Saber y Ganar, el día de Freddie Mercury.

 

LuisC y FreddyMercury  

Entrada décima (Historia fallida de Gustavo):   

 

Si yo a usted le permitiera –que lo haría, si supiera cómo- que nos contara alguna circunstancia en su vida en la que le ocurrió algo que a primera vista parecía pueril o secundario y que, sin embargo, usted lo reconoció a la postre como una clave precisa que vaticinaba un acontecimiento posterior esencial para usted  y que, de haberlo sabido interpretar, le hubiese precavido o de algún modo, o que hubiera conseguir disminuir o desviar el impacto producido, estoy seguro que nos llenaría esta décima entrada de jugosos o aleccionadores o terribles o regocijantes ejemplos. Por lo que, por esta vez, no me voy a sentir ni tan estrafalario ni tan solo por lo que aventuro en este capítulo.

Ahora, para aquellos que no sepan muy bien a qué estamos aludiendo y para que concluyamos que no nos estamos refiriendo a la magia sino a analogías y concomitancias entre sucedidos que a nuestra razón predominantemente cartesiana le parece difícil o infantil encontrarles relación; y ya que usted no puede contarnos lo que sabe de ello –quizás, sí, a través de un comentario o colaboración-, este cronista se siente obligado a traer algún ejemplo adecuado de ello, alguno que no esté teñido de personalismo ni sea extremoso ni cogido por los pelos (aunque todo es interpretable) y, sobre todo, que nos ilustre y nos cocine el talante que me se apoderó de mí al conocer como recorrí aquella extraña tarde-noche de vísperas en San Cugat y que así conseguir de usted un ánimo más comprensivo o, al menos, condescendiente; porque ese es el motivo principal por el que nos hemos metido en este patatal. Y va a ser la historia de Gustavo, un amigo ya cincuentón al que le prendió en un instante la certeza absoluta de que un hecho, que hasta ese momento era incierto, iba a ocurrir sin duda ninguna, inexorable. Y comenzó a preparase inteligentemente para lo que le iba a sobrevenir.

Gustavo trabajaba en una empresa afectada por un inminente DECOBADUNE (Despido Colectivo Barato y Dudosamente Necesario. Soslayaremos por esta vez las justas críticas, y bástenos con haber sustituido con su nombre más cabal ese eufemismo bastardo de ERE). Gustavo no era uno de los candidatos con CastañosdeIndiasRetiromás papeletas para entrar en la lista de despedidos, incluso hasta manejaba evidencias en contra de ello. Mediado el proceso –quince días faltaban para la lista definitiva de afectados por el desbroce-, al preguntarle yo, al teléfono, qué cómo estaba y que cómo marchaba el asunto, me soltó: «Luis, de ésta no me libro, estoy en la lista de los pateados, seguro». Tras mi silencio asimilador, le pregunté: «¿Por qué lo sabes? ¿Es que ya han hecho pública la lista? ¿Te han filtrado algo?». No, -me contestó-, pero estoy convencido, segurísimo. Ya te cuento-. Luego, en persona, paseando bajo las sombras de los castaños de indias de nuestro Retiro, me transmitió la “visión” que se lo predijo y, necesariamente, los prolijos detalles que la explicaban en la forma y que reputaban de correcta su lectura, para que yo lograra entenderla bien y, finalmente, compartirla. Ahora, voy a intentar trasmitirle los hechos oídos, a ver cómo se me da porque no me parece una labor sencilla. ¡Ah!, y no se me duerma, no se salté usted esto como hizo con el texto de Musil, ya que en ello puede que entrevea alguna perspectiva que le pueda servir.

Bueno, primero, el escenario, y así puede ir haciéndose usted una composición de lugar, ahí comodón, prevenido hacia lo que lee y en camiseta de tirantes. (Ojo, con el máximo respeto, porque le estoy comenzando a corporizar y debo andar cauteloso porque a saber adónde y cuánto le han pegado a usted también estos tiempos y qué papel tiene asignado en el gran circo romano que es esta crisis urdida de lejos; si cristiano, esclavo, prisionero o león, si gladiador, espectador con derecho a levantar el pulgar o limpiador de jaulas, si guardia pretoriano, senador obeso o vendedor de pistachos en los vomitorios. O, como casi todos nosotros, leproso). Gustavo, como se ha dicho, estaba –está- en una edad espantosa para un hipotético reintegro en la vida laboral porque, seguramente, ya no habría empresa que le pudiera considerar amortizable; y aunque pudiera –que puede- realizar con suficiencia su trabajo, creo que se le considera, en lo negativo, excesiva su experiencia: Metabolismo lento, maneja bien su sombra y las distancias, se inmuta lo justo con los efectos escénicos y acumula mucha capacidad para relativizar; así que, es claro, su despido equivalía al fulminante rótulo de “THE END” de una película de casi cuarenta años. Más de veinte en esa empresa de donde, como él vaticinó lúcido, finalmente le botaron.

Ahora, la historia. Le anticipo que, siendo ejemplar para lo que queremos enfatizar en esta entrada, tiene poco de espectacular y debemos rebajar nuestras expectativas; aunque, eso sí, Gustavo, me la contó bien, con mucho detalle y cierta poesía, mezclada con un trozo –un buen trozo- de la historia reciente de España, con sus alegorías y sus metáforas. A ver si le hago honor.

Nuestro amigo comenzó su periplo laboral a los catorce años, en 1974, un año crítico para lo que somos ahora; más aún, incluso, que el siguiente que es al que se le carga el protagonismo al ser este último en donde se precipitaron los acontecimientos esenciales, es decir, que se recolectó lo sembrado y se organizó la fiesta de la cosecha. Sí, se habla siempre del 75 como crucial porque en él se conjuntan los hechos históricos imprescindibles que fueron los primeros brotes fuertes del emparrado actual –la caída de la influencia, la obsolescencia de la Falange, la pérdida sin abotonar de la colonia saharaui, los últimos fusilamientos francoyjuancarlosfranquistas, la agonía y la muerte de Franco y la implantación por decreto del Régimen monárquico (recuerde que, en puridad, el rey legítimo, -si vemos legitimidad en la restauración monárquica-, era Juan III, el padre) de Juan Carlos I que, por cierto, ahora toca a su fin, con prisas manifiestas y muchos ensalzamientos a su labor, principalmente agradecidos –por lo que sale en la televisión y en la prensa- de políticos y jueces, cargos públicos, empresarios, taurinos, jerarquía católica y señoras que pasan por ahí. Pero que alguna sombra también parece que debe de existir cuando, anunciada la abdicación, el monarca no va a consumarla hasta que no le aforen, es decir hasta que no se le garantice por Ley Orgánica la protección ante posibles enjuiciamientos plebeyos. Así parece, al menos. Bueno, esto ya es una derivación de la línea principal aunque nadie puede tildarnos de oportunistas: Estamos hablando de historia reciente y nuestro Rey se ha colado con todo derecho en nuestra crónica, así que, imposible hacerle un feo y no actualizarla con lo que hasta ahora conocemos.

Retomemos, entonces. El llanto, el triunfo, una petunia, usted calcinando su pasión en un tálamo, la tos ferina… y tantos miles de efectos, no son más que el resultado de la manifestación final de un proceso de incubación y maduración anterior y, también, lo concretado en 1975 se había gestado con anterioridad. 1974… tiempo de expectativas, de movimientos nerviosos en los hormigueros (recolección de nutrientes, patas articuladas haciendo click-clack en la oscuridad, frotación de antenas para el reconocimiento mutuo, hormigas-soldado preparadas para una generala, fecundación de las hormigas reina, construcción de nuevas galerías de ida y vuelta –por si acaso-). Sí, eran tiempos nuevos para nuestra vieja piel de toro –vaya, veo que me dejo arrastrar por la épica de esta evocación ajena, válganos así, Gustavo- que se veían venir pero que ocurrieron “cosas” que terminaron por precipitarlos. Recordemos, en 1973, importante y de ámbito mundial, otra crisis, la del petróleo que, naturalmente, pegó muy fuerte aquí en España. Crisis también, como la que nos están inflingiendo ahora, urdida y provocada en pisos estratosféricos y bien salvaguardados, al frescor de grandes despachos que olían a Cohíba y a NAPALM quemado y alrededor de mesas macizas de oro negro donde refulgía el rojo de los diamantes de sangre o de los rubíes engarzados y descansaban valijas diplomáticas, transcontinentales: carteras de piel gruesa y bruñida donde esperaban las firmas ampulosas o crípticas los nuevos tratados de Tordesillas; y todo al tic-tac de las horas marcadas por los meridianos opulentos. También en 1973, a finales de año y ya en nuestro ámbito nacional, tiempos nuevos empujados por el impulsoCarreroBlancoTrayectoria de la transmutación a cadáver (¿inesperada?, ¿consentida?) de un Presidente de Gobierno por el poder alquímico de la goma-2, de ese almirante también gallego y también decimonónico y cuartelero en formas, usos, ideas y pensamientos, y que era El Peligro Oscuro, el más apto para tratar de estirar lo que se pudiera el Régimen maloliente; y que aún estaba caliente en su tumba (si es que ese marino tan circunspecto, amenazador y disciplinario estuvo caliente alguna vez -le recuerdo a usted, que la operación de su asesinato se llamó “operación Ogro” y no “operación Cerilla” ni “operación Bambi”) cuando ya debía sentir sobre él el rebullir de la fauna ibérica: topetazos de cuernas, olisqueo de traseros y genitales, movimientos reptantes, galopes alocados, sibilinas simbiosis, saltos, vuelos y monadas –las hormigas no urdían sobre la tumba, sino a nivel-. Sí, desde luego, tiempos de expectativas.

Antes de continuar la historia, es apropiado que me detenga en un ejemplo de toma de posiciones que fije y dé credibilidad a lo que hasta ahora se ha expuesto y que fue fundamental para el dónde chapoteamos ahora usted, yo, nuestros hijos, nuestros padres… En ese año, 1974, anterior al Gran Deceso -nuestro Gustavo ya para entonces iba poniendo céntimos para su lejana jubilación realizando perplejas labores de acarreador de bultos, de limpiador de plásticos y de recadero pelelillo- se desarrollaba, cerca de Paris, el llamado Congreso de Suresnes, el número 13 del PSOE, en donde finalmente, se impusieron las tesis de la corriente pragmática –defendida por el llamado “grupo de los sevillanos”- sobre las tradicionales, y que supuso un cambio radical de la orientaciónSuresnesCartel
Suresnes1974ideológica del partido porque se abandonaron definitivamente las reivindicaciones revolucionarias históricas; y política, con la consiguiente frotación de manos para mantenerlas calientes en espera de la muerte del dictador y Entrada en la Historia de España por la Puerta Grande. En ese Congreso resultó elegido Secretario General un tal Isidoro, que era el nombre en clave del ínclito Felipe González, sin faltar maldicientes y filosas lenguas que sostienen que propugnado y aupado por los dueños del Monopoly. Un Felipe entonces con chaqueta de pana y agujeros en los bolsillos y hoy con sus honorarios vitalicios y su finquita de caza y todo. Socialista, obrero y español. Eso pasó.

Pero, me dirá usted, ¿Y nuestro Caudillo? ¿Qué hacia nuestro Faro ante lo que se removía y se avecinaba? Él tenía que prever, por fuerza, lo que sobrevendría. Es seguro que contara con buenos informantes y tecnócratas con una buena mente gris, y él, aunque no era muy inteligente, de tonto no tenía un pelo. Él sabía. Seguro que sabía. Me atrevería a afirmar que él hasta conocía cuando se iba a morir. Sí, no se sorprenda. Si yo mismo, algo más joven que Gustavo, me jactaba de vaticinar cuándo iba a morirse ¿cómo no lo iba a saber él? Al fin y al cabo era Caudillo de España por la Gracia de Dios y, queramos o no, (y menos mal que esto entronca en algo con el tema de fondo de esta entrada que ¡Uff! Miro hacia arriba y, ¡córcholis! ¡Qué lejos está!  Ya le decía yo que esto no iba a ser esto sencillo…) Franco era un Predestinado, por lo que su muerte debería estar predestinada también. Algunos de nosotros, en el instituto, proponíamos un juego para adivinar la muerte de Franco. Los que sabíamos la respuesta, epatábamos con él. Y era muy simple. Planteábamos la pregunta: ¿Cuándo comenzó la Guerra Civil? La mayoría respondía correctamente porque la Guerra estaba a una distancia memorística para nuestros padres de alrededor 35 años, menos si incluímos los años del Hambre como su consecuencia; la misma, entonces, que la “movida madrileña” de nosotros ahora, insuficiente tiempo para que el miedo y el horror grabados en ellos se hubiera volatilizado; pero además, tenga usted en cuenta que en su aniversario había paga extraordinaria en los hogares y era día festivo. Entonces, anotábamos la fecha:

                             18   07  36

¿Y cuando acabó?, era la segunda pregunta. Y anotábamos debajo:

                     01  04  39

Luego, trazábamos una raya y sumábamos:

                        18   07   36                       

                    01   04   39

                    --------------

                    19   11   75

 

¡Tachán! Ahí la tenemos. Clavada. Alguien como Franco no podía faltar a la cita con su Destino. Luego se conjeturó de si llevaba muerto ya unos días o no, y se oficializó el día 20 –en la madrugada- para que toda España durmiera tranquila su última noche en el pasado y para que coincidiera con la del más ensalzado ideólogo-mártir del Régimen, José Antonio Primo de Rivera, fusilado un 20 de Noviembre de 1936; pero usted y yo sabemos que fue, seguro, el 19 (*). No le digo nada cuando nos despertarnos ese día con la noticia. Sí, muy contentos los chavales porque el Destino, tantas veces esquivo, nos había regalado tres días sin clase, de luto oficial. Pero yo, que ya entonces me aprensaba con lo más inocentón, en el desayuno me decía ¿Seré un gurú sin saberlo?; y aunque luego paseé ufano mis “dotes adivinatorias” ante quien me quiso escuchar, ya moscas zumbonas me revolotearon detrás de las orejas.

Ahora, repito las mismas preguntas pero con nuestra duda razonable de que quizá él sabia... ¿Y nuestro Caudillo? ¿Qué hacia nuestro Timonel ante lo que se removía y se avecinaba? Pues, y esto es ya hacer ficción relajada sobre cuatro palos ciertos, supongo que rezar mucho, entretenerse y dormitar mientras esperaba la dolorosa y nunca deseada muerte. Poco más podía hacer aunque todavía buscó provocar daño creyendo que podía debilitar lo imparable. Le habían matado a su cachorro más afín y quizá aún creía, en su chochez, que el sucesor que él había nombrado para conducir las riendas de su régimen personalista –Juan Carlos I- iba a darle continuidad. «Dejo todo atado y bien atado» dejó escrito en su bando de despedida. No sé si lo creía de veras. Él, entre un cuadro de flebitis y otro, se continuó ocluyendo las arterias con chocolate con picatostes aplatanado ante la ristra de partidos televisados del Mundial de Fútbol de Alemania y aún le dio el resuello para vaciarse algunos granos sebáceos que de cuando en cuando le salían en forma de ministros aperturistas, también para hacer de tripas corazón cuando un batallón verde de desarrapados con banderas rojas y verdes acampaba y le desposeía de su penúltima colonia y también para rubricar su innecesario y escandalosamente sangriento periplo con la tinta roja de unas últimas sentencias de muerte entre el humo de las embajadas quemadas y las pataletas indignadas e hipócritas de las mismas potencias occidentales que le habían ayudado a mantenerse en el poder durante cuarenta años. También, de vez en cuando, se embadurnaba con el fervor por bocadillos en el balcón de la plaza de Oriente, aunque seguramente ya subido a una tarima y apuntalado por una estaca o por alguien que agachado le abrazaba las piernas. Bueno. Si algo de lucidez le quedaba, pagó mucho en ese último año aunque, para tantos, no lo bastante. Pero eso ya no es cosa nuestra.


MonaLisaBigote VisitaASaudi ConFrancoNoPasaba sindicatovertical

 

Solo una cosa más que me quema y que quizás le queme a usted también luego, pero son pocas las oportunidades que se me van a presentar de tener el plato tan en su punto como ahora lo tengo. Cuando uno no es nadie (Duchamp sí pudo ponerle un bigote a la Mona Lisa y eso era arte), siempre que se desea defender o proponer algo “política-ideológicamente incorrecto” hay que comenzar justificándose, así que pago la prenda: Si hasta aquí ha leído, poco puede usted sospecharme de defensor o permisivo con un gobierno como el de Franco y con las familias políticas, sociales, militares, eclesiásticas… e internacionales –las mejores de cada casa, oiga- que lo sostuvieron. Pero no podemos condescender o justificar o ser poco críticos para todo lo demás y no hacerlo mínimamente para con él. Poca cosa actual quedaría en pie, piltrafas, títeres sin cabeza, peluches destripados serían, si se las juzgara con la severidad marcial con la que se juzga aquel régimen; y al revés, también. Bastante quedaría de aseado o salvable de él si se hiciera la misma vista gruesa y oídos sordos y se contemporizara como hacemos hoy con mucho y con muchos. Hace bien poco, por ejemplo, vimos como nuestro Rey, en uno de sus últimos actos como monarca –ojo, no es su culpa, le llevaron hasta allí sus obligaciones-, repartía abrazos y besos de moflete entre unos cuantos jeques del petrodólar, de esos con capacidad para mover los hilos de la miseria y que heredan fortunas y monarquías dictatoriales en donde la mujer es un florero, la democracia un virus exótico y las voces discordantes se emiten desde cuerdas vocales que al poco y a poco, pueden estar colgando de otras sogas; regímenes donde los derechos humanos están bien pisoteaditos como uvas en un lagar y, desde luego mucho más quebrantados que los nuestros durante el régimen franquista. Pero el Rey no estuvo solo en ese país que ocupa el cuarto lugar en ejecuciones por condenas a muerte del mundo (Amnistía Internacional, 2013), sino que acudió como embajador junto a tres ministros y unas decenas de grandes empresarios españoles. Todos sonrieron, dieron palmaditas, se bañaron en pilas con grifería de oro,  besaron y abrazaron a discreción porque había mucho parné de por medio. ¿Alguna voz crítica en los noticiarios tan voceadores para casos más nimios? ¡Qué va! Lo contrario. ¿Alguna voz que justifique la venda en los ojos y la pinza en la nariz que tuvimos que ponernos porque después se nos pormenorizó en qué consiste el bien común o social para nosotros, los españolitos, que nos “tragamos” la buena noticia entre alharacas? ¡Quiá!. Burro vendido (a los jeques y a nosotros) y todos tan contentos. Y este es un ejemplo actual de lo que quiero resaltar aquí, pero hay más; mucho más que con “Franco no pasaba” por utilizar una frase muy uso –que sí, que sí, graffitis fachas, oiga-  al comienzo de esos nuevos tiempos de los que hablamos. Ahora, es lastimosa la displicencia y hasta la admiración y socarronería que demostramos con las actitudes y proclamas de personajes públicos incultos y ensoberbecidos, o con programas de televisión zafios, vacuos, alienantes; o con comportamientos despreciativos contra la inteligencia, el buen gusto, el respeto, la filosofía, el buen corazón…; o con las versiones falaces, parciales, compradas, descreídas, amorales, insolidarias que se admiten como «lícitas», de las corrientes de opinión de los lobbys de la información, o de periodistas en nómina, o de medios partidistas; o con la sevicia argumentada, legislada a capón y cuasi homicida, basada en el dios del crecimiento y del beneficio, carne, ilusiones, esperanzas humanas de las que se nutren las connivencias poder-justicia, los bancos sanguijuelas, las empresas demoledoras; o esa iniquidad –y ya acabo-, esa ofensa a la inteligencia y a la vista que supone encontrarse a un jubilado o a una madre de familia –por no salir del barrio- incitada, enganchada, enferma sin remisión ante una máquina tragaperras en la taberna de al lado de su casa no pudiendo evitar que le timen los bandidos aliados el kilo de boquerones que había salido a comprar: Los filetitos para el Estado, la cola y las aletas para el tabernero y las tripas para los hermanos Franco, CIRSA, o semejantes, dejándole solo las espinas, la culpa y las lágrimas; y que no haya nadie con dos cojones o simplemente compasivo que se atreva a ponerle remedio a un cáncer que destruye familias y vidas y se limiten a estadísticas de ludopatía y a culpar indirectamente a las víctimas… Y tanto más. Pues sí señor, aunque no nos guste nada de nada a ninguno de nosotros, Franco y su régimen, jamás lo permitió ni lo estaría permitiendo. Nada de eso. Le recuerdo que, en aquella época, el juego estaba prohibido y que las grandes empresas –sí, sus prerrogativas tendrían- estaban obligadas, por ejemplo, a colaborar con el estado en la construcción de viviendas asequibles para sus empleados, con hipotecas acordes a sus sueldos –yo me crié en una de ellas-. Ha oído bien, lo pongo en subrayado: El régimen consideraba que las empresas ganaban el suficiente dinero como para que sus beneficios alcanzaran al máximo número de personas que contribuían a generar esos beneficios. Con un plus adicional: Las viviendas se repartían entre la gente trabajadora, la currante, nada de regalos “no contributivos”. Era así o así. ¿Extraterrestres? No. Correponsabilidad e infinitamente más sentido común y de honradez. Nuestro país genera riqueza: que llegue a todos los rincones. En fin, sí, parece marciano, pero no olvidemos que era Franco y por encima, de Franco, solo estaba Dios. Sí, su Dios, el amenazador, el omnipotente y vengativo; pero no había nadie ni nada por encima de Él (esta mayúscula es para Dios, no para Franco, no nos liemos) y mucho menos los becerros de oro. En ese régimen, los grandes empresarios no conseguían desprenderse del todo de un sambenito: la sospecha, el tufillo a neoliberalismo o a masonería cuando no a judaísmo que podía desprender. Sí, ese régimen tan vituperado no era solo antidemócrata convencido y anticomunista rabioso, sino también echaba pestes del neoliberalismo obsceno y, desde luego, era antisionista y antimason declarado. Así que, un poco con pies de plomo y mano izquierda sí tenían que andar también los sacerdotes del Becerro de Oro… Y ya que estoy lanzado ¿Qué me dice usted del tan execrado Sindicato Vertical, que sí, que era acólito y estaba controlado por el régimen, pero también tenía una fuerza que ya quisieran nuestros necesarios pero pobriños sindicatos actuales, tan demonizados ellos pero, a su vez, tan bien nutridos. Un obrero –así se nos llamaba entonces, lo que somos- podía perfectamente denunciar un atropello. Eso sí, mucha póliza,  mucho «pongo en su conocimiento», «si usted lo tiene a bien» o «Dios guarde a usted muchos años»; pero podía acudir a ese Sindicato Vertical y si se demostraba el abuso, al abusador se le podía caer el pelo. ¿Hoy?, a millones, impunes. Esclavos del capital. Entonces, con más o menos peros, el trabajador estaba defendido en sus derechos por un brazo fuerte del propio régimen y las empresas tenían que cumplir escrupulosamente también. Y no se ría, yo conozco casos en los que las familias se pudieron comprar pisitos con las horas extraordinarias que “echaban” y que la Empresa estaba obligada a pagar sí o sí. ¿Hoy?, millones de horas gratuitas, a la fuerza, como esclavos. Como veo en la distancia espacio-temporal su rictus de indignación, duda o sorpresa ante lo escrito, noto la necesidad de volver a justificarme. Es una pena. Que no, señor, que yo no lo defiendo, que no soslayo la discriminación de la mujer, el exilio, la censura, las cárceles, la grisura, la sangre, la falta de libertad y de derechos, la cerrazón... Pero si ha leído usted bien solo he dicho que sería razonable utilizar un parecido rasero para juzgarlo como hacemos con otros aspectos de hoy y no despreciarlo sin analizar algo de lo que podía haber tenido de correcto y que hoy nos sería útil y, desde luego, mucho mejor que lo que tenemos y no despreciarlo por provenir de aquel régimen. No todo debía ser lícito ética y moralmente –aunque lo sea por la Ley- solo por llamarnos Democracia y no todo era abominable de aquello por llamarse Dictadura.

Bueno, veo que tengo que reconducirme, bajar pulsaciones porque cuando uno se enerva pierde la distancia necesaria. Es muy posible que cuando relea lo escrito desee hacer desaparecer buena parte de ello y si finalmente, lo saco publicado dentro de esta entrada décima, posiblemente me arrepienta en unos días y tenga que abrir mi cajoncito de sastre y sacar una buena tijera y cercenar… Pero, de momento, aquí queda y no se malquiste conmigo, por favor, me guía una excelente intención. Ésto, desde luego, ya hace mucho que se me ha ido de las manos y que no estoy en San Cugat y se me hace necesario buscar un intermedio congruente y mucho más tranquilo porque soy consciente de que no ha llegado usted hasta aquí para ser arengado. Lo asumo, así que bajaré un poco la presión con una salida de consenso, me detendré y seguiremos con una segunda parte con lo que nos ha congregado.

 

Epílogo-pomada.

LosEnamoradosDelaRevolucion

Finalmente, fueron cuarenta años que nacieron por una casualidad histórica. Germinaron como fruto de una guerra como nunca hubo otra y como difícilmente la vuelva a haber. Una guerra civil ya por definición, cruenta y odiosa, que multiplicó exponencialmente sus efectos destructivos y que arraigó una enemistad sin posible entendimiento que nos viene salpicando hasta hoy; porque, simultáneamente con ella, se produjeron dos revoluciones exportadas de aquella Europa polarizada. La fascista y la anarco-comunista. A la vez. Mucha tela para unos pobres analfabetos con alpargatas que se enamoraron de la luz que se vislumbraba al final de un túnel de miseria y abandono de siglos y para aquellos señoritones rancios y casi también analfabetos en lo esencial, que sintieron peligrar sus privilegios y se enaltecieron con la idea de un destino de clase, de sensibilidad, de inteligencia, de predestinación que estaba augurado por los dioses y los héroes clásicos. Al final ganaron éstos apoyados por los golpistas. Pero ¿Dónde están hoy los espíritus de los contendientes? ¿Dónde las ideas, las energías, las pasiones que los exacerbaba? Aquella República tan valiente y prometedora es hoy un pendón de colores que como una Virgen de pueblo se saca de procesión los catorce de abril y luego se guarda otra vez en su capilla. Y sí, digo bien, la III República futura –si acontece- será muy otra, ni una pariente lejana de aquella tan esperanzadora y tan preñada de promesas que ni dejaron que se realizaran ni, quizás, podía cumplirlas. Los ideales fascistas… hoy nadie cree en los dioses ni en los héroes y también, quien los procesa, son otra cosa muy distinta, modernizada, que juegan o han jugado al Super Mario Bros y se emboban con los Juegos del Hambre. Los anarquistas ¿dónde están y qué son hoy? Y no me refiero a su estructura o a su poder o a la dimensión de su CNT o de su CGT. Me refiero a aquel espíritu, a aquel espíritu de sacrificio que hoy falta –a todos, no solo a ellos- a la esencia ácrata, al Individuo. Y su ocio lo dedican a juegos parecidos. Y el comunismo ¿dónde? ¿Adónde es posible hoy si no es como una medida de emergencia y temporal porque el individuo, al menos en Occidente, no puede ser un comunista si no es por la fuerza de la voluntad y en contra de su naturaleza biológica, contra el instinto de posesión, de superación, de necesidad de trascendencia a la muerte (por ahí, más importante que lo económico, cayó la URSS y los países satélites, comenzando por Polonia, donde la Iglesia Católica dio un golpe maestro nombrando un Papa de Cracovia). Pero eso sí, nos quedan los rescoldos de aquel odio, las páginas, las heridas sin cerrar y los dosieres, las tumbas sin abrir… y la incomprensión hacia con el otro, eso sí está petrificado. ¿Qué esperamos? Señores de la izquierda, la desigualdad está en el cosmos. Nadie debe ni puede ser parásito o subsidiario del trabajo, del esfuerzo, de la capacidad de los demás si ese esfuerzo es lícito y no se demuestra que la solidaridad es necesaria. Otra cosa son las prebendas, los privilegios de clase, la solidaridad, los derechos humanos… Señores de la derecha. ¿Qué les cuesta abrir tumbas y legajos? ¿Qué les cuesta oír que su abuelo era un traidor o, incluso, un asesino como lo fueron tantos otros del otro bando? Y si no es así, defiéndanlo. O no. Pero ¿qué importa ya si nada queda real de todo aquello? El mundo globalizado –no entro en el porqué, ni en el para qué, ni en el cómo- va por un camino sideralmente distinto; la patria es la Tierra y el hambre y el sufrimiento humano, en nuestra calle, en nuestra ciudad o país o en otro continente ya no es -si alguna vez lo fue- un problema ajeno. Es el del Hombre. Suyo y mío. Dejen a un lado el orgullo y ¡atrévanse! Si no va a pasar nada, señores. Que se cierren, por fin, las heridas. Ya está bien, por favor. Aceptémonos como fuimos (como FUERON) y como somos. Todos.

Y ahora, después de esta pomada, por Dios, ayúdeme. ¿Por dónde anda mi Gustavo y dónde los presagios? Si ya me lo decía mi segunda novia: -Giorgi, que por ahí no es, que te desvías…

  

(*) Una persona muy cercana trabajaba aquel día 19 en un hospital madrileño. Antes de las doce de la noche llamó a su madre y le dijo: -No levantes a las niñas mañana porque no habrá colegio. Franco ya se ha muerto.

 

 

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