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Nuestra huella casual/causal, esta vez en rosa. © LCJ

Finales de libros

... Mis ojos casi sangran de lágrimas. Los aprieto y el líquido salado despega mis pestañas con gruesos goterones. Me estoy muriendo, me muero. No pueden ocurrirme tantas cosas al mismo tiempo. Y sin embargo, parece como si nada ocurriera, como si desde que nací hiciera lo mismo, callarme, estallar, llorar. Callarme, estallar, llorar. He roto mi pasividad. Ser melancólica es mi protesta, la huelga que soy capaz de hacer para independizar mi tristeza de la tristeza colectiva, para ganar que me rebajen el horario de angustia asalariada, pagada con el salario del deber. Como si con el deber se pudiera comprar, por ejemplo, azúcar o petróleo. Nací marcada por el deber trascendental. Debí ser fiel a mis progenitores. Debí ser fiel a la patria. Debí ser fiel a la escuela. Debí ser fiel a las organizaciones de masas y a las otras. Debí ser fiel a los símbolos patrios. Debí ser fiel a mis «compañeros» (la palabra «amiga» fue empobrecida, eliminada). Debí ser fiel a mi esposo, digo, a mi «compañero». Debí ser fiel a todo lo que no me fue fiel. Por exceso o por defecto. Queridos paternalistas, miren cómo me mata la fidelidad. Lloro infiel, y ésa es mi cobarde prueba de coraje. Saber que lloro porque no creo en nada. Ni en ti, Nihilista, que me estudias con las pupilas secas, y no mueves ni un dedo para impedir mi histeria.

... 

     Continuar final    (Continuar con el final  La nada cotidiana)

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