Saber y Ganar, el día de Freddie Mercury.

 

LuisC y FreddyMercury  

Entrada decimocuarta (El día de Farrokh Bulsara):   

Todo llega en esta vida.

 

Según avanzaban estas entradas, me iba invadiendo la inquietud por la llegada del momento en el que se extendería ante mí el espacio en blanco en donde tendría que rendir cuentas ante usted por haberme atrevido a ponerle a esta crónica ese título tan sugestivo que luce, pero al mismo tiempo, tan comprometedor. Ese desasosiego no proviene del título en sí, ya que aún me parece pertinente y pienso que define y esclarece la disposición mental con la que erré como una partícula sobrecalentada por el plató de Saber y Ganar aquel día. Además, es un título que se encendió en mi cerebro como un cartel de Broadway, casi simultáneamente a la idea de transcribir la experiencia, muy pocas horas después de la eliminación y como fruto de la rabia y el despecho llorado entre los cercos de cervezas y las cáscaras de cacahuetes con las que fui ensuciando unas cuantas barras de San Cugat. El temor que digo, radica mas en las expectativas que ese título, su peculiaridad, hayan podido levantar en usted y que, finalmente, sean defraudadas por falta de espectacularidad en la FarrokhBulsaraaparición de Freddie, aunque sí le anticipo que creo que algo de asombro o de interés le producirá a poco que se lo permita su sensibilidad. Por todo esto, la única duda razonable que me surge es que, quizás, tendría que haber enmascarado un poquito al señor Mercury y haber titulado esta crónica, por ejemplo, como Saber y Ganar, el día de Farrokh Bulsara. 

 

La primera vez que oí hablar con rigor del sexo tenía once años. Es muy cierto que por el barrio periférico de Madrid, ese libre y salvaje por el que corrió como una liebre loca mi infancia, se oían las cosas más tremebundas e increíbles que había que realizar para tener hijos. Los chistes circulantes, las denominaciones, los tamaños y formas que recibían o se asignaban a los órganos genitales, los lances imaginados del acto sexual, alcanzaban unos niveles de fantasía y procacidad dignos de la ciencia ficción más atrevida y tormentosa. Tan inaudito era aquello, que costaba trabajo creerlo. Yo, al menos, con ocho, diez años, sí me reía o ponía cara de docto conocedor del asunto o aportaba mi pequeña barbaridad cuando llegaba el caso; pero para mi coleto, en el cuarto de baño, yo me decía ¡No puede ser! ¡Hay que meter esto en un sitio que tienen las chicas! Pero ¿cómo es posible? ¿Y para qué? ¡Que no! ¡Que no puede ser así! Eran los tiempos de la cigüeña y del castigo de ceguera por sucumbir al sexto mandamiento. Los tiempos de la influencia omnímoda y onerosa del clero en estos asuntos, ya sabe.

 

El encargado de contarnos lo que se permitiera entonces de la reproducción humana fue, obviamente, el profesor de Ciencias Naturales, un hombre realmente tremendo. Siendo, según recuerdo, una persona de corta estatura, es fácil que superara con creces los 100 kilos de peso. Cuando se sentaba en la silla, literalmente se desparramaba y no dejaba del sillón ni una sola costura a la vista. A alguien que viniera de lejos, le hubiese sido difícil diferenciar si ese profesor impartía la clase sentado o levitando. Era un hombre adusto que siempre nos trató de usted y al que no le recuerdo ni una ocasional sonrisa, ni siquiera relajar el rostro, como si estuviera aposentado sobre un montículo de hielo, aunque también es posible que, en esto, mi memoria exagere. Pero lo más llamativo de él era su cabeza. Era enorme, monda, bruñida, muy redonda pero con cuatro ángulos simétricos sobresalientes, dos en los parietales, y dos en ambos extremos de la mandíbula inferior. Quizás fuese esa estructura ósea la que le impedía físicamente la sonrisa. Por todo esto, y por su carácter severo -ojo, y profesional, comprometido con su labor docente, admirable para mí, entonces y ahora- cuando entraba en clase era como si la temperatura descendiera 100 grados porque nos quedábamos rígidos y duros como esos mamuts que encuentran bajo sedimentos helados de los Alpes o de Siberia. Como, además, se te quedara mirando fijamente, te recorría un escalofrío que podía, perfectamente, soltarte los esfínteres. Así que no habían podido elegir mejor a quien nos explicara eso del asunto de la reproducción humana -la palabra sexo, ni se mencionaba-. ¡Ah!, y una cosa más para dejar a ese profesor bien caracterizado aquí, nombrar el recio apellido que le redondeaba: El profesor Vargas-Machuca.

  

Así que, tengo grabado a fuego el día en que entró en la clase para explicarnos el tema tabú. Como siempre, nos dio los buenos días desde la puerta y recorrió con seis pasitos cortos la distancia que le separaba del sillón. Luego, se esparció en él y en un silencio polar, barrió con su mirada todo el aula con dos círculos inacabables. Cuando estuvo seguro que nos habíamos tragado bien tragada la expectativa guasona y que, como un buen taxidermista, nos había convertido en jóvenes efigies, nos espetó:

 

- Hoy vamos a hablar de la reproducción humana-. Hizo una pausa para sopesar el efecto, apretó la mandíbula y sentenció: -Y, desde luego, no quiero oír ni una sola risita, al que le oiga me lo fundo.

 

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      Libro moderno para niños (¿alemanes?) de la reproducción humana. Fuente: http://latrola.net/

 

  Y comenzó a contarnos… Desde luego que era impensable que esperáramos diapositivas o dibujos aparte de los esquemáticos del libro; pero es que todo resultó un camelo, una engañifa, una estafa y nos quedamos sin saber si se hacía definitivamente como nos detallaba el ya experto Falquina –triple repetidor- o no. Sí, mucho gameto por aquí, ovarios por allá, que si las trompas de Falopio, el ciclo menstrual, óvulos, espermatozoides y tiempo de gestación y… hermanito al canto; pero na de na de lo que a mi me interesaba que era, como es natural, el acto en sí, las acciones imprescindibles, y no tanto por un sentido indecoroso como por saber por fin, si era físicamente posible y necesario ese enroscarse y esa introducción tan teóricamente placentera de la que tanto se hablaba y que yo ya empezaba a barruntar que era cierta y que, mal que me horrorizara, tampoco yo me iba a librar de tener que realizarla algún día.

 

Es un dilema el que se me plantea cuando tengo que decidir si incorporar o no a esta crónica alguna historia o anécdota como ésta del profesor Vargas-Machuca y su clase de reproducción humana. A muchas que esbozo no las termino por encontrar la pertinencia o el gusto y quedan inéditas junto a lo demasiado pintoresco, párrafos sin fuerza o desvaríos inconfesables en la subcarpeta de mi ordenador denominada Saber y Ganar Tomas Falsas. Además, alguno de ustedes en los comentarios a las entradas –tengo en mente el del señor Voldriano, en la 11- me ha azuzado a la “jibarización” y a dejar las zarandajas, circunloquios y devaneos y buscar la linealidad y el grano, por lo que los agujeritos de la criba que uso para filtrar lo que aquí queda finalmente, han disminuido de tamaño. También en mi entorno –nadie es profeta en su tierra- noto cierto hostigamiento irónico en pos de la horizontalidad de la crónica. Yo me defiendo como puedo y arguyo que sí, que a uno le pasan o le ocurrieron cosas que podrían contarse con corrección y detalle en forma de artículo periodístico o como una sucesión razonada de hechos; pero que las cosas no “pasan” solamente, sino que, aunque parezcan heterogéneas, están subordinadas o enroscadas –como para la reproducción humana- unas con otras y existen heraldos o augurios que las anticipan y que hay que hacerlos notar por si fueran útiles para alguien y, lo más importante, que lo que va sucediendo es a uno al que le impacta y el que lo interioriza y lo revive, y de ese sentimiento vivencial se construye uno su realidad, su mundo cierto. No sé porqué, las redes sociales y mensajes electrónicos están infestados de aforismos y proclamas de los más variopintos autores que inciden en la idea de que la realidad es subjetiva y que la vida se construye desde adentro, y a mí, que lo sigo aquí a rajatabla, se me toma por el pito del sereno y se me exigen hechos puros. Supongo que para la gente, una cosa es compartir y extender la bonita teoría y otra muy distinta el pan nuestro de cada día. No sé usted, pero yo me admiro, con lo que galopa por la red contra el sistema y sus abusos, que éste no haya ya volado por los aires solo por la presión; a mí me da que es que es más fácil y de poco riesgo salpicar los muros de melodrama –por muy cierto, lícito y bien intencionado que sea éste- que salir a la calle a jugarse el tipo y llenarla de barricadas. Bueno que me desvío de nuevo. Definitivamente a uno se le hace imposible plasmar las cosas de otra manera. Uno ve como ve,  siente como siente y escribe como escribe. No pueden pedírsele peras a un olmo. Ahora que le voy a contar el porqué de lo de Freddie Mercury, necesito de usted un esfuerzo suplementario al de una lectura tranquila. No solo estaría muy bien que pudiera recordar y reconocer que lo que me pasó no es tan insólito, yo sé que no lo es, aunque sí es verdad que, así, tan crucial y que se haga público, ya no está tan oído. Así que también le pido que me reconozca algo de gallardía; no busco mucho más, como en casi toda la crónica, solo que podamos reconocer que ser humanos nos conlleva a vivir en el error y en el desvalimiento, en esa soledad soterrada que, por no sentirla, disfrazamos de cualquier cosa. Reconocer esto no es tan malo y quizás nos haga más libres. Al final, no somos tan diferentes usted y yo y hasta los famosos, bellos y triunfadores que vemos en la televisión sufren insomnios, dolor de muelas y, por ejemplo, también miran con aprensión, después de levantarse del retrete, lo que acaban de depositar en él. Y ya, finalmente, le pido que sea justo y comparta que no es nada sencillo contar un hecho tan fundamental que caracterizó la actitud-aptitud con la que afronté mi participación en el concurso, de tal modo, como para aportar el subtítulo a estas crónicas; y que no me es posible escribirlo sin apostillas, sin muletas, sin que ronde por aquí el espíritu del profesor Vargas-Machuca; y que después de contarlo de una manera lineal, como lo voy a hacer a continuación, se hará necesario darle un par de vueltas para que no quede desvirtuado o malentendido. Seguro que me comprende. Ocurrió de este modo:

 

«Aquella noche, dormir, lo que se dice dormir, dormí poco y mal. La cama era cómoda pero demasiado ancha y esto permitía que la recorriera de un lado a otro sin descanso. Quizá hubiese sido más práctico y reparador haber contado con un camastro de madera cruda, de esos abatibles de las celdas monásticas o de las mazmorras, al menos así me hubiese movido menos. También, uno de mis pasatiempos favoritos de aquella noche fue el termostato del acondicionador de aire, porque me levanté unas cuantas veces a jugar con él. Y el cobertor. Sí, el cobertor. Me destapaba, me cubría, lo enrollaba en los pies o lo volvía a extender, hasta la cintura, hasta el pecho, hasta el cuello, me tapaba la cabeza o lo tiraba a la alfombra y vuelta a empezar. También bebí mucha agua y mucho zumo y fui al servicio con y sin zapatillas. ¡Ah! y tomé un par de grageas de Ginkgo Biloba. También, ya de madrugada, encendí la tele y estuve un rato viendo personas felices y envidiables por haber adquirido un aparato multiuso al increíble precio que aparecía en pantalla. Pero lo más entretenido era mi mente. Las imágenes, mezcladas sin control y sin concierto, me iluminaron la noche con sus fogonazos eléctricos. Hasta K, mi topo, logró colarse en el plató y desde un rincón en sombra, me lograba chivar alguna respuesta. Y me proyecté historias fastuosas en donde le contestaba a Juanjo Cardenal todas las preguntas y llegaba el programa cien entre halagos y muestras de admiración y entusiasmo y me paraban las mujeres por las calles para que las firmara autógrafos en las nalgas y hasta hicieron en mi pueblo un club para seguir mi participación con banderolas con mi nombre como hacían en Asturias con Fernando Alonso hace unos años, cuando ganaba. Ya muy tarde, me quedé dormido. Si usted va a concursar próximamente, siento no poder ayudarle con cuáles fueron los parámetros óptimos con los que lo conseguí, no puedo aportarle ni la temperatura, ni en qué lado de la cama me detuve, ni dónde quedó el edredón. Eso sí, la televisión terminó apagada.  A las cinco y diez, me levanté de nuevo al servicio a deshacerme de parte del litro de zumo de melocotón. Luego me miré en el espejo y vi una cara cansada. ¡Uff! ¡Qué poco queda! –me dije-. Hice tres respiraciones rápidas y profundas como las que hacen algunos saltadores de altura antes de iniciar la carrera y fue entonces cuando me pregunté una vez más: ¿Cómo se llamaba el grupo de Freddie Mercury?... silencio… una ducha lejana, el aire acondicionado, la cisterna cargándose, el eje de la tierra que acercaba el nuevo día como se suele decir… pero mi mente se quedó callada. ¡No me jodas, Giorgi, no me hagas esto ahora! Te repito la pregunta: ¿Cómo se llamaba el grupo de Freddie Mercury? Un buuuuuuuuuuuuu hueco en mi cerebro, como la sirena de un barco hundido… Trago saliva. Glup, Otra vez. Glup. Me remiro en el espejo. La cagamos, Giorgi, la cagamos bien cagada. ¿Qué haces aquí? Vete, aún estás a tiempo. Vuelvo a la cama. Hacia un lado: “Tenía tres sílabas, eso si lo sé, y empezaba por G, eso también… ¿Génesis? No, ¿cómo va a ser Génesis? Pues era algo así.” Hacia al otro: “No, eran dos sílabas y empezaba por P. Parchís. ¿Parchís? ¿Estás loco?”. Con la cabeza en los pies de la cama: “No, era una sola sílaba. Lo tengo en la punta de la lengua… tenía alguna a, de eso sí estoy seguro”. “Que no, que no, que era más largo”. Ad infinitum. Bueno solo hasta que veinticuatro horas después lo recordé cuando me deshice del hechizo. Más adelante lo cuento que también tiene su miga. Entre tanto, no importa, tiempo tendré de acordarme… -me decía, pobrecito mío-.»

QueenEnUnaNube

 Queen se fue a una nube...

Desde luego que contar esto así, que es como fue, valdría. Pero le imagino a usted regodeándose alegrillo en su silla y diciéndose: ¡Este tío es una mina! ¡Mira que olvidarse de Queen en un momento así! ¡Y nos lo cuenta! y eso haría que perdiera usted la perspectiva de sí mismo, de su humana naturaleza y que no lograra con mi confidencia que usted despejara la capa de tierra que cubren sus momentos y circunstancias vividas semejantes a esta mía, esos avatares en los que la presión pudo con usted y actuó grogui, creyó deambular en medio de una burla no cierta u olvidó nombres inmediatos o perdió objetos, personas, oportunidades, cuando no la fe en sí mismo… Es humano. Lo de Freddie Mercury no es aleatorio. Hasta mi participación en Saber y Ganar –no creo que ya se me olvide nunca, tocaré madera-, Queen, era para mí una piedra de toque, el nombre del grupo musical que siempre se me quedaba en la punta de la lengua cuando algo no iba bien. A un conocido mío le ocurre con el nombre de su sobrina y cuando lo necesita siempre le viene a la cabeza la palabra Yolanda cuando el nombre que busca es Vanesa y me cuenta que, en alguna reunión familiar las ha pasado canutas intentando rescatar Vanesa y que más se le alejaba cuanto más necesitaba acordarse de él. Es un ejemplo.

Como aún todo este asunto me impone y me desequilibra –sobre todo, por la oportunidad perdida, de la que alguna vez pienso en una revancha-, algo sí que me ha trastocado la estructura que había planeado para esta entrada. La idea era traer hasta aquí al señor Vargas-Machuca para mostrar cómo se puede salir airoso hablando de sexo en la España del año 70 ante un grupo de niños-adolescentes que ya comienzan a rebosar hormonas como leche hirviendo en un cazo. También como homenaje, desde luego. Y lo principal, lo que más me atraía y tenía previsto es, después de presentarle al profesor, poder decirle a usted: 

- En esta entrada catorce vamos a hablar del porqué lo de Freddie Mercury en el título. Hacer una pausa, apretar yo también la mandíbula y sentenciar: -Y, desde luego, no quiero oír ni una sola risita, al lector que le oiga, le deporto.

 

        No ha sido así y, ahora, ya está contado de otra manera. Salvo cuando quizás llegué aquí el momento de volver a traer a la palabra Queen recuperada para mi memoria –como ya he dicho, veinticuatro horas después-, Freddie y su banda no van a aparecer más por esta crónica salvo en el título, porque lo importante está esbozado y con lo dicho es suficiente para dejar constancia que esa ausencia estuvo viva y latente durante toda mi participación, y que el bigote de Freddie fue dejando su rastro piloso en todos y cada uno de los detalles propios del programa y de mi participación: el ámbito, el equipo, los compañeros; hasta en el vivaracho Jordi, el sentencioso e invisible Juanjo o en ese enigma llamado Pilar. La ausencia de Queen solo fue un símbolo de un bloqueo ansioso que no pude superar y que terminó concretándose en un vacío que me cercó y que me separó definitivamente de la realidad vivida allí dentro, y que ni siquiera me permitió disfrutar de ese momento tan fantaseado y eso es lo que más duele. Oía las preguntas como si cayeran al fondo de un pozo negro en donde la mayoría se hundían sin emitir ni un solo ruido. Solo algunas devolvían el eco de su respuesta como una onda leve que yo, asomado al brocal, podía percibir. Otras se quedaban cinco segundos, -el tiempo que te otorga Juanjo Cardenal para encontrar su respuesta-  flotando y refulgían, sí, en ese fondo, pero que me resultaron tan inalcanzables como el objeto de un sueño.

Solo queda una cuestión por explicar. ¿Por qué no buscó usted, señor Giorgi, el nombre del grupo de Freddie en internet? ¿Por qué no lo preguntó a Habitacion101alguien, no sé, en una llamada telefónica, a la azafata que le acompañó al estudio, a un compañero, al propio K? Es difícil de contestar. Desde luego, lo consideré. Pero no muy seriamente y, aún hoy, creo que en el fondo nada hubiese cambiado. La postergación en mi memoria de la palabra Queen no tenía valor como objeto en sí, sino que era la significación de un estado raro de catatonia. Y sería más esclarecedor y útil para mí descubrir las causas que lo provocaron. Pero esto ya me da un poco más de pereza. Y de rubor. Además, aquí usted y yo divergiríamos porque a usted le afectarían fantasmas diferentes, sus fobias y sus miedos íntimos, a cada uno los propios, como bien reflejó Orwell en la recreación de la habitación 101 de su novela 1984. Y tendrá que estar de acuerdo conmigo en que no es lo mismo reconocer una amnesia temporal, que seguro que tiene una explicación psicológica sencilla y es más común e inocua de lo que se cree, que analizar aquí qué impedimentos, complejos, responsabilidades asumidas, imágenes, topes mentales –más allá de los propios de ponerte a prueba en televisión ante millones de espectadores- que lo provocaron y eso ya pertenece a otro negociado y no a esta crónica. El que reintegrara esa palabra a mi conciencia artificialmente no me hubiese librado de “saber” que en un momento había olvidado la respuesta a una pregunta pueril, del mismo modo que tampoco pude rescatar de mi memoria en una de las preguntas calientes del programa –lo que aún me parece más imperdonable y bochornoso- un personaje inolvidable para mí: Beatrice, la amada de Dante…

Y ya está. Liberado por fin. Como comencé esta entrada con una sentencia rotunda e inapelable –solo la muerte, que la da rotundidad, también la deslegitima relativamente-, me voy a hacer la ilusión de que sé cerrarla de manera que parezca una entrada circular –viste mucho, oiga- y la acabaré de igual modo con otra tan tajante. Además, NadaTeTurbecomo ha surgido el asunto de los enroscamientos, viene muy al pelo. Ya hace -¡ay!- muchísimos años, mi novia de entonces y yo aprovechábamos las ausencias de sus padres en la casa familiar para conocernos mejor en su sentido más bíblico. Todo resultaba bastante placentero y, además, no quiero que quede aquí ni un solo atisbo de frivolidad, nuestro cariño mutuo era profundo. Pero había un detalle en aquella habitación prestada que algo de sombra sí que dejaba en mi joven y espléndido ánimo. Era un pedazo de madera que colgaba sobre la cabecera de la cama que tenía grabado como a fuego un único verso de una poesía de Santa Teresa de Jesús; era ese que nos advierte que: «Todo se pasa». Por supuesto que aquellas magníficas tardes ya hace mucho tiempo que pasaron, pero, y ahí estamos, lo de tener que explicar el porqué ese título de “Saber y Ganar, el día de Freddie Mercury”, también. Todo.

 

 

 

 

 

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