UN BUEN LIBRO PARA LEER:  La gaznápira     (1984) 

La Gaznapira

 

  Andrés Berlanga  (España)

  Editorial: NOGUER       Galería literaria

   

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Finales de libros:

…A Lucas el del Manquillo le darán las dos estrellas de teniente a cambio de mandarle a una casa-cuartel en Guipúzcoa; el del Bubillo conseguirá un puesto muy bueno en TVE, de practicante; la mujer del Rollo te seguirá estando agradecida –con más miel- por tu enchufe: su chico ya va a cobrar cuatro trienios de ordenanza; Jorge será capataz de Jardines de la Generalidad y se hará llamar Jordi; y como Monchel es un pueblo con gente de mundo, donde siempre ha funcionado la igualdad de oportunidades para que cualquiera pudiera emigrar tranquilamente, lo mismo te encontrarás un paisano de taxista en Sao Paulo que otro en Granollers, porteros en Zaragoza o Valencia, transportistas al punto, chapistas, carniceros, cobradores, taberneros, hueveros, conserjes… Cada cual aguantará todo el año en su topera de la ciudad, arrastrándose semana tras semana, negando y renegando de su suerte por haber nacido en Monchel; otros, aguardarán el agosto del año que viene para volver a respirar aquí, el único lugar del mundo donde no se sienten mandados y donde todos sois igual que todos. Pintoresco para quienes lo ven por primera vez, un destartalo para quienes lo han vivido antes de esta agonía (siemprevivas en los tejados, ventanas aspadas con listones, talado el olmo de la plaza, el pilón lleno de plásticos y piedras, muerto el emparrado del cura, secos los aguaderos, hundida la iglesia donde lo único que resiste es el púlpito…) reconoce que, sea por lo que sea, te sientes a tus anchas en Monchel, a ti también te esponja flotar  por el mimo aire transparente que te envolvía de niña. Porque en la ciudad te traduces, te sirves de otras palabras, de otros gestos, “de otros códigos”, como decía Alfonso. Allí vives, siempre dentro de la piel de una aprendiza y no como en Monchel donde todo te es sabido, revivido, surgido de las entrañas como un manantial. En la ciudad, tu lenguaje se levanta sobre el mismo cascarón que tus otros lenguajes en Francia o en Estados Unidos; aunque no lo sean, los encuentras insulsos, aprendidos, fríos, como si no te chisporroteara su alma, ni te perteneciera su pasado, ni sus intenciones secretas. Cuando escuchas al tío Jotero que le joteaban “bien joteado vestido con ropa de comer fideos”, o que ahora anda “asobinao” o que el Cristóbal, es un ceborrero, vaina, sabandija, trapacero, sandio, maula y fachendoso sientes que cada palabra relincha –como decía don Salustio- llena de moratones, costras, heridas frescas, tendones, crines crecidas, aliento espeso, al trote o tascada, con su padre y su madre reconocibles. Esas palabras te retozan siempre por el recuerdo de otras galopadas en otras parrafadas, cuando tú y ellas pastabais juntas; escucharlas te amustia o te encandila. El día que al tío Jotero le pongan la última albarda, enterrarán también todas ellas; y aunque las enlaces y te las enchufes en el magnetófono o en el vídeo –en cualquier atardecer con remusguillo- ya nunca será lo mismo; volverás a la orfandad sin remisión; porque con las otras palabras –las que se apacientan y balan ahora por las ciudades- te sientes una pastora mecánica, incapaz de encariñarte con ellas.

                                                                        Pueblos abandonados (Guadalajara)

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Quizás te las hayas topado demasiado tarde, porque “la opciones de tu vida ya están hechas”, como te reconvino Daniel amargamente la tarde del sofá, tras abalanzarse a zarpazos sobre tu blusa –su lengua apestosa a trabajo y su bigote te asfixiaban-, hasta que pudiste zafarte del abrazo a traición, y Daniel dijo “creía que estaba liberada”, y tú: “porque lo estoy, hago lo que quiero cuando yo quiero”, callando la verdad, muerta de risa y de pavo por dentro al comprobar que Daniel no sospechaba ni remotamente con cuánta razón Gabriela te llamaba Virginia. ¿Será verdad que ya están hechas las opciones de tu vida? Siempre has sabido que todo tiene su marcha, su momento y su son. De poco te vale ahora hacer lo que debiste hacer a su tiempo: durante muchos, demasiados años, tuviste once años y ya es tarde para  recuperar los que perdiste en medio. Nunca afinarás tu oído para las sinfonías, siempre envidiarás a los pintores que con un trazo dan vida, no dejarás de ser un cardo incapaz de disimular tus antipatías; no aprenderás ya a ser exquisita, delicada, elegante, expresiva; seguirás buscando algo nuevo que hacer o que conocer –aunque si no te especializas, “siempre habrá alguien que te gane”, te reprochaba Gabry y tú respondías a la PNN perpetua “¿y qué gano yo ganando?”-, no vas a regalar jamás las veinticuatro horas de tu día a nada ni a nadie; ni dejarás que entren en tu vida avasallando por más que te sientas deshabitada y con la murria apoderándose de tu ánimo. Nada va a cambiar tu soledad, aunque te convirtieras a la 1 en la persona más rodeada del mundo. Estás sola: Gabry no vuelve, el Moisés es una pavesa, el tío Jotero pronto será un recordatorio como tu padre, la Abuela, el Elías

Te gustaría rescatarlos, hacer que otros muchos los conozcan y los quieran: vas a escribir su historia verdadera, aunque no sepas para quien. Te bastaría con que, cuando tú no existas, uno solo de los miles de nacidos en este mismo segundo se acercara de tu mano hasta Monchel; para él alumbrarás penumbras y pulirás palabras, apartarás las telarañas de tu memoria, donde los recuerdos y lo que imaginas andan atrapados y fundidos; perseguirás aquellos años -cuando eras otra queriendo ser la que ahora eres- avanzando a tientas con los ojos cerrados, como cuando jugabais al escondite con la luz apagada y completamente a oscuras, y tú aún apretabas los párpados porque así buscabas mejor a quienes se agazapaban por el cuarto de la leña. En el pórtico de tu libro pondrás una cita de Rimbaud o de Cavafis, y no te lo dedicarás a ti misma –como has hecho con todos los que te gustan de tu biblioteca- sino a quien, hoy o dentro de años y años, se enamore de lo que cuentas, incluso de ti; a quien quiera pasear en invierno por la playa neblinosa, a quien desee llevarte por las sendas de las Saleguillas, a quien envejezca pensando en ti y susurrándote palabras sin contaminar.

Podrías inventarte todo para contar la verdad de tu pueblo antes de que sea arrasado y convertido en unas ruinas desmemoriadas, como la Torreta. Pero prefieres ser como una honrada periodista que se va a sentar en la saleta ante tus cuadernos para uso de: sacarás los lentes del Herrero, aspirarás ese olor carnoso y cálido de la tierra entes de que estalle la tronada, te olvidarás del silencio opaco que aturde a las dos de la tarde y empezarás a recordar tu primer fogonazo: aquella otra calma removida del domingo de Rosario de 1949, cuando Elías el Herrero pidió un crucifijo porque le llegaba su hora. Don Dimas acudió volando para echar a todos y quedarse a solas con él en la alcoba, las manos entrelazadas mirando el techo, sin reparar en que tú estabas acurrucada en un rincón –eras una mirada todo oídos- viendo también cómo el Elías agarraba prietamente la imagen marfileña del santocristo y, mirándola sin parpadear, dijo sentenciosamente sus últimas palabras: “muchas jugarretas te habré hecho yo en la vida; pero ésta que me vas a hacer tú ahora, sí que no te la perdono”. Y así dejó de respirar con los ojos bien abiertos.

Tú quieres contarlo todo sin confundir fechas ni sucedidos; contarlo desde el principio grabado a escoplo en tu memoria hasta más allá del fin de Monchel; empezar a escribir encabezando la primera página del cuaderno en blanco: CAPITULO I. Pues, señor: ésta es la historia de un pueblo perdido donde vivía un herrero que no quería morir ni de cólico de espinacas ni de nada. Sucedió que 

 

 

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