Title FinalesdeLibros

 

SalamandraTurquesa 

 

Artículo del mes: Septiembre

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FRAGMENTOS DE LIBROS.   IMÁN  (1930)         

Imán

    

     Ramón J. Sénder      (España)  

        

        Editorial     :   CRÍTICA   -   CLÁSICOS Y MODERNOS. 

       Edición de :   Nil Santiáñez

 

 

  Finales de libros

...

DIECISÉIS

Cuatro días y tres noches de viaje. El paisaje frío, concreto e inexpresivo, y por la noche una negra y abstracta España irresponsable en la sombra de la ventanilla.

Viance entró por Málaga, blanca y azul. Su único equipaje, dos cajetillas de tabaco, se lo quitaron en la aduana. Hasta coger la línea general, los trenes eran viejos y míseros y los vagones hervían en un resol de podredumbre. Los viajeros se daban con las rodillas, estaban demasiado próximos y mirarse a la nariz horas y horas era demasiado estúpido. Uno le preguntó si la condecoración era pensionada. Viance mintió: dijo que sí, y un catalán se puso a explicar que al contribuyente le salían caras esas quincallas. En la línea general, los coches atestados. Al cambiar, en Madrid, el viaje se hizo ya insufrible. Sólo la costumbre de la disciplina podía dulcificarlo un poco.

Por fin, a solas en el vagón de un tren secundario que le conducía a la estación de término, mirando la estepa seca y oscura, recobró la conciencia de sí mismo. «Nadie me espera, esta tierra no es la que yo recordaba, la que yo dejé. Todo es extraño. Y, sin embargo, tengo prisa por llegar y me conmueve la idea de que estoy cerca». Tiene deseos de verse ya en la carretera, andando los veinte kilómetros de comarca áspera y estéril para buscar, tras un repliegue, su pueblo, Urbiés, en el que no sabe aún lo que hará, cómo reanudará la vida. Es igual. Ha recorrido España de punta a cabo. Ha visto llanuras, montañas, como en África, y labradores altivos y taciturnos, como los moros. Igual, igual que allá. Pero, ¿por qué los de aquí son tan sumisos? ¿Basta el estrecho de Gibraltar, una «manga de agua», para hacerlos cambiar de esta manera? Sus intuiciones son muy vagas. Lucha histórica del godo contra el africano. La aristocracia del Norte, confabulada con los judíos en un amasijo de catolicismo, contra el hermano de África, gemelo del español primitivo y hermano mayor del auténtico español moderno. El caso de España es el mismo que el de Marruecos. La aristocracia goda «corre los moros» y busca títulos de grandeza, y en España corre a los españoles y busca títulos de la Deuda de acuerdo con los auténticos bárbaros del Norte. Por ignorarlo, se pierde su razón en laberintos. Lo cierto es -concluye- que todo, en este regreso a España, tiene un aspecto absolutamente nuevo y sombrío.

SelloSenderCuando marchó a Marruecos fue bien distinto. Había un impulso juvenil, una conciencia optimista. Eran regocijadas las viejas que lloraban en las estaciones al despedir a sus hijos, a sus nietos. El tren militar, desordenado y alegre. Robó vasos y botellas en las estaciones para lanzarlos después contra los guardabarreras. El humo de las chimeneas aldeanas hablaba de salud, de vida hogareña confortable y segura. Había una fuerza nueva en el traqueteo del tren, en los puentes metálicos que quedaban atrás prendidos de rumores, en la canción y en la bota de vino. Iba a la guerra. Con palabras que sonaban al «mío Cid», algunos viejos taciturnos comentaban desde el andén, haciendo apenas perceptible su ironía:

-¡Al moro, muchachos, al moro!

En una cantina robó una silla y tuvo un gran éxito en el vagón. Otro robó un orinal y lo traía puesto en la cabeza como un yelmo grotesco. Todo era alegría, confianza, seguridad en sí mismo y en el mañana. Hoy…

El tren para. Es una estación muy pequeña. Gallinas, por el andén, tiestos de albahaca en un ventanuco. Un labrador se despide de su mujer subiendo con garbo aventurero. Del carricoche desvencijado que hay junto al camino se acerca un jornalero arrastrando el cabo de un látigo.

- ¡Que vuelva pronto y con salú! Eso es lo que hace falta.

Ella tiene en los ojos un arrobo erótico. Se le va el macho. Viance los contempla. Arranca el tren. La mujer grita adioses casi epilépticos.

- ¡Estas mujeres…! -dice el labrador sentándose satisfecho.

Viance prevé a la esposa entregándose al jornalero del látigo con el mismo arrobo en los ojos. El labrador le parece un bendito de Dios. No ve en las mujeres sino el vicio y la maldad; en los hombres una cobardía o una estupidez dañinas. Sin embargo, ellas y ellos, al mismo tiempo -y eso es lo terrible-, viven y se desenvuelven en un plano superior, firme, ascendente, seguro.

El labrador desenvuelve un papel, saca una tortilla dentro de un pan, corta la mitad y se la ofrece en silencio. Viance duda, aturdido. Los ojos firmes del labrador pesan sobre los suyos reposadamente:

SoboALaBota- Coma usted en paz, que luego le dará un sobo a la bota.

Viance acepta sin gratitud, con cierto receloso despego. El otro pregunta.

- ¿Cuánto tiempo lleva en el moro?

- Vengo licenciao.

- ¿Eh?

Viance se esfuerza en alzar la voz:

- ¡Vengo licenciao!

- ¿Tres años? Dice que sí. No se atreve a confesar los recargos sufridos, porque son patente de mala conducta.

- Dos hijos tengo yo.

- ¿Dos hijos? Si tiene usted dos hijos, procure que no vayan a la guerra.

- ¿Qué puede hacer uno contra eso? -replica con aire escéptico.

- ¡Matarlos!

El labrador se queda muy sorprendido y Viance rectifica, poniéndose colorado:

-O enviarlos a las Américas.

El campo sigue girando a ambos lados del tren dentro del marco de las ventanillas. Dos enormes discos de gramófono. En el uno hay una jota y en el otro un largo y lento mugido. El labrador estira el pescuezo hacia afuera:

CanalBardenas- Mire usted el canal de las Bárdenas.

-¿Ya han llegao aquí las obras?

 -¡Y si sigue usté p'alante, verá mucho más! Algunos cientos de millones van gastaos. Desde marzo, contando lo de todas las obras, se sale a millón diario.

Viance bebe en la bota. Vino fluido, áspero y fuerte, que parece pasar a las venas hirviendo. Un zumbido remoto y agudo. Ganas de hablar. Torpedad de la lengua y un no saber dónde poner los ojos. Una mosca resbala por el cristal aleteando. Viance la aplasta con el dedo, suelta a reír y se limpia en el pantalón. El labrador mira a otro lado, aprieta los dientes. La bota no se ha aflojado apenas; sigue tersa y henchida. Pero Viance está borracho.

Baja. Ya en el andén, se detiene un momento. El cristal de una puerta refleja su guerrera entallada, su guerrera de oficial lavada, remendada y encogida sobre los sucios pantalones. La criada de la estación lo mira un momento extrañada, llama a otra y ambas sueltan a reír. Viance se aturde: quiere decir un cumplimiento y dice una obscenidad. El instinto de venganza predomina sobre el deseo de cortesía. Se molestan, y Viance oye sus dicterios cuando ya ha cogido el camino, a la espalda de la estación.

El campo, el paisaje, no son lo que se figuraba en Marruecos. No hay tanta diferencia entre aquel campo y éste. Matas, tomillo, tierra parda, blanca y alguna vez rojiza. Cuervos, lo mismo que allá. Esperaba que esta tierra le hablara al corazón. En su sorpresa desconcertante hay un punto de gravedad. Sabe a dónde va, por primera vez, después de tanto tiempo. Lleva un rumbo, una dirección. Va al pueblo. Los rincones donde transcurrió su infancia, la vieja casa, los campos que cultivó con su padre, el mismo cementerio, pequeño; un corralillo no mayor que los otros con el portalón de madera resquebrajada y la crucecilla encima. El camino no es nada, hay que andarlo sin reconocerlo, sin querer comprender tampoco su dulzura ni su aspereza. Andar, andar hacia el pueblo. Allí le bastará con oír los gorriones en las retejeras y ver el aire especial que recorta y encuadra cada calle.

Azuara    Vuelve a tender la mirada en torno. Allá arriba está el castillo. Tiene un aspecto desolado y frío. En sus ruinas Viance acechaba a las aves de rapiña otros tiempos. Un poco más abajo, en el muladar de Bicar -el pueblo inmediato al suyo-, acostumbraba a esperarlas oculto junto a la carnaza, provisto de una esquila y un collar de cuero. Cuando algún buitre se le acercaba lo suficiente, se lanzaba sobre él. Necesitan correr unos diez metros antes de alzar el vuelo y entretanto lo atrapaba, luchaba a brazo partido y cuando conseguía colgarle la esquila al cuello lo soltaba. Después, en la plaza del pueblo, veían navegar sobre el azul un pájaro sonando una esquila y Viance recogía la gloria en el entusiasmo de los otros muchachos y en la aprobación regocijada de los hombres.

Estos recuerdos se producen ya fuera de sí mismo, como si se refirieran a otra persona muy diferente. Acelera el paso. «Parece mentira -piensa-: espera uno que se va a volver loco cuando llegue el momento y luego todo se sucede tontamente y las cosas más importantes no son nada». Acelera más el paso. Insensiblemente, le da una regularidad militar, y en sus oídos hay un eco de trompetas.

Se sienta, fastidiado, en la cuneta, y mira con rencor a ambos lados. El monte, el valle, el cielo, los árboles, los pájaros, todos van a lo suyo con una frialdad irritante. Es natural, en medio de todo. También él iría a lo suyo; pero ya no sabe qué es lo suyo, qué interés primordial tienen para él las cosas. Ese hombre que llega con aire decidido e indiferente es, sin duda, un pobre diablo. Pasa hambre entre los hambrientos, frío y calor a la intemperie mudable; su mujer lo desprecia, sus amos lo tratan como a un pobre animalejo; un día, con cualquier pretexto, lo abrirán en canal y lo clavarán en un poste del telégrafo, como hacían en Marruecos. Está gordo. Los cuervos hallarían en sus entrañas más condumio que en las de aquellos desdichados que estaban a la entrada de un blocao cerca de Dríus. Y, sin embargo, se afana y lucha, trabaja.

ContrucciónBlocao- ¡Vaya con Dios! ¿Tiene un cigarro? -pide con una insospechable costumbre de mendigo.

El desconocido lo mide con los ojos y sigue adelante, dejando caer unas palabras:

- No lo gasto.

… Y hasta ti ene cierta vanidad social, cierta satisfacción de hombre serio. En el fondo, se considera persona importante. «Persona importante», repite riendo. Se levanta y echa a andar de nuevo. Un kilómetro, otro, mecánicamente. De pronto se para:

«¿Quién soy yo? ¿Dónde estoy yo? Porque nada de esto es mi tierra. ¿Yo soy un forastero?».

Un automóvil llega velozmente y se detiene a su lado. Lo llaman, saluda militarmente. El chófer le pregunta si lleva buen camino para Azuara:

- ¡Sí, señor! A la vuelta, aparecerá Bicar: luego, tuerce por un camino antes de llegar a Urbiés, que es mi pueblo, y sigue hasta Azuara, que es el tercero.

- ¿Vas tú allí?

- Sí, señor; a Urbiés.

Uno de los viajeros le dice que puede subir e ir indicándole al conductor el camino.

El chófer advierte:

- ¿Estás con licencia?

- No, señor. Vengo de Marruecos.

- Entonces debes ir cosido de piojos.

Viance quiere explicar:

- ¡Hombre, yo…!

Pero el chófer no le oye. Dice a los de dentro:

- Sé ya por dónde, señor; no hace falta -y arranca.

PuebloBajoElAguaAl anochecer llega al cruce de dos caminos vecinales, después de haberse desviado de la carretera. Cien pasos más y aparecerá abajo la rinconada del valle, el campanario. He ahí el montón de piedras bajo el cual dicen que fue enterrado un salteador de caminos. La costumbre romana se mantiene, y todo el que pasa arroja su piedra. Viance corre, salva en dos saltos el último trecho y se asoma, por fin, al valle con impaciencia. Abajo hay una laguna quieta, sucia, que espejea bajo la última luz. ¿Y el pueblo? Vuelve a mirar en torno. La impresión es tan honda que se resuelve en una estúpida indiferencia. El pueblo está ahí, debajo de esas aguas quietas. Al oír arriba un chirrido de vagonetas comprueba la infamia. Han expropiado el pueblo para hacerlo desaparecer en uno de los embalses del plan de riegos. Urbiés está debajo.

Su casa, el suelo que pisaron sus padres, todo es ahora limo, barro, algas. Le han robado su pueblo. Aquellos recuerdos vivos que flotaban en las esquinas, en el pozo de la plaza, en la abadía, y que eran el punto de partida de toda su vida han desaparecido para siempre.

Un impulso oscuro le hace descender hacia el agua, se detiene de pronto junto a un torrente de argamasa que baja no se sabe por dónde, y una voz grita desde arriba:

- ¡Eh, pasmao!

Asoman vagonetas. Viance sube lleno de una curiosidad desesperada. Arriba, la curiosidad insolente de los obreros le contiene:

- ¿A dónde iba usted? -pregunta uno, mascando la colilla.

- ¡Ahí, a mi pueblo!

- ¿A su pueblo?

- Sí. A Urbiés.

- ¿Sabe usted nadar?

Los demás ríen.

- Lo menos tiene quince metros de agua encima. ¿Es que se dejó olvidado algo?

Vuelven a reír. Ahora ríe también Viance; pero su risa conmueve al que lleva el freno del convoy.

- El pantano de Urbiés -explica éste- coge toda la hondonada y sigue hacia abajo más de diez kilómetros. Allá está la presa principal. Como han cegao algunos barrancos y han abierto vaguadas el agua se ha ido acumulando ahí; pero eso no es nada pa lo que ha de ser. Los del pueblo se fueron a trabajar a Barcelona. Alguno queda en las obras, ¿verdá?

- Sí, pero están en Tormos. Dos familias creo que andan en la Violada. Si quieres venir ahí, a Urbiés, puedes montar en las vagonetas.

- ¿Urbiés? -insiste Viance desconcertado.

- Los papeles del Ayuntamiento y todo lo demás ha pasao al poblao obrero de esta zona, que es como si fuera el mismo Urbiés, o mejor aún, porque éste tiene café cantante y puedes tomar vermú y todo el copón.

Grandes barracas de madera, de ladrillo, donde se hacinan los obreros igual que los soldados en los cuarteles. De vez en cuando, pequeños pabellones con escaleras voladas de hierro. Todo provisional, frío, sin carácter.

-¿Esto es Urbiés? -pregunta Viance con risa abobada.

Un grupo de obreros jóvenes se acerca. Viance, más lamentable en su indumento, la guerrera corta con talle casi femenino, se detiene. Cantan aquí y allá. Los jovenzuelos traen ganas de camorra. Uno grita:

-¡Viva el ejército!

Y otro, atiplando la voz, rectifica:

Melicia- ¡El ejército, no! ¡La melicia, la señora melicia!

Viance se yergue:

-¿Quién ha sido el hijo de…?

Uno, avanza:

-¡Yo! ¿Qué pasa?

Tiene un gran éxito. Todos están pendientes de la reacción de Viance. En cuanto lo ven dudar, lo clasifican con fallo inapelable. Viance quiere protestar; pero su voz apenas sale de la garganta, y es lo primero que denuncia su mezquindad física, su inferioridad. Al lado de esos mozalbetes, es un viejo enfermo, inútil. «¿Para qué?», piensa. Todo es tan lejano e indiferente que sería una estupidez liarse a golpes. «¿Para qué?». Duda, vacila aún. Alguien dice torpemente:

-¡No llores, hombre! ¡Vamos a tomar una copa!

Ríen los demás. Viance se deja arrastrar a la cantina. Uno le ladea el gorro de un manotazo, otro le arranca la condecoración y Viance, creyendo que se le había caído, se pone a buscarla; enciende una cerilla, se quema los dedos, palpa la tierra a oscuras con las manos. Se arma un alboroto enorme. Empujones, risas, insultos

Cuando se da cuenta Viance, está en el café. Los obreros llenan la barraca por completo. En un extremo se alza un tabladillo de madera al nivel de las mesas. En el fondo hay una colcha rameada de amarillo y verde. De vez en cuando sale una mujer -camisa rosa, nariz pelada de herpes- y ondula torpemente, acompañada por un viejo que manotea el piano. Lleva la clientela cal en las ropas, barro en las manos, en la cara.

Viance pasa sin mirar a nadie. Se siente vértice de la curiosidad del cafetín, objeto de ironías mordaces. ¿Por qué? Cuando se ve solo en una mesa lejana, respira tranquilo. Junto al tabladillo han quedado los jovenzuelos, con ojos salaces. Apenas puede reflexionar sobre los últimos sucesos. Entre retazos de música y gañidos de la cupletista, va hilvanando su desconcierto: «El pueblo, Urbiés, muerto bajo el pantano; las sepulturas de sus padres, sepultadas a su vez bajo el agua sucia: todo borrado, todo desvanecido en el aire para siempre». Antes, hasta en los momentos peores de la campaña, tenía una base moral firme: su niñez, su pueblo, los campos familiares, las calles, los niños de entonces, hechos ya hombres. Ahora cree pisar sobre la niebla, sobre el aire. Su vida comienza en el infinito, sin base, sin donde poner los pies para tomar impulso.

AlfonsoXIIIxLaGdeDiosTiene setenta céntimos. ¿Y trabajo? ¿Será fácil aquí encontrar trabajo? En la mesa de al lado le contesta casualmente la afirmación de un labriego:

- Peones no quieren ni uno. Sobra personal en todas partes y sólo admiten a los que vienen con una mula y un carro por lo menos.

Viance prende una mirada de perro en las tres bombillas que lucen envueltas en gasa azul. Se siente suspendido en el aire, como un ahorcado. La cuerda es el secreto que guarda en lo hondo de los ojos, un secreto que lo eleva sobre los demás; pero lo eleva -¡ay!- por la garganta. ¿Vivir, amar, triunfar? Ese secreto ha roto ya la raíz de todos los impulsos, le ha asomado a la gran indiferencia fatalista que rige la vida de los planetas deshabitados, de los planetas muertos.

La cancionista sale ahora entonando «La cruz del Mérito», cuplé patriótico muy popular que habla del soldado ciego acogido por los brazos de su novia. La cupletista lleva sobre la teta izquierda, prendida en la camisa, la medalla de Viance. Cuando marca el paso con exagerados meneos la medalla oscila a compás. El estribillo dice:

 

El corazón de las mujeres

y las trompetas de la Fama

al ver pasar a los soldados,

repiten siempre: ¡Viva España!

 

E insiste tres veces en ese «¡Viva España!», con modulaciones flamencas, moviendo las caderas.

 

Leer fragmentos.....:     Imán

 

                        

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