Title FinalesdeLibros

 

SalamandraTurquesa 

 

Artículo del mes: Septiembre

DedoIndice

 

FRAGMENTOS DE LIBROS: HISTORIA DEL CERCO DE LISBOA  (1989)

HistoriaDelCercoDeLisboa

 

  

  José Saramago.   Portugal

   Editorial: Seix Barral - Biblioteca Breve                 

  Traducción: Basilio Losada

 

 

 

Finales de libros 

Han pasado más de dos meses desde que se inició el cerco, tres meses del pago de la última soldada. Ha­bía esperado mucho Don Afonso Henriques, como en su tiempo fuimos informados, de las artes de ingeniería militar del caballero Enrique, y también de aquellos franceses y normandos no nombrados, pe­ro la desastrosa muerte del santo hombre, aunque madre de otros prodigios, y la destrucción de la to­rre que debería atacar el muro sur de la Porta de Ferro, hicieron, en toda la gente, que el entusiasmo bélico pasara de fuego vivo a lumbre blanda, como es posible observar por lo atrasado que está el trabajo de aquellos extranjeros y por las interminables discusiones en que vienen gastando su tiempo los maes­tros carpinteros portugueses, que no logran poner­se de acuerdo sobre si más vale repetir tal cual la obra del alemán, respetando la patente, o introducir en ella modificaciones estructurales, por así decir, que den a la torre un toque nacional. Se robusteció la esperanza del rey con OleoCarlosAlbertoSantosdos motivos, uno de ellos efecto directo del otro, y venía a ser, motivo primero, que si el asalto resultaba bien, quedaba la ciudad ga­nada, y por tanto, motivo segundo, podría licenciar a la tropa, mandarla a casa, hasta la próxima campaña, ahorrando una soldada general. Tuvo Don Afonso la honradez de no esconder los apuros por los que pa­saba su tesorería, sin liquidez, lo que, por otra parte, sólo en su favor hablaba, pues sencillez y franqueza no son cualidades que habitualmente exornen a los gobernantes de todo el mundo, sin excepción de los nuestros. Pero esta manera de estar en la política nunca es compensada como merecería, y ahora tenemos aquí a un rey con la apetecida ciudad de Lisboa ante los ojos y sin poder llegarle, y encima obligado a rapar el fondo de las arcas para pagar sus haberes a un ejército que anda ya murmurando contra la tardanza. Claro está que no es ésta la primera vez que la corona se retrasa en los pagos, mayormente en estado de guerra, pensemos sólo en las vicisitudes de un conflicto, la recogida de dinero, el transporte, la cuestión de los cambios, el resultado de todo eso junto hace que la llamada a caja se haga generalmente tarde y a deshora, y no son raros los casos en los que la infelicidad es tanta que muere el soldado antes de recibir el sueldo, a veces por minutos.

Si hubiese Don Afonso Henriques consegui­do el dinero unos días antes, la historia de este cerco hubiera sido diferente, no en su conocida conclusión, sino en sus trámites intermedios. Es que, con el paso del tiempo, estábamos ya a mediados de septiembre, y sin que se supiera cómo y de dónde había salido la inaudita idea, empezaron los soldados a decirse unos a los otros que, siendo tanto o tan po­co hombres como los cruzados, también por igual deberían ser merecedores, y que estando sujetos a la misma muerte, les deberían ser reconocidos derechos en todo iguales a los de ellos, cuando llegase la hora del pago. Hablando claro, lo que ellos querían saber era por qué bulas iban los cruzados a tener derecho a saqueo, y aun así la mayoría se habían desinteresado de la empresa, mientras el soldadito portugués tendría que contentarse con un magro salario, asistiendo de bolsillos vacíos, al jolgorio, ocio y festival de los extranjeros. A los oídos de los capi­tanes llegaron ecos de estos movimientos y encuen­tros, pero la pretensión era tan absurda, iba en tal manera contra toda ley y usanza, tanto las escritas como las consuetudinarias, que la respuesta fue en­cogerse de hombros y un comentario displicente, Son parvos, con lo que pretendían significar, Son peque­ños, que en aquel tiempo aún se daba importancia a la etimología, no es como hoy, que no puede llamársele parvo a nadie, aunque sea obviamente men­guado, sin que le pongan de inmediato a uno una DibujoSoldadoquerella por ofensa. Por el sí o por el no, mandaron los capitanes recado a Don Afonso Henriques para que se diera prisa en liquidar los sueldos atrasados, porque andaba relajándose la disciplina y la tropa remoloneaba cada vez que los sargentos mandaban atacar, Por qué no va él, que tiene divisas, y era muy injusto el comentario, que nunca sargento alguno se quedó en la trinchera viendo en qué paraban los resultados del asalto, si debía avanzar para recoger los laureles o quedarse para reprender y castigar a los cobardes fugitivos. Al cabo de más de una semana, cuando las opiniones subversivas ya habían dejado de expresarse por la boca pequeña para ser proclamadas en voz alta en ayuntamientos espontáneos o convocados, corrió la noticia de que al fin iba a serles pagado el sueldo. Suspiraron de alivio los capitanes, pero pronto se les cortó la respiración cuando los de las cajas vinieron diciendo que no aparecía nadie a cobrar. En el propio campamento del rey la afluen­cia fue diminutísima, e incluso ésa debería ser in­terpretada como consecuencia de una intimidación, que en cualquier momento podía el quinto darse de narices con el rey y preguntarle éste, Has ido ya a cobrar, y de dónde iba a sacar el tímido recluta valor para responder, Sepa su alteza por qué no he ido, o me pagan lo mismo que a los cruzados, o no vuelvo a la guerra.

Todo el temor de los capitanes era que los moros se apercibieran de la bellaquería que circula­ba por los campamentos de los cristianos, no fuera el caso que aprovechasen el desconcierto que en ellos reinaba para, en surtidas fulminantes, irrumpir al mismo tiempo por las cinco puertas y barrer a unos al mar y precipitar a los otros desde las alturas. Por eso, antes de que se hiciera irremediablemente tar­de, mandaron llamar, no a los cabecillas, que no los había, sino a unos cuantos soldados que, por hablar más alto, habían ganado cierto imperio sobre los otros, y quiso el destino que en la Porta de Ferro fuese Mogueime uno de ellos, que su amor por Ouroana no le distraía de las responsabilidades cívicas y de los justos intereses personales y colectivos. Así que fueron los tres procuradores al capitán, a quien, preguntados, Conquista de Santarémparticiparon de las sabidas razones. Usó Mem Ramires, y es de creer que en los otros campa­mentos haya sido éste también el discurso, de arrebatadoras exhortaciones patrióticas, las cuales, pese a ser una novedad, no conmovieron a los soldados de su firmeza, pasando después de los gritos a las amenazas, que tampoco produjeron efecto, y final­mente, tomando a Mogueime como interlocutor, exclamó Mem Ramires, con la voz embargada de emoción, Cómo es posible que tú, Mogueime, estés metido en esta conspiración, tú, que fuiste mi com­pañero de armas en Santarem, cuando generosamente me prestaste tus hombros y tu gran estatura para que yo pudiera lanzar a las almenas la escalera por donde después todos subimos, y ahora, olvidado del papel importantísimo que representaste en aquella gloriosa jornada, desagradecido a tu capitán, ingra­to a tu rey, estás ahí, encuadrillado con unos vaga­bundos ambiciosos, cómo es posible, y Mogueime, sin desconcertarse, no respondió más que esto, Mi capitán, si necesita subir otra vez a caballo de mis hombros para llegar con la espada, las manos o la escalera al adarve más alto de Lisboa, cuente conmi­go, vamos ya si quiere, pero la cuestión no es ésa, la cuestión es que queremos que se nos pague como a los extranjeros, y repare mi capitán hasta dónde lle­ga nuestra sensatez, que no vinimos aquí a pedir que se pague a los extranjeros como nos pagan a noso­tros. Los otros dos procuradores asintieron en silencio, que tal elocuencia no precisaba reiteración, y acabó la conferencia.

Hizo Mem Ramires su informe al rey, el cual, en lo esencial, coincidía con los de otros capi­tanes, sugiriendo, con todo respeto, que mandase su alteza que comparecieran en su presencia los delegados del movimiento de las fuerzas armadas, que tal vez ante la majestad real se les redujese el atrevimiento y se les encogiesen los ánimos. Dudó Don Afonso Henriques en condescender, pero la situación apre­taba, en cualquier momento podían los moros darse cuenta de la inactividad de los enemigos, y, en desespero de causa, pero furioso, mandó venir a los procuradores. Cuando los cinco hombres entraron en la tienda, el rey, de cerrada catadura y con los po­tentes brazos cruzados sobre el pecho, los increpó sañudamente, No sé si mandar que os corten los pies que os han traído, o la cabeza, de donde saldrán, si a tal cosa os atrevéis, vuestras osadas palabras, y tenía los ojos llameantes puestos en el más alto de los delegados, que era, como se adivina, Mogueime. Fue hermosa cosa de ver, probablemente sólo po­sible en aquellos inocentes tiempos, cómo pareció crecer aún más la figura de Mogueime y cómo le vino clara la voz para decir, Si vuestra alteza nos manda cortar la cabeza y los pies, será todo vuestro ejército quien quedará sin pies ni cabeza. No quería Don Afonso Henriques creer a sus oídos, que un soldado de Portugalla infantería popular pretendiese reivindicar para su vil gremio méritos que sólo a la caballería de los nobles deberían ser reconocidos, que ella, sí, es ver­dadero ejército, sin que sirva la peonada más que para redondear las huestes en el campo de batalla o para hacer cordón en los cercos, como es el caso en el que estamos. Incluso así, y porque la naturaleza lo había dotado de algún sentido del humor, confor­mado, evidentemente, a las circunstancias del tiempo, encontró graciosa la respuesta del delegado, no tanto en cuanto al fondo de la cuestión, más que discutible, como por causa del feliz juego de palabras. Volviéndose hacia los cuatro capitanes, que también habían sido llamados, dijo en tono de sonriente es­carnio, Este país, por lo visto, empieza mal, y des­pués, cambiando de expresión y afirmándose mejor en Mogueime, añadió, Yo te conozco, quién eres tú, Estuve en la toma de Santarem, señor, respondió Mo­gueime, y a mis hombros subió el capitán Mem Ra­mires, que ahí está, Y por eso te crees autorizado para venir aquí a protestar y a reclamar lo que no puede ser tuyo, No es por eso, señor, sino porque lo quisieron mis compañeros, de quienes, como éstos, soy voz y lengua, Y qué queréis, ellos y tú, Ya lo sabéis, señor, queremos tener parte justa en el saqueo, como quien aquí vino a dar su sangre, que, derramada, es igual en color a la de los cruzados extranjeros, como igualmente a ellos hieden nuestros cuerpos si la muerte nos toca y podrecemos, Y si yo dijese que no, que no tendréis parte en el saqueo, Enton­ces, señor, tomaréis la ciudad con los pocos cruza­dos que os quedan de los que no se fueron, Es una rebelión esto que estáis cometiendo, Señor, os ruego que no lo toméis así, y si es verdad que hay alguna ganancia en nuestro espíritu, pensad también que es acto de justicia pagar igual a igual, y que este país en principio de vida empezará mal si no empieza justo, recordad, señor, lo que EscudoPortugalya nuestros abuelos dijeron, que lo que torcido nace no hay quien lo en­derece, no queráis que torcido nazca Portugal, no lo queráis, señor, Dónde te han enseñado a hablar así, que ni clérigo mayor, Las palabras, señor, están en el aire, cualquiera puede tomarlas. Don Afonso Hen­riques, que ya había calmado su furia, se quedó pen­sando, con la mano derecha prendida en la barba, y había en su mirada una cierta expresión de melan­colía como si dudase de tantos actos que practicara, y los otros, desconocidos, que lo esperaban en el fu­turo para valorarlo según la medida del alma con que viniese a enfrentarse con ellos, y estando así unos minutos, en un silencio que ninguno de los presen­tes se atrevía a quebrantar, dijo por fin, Marchad, luego os instruirán vuestros capitanes sobre lo que con ellos voy a decidir.

Hubo fiesta en los cinco campamentos, que hasta en el Monte da Graça se perdió la timidez, cuando, reunidas las tropas en alarde, vinieron los he­raldos a anunciar la merced que hacía el rey de que a todos los soldados, sin diferencia de graduación o antigüedad, les quedaba reconocido el derecho de saqueo en la ciudad, según las costumbres y salva­guardadas las partes que correspondían a la corona y las que se habían prometido a los cruzados. Las aclamaciones fueron tantas y tan prolongadas que definitivamente se convencieron los moros de que ha­bía llegado la hora del asalto final, aunque ningunos preparativos anteriores lo hicieran esperar. Tal no sucedió realmente, pero desde lo alto de los muros pudieron ver la actividad en los campamentos, igual que las hormigas alborotadas por el súbito descubri­miento de una mesa puesta y servida a la orilla del caminillo por el que no habían hecho más que aca­rrear barbas de espigas y migajas de compango. En una hora se pusieron de acuerdo los maestros carpinteros, en dos hervían de diligencia los astilleros donde, perezosamente, la carcoma iba acabando con las torres en construcción, manera figurada de decir, pues los hilótomos y los anobios no está dotados de instrumentos de corte y perforación capaces de enfrentarse con la madera verde y vencerla, y en tres tuvo alguien la idea de que, cavando por debajo de la muralla una mina honda y llenándola de leña y pegándole fuego, el calor de aquel horno haría dilatar las piedras y desencajarse las junturas, con lo que, empujando también Dios un poco, se vendría todo al suelo en un amén. Murmuran los escépticos y los que siempre están maldiciendo de la naturaleza humana que estos hombres, antes insensibles al amor de la patria e indiferentes al futuro de las generaciones, por el amor al satánico lucro se desvelaban ahora, no sólo en el duro trabajo del cuerpo, sino también en las invisibles y superiores operaciones del alma y de la inteligencia, pero habrá que decir que rematadamente se equivocan, pues lo que allí era motor de voluntades y generador de alegrías resultaba infinitamente más del contento que en el espíritu siempre hará nacer una justicia que sea igual para todos y que de que cada uno haga desti­natario escogido de un integral e incorruptible derecho.

LisboaCerco1

Con estas nuevas disposiciones de los cristianos, que incluso a distancia se hacían patentes, empezó el desánimo a filtrarse en el ánimo de los moros, y si en la mayor parte de los casos era a la propia y necesaria lucha contra la flaqueza despuntante adonde iban a buscar fuerzas nuevas, algunos hubo que cedieron a los miedos reales e imaginados e intentaron salvar el cuerpo buscando en un preci­pitado bautismo cristiano la condenación de su islá­mica alma. Por la callada de la noche, usando cuer­das improvisadas, bajaron de las murallas y, ocultos en las ruinas de las casas del arrabal y entre los ar­bustos, esperaron al nacer del día para surgir a la luz. Con los brazos en alto, con la cuerda que les había ayudado a bajar la muralla puesta alrededor del cue­llo como señal de sujeción y obediencia, caminaron hacia el campamento, al tiempo que daban altas vo­ces, Bautismo, bautismo, creyendo en la virtud sal­vadora de una palabra que hasta entonces, firmes en su fe, habían detestado. Desde lejos, viendo a aque­llos moros rendidos, creyeron los portugueses que venían a negociar la propia rendición de la ciudad, aunque les pareciera raro que no hubiesen abierto las puertas para que salieran, ni obedecido al pro­tocolo militar prescrito en estas situaciones, y sobre todo, aproximándose más los supuestos emisarios, resultaba notorio, por lo andrajoso y sucio de las ropas, que no se trataba de gente principal, pero cuando al fin fue comprendido lo que ellos preten­dían, no tiene descripción el furor, la saña Matanzaenloque­cida de los soldados, baste decir que en lenguas, na­rices y orejas cortadas fue aquello un matadero, y, como si tanto fuese nada, con golpes, puñetazos e insultos los hicieron volver a la ciudad, algunos, quién sabe, esperando sin esperar un imposible perdón de aquellos a quienes habían traicionado, pero fue un triste caso, que todos acabaron allí muertos, apedrea­dos y acribillados a flechazos por sus propios hermanos. Después de esta trágica aventura cayó sobre la ciudad un silencio pesado, como si un luto más profundo tuviesen que purgar, tal vez el de una reli­gión ofendida, tal vez el insoportable remordimiento de los actos fratricidas, y fue entonces cuando, rompiendo las últimas barreras de la dignidad y del recato, el hambre se mostró en la ciudad en su más obscena expresión, que menor obscenidad es la exhibición de los comportamientos íntimos del cuerpo que ver extinguirse ese cuerpo por mengua de alimento bajo la indiferente e irónica mirada de dioses que, habiendo dejado de guerrear unos contra otros por ser inmortales, se distraen del aburrimiento eterno aplaudiendo a los que ganan y a los que pierden, a unos porque matan, a otros porque mueren. Por orden inverso a las edades se apagaban las vidas como candelas agotadas, primero los niños pequeños, que no encontraban ni una sola gota de leche en los pechos marchitos de sus madres y se deshacían en podredumbres interiores causadas por alimentos impropios que en último recurso les querían hacer ingerir, después los más crecidos, a quienes, para sobrevivir, no bastaba lo que los adultos se quitaban de la boca, y de éstos más las mujeres que los hombres, que ellas se privaban para que ellos pudieran llevar una última energía a la defensa de los muros, incluso así los viejos eran los que mejor resistían, tal vez gracias a la poca exigencia de cuerpos que por sí mismos se disponían a entrar leves en la muerte para no sobrecargar la barca en que atravesarán el último río. Ya entonces habían desaparecido los gatos y los perros, las ratas eran perseguidas hasta en las tinieblas fétidas donde se refugiaban, y ahora por pa­tios y jardines se raspaban las hierbas hasta las raí­ces, el recuerdo de una cena de perro o gato equiva­lía al sueño de una era de abundancia, cuando aún las personas se podían ofrecer el lujo de tirar los huesos mal descarnados. En los vertederos, ahora, se buscaban restos que diesen para el aprovechamiento inmediato o para transformarlos, por cualquier me­dio, en comida, y el ardor de la busca era tal que las últimas ratas, surgiendo de lo invisible en medio de la noche negra, casi nada encontraban que pudiese aprovechar a su voracidad indiscriminada. Lisboa ge­mía de miseria, y era una ironía grotesca y terrible que los moros tuvieran que celebrar su ramadán cuan­do el hambre hizo el ayuno imposible. 

Sura97 El destino

Sura97 texto
 

 

 

 

                   

       Sura 97 del Corán.   El Destino.            ¡En el nombre de Alá, el Compasivo, el Misericordioso!

                1  Lo hemos revelado en la noche del Destino. 
                2. Y ¿cómo sabrás qué es la noche del Destino? 
                3. La noche del Destino vale más de mil meses. 
                4. Los ángeles y el Espíritu descienden en ella, con permiso de su Señor, para fijarlo todo. 
                5. ¡Es una noche de paz, hasta el rayar del alba! 

Y así se llegó a la Noche del Destino, esa de la que se habla en la sura noventa y siete del Corán que conmemora la primera revelación del profeta, y en la que, según la tradición, se revelan a su vez los acontecimientos de todo el año. Para estos moros de Lisboa, sin embargo, el destino no esperará tanto tiempo, va a cumplirse en estos días, y llegó sin ser esperado, pues no lo reveló la Noche de hace un año, o no lo supieron leer en sus arcanos, engañados por estar todavía tan al norte los cristianos, ese Ibn Arrinque de mala simiente y su tropa de gallegos. No se puede averiguar la razón por la que los moros atizaron en toda la extensión de los adarves grandes hogueras que, como una enorme corona de fuego rodeando la ciudad, ardieron durante toda aquella noche, llenando de espanto y de inquieto temor re­ligioso los corazones de los portugueses, a quienes el asombroso espectáculo por ventura haría dudar de las esperanzas de victoria si no tuvieran buena infor­mación del desespero al que habían llegado los desgraciados. Con el alba, cuando los almuédanos lla­maron a oración, las últimas columnas de humo negro se alzaban hacia un cielo purísimo y, teñidas de rojo por el sol naciente, eran empujadas por una brisa suave, sobre el río, en dirección a Almada, co­mo una amenaza.

Eran, realmente, llegados los días. La exca­vación de la mina había terminado, las tres torres, la normanda, la francesa, y también la portugue­sa, cuya construcción en breve tiempo alcanzó a las otras, se levantaban cerca de los muros como gigan­tes dispuestos a alzar el puño tremendo que iría a reducir a escombros y destrozos una barrera a la que va faltando el cemento de la voluntad y de la valen­tía de quienes hasta ahora la defendieron. Sonám­bulos, los moros ven las torres que se aproximan, y TorreAsaltosienten que ya sus brazos apenas pueden levantar la espada y tensar la cuerda del arco, que los ojos turbios confunden las distancias, es la derrota que ahí viene, peor qué la muerte. Abajo, el fuego roe la muralla, de la mina salen chorros de humo, como de dragón agonizando. Y es entonces cuando en un esfuerzo final, los moros, intentando sacar de su propia desesperación las últimas energías, irrumpen por la Porta de Ferro para una vez más incendiar la torre amenazadora, que desde arriba, por estar me­jor protegida, no lograrían destruir. De un lado y otro se mata y muere. El fuego llega a prender en la torre, pero el incendio no se propagó, los portugueses la defienden con furia igual a la de los moros, aunque hubo un momento en el que, aterrorizados, heridos unos y otros fingiéndolo, dejando las armas o con ellas vestidos, algunos huyeron lanzándose al agua, una vergüenza, menos mal que no hay aquí cruzados para registrar la cobardía y llevar de ella afrentosa noticia al extranjero, que es donde las fa­mas se hacen o se pierden. En cuanto a Fray Rogei­ro, no hay peligro, anda de observación por otros parajes, si alguien le ha delatado lo que aquí pasó, siempre podremos argumentar, Cómo puede estar tan seguro, si no estaba allí. Flaquearon a su vez los moros, los portugueses de mayor coraje avanza­ban ahora, pidiendo auxilio a todos los santos y a la Virgen Santa María, y, o por esto, o porque todos los materiales tienen un límite de resistencia, lo cierto es que con tremendo estruendo se vino aba­jo el muro, abriéndose un boquete enorme, por el que, disipados humo y polvo, se podía al fin ver la ciudad, las calles estrechas, las casas apiñadas, la gente presa de pánico. Los moros, amargados por el desastre, retrocedieron, se cerró la Porta de Ferro, era igual, que otro vano se había desgarrado casi al lado, para él no hay puerta, a no ser, tan precaria, los pechos de los moros que surgen para cubrir la abertura, con desesperada ira que hace vacilar de nuevo a los portugueses, menos mal que la torre de aquí pudo al fin alcanzar el muro, al tiempo que un alarido de miedo y agonía se oía en la otra par­te de la ciudad, eran las otras dos torres embistiendo AllhuAkbarcontra la muralla, y haciendo puentes por donde los soldados, gritando, Sus, sus, a ellos, invadían los adarves. Lisboa estaba ganada, se había perdido Lisboa. Tras la rendición del castillo, se estancó la sangría. Sin embargo, cuando el sol, descendiendo hacia el mar, tocó el nítido horizonte, se oyó la voz del almuédano de la mezquita mayor clamando por última vez desde lo alto, donde se había refugia­do, Allahu akbar. Se estremecieron las carnes de los moros a la llamada de Alá, pero la llamada no llegó al fin porque un soldado cristiano, de más celosa fe, o pensando que aún le faltaba un muerto para dar por terminada su guerra, subió corriendo al almi­nar y de un tajo degolló al viejo, en cuyos ojos cie­gos relampagueó una luz en el momento de apagár­sele la vida.

Son las tres de la madrugada. Raimundo Silva posa el bolígrafo, se levanta lentamente, ayu­dándose con las palmas de las manos apoyadas en la mesa, como si de repente le hubieran caído encima todos los años que tiene por vivir. Entra en el dor­mitorio, que una luz débil apenas ilumina, y se des­nuda cautelosamente, evitando hacer ruido, pero de­seando en el fondo que María Sara se despierte, para nada, sólo para poder decirle que la historia ha lle­gado a su fin, y ella, que al fin no estaba durmien­do, le pregunta, Has acabado, y él respondió, Sí, he acabado, Y cómo termina, Con la muerte del almué­dano, Y Mogueime, y Ouroana, qué les ha pasado, Supongo que Ouroana volverá a Galicia, y Mogueime irá con ella, y antes de partir encontrarán en Lisboa un perro escondido que los acompañará en el viaje, Por qué crees que se van, No lo sé, por lógica debie­ran quedarse, Qué más da, quedamos nosotros. La cabeza de María Sara descansa en el hombro de Raimundo, con la mano izquierda él le acaricia el pelo y el rostro. Tardaron en dormirse. Bajo el alpende del mirador respiraba una sombra.

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