FRAGMENTOS DE LIBROS.  MANHATTAN TRANSFER (1925)                                                             Manhattan Transfer

ManhattanTransfer

 

    John Dos Passos    (EEUU)  

       

       Editorial    :   Editorial DEBATE - ÚLTIMOS CLÁSICOS.  

     Traducción:   De la traducción de Editorial Planeta, S.A., 1995

 

 

 Finales de libros

 

 Del   Capítulo V (último).   La carga de Nínive

LaCargaDeNinive

Sostenido por cinco almohadas en medio de su cama colonial de caoba, cuyas cuatro columnas remataban en piñas, Phineas Blackhead, con la cara tan morada como su bata, estaba sentado echando maldiciones. La amplia habitación, tapizada con telas javanesas y decorada con molduras de caoba, estaba vacía, excepción hecha de un sirviente hindú con chaqueta blanca y turbante, que a los pies de la cama, con las manos en los costados, inclinaba la cabeza ante las imprecaciones más enérgicas, diciendo: «Yes, Sahib, yes, Sahib».

-Por Jesucristo vivo y todopoderoso, maldito Babú amarillo, o me traes ese whisky, o me levanto y no te dejo hueso sano, ¿oyes? Cuerpo de Dios, ¿no podré hacerme obedecer en mi propia casa? Cuando digo whisky se entiende de centeno y no jugo de naranja. Condenación, ¡ahí va eso!

Cogió de la mesa de noche una jarra de cristal tallado y se la tiró al hindú; luego volvió a caer sobre las almohadas, la saliva espumajeándole en los labios, ahogándose.

BeluchistanCarpetSilenciosamente el hindú limpió la gruesa alfombra de Beluchistán y se escabulló del cuarto con un montón de cristales rotos en la mano. Blackhead respiraba más fácilmente. Sus ojos se hundieron en sus profundas cuencas y se perdieron en los pliegues de sus abultados párpados verdes.

Parecía dormir cuando Gladys entró. Llevaba un impermeable y en la mano un paraguas mojado. Se acercó de puntillas a la ventana y se quedó en pie mirando la calle gris de lluvia y las casas de enfrente, viejas y sombrías como tumbas. Durante una fracción de segundo ella fue la niñita que entraba en camisón los domingos por la mañana para tomar el desayuno con papá en la cama grande.

Él se despertó sobresaltado y miró a su alrededor con ojos inyectados de sangre. Los pesados músculos de su mandíbula se tendían bajo la piel amoratada.

- Bueno, Gladys: ¿dónde está ese whisky que he pedido?

- Oh, papá, ya sabes lo que el doctor Thom ha dicho.

- Ha dicho que un vaso me mataría… Pues todavía no me he muerto, ¿verdad? Es un perfecto borrico.

- Sí, pero tienes que cuidarte y no excitarte de ese modo.

Gladys le dio un beso y le acarició la frente con su delgada mano fría.

- ¿No tengo bastantes motivos para excitarme? Si pudiera tener entre mis manos el cuello de ese cabronazo, hijo de mala madre… Hubiéramos podido salir del trance si él no hubiera perdido la sangre fría. Me está bien empleado por asociarme con semejante gallina… Veinticinco, treinta años de trabajo, todo al demonio en diez minutos… Durante veinticinco años mi palabra ha valido tanto como un billete de banco. Lo mejor que podría hacer sería seguir el negocio hasta el infierno. ¡Que el diablo me lleve! Y ahora, voto a Cristo, tú, mi propia sangre, me quitas de beber… ¡Dios todopoderoso! Eh… BobBob… ¿Dónde ha ido ese condenado chupatintas? Eh, venid aquí uno de vosotros, sarta de… ¿Para qué creéis que os pago?

Una enfermera sacó la cabeza por la puerta.

- Fuera de aquí -gritó Blackhead-, no quiero vírgenes almidonadas a mi lado.

Tiró la almohada que tenía debajo de la cabeza. La enfermera desapareció. La almohada dio en uno de los palos de la cama y cayó sobre la colcha. Gladys empezó a llorar.

- Oh, papá, no puedo resistir más… con lo que te respetaba todo el mundo… Por favor, trata de contenerte, papaíto.

- ¿Y por qué, Cristo, por qué?… La comedia ha concluido. ¿Por qué no te ríes? El telón ha bajado. Todo es una farsa, una cochina farsa.

Estalló en una carcajada delirante. Se ahogaba, pugnando con los puños apretados para recobrar la respiración. Finalmente, con la voz rota dijo:

- ¿No ves que es el whisky lo que me sostiene? Vete y déjame, Gladys, y envíame a ese demonio de hindú. Siempre te he querido más que a nada, tú lo sabes. Pronto, dile que me traiga lo que le pedí.

Gladys salió llorando. Fuera su marido se paseaba nervioso por el hall.

- Son esos condenados reporteros… No sé qué decirles. Afirman que los acreedores van a llevar el asunto a los tribunales.

- Señora Gaston -interrumpió la enfermera-, me parece que se verá usted obligada a buscar enfermeros… Realmente, yo no puedo hacer nada…

En el piso bajo un teléfono sonaba, sonaba.

Cuando el hindú trajo la botella de whisky, Blackhead llenó un vaso y bebió un largo trago.

- Ah, esto le entona a uno, voto al diablo. Achmet, eres un buen sujeto… Sí, habrá que afrontar las consecuencias y vender… Gracias a Dios, Gladys está resguardada… Voy a subastar todo lo que poseo. Si ese encanto de yerno que tengo no fuera tan bobalicón… Siempre ha sido mi destino estar rodeado de imbéciles… Dios, a presidio iría yo contento si eso les sirviera de algo. ¿Por qué no? A lo sumo dura toda la vida. Y después cuando saliera podrían darme una plaza de banquero o de vigilante en un muelle. No me desagradaría. ¿Por qué no tomarlo con calma después de haberlo todo echado a perder, Achmet?

-Sí, Sahib -dijo el hindú inclinándose.

Blackhead le remedó…

-Sí, Sahib… Tiene gracia. Tú siempre dices así, Achmet. Se echó a reír con una risa ahogada, rechinante. Creo que es el medio más fácil.

PhineasBlackheadRió, rió, y súbitamente cesó de reír. Un espasmo rápido crispó todos sus miembros. Torció la boca en un esfuerzo para hablar. Durante un segundo sus ojos recorrieron el cuarto, dos ojos de niño que se ha lastimado y va a llorar. Luego cayó hacia atrás, mordiéndose un hombro con la boca abierta. Achmet le miró largo rato, fríamente; después, acercándose a él, le escupió en la cara. Inmediatamente sacó un pañuelo del bolsillo de su chaqueta de lienzo y limpió el salivazo en la piel tirante. Hecho esto le cerró la boca, colocó el cuerpo entre las almohadas y salió silenciosamente del cuarto. En el hall, Gladys, sentada en un sillón, leía una revista.

- Sahib mucho mejor, quizá dormir un poco.

- Oh, Achmet, cuánto me alegro -respondió ella.

Y siguió mirando su revista.

 

 

Ellen se apeó del automóvil en la Quinta Avenida esquina a la calle 53. La rosada luz del crepúsculo resplandecía en el latón y en el níquel, en los botones, en los ojos de los transeúntes. Fulguraban todas las ventanas del lado este de la Avenida. Mientras, los dientes apretados, esperaba en la acera para cruzar, una ráfaga imperceptible de perfume le rozó la cara. Un mozo delgaducho de pelo correoso y gorra de corte extranjero le ofrecía madroños en una cesta. Ella compró un ramo y metió la nariz en él. Los bosques de mayo se derritieron en su boca como azúcar.

Sonó el pito, las palancas rechinaron al arrancar los autos para desparramarse por las bocacalles. La gente se apiñó en el cruce. Ellen sintió que el muchacho la rozaba al cruzar a su lado. Se retiró. A través de los madroños percibió un momento el olor de su cuerpo sucio, el olor a emigrantes de Ellis Island, a casas de vecindad atestadas. Bajo todas las calles que mayo esmaltaba, chapaba de oro y plata, Ellen percibía con vago malestar malos olores que se extendían en oleadas lentas, espesas, con remolino de horda, como la fetidez que sube de las alcantarillas. Bajó la bocacalle apretando el paso y entró por una puerta a cuyo lado brillaba una pequeña placa impecablemente pulida:

 

MADAME SOUBRINE

Robes

 

Se olvidó de todo ante la sonrisa gatuna de la señora Soubrine en persona. Era una mujerona pelinegra, quizá rusa. Salió a su encuentro de detrás de una cortina con los brazos extendidos, mientras otros clientes, que esperaban sentados sobre divanes en una especie de salón Emperatriz Josefina, lanzaban miradas envidiosas.

- Mi querida señora Herf, ¿qué ha sido de usted? Su vestido está listo desde hace una semana -exclamó en un inglés demasiado perfecto-. Espere usted, querida señora…, es divino… ¿Y cómo va el señor Harpsicourt?

- He estado ocupadísima…, ¿sabe usted?; voy a dejar mi trabajo. La señora Soubrine movió la cabeza, hizo un guiño de inteligencia y a través de los tapices la condujo a la trastienda.

- Ah, ça se voit… Il ne faut pas travailler, ou peut voir déjà de toutes petites rides. Mais elles disparaitront. Perdóneme, madame. El grueso brazo le estrujó la cintura. Ellen se apartó un poco. Vous la plus belle femme de New YorkAngélica, el vestido de soirée de la señora Herf -gritó con una voz chillona, áspera como el cacareo de una gallina.

EllenSeQuitoSuTrajeUna rubia paliducha y pintada entró con el vestido en una percha. Ellen se quitó su traje de sastre gris. La señora Soubrine dio una vuelta a su alrededor, ronroneando.

- Angélica, mira qué hombros, qué color de pelo… ¡Ah! C’est le rêve.

Se acercaba demasiado, como un gato que quiere que le froten el lomo. El vestido era verde pálido con rayas escarlata y azul oscuro.

- Es la última vez que me hago un vestido así, estoy cansada de ir siempre de azul y verde…

La señora Soubrine, con la boca llena de alfileres, estaba a sus pies muy atareada con la bastilla.

- Sencillez helénica, el talle de Diana… Espíritu de primavera… El continente ideal de una Annete Kellermann sosteniendo la lámpara de la libertad…, la virgen prudente -murmuraba a través de sus alfileres.

«Tiene razón –pensaba Ellen mirándose en la cornucopia-, me estoy estropeando. Pronto perderé la figura. Menopausia y visitas a los salones de belleza. Cremas y pastas para conservar el cutis.»

-Regardez-moi ça chérie -dijo la modista, poniéndose en pie y quitándose los alfileres de la boca- C’est le chef d’oeuvre de la maison Soubrine.

Ellen sintió de pronto un calor sofocante. Se creyó cogida en una red pringosa. Un tufo horrible a sedas teñidas, crespones y muselinas le daba dolor de cabeza. Daría cualquier cosa por verse en la calle otra vez.

- Me huele a humo, algo pasa -gritó de repente la rubia.

- Sh-sh-sh -chicheó la señora Soubrine.

Ambas desaparecieron por una puerta espejo.

Bajo una claraboya, en el taller de la señora Soubrine, Anna Cohen cose con rápidas puntaditas la orla de un vestido. Delante de ella, sobre la mesa, un gran montón de tul, desbordante de luz, se alza como clara de huevo batida. Charley my boy, oh Charlie my boy, tarareaba hilvanando el porvenir con rápidas puntaditas. Si Elmer quiere casarse conmigo, ¿por qué no casarnos? Pobre Elmer, es un buen muchacho; pero tan soñador… Tiene gracia haber caído con una chica como yo. Ya le pasará… Puede que cuando venga la revolución resulte un gran hombre… Tendré que dejarme de juergas cuando sea la mujer de Elmer… Quizá podamos ahorrar y abrir una tiendecita en la Avenida A, en un buen sitio, donde se pueda hacer más dinero que en el centro. La Parisienne, Modes.

AnaSueñosApuesto que me iría tan bien como a esa zorra vieja. Cuando uno es amo de sí mismo no hay todos esos líos de huelguistas y esquiroles. Igualdad para todos. Elmer dice que todo eso es camelo. No hay más esperanza para los trabajadores que la Revolución. Yo estoy loca por Harry, Harry está loco por mí… Elmer es una central de teléfonos, de etiqueta, con orejeras, alto como Valentino, fuerte como Doug. La revolución está declarada. La Guardia Roja sube por la Quinta Avenida. Anna, con rizos de oro y un michito bajo el brazo, se asoma con él a la ventana más alta. Blancos pichones aletean bajo ellos. Las banderas rojas sangran en la Quinta Avenida, resplandeciente de bandas en marcha y roncas voces que cantan en yiddish Die Rote Fahne. Lejos, en el Woolworth, una bandera ondea al viento, Mira, Elmer, ELECCIONES MUNICIPALES. ELMER DUSKIN, CANDIDATO. Y está bailando el Charleston en todas las oficinas… Thump, Thump That Charleston Dance… Thump, Thump, Thump… A lo mejor, le quiero. Elmer, tómame; Elmer, amante como Valentino, estrujándome contra él con los fuertes brazos de Doug, ardiente como una llama, Elmer.

A través del sueño que va hilando, blancos dedos le hacen señas. El tul tiene un fulgor extraño. De repente, surgen del tul manos rojas. Anna no puede desasirse del rojo tul que la rodea, que la muerde, que se enrosca a su cabeza. Espirales de humo ennegrecen la claraboya. El cuarto se llena de humo y de chillidos. Anna está en pie dando vueltas, manoteando, tratando de librarse del tul ardiendo que la rodea.

Ellen, en pie, se mira a la cornucopia en el cuarto de pruebas. El olor a tela chamuscada aumenta. Después de pasearse un rato nerviosamente, sale por la puerta-espejo a un pasillo lleno de vestidos colgados, se agacha bajo una nube de humo y ve con ojos llorosos el gran taller donde las oficialas gritan empujándose tras la señora Soubrine, que apunta un extintor químico a un montón de telas carbonizadas sobre una mesa. Del montón de telas carbonizadas sacan una cosa que se lamenta. Con el rabillo del ojo, Ellen ve un brazo hecho jirones, una cara chamuscada, roja y negra, una horrible cabeza calva.

- Oh, señora Herf, haga el favor de decir a los clientes que no es nada, absolutamente nada. Voy en seguida -le grita la señora Soubrine jadeando.

Ellen, con los ojos cerrados, se vuelve por el pasillo lleno de humo. Cuando llega al aire puro del cuarto de prueba, espera a que sus ojos dejen de llorar y, levantando la cortina, se dirige a las mujeres que aguardan inquietas en la sala de espera.

- La señora Soubrine me ha rogado les diga que no fue nada, absolutamente nada. Un fuego sin importancia en un montón de recortes… Lo apagó ella misma con un extintor.

- Nada, absolutamente nada –se comentan las señoras unas a otras, reinstalándose en los sofás Emperatriz Josefina.

Ellen sale a la calle. Las bombas llegan. Los policías rechazan a la muchedumbre. Quisiera marcharse, pero no puede. Espera algo. Al fin, oye un tintín por la calle abajo. La ambulancia llega cuando las bombas se alejan. Los mozos entran en la casa con una camilla plegada. Ellen apenas puede respirar. Permanece al lado de la ambulancia, detrás de un policía azul, tratando de averiguar por qué está tan emocionada. Es como si una parte de ella misma fuera a ser envuelta en vendas, llevada en una camilla. Sale demasiado pronto, entre las caras de siempre, entre los sombríos uniformes de los asistentes.

- ¿Son graves las quemaduras? – logra preguntar por debajo del brazo del policía.

- No morirá…; pero es terrible para la muchacha.

EllenCorreEllen se abre paso a codazos entre la muchedumbre y corre hacia la Quinta Avenida. Es casi de noche. Las luces nadan en la penumbra de un azul claro como las profundidades del mar.

«¿Por qué me habré impresionado tanto? -se pregunta-. Mala suerte que tienen algunas personas… Todos los días pasan cosas así." La baraúnda, los gemidos, el estruendo de las bombas, parecen no querer borrarse de su memoria. Se queda indecisa en una esquina mientras autos y caras centellean ruidosamente delante de ella. Un joven con un sombrero de paja nuevo la mira de reojo con la esperanza de poder acompañarla. Ella le mira fríamente. El joven lleva una corbata con rayas rojas, verdes y azules. Ella pasa junto a él de prisa, cruza a la otra acera de la avenida y toma hacia el Norte. Las siete y media. Tiene que ver a alguien en algún sitio, no puede recordar dónde. Siente un horrible vacío en su interior. Ah, ¿qué hacer?, murmura para sí. En la próxima esquina llama un taxi. «Lléveme al Algonquín».

Ahora lo recuerda todo. A las ocho tiene que cenar con el juez Shammeyer y su señora. Debiera haber vuelto a casa a vestirme. George se pondrá furioso cuando me vea entrar así. Le gusta exhibirme toda adornada como un árbol de Navidad, como una muñeca de esas que andan y hablan. ¡Idiota! 

Se recuesta en el rincón del taxi con los ojos cerrados. Tiene que calmarse. Es ridículo vivir siempre con una tensión nerviosa tal que todo parece rechinar como la tiza que araña el encerado. Y si yo me hubiera quemado, como esa chica…; ¡desfigurada para toda la vida!… Probablemente podrá sacarle a la vieja Soubrine un buen puñado de dinero, el principio de una carrera. Supongamos que me hubiera ido con el joven de la corbata fea que trató de acompañarme… Unas cuantas bromas ante un helado de plátano en la pastelería, luego un paseo en autobús, con su rodilla contra la mía y un brazo alrededor de mi cintura, un poco de besuqueo en un portal… Hay vidas que vivir si a una no le importara. ¿Y por qué ha de importar? ¿Por la opinión pública, el dinero, el éxito, los vestíbulos de los hoteles, la salud, los paraguas, las galletas Uneeda?… Mi cabeza hace brrr, todo el tiempo, como un juguete mecánico roto. Confío en que no habrán pedido la cena. Les haré ir a otro sitio cualquiera, si no lo han hecho. Abre su polverita y comienza a empolvarse la nariz.

El taxi para y el portero abre la portezuela. Ellen se apea en la punta de los pies, como una niña, paga y franquea la puerta giratoria, las mejillas algo sonrosadas, los ojos brillantes con los destellos de la noche azul marino en las calles profundas.

La puerta gira antes que su mano enguantada toque el cristal. La impresión de haber olvidado algo le causa una repentina congoja. Mis guantes, mi bolso, mi polvera, mi pañuelo, todo lo tengo. Paraguas no traía. ¿Qué habré olvidado en el taxi? Pero ya avanza sonriente hacia dos hombres grises vestidos de negro, con blancas pecheras, que se levantan, sonríen, le tienden la mano.

 

MTransfer NY

 

Bon Hildebrand, con bata y piyama, se paseaba fumando su pipa, delante de las grandes ventanas. A través de las puertas corredizas se filtraba el tintineo de los vasos, el roce de los pies, risas y Running Wild que rechina bajo la aguja embotada del gramófono.

-¿Por qué no pasas aquí la noche? -decía Hildebrand con su voz profunda-. Esta gente se irá marchando poco a poco… Podemos ponerte en el diván.

- No, gracias –dijo Jimmy-. Dentro de un minuto empezarán a hablar del psicoanálisis, y se quedarán ahí hasta el amanecer.

- Pero harías mejor en tomar el tren por la mañana.

- No voy a tomar ningún tren.

- Oye, Herf, ¿has leído la historia de ese hombre de Filadelfia que lo mataron porque salió con sombrero de paja el catorce de mayo?

- Dios, si yo fundara una nueva religión lo haría santo.

- ¿No has leído eso? Es para desternillarse… Ese hombre tuvo la temeridad de defender su sombrero de paja. Alguien se lo había abollado, él empezó a pelear, y en medio del jaleo uno de esos héroes de esquina se acercó por detrás y le rompió la crisma con un tubo de plomo. Lo recogieron con el cráneo roto y murió en el hospital.

- ¿Cómo se llamaba, Bob?

- No me fijé.

- ¡Y que hablen del soldado desconocido!… Ese sí que es un héroe: la leyenda dorada de un hombre que sacó su sombrero de paja antes de la temporada. Una cabeza asomó entre las dos hojas de la puerta. Un hombre de cara colorada, con el pelo sobre los ojos, echó una mirada.

- ¿Queréis un trago de gin?… ¿Qué funeral se celebra aquí, se puede saber?

- Yo me voy a la cama, no quiero gin -dijo Hildebrand malhumorado.

- Es el funeral de San Aloysius de Filadelfia, virgen y mártir, el hombre que sacó su sombrero de paja antes de la temporada -dijo Herf-. Yo quizá tome un sorbito de gin. Tengo que echar a correr dentro de un minuto… Hasta la vista, Bob.

- Hasta la vista, misterioso viajero… Mándanos tus señas, ¿oyes?

El cuarto que daba a la calle estaba lleno de botellas de gin y de ginger-ale, de ceniceros llenos de cigarrillos a medio fumar, de parejas que bailaban, de personas repantigadas en sofás. El gramófono tocaba sin cesar Lady… lady be good. A Herf le pusieron un vaso de gin en la mano. Una chica se le acercó.

- Hablamos de usted.

- Jimmy –gritó una voz chillona de borracho-. se abrigan sospechas de que seas tú la mujer apache del pelo cortado.

- ¿Por qué no se dedica usted al crimen, Jimmy? -dijo la chica-. Iré a la vista de su causa, en serio.

- ¿Cómo sabe usted que no soy criminal?

- ¿Ven ustedes? -dijo Frances Hildebrand, que traía de la cocina un cacharro con hielo partido-. Aquí hay gato encerrado.

Herf tomó la mano a la chica que estaba a su lado, invitándola a bailar. Ella le pisaba los pies. Jimmy la llevó bailando hasta la puerta. La abrió y sin dejar de bailar la sacó al hall. Ella, mecánicamente, levantó la boca para que la besara. Él le dio un rápido beso y cogió el sombrero. «Buenas noches», dijo. La chica se echó a llorar.

Ya en la calle aspiró el aire profundamente. Se sentía feliz, mucho más feliz que con los besos de Greenwich Village. Al ir a sacar el reloj recordó que lo había empeñado.

PatrickHenryLa leyenda dorada del hombre que se puso sombrero de paja antes de temporada. Jimmy Herf camina por la calle 23. Se va riendo solo. Dadme la libertad, dijo Patrick Henry poniéndose sombrero de paja el primero de mayo, o dadme la muerte. Y se la dieron. No hay tranvías. De tarde en tarde pasa traqueteando el carro de un lechero. Las acongojadas casas de ladrillo de Chelsea están oscuras… Un taxi pasa dejando una estela de canciones. En la esquina de la Novena Avenida nota dos ojos como dos agujeros en un triángulo de papel blanco; una mujer de impermeable le hace señas desde un portal. Más allá, dos marineros ingleses, borrachos, discuten en cockney. Conforme va acercándose al río, el aire se vuelve lechoso con la niebla. A lo lejos se oye el largo y sordo bramido de los vapores.

En la destartalada sala de espera, alumbrada por una luz rojiza, aguarda fumando la llegada del ferry. Está contento. Le parece que no puede acordarse de nada. Todo su futuro se resume en el río brumoso y el ferry que avanza con sus luces en fila, como una risa de negro. En la barandilla, con el sombrero en la mano, siente el viento del río en sus cabellos. Quizá se ha vuelto loco, quizás es amnesia o alguna maldita enfermedad con un nombre griego muy largo, quizá le encontrarán cogiendo moras en el metro de Hoboken. Suelta una carcajada y el viejo que ha venido a abrir la puerta le echa una larga mirada torva. Chalado, pájaros en la cabeza, he aquí lo que piensa. Quizá tenga razón. Cuerno, y si fuera pintor tal vez me dejarían pintar en la casa de locos; pintaría San Aloysius de Filadelfia con un sombrero de paja en vez de aureola y en la mano el tubo de plomo, instrumento de su martirio, y yo, pequeñito, rezando a sus pies. Único pasajero en el ferry, vaga por todo él como si fuera suyo. Mi yate… Por Júpiter, éstas son sin duda las alucinaciones de la noche, murmura. Sigue empeñado en explicarse su alegría. No es que esté borracho. Quizás esté loco,pero creo que no. Poco antes de partir el ferry embarca un destartalado carricoche cargado de flores, guiado por un hombrecillo moreno de pómulos salientes. Jimmy Herf da una vuelta alrededor. Detrás del penco, cuya grupa parece una percha, el carrito desvencijado resulta de una alegría inesperada con su carga de tiestos de geranios rosa y escarlata, claveles, alhelíes, rosas tempranas y azules lobelias. Despide un fuerte olor a tierra de mayo, un perfume a macetas húmedas y a invernaderos. El conductor está todo encogido, con el sombrero sobre los ojos. Jimmy siente ganas de preguntarle adónde va con todas esas flores, pero se contiene y se dirige hacia el frente del ferry.

LobeliasEn la vacía y oscura bruma del río, el embarcadero bosteza de pronto, negra boca con una garganta de luz. Herf cruza rápidamente una negrura cavernosa y desemboca en una calle esfumada por la niebla. Luego sube una cuesta. Bajos sus pies pasa la vía del tren, el lento trepidar de un tren de carga, el silbido de una locomotora. En la cumbre de la colina se para y mira hacia atrás. No ve más que niebla perforada por una fila de arcos voltaicos. Luego reanuda la marcha entre hileras de casas que le parecen de otro mundo, gozando en respirar, en sentir palpitar sus arterias, en oír sus propios pasos. Poco a poco la niebla se disipa, la luz perla de la mañana se filtra no se sabe por dónde.

El sol le sorprende andando por un camino de cemento, entre vertederos llenos de humeantes montones de basuras. El sol brilla rojizo a través de la niebla, sobre cabrias herrumbrosas, sobre esqueletos de camiones, osamentas de Fords, masas informes de metal corroído. Jimmy aprieta el paso para librarse del olor. Tiene hambre. Los zapatos empiezan a levantarle ampollas en los dedos gordos de los pies. En una encrucijada, donde la señal luminosa parpadea todavía, hay una estación de gasolina y frente a ella, una cantina. The Lightning Bug. Gasta con precaución su último quarter en desayunar. Le quedan tres centavos, que le traerán buena suerte o mala, es igual. Un enorme camión de muebles, brillante y amarillo, ha parado a la puerta.

- Oiga, ¿me deja  usted subir? –pregunta al hombre pelirrojo que lleva el volante.

- ¿Adónde va?

- No sé… Bastante lejos

 

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