninikUnos pocos meses antes de su primer match contra Botvinnik, le preguntó a la renombrada pianista Bella Davidovich, con la que mantenía una especial amistad, si «La Elegía» de Rachmaninov formaba parte de su repertorio. Al enterarse de que no era así, le dijo: «Prométeme que después de mi victoria sobre Botvinnik la tocarás en el concierto final». En esa época, después de la apertura o el cierre de un torneo o un match de ajedrez, en la Unión Soviética existía la costumbre de realizar diferentes conciertos. En la noche siguiente a la partida número 17, cuando el resultado del match era de 10 a 7 a favor de Tal, sonó el teléfono en el departamento de la Davidovich: «Puedes empezar a practicar «La Elegía» ... Siempre que toca «La Elegía» de Rachmaninov, Bella Davidovich recuerda a Misha Tal y aquella noche en el Teatro Pushkin, cuando ella la interpretó por primera vez.

Durante mis visitas en el verano, mientras se estaba preparando para el match contra Korchnoi, a menudo íbamos a la playa de Riga donde le habían dado una dacha o, más precisamente, tres habitaciones en un segundo piso de una casa junto a la playa. Cuando ahora trato de recordarlo, se me hace difícil imaginar a Misha en la arena, al sol, en una improvisada portería (formada por una camiseta y una bolsa de playa) tratando arriesgadamente -como todo lo que él hacía- de evitar mis intentos de marcar un gol. Había sido portero en el equipo de la universidad y fue aficionado al fútbol hasta los últimos días de su vida.

Nunca gozó de buena salud. Un riñón no le funcionaba en aquel tiempo y, tanto en Riga como en la playa, con frecuencia había que llamar a la ambulancia. A menudo estaba en el hospital, y durante su vida tuvo que pasar por doce operaciones quirúrgicas. Su frente conservaba las cicatrices de un terrible botellazo en la cabeza que recibió en un bar nocturno de La Habana durante la celebración de la Olimpíada de Cuba de 1966. Una broma muy conocida de Petrosian de esa época era: «Sólo alguien con una salud tan robusta como la de Tal podría haber soportado ese golpe». A finales de los años sesenta, Misha se hizo adicto a la morfina. Las venas de sus brazos eran negras y azules, como si estuvieran cubiertas por picaduras de hormigas; las enfermeras trataban en vano de encontrar un lugar que todavía no hubiese sido pinchado. Supe más tarde que, en Moscú, se prohibió a las ambulancias que atendieran las peticiones de Tal. Rumores sobre este asunto se extendían por la ciudad.

En una de sus conferencias alguien preguntó: «¿Es cierto que eres morfinómano, camarada Tal?». Y su respuesta fue como un relámpago: «¿Qué quiere decir? Yo soy Chigorinómano...». Creo que este período duró un par de años. Cómo dejó el hábito, no lo sé. Una conjetura: cuando la dosis de droga amenazó con exceder los límites legales, su fuerza de espíritu y voluntad pusieron fin al tema.

¿Por qué jugaba así, y por qué ganaba? Por supuesto, es fácil esconderse detrás de las palabras talento o genio. En 1957, Tolush, después de perder la partida de su vida en su mejor torneo, le dijo a Spassky: «Sabes, Borya, hoy perdí contra un genio». En el lnterzonal de Taxco, otro fuerte Gran Maestro me dijo sin adulación: «Ninguno de nosotros le llega a Misha a los talones». Y el mismo Petrosian, quien solía escatimar sus elogios, dijo que en ajedrez sólo conocía a un genio viviente.

Pero esa no es la cuestión o, al menos, no la única cuestión. No me siento inclinado a seguir a Korchnoi. Cuando le pregunté sobre el secreto del juego de Tal me respondió: «Bueno, ¿lo sabes o no lo sabes?». Una vez en un restaurante Tal me dijo: «Si quieres, miraré a aquel camarero y vendrá hacia nosotros». Pal Benko pensó de manera similar cuando se colocó unas gafas oscuras en el Torneo de Candidatos de 1959 como insuficiente defensa ante los penetrantes ojos de Tal. Incluso es cierto que, especialmente en sus años de juventud, todo él irradiaba una especie de aura. Aquí nos hemos acercado al misterio, como yo lo veo, sobre el fenómeno Miguel Tal.


Mikhail-Tal-en-1960Ese rostro se inclinaba sobre la mesa de juego, la mirada de ojos centellantes, penetrando al tablero y al oponente, esos labios movedizos, esa sonrisa que iluminaba su rostro inspirado cuando había encontrado una combinación, esa intensa concentración de pensamiento, o mejor dicho presión de pensamiento... Todo ello creaba algo que el débil de espíritu no podía soportar. Y cuando, a fines de los cincuenta y principios de los sesenta, su propio espíritu se combinaba con la energía de la juventud, Tal resultaba invencible. En 1969, el difunto Leonid Stein le decía en Riga: «Tú, Mishik, eres más fuerte de espíritu que todos nosotros». La fortaleza de su ánimo era superior a la de cualquier otro. En los últimos días, casi al final, aún cuando su organismo estaba arruinado, su espíritu permaneció inquebrantable.

En 1979, después de ganar junto a Karpov un torneo mayor en Montreal, un Tal de 43 años, más equilibrado y con mejor comprensión del ajedrez que en sus años como campeón, dijo: «Ahora voy a destruir al joven Tal en pedazos». Tengo mis dudas. Y no porque sus casillas favoritas e6, d5 y f5, como él mismo contaba, estuvieran ahora más y mejor protegidas. No, el tema era que el erudito y sabio Tal hubiese tenido que soportar la concentración y la presión de juventud, algo que al mejor de los mejores le habría resultado imposible.

En el verano de 1968 yo era el segundo de Misha en la preparación para su match contra Korchnoi, un rival muy incómodo para él. Tal perdió el match por 4,5 a 5,5. En la última partida Misha, con negras, consiguió montar un gran ataque desde la Defensa Holandesa y pudo haber ganado; pero luego se demoró y la posición suspendida no prometía más que tablas. Siguió una noche de análisis sin dormir, la reanudación de la partida, la ceremonia de clausura y un largo deambular por Moscú, donde él tenía tantos amigos. Su energía, su inagotable energía ... Había una casa de madera en el centro de Moscú, cerca de la Oficina de Correos principal, donde vivía el artista lgin, que murió hace ya mucho tiempo. Era amigo de muchos ajedrecistas, quienes podían pasar a verlo a cualquier hora del día o de la noche. Artistas, poetas, jóvenes actrices, la Moscú bohemia de los sesenta y setenta, y el mismo pintoresco anfitrión, que se describía a sí mismo, en pocas palabras, como «un viejo bebedor de coñac»... Y finalmente, el último vuelo de Moscú a Riga: no teníamos pasajes, pero como reconocieron a Misha, viajamos en la cabina de los pilotos. La noche, el apartamento de Misha,... y yo que, ya no sintiendo nada, me quedé dormido. Cuando desperté por la mañana, la habitación estaba llena de humo de cigarrillo y, en algún lugar del fondo, Misha estaba sentado en un diván mirándome con un grueso libro, que casi había finalizado, entre sus manos. Leía con extraordinaria rapidez y comprendí, en la parte occidental de mi vida, que cuando saliera para jugar algún torneo debía llevar conmigo tantos libros, prohibidos en la Unión Soviética, como me fuera posible. Una noche, en la Olimpíada de Niza de 1974, le di un ejemplar de El archipiélago Gulag de Solzhenitsyn, que acababa de ser publicado, y el último número de un periódico de la emigración rusa. A la mañana siguiente, al devolvérmelos después de haberlos leído, me dijo: «En el crucigrama del diario no pude encontrar ni una sola palabra». «Pero el libro, ¿qué te pareció el libro?». «Escribe muy maliciosamente...»  En ese momento, la respuesta me dejó perplejo, pero se me ocurrió una vaga explicación: otro aspecto revelador de la personalidad de Miguel Tal se me estaba mostrando. La explicación era que el tema no le interesaba. No estaba interesado en los valores materiales, como si se desentendiera de ellos.

5ajedrecistas

 Tres campeones mundiales (Tal, Karpov y Kasparov), Short y el autor del libro, Gennadi Sosonko.

Después de un torneo en Tilburg, estaba yo compartiendo con él el paseo de compras de rigor, que tanto le disgustaba. Sus bolsillos estaban llenos de billetes de cinco florines (de más está decir que nunca usó una billetera) mezclados con billetes de mil florines, muy similares de color, y recuerdo su verdadero asombro cuando encontró otro billete de los de mil en uno de los bolsillos laterales. ¡Cuántos premios perdidos...!  , ¡Cuántos pasaportes dejados en los hoteles o simplemente olvidados en algún lugar. .. !. Me miró con recelo en una ocasión cuando, en un hotel en Taxco, le regañé tras haber pagado 70 dólares por una llamada de tres minutos a Nueva York. Dudo que supiera que en ciertos países y, especialmente desde ciertos hoteles, deben evitarse las llamadas telefónicas. Beliavsky me dijo que una vez se enojó con Misha porque éste le había dado al Comité de Deportes casi todo el premio de varios miles de dólares que había recibido al ganar el Campeonato Mundial de blitz de Saint John, y entonces Misha simplemente respondió: «Bueno, me lo pidieron y se lo di».

Por supuesto, no estaba interesado en títulos ni premios. Creo que ni el título de campeón mundial le interesó demasiado. No le interesaba en absoluto hacer carrera, ni el poder ni los beneficios (o lo que se entendía por esas palabras) de sus colegas, los campeones de los últimos años. Y, a diferencia de ellos, tampoco es posible imaginarlo como miembro de algún partido.

Aunque en los últimos tiempos visitó Israel, creo que el Judaísmo sólo le interesaba hasta un cierto límite. Recuerdo cómo, antes de una de las Olimpíadas, Pravda escribió: «El equipo de la Unión Soviética está representado por jugadores de varias nacionalidades: el armenio Petrosian, el ruso Smyslov, el estonio Keres y Tal de Riga».

Mostraba poco interés por la salud, por su aspecto o por lo que otros pensaran de él. Era como de otro planeta y había sólo una cosa que realmente le entusiasmaba y le interesaba: el ajedrez.

Pertenecía a esa rara categoría de gente que, sin decirlo, rechaza todo lo que la mayoría desea y marcha a través de la vida con un paso anticipado; un elegido del destino, un adorno de la tierra. Al quemar su vida, sabía que no era un ensayo y que no había otra. Pero no quería y no podía vivir de otra manera.

En enero de 1973 jugué en el grupo reserva de maestros de Wijk aan Zee mi primer torneo después de abandonar Rusia. Misha, que participaba en el torneo principal, aparecía cada día en la sala de juego y, después de estudiar mi posición, se iba a otras partidas y, a menudo, también a ver partidas de otros grupos que, en algunos casos, tenían un ránking promedio de 1900... En muchas ocasiones hablábamos hasta bien entrada la noche y algunas veces yo tenía que ir a pie desde Wijk aan Zee hasta Beverwijk, donde estaba alojado junto con la mayoría de los participantes. Los autobuses ya no circulaban o, como sería más correcto decir, no habían comenzado aún a circular. En el día libre hubo un gran torneo blitz para todos los presentes, que duró todo el día y que ganó Misha. Para información de los profesionales modernos: el primer premio era de cien florines.

 Una de sus expresiones favoritas era «ajedrez sabroso»: eso era lo que él jugaba. En los comentarios de sus propias partidas había un predominio de la benevolencia, respeto por el oponente e ironía respecto de sí mismo, todo lo cual rara vez se encuentra en nuestros días. No le gustaba escribir los comentarios; prefería mostrar sus partidas, mientras el texto era grabado en una cinta. En los viejos tiempos, simplemente solía dictar. Así fue cómo en el otoño de 1970 conoció a su mujer, Gelya, cuando por alguna razón formal no fue admitido en el Campeonato de la Unión Soviética, que se estaba celebrando en la propia ciudad de Riga.

 Acostumbraba escribir su jugada en anotación corta y, siempre, antes de ejecutarla en el tablero. En raras ocasiones, si su rival se mostraba demasiado curioso y miraba abiertamente la planilla, la cubría con su pluma. Si no le gustaba su jugada, la tachaba y escribía una nueva. En sus últimos años solía decir cada vez con más frecuencia: «Hasta escribí la jugada ganadora en la planilla, pero la taché en el último momento...».

Una hora y media o dos horas antes de jugar solía comer algo en alguna parte, más que nada por respeto a las apariencias; luego hablaba poco y desaparecía, aislándose en su propio mundo privado. Eso, por ejemplo, es lo que sucedió durante su match contra Korchnoi y yo me di cuenta de que, en esos momentos, era mejor no molestarlo. Comimos en varios lugares, bastante tiempo antes de que, en los matches, se regulara hasta el más pequeño detalle y la más mínima caloría. No es necesario decir que le gustaba todo lo que era malo para su salud: condimentos picantes, salados o con pimienta. Misha era un fumador empedernido: consumía, normalmente, de 2 a 3 paquetes por día prefería los Kent pero cuando jugaba se le podían agregar un par de paquetes.

La última vez que lo vi, en el otoño de 1991, estaba en Tilburg. Misha viajó desde Alemania, donde últimamente había estado viviendo con su esposa y su hija Zhama, a las que quería mucho. Tenía un aspecto horrible y parecía mucho más viejo de lo que era en realidad. Sin embargo, seguía siendo el mismo Misha: en una ocasión al responder al saludo de un conocido dijo: «Gracias. Gracias por reconocerme». Se sentaba habitualmente en la sala de prensa con su eterno cigarrillo, hablando poco; pero cada acotación suya sobre ajedrez daba siempre en el clavo. Cobraba más vida cuando, a su manera, le mostraba a la audiencia de la Academia Max Euwe una de sus últimas partidas: contra Panno en el torneo de Buenos Aires. La gente joven de principios de los noventa lo miraba como si fuera Staunton o Zukertort. El milagro no era que estuviese vivo, sino que no se hubiera muerto antes.

 También jugó en el último Campeonato de la URSS, y luego escribió un gran artículo para New in Chess junto con Vaganian, con quien estuvo particularmente cercano en los últimos años. En febrero de 1992, cuando yo estaba en Cannes, me pidieron que lo llamara. «Escucha», dijo Misha, «Ahora estoy leyendo cosas sobre los matches por el campeonato mundial que yo mismo vi tan de cerca. No ocurrió así, era todo diferente. Ven a ver­ me, y escribiremos algo juntos». Se lo prometí. Pero por varias razones el encuentro se fue posponiendo y posponiendo...

 Misha jugó su último torneo en Barcelona. Hubo allí jugadores jóvenes y prometedores. Solía bromear entonces sobre los que parecían promesas, diciendo: «A su edad yo ya era ex campeón mundial...». Durante medio torneo estuvo realmente enfermo, con fiebre. En la última partida, creyendo que habría un rápido acuerdo, jugó 3. Ab5 en la Siciliana, ofreció tablas y se las rechazaron. Luego, en posición perdida, fue su joven rival (V. Akopian (n. 07.12.71) había conseguido el título de Campeón del Mundo Junior en 1991. La partida se disputó el 05.05.92 (JA).  quien le ofreció las tablas. Esta fue la última partida de torneo ganada por Misha.

A menudo hablábamos por teléfono, y un par de días antes de mi partida a la Olimpíada de Manila de 1992 recibí una carta suya. Aquí está:

«Querido Genna:

Por desgracia no he terminado el resumen del torneo que había prometido. Últimamente no me he sentido bien. El lunes viajaré a Moscú para otra cita con los doctores. Muy probablemente haya una operación. De todos modos, tendré mucho tiempo libre así como también materia para escribir... En cualquier caso, te deseo éxito tanto a ti como a todo tu rusificado (pongámoslo de alguna manera) equipo.

Con los más cálidos saludos. Misha».

      Este fue el último saludo que recibí de él. Antes de ir al hospital jugó un torneo blitz en Moscú, donde ganó contra Kasparov y terminó tercero detrás de Kasparov y Bareev, pero delante de Smyslov, Dolmatov, Vyzhmanavin y Beliavsky. Unos pocos días más tarde, el 28 de junio de 1992, Misha Tal murió en un hospital de Moscú. La causa de su muerte fue, oficialmente, una hemorragia en el esófago; pero en realidad todo su organismo había dejado de funcionar. Fue enterrado en Riga, la ciudad donde había nacido, en un cementerio judío junto a las tumbas de sus familiares. Tenía 55 años.

En sus últimos tiempos parecía tener más edad que la que en realidad tenía, pero nunca lo asocié con un hombre viejo -siempre siguió siendo Misha-.

Una vez me pregunté a mí mismo: «¿De dónde sacan estos chicos de decentes familias europeas judías -Modigliani, Kafka, Tal- que incluso se parecen físicamente, de dónde les viene esa obsesión por expresarse sin reparos?». Todavía no lo sé.

Unos pocos años antes de su muerte, Wilhelm Steinitz dijo: «No soy un historiador de ajedrez; soy una pieza de la historia del ajedrez que nadie puede ignorar». Todo aquél que haya estado o vaya a estar interesado en este maravilloso mundo del ajedrez no podrá ignorar el ilustre nombre de Misha Tal.

  

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