UN BUEN LIBRO PARA LEER:  OBABAKOAK      (1989)                            

Obabakoak

    Bernardo Atxaga      (España)     

     Editorial      :  Edicciones B   -  (Colecc. Tiempos Modernos)

   Traducción:   Bernando Atxaga

        (Esta obra fue escrita originalmente en euskera)

 

 Finales de libros

 (Este final parece tener poco sentido incluso si se han leído los fragmentos que hemos transcrito de Obabakoak, y, sin embargo, es clave para cerrar su tercera parte, EN BUSCA DE LA ÚLTIMA PALABRA.

El fluido sobre el que se desliza esa tercera parte es un lagarto. De ahí que aparezca un dibujo de este animal en la portada del libro y en muchas de las referencias que usted va a encontrar de Obabakoak. Al comenzar a transcribir los fragmentos no pretendíamos eludir los textos donde se hacía mención de ese lagarto, simplemente no aparecía en los que elegíamos. Pero avanzamos y, al percatarnos de esa ausencia  y siendo principal, ya sí decidimos no hacer mención de él porque queremos que, a pesar de los muchos fragmentos transcritos, el misterio de ese lagarto continúe encendido para usted y que sirva de aliciente para que usted se zambulla en las historias extraordinarias que componen Obabakoak.

Y aunque parezca increíble y que cualquier persona que haya leído el libro descubra lo revelador que resulta para la historia este último capítulo, para el profano se queda en casi nada.  Sin embargo, hemos querido incorporar este final por la maestría que para nosotros demuestra Bernardo Atxaga para mostrarnos la paulatina simplificación de la conciencia del narrador.)

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LA ANTORCHA

 

Quería encontrar una palabra y terminar el libro con ella. Quiero decir que quería encontrar una sola palabra, pero no cualquier palabra, sino una palabra que fuera decisiva y esencial. Dicho de otra manera, quiero decir que quería ser un Joubert, y que perseguía lo mismo que él: «s'il est un homme tourmenté par la maudite ambition de mettre tout un livre dans une page, toute une page dans une phrase, cette phrase dans un mot, c'est moi.» Sí, ese hombre era Joubert, y yo, como acabo de decir un poco antes, quería ser otro Joubert.

Me sentía cansado y desilusionado, envejecido antes de tiempo, y me ponía delante de un papel en blanco y lloraba. Quiero decir que el inventar y unir frases me resultaba cada vez más duro y venenoso, y que sufría mucho, y que por eso soñaba con Joubert, como he dicho antes.

Pero no encontraba la última palabra. Miraba por la ventana, veía a las olas del mar crecer y romperse, les preguntaba a aquellas olas, y nada. Luego les preguntaba a las estrellas del cielo, y lo mismo. Le preguntaba a la gente, y aún peor. Quiero decir que no disponía de ninguna ayuda, que siempre me dejaban solo delante del papel blanco. Y entonces me hacía a mí mismo esta pregunta: ¿Por qué no cuentas el viaje que hiciste a Obaba? Puede que contando los sucesos de aquel fin de semana encuentres la dichosa palabra, la maldita. Quiero decir que fui valiente, y que, en vista de que la palabra no tenía intención de venir a mí, partí yo en busca de la palabra. Eso es lo que quiero decir, o algo parecido.

Pero el trabajo que me propuse hacer resultó ser más largo de lo que pensaba. Quiero decir que el contar lo del viaje no fue un quehacer tan breve y agradable como yo había supuesto al principio, sino todo lo contrario. Pasaban los días y no adelantaba nada. La última palabra no aparecía por ninguna parte. Y me decía a mí mismo: hoy no ha aparecido, pero puede que aparezca mañana. No te preocupes por eso. En lugar de preocuparte ¿por qué no redactas el cuento de Bagdad? Y eso hacía. Quiero decir que gastaba todo mi tiempo en narrar todas las cosas que sucedieron en aquel viaje, y que así se me fueron los meses y los años. Y lo que yo realmente quería se iba quedando cada vez más arrinconado, cada vez más atrás, cada vez más lejos. Algunas noches se me aparecía Joubert en la habitación, y me pedía cuentas. ¿Por qué desdeñas tu verdadero trabajo como el perro que está enfermo desdeña el hueso? No es que lo desprecie, maestro, lo que sucede es que antes tengo que escribir otro cuento, el que un anciano me contó en unas fiestas; se llama Laura Sligo, el personaje, quiero decir, no el anciano. ¡No, no y no! me decía entonces Joubert, no te engañes a ti mismo, lo que pasa es que no eres capaz, lo que pasa es que eres como muchos escritores de tu época, igual que ellos, idéntico, o parecido, o semejante, o comparable, o similar. Y, dicho esto, Joubert se iba y yo me quedaba triste. Quiero decir que a nadie le gusta oír la verdad.

Pero la cuestión es que siempre dejaba mi verdadero trabajo para el día siguiente, una y otra vez, y que eso ha sido mi perdición. Porque ahora es ya demasiado tarde, porque ya nunca encontraré la última palabra, la definitiva y la esencial. Y por eso podría decir que yo soy como los peregrinos que partían con la esperanza de ver el mar y morían sin haber pisado la playa. Pues, según mi tío al menos, yo también estoy muerto. Sin haber encontrado la última palabra, y muerto. Por eso decía lo de la playa y la peregrinación. No sé si ha quedado claro.

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Pero quizás ahora voy demasiado rápido, lo que no deja de ser sumamente ridículo. Quiero decir que me río al pensar que por ir antes despacio es por lo que tengo que ir ahora deprisa. Dicho de otro modo, tengo muy poco tiempo y voy deprisa. O eso me dicen, al menos, mi amigo y mi tío. Y yo no sé por qué lo dicen, pero seguro que tienen razón. No hay que olvidar que mi amigo es médico, eso quiere decir mucho. Pero, bueno, a lo que iba, que voy demasiado deprisa y que me embrollo. Pero ahora me voy a explicar. Explicaré las razones de mi impotencia, de por qué nunca encontraré la última palabra, y esas cosas.

Pues sucedió que, unos meses después de lo de Obaba, los de mi casa me dijeron: tú tienes sordera, ¿verdad? ¿Yo, sordera? No creo, les dije continuando con mi trabajo. Porque, como he dicho antes, en aquella época trabajaba en la redacción de las cosas que ocurrieron en el viaje a Obaba. Pero los de casa no estuvieron de acuerdo: sí, sí, claro que tienes sordera, si se te habla por el lado derecho no oyes nada. Tendrías que ir al médico. Y fui. Tienes el tímpano roto, me dijo mi amigo, el médico. Quiero decir que el médico es amigo mío, y que fue él quien me dijo eso.

Mi amigo -el médico, ¿no?- me miró fijamente y me dijo: ¿No notas nada en la cabeza? ¿No tienes dolor de cabeza? ¿Duermes bien? Claro que duermo bien. ¿Por qué me preguntas eso?, le pregunté. Y mi amigo bajó la vista avergonzado. Aquel día me quedé un poco preocupado, pero no demasiado. Continué con mi trabajo. Quiero decir que estaba traduciendo el cuento titulado Wei Lie Deshang, y que no tenía tiempo para preocuparme. Además, y si he de decir la verdad, no comprendí muy bien la pregunta de mi amigo. Porque al fin y al cabo, ¿qué importancia tiene una leve sordera?

La preocupación, la verdadera preocupación, me vino más tarde, un mes más tarde. Quiero decir que mis amigos empezaron a odiarme, aunque no mucho, sólo un poco. Sucedía que, cuando estábamos todos comiendo o bebiendo en una taberna, ellos, de repente, se echaban a reír. ¿Por qué os reís? les preguntaba. Y ellos me contestaban: Pero ¿qué te pasa, Quierodecirqué? ¿No te ha gustado el chiste? ¿Qué chiste? me enfadaba yo. Y además, ¿por qué me llamáis Quierodecirqué? ¿Acaso no sabéis mi nombre? Naturalmente, ésa no era forma de hablar a los amigos, y me empezaron a odiar un poco, sólo un poco, no mucho, ya lo he dicho antes también.

Entonces, como a mis amigos no les gustaba que fuera con ellos, pues decidí marcharme a Obaba, a casa de mi tío. Y allí pasaba horas y horas leyendo y leyendo. ¿Por qué lees tantos libros infantiles? me preguntó una vez mi tío. ¿Piensas hacer algún ensayo sobre literatura infantil? No, no es por eso, le respondí, los leo porque me gustan. En serio, tío, los libros para niños son fantásticos. ¿De verdad? se extrañó él. Sí, de verdad, le dije yo. Por ejemplo este que estoy leyendo Timmy Willieahora es de un ratón. Pues, por lo visto, el ratón, que se llama Timmy Willie, vivía en la huerta de un pueblecito, y ¿qué le pasó? Pues que un día se mete en un cesto a comer guisantes y se queda dormido dentro. Quiero decir que se quedó roque. Y llega el dueño de la huerta, se echa el cesto al hombro, y se va a la ciudad a vender los guisantes. Y Timmy Willie allí dentro sin darse cuenta de nada, y luego, pues, pero perdona, tío, no puedo aguantarme la risa. Y me eché a reír. Pero me callé enseguida. Y eso porque veía lágrimas en los ojos de mi tío. Quiero decir que está feo reírse delante de una persona que está triste, muy feo.

Aun y todo, aun estando triste, mi tío me cuidaba bien, muy bien, no tengo ninguna queja. Todas las mañanas me traía a la cama zumo de naranja, y hasta un periódico. Por desgracia, no me atraía nada. Quiero decir que el zumo me lo bebía enseguida, pero que el periódico ni lo tocaba. Me parecía mucho mejor seguir con las aventuras de Timmy Willie. Pero, sobrino, deja ahora ese libro, y lee los artículos del periódico, me pedía él. Y como yo quiero mucho a mi tío, me esforzaba por complacerle. Pero era en balde. Me costaba muchísimo entender lo que decía el periódico, sobre todo la sección de deportes, ésa era la más difícil, ni comparación con las secciones de política.

Y por eso empecé a salir fuera de casa. Quiero decir que mi tío no se daba por vencido, que siempre andaba con su periódico a vueltas, y como eso me parecía odioso y de mal gusto pues me iba a la calle y me juntaba con Albino María y, después de pasar todo el día con él, iba a su casa a dormir, porque en casa de Albino María tienen muchas camas, por lo menos tienen diez camas.

 ¿Que los lagartos me hacen mal? le respondí yo. Eso no es posible, tío. Los lagartos son muy bonitos, tío, son muy verdes. Pero nada más responderle, me arrepentí. Quiero decir que vi lágrimas en los ojos de mi tío. Yo soy más culpable que usted, tío, dijo entonces mi amigo. No me di cuenta de que me hablaba en serio, creía que lo de Ismael era otro de sus juegos literarios, algo así como jugar a detectives. Y yo, como un tonto, le seguí el juego.

No tienes nada de tonto, querido amigo, le dije yo. Además, por mí al menos, podéis dejar al lagarto dentro. No me molesta nada.

Y así estuvimos charlando, y luego me cortaron el pelo y me hicieron daño, muchísimo daño. Quiero decir que me pusieron unos hierros en la cabeza, y que grité como un descosido.

Eso fue hace cinco días, creo que sí, que fue hace cinco días, y los tres estuvimos muy a gusto. Quiero decir que se me fue el dolor, y que a todos nos dio mucha alegría, sobre todo a mi tío. Has vuelto a ser tú, me gritaba. Y luego, más fuerte todavía: ¡La antorcha vive mientras conserva su llama! La verdad es que parecía un loco.

Pero estamos de nuevo como antes. Mi tío ya no está alegre. Ayer mismo vino a mí, y me dijo: sobrino, escribe lo que me contaste acerca de Joubert, escribe tu último texto. Y, además, lo antes posible. Te estás muriendo,

- ¿Yo muriéndome? -le respondí-. Pero ¿qué dices? En eso estás completamente equivocado, tío.

- Quiero decir que tu cabeza era antes como una antorcha -explicó mi tío - pero que esa antorcha se está apagando por momentos.

No le dije nada, pero creo que mi tío se está volviendo loco. Mi cabeza siempre ha sido redonda, nunca ha sido como una antorcha. Y además no recuerdo nada de ese tal Joubert, y no sé qué escribir. Me aburro sentado aquí en la biblioteca. Menos mal que hay moscas. Quiero decir que luego iré con Albino María a pescar, y que entonces nos vendrán de perlas las moscas que ahora estoy cazando aquí.

 

 

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