UN BUEN LIBRO PARA LEER:   VIAJE AL FIN DE LA NOCHE  (1932)

 
ViajeAlFinDeLaNoche
   
 (Voyage au bout de la nuit)

     Louis-Ferdinand Céline  (Francia) 

     Editorial:    edhasa 

     Traducción: Carlos Manzano

                     

                           IconoFraLib   ...Algo decimos de Viaje al fin de la noche            

 

Finales de libros: 

… Si yo hubiera estado en su lugar, habría preferido una hemorragia interna, eso te inunda el vientre, y tarda poco. Se te llena el peritoneo y se acabó. Mientras que una peritonitis es infección en perspectiva, larga. 

Podíamos preguntarnos cómo iría a hacer, para acabar. El vientre se le hinchaba, nos miraba, Léon, ya muy fijo, gemía, pero no demasiado. Era como una calma. Yo ya lo había visto muy enfermo, y en muchos lugares diferen­tes, pero aquello era un asunto en que todo era nuevo, los suspiros y los ojos y todo. Ya no se lo podía retener, podríamos decir, se iba de minuto en minuto. Transpira­ba con gotas tan gruesas, que era como si llorase con toda la cara. En esos momentos es un poco violento haberse vuelto tan pobre y tan duro. Careces de casi todo lo que haría falta para ayudar a morir a alguien. Ya sólo te quedan cosas útiles para la vida de todos los días, la vida de la comodidad, la vida propia sólo, la cabronada. Has perdido la confianza por el camino. Has expulsado, ahu­yentado, la piedad que te quedaba, con cuidado, hasta el fondo del cuerpo, como una píldora asquerosa. La has empujado hasta el extremo del intestino, la piedad, con la mierda. Ahí está bien, te dices. 

Y yo seguía, delante de Léon, para compadecerme, y nunca me había sentido tan violento. No lo conseguía... Él me encontraba... Las pasaba putas... Él debía de buscar a otro Ferdinand, mucho mayor que yo, desde luego, para morir, para ayudarlo a morir más bien, más despa­cio. Hacía esfuerzos para darse cuenta de si por casuali­dad no habría hecho progresos el mundo. Hacía el inven­tario, el pobre desgraciado, en su conciencia... Si no habrían cambiado un poco los hombres, para mejor, mientras él había vivido, si no habría sido alguna vez in­justo con ellos sin quererlo... Pero sólo estaba yo, yo y sólo yo, junto a él, un Ferdinand muy real al que faltaba lo que haría a un hombre más grande que su simple vida, el amor por la vida de los demás. De eso no tenía yo, o tan poco, la verdad, que no valía la pena enseñarlo. Yo no era grande como la muerte. Era mucho más pequeño. Carecía de la gran idea humana. Habría sentido incluso, creo, pena con mayor facilidad de un perro estirando la pata que de él, Robinson, porque un perro no es listillo, mientras que él era un poco listillo, de todos modos, Léon. También yo era un listillo, éramos unos listillos... Todo lo demás había desaparecido por el camino y hasta esas muecas que pueden aún servir junto a los agonizan­tes las había perdido, había perdido todo, estaba visto, por el camino, no encontraba nada de lo que se necesita para diñarla, sólo malicias. Mi sentimiento era como una casa adonde sólo se va de vacaciones. Es casi inhabitable. Y, además, es que es exigente, un agonizante moribundo. Agonizar no basta. Hay que gozar al tiempo que se cas­ca, con los últimos estertores hay que gozar aún, en el punto más bajo de la vida, con las arterias llenas de urea. 

Lloriquean aún, los agonizantes, porque no gozan bas­tante... Reclaman... Protestan. Es la comedia de la desgra­cia, que intenta pasar de la vida a la propia muerte. 

VoyageAuBout1Recuperó un poco el sentido, cuando Parapine le hubo puesto la inyección de morfina. Nos contó incluso cosas entonces sobre lo que acababa de ocurrir. «Es mejor que esto acabe así... -dijo y añadió-: No duele tanto como yo hubiera creído...» Cuando Parapine le preguntó en qué punto le dolía exactamente, se veía ya bien que estaba un poco ido, pero también que aún quería, pese a todo, de­cirnos cosas... Le faltaba la fuerza y también los medios. Lloraba, se asfixiaba y se reía un instante después. No era como un enfermo corriente, no sabíamos qué actitud adoptar ante él. 

Era como si intentara ayudarnos a vivir ahora a noso­tros. Como si nos buscase, a nosotros, placeres para perma­necer. Nos tenía cogidos de la mano. Una a cada uno. Lo besé. Eso es ya lo único que se puede hacer sin equivocarse en esos casos. Esperamos. Ya no dijo nada más. Un poco después, una hora tal vez, no más, se decidió la hemorragia, pero entonces abundante, interna, masiva. Se lo llevó. 

Su corazón se puso a latir cada vez más deprisa y des­pués como un loco. Corría, su corazón, tras su sangre, agotado, ahí, minúsculo ya, al final de las arterias, tem­blando en la punta de los dedos. La palidez le subió desde el cuello y le inundó toda la cara. Acabó asfixiándose. Se marchó de golpe, como si hubiera tomado carrerilla, apre­tándose contra nosotros dos, con los dos brazos. 

Y después volvió, ante nosotros, casi al instante, cris­pado, adquiriendo ya todo su peso de muerto. 

Nos levantamos, nosotros, nos desprendimos de sus manos. Se le quedaron en el aire, las manos, muy rígidas, alzadas, bien amarillas y azules bajo la lámpara. 

En la habitación parecía un extranjero ahora, Robinson, que viniera de un país atroz y al que no nos atrevié­semos ya a hablar. 

 Parapine conservaba la presencia de ánimo. Encontró el medio de enviar a un hombre a la comisaría. Precisamen­te era Gustave, nuestro Gustave, quien estaba de plantón, después de volver de su trabajo con el tráfico.

 «¡Vaya, otra desgracia!», dijo Gustave, en cuanto entró en la habitación y vio. 

Y después se sentó al lado para cobrar aliento y echar un trago también en la mesa de los enfermeros, que aún no habían recogido. «Como es un crimen, lo mejor sería llevarlo a la comisaría -propuso y después comentó tam­bién-: Era un buen chico, Robinson, incapaz de hacer daño a una mosca. Me pregunto por qué lo habrá mata­do...» Y volvió a echar un trago. No debería haberlo he­cho. Toleraba mal la bebida. Pero le gustaba la botella. Era su debilidad. 

Fuimos a buscar una camilla arriba, con él, en el alma­cén. Era ya muy tarde para molestar al personal, decidi­mos transportar el cuerpo hasta la comisaría nosotros mismos. La comisaría quedaba lejos, en el otro extremo del pueblo, después del paso a nivel, la última casa. 

Conque nos pusimos en marcha. Parapine sujetaba la camilla por delante. Gustave Mandamour por el otro ex­tremo. Solo, que no iban demasiado derechos ni uno ni otro. Sophie tuvo incluso que guiarlos un poco para bajar la escalerita. En aquel momento observé que no parecía demasiado emocionada, Sophie. Y, sin embargo, había sucedido a su lado y tan cerca incluso, que habría podido muy bien recibir una de las balas, mientras la otra loca disparaba. Pero Sophie, ya lo había yo notado en otras circunstancias, necesitaba tiempo para ponerse a tono con las emociones. No es que fuera fría, ya que le venía más bien como una tormenta, pero necesitaba tiempo. 

Yo quería seguirlos aún un poco con el cuerpo para asegurarme de que todo había acabado. Pero, en lugar de seguirlos con su camilla, como debería haber hecho, deambulé más bien de derecha a izquierda a lo largo de la carretera y después, al final, una vez pasada la gran escue­la que está junto al paso a nivel, me metí por un caminito que baja entre los setos primero y después a pique hacia el Sena. 

Por encima de las verjas los vi alejarse con su camilla, iban como a asfixiarse entre las fajas de niebla, que se rehacían despacio detrás de ellos. A orillas del río el agua chocaba con fuerza contra las gabarras, bien apretadas contra la crecida. De la llanura de Gennevilliers llegaba aún un frío que pelaba a bocanadas sobre los remolinos del río y lo hacía relucir entre los arcos del puente. 

Allí, muy a lo lejos, estaba el mar. Pero yo ya no podía imaginar nada sobre el mar. Tenía otras cosas que hacer. De nada me servía intentar perderme para no volver a en­contrarme ante mi vida, por todos lados me la encontra­ba, sencillamente. Volví sobre mí mismo. Mi trajinar es­taba acabado y bien acabado. ¡Que otros siguieran!... ¡El mundo se había vuelto a cerrar! ¡Al final habíamos llega­do, nosotros!... ¡Como en la verbena!... Sentir pena no basta, habría que poder reanudar la música, ir a buscar más pena... Pero, ¡que otros lo hiciesen!... Es juventud lo que pedimos de nuevo, así, como quien no quiere la cosa... ¡Y desenvueltos!... Para empezar, ¡ya no estaba dispuesto a soportar más tampoco!... Y, sin embargo, ¡ni siquiera había llegado tan lejos como Robinson, yo, en la vida!... No había triunfado, en definitiva. No había lo­grado hacerme una sola idea de ella bien sólida, como la que se le había ocurrido a él para que le dieran para el pelo. Una idea más grande aún que mi gruesa cabeza, más grande que todo el miedo que llevaba dentro, una idea hermosa, magnífica y muy cómoda para morir... ¿Cuántas vidas me harían falta a mí para hacerme una idea así más fuerte que todo en el mundo? ¡Imposible de­cirlo! ¡Era un fracaso! Mis ideas vagabundeaban más bien en mi cabeza con mucho espacio entre medias, eran como humildes velitas trémulas que se pasaban la vida encendiéndose y apagándose en medio de un invierno abominable y muy horrible... 

Las cosas iban tal vez un poco mejor que veinte años antes, no se podía decir que no hubiese empezado a hacer progresos, pero, en fin, no era de prever que llegara nun­ca yo, como Robinson, a llenarme la cabeza con una sola idea, pero es que una idea soberbia, claramente más po­derosa que la muerte, y que consiguiera, con mi simple idea, soltar por todos lados placer, despreocupación y va­lor. Un héroe fardón. 

La tira de valor tendría yo entonces. Chorrearía inclu­so por todos lados valor y vida y la propia vida ya no sería sino una completa idea de valor, que lo movería todo, a los hombres y las cosas desde la Tierra hasta el Cielo. Amor habría tanto, al mismo tiempo, que la Muerte quedaría encerrada dentro con la ternura y tan a gusto en su interior, tan caliente, que gozaría al fin, la muy puta, que acabaría divirtiéndose con amor también ella, con todo el mundo. ¡Eso sí que sería hermoso! ¡Sería un éxito! Me reía solo a la orilla del río pensando en to­dos los trucos que debería hacer para llegar a hincharme así con resoluciones infinitas... ¡Un auténtico sapo de ideal! La fiebre, al fin y al cabo. 

¡Hacía una hora por lo menos que los compañeros me buscaban! Sobre todo porque habían advertido sin duda alguna que, al separarme de ellos, no estaba animado pre­cisamente... Fue Gustave Mandamour quien me divisó el primero bajo el farol de gas. «¡Eh, doctor! -me llamó. Tenía, la verdad, una voz de la hostia, Mandamour-. ¡Por aquí! ¡Lo llaman en la comisaría! ¡Para la declaración!...» «Oiga, doctor... -añadió, pero entonces al oído-, ¡tiene usted muy mal aspecto!» Me acompañó. Me sostuvo in­cluso para andar. Me quería mucho, Gustave. Yo no le hacía nunca reproches sobre la bebida. Comprendía todo, yo. Mientras que Parapine, ése era un poco severo. Le avergonzaba de vez en cuando por lo de la bebida. Habría hecho muchas cosas por mí, Gustave. Me admira­ba incluso. Me lo dijo. No sabía por qué. Yo tampoco. Pero me admiraba. Era el único.  

Recorrimos dos o tres calles juntos hasta divisar el fa­rol de la comisaría. Ya no podíamos perdernos. El infor­me que debía hacer era lo que le preocupaba, a Gustave. No se atrevía a decírmelo. Ya había hecho firmar a todo el mundo, al pie del informe, pero, aun así, le faltaban to­davía muchas cosas a su informe. 

Tenía una cabeza enorme, Gustave, por el estilo de la mía, y hasta podía yo ponerme su quepis, con eso está di­cho todo, pero olvidaba con facilidad los detalles. Las ideas no acudían solícitas, hacía esfuerzos para expresarse y mu­chos más aún para escribir. Parapine lo habría ayudado con gusto a redactar, pero no sabía nada de las circunstancias del drama, Parapine. Habría tenido que inventar y el comi­sario no quería que se inventaran los informes, quería la verdad y nada más que la verdad, como él decía. 

    Al subir por la escalerita de la comisaría, iba yo tiritan­do. Tampoco yo podía contarle gran cosa al comisario, no me encontraba bien, la verdad. 

Habían colocado el cuerpo de Robinson ahí, delante de las filas de enormes archivadores de la comisaría. 

 Impresos por todos lados en torno a los bancos y a las colillas viejas. Inscripciones de «Muerte a la bofia» no del todo borradas. 

«¿Se ha perdido usted, doctor?», me preguntó el secre­tario, muy cordial, por cierto, cuando por fin llegué. Es­tábamos todos tan cansados, que farfullamos todos, unos tras otros, un poco. 

Por fin, llegamos a un acuerdo sobre los términos y las trayectorias de las balas, una incluso que estaba aún alo­jada en la columna vertebral. No la encontrábamos. Lo enterrarían con ella. Buscaban las otras. Clavadas en el taxi estaban, las otras. Era un revólver potente. 

Sophie vino a reunirse con nosotros, había ido a bus­car mi abrigo. Me besaba y me apretaba contra sí, como si yo fuera a morir, a mi vez, o a salir volando. «Pero, ¡si no me voy! -no me cansaba de repetirle-. Pero, bueno, Sophie, ¡que no me voy!» Pero no era posible tranquili­zarla. 

Nos pusimos a hablar en torno a la camilla con el se­cretario de la comisaría, que estaba curado de espanto, como él decía, en cuanto a crímenes y no crímenes y ca­tástrofes también e incluso quería contarnos todas sus experiencias a la vez. Ya no nos atrevíamos a irnos para no ofenderlo. Era demasiado amable. Le daba gusto ha­blar por una vez con gente instruida, no con golfos. Con­que, para no desairarlo, nos entretuvimos mucho en la comisaría. 

 Parapine no llevaba impermeable. Gustave, de oírnos, sentía acunada su inteligencia. Se quedaba con la boca abierta y su gruesa nuca tensa, como si tirara de un carro. Yo no había oído a Parapine pronunciar tantas palabras desde hacía muchos años, desde mi época de estudiante, a decir verdad. Todo lo que acababa de ocurrir aquel día lo embriagaba. Nos decidimos, de todos modos, a regresar a casa.

Nos llevamos con nosotros a Mandamour y también a Sophie, que todavía me daba apretones de vez en cuan­do, con el cuerpo lleno de las fuerzas de inquietud y de ternura, hermosa, y el corazón también. Yo estaba hen­chido de su fuerza. Eso me molestaba, no era la mía y la mía era la que yo necesitaba para ir a diñarla magnífica­mente un día, como Léon. No tenía tiempo que perder en muecas. ¡Manos a la obra!, me decía yo. Pero no me venía. 

Ni siquiera quiso Sophie que me volviera a mirarlo por última vez, el cadáver. Conque me fui sin volverme. «Cierren la puerta», decía un cartel. Parapine tenía sed aún. De hablar, seguramente. Demasiado hablar, para él. Al pasar por delante del quiosco de bebidas del canal, lla­mamos en el cierre un buen rato. Eso me recordaba la ca­rretera de Noirceur durante la guerra. La misma línea de luz encima de la puerta y dispuesta a apagarse. Por fin, llegó el patrón, en persona, para abrirnos. No estaba en­terado. Se lo contamos todo nosotros y la noticia del dra­ma también. «Un drama pasional», como lo llamaba Gustave. 

La tasca del canal abría justo antes del amanecer para los barqueros. La esclusa empieza a girar sobre su eje despacio hacia el final de la noche. Y después todo el pai­saje se reanima y se pone a trabajar. Las planchas se sepa­ran del río muy despacio, se alzan, se elevan a ambos la­dos del agua. El currelo emerge de la sombra. Se empieza a ver todo de nuevo, sencillo, duro. Los tornos aquí, las empalizadas de las obras allá y lejos, por encima de la ca­rretera, ahí vuelven de más lejos los hombres. Se infiltran en el sucio día en grupitos transidos. El día les inunda la cara para empezar, al pasar delante de la aurora. Van más lejos. Sólo se les ve bien la cara pálida y sencilla; el resto está aún en la noche. También ellos tendrán que diñarla un día. ¿Cómo harán? 

Suben hacia el puente. Después desaparecen poco a poco en la llanura y llegan otros hombres más, más páli­dos aún, a medida que el día se alza por todas partes. ¿En qué piensan? 

El patrón de la tasca quería enterarse de todo lo relati­vo al drama, las circunstancias, que le contáramos todo. 

 Vaudescal se llamaba, el patrón, un muchacho del nor­te muy limpio.

 Gustave le contó entonces todo y más.

Nos repetía, machacón, las circunstancias, Gustave, y, sin embargo, no era eso lo importante; nos perdíamos ya en las palabras. Y, además, como estaba borracho, volvía a empezar. Sólo, que entonces ya no tenía nada más que decir, la verdad, nada. Yo lo habría escuchado con gusto un poco más, bajito, como un sueño, pero entonces los otros se pusieron a protestar y eso le irritó. 

De rabia, fue a dar un patadón a la estufita. Todo se derrumbó, se volcó: el tubo, la rejilla y los carbones en llamas. Era un cachas,Mandamour, como cuatro. 

Además, ¡quiso enseñarnos la auténtica Danza del Fuego! Quitarse los zapatos y saltar de lleno en los ti­zones. 

El patrón y él habían hecho un negocio con una «má­quina tragaperras» no registrada... Era muy falso,Vau­descal; no había que fiarse de él, con sus camisas siempre demasiado limpias como para ser del todo honrado. Un rencoroso y un chivato. Hay la tira de ésos por los muelles. 

 Parapine sospechó que iba por Mandamour, para que lo expulsaran del cuerpo, aprovechando que había be­bido demasiado.

Le impidió hacerla, su Danza del Fuego, y le avergon­zó. Empujamos a Mandamour hasta el extremo de la mesa. Se desplomó ahí, por fin, muy modosito, entre sus­piros tremendos y olores. Se quedó dormido. 

A lo lejos, pitó el remolcador; su llamada pasó el puen­te, un arco, otro, la esclusa, otro puente, lejos, más lejos... Llamaba hacia sí a todas las gabarras del río, todas, y la ciudad entera y el cielo y el campo y a nosotros, todo se llevaba, el Sena también, todo, y que no se hablara más de nada. 

 

 

  
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