FRAGMENTOS DE LIBROS.  EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS  (1899)

ElCorazonDeLasTinieblas

     (Heart of Darkness)

   Joseph Conrad (Józef Teodor Konrad Korzeniowski) (Ucrania -Polonia-)  

    

     Editorial        : HYSPAMÉRICA - (Biblioteca personal Jorge Luis Borges)

                         Edición exclusiva para EDICIONES ORBIS, S.A. 

       Traducción       : Sergio Pitol                                        

 

  Finales de libros 

(Los primeros párrafos de este final, también aparecen en los fragmentos de esta obra, donde se ha seleccionado el que narra la muerte del coronel Kurtz

»Y luego casi tuvieron que sepultarme a mí.

»Sin embargo, como podéis ver, no fui a reunirme allí con Kurtz. No fue así. Permanecí aquí, para soñar la pesadilla hasta el fin, y para demostrar mi lealtad hacia Kurtz una vez más. El destino. ¡Mi destino! ¡Es curiosa la vida… ese misterioso arreglo de lógica implacable con propósitos fútiles! Lo más que de ella se puede esperar es cierto conocimiento de uno mismo… que llega demasiado tarde… una cosecha de inextinguibles remordimientos. He luchado a brazo partido con la muerte. Es la contienda menos estimulante que podéis imaginar. Tiene lugar en un gris impalpable, sin nada bajo los pies, sin nada alrededor, sin espectadores, sin clamor, sin gloria, sin un gran deseo de victoria, sin un gran temor a la derrota, en una atmósfera enfermiza de tibio escepticismo, sin demasiada fe en los propios derechos, y aún menos en los del adversario. Si tal es la forma de la última sabiduría, la vida es un enigma mayor de lo que alguno de nosotros piensa. Me hallaba a un paso de aquel trance y sin embargo descubrí, con humillación, que no tenía nada que decir. Por esa razón afirmo que Kurtz era un hombre notable. Él tenía algo que decir. Lo decía. Desde el momento en que yo mismo me AcuarelaMarlowasomé al borde, comprendí mejor el sentido de su mirada, que no podía ver la llama de la vela, pero que era lo suficientemente amplia como para abrazar el universo entero, lo suficientemente penetrante como para introducirse en todos los corazones que baten en la oscuridad. Había resumido, había juzgado. “¡El horror!” Era un hombre notable. Después de todo, aquello expresaba cierta creencia. Había candor, convicción, una nota vibrante de rebeldía en su murmullo, el aspecto espantoso de una verdad apenas entrevista... una extraña mezcla de deseos y de odio. Y no es mi propia agonía lo que recuerdo mejor: una visión de grisura sin forma colmada de dolor físico, y un desprecio indiferente ante la disipación de todas las cosas, incluso de ese mismo dolor. ¡No! Es su agonía lo que me parece haber vivido. Cierto que él había dado el último paso, había traspuesto el borde, mientras que a mí me había sido permitido volver sobre mis pasos. Tal vez toda la diferencia estribe en eso; tal vez toda la sabiduría, toda la verdad, toda la sinceridad, están comprimidas en aquel inapreciable momento de tiempo en el que atravesamos el umbral de lo invisible. Tal vez! Me gustaría pensar que mi resumen no fuera una palabra de desprecio indiferente. Mejor fue su grito.., mucho mejor. Era una victoria moral pagada por las innumerables derrotas, por los terrores abominables y las satisfacciones igualmente abominables. ¡Pero era una victoria! Por eso permanecí leal a Kurtz hasta el final y aún más allá, cuando mucho tiempo después volví a oír, no su voz, sino el eco de su magnífica elocuencia que llegaba a mí de un alma tan translúcidamente pura como el cristal de roca.

»No, no me enterraron, aunque hay un periodo de tiempo que recuerdo confusamente, con un asombro tembloroso, como un paso a través de algún mundo inconcebible en el que no existía ni esperanza ni deseo. Me encontré una vez más en la ciudad sepulcral, sin poder tolerar la contemplación de la gente que se apresuraba por las calles para SiluetaMarlowextraer unos de otros un poco de dinero, para devorar su infame comida, para tragar su cerveza malsana, para soñar sus sueños insignificantes y torpes. Era una infracción a mis pensamientos. Eran intrusos cuyo conocimiento de la vida constituía para mí una pretensión irritante, porque estaba seguro de que no era posible que supieran las cosas que yo sabía. Su comportamiento, que era sencillamente el comportamiento de los individuos comunes que iban a sus negocios con la afirmación de una seguridad perfecta, me resultaba tan ofensivo como las ultrajantes ostentaciones de insensatez ante un peligro que no se logra comprender. No sentía ningún deseo de demostrárselo, pero tenía a veces dificultades para contenerme y no reírme en sus caras, tan llenas de estúpida importancia. Me atrevería a decir que no estaba yo muy bien en aquella época. Vagaba por las calles (tenía algunos negocios que arreglar) haciendo muecas amargas ante personas respetables. Admito que mi conducta era inexcusable, pero en aquellos días mi temperatura rara vez era normal. Los esfuerzos de mi querida tía para restablecer “mis fuerzas” me parecían algo del todo inadecuado. No eran mis fuerzas las que necesitaban restablecerse, era mi imaginación la que necesitaba un sedante. Conservaba el paquete de papeles que Kurtz me había entregado, sin saber exactamente qué debía hacer con ellos. Su madre había muerto hacía poco, asistida, como supe después, por su prometida. Un hombre bien afeitado, con aspecto oficial y lentes de oro, me visitó un día y comenzó a hacerme algunas preguntas, al principio veladas, luego suavemente apremiantes, sobre lo que él daba en llamar “ciertos documentos”. No me sorprendió, porque yo había tenido dos discusiones con el director a ese respecto. Me había negado a ceder el más pequeño fragmento de aquel paquete, y adopté la misma actitud ante el hombre de los lentes de oro. Me hizo algunas amenazas veladas y arguyó con acaloramiento que la compañía tenía derecho a cada ápice de información sobre sus “territorios”. Según él, el conocimiento del señor Kurtz sobre las regiones inexploradas debía ser por fuerza muy amplio y peculiar, dada su gran capacidad y las deplorables El corazón de las tinieblascircunstancias en que había sido colocado. Sobre eso, le aseguré que el conocimiento del señor Kurtz, aunque extenso, no tenía nada que ver con los problemas comerciales o administrativos. Entonces invocó el nombre de la ciencia. Sería una pérdida incalculable que... etcétera. Le ofrecí el informe sobre la "Supresión de las Costumbres Salvajes", con el post-scriptum  borrado. Lo cogió ávidamente, pero terminó por dejarlo a un lado con un aire de desprecio. «No es esto lo que teníamos derecho a esperar», observó. «No espere nada más», le dije. «Se trata sólo de cartas privadas»

»Se retiró, emitiendo algunas vagas amenazas de procedimientos legales, y no le vi más. Pero otro individuo, diciéndose primo de Kurtz, apareció dos días más tarde, ansioso por oír todos los detalles sobre los últimos momentos de su querido pariente. Incidentalmente, me dio a entender que Kurtz había sido en esencia un gran músico. «Hubiera podido tener un éxito inmenso», dijo aquel hombre, que era organista, creo, con largos y lacios cabellos grises que le caían sobre el cuello grasiento de la chaqueta. No tenía yo razón para poner en duda aquella declaración, y hasta el día de hoy soy incapaz de decir cuál fue la profesión de Kurtz, si es que tuvo alguna... cuál fue el mayor de sus talentos. Lo había considerado como un pintor que escribía a veces en los periódicos, o como un periodista a quien le gustaba pintar, pero ni siquiera el primo (que no dejaba de tomar rapé durante la conversación) pudo decirme cuál había sido exactamente su profesión. Se había tratado de un genio universal. Sobre este punto estuve de acuerdo con aquel viejo tipo, que entonces se sonó estruendosamente la nariz con un gran pañuelo de algodón y se marchó con una agitación senil, llevándose algunas cartas de familia y recuerdos sin importancia. Por último apareció un periodista ansioso por saber algo de la suerte de su «querido colega». Aquel visitante me informó que la esfera propia de Kurtz era la política en su aspecto popular. Tenía cejas pobladas y rectas, cabello áspero, muy corto, un monóculo al extremo de una larga cinta, y cuando se sintió expansivo confesó su opinión de que Kurtz en realidad no sabía escribir, pero, ¡cielos!, qué manera de hablar la de aquel hombre. Electrizaba a las multitudes. Tenía fe, ¿ve usted?, tenía fe. Podía convencerse y llegar a creer cualquier cosa, cualquier cosa. Hubiera podido ser un espléndido dirigente para un partido extremista. «¿Qué partido?», le pregunté. «Cualquier partido», respondió. «Era un... un extremista». Inquirió si no estaba yo de acuerdo, y asentí. Sabía yo, me preguntó, qué lo había inducido a ir a aquel lugar. «», le dije, y enseguida le entregué el famoso informe para que lo publicara, si lo consideraba pertinente. Lo hojeó apresuradamente, mascullando algo todo el tiempo. Juzgó que "podía servir", y se retiró con el botín.  

ManojoYRetrato»De manera que me quedé al fin con un manojo de cartas y el retrato de una joven. Me causó impresión su belleza... o, mejor dicho, la belleza de su expresión. Sé que la luz del sol también puede contribuir a la mentira, sin embargo uno podía afirmar que ninguna manipulación de la luz y de la sombra podía haber inventado los delicados y veraces rasgos de aquellas facciones. Parecía estar dispuesta a escuchar sin ninguna reserva mental, sin sospechas, sin ningún pensamiento para sí misma. Decidí ir yo mismo a devolver esas cartas. ¿Curiosidad? Sí, y tal vez también algún otro sentimiento. Todo lo que había pertenecido a Kurtz había pasado por mis manos: su alma, su cuerpo, su estación, sus proyectos, su marfil, su carrera. Sólo quedaba su recuerdo y su prometida, y en cierto modo quería también relegar eso al pasado... para entregar personalmente todo lo que de él permanecía en mí a ese olvido que es la última palabra de nuestro destino común. No me defiendo. No tenía una clara percepción de lo que realmente quería. Tal vez era un impulso de inconsciente lealtad, o el cumplimiento de una de esas irónicas necesidades que acechan en la realidad de la existencia humana. No lo sé. No puedo decirlo, pero fui.

»Pensaba que su recuerdo era como los otros recuerdos de los muertos que se acumulan en la vida de cada hombre... una vaga huella en el cerebro de las sombras que han caído en él en su rápido tránsito final. Pero ante la alta y pesada puerta, entre las elevadas casas de una calle tan tranquila y decorosa como una avenida bien cuidada en un cementerio, tuve una visión de él en la camilla, abriendo la boca vorazmente como tratando de devorar toda la tierra y a toda su población con ella. Vivió entonces ante mí, vivió tanto como había vivido alguna vez... Una sombra insaciable de apariencia espléndida, de realidad terrible, una sombra más oscura que las sombras de la noche, envuelta notablemente en los pliegues de su brillante elocuencia. La visión pareció entrar en la casa conmigo: las parihuelas, los fantasmales camilleros, la multitud salvaje de obedientes adoradores, la oscuridad de la selva, el brillo de la lejanía entre los lóbregos recodos, el redoble de tambores, regular y apagado como el latido de un corazón... el corazón de las tinieblas vencedoras. Fue un momento de triunfo para la selva, una irrupción invasora y vengativa, que me pareció que debía guardar sólo para la salvación de otra alma. Y el recuerdo de lo que había oído decir allá lejos, con las figuras cornudas deslizándose a mis espaldas, ante el brillo de las fogatas, dentro de los bosques pacientes, aquellas frases rotas que llegaban hasta mí, volvieron a oírse en su fatal y terrible simplicidad. Recordé su abyecta súplica, sus abyectas amenazas, la escala colosal de sus viles BoockHofDarkdeseos, la mezquindad, el tormento, la tempestuosa agonía de su espíritu. Y más tarde me pareció ver su aire sosegado y displicente cuando me dijo un día: «Esta cantidad de marfil es ahora realmente mía. La compañía no pagó nada por ella. Yo la he reunido a costa de grandes riesgos personales. Temo que intenten reclamarla como suya. ¡Hmm! Es un caso difícil. ¿Qué cree usted que deba hacer? ¿Resistir? ¿Eh? Lo único que pido es justicia...» Lo único que quería era justicia... sólo justicia. Llamé al timbre ante una puerta de caoba en el primer piso, y, mientras esperaba, él parecía mirarme desde los cristales, mirarme con esa amplia y extensa mirada con que había abrazado, condenado, aborrecido todo el universo. Me pareció oír nuevamente aquel grito: «¡Ah! el horror! ¡El horror!»

»Caía el crepúsculo. Tuve que esperar en un amplio salón con tres grandes ventanas, que iban del suelo al techo, semejantes a tres columnas luminosas y acortinadas. Las patas curvas y doradas y los respaldos de los muebles brillaban bajo el reflejo de la luz. La alta chimenea de mármol ostentaba una blancura fría y monumental. Un gran piano hacía su aparición masiva en una esquina; con oscuros destellos en las superficies planas como un sombrío y pulimentado sarcófago. Se abrió una puerta, se cerró. Yo me puse de pie.  

»Vino hacia mí, toda de negro, con una cabeza pálida. Parecía flotar en la oscuridad. Llevaba luto. Hacía más de un año que él había muerto, más de un año desde que las noticias habían llegado, pero parecía que ella pensaba recordarlo y llorarlo siempre. Tomó mis manos entre las suyas y murmuró: «Había oído decir que venía usted.»  Advertí que no era muy joven.., quiero decir que no era una muchacha. Tenía una capacidad madura para la confianza, para el sufrimiento. La habitación parecía haberse ensombrecido, como si toda la triste luz de la tarde nublada se hubiera concentrado en su frente. Su cabellera clara, su pálido rostro, sus cejas delicadamente trazadas, parecían rodeados por un halo ceniciento desde el que me observaban sus ojos oscuros. Su mirada era sencilla, profunda, confiada y leal. Llevaba la cabeza como si estuviera orgullosa de su tristeza, como si pudiera decir: «Sólo yo sé llorarle como se merece». Pero mientras permanecíamos aún con las manos estrechadas, apareció en su rostro una expresión de desolación tan intensa que percibí que no era una de esas criaturas que se convierten en juguete del tiempo. Para ella él había muerto apenas ayer. Y, ¡por Júpiter!, la impresión fue tan poderosa que a mí también me pareció que hubiera muerto sólo ayer, es más, en ese mismo momento. Los vi juntos en ese mismo instante... la muerte de él, el dolor de ella... ¿me comprendéis? Los vi juntos, los oí juntos. Ella decía en un suspiro profundo: «He sobrevivido», mientras mis oídos parecían oír con toda claridad, mezclado con el tono de reproche desesperado de ella, el grito en el que él resumía su condenación eterna. Me pregunté, con una sensación de pánico en el corazón, como si me hubiera equivocado al penetrar en un sitio de crueles y absurdos misterios que un ser humano no puede tolerar, qué hacía yo ahí. Me indicó una silla. Nos sentamos. Coloqué el paquete en una pequeña mesa y ella puso una mano sobre él. «Usted lo conoció bien», murmuró, después de un momento de luctuoso silencio.

BoockHofDark2«La intimidad surge rápidamente allá», dije. «Le conocí tan bien como es posible que un hombre conozca a otro.» 

«Y lo admiraba», dijo. «Era imposible conocerlo y no admirarlo. ¿No es cierto?» 

«Era un hombre notable», dije, con inquietud. Luego, ante la exigente fijeza de su mirada que parecía espiar las palabras en mis mismos labios, proseguí: «Era imposible no... »

«Amarlo», concluyó ansiosamente, imponiéndome silencio, reduciéndome a una estupefacta mudez. «¡Es muy cierto! ¡Muy cierto! ¡Piense que nadie lo conocía mejor que yo! ¡Yo merecí toda su noble confianza! Lo conocí mejor que nadie.»

«Lo conoció usted mejor que nadie», repetí. Y tal vez era cierto. Pero ante cada palabra que pronunciaba, la habitación se iba haciendo más oscura, y sólo su frente, tersa y blanca, permanecía iluminada por la inextinguible luz de la fe y el amor.

   «Usted era su amigo», continuó. «Su amigo», repitió en voz un poco más alta. «Debe usted haberlo sido, ya que él le entregó esto y lo envió a mí. Siento que puedo hablar con usted... y, ¡oh!... debo hablar. Quiero que usted, usted que oyó sus últimas palabras, sepa que he sido digna de él... No se trata de orgullo... Sí. De lo que me enorgullezco es de saber que he podido entenderlo mejor que cualquier otra persona en el mundo... Él mismo me lo dijo. Y desde que su madre murió no he tenido a nadie... a nadie... para... para...  

»Yo escuchaba. La oscuridad se hacía más profunda. Ni siquiera estaba seguro de que él me hubiera dado el paquete correcto. Tengo la firme sospecha de que, según sus deseos, yo debía haber cuidado de otro paquete de papeles, que, después de su muerte, vi examinar al director bajo la lámpara. Y la joven hablaba, aliviando su dolor en la certidumbre de mi simpatía; hablaba de la misma manera en que beben los hombres sedientos. Le oí decir que su compromiso con Kurtz no había sido aprobado por su familia. No era lo suficientemente rico, o algo así. Y, en efecto, no sé si no había sido pobre toda su vida. Me había dado a entender que había sido la impaciencia de una pobreza relativa lo que le había llevado allá. 

KurtzParaElla«¿Quién, quién que lo hubiera oído hablar una sola vez no se convertía en su amigo?», decía. «Atraía a los hombres hacia él por lo que había de mejor en ellos.» Me miró con intensidad. «Es el don de los grandes hombres», continuó, y el sonido de su voz profunda parecía tener el acompañamiento de todos los demás sonidos, llenos de misterios, desolación y tristeza que yo había oído en otro tiempo: el murmullo del río el susurro de la selva sacudida por el viento, el zumbido de las multitudes, el débil timbre de las palabras incomprensibles gritadas a distancia, el aleteo de una voz que hablaba desde el umbral de unas tinieblas eternas. «¡Pero usted lo ha oído! ¡Usted lo sabe!», exclamó.  

«¡Sí, lo sé», le dije con una especie de desesperación en el corazón, pero incliné la frente ante la fe que veía en ella, ante la grande y redentora ilusión que brillaba con un resplandor sobrenatural en las tinieblas, en las tinieblas triunfantes de las que no hubiera yo podido defenderla... de las que tampoco me hubiera yo podido defender. 

«¡Qué pérdida ha sido para mí... para nosotros!», se corrigió con hermosa generosidad. Y añadió en un murmullo: «Para el mundo.» Los últimos destellos del crepúsculo me permitieron ver el brillo de sus ojos, llenos de lágrimas que no caerían. «He sido muy feliz, muy afortunada. Demasiado feliz. Demasiado afortunada por un breve tiempo. Y ahora soy desgraciada... para toda la vida.» 

»Se levantó; su brillante cabello pareció atrapar toda la luz que aún quedaba en un resplandor de oro. Yo también me levanté.  «Y de todo esto», continuó tristemente, «de todo lo que prometía, de toda su grandeza, de su espíritu generoso y su noble corazón no queda nada... nada más que un recuerdo. Usted y yo...»  «Lo recordaremos siempre», añadí con premura. «¡No!», gritó ella. «Es imposible que todo esto se haya perdido, que una vida como la suya haya sido sacrificada sin dejar nada, sino tristeza. Usted sabe cuán amplios eran sus planes. También yo estaba enterada de ellos, quizás no podía comprenderlos, pero otros los conocían. Algo debe quedar. Por lo menos sus palabras no han muerto.» 

BrandoApocalypseNow«Sus palabras permanecerán», dije. 

«Y su ejemplo», susurró, más bien para sí misma. «Los hombres le buscaban; la bondad brillaba en cada uno de sus actos. Su ejemplo...»

«Es cierto», dije, «también su ejemplo. Sí, su ejemplo. Me había olvidado.» 

«Pero yo no. Yo no puedo... no puedo creer... no aún. No puedo creer que nunca más volveré a verlo, que nadie lo va a volver a ver, nunca, nunca, nunca.» 

»Extendió los brazos como si tratara de asir una figura que retrocediera, con las pálidas manos enlazadas, a través del marchito y estrecho resplandor de la ventana. ¡No verlo nunca! Yo lo veía con bastante claridad en ese momento. Yo veré aquel elocuente fantasma mientras viva, de la misma manera en que la veré a ella, una sombra trágica y familiar, parecida en ese gesto a otra sombra, trágica también, cubierta de amuletos sin poder, que extendía sus brazos desnudos frente al reflejo de la infernal corriente, de la corriente que procedía de las tinieblas. De pronto dijo en voz muy baja: «Murió como había vivido.»

«Su fin», dije yo, con una rabia sorda que comenzaba a apoderarse de mí, «fue en todo sentido digno de su vida.»

«Y yo no estuve con él», murmuró. Mi cólera cedió a un sentimiento de infinita piedad.

«Todo lo que pudo hacerse...», murmuré.

 «¡Ah, pero yo creía en él más que cualquier otra persona en el mundo, más que su propia madre, más que... que él mismo! ¡Él me necesitaba! ¡A mí! Yo hubiera atesorado cada suspiro, cada palabra, cada gesto, cada mirada.»

»Sentí un escalofrío en el pecho. «No, no», dije con voz sorda.

«Perdóneme, he padecido tanto tiempo en silencio... en silencio... ¿Estuvo usted con él... hasta el fin? Pienso en su soledad. Nadie cerca que pudiera entenderlo como yo hubiera podido hacerlo. Tal vez nadie que oyera...»

«Hasta el fin», dije temblorosamente. «Oí sus últimas palabras...»

 Me detuve lleno de espanto. 

«Repítalas», murmuró con un tono desconsolado. «Quiero... algo... algo... para poder vivir.»

»Estaba a punto de gritarle: «¿No las oye usted?» La oscuridad las repetía en un susurro que parecía aumentar amenazadoramente como el primer silbido de un viento creciente. «¡Ah, el horror! ¡El horror!»

«Su última palabra... para vivir con ella», insistía. «¿No comprende usted que yo lo amaba... lo amaba?»

»Reuní todas mis fuerzas y hablé lentamente.

«La última palabra que pronunció fue el nombre de usted.»

»Oí un ligero suspiro y mi corazón se detuvo bruscamente, como si hubiera muerto por un grito triunfante y terrible, por un grito de inconcebible triunfo, de inexplicable dolor. «¡Lo sabía! ¡Estaba segura!...» Lo sabía. Estaba segura. La oí llorar; ocultó el rostro entre las manos. Me parecía que la casa iba a derrumbarse antes de que yo pudiera ElPuertoescapar, que los cielos caerían sobre mi cabeza. Pero nada ocurrió. Los cielos no se vienen abajo por semejantes tonterías. ¿Se habrían desplomado, me pregunto, si le hubiera rendido a Kurtz la justicia que le debía? ¿No había dicho él que sólo quería justicia? Pero me era imposible. No pude decírselo a ella. Hubiera sido demasiado siniestro...» 

 Marlow calló, se sentó aparte, concentrado y silencioso, en la postura de un Buda en meditación. Durante un rato nadie se movió.  

- Hemos perdido el primer reflujo -dijo de pronto el director.   Yo levanté la cabeza. El mar estaba cubierto por una densa faja de nubes negras, y la tranquila corriente que llevaba a los últimos confines de la tierra fluía sombríamente bajo el cielo cubierto... Parecía conducir directamente al corazón de las inmensas tinieblas.

 

 

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