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SalamandraTurquesa 

 

Artículo del mes: Septiembre

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UN BUEN LIBRO PARA LEER:  LA MONTAÑA MÁGICA (1961)

LaMontañaMagica     Der Zauberberg

 

     Thomas Mann   (Imperio alemán) 

    Editorial:    Biblioteca EL MUNDO. Millenium

     Traducción:  Mario Verdaguer

                         

             

Finales de libros: 

El trueno

Durante siete años, vivió entre la gente de aquí arriba. No es una cifra redonda para los adeptos del sistema decimal, sino una cifra manejable a su manera, una extensión mística y pintoresca del tiempo, más satisfactoria para el alma que, por ejemplo, una simple media docena. Había comido en cada una de las siete mesas del waldhotel-davoscomedor, aproximadamente un año. En último lugar se encontró sentado a la «mesa de los rusos ordinarios», con dos armenios, dos irlandeses, un bucovino y un kurdo. Estaba sentado allí, con una barbilla que se había dejado crecer, rubia como la paja, de forma bastante indeterminada y que nos vemos obligados a considerar como el testimonio de cierta indiferencia filosófica respecto a su apariencia exterior. Debemos incluso ir más lejos y unir esta tendencia a abandonar su persona a una tendencia análoga que el mundo exterior manifestaba respecto a él. Las autoridades habían cesado de aguzar el ingenio para encontrar diversiones para su persona.

Además de la pregunta matinal de si se había «finalmente» dormido —pregunta de pura retórica que era dirigida en forma colectiva—, el consejero no le dirigía con mucha frecuencia la palabra, y Adriática von Mylendonk —su orzuelo había madurado mucho en la época a que nos referimos— tampoco hablaba con él todos los días. Considerando las cosas más detenidamente, esto ocurría muy raramente o, más exactamente, nunca.

Le dejaban en paz, a la manera de un escolar que disfrutaba de un privilegio particular, porque repetirá el curso y nadie se ocupa ya de él. Forma orgíaca de libertad, añadimos nosotros, preguntándonos si puede haber una libertad bajo otra forma o de otra especie.

En cualquier caso, las autoridades ya no tenían necesidad de vigilar, porque estaban seguras de que ninguna resolución subversiva palpitaba en el pecho de un hombre definitivamente aclimatado que, desde hacía tiempo, ya no sabía adonde ir y que ya no era ni siquiera capaz de concebir un regreso a la llanura.

El hecho de hallarse sentado a la «mesa de los rusos ordinarios» ya constituía una manifestación de una cierta despreocupación hacia su persona. No queremos con esto criticar, en modo alguno, la mesa mencionada mesa mencionada. No había entre las siete ninguna diferencia tangible. Era una democracia de mesas de honor, si está permitida la frase. Las mismas formidables comidas eran servidas en todas y Rhadamante mismo se sentaba a veces y juntaba sus enormes manos sobre el plato cuando le correspondía el turno en ella. Los representantes de las diversas razas que la ocupaban eran honorables miembros de la humanidad, aunque no supiesen latín y no comiesen de un modo completamente elegante.

El tiempo, que no era de la especie del tiempo medido por los relojes de las estaciones, cuyas agujas avanzan por sacudidas de cinco en cinco minutos, sino más bien el tiempo de los pequeños relojes, cuyo movimiento de agujas permanece invisible, o de la hierba, que ningún ojo ve crecer a pesar de que continuamente crezca, el tiempo -una línea compuesta de puntitos sin extensión- había continuado arrastrándose invisible, secreto y, sin embargo, activo, produciendo cambios.

El joven Teddy, para no citar más que uno, cierto día -naturalmente no es posible decir qué día- no fue joven. Las damas ya no podían sentárselo sobre las rodillas. Insensiblemente la situación había dado la vuelta; era ahora él quien las sentaba sobre las suyas, lo que producía a uno y otras gran placer. Se había convertido en un adolescente. Hans Castorp no se había dado cuenta, pero ahora lo veía. Por otra parte, ni el tiempo ni el crecimiento fueron provechosos al joven Teddy. Sus días estaban contados. A los veintiún años, Teddy murió de la enfermedad que había cobijado en él, y su habitación fue desinfectada. Decimos esto tranquilamente, porque no había gran diferencia entre su nuevo estado y su estado anterior.

Hubo casos de muerte más importantes, casos de muerte en la llanura que atañían a nuestro héroe, o que al menos en otros tiempos le hubiesen atañido. Queremos hablar de la muerte del viejo cónsul Tienappel, tío abuelo y tutor de Hans, cuyo recuerdo se había hecho ya vago. Había evitado con cuidado las condiciones de presión atmosférica contraria a su temperamento, y había dejado al tío James el cuidado de cubrirse de ridículo, pero finalmente no había podido escapar a la apoplejía, y la noticia de su muerte, de una brevedad telegráfica pero concebida en términos discretos, llegó un día hasta la excelente chaise-longue de Hans Castorp, después de lo cual éste compró papel de cartas bordeado de luto y escribió a los tíos primos que él, huérfano de padre y madre, debía considerarse como huérfano por tercera vez, y se sentía muy desolado de verse impedido de acompañar al tío abuelo a su última morada.

Convalecientes

Sería exagerar las cosas hablar de luto; no obstante, los ojos de Hans Castorp tuvieron aquellos días una expresión más pensativa que de costumbre. Aquella muerte significaba la ruptura de un nuevo lazo con la esfera inferior, terminaba de hacer completo lo que Hans Castorp llamaba, justamente, su libertad.

En efecto, en esos tiempos había cesado toda relación entre él y la llanura. No escribía cartas ni las recibía. Ya no encargaba María Mancinis. Había encontrado aquí una marca muy apreciable y le mostraba tanta fidelidad como a la antigua. Un producto que hubiese ayudado a los exploradores del Polo a franquear las etapas más penosas. Era un cigarro fabricado con cuidado particular, llamado Rutli, un poco más compacto que el María, de un gris ratón, rodeado de una sortija azul, que se consumía regularmente dejando una ceniza compacta de un blanco de nieve.

De este modo vivía Hans Castorp, y de este modo permanecía tendido, en pleno verano, por séptima vez después de su llegada, y el año terminó su revolución, cuando... resonó...

Pero la reserva y el pudor nos impiden investigar lo que ocurrió entonces. Moderemos nuestra voz para anunciar que resonó el trueno que todos conocemos, esa explosión aturdidora de una mezcla funesta de embrutecimiento e irritación acumulados, un trueno histórico que -digámoslo en voz baja y con respeto- estremeció los fundamentos de la Tierra, y que es para nosotros el trueno que hace saltar la montaña mágica y que pone brutalmente en la puerta a nuestro dormilón sobresaltado. Estupefacto, se halla sentado sobre la hierba y se frota los ojos como un hombre que a despecho de todas las amonestaciones, se ha olvidado de leer los periódicos.

Su amigo y mentor mediterráneo se había esforzado y había tenido el valor de informarle sobre los acontecimientos de allá abajo. Había encontrado siempre poca atención en el discípulo, que se complacía en soñar y en «gobernar» las sombras espirituales de las cosas, pero que jamás concedía atención a las cosas mismas, por lo que no podemos censurarle severamente, puesto que las relaciones entre las dos no están bastante aclaradas.

No era como el día lejano en que Settembrini, después de encender repentinamente la luz, se había sentado a la cabecera de la cama de Hans Castorp y se había esforzado en influirle favorablemente con relación a los problemas de la vida y la muerte. Ahora era él quien se hallaba sentado a la cabecera de la cama del humanista, haciendo compañía al italiano, y escuchaba atentamente sus consideraciones sobre la situación mundial, pues Settembrini abandonaba raramente la cama. El fin penoso de Naphta, el acto de terrorismo de su adversario desesperado, le había producido una ruda impresión, no podía rehacerse, y sufría desde hacía tiempo una gran debilidad. Había interrumpido su colaboración en la Pathologie Sociologique y la liga esperaba en vano ese volumen de su enciclopedia. Settembrini se vio obligado a limitarse a la propaganda oral, y las visitas amistosas de Hans Castorp le ofrecían precisamente ocasión para ello.

HansCartorp1Hablaba con una voz débil pero larga, agradablemente y con todo su corazón, del perfeccionamiento social de la humanidad. Su palabra volaba como alas de paloma; pero cuando hablaba de los pueblos liberados, de la felicidad común, había en sus palabras como un rumor de vuelo de águilas. Existían, en esa gama, contradicciones. Settembrini era humanitario de una manera más o menos consciente, pero al propio tiempo era militarista. Se había conducido con humanidad en un duelo con el espantoso Naphta, y en las grandes cosas, allí donde el sentimiento humano se aliaba, con entusiasmo, a la política, para proclamar la victoria y el reino de la civilización, en que se consagraba la lanza del ciudadano en el altar de la humanidad, era dudoso que se mostrase dispuesto a ahorrar la sangre... Incluso su estado de espíritu era tal, que sus bellas disposiciones, el atrevimiento del águila dominaría, cada vez más, sobre la dulzura de la paloma.

Con frecuencia, sus relaciones con las grandes constelaciones del mundo eran contradictorias y se veían cohibidas por los escrúpulos. Hacía año y medio o dos años, la colaboración diplomática de su país con Austria, contra Albania, había turbado el curso de sus ideas y esa colaboración que le satisfacía porque iba dirigida contra su país medio asiático, contra el knut y las bastillas zaristas, al mismo tiempo le atormentaba por una especie de contubernio con el enemigo hereditario, con el principio de la reacción y del servilismo de los pueblos.

El pasado otoño, el emprésito ruso emitido en Francia para la construcción de una red de vías férreas en Polonia había despertado en él dos sentimientos igualmente contradictorios. Settembrini pertenecía al partido francófilo de su país, lo que no puede sorprender si se recuerda que su abuelo había concedido a los días de la Revolución de julio la misma importancia que a los días de la creación del mundo. Pero ese convenio de la república con la Bizancio escita despertaba en él una angustia de carácter moral, una operación que se convertía, a pesar de todo, en una esperanza cuando pensaba en la importancia estratégica de la red ferroviaria.

Entonces fue cuando tuvo lugar el asesinato del archiduque que, para todos a excepción de algunos dormilones alemanes, fue el anuncio de la tempestad, la señal para los que sabían entre los cuales se hallaba Settembrini.

Sin duda Hans Castorp le veía temblar como individuo ante tal acto de terrorismo, pero veía también cómo se hinchaba el pecho al pensamiento que se trataba de un acto que liberaba a un pueblo y que iba dirigido contra el objeto de su odio, aunque había que ver en ello el resultado de las intrigas moscovitas, lo que causaba a Settembrini un cierto malestar que no le impedía calificar, sin embargo, de ofensa hecha a la humanidad y de crimen espantoso el ultimátum que la monarquía dirigió, tres semanas más tarde, a Serbia. En una palabra, las impresiones de Settembrini eran muy complicadas, como la fatalidad que veía precipitarse y sobre la cual intentó informar a su discípulo, a pesar de que una especie de urbanidad nacional y de piedad le impidiesen hablar abiertamente. Los días de las primeras movilizaciones, de la primera declaración de guerra, había adquirido la costumbre de tender las manos a su visitante.

- Amigo mío -decía el italiano-, ¡la pólvora, la imprenta! Es incontestable que vosotros habéis inventado eso. Pero si suponéis que nosotros marcharemos contra la revolución... Caro...

DerZauberbergDurante los días de espera, en los que los nervios de Europa permanecieron tensos en una verdadera tortura, Hans Castorp no vio a Settembrini. Las atroces noticias llegaban directamente de las profundidades de la llanura hasta su balcón, hacían temblar la casa, llenaban el comedor de un olor de azufre que oprimía el pecho, un olor que llegaba incluso a los cuartos de los moribundos y de los enfermos. Eran esos instantes en que el durmiente, tendido en la hierba, no sabiendo lo que iba a ocurrir, se sentaba en el suelo y se frotaba los ojos.

Vamos a desarrollar esta imagen para darnos cuenta de su estado de alarma. Se puso en pie y miró alrededor. Se vio salvado, liberado, no por sus propias fuerzas, como tuvo que reconocer para gran confusión suya, sino expulsado por fuerzas elementales y exteriores para las que su liberación era completamente accesoria. Pero aunque su pequeño destino se perdiese en el destino general, cierta bondad, cierta justicia que le atañía directamente se manifestaba a pesar de todo. La vida se cuidaba, una vez más, de su hijo mimado, no de una manera ligera, sino de una manera grave y serena, en el sentido de una prueba que en este caso particular no significaba tal vez precisamente la vida, sino tres salvas de honor, para él, el pecador.

Cayó de rodillas, con el rostro y las manos elevados hacia el cielo, que estaba sombrío y cargado de vapores de azufre, pero que ya no era la bóveda cavernosa de la montaña de los pecados.

Settembrini le encontró en esta posición -hablando metafóricamente pues, en realidad, la reserva de nuestro héroe excluía actitudes tan teatrales-. En la fría realidad, el mentor le encontró ocupado en hacer las maletas, pues, desde el mismo instante de su despertar, Hans Castorp se había visto arrastrado en el torbellino de las partidas precipitadas a las que el trueno había dado la señal.

El país más alto se parecía a un hormiguero presa del pánico. El pueblo de aquellos hombres de las alturas tomaba el tren por asalto, viajaba incluso en los estribos y llenaba las estaciones. Hans Castorp se precipitaba también.

Settembrini le encontró en aquel tumulto y con efusión le tomó en sus brazos, le abrazó como un meridional, o como un ruso, besándole en las dos mejillas, lo que no dejó de cohibir, a pesar de toda su emoción, a nuestro viajero.

¡Pero lo inesperado fue cuando Settembrini, en el último momento, le llamó por su nombre, le llamó «Giovanni», despreciando además la forma usada en el Occidente civilizado, es decir, tuteándole!

-È cosa inù –dijo- , in giù finalmente! Addio, Giovanni mio! Hubiese preferido verte partir en otras circunstancias, pero los dioses lo han dispuesto así y no de otro modo. Esperaba verte volver al trabajo, y vas a combatir por los tuyos. Dios mío, te ha tocado a ti y no a nuestro teniente. Es la vida... ¡Combate valientemente! ¡Nadie puede ahora hacer otra cosa! ¡Perdóname si empleo el resto de mis fuerzas en arrastrar a mi país a la lucha, con el bando del espíritu y los intereses sagrados! Addio!

Hans Castorp asomaba su cabeza entre otras diez que llenaban el marco de la ventanilla, haciendo señas por encima de ellas. También Settembrini levantó su mano derecha mientras tocaba delicadamente, con la punta del dedo anular de su otra mano, el ángulo interno de sus ojos.

¿Dónde estamos? ¿Qué es eso? ¿Dónde nos han transportado los sueños?

Crepúsculo, lluvia y barro. Un rojo turbio en el cielo incendiado. Un sordo trueno resuena sin descanso y llena el aire húmedo, desgarrado por silbidos agudos, rabiosos e infernales. Estrépito de explosiones, de crujidos, de gemidos, de gritos, de címbalos entrechocados que amenazan romperse, deprisa, cada vez más deprisa...

Hay allá abajo un bosque del que surgen enjambres grises que corren, caen y saltan.

Una línea de colinas se extiende ante el incendio lejano, cuyos rojos resplandores se condensan a veces en llamas vivas.

En torno a nosotros, campos ondulantes, trastornados. Un camino cubierto de ramajes, un camino de campaña, que se lanza hacia la colina; troncos de árboles bajo la lluvia fría, desnudos, sin ramas...

Aquí hay un poste indicador — ¡inútil mirarlo!, la penumbra nos velaría la inscripción.

¿Este u oeste?

JovenesGuerra

Estamos en la llanura, es la guerra. Y nosotros somos sombras tímidas al borde del camino, confusos de gozar de la seguridad de las sombras para mirar el sencillo rostro de una camarada gris, de uno de esos camaradas grises que corren y se precipitan; del compañero de tantos años, del valiente pecador cuya voz hemos oído con tanta frecuencia, para mirar una última vez ese rostro antes de perderlo para siempre de vista.

Han sido conducidos para prestar su último empuje a la batalla que ha durado todo el día y cuyo objeto es recuperar las posiciones de las colinas. Es un regimiento de voluntarios, de sangre joven -estudiantes en su mayor parte-, que no se hallan en el frente desde hace mucho tiempo. Han sido avisados por la noche y han marchado bajo la lluvia hasta la tarde, por malos caminos -no eran caminos, los caminos se encuentran entorpecidos-. Si no querían perder sus botas tenían que agacharse a cada momento y tirar de ellas para que no se quedasen hundidas en el barro. Han necesitado una hora para franquear el pequeño prado. Sus cuerpos, agotados, pero excitados por profundas reservas vitales, no se inquietan ni del sueño ni del alimento de que están privados. Sus rostros mojados, manchados de barro, arden bajo los cascos grises. Están inflamados por el esfuerzo y las pérdidas que han sufrido al atravesar el bosque pantanoso.

El enemigo, que se ha dado cuenta de su paso, ha dirigido contra ellos un fuego de cortina. Es preciso que estos tres mil muchachos febriles avancen, es preciso que decidan con sus bayonetas el resultado del asalto contra las trincheras y las aldeas en llamas, detrás de la cadena de colinas, y que lleven el ataque hasta un punto fijado en la orden que su jefe lleva en el bolsillo. Son tres mil para que puedan ser dos mil cuando lleguen ante las colinas y las aldeas. Forman un cuerpo compuesto de tal manera que, aun después de graves pérdidas, pueden obrar y vencer, saludando la victoria sin pensar en los que han caído.

Ya inundan el terreno, el camino, los campos esponjosos... Nosotros, las sombras espectadoras al borde del camino, nos hallamos entre ellos. Todos se echan de bruces bajo los proyectiles silbantes, para saltar luego y reanudar su carrera hacia adelante. Caen, baten los brazos, heridos en la frente, en el corazón, en las entrañas. Están inmóviles con el rostro hundido en el barro y ya no se mueven. Pero el bosque envía otros que saltan y avanzan, tropezando con los que no se levantan.

¡Bella juventud, con sus mochilas y sus bayonetas! Se podría, con una imaginación humanista, soñar con otras imágenes; se podría presentar a esa juventud bañando caballos en una bahía, paseando por la arena con la amada, los labios junto al oído de la dulce muchacha, o aprendiendo, con una amistosa sonrisa a tirar el arco. En lugar de esto está tumbada con la nariz pegada al barro. Es admirable y extraño que se presten a ello alegremente, aunque se sientan presa de terrores jamás sentidos y de una inexpresable nostalgia de sus males.

¡He aquí a nuestro amigo! ¡He aquí a Hans Castorp! De muy lejos le hemos reconocido a causa de la barbita que se dejó crecer cuando se sentaba a «la mesa de los rusos ordinarios». Arde traspasado por la lluvia, como los otros. Corre con los pies pesados por las botas, con la bayoneta en el puño. Ved cómo pisa la mano de un camarada caído; su bota claveteada la hunde en el suelo pantanoso. Sin embargo, es él.

  ¿Cómo? ¡Canta! Canta sin saberlo, en una excitación embrutecedora, sin pensar en nada, a media voz:

                           Y grabé en su corteza.

                           Más de una palabra querida...

ObusHa caído. No; se ha lanzado al suelo porque llega un perro infernal, un gran obús, un atroz pan de azúcar de las tinieblas. Está tendido, con la cara en el barro fresco y las piernas abiertas. El producto de una ciencia que se ha convertido en bárbara, cargado de lo peor que puede haber, penetra a treinta pasos de él oblicuamente en el suelo, como el diablo en persona, y estalla con un espantoso alarde de fuerza, levantando a la altura de una casa una fuente artificial y maligna, una fuente de tierra, fuego, hierro, playa y humanidad despedazada.

 ¡Oh, vergüenza en nuestra seguridad de sombras! ¡Partamos! ¡No queremos contar eso! ¿Ha sido herido nuestro amigo? Por un instante ha creído estarlo. Un montón de tierra ha ido a chocar contra su pierna. Se levanta, titubea, avanza cojeando, con los pies pesados por el barro y canturreando inconscientemente:

                      Y sus ra-mas murmura-ban,

                      como si me hablasen...

Y de este modo, bajo la lluvia del crepúsculo, le perdemos de vista.

¡Adiós, Hans Castorp, hijo mimado de la vida! Tu historia ha terminado. Hemos acabado de contarla. No ha sido breve ni larga; es una historia hermética. La hemos narrado por ella misma, no por amor a ti, pues tú eras sencillo. Pero en definitiva es tu historia. Puesto que la has vivido, debes sin duda tener la materia necesaria, y no renegamos de la simpatía pedagógica que durante esta historia hemos sentido hacia ti y que podía llevarnos a tomar delicadamente, con la punta del dedo, un ángulo de nuestros ojos, al pensar que ya jamás te volveremos a oír ni a ver.

¡Adiós! ¡Vas a vivir o a caer! Tienes pocas perspectivas; esa danza terrible a la que te has visto arrastrado durará todavía unos cortos años criminales, y no queremos apostar muy alto que puedas escapar. Francamente, nos tiene sin cuidado dejar esta cuestión sin contestar. Las aventuras de la carne y el espíritu, que han elevado tu simplicidad, te han permitido vencer con el espíritu lo que no podrás sobrevivir con la carne. Hubo instantes en que surgió en ti un sueño de amor lleno de presentimientos —sueño que «gobernabas»—, fruto de la muerte y la lujuria del cuerpo. De esta fiesta mundial de la muerte, de este temible ardor febril que incendia el cielo lluvioso del crepúsculo, ¿se elevará algún día el amor?

FINIS OPERIS

 

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